Voces

viernes 30 jul 2021 | Actualizado a 16:11

Alexander

Este caso revela hasta qué punto está en riesgo la integridad de los niños sin hogar

/ 23 de noviembre de 2014 / 04:09

El trágico suceso en el que un bebé de ocho meses de vida murió supuestamente después de ser víctima de maltrato y, aparentemente, hasta de violencia sexual ha conmocionado a la opinión pública a extremos pocas veces vistos en tiempos recientes, y no es para menos, pero sobre todo ha servido para alertar a la sociedad sobre una amenaza mayor sobre niñas y niños.

En efecto, diez días después de ocurrido el hecho, Alexander casi ha dejado de ser el nombre de un bebé abandonado por sus padres junto a su hermana, también de corta edad, e ingresado al hogar Virgen de Fátima, dependiente del Servicio Departamental de Gestión Social (Sedeges) de la Gobernación de La Paz en agosto, para convertirse en el nombre que designa una situación que fácilmente puede calificarse de horrorosa, pues muestra hasta dónde está en riesgo la vida de los niños y niñas que al no tener una familia están a cargo de las instituciones del Estado.

Según lo que se sabe, el bebé presentó un cuadro de paro cardiorrespiratorio, aparentemente causado por broncoaspiración (estando echado vomitó, pero no pudo expulsar el líquido, que le impidió la respiración); ante la gravedad del caso, fue llevado al Hospital del Niño, donde según una primera versión no fue atendido y se lo derivó al hospital Juan XXIII y, según una segunda explicación, fue reanimado y luego derivado al citado nosocomio debido a que en el primero no había espacio disponible en su unidad de terapia intensiva.

No obstante, luego del deceso se reveló que el bebé tenía signos de violencia sexual, extremo que disparó el horror, considerando que resulta casi inimaginable que un adulto pueda concebir y menos ejecutar semejante acto. Lo cierto es que con el paso de los días, la investigación a cargo del Ministerio Público reveló una serie de nuevos detalles, muchos contradictorios entre sí, y ahora ya no solo no se tiene certeza de la naturaleza de las evidencias que llevaron a sostener que había sido violado, sino que tampoco parece posible identificar al o los autores del horrendo crimen.

Lo que queda, así, es la incertidumbre sobre qué pasó, cómo y por qué; y en cambio la certeza de que las instituciones han fallado, no solo en este caso, sino, como se ha revelado en los últimos días, sistemáticamente, ya que no es la primera vez que se denuncia violencia sexual contra los y las menores del Hogar Virgen de Fátima. Asimismo, la actuación de los galenos en el Hospital del Niño deja mucho que desear, al menos mientras no se sepa hasta dónde tienen responsabilidad directa o indirecta en el caso.

Ciertamente el caso seguirá resonando mientras no concluya la investigación en marcha, y tal vez la indignación pase cuando haya alguna persona sentenciada. Sin embargo, seguirá siendo una tarea pendiente cambiar esa realidad que, por lo visto, es un infierno para las y los niños en esas instituciones.

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Simone Biles y el poder del ‘no’

/ 30 de julio de 2021 / 01:26

No. Una palabra tan sencilla y corta. Pero tiene un gran poder de transformación. Simone Biles la utilizó con gran efecto en los Juegos Olímpicos de Tokio esta semana. “Sabes qué, hoy digo no”, dijo, explicando a los periodistas su decisión de retirarse de la competencia de gimnasia por equipos para proteger su salud mental y física.

Fue un “no” que sacudió los Juegos Olímpicos y puso al mundo del deporte sobre aviso. También demostró que el empoderamiento de los atletas, un sello distintivo de esta era en el deporte, sigue desarrollándose y creciendo. Los atletas están más que preparados para dar la cara, no solo por la justicia social, sino también por ellos mismos.

Biles es la gimnasta más grande y más premiada de todos los tiempos. Ganó cuatro medallas de oro en Río de Janeiro hace cinco años y se esperaba que se llevara a casa al menos tres más en Tokio. Pero al decir “no”, al retirarse esta semana y al defender su bienestar en un mundo deportivo que mercantiliza a los atletas y premia la victoria a toda costa, ha superado todos esos logros en importancia.

La retirada de Biles de la prueba por equipos del martes se produjo tras la sorprendente derrota de Naomi Osaka en el torneo olímpico de tenis. Osaka, por supuesto, se sumó al debate sobre la salud mental de los atletas y a la resistencia contra los dirigentes deportivos poco complacientes, cuando se retiró del Abierto de Francia esta primavera.

Si la retirada de Osaka de un torneo de tenis de Grand Slam fue un gancho al hígado para un mundo deportivo empeñado en llevar a los atletas a su punto de quiebre, entonces la decisión de Biles de decir “no” fue un golpe en el mentón.

Biles llegó a los Juegos Olímpicos con un evidente conflicto con la gimnasia y los organismos organizadores que rigen el deporte. “En verdad siento que a veces tengo el peso del mundo sobre los hombros”, escribió en su página de Facebook, y luego señaló que “los Juegos Olímpicos no son un juego”.

No hablaba la alegre Simone Biles que irrumpió en la escena mundial en los Juegos de Río. Sino una atleta que se está desarrollando a sus 24 años.

Una atleta dispuesta a hablar de los abusos sexuales que ella y tantas otras sufrieron a manos del exmédico del Equipo Olímpico de Gimnasia de Estados Unidos Larry Nassar y del entrenamiento verbal y emocionalmente abusivo que ella y tantas otras soportaron bajo la tutela de Bela y Marta Karolyi.

Una atleta que presionó para llegar a Tokio en vez de retirarse, en parte porque eso obligaría a los responsables de la gimnasia a seguir reconociendo lo que ella y tantas otras gimnastas estadounidenses habían sobrevivido.

Una atleta dispuesta a hablar con fuerza sobre el racismo, un tema que conoce bien como mujer negra que domina un deporte en el que predominan los blancos. Así que, sí, lleva una pesada carga, que cae con fuerza sobre ella y sobre otras atletas negras.

Todo parecía estar programado a la perfección para que Biles sobresaliera a pesar de esa carga. Se enfrentaría a las miradas y ganaría un montón de medallas más, lo que pondría de manifiesto su dominio competitivo, y luego se retiraría.

Sin embargo, en cambio, decidió decir “no”. Ya fue suficiente. Se acabó.

Sin duda podría haber predicho lo que vino después. Los alaridos habituales de los que quieren que el deporte y la sociedad sigan anclados a un pasado en el que los atletas nunca traicionan su estoicismo. Los críticos que se rasgan las vestiduras (que no nos extrañe que la mayoría de ellos son hombres blancos) y que afirman que Biles no es una verdadera campeona porque no se aguanta.

Nada de esto impidió a Biles realizar el acto más significativo de estas olimpiadas.

Vivimos en una sociedad que adora a los atletas como dioses que hacen magia y al mismo tiempo los trata como objetos desechables.

Los aficionados, los periodistas, las ligas, las organizaciones mundiales como el Comité Olímpico Internacional, todos forman un ecosistema en el que muy pocos se preocupan por el dolor que sufren los atletas: los huesos rotos, las lesiones cerebrales y los problemas de salud mental. Mientras estén ahí para nuestro entretenimiento, todo está bien.

Por eso una de las escenas olímpicas más emblemáticas es la de Kerri Strug en la competencia por equipos de gimnasia de 1996. Bela Karolyi la presionó para que compitiera en el salto de caballo a pesar de tener una lesión de tobillo —“¡Te necesitamos una vez más, para el oro!”—, Strug hizo lo que se le dijo, tomó impulso, saltó y aterrizó. Luego dio un par de saltitos en un pie para hacer el saludo a los jueces y cayó de rodillas. Karolyi la cargó al podio para recoger su medalla de oro.

La sombra de entrenadores como Karolyi, de asistentes del equipo como Nassar, de la presión desenfrenada por lograr la perfección y conseguir medallas de oro en medio de un tsunami de presión, se cernía sobre Biles. Ella se enfrentó a todo eso y dijo “no”. Fue un acto de resistencia, simple y valiente, mucho más importante que todo lo que veremos en estos juegos.

Kurt Streeter es columnista de The New York Times.

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Democratización interna en los partidos

/ 30 de julio de 2021 / 01:21

Comenzando por el MAS hace más de dos décadas, pasando por toda esa complejidad de organizaciones que hay en el medio y terminando en las dos alianzas que al día de hoy también conforman la representación dentro del Congreso, existen características comunes que nos señalan que estamos al frente de organizaciones políticas que están afrontado las complejidades de un fenómeno que parece ser, en el siglo XXI, más una normalidad que una excepción: la crisis de representación política. Y que ha originado que las opciones políticas que, en la actualidad, logran obtener votación están implícitamente obligadas a forjarse de manera conjunta con actores políticos del complejo entramado de corporatividades que, desde hace mucho, son parte de las definiciones del horizonte político del país. Corporatividades gremiales, sindicales, de clase, de origen, de profesión u oficio, etcétera. Esto se ha ido materializando a partir de alianzas estratégicas y programáticas, en el mejor escenario; o de prebendas y clientelismo, en el peor.

Son pocos los partidos que han logrado, en los últimos años en los que esta práctica solo se ha hecho más evidente, comprometer formalmente a sus bases sumando a sus militancias a personas que componen los grupos corporativos con los que se comparten agendas políticas, sean de corto, mediano o largo plazo. Y esto no siempre de forma voluntaria, sino incluso coaccionada respecto a la manutención de determinados cargos públicos. En otros casos, debido a las urgencias en las que se puso el sistema político y de gobierno en la más reciente crisis de noviembre de 2019, algunas alianzas han sido aupadas con base en adherencias de grupos de personas sin que se logre “formalizar” la instancia de la militancia como tal en estos aliados coyunturales. Pues la crisis de representación política —entre otros síntomas— genera una desvalorización y rechazo de la militancia partidaria como opción para el ejercicio político.

Además de todo lo anterior también es preciso recordar que, de manera general, dentro de las organizaciones políticas las relaciones entre líderes y bases, salvo situaciones muy excepcionales, se producen y reproducen en torno a un poder político de tipo patriarcal, elitista y caudillista. A pesar de los matices —que los hay— todo intento de modificación de las relaciones de poder dentro de estas organizaciones están sujetas a desafíos estructurales de carácter histórico y cultural.

Se ha venido estableciendo en el diálogo público, el mandato que tienen las organizaciones políticas de todo el país —la decena de nivel nacional y la más de una centena en los niveles locales— de adecuar su ordenamiento normativo interno de acuerdo a los lineamientos que establece la Ley de Organizaciones Políticas (mecanismos de democratización interna, régimen de despatriarcalización, adecuación de documentos con base en principios de la democracia intercultural y paritaria, entre los más desafiantes).

Si acaso este mandato llega a cumplirse en plazo, faltando cinco meses ya para éste, deberá llevarse a cabo necesariamente con la participación activa, deliberativa y comprometida de estas militancias, pues de ninguna manera será posible la actualización de las bases políticas sobre las que están asentados actualmente los partidos si es que este primer paso no se da de manera honesta, amplia y democrática internamente. ¿Será realmente posible?

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka.

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Espacio público

/ 30 de julio de 2021 / 01:17

El 16 de julio se inauguraron dos importantes espacios públicos en nuestra ciudad. Por un lado, el Gobierno inauguró el Parque de las Culturas en la Estación Central, y por otro, el gobierno municipal presentó la plaza Tejada Sorzano en Miraflores (cada cual por su lado, como perro y gato). A raíz de ello, el público expresó pros y contras en las redes sociales (el Feisbuk se llenó de mensajes obvios y majaderos) y los especialistas también comentaron sobre el tema.

En el argot urbanístico estas plazas —con o sin equipamientos contiguos— se denominan espacios públicos, que son los lugares de encuentro ciudadano. El espacio público es un tema que cobra relevancia al influjo de personalidades internacionales (como Jan Gehl o Jaime Lerner) que trabajan en esas áreas como una salida al inextricable problema urbano. No puedo evitar pensar que es una salida de destripador urbano: ya que no puedo cargar con todo, lo cortaré en pedazos.

El espacio urbano es motivo de estudios, proyectos y análisis en todos los centros urbanos del planeta. Se volvió el tema mimado por excelencia. Pero, a mi entender, pocos estudian y evalúan lo más importante del asunto que es la práctica social que se da en esos lugares. Lo fundamental no es el diseño o la funcionalidad planificada, sino el uso cotidiano de esas áreas urbanas y que debe ser promovido con absoluta libertad de ocupación. El destino final de todo proyecto urbano es el uso y usufructo que la población defina y realice en la vida útil de esos espacios públicos; como en el último clásico de fútbol que llenó la plaza de hinchas. Pero, vanitas vanitatis, el profesional se regodea en las estadísticas sociales o en la “genialidad” de su diseño. Por ello, pienso que el debate entre especialistas, para ensalzar o denigrar obras en el espacio público, es nomás muestra de una soberbia académica de un grupo profesional que no pudo resolver, en décadas, el problema urbano.

Por otro lado, la práctica social nos remite a temas culturales. ¿Cuál es nuestra manera de ocupar y vivir la ciudad? ¿Es la de los nórdicos como Jan Gehl o de cariocas como Lerner? ¿Debemos seguir el orden urbano occidental? La Paz es una ciudad pluricultural y de intensa movilidad social en términos de la apropiación de su territorio. Es una urbe que, poco a poco, es tomada por una clase urbana, andina y popular, con un peculiar mestizaje, que trae prácticas culturales que horrorizan a grupos civiles y académicos que luchan contra corriente en un mundo que anuncia el reino de la distopía urbana en todas sus latitudes. Ahora, pintorescas chusmas toman los espacios públicos aquí y también en el Capitolio del imperio.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Golpe de Estado 2.0

/ 29 de julio de 2021 / 01:53

Durante el periodo comprendido entre los años 60 y 80 los golpes de Estado, entendidos como la toma de poder de manera ilegal y en muchos casos violenta que desconoce un mandato democrático, fueron comunes en la región y en particular en nuestro país. Fuerzas militares en alianza con grupos políticos hacían uso de la fuerza imponiendo de esta manera gobiernos dictatoriales con la finalidad de ostentar el poder, aplicando medidas conservadoras y alineadas al sistema económico internacional.

Las ráfagas de las ametralladoras, las balas que se escuchan a lo lejos, los tanques y tanquetas circulando por las ciudades, el inusitado vuelo de helicópteros y aviones militares, generaban miedo en la población, que confundida trataba de informarse con ansiedad de lo que estaba sucediendo en el país, sintonizando las pocas radioemisoras que existían en Bolivia y el canal estatal que era el único medio de comunicación audiovisual con horarios restringidos en cuanto a su programación. En ocasiones de golpe de Estado, de manera excepcional la televisión estatal iniciaba su transmisión en cualquier momento, instante en el cual se entonaba la marcha militar y posteriormente el mensaje del nuevo presidente.

Las características de la toma del poder por parte de los gobierno dictatoriales se caracterizaron por las persecuciones y amedrentamiento de adversarios políticos que en un extremo eran ejecutados; el confinamiento de compatriotas obligados a abandonar el país con destinos lejanos y en muchos casos sin retorno; el establecimiento de los famosos “estado de sitio” que restringían la circulación vehicular y el libre tránsito de personas; detenidos y presos políticos, representaban la circunstancia perfecta en un momento de confusión y crisis. La débil resistencia popular de organizaciones sociales que con marchas, conformación de barricadas y bloqueos, manifestaban su disconformidad con este hecho; sin embargo, debido a la confrontación desigual, era diezmada con el avasallamiento y la opresión del más fuerte en detrimento de los más débiles, el pueblo.

Solamente después de 1982 se recuperó la democracia, con la presencia de Hernán Siles Zuazo como presidente elegido por el voto popular, y uno de los pilares de la revolución nacional y la alianza de clases. Se iniciaba un nuevo periodo en la política boliviana con una democracia incipiente, plagada de esperanza en un nuevo futuro que valoró la libertad de pensamiento, la convivencia pacífica y en comunidad de todos los bolivianos.

En el siglo XXI, este modelo de golpe de Estado y sus características ya no son habituales y de hecho las nuevas generaciones no tienen la experiencia de haberlos vivido. En la actualidad, son otras las características que envuelven a esta desdicha, el contexto ha cambiado, mas no el resultado final que es la toma del poder. La falta de respeto a la voluntad popular, la interpretación antojadiza de la normativa, el amedrentamiento por parte de la fuerza militar, la utilización premeditada de las tecnologías de la información y las redes sociales, entre otros, son los ejes del nuevo modelo de golpe de Estado, claro está que esto no quiere decir que una interrupción al estado democrático con las características del siglo pasado no se vuelva a repetir, existirá siempre esa posibilidad.

Hasta 2019 pasaron diferentes gobiernos, con una democracia que consolidaba su transición de representativa a participativa. Sin embargo, en noviembre del mismo año, con la llegada abrupta a la presidencia por parte de Jeanine Áñez, se produjeron al menos cuatro hechos ilegales e irregulares, que son parte del nuevo modelo de golpe de Estado: utilización de las redes sociales como un medio subversivo; se interrumpió el mandato de un presidente democráticamente elegido mediante el voto popular y que debía concluir su mandato en enero de 2020; se interpretó e implementó un procedimiento inconstitucional, vale decir que no existió destitución parlamentaria sino renuncia forzada por diferentes actores minoritarios de la población; y un factor decisorio, las Fuerzas Armadas del país, que decidieron el desenlace de este suceso, pidiendo la renuncia del presidente en un acto de amedrentamiento.

Las diversas interpretaciones seguirán por parte de la población, como también por los analistas políticos, quienes seguramente continuarán con la confrontación de ideas en torno a los hechos que generaron el alejamiento del expresidente Morales, pero sin lugar a dudas, en la memoria de todos los bolivianos quedará grabada la imagen de un militar colocando la banda presidencial a una persona que hasta ese momento era desconocida.

Gustavo Gómez es economista.

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El origen de los partidos

/ 29 de julio de 2021 / 01:49

Algunos sostienen que no tenemos partidos, que eso que podrían llamarse como tales no son más que clubes de amigos organizados alrededor de un liderazgo en particular. Por supuesto que hay una sensación extendida como punto común para todos, respecto del cuestionamiento de esto que conocemos como lo que podría ser la forma partido y su correspondiente representación política de la sociedad.

Sin embargo, incluso asumiendo que la idea mencionada sea así, pues estamos frente a los que se conocen en la literatura como partidos de élites, porque la esencia de este tipo de partidos es un pequeño núcleo de individuos con acceso personal e independiente a los recursos y con capacidad para situar a uno de los suyos o a sus nominados como representantes en el Legislativo.

Es verdad que varios partidos no tienen una secuencia en el tiempo reconocible más que el MAS, el resto son organizaciones políticas cuya duración, por distintas razones, terminó siendo bastante efímera. Pero quisiera ir a una tesis de fondo que tiene que ver con que los partidos nacen justamente porque intentan partir una parte del todo que es la sociedad, a esa parte con la que inician es a la que pretenden representar en primera instancia. Entonces una pregunta central que emerge es ¿cuál es el punto de partida de los partidos?

Para responder a esta pregunta, primero me concentro en identificar las distintas razones por las que estamos fraccionados, es decir, divididos como sociedad. Aquí encontraremos distintos tipos de fracturas sociales que nos dividen, como el regionalismo, el indigenismo, lo popular, la condición de clase social, la ideología. Para mencionar solo algunas.

Es a partir de estas fracturas sociales que se van formando en el país lo que podemos llamar partidos políticos, o lo que usamos conceptualmente como organizaciones políticas (partidos, agrupaciones ciudadanas y pueblos indígenas). Basta con indagar, por ejemplo, en los últimos años observando a éstas: Creemos tiene un origen claramente regionalista del oriente del país, al igual de lo que en su momento fueron los Demócratas. De organizaciones políticas regionalistas también se sirvieron el Movimiento Sin Miedo y Sol.bo.

Comunidad Ciudadana tiene un origen que mezcla la condición de lo urbano con la condición de clase social. Y en menor escala, pero apelando a los mismos orígenes se encuentra Unidad Nacional de Doria Medina. Hasta aquí, como se darán cuenta, no hay ninguna organización política que reclame el componente ideológico, creo que por eso el MAS los apunta con el dedo peyorativo para identificarlos como la derecha ideológica. Y no estaría mal que alguno de ellos se identificara como tal, porque eso obligaría al actual partido oficialista para arriesgarse a salir de su zona de confort en la que se ubica afirmando que solamente ellos son la representación genuina de la sociedad boliviana, y entonces el debate no sería exclusivamente en torno a fracturas sociales, sino en términos ideológicos generales.

El MAS, en lo que le toca, concentra en su nacimiento las fracturas sociales de lo indígena, lo regional y la condición de clase social; a todas esas fracturas juntas las llegó a denominar como el complejo mundo de lo popular en el país. Mantenía cierta hegemonía en ese cuadrante hasta antes de las pasadas elecciones subnacionales de este año, cuando le salieron disidencias internas que llegaron a ser la expresión de verdaderos fenómenos políticos electorales, como el caso de Eva Copa y de Damián Condori.

En síntesis, cambiar la polarización social que vivimos no es posible porque tenemos al frente la razón misma por la que las organizaciones políticas existen, que es a través de las fracturas sociales históricas que nos dividen como sociedad; esto no es del todo malo, el peor escenario es cuando de manera simultánea se juntan estas fracturas porque pueden generar verdaderas crisis políticas como la que vivimos en 2019, aquí la responsabilidad mayor es de la clase política.

Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo y docente universitario.

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