Voces

sábado 31 jul 2021 | Actualizado a 11:59

Crímenes incomprensibles

/ 16 de noviembre de 2014 / 05:30

Hace pocos días en este mismo espacio lamentábamos la muerte de tres niñas (una de cuatro, otra de cinco y la mayor de nueve años) que fueron violadas entre el 18 y 31 de octubre antes de fallecer, es decir en un lapso de apenas dos semanas. El país aún no terminaba de digerir estos hechos, cuando, de nueva cuenta, ha ocurrido otra tragedia similar, con el agravante de que esta vez el infante que falleció como consecuencia de un abuso sexual tenía apenas ocho meses de edad; además, se trataba de un bebé en estado de orfandad que vivía en el Hogar Virgen de Fátima, considerado hasta ahora uno de los mejores orfanatos del país.

Si bien aún no se tiene la certeza de quién es el responsable de este terrible delito, ni dónde fue cometido realmente (aparentemente habría ocurrido en el orfanato, sin embargo, las autoridades de esta institución señalan que fue durante el traslado del bebé al hospital para ser tratado por una dolencia); ciertamente éste y los otros casos antes mencionados ponen en evidencia que algo anda mal en el país, toda vez que existen personas enfermas capaces de cometer aberraciones contra lo más preciado que tiene la sociedad, los niños,     y no solamente en las calles y hogares, sino también en instituciones médicas y probablemente en centros de acogida.

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De regreso a la tribu

/ 31 de julio de 2021 / 01:45

Messi conecta por videollamada con su familia, se dirige a Ciro, su hijo menor, y le muestra eufórico la medalla que acaba de recibir por la obtención de la Copa América 2021. “¡Ciro mirá!”, le dice como si fuera su hermano mayor, ese que acaba de hacer los deberes de la escuela, fue obediente con papá y mamá, ayudó en los quehaceres domésticos, fue de compras a la verdulería, hizo las tareas asignadas como chico querendón de su familia y obtuvo como premio el permiso para ir a patear pelota en la cancha del barrio.

Atravesado el planeta por la desgracia a la que nos ha conducido el coronavirus, las imágenes de la celebración celeste y blanca por el épico triunfo frente a la canarinha no nos muestran a ganadores trepados al podio de la celebración cual si fueran rock stars. Lejos están de las gesticulaciones de la altanería y la autosuficiencia. Lo que hacen es festejar como si se tratara de la primera tribu de la humanidad: llantos, abrazos, besos, agradecimientos a los cielos con los brazos extendidos, todo eso dentro una rígida burbuja sujeta al protocolo anticontagios. Los hombres, las mujeres, los niños pueden volver a apretarse, a llorar de felicidad, a agradecer por todos los favores y bienes recibidos a quienes les ayudaron a hacerse personas.

En los paneles de la televisión argentina, las entrevistas son con las compañeras, novias o esposas, los hermanos, los padres, los tíos, y los abuelos de esa tribu futbolera que a través de la magia y la buena energía conjuncionó la gesta colectiva con la guía inspirada de un genio que termina siendo tan igual que ellos. Grita igual, putea igual, llora igual, celebra igual. Es Messi, pero es tan de carne y hueso que se resbala en la puerta brasileña, lo que le impide la apoteosis total del que habría sido el segundo gol enviando a un descomunal diván psicoanalítico a todos los torcedores encabezados por el presidente más inhumano que haya tenido Brasil en su historia, Jair Bolsonaro, ese que representa a esa otra tribu, la de los intolerantes, los violentos, los exterminadores, los fascistas que odian a afros, indios, gays, lesbianas y chicas trans.

En el impecable césped del Maracaná hay millones de millones de dólares, pero eso vale nada en esos minutos de desborde emocional que nos retornan a la primigenia idea del juego: Messi y Neymar se funden en un abrazo de hermanos, de panas, de cuates, de compañeros, de amigos, y luego se sientan a charlotear y reír junto a Leandro Paredes, compañero del 10 brasileño en el París Saint Germain. No recuerdo haber sido testigo de homenaje semejante al sentido profundo del fútbol porque transcurridos los 95 minutos reglamentarios, pasadas las tensiones de ese que es divertimento y combate al mismo tiempo, los protagonistas vuelven a su condición de sujetos de la cotidianidad donde la rivalidad queda extinguida por valores que deben siempre prevalecer y que pasan por la escucha y la comunicación.

La celebración es más emocionante que el partido. El riesgo era no solo jugar contra la verde amarilla, sino también contra el árbitro, el VAR, algunos intereses de la Confederación Sudamericana de Fútbol (Conmebol), factores terrenales contrapesados en la corte celestial desde donde Diego Maradona hacía fuerza para que Argentina volviera a ganar un torneo después de 28 años y Messi lo consiguiera por primera vez.

Desde su breve estatura, Messi levanta a su tocayo, al seleccionador Lionel Scaloni, con los brazos de un gladiador que nunca desistió de intentar hasta lograr un trofeo con la albiceleste. Sin grandes pergaminos, sin un marketing periodístico que lo ayudara a negociar más miles de dólares de los miles que ya le pagan, el entrenador junto a históricos de la generación Pekerman, que conforman su cuerpo técnico —Pablo Aimar, Wálter Samuel, Claudio López—, hizo del equipo nacional argentino esa tribu capaz de superar las camarillas y las roscas. Las personas se impusieron a las trayectorias, y así Messi, Di María, el Kun Agüero y Otamendi les pasaron las mejores ondas de sus grandes itinerarios a compañeros con un carisma y una vocación ganadora como Emiliano Martínez, ese cíclope del arco que le atajó tres penales a Colombia para meter a su equipo en la final, como Rodrigo De Paul que envió de viaje al esférico hacia los pies del Fideo como si se tratara de una interminable travesía entre Buenos Aires y Río de Janeiro, para que éste colgara el balón a Ederson, que tuvo que girar la cabeza para comprobar que la tenía adentro.

Cuando la selección argentina devolvió a sus integrantes a sus familias, las imágenes eran las de personas que habían extrañado a sus compañeras, a sus hijos, a sus padres, a sus abuelos, a sus sobrinos, a sus tíos y a algunos amigos y conocidos del barrio. La deshumanización y el empobrecimiento espiritual al que nos ha llevado la pandemia, fueron superados durante un par de días contra esa abrumadora, absurda y mal llamada nueva normalidad, porque la única normalidad es la del sentido existencial que pasa por los afectos, los compromisos emocionales cotidianos con los que amanecemos para seguir en la lucha.

Julio Peñaloza Bretel es periodista.

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La política de la ‘nueva normalidad’

/ 31 de julio de 2021 / 01:36

Las condiciones globales y locales para el funcionamiento de la economía se han modificado sustantivamente en estos años de crisis. Frente a una transformación socioeconómica que será inevitable, estamos ante dos desafíos, precisar los contornos de una nueva agenda de crecimiento y distribución y construir una arquitectura política realista que la viabilice.

Por encima del furor de una coyuntura política nacional saturada por la obsesión por lo episódico, el planeta se está internando en un incierto mundo pospandémico caracterizado por una economía en los albores de una gran mutación y sociedades dislocadas por la pandemia y otras rupturas ambientales y tecnológicas.

Lo que viene no es menor, se trata de gestionar la conjunción de, al menos, dos grandes fuerzas de cambio: la transición a una economía digitalizada y basada en otra matriz de energías, y la persistencia en el largo plazo de los impactos sociales y psicológicos de una catástrofe sanitaria mundial de la que aún no hemos salido del todo.

El auge de la movilidad y de los dispositivos basados en energía eléctrica, la adaptación al cambio climático, la masificación de la digitalización, el retorno de la intervención del Estado en la economía incluso en los países liberales, la expansión de la deuda y el crédito público, el surgimiento de nuevas desigualdades, la coexistencia contradictoria de un renovado soberanismo y la cooperación multilateral para enfrentar males universales, la urgencia de impulsar una economía de servicios sanitarios, educativos y de protección, y un largo etcétera de fenómenos, son algunos de los síntomas de esta evolución.

Los desafíos de adaptación para un país periférico como Bolivia son enormes, no escaparemos a esos cambios, tendremos que decidir si deseamos y/o podemos participar de ellos con algo de autonomía y sentido estratégico: ¿Cuáles serán los sectores, viejos y nuevos, que impulsarán un crecimiento que sustente la redistribución social y modernización infraestructural? ¿Cómo renovar nuestro vital sector extractivo, pensando en que habrá grandes oportunidades para su desarrollo pero que, al mismo tiempo, se deberá considerar sus impactos medioambientales? ¿De qué manera evitaremos la catástrofe en capacidades humanas y desigualdades que implica el cuasi parón de dos años de los sistemas educativos? ¿Cómo prepararse para la próxima pandemia?

Si de por sí, esa agenda es terriblemente desafiante, intelectual y prácticamente. La cuestión política complica aún más la ecuación pues ninguno de esos problemas se resolverá sin la emergencia de un consenso ideológico básico acerca de los contenidos de esas nuevas políticas, de alianzas sociales que las sostengan y de una mínima eficacia y eficiencia burocrática en el Estado para hacerlas realidad.

No voy a cometer la ingenuidad de reclamar un fantasmagórico diálogo o consenso nacional para estas tareas que logre componer a todas las diferencias existentes en la plurinación, me conformo con la constitución de una masa crítica de ideas que puedan seducir a una mayoría suficiente de la sociedad para impulsar esas transformaciones, sostenerlas políticamente y mitigar los seguros conflictos que traerá su despliegue.

El actual Gobierno será el primero que deberá encarar esta nueva etapa, su tarea es lograr que el cohete despegue. No basta pues con reactivar el viejo aparato productivo y mitigar la pobreza y desigualdad que trajo la crisis, aunque sin eso todo lo otro será una ficción, sino poner las bases de una renovación sustantiva del manejo económico y la política social. Se cuenta con activos que ayudan, su capacidad de contener a las mayorías sociales del país, la modernización reciente de la economía y la sociedad que lideró, su nacionalismo económico que parece coherente con el mundo multipolar en que vivimos, pero hay otras cosas que tendrá que (re)inventar, empezando por la coalición interna de actores sociales y económicos y la red de relaciones exteriores que deberían sostener estos esfuerzos, las cuales sospecho que deberán ser mucho más plurales y sofisticadas que la que sostuvieron el modelo neodesarrollista en los últimos 14 años.

Armando Ortuño Yáñez es investigador social.

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Desempeño económico de La Paz

/ 31 de julio de 2021 / 01:31

El 16 de julio se conmemora la Revolución de La Paz, realizada en 1809. Aquel día los insurgentes se levantaron en contra del dominio español; Pedro Domingo Murillo se reunía con otros revolucionarios, inspirados en la semilla emancipadora que habían sembrado la revolución francesa, la independencia estadounidense y el cerco a La Paz encabezado por Túpac Katari en 1781, para organizar lo que sería el levantamiento revolucionario y la proclamación de libertad.

La Paz como sede de gobierno del Estado Plurinacional ha demostrado que en los últimos años es uno de los departamentos que aporta más al crecimiento económico; no obstante, y ante la ruptura del orden constitucional y la toma de mando del gobierno de facto, se interrumpió el Modelo Económico Social Comunitario Productivo (MESCP), mediante determinaciones de políticas neoliberales y en contra de los logros alcanzados por el modelo, impactando negativamente en el desarrollo del departamento y del resto del país.

Hasta la gestión pasada los principales indicadores económicos de La Paz disminuyeron, y más aún con el arribo del COVID-19 y la pésima administración pública del gobierno de facto; sin embargo, al primer cuatrimestre de 2021 se empiezan a recuperar dichos indicadores con las medidas adoptadas por el gobierno de Luis Arce para la reconstrucción de la economía, con pilares basados en el restablecimiento del MESCP, las política de sustitución de importaciones y de redistribución de ingresos, la reactivación de la inversión pública, el restablecimiento de la generación de excedentes de las empresas públicas y el plan estratégico de lucha contra el COVID-19.

Las recaudaciones tributarias registraron un incremento de Bs 4.964 millones (mayo 2020) a Bs 6.481 millones (mayo 2021), con un aumento del 31%; asimismo, si bien la inversión pública registró una caída del 51% en 2020, hasta abril de 2021 se registra un crecimiento de 52%, es decir de $us 51 millones a 77 millones, lo que se plasma en la reactivación de la economía de La Paz con la ejecución de proyectos de carácter productivo y de infraestructura.

Los depósitos en el sistema financiero registraron un alza del 3% hasta abril de 2021 respecto a abril de 2020, de $us 13.839 millones a 14.289 millones; la cartera crediticia reportó un incremento del 3%, de $us 6.682 millones a 6.893 millones, en el periodo señalado, en apoyo principalmente a las unidades productivas del departamento. Las exportaciones crecieron en 109%, de $us 331 millones a 691 millones, destacando el sector de manufacturas y ventas de minería, lo cual coadyuva al resultado positivo de la balanza comercial del país.

En los pilares basados en el restablecimiento del MESCP, en 2020 el pago del bono Juancito Pinto benefició a 545.518 estudiantes de los niveles primario y secundario de establecimientos públicos y de convenio, evitando la deserción escolar y apoyando a la conclusión de su formación académica; la Renta Dignidad se entregó a 355.829 personas de la tercera edad en La Paz, para aliviar gastos familiares y cubrir necesidades básicas de este grupo vulnerable; el bono Juana Azurduy benefició a 52.250 madres y niñas y niños menores de dos años; y el Bono contra el Hambre benefició a 1.421.605 personas en La Paz, a mayo de este año.

Los paceños en su aniversario pueden estar orgullosos de pertenecer a uno de los principales departamentos que aporta a los resultados positivos a la economía del país, permitiendo el retorno a la senda del crecimiento sostenido, al restablecimiento de políticas sociales y la mejora de la calidad de vida.

Fernando Chuquimia es especialista financiero.

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Simone Biles y el poder del ‘no’

/ 30 de julio de 2021 / 01:26

No. Una palabra tan sencilla y corta. Pero tiene un gran poder de transformación. Simone Biles la utilizó con gran efecto en los Juegos Olímpicos de Tokio esta semana. “Sabes qué, hoy digo no”, dijo, explicando a los periodistas su decisión de retirarse de la competencia de gimnasia por equipos para proteger su salud mental y física.

Fue un “no” que sacudió los Juegos Olímpicos y puso al mundo del deporte sobre aviso. También demostró que el empoderamiento de los atletas, un sello distintivo de esta era en el deporte, sigue desarrollándose y creciendo. Los atletas están más que preparados para dar la cara, no solo por la justicia social, sino también por ellos mismos.

Biles es la gimnasta más grande y más premiada de todos los tiempos. Ganó cuatro medallas de oro en Río de Janeiro hace cinco años y se esperaba que se llevara a casa al menos tres más en Tokio. Pero al decir “no”, al retirarse esta semana y al defender su bienestar en un mundo deportivo que mercantiliza a los atletas y premia la victoria a toda costa, ha superado todos esos logros en importancia.

La retirada de Biles de la prueba por equipos del martes se produjo tras la sorprendente derrota de Naomi Osaka en el torneo olímpico de tenis. Osaka, por supuesto, se sumó al debate sobre la salud mental de los atletas y a la resistencia contra los dirigentes deportivos poco complacientes, cuando se retiró del Abierto de Francia esta primavera.

Si la retirada de Osaka de un torneo de tenis de Grand Slam fue un gancho al hígado para un mundo deportivo empeñado en llevar a los atletas a su punto de quiebre, entonces la decisión de Biles de decir “no” fue un golpe en el mentón.

Biles llegó a los Juegos Olímpicos con un evidente conflicto con la gimnasia y los organismos organizadores que rigen el deporte. “En verdad siento que a veces tengo el peso del mundo sobre los hombros”, escribió en su página de Facebook, y luego señaló que “los Juegos Olímpicos no son un juego”.

No hablaba la alegre Simone Biles que irrumpió en la escena mundial en los Juegos de Río. Sino una atleta que se está desarrollando a sus 24 años.

Una atleta dispuesta a hablar de los abusos sexuales que ella y tantas otras sufrieron a manos del exmédico del Equipo Olímpico de Gimnasia de Estados Unidos Larry Nassar y del entrenamiento verbal y emocionalmente abusivo que ella y tantas otras soportaron bajo la tutela de Bela y Marta Karolyi.

Una atleta que presionó para llegar a Tokio en vez de retirarse, en parte porque eso obligaría a los responsables de la gimnasia a seguir reconociendo lo que ella y tantas otras gimnastas estadounidenses habían sobrevivido.

Una atleta dispuesta a hablar con fuerza sobre el racismo, un tema que conoce bien como mujer negra que domina un deporte en el que predominan los blancos. Así que, sí, lleva una pesada carga, que cae con fuerza sobre ella y sobre otras atletas negras.

Todo parecía estar programado a la perfección para que Biles sobresaliera a pesar de esa carga. Se enfrentaría a las miradas y ganaría un montón de medallas más, lo que pondría de manifiesto su dominio competitivo, y luego se retiraría.

Sin embargo, en cambio, decidió decir “no”. Ya fue suficiente. Se acabó.

Sin duda podría haber predicho lo que vino después. Los alaridos habituales de los que quieren que el deporte y la sociedad sigan anclados a un pasado en el que los atletas nunca traicionan su estoicismo. Los críticos que se rasgan las vestiduras (que no nos extrañe que la mayoría de ellos son hombres blancos) y que afirman que Biles no es una verdadera campeona porque no se aguanta.

Nada de esto impidió a Biles realizar el acto más significativo de estas olimpiadas.

Vivimos en una sociedad que adora a los atletas como dioses que hacen magia y al mismo tiempo los trata como objetos desechables.

Los aficionados, los periodistas, las ligas, las organizaciones mundiales como el Comité Olímpico Internacional, todos forman un ecosistema en el que muy pocos se preocupan por el dolor que sufren los atletas: los huesos rotos, las lesiones cerebrales y los problemas de salud mental. Mientras estén ahí para nuestro entretenimiento, todo está bien.

Por eso una de las escenas olímpicas más emblemáticas es la de Kerri Strug en la competencia por equipos de gimnasia de 1996. Bela Karolyi la presionó para que compitiera en el salto de caballo a pesar de tener una lesión de tobillo —“¡Te necesitamos una vez más, para el oro!”—, Strug hizo lo que se le dijo, tomó impulso, saltó y aterrizó. Luego dio un par de saltitos en un pie para hacer el saludo a los jueces y cayó de rodillas. Karolyi la cargó al podio para recoger su medalla de oro.

La sombra de entrenadores como Karolyi, de asistentes del equipo como Nassar, de la presión desenfrenada por lograr la perfección y conseguir medallas de oro en medio de un tsunami de presión, se cernía sobre Biles. Ella se enfrentó a todo eso y dijo “no”. Fue un acto de resistencia, simple y valiente, mucho más importante que todo lo que veremos en estos juegos.

Kurt Streeter es columnista de The New York Times.

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Democratización interna en los partidos

/ 30 de julio de 2021 / 01:21

Comenzando por el MAS hace más de dos décadas, pasando por toda esa complejidad de organizaciones que hay en el medio y terminando en las dos alianzas que al día de hoy también conforman la representación dentro del Congreso, existen características comunes que nos señalan que estamos al frente de organizaciones políticas que están afrontado las complejidades de un fenómeno que parece ser, en el siglo XXI, más una normalidad que una excepción: la crisis de representación política. Y que ha originado que las opciones políticas que, en la actualidad, logran obtener votación están implícitamente obligadas a forjarse de manera conjunta con actores políticos del complejo entramado de corporatividades que, desde hace mucho, son parte de las definiciones del horizonte político del país. Corporatividades gremiales, sindicales, de clase, de origen, de profesión u oficio, etcétera. Esto se ha ido materializando a partir de alianzas estratégicas y programáticas, en el mejor escenario; o de prebendas y clientelismo, en el peor.

Son pocos los partidos que han logrado, en los últimos años en los que esta práctica solo se ha hecho más evidente, comprometer formalmente a sus bases sumando a sus militancias a personas que componen los grupos corporativos con los que se comparten agendas políticas, sean de corto, mediano o largo plazo. Y esto no siempre de forma voluntaria, sino incluso coaccionada respecto a la manutención de determinados cargos públicos. En otros casos, debido a las urgencias en las que se puso el sistema político y de gobierno en la más reciente crisis de noviembre de 2019, algunas alianzas han sido aupadas con base en adherencias de grupos de personas sin que se logre “formalizar” la instancia de la militancia como tal en estos aliados coyunturales. Pues la crisis de representación política —entre otros síntomas— genera una desvalorización y rechazo de la militancia partidaria como opción para el ejercicio político.

Además de todo lo anterior también es preciso recordar que, de manera general, dentro de las organizaciones políticas las relaciones entre líderes y bases, salvo situaciones muy excepcionales, se producen y reproducen en torno a un poder político de tipo patriarcal, elitista y caudillista. A pesar de los matices —que los hay— todo intento de modificación de las relaciones de poder dentro de estas organizaciones están sujetas a desafíos estructurales de carácter histórico y cultural.

Se ha venido estableciendo en el diálogo público, el mandato que tienen las organizaciones políticas de todo el país —la decena de nivel nacional y la más de una centena en los niveles locales— de adecuar su ordenamiento normativo interno de acuerdo a los lineamientos que establece la Ley de Organizaciones Políticas (mecanismos de democratización interna, régimen de despatriarcalización, adecuación de documentos con base en principios de la democracia intercultural y paritaria, entre los más desafiantes).

Si acaso este mandato llega a cumplirse en plazo, faltando cinco meses ya para éste, deberá llevarse a cabo necesariamente con la participación activa, deliberativa y comprometida de estas militancias, pues de ninguna manera será posible la actualización de las bases políticas sobre las que están asentados actualmente los partidos si es que este primer paso no se da de manera honesta, amplia y democrática internamente. ¿Será realmente posible?

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka.

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