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La calabaza y la t’antawawa

La calabaza de Halloween y la t’antawawa andina configuraron un evento cultural sincrético.

/ 9 de noviembre de 2014 / 04:00

Se podría decir que en esta última celebración la calabaza de Halloween y la t’antawawa andina sellaron un pacto, o se unieron en matrimonio, o configuraron un evento cultural sincrético, para usar palabras domingueras. Esto, independientemente de que usted o yo hayamos querido darnos cuenta de que Halloween, al igual que la Navidad, la Eucaristía de la misa y el Día de los Enamorados, puede no tener una profunda raíz autóctona, pero puede, de todos modos, ser adoptado como una más de nuestras tradiciones.

Y a pesar —o con la ayuda— de nuestras voluntades, el matrimonio (o el sincretismo) se manifestó en uno de los espacios culturales por excelencia: el espacio del consumo. Ya el año pasado nuestros artesanos del pan nos habían sorprendido con t’antawawas de novedosos diseños, como máscaras de los protagonistas de la popular serie de Los Simpson. Este año, las vendedoras de t’antawawas adoptaron varios símbolos de Halloween y los ofrecieron juntos y revueltos con los íconos del día de difuntos.

La estandarización del consumo clasemediero es un símbolo de los tiempos que corren: no solo se manifiesta en el Halloween, sino también en los enormes supermercados de El Alto, en la espectacular caída de los precios de los smartphones (hace un par de años, prácticamente inalcanzables para la mayoría), en el furor del K-pop entre nuestros jóvenes y en la proliferación de boliches de comida rápida, solo por poner algunos ejemplos.

La clase media, esa diva inasible para los estrategas políticos, hace rato que no es lo que creíamos que era. Señoras de pollera yendo al Aqualand de Santa Cruz, o a su vecino menos afamado, el Play land; o esas mismas señoras entrando a la hamburguesería de moda, o a los hoteles más modernos de Coroico, o a los supermercados; hijos de migrantes andinos estudiando inglés y mandarín. Todos ellos nos muestran que, afortunadamente, el rótulo de clase media ya no es privativo de las pieles “claritas”.

El ensanchamiento de la clase media viene aparejado con una masificación de los patrones de consumo que le corresponden a este sector y, paralelamente, con un cambio en sus patrones culturales de relacionamiento social; las clases medias emergentes mirarán, por ejemplo, más series y más cine gringo y (probablemente) adoptarán patrones de comportamiento propios de los personajes de las series escolares, de acción o series cómicas que la televisión y los multicines les ofrecen también masivamente.

Estos cambios de comportamiento en el consumo y en las relaciones interpersonales se trasladarán también al campo político, pues los estándares de ingresos laborales, junto a los estándares de consumo y de servicios públicos, son, hoy por hoy, eso: estándares. Las nuevas generaciones clasemedieras —numerosas, más urbanas, más interconectadas y con mayor escolaridad que las anteriores— ya no los consideran como conquistas sociales. Los chicos que están recibiendo sus computadoras escolares ahora no tenían ni diez años cuando Evo Morales entró al Palacio de Gobierno. Evo es todo lo que conocen en gestión pública y política.

Lo que no sabemos con precisión es hacia dónde se dirigirá este cambio en la cultura política de los bolivianos y bolivianas del futuro: ¿cómo se reconfigurarán las tradiciones corporativas? ¿Qué demandas de calidad y cantidad de servicios públicos serán priorizadas? ¿Cómo se expresarán las nuevas demandas en los ámbitos laborales y educativos? En suma, ¿cuáles serán las demandas de ciudadanía de las clases medias emergentes?

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Los mundos urbanos del trabajo

Una voluminosa capa de población de estratos medios ha mejorado relativamente sus condiciones materiales y ha modificado también —al ser más urbana— sus patrones de satisfacción de necesidades, los mismos que están hoy por hoy más vinculados al mercado.

/ 4 de abril de 2016 / 04:00

El reciente Informe Nacional de Desarrollo Humano presentado por el PNUD [Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo], titulado El nuevo rostro de Bolivia. Transformación social y metropolización, nos retrata una realidad social que plantea nuevos retos con relación a la gestión de lo público. Me refiero, en concreto, a la creciente presencia de los estratos medios, al inexorable proceso de urbanización de nuestra sociedad —reflejado en el crecimiento de sus áreas metropolitanas— y al perfil joven de esa población más urbana y más de clase media.

CAMBIO. La nueva realidad como resultado del cambio. Una década de crecimiento económico (con un promedio de 5% anual), de disminución de la desigualdad y de combate a la exclusión ha dado como resultado aquella sociedad que nos describe el PNUD en su informe.

Una voluminosa capa de población de estratos medios ha mejorado relativamente sus condiciones materiales y ha modificado también —al ser más urbana— sus patrones de satisfacción de necesidades, los mismos que están hoy por hoy más vinculados al mercado.

Por otro lado, los patrones de consumo se reflejan también en nuestras importaciones de bienes de consumo (durables y no durables), que han experimentado un incremento del 160% en la última década. Parte de la explicación de esta explosión puede ser dada por los avances tecnológicos que —a su particular manera— han democratizado el acceso a un conjunto de bienes que antaño se consideraban como lujos de las clases acomodadas y que ahora forman parte del consumo cotidiano de las clases medias emergentes; la lista va desde los populares smartphones hasta los automóviles (transformados o no).

Justo es decir que muchos pequeños productores nacionales se engancharon rápidamente a este boom de demanda y adecuaron sus diseños para ofrecer —especialmente a los consumidores jóvenes— vestimenta a tono con las más recientes tendencias vistas en la producción de televisión y cine que viene de afuera. La variedad del diseño en la oferta de muebles y otros artículos de producción nacional es también indicativa de cómo algunos productores nacionales se adecuaron a una nueva estética, que refleja los cambios sociales.

Finalmente, otro fenómeno que surgió a partir del incremento del poder adquisitivo de bolivianos y bolivianas es el de los multicentros. Los multicentros y —en particular— sus patios de comidas se convierten en escenarios privilegiados para observar la democratización del consumo que vino aparejada con el ingreso de 2 millones de personas a las clases medias en Bolivia en los últimos años.

CONTINUIDADES. Las continuidades dentro del cambio. A muy grandes rasgos, lo descrito arriba refiere a algunos de los más importantes cambios de los que el informe del PNUD nos habla. Sin embargo, también nos alerta de algunas continuidades pues, paralelamente al incremento de poder adquisitivo de la población, subsisten estructuras que han sufrido muy pocas modificaciones en esta década de cambios: la estructura del mercado laboral, para ser específicos, se ha modificado muy poco; el empleo informal sigue siendo mayoritario (ha pasado del 59,3% en 2001 al 58,4 en 2012) y el empleo formal apenas ha ganado tres puntos de participación porcentual, del 35,2 al 38,3. El empleo doméstico completa la estructura laboral del país.

En un polo se encuentra el empleo formal, que otorga los beneficios sociales estipulados por ley pero que, además, puede ser regulado por el Estado; y, en el otro polo, está el empleo informal, invisible para las instituciones del Estado y donde el logro de beneficios es un resultado siempre inestable, que depende de la coyuntura del ciclo comercial y de las posibilidades de una negociación bilateral y privada.

El informe nos recuerda que nuestra estructura laboral guarda relación con nuestra estructura económica; el difícil tránsito hacia la salida de nuestro patrón primario-exportador es un proceso que está lleno de obstáculos y que tiene un horizonte de largo plazo; por ejemplo, una economía como la de Vietnam requirió décadas de aplicación ininterrumpida de políticas de desarrollo industrial para lograr una modificación   visible de su estructura productiva. Pero nuestro camino no necesariamente será el de Vietnam.

El momento exige sostener el timón en la ruta planteada: El PGDES (Plan General de Desarrollo Económico y Social) tiene claras las metas con relación a los avances en exportación de energía, potenciamiento de nuestra agricultura y el desarrollo del litio.

Pero ese esfuerzo debe ser acompañado de un viraje consciente hacia las nuevas formas de generación de riqueza; formas que están contenidas en la investigación científica de alto nivel y en la economía del conocimiento. Para ello, el PGDES contempla dos programas de arranque: el centro de investigación nuclear y la ciudadela del conocimiento. La estrategia es mantener nuestra base de recursos naturales para modificar nuestra estructura económica y, paralelamente, sentar las bases para insertarnos en áreas más dinámicas de la economía mundial.

Pese a todo, estos esfuerzos pueden ser insuficientes. El reto está en cómo mejorar la calidad del trabajo en una estructura económica y laboral heterogénea como la nuestra. Lo poco o lo mucho que se ha avanzado en conocer y en explorar las particularidades de nuestra heterogénea realidad no se ha traducido apropiadamente en política pública, pues una parte de nuestra normativa y de nuestras instituciones sigue funcionando con un modelo de regulación e intervención estatal que corresponde a una sociedad y a una economía completamente homogénea.

INNOVACIÓN. Innovar en gestión, culturas y acción política. El Informe del PNUD, entonces, nos reta a innovar. Pero el reto no es solo para el Estado, que debe profundizar en los nuevos espacios de oportunidades y debe hallar la manera de hacerse presente para mejorar los múltiples y heterogéneos espacios laborales de una juventud relativamente más instruida, más urbana y definitivamente más conectada que sus mayores.

El reto es también para las universidades, que no parecen haber comprendido que la época del crecimiento vegetativo ya se agotó. Entramos —hace mucho— en una etapa en la que se exige una conexión más ágil de la universidad con los avances científicos del mundo y se demanda un papel más propositivo del centro de estudios superiores sobre su rol en la formación del mercado laboral.

Finalmente, está planteado el reto para las organizaciones sociales: la demanda de mejor calidad y cantidad de empleo es prioritaria en la agenda de las familias, pero no siempre se refleja en las prioridades de la movilización social. Existe una agenda política que no está siendo encauzada por las fuerzas sociales de base, y ello les impide tener iniciativa en temas que serán cada vez más importantes.

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La revalorización de la inversión pública

Durante la gestión del presidente Morales, Bolivia ha incrementado sistemáticamente el coeficiente de inversión con relación al PIB, con la particularidad de que, al ser las empresas estratégicas de propiedad de todos los bolivianos, la inversión estatal medida en un sentido amplio es aún mayor, llegando al 17% en 2015.

/ 1 de febrero de 2016 / 04:00

El mundo se encuentra hoy en una encrucijada de incertidumbres: la sostenida desaceleración de China, junto con un viraje de su política económica hacia el equilibrio en su mercado interno, ha provocado la caída de la demanda de las principales materias primas; la irrupción del shale oil estadounidense en los últimos años y la contraofensiva saudí para mantener su cuota de mercado, por otro lado, han provocado una sobreoferta en el mundo del petróleo, con un final abierto luego del acuerdo nuclear de Irán y el levantamiento de las sanciones económicas en su contra. Como telón de fondo, tenemos aún activas las réplicas del terremoto financiero de fines de la década pasada, cuyo epicentro fue Estados Unidos y cuyos protagonistas fueron los fondos financieros especulativos y la banca, dos actores que curiosamente fueron los que menos daños sufrieron por el descalabro que provocaron.

En este entorno, las proyecciones económicas para 2016 de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) para Latinoamérica se ven ensombrecidas por el bajo desempeño de Brasil, con un crecimiento negativo equivalente del 2%, mientras que Argentina (0,8%) y Ecuador (0,3%) no llegarán ni a un dígito de crecimiento. La situación de Venezuela (-7%) es complicada. Sudamérica tendrá, entonces, un leve decrecimiento del orden del 0,8%. En este contexto, se espera que Bolivia tenga uno de los desempeños más prometedores de la región (4,5% según la CEPAL y 5% según el Ministerio de Economía y Finanzas).

Dani Rodrik, uno de los más destacados economistas de Harvard y especialista en temas de desarrollo y economía política internacional, ha publicado hace pocos días un artículo en el que resalta el rol de la inversión pública en Bolivia, Etiopía e India, como motor del crecimiento. Rodrik destaca cómo un uso inteligente de la inversión puede ayudar a Bolivia a capear el temporal de los bajos precios de las materias primas, en un entorno regional que —como vimos— se presenta sombrío. Rodrik incluso señala que lo que se hace en este conjunto de países menos desarrollados sería un buen ejemplo para las economías más avanzadas. El artículo se puede leer en el blog de Rodrik alojado en el sitio web www.project-syndicate.org.

Durante la gestión del presidente Evo Morales, Bolivia ha incrementado sistemáticamente el coeficiente de inversión con relación al PIB, con la particularidad de que, al ser las empresas estratégicas de propiedad de todos los bolivianos, la inversión estatal medida en un sentido amplio es aún mayor, llegan al 17% en 2015.

En el futuro, según el Plan de Desarrollo a 2020, se proyecta sostener esta tendencia con una inversión pública de algo más de 48.000 millones de dólares en el quinquenio, reforzando el rol positivo de la inversión en el crecimiento. Por supuesto, no es solo el Estado boliviano el que debe asumir esta titánica tarea por su cuenta, también se requiere de la inversión privada nacional, de la inversión extranjera y de la cooperación.

Al destacar los avances de Bolivia, Rodrik se suma a otros varios economistas de prestigio en el ámbito internacional —incluido al Nobel de Economía Joseph Stiglitz— que destacan las políticas del gobierno de Morales. Pero los avances de Bolivia despiertan interés en el mundo académico más allá del interés de especialistas de renombre, así lo demuestra la elección de Bolivia como sede del último encuentro internacional de la prestigiosa Asociación Latinoamericana y Caribeña de Economía (Lacea) —organizado acertadamente por el centro INEASAD de Bolivia, con el auspicio de la Vicepresidencia.

En dicho encuentro, recuerdo el lamento de un famoso catedrático de economía y exfuncionario del antiguo régimen —un referente para varias generaciones de economistas, incluida la mía—, quien resintió que en tiempos del neoliberalismo el “modelo boliviano” era estudiado por la academia internacional y que eso ya no ocurre hoy. Tal afirmación puede, al menos, generar una sombra de duda en las mentes menos informadas. La afirmación no es del todo exacta.

En efecto, se escribió bastante sobre el “modelo boliviano” en la década de los 80, pero fue debido a que Bolivia era el laboratorio social de las políticas que luego se extendieron hacia el resto de América Latina. En su condición de país pequeño y pionero en las reformas económicas, Bolivia era la punta de lanza de lo que luego se convirtió en un sentido común extendido hacia el resto del continente. En rigor, nadie estaba estudiando el “modelo boliviano”, pues el modelo neoliberal aplicado en Bolivia era cualquier cosa, menos boliviano.

Hay entonces, un notable salto de percepción hoy, cuando los bolivianos llaman la atención del mundo académico gracias a la aplicación de políticas económicas tomadas de manera soberana, y ya no como un país que hace de conejillo de indias para los académicos que piensan para el país soluciones desde afuera.

En gran parte del mundo, lo público sigue siendo un espacio poco valorado. Hoy, Rodrik recuerda que en una época de recesión e incertidumbre económica, es el Estado el que puede ser el puntal de la estabilidad y el crecimiento.

El mundo contemporáneo vive un entorno inestable, de caída de precios de las materias primas de exportación, agravado por la incertidumbre acerca del curso del mercado petrolero y de la situación geopolítica del oriente medio, a lo cual se suma una arquitectura internacional con pilares aún débiles. Los factores de inestabilidad se encuentran casi donde uno pone la mirada.

Es en este entorno en el que se precisa de una respuesta sólida del Estado, haciendo un uso inteligente de la inversión pública como instrumento del crecimiento, para cerrar las brechas de infraestructura, para vertebrarnos como país e integrarnos como continente y para generar condiciones para una mejor participación del sector privado, en la construcción de una economía plural.

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El doble aguinaldo: aspectos redistributivos

Algunos sectores han crecido con más  bríos que otros; algunas empresas han ralentizado su crecimiento y, por lo tanto, no todos los sectores ni todas las empresas deben ser medidas con la misma vara en lo relativo al pago del segundo aguinaldo.

/ 9 de noviembre de 2015 / 04:01

El doble aguinaldo fue instituido en 2013, como una medida redistributiva en beneficio de la población trabajadora de Bolivia, en atención a una coyuntura económica de crecimiento de larga data. Esta coyuntura se ha traducido en más oportunidades, una relativa prosperidad para los negocios de todos los tamaños, una emergencia de las clases medias y, como correlato, un cambio en los patrones de consumo de bolivianos y bolivianas.

La situación económica internacional, unida a políticas de retención del excedente, estabilidad macroeconómica y dinamización de la demanda interna, han permitido al país crecer. Si entre 2000 y 2005 en promedio se crecía 2,99%, entre 2006 y 2014 dicho promedio subió a 5,1%. En 2015, según el Instituto Nacional de Estadísticas (INE), el Producto Interno Bruto (PIB) creció en 5,23% entre junio de 2014 y junio de 2015 y se espera un crecimiento cercano al 5% hasta diciembre.

Otra manera de evaluar el de-sempeño económico de nuestro país es  observar la evolución en términos de dólares corrientes: pasamos de $us 8.444 millones en 2000 a $us 11.298 millones en 2006 y de ahí a $us 33.237 millones en 2014. Este último salto implica que nuestro PIB se triplicó desde 2006. En términos per cápita pasamos de $us 995 en 2000 a $us 1.182 en 2006 y a 2.992 en 2014;  prácticamente triplicamos el PIB per cápita desde el año 2000.

Como mencionamos arriba, el doble aguinaldo se inscribe en una lógica de redistribución del ingreso, en el marco de una economía plural, caracterizada por la coexistencia del sector estatal, el privado y el sector social-comunitario y cooperativo. Habida cuenta de la alta participación del sector privado, que según estimaciones oscila entre el 60% y el 65% del PIB, es de esperar que las dinámicas del crecimiento económico, al multiplicar la riqueza del país, coexistan con ciertos niveles de concentración, los cuales, sin embargo, pueden ser mitigados mediante políticas explícitas de distribución del ingreso.

El relativo nivel de prosperidad alcanzado hasta ahora nos muestra un país con una mayor capacidad de consumo, lo que se evidencia, por ejemplo, en los crecientes montos de venta de automóviles nuevos en la Feria Exposición de Santa Cruz. Las políticas de redistribución, por su lado, han conseguido logros importantes en la disminución de la pobreza, la indigencia y la inequidad, aunque aún falta camino por recorrer para hacer de nuestro país un lugar con menores disparidades socioeconómicas.

A lo largo de los últimos nueve años, la pobreza extrema se ha reducido de 38% a 18,8% de la población y más de un millón de personas se incorporaron a la clase media. Estos logros no hubieran sido posibles sin políticas económicas que fomenten el crecimiento y políticas sociales que generen redistribución de la renta.

Las políticas de redistribución se han operado esencialmente mediante la entrega de los bonos (Juana Azurduy, Renta Dignidad y Juancito Pinto), los cuales han tenido un efecto en las capas menos favorecidas de la población.

A ello se deben sumar otras iniciativas, como la tarifa dignidad, que beneficia a las familias urbanas y rurales de menores ingresos relativos y las determinaciones sobre el incremento del salario mínimo y del incremento al haber básico, que son medidas dirigidas específicamente a la distribución del ingreso mediante el funcionamiento de los mercados laborales.

En ese sentido se inscribe la disposición sobre el doble aguinaldo, democratizando los beneficios del crecimiento económico mediante la intervención en el ámbito del trabajo. Los efectos esperados de esta modalidad de distribución se sienten en un mayor consumo de vestimenta, alimentos, gasto en servicios de amenidades y una amplia lista de artículos y servicios que son ofertados por el sector privado nacional, dinamizando así el consumo de lo que se produce en Bolivia.

Incluso es de esperar que una fracción del doble aguinaldo se traduzca en ahorro de las familias bolivianas con miras a invertir en un futuro de mediano o largo plazo en la ampliación de su patrimonio en la forma de una vivienda; esto también tendrá repercusiones positivas para el mercado interno y para el dinamismo del sector privado nacional.

Democratizar el crecimiento económico contribuye, de esa manera, a un modelo de crecimiento en el que el mercado interno cobre paulatinamente un mayor protagonismo. Este movimiento se hace aún más pertinente en un entorno en el que se prevé una disminución del dinamismo del “motor externo” de nuestra economía; vale decir, nuestras exportaciones.

Ciertamente, muchos retos se pueden encontrar aún en la ruta de ampliar el mercado interno y consolidarlo como un componente que cada vez tenga más peso en nuestro crecimiento. Sin embargo, es innegable que el crecimiento de la demanda interna es el factor más importante para la mayor parte de las empresas nacionales, pues ellas viven de y para la demanda doméstica.

Por otro lado, como bien lo hicieron notar los empresarios a través de su entidad matriz, la Confederación de Empresarios Privados de Bolivia (CEPB), es necesario considerar que el crecimiento económico —en particular el de los meses recientes— ha sido desigual entre sectores y entre empresas. Algunos sectores han crecido con más bríos que otros; algunas empresas han ralentizado su crecimiento y, por lo tanto, no todos los sectores ni todas las empresas deben ser medidas con la misma vara.

Esta constatación ha dado pie a un debate abierto entre los directivos de la Confederación y el Presidente —acompañado de las autoridades de su gabinete económico— la pasada semana; luego de varios días de discusión, se atendieron las preocupaciones de los empresarios; el Gobierno asumió dichas preocupaciones y definió una flexibilización del pago
del segundo aguinaldo para las empresas que están en una situación más difícil, haciendo posible que éstas paguen dicho beneficio hasta fines de abril de 2016.

De esa manera, se preserva el principio de distribución de los beneficios del crecimiento y, al mismo tiempo, se consideran las posibilidades de las empresas que han mostrado un desempeño menos dinámico que la media.

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Qué está pasando con China?

Lo que pase con China afectará a toda la economía mundial, no solo a las latinoamericanas, dependientes de la exportación de materias primas. Por ahora, el gigante asiático muestra signos de un aterrizaje suave.

/ 18 de octubre de 2015 / 04:00

En 2009, con la resaca de la crisis financiera global, China se convirtió en el primer exportador mundial de manufacturas, dejando a Alemania en el segundo lugar. En ese mismo año, China deslumbraba al mundo con la faraónica majestuosidad de los Juegos Olímpicos de Beijing. Al año siguiente, Shanghái fue sede de la exposición mundial.

Mientras el mundo desarrollado se debatía en la peor crisis conocida desde 1929, China parecía perfilarse como la potencia mundial del siglo XXI; tanto, que la prestigiosa revista The Economist tiene en su web desde 2010 un gráfico interactivo que invita a los lectores a construir escenarios para predecir cuándo China sobrepasará a Estados Unidos como la primera economía mundial. En 2010, las predicciones de The Economist anticipaban que China llegaría al primer lugar en 2019. Hoy, se prevé que tal cambio de roles sucederá en 2021; el rezago se debe a la desaceleración de China, asunto del cual nos ocupamos ahora.
En 1976, tras más de dos décadas y media en el poder moría Mao Tse Tung, el histórico líder de la revolución comunista china; en los años que siguieron, la extraordinaria resiliencia del Partido Comunista Chino se puso de manifiesto y, en medio de un panorama incierto, pudo recomponer su institucionalidad y generar estabilidad, recuperando la economía luego de una década de los experimentos de la Revolución Cultural.

Las reformas económicas vinieron en 1978 de la mano de Deng Xiaoping, quien inició las reformas económicas que la China de entonces requería para convertirse en el jugador de talla global que es hoy en día. Así, China introdujo mecanismos de mercado en su economía de manera paulatina: permitió el ingreso de negocios privados en una serie de sectores, se afilió al FMI y al Banco Mundial en 1980, creó zonas económicas especiales para la industrialización exportadora y, a mediados de esa década, ya contaba con una decidida política de atracción de inversión extranjera directa; para 1990, se abren los mercados bursátiles de Shanghái y Shenzen; en 2001 se convierte en miembro de la OMC.

China creció con un muy fuerte impulso de la inversión y de la exportación manufacturera; entre 1990 y 2009 el país ha disfrutado un periodo ininterrumpido de crecimiento económico de dos dígitos, llegando a un pico de 14,2% en 1992. En ese periodo, el Producto Interno Bruto (PIB) chino se ha cuadruplicado. Hoy en día, China participa con algo más del 16% del PIB mundial.

El periodo en que China inició su impresionante transformación productiva estuvo marcado por la externalización productiva a gran escala; las empresas industriales de los países desarrollados estaban trasladando masivamente sus procesos productivos hacia los países periféricos, para mantener sus niveles de rentabilidad gracias a los bajos niveles salariales, lo cual les permitía disputar mercados y aprovechar los avances en telecomunicaciones y transportes, que paulatinamente posibilitaron la estructuración global de cadenas productivas en prácticamente todos los ámbitos económicos.

Al principio, China se articuló a los eslabones más básicos de la industrialización, principalmente los de ensamblaje y en sectores de fabricación masiva, como la manufactura de prendas de vestir; con el tiempo, la industria china se integró en eslabones de mayor valor agregado y de más alta complejidad en el proceso productivo; en 2005, la manufactura china de bienes de alta intensidad tecnológica llegó a copar el 30% de sus exportaciones.

La crisis financiera global de fines de la década de 2000 afectó notablemente al comercio mundial y, con ello, a uno de los vectores del crecimiento chino. Las exportaciones chinas son altamente dependientes de la demanda que se genera en Estados Unidos y Europa.

Conscientes de tal dependencia, los líderes chinos han intentado activar la demanda interna como motor del crecimiento, disminuyendo el peso de las exportaciones y de la inversión; pero la crisis internacional les dejó pocas opciones para políticas de recuperación y la enfrentaron con una masiva inyección de inversión en infraestructura; esto sostuvo su PIB —y el de gran parte de América Latina— por años, pero en los últimos tiempos esa ruta del crecimiento ha encontrado claramente un límite.

Las autoridades chinas conocían que al volcarse a su mercado interno, al reducirse la importancia de sus exportaciones y de la inversión, sus tasas de crecimiento deberían disminuir, pues el mercado chino, con todo y sus enormes dimensiones, no puede sustituir de manera inmediata el dinamismo de la demanda del mundo entero para su aparato productivo.

Sin embargo, la trayectoria hacia una nueva configuración del desarrollo chino no ha sido armónica: años de crecimiento de las inversiones han dejado una masa enorme de infraestructura subutilizada, con su correlato en la sobrecapacidad de la economía china. Hoy en día, China es escenario de grandes extensiones inmobiliarias sin utilizar, carreteras y puentes con poco o ningún tránsito y estructuras comerciales prácticamente abandonadas. El dramático “lunes negro” del 24 de agosto es un reflejo del problema en el lado de la inversión.

Las cifras macroeconómicas de China muestran aún una solidez que da claros indicios de que sus autoridades pueden desarrollar políticas de reequilibrio para dinamizar la demanda interna, pero las restricciones estructurales (sobrecapacidad, institucionalidad del mercado de trabajo, alta propensión al ahorro) hacen que dichas políticas sean efectivas recién entre el mediano y largo plazos.

China es un jugador de enorme peso en la economía global; según el Banco de Desarrollo de Asia, su tasa de crecimiento proyectada para 2015 se sitúa en 6,8% y para 2016, en 6,7%. Para una economía de más de 10 billones de dólares (10 seguido de 12 ceros), el resultado es monumental. Y, tomando en cuenta el peso de China en la economía global, su crecimiento contribuye en cerca de un punto porcentual al crecimiento del mundo.

Es decir, lo que pase con China afectará a toda la economía mundial, no solo a las economías latinoamericanas, dependientes de la exportación de materias primas. Por ahora, el gigante asiático muestra signos de un aterrizaje suave, lo cual permite —sobre todo a las economías que lograron preservar equilibrios macro— hacer previsiones para enfrentar un futuro de menor crecimiento generalizado.

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Paréntesis

El compromiso con un espacio bisemanal creo que me ha permitido crecer como persona.

/ 1 de marzo de 2015 / 05:55

A esta columna le toca entrar en suspenso. Su servidor debe hacer una pausa por motivos laborales. En lo personal, prefiero pensar que es más un paréntesis que un punto final, pues el compromiso con un espacio bisemanal ha sido un reto sumamente interesante, y que creo que me ha permitido crecer como persona, al obligarme a cumplir tiempos, a ordenar ideas que flotaban en mi cabeza y a hacer una búsqueda de información básica para opinar con conocimiento de causa.
De esa manera opiné sobre los conflictos en Bolivia intentando ir un poco más allá de los lugares a donde nos quieren llevar los dirigentes en sus declaraciones públicas; he resaltado temas en los que creo que nuestro país necesita políticas públicas de cambio; y he señalado algunas taras sociales que nos impiden ser más equitativos y más humanos como país, especialmente en relación a los derechos de la mitad de la población de Bolivia: las mujeres.

Nuestro país no vive aislado del mundo y, en ese sentido, he observado cómo se mueven las grandes megatendencias económicas y políticas contemporáneas. En ese intento también he tratado de ir más allá de lo que las declaraciones públicas indican. Asumo que la construcción estatal, especialmente en Bolivia, donde falta tanto por construir, no se da solo movilizando las identidades desde adentro, sino también en relación a quién queremos ser en el mundo.

En estos años de relación con los y las lectoras de La Razón he aprendido mucho en el proceso de escribir las columnas. Ciertamente espero que algo de ese beneficio personal haya podido transmitirlo a quienes me regalaron su tiempo cada dos semanas. A ellos y ellas, mi profundo agradecimiento.

Debo agradecer también a Claudia Benavente, la directora de La Razón, que no solo fue generosa al prestarme este espacio para exponer mis ideas; también fue paciente y solidaria un par de veces cuando alguna gente se sintió incómoda con lo que expresé.

Gonzalo Jordán, el editor de Opinión, hizo con mis textos un trabajo pulcro y en más de una ocasión tuvo que trabajar extra para resumir lo que yo decía sin afectar el preciado —y también acotado— espacio periodístico. Gracias también para Gonzalo.

Siento que debo muchos otros agradecimientos, pero quiero dedicarle las últimas líneas de esta columna al Maestro Astor Piazolla, pues bauticé la columna con la inspiración de una magistral pieza de tango que él compuso junto con Aníbal Troilo, otra leyenda del tango argentino.

Contrabajeando es una pieza excepcional no solo porque es un tango que se suena raro para serlo: por un lado, no tiene letra; por otro lado (incluso en la versión original de 1954 con la orquesta de Troilo) es un tango que musicalmente expresa la transición musical de Piazolla. Los toques barrocos —inéditos hasta entonces— que se pueden escuchar en esta obra de arte del tango argentino reflejan la influencia que absorbió Piazolla de sus estudios de música clásica, en un momento en el que casi abandona el tango y hasta el bandoneón.

Luego, en 1961 Piazolla graba, ya con su propio quinteto, otra versión de Contrabajeando. Quiero pensar que era la que más se parecía a lo que él quería como nuevo tango, marcando una notable diferencia con el acompasamiento que tiene la versión de la orquesta de Troilo.

No obstante Contrabajeando es una pieza notable, además, porque le otorga el protagonismo a un instrumento que usualmente está en las sobras del tango; y el contrabajo —noble como es— sale bien librado del reto. Para quienes quieran buscar en internet, hay cientos de versiones. Les recomiendo la de los contrabajos de Baja California. Que disfruten.

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