Voces

viernes 23 abr 2021 | Actualizado a 10:51

Machismos

Hay machismos grandes, medianos y pequeños que nos impiden ser una mejor sociedad

/ 31 de agosto de 2014 / 04:45

El escándalo que ha golpeado la campaña del candidato de Unidad Demócrata, al publicarse un audio en el que se lo escucha amenazar a la ahora exesposa de su candidato a diputado por La Paz, ha significado no solo una mancha indeleble en la imagen del presidenciable, sobre todo ha vuelto a poner en evidencia la estructuralidad del machismo en la sociedad boliviana.

Machismo reflejado en el hecho de que, para el candidato a la presidencia, el que una mujer demande ante la justicia que su marido abusador se haga cargo de sus delitos son “huevadas”. Machismo porque para el también empresario es hasta aceptable que su colaborador tenga aventuras amorosas mientras su esposa vive en otra ciudad; o que no parezca molestarle una escena de violencia doméstica, mediada por el consumo alcohólico, en su propia casa.

Machismo porque la única explicación que ofrece a su inaceptable conducta es que se trata de una canallada de sus adversarios políticos, y afirma rampante que “la verdad nos hará libres”. El mismo machismo que antes le llevó a sugerir que si una mujer está en un puesto directivo es porque alguien la puso ahí y no por mérito propio. Y machismo indisimulable el del principal acusado de esta historia, que pese a toda la evidencia y los muchos testigos, afirma que “nunca” ha golpeado a una mujer.

No obstante no son los únicos machistas. Solo en la escena política han sido notables los también candidatos que afirmaron, el uno, que hay que educar a las mujeres en el recato para evitar que sigan siendo víctimas de violación, y el otro, que los hombres son lascivos, como queriendo disculparlos por no controlar un instinto casi animal. Y machistas los hombres que hicieron escarnio de ambos, pese a que cuando acaba el tiempo del comentario dedican su energía a “conquistar” mujeres sin importar si en casa les esperan mujer e hijos.

Machista la sociedad que se indigna con estos y otros tantos casos en público, pero en privado alienta a sus hijos a ser “machos” y discriminar a sus pares cuando se muestran demasiado blandos, y a sus hijas a imitar conductas propias de sociedades decimonónicas, hasta que lleguen a la edad en que puedan ser “presentadas en sociedad”.

Machistas las madres que se oponen a que el colegio en el que estudian sus hijos sea mixto, pues se sienten orgullosas de que sus vástagos sean formados en el rigor propio “de los hombres”, y afirman que con ello quieren proteger a las niñas de los posibles abusos de sus compañeros, dando por hecho que es normal que un hombre abuse de una mujer.

En fin, machismos grandes, medianos, pequeños, machismos visibles e invisibles de tan comunes y cotidianos; machismos que nos impiden ser una mejor sociedad, y que son el verdadero obstáculo para que tanta y tan buena norma en favor de las mujeres se convierta en un vehículo para el desarrollo. Machismos que ya no se aguantan. Basta ya.

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Soberanía, entre ellos y nosotros

/ 23 de abril de 2021 / 02:27

Cuando era universitario un docente me recomendó un libro de Joseph Colomer titulado Grandes Imperios, pequeñas naciones: el futuro incierto del Estado soberano. Su premisa era que, dadas las condiciones actuales de la humanidad, “una pequeña comunidad autogobernada hoy es posible sin un ejército, fronteras o aduanas, es decir, sin un Estado soberano”.

En su visión, dichas sociedades pueden ser prósperas y democráticas con solo ponerse del lado bueno de grandes imperios económicos y demográficos que garanticen mercados y recomendaciones políticas para organizar el poder dentro de su territorio, convirtiéndolas en una suerte de satélites tutelados por potencias bienintencionadas. En otras palabras: sumisión.

Pero la propuesta de Colomer, que no ignora los intereses geopolíticos de su país, parte de un mito: el del liderazgo estadounidense llamado a extender la democracia y su “mejor” forma de vida a todos los rincones del mundo ¡Destino Manifiesto! Habría que preguntarle qué tan buena es la vida para la población negra en Estados Unidos a un familiar de George Floyd, o recordar las dictaduras militares avaladas por la Casa Blanca y su misión civilizadora que desolaron nuestro continente en los años 70.

Por otro lado, una parte de la academia latinoamericana, cuyos méritos suelen ser subvalorados por evidentes prejuicios coloniales de nuestros “intelectuales”, llegó a la conclusión, durante los años 50, de que el atraso económico y el subdesarrollo de nuestros países no eran fruto de alguna incapacidad nuestra, sino una consecuencia inevitable del capitalismo global, que divide el mundo entre Estados centrales industrializados, ricos y poderosos versus Estados periféricos productores de materias primas o productos con poco valor agregado, pobres y dependientes.

Dicha tesis de la Teoría de la Dependencia no parte de una apreciación personal, como la de Colomer, sino de la recopilación y el análisis de datos socioeconómicos y comerciales de largo plazo. Es decir, es científica y demuestra que la dependencia económica, tecnológica, cultural y política de nuestro hemisferio está directamente relacionada con el desarrollo y la supremacía de los países industrializados.

Esto lleva a Teodonio Dos Santos a decir, en su libro Teoría de la Dependencia: balances y perspectivas, que “América Latina, a pesar de ser una zona de Estados independientes desde el siglo XIX, se siente identificada con las aspiraciones de independencia política y sobre todo económica de los antiguos pueblos coloniales. Desea, además de una independencia política real frente a las presiones diplomáticas e intervenciones políticas y militares directas de Inglaterra (…) y de los EEUU después de la Segunda Guerra, una independencia económica que viabilice sus Estados nacionales, su desarrollo y su bienestar”.

Lo que significa que, para pesar de Colomer, la soberanía política no es una cualidad accesoria ni un obstáculo para nuestro desarrollo, sino más bien una condición para el bienestar económico y social de los países de Nuestra América. La reafirmación de esta cualidad, que es también un principio fundamental de las relaciones internacionales, es tal vez uno de los logros más importantes que se alcanzaron entre 2006 y 2019, y también uno de los primeros que el gobierno ilegítimo e ilegal de Áñez lanzó por la borda.

Se podría decir entonces que, en Bolivia, solo hay dos tipos de personas: aquellas que creen en la soberanía como requisito existencial y aquellas que están dispuestas a venderla a cambio de unas cuantas semillas.

 Carlos Moldiz es politólogo.

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Periodismo declarativo y fragmentación del mensaje

/ 23 de abril de 2021 / 02:10

Los iniciales estudios sobre comunicación política pusieron sobre la agenda del debate académico, primero y político, luego, los efectos de lo que se conoce como establecimiento de agenda (agenda setting). La idea central giraba en torno a que los medios de comunicación se habían constituido como un mecanismo que, bajo sus propias lógicas, determinaba el ingreso o salida de actores al espacio público; en suma, a la política Así, el conglomerado mediático se constituía de alguna manera en una suerte de régimen alternativo con la capacidad de posicionar actores en la arena de lo público de manera paralela al poder político constituido que basa su legitimidad y legalidad en el beneplácito que les otorga el pueblo para ejercerlo.

Por otro lado, la actual digitalización de los procesos informativos ha generado múltiples transformaciones en el rol del periodismo dentro de las democracias y, por supuesto, dentro de las dinámicas políticas locales. Aunque existen muchísimos matices y vetas de discusión respecto a este tema, destaca el hecho de que uno de los principales retos por los que atraviesa el periodismo es respecto a su función de jerarquización de las noticias (y, por tanto, de sus fuentes), la cual es más desafiante que antes. Dado que la información y la opinión ya pueden establecer varios canales digitales “directos” desde la fuente a la ciudadanía, ahora la labor periodística debe desafiarse a escudriñar en la noticia sus detalles además de complementarla y contextualizarla (un periodismo explicativo), ello permitirá sumarle valor agregado a una novedad que, a los minutos, ya se conoce mediante redes sociodigitales sin necesidad de esperar el noticiero siguiente o el periódico de mañana.

En parte como resultado del panorama establecido anteriormente, pero también como resultado de la crisis que atraviesa el periodismo, durante los últimos años en Bolivia nos hemos ido acostumbrando cada vez con mayor naturalidad a lo que se conoce como “periodismo declarativo” que prioriza la cobertura de dichos antes que la de hechos, desmejorando de esta manera la percepción que tenemos de la realidad e inflamando la que tenemos de los mensajes políticos. A este fenómeno se suma la actual simplificación de un proceso complejo como es la fragmentación de los discursos, que en la práctica se ha reducido a la extracción de frases textuales de un complejo discursivo para hacerlas noticia, descomponiendo el mensaje bajo criterios arbitrarios y dejándolo muchas veces huérfano de contexto.

Así, la discusión sobre las transformaciones dentro del periodismo se ha vuelto un continuo en todas las latitudes del planeta, sobre todo por su relevancia dentro de nuestras sociedades y democracias. Ante ello, resulta particularmente importante advertir que, en nuestro caso particular, a pesar de todo lo señalado anteriormente, la agenda informativa mediática sigue teniendo una importancia fundamental en la construcción de realidad política. Y, por ello mismo, resulta sustancial identificar que eventualmente la (mala) práctica del periodismo declarativo puede ser funcional a ( f)actores de poder fáctico y sus dichos que llegan incluso a tener mayor presencia/relevancia en agenda informativa que los poderes legítimamente constituidos y sus hechos. Los problemas sociopolíticos que estos fenómenos acarrean son acumulativos y se hacen visibles tras periodos de tiempo, uno de los más recientes lo vivimos con los resultados electorales de 2020, en los que las urnas nos llevaron a concluir que la agenda informativa y de opinión habían subrepresentado la realidad nacional.

 Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka

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Patrimonio arquitectónico

/ 23 de abril de 2021 / 02:00

Tatiana Suárez publicó una crónica, directa y contundente, sobre el inmueble conocido como Palacio Agramonte, al frente del Ministerio de Relaciones Exteriores en la plaza Murillo; es decir, en el centro simbólico de esta ciudad y en el corazón político del país. Para vergüenza de todas y todos, la casona está en un deterioro mayúsculo y es muestra de nuestra desidia para los visitantes que llegan a esta ciudad.

El matutino colega reprodujo en Facebook la brillante nota y, como esa red social es la alcantarilla emotiva del siglo XXI, brotaron las pasiones a favor y en contra del patrimonio edificado paceño. Es importante comentar las contradicciones de los enemigos del patrimonio edificado en el centro de La Paz que se pueden agrupar en los que evidencian su falta de pertenencia y los que politizan el tema patrimonial.

El sentido de pertenencia cultural es la razón fundamental por la cual una sociedad cuida y preserva su patrimonio tangible e intangible. Saber y conocer las obras que son parte de tu pasado es la fuerza que empuja al Estado a preservar y restaurar esa memoria. El cultivo de la pertenencia cultural es un largo proceso que en esta sociedad pluricultural paceña no se ha fomentado, ergo: no nos interesa nuestro pasado cultural. A esa falta de formación debemos añadir las actuales ganas políticas de alejarnos de todo lo que sea occidente. En teoría, la búsqueda de un paradigma identitario es correcta. Pero, en los hechos, estamos hasta el cogote con influencias del imperio, a saber: Iphones en las manos de los movimientos sociales; Avengers en las fachadas de los cholets; Nike y Adidas en los pies de los hermanos y hermanas del campo y de las marginalidades urbanas; y podría multiplicar los ejemplos. Es decir, no somos el Reino del Bután (el más alejado de occidente); estamos colonizados hasta el tuétano y, por ello mismo, es imprescindible cuidar nuestro patrimonio sin discriminaciones infundadas.

Politizar el tema y expresar que la arquitectura patrimonial del centro es del imperio colonialista y, por lo tanto, debe desaparecer y ser reemplazado por dos skyscraper es burdo y cavernario. Ni la Rusia comunista se atreve a tocar su pasado arquitectónico zarista (Putin goza en esos palacios); ni la China roja levantó edificios al lado de la Ciudad Prohibida; y la Cuba socialista es un ejemplo internacional por la recuperación de su centro patrimonial a cargo del fallecido arquitecto Eusebio Leal, un ícono de la restauración. Cuando la política de pacotilla se inmiscuye en las dimensiones culturales y artísticas atemporales la embarra. 

Carlos Villagómez es arquitecto.

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El porqué del golpe en Bolivia

Por Marco Enríquez- Ominami

/ 21 de abril de 2021 / 01:26

La democracia es el mejor invento político que los griegos entregaron a la modernidad, pero, cuando las democracias liberales evalúan desde su etnocentrismo a las del resto del mundo las socavan, y con ello también la confianza política de los pueblos en sus propios acuerdos institucionales.

Lo que ocurrió en Bolivia es grave por eso. Por la intromisión etnocentrista de las democracias liberales que no entienden que el indio puede tener, también, como ellos, voluntad de poder. Como la han tenido por varios lustros Merkel en Alemania, Netanyahu en Israel, o Rutte en los Países Bajos. El mandato popular ordenaba que Evo Morales debía llegar en la presidencia, al menos, hasta 2020. Ese mandato fue interrumpido en 2019 con un golpe de Estado excusado en las acusaciones de fraude electoral sobre las elecciones presidenciales de 2019, que reelegían a Evo por un nuevo periodo. Acusaciones que fueron levantadas por la OEA de Luis Almagro, y que fueron inmediatamente respaldadas por la prensa y políticos reaccionarios de todo el mundo.

Más allá del repaso de los hechos, que demuestran que el único fraude fue la denuncia de fraude —como lo han hecho los estudios sobre esas elecciones de científicos del MIT, del CEPR y de la Universidad de Michigan— y más allá de la violencia política que esto desencadenó, creo que las razones del golpe tienen que ver con esa manera etnocéntrica de hacer las cosas, que no acepta otras maneras de hacer esas mismas cosas.

Hagamos un poco de historia: la Bolivia que recibieron Evo Morales y Álvaro García Linera hace poco más de una década, cuando asumieron por primera vez el poder, era muy distinta. Era un país desigual, no solo y brutalmente en lo económico, sino que también y especialmente en lo social y cultural. Era una sociedad pigmentocrática, estamentaria, donde la posición de una persona en el entramado social era definida por su apellido y el color de su piel. Álvaro García Linera llamó brillantemente a esto, el revolucionario paso de una democracia fósil, meramente procedimental, que perpetuaba las élites y la desigualdad, a una democracia plebeya. Una democracia que aprendió con Evo a encontrar una identidad y un sentido de lo colectivo, a partir de la demanda por la igualdad.

Con la perspectiva que nos da la tranquilidad del regreso de la democracia y la paz plebeya a Bolivia, concluyo que, la más clara razón del golpe contra Evo fue el intento de rescatar esa democracia procedimental y pigmentocrática. Y que eso de acceder a las riquezas estratégicas de Bolivia es más bien una excusa para darle una razón a la pasión que moviliza al fascismo: el odio al indio, al negro y al mestizo… el odio al pueblo.

Y es en nombre de esa democracia plebeya que Evo y García supieron volver, hechos millones, como dijera Túpac Katari, en una posta revolucionaria encarnada ahora por Luis Arce y David Choquehuanca. Alguna vez me preguntaron: por qué Evo no hizo lo de Bachelet, y se buscó un puesto en Naciones Unidas, “como lo hacen los expresidentes”. Yo creo que no lo hizo precisamente por eso. Porque Evo y García Linera, como Arce y Choquehuanca ahora, no son burócratas en el poder. Lo que ellos están haciendo es revolucionario, y una revolución, como decían por ahí, hay que comenzarla, de nuevo, cada día.

 Marco Enríquez- Ominami es coordinador ejecutivo del Grupo de Puebla.

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Tres dolores para un Oscar

/ 21 de abril de 2021 / 01:13

Los cines lucen desiertos. Los dueños de las multisalas pierden plata cada semana pero mantienen las funciones como una luz de esperanza. Tres grandes películas han llegado a nuestras pantallas oscuras en medio de la clandestinidad y el miedo. Los y las trabajadoras de los cines están más amables que nunca con los pocos que nos animamos. El aire se renueva cada función pero en la sala estamos los de siempre. He visto tres grandes películas con el dolor de leit motiv. En cada función de noche, no había más de cuatro espectadores, todos en una punta diferente, tratando de no estornudar.

Uno, Nomadland (Tierra de nómadas): dicen que Frances Louise McDormand repite personajes y modales. ¿A quién le importa? Yo estoy enamorado de ella desde que la vi en la brillante/primera película de los hermanos Coen, Blood simple (1984). Los personajes en aquella joyita del cine negro —perdedores por naturaleza— no pueden huir. En Nomadland, MacDormand no para de escapar y sabe que todos nos encontraremos (a nosotros mismos) en el camino. La carretera es la verdadera protagonista. Fuera del mundo consumista, también hay vida y redención. El tono documental mezclado con la ficción (el neorrealismo italiano siempre vuelve en época de crisis) nos trae el modus vivendi de miles de personas mayores en Estados Unidos, abandonados a su suerte tras la crisis estructural capitalista de 2008: son los nómadas, es la otra cara del sueño norteamericano. Frances compone su papel más hermético, más asceta, más esperanzador, bajo la dirección de otra mujer, ChloeìZhao que mete la cámara en su furgoneta. En una cartelera repleta de películas para adolescentes, Nomadland nos regala una obra crepuscular sobre la dignidad, sobre los abrazos compartidos en los momentos más difíciles, sobre lo efímero, sobre la belleza de las pequeñas cosas. Caminar o morir es el lema de las autoproclamadas Badland bitches. La redención está en la ruta. El tiempo no duerme el dolor —ante la pérdida de personas y lugares— pero sí lo adormece.

Dos, The father (El padre): dicen que Anthony Hopkins es el más grande actor vivo. Y es cierto. Con sus 83 años, el galés nos ofrece una película dura, desconcertante y compleja sobre el olvido que seremos. Jamás la demencia senil había sido retratada desde la primera persona, desde la vejez del Alzheimer y sus dolorosas consecuencias para el círculo familiar (la actriz Olivia Colman merece también el Oscar a mejor actriz secundaria). Con un envoltorio teatral de salidas y entradas en escena, el director francés Florian Zeller mete su cámara dentro de la cabeza del personaje principal y traslada la confusión a la platea. La vida, caída ya todas las hojas, solo tiene sentido en una vieja manía, en un chiste repetido hasta la saciedad. Vivir y aprovechar el hoy es el lema. El dolor no existe más allá de la muerte.

Tres, Promising Young woman: dicen que la venganza —producto del dolor infinito— es un plato que se sirve frío. Y es verdad. La película dirigida por la inglesa Emerald Fennell nos habla de forma inquietante sobre sexo, consentimiento expreso, violación, trauma y valentía. Y sobre el papel de las víctimas, la culpa y la justificación del agresor. En la tradición de las rape and revenge movies, la protagonista (interpretada genialmente por una inexpresiva/herida Carey Mulligan, en un rol alejado de las típicas “mujeres fatales”) exhibe una fortaleza sin igual que rima siempre con crudeza. Con guiños a Nastassja Kinski en Paris, Texas de Wim Wenders o al Tarantino de Kill Bill, a esta Caperucita Roja no se la va a comer más el lobo. Promising Young woman es una película que refleja/marca una época y Hollywood —al calor del movimiento Me too— la elegirá este domingo como el filme del año. La pregunta inicial de la “peli” sigue dando vueltas en el espectador abandonada la sala oscura: ¿cuántos de nosotros nos aprovecharíamos de una mujer borracha para violarla si nos garantizan impunidad?

Son tres dolores para un Oscar. Un dolor convertido en gran maestro para una mujer libre, en un medio para despertarse ante un mundo en crisis; un dolor —el más cruel— sufrido en silencio por un padre en su ocaso; y un dolor que no puede soportar otra mujer ante el asesinato/violación de su amiga. Decía Dante Alighieri que “quien sabe de dolor, todo lo sabe”. 

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique.Twitter: @RicardoBajo

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