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Wednesday 24 Apr 2024 | Actualizado a 02:23 AM

La ley de leyes

En Bolivia existen muchas leyes, pero la mayoría no se cumple. Hay muchas leyes que se gambetean para no cumplirse. Hay muchas leyes que se derogan o reforman o chicanean para no cumplirse. Pero hay una ley que todos tratamos de cumplir a rajatabla, que buscamos maneras de cumplir aun cuando no deberíamos hacerlo, y esa, la ley de leyes, es la ley del menor esfuerzo.

La ley de leyes comanda que pisemos el freno en plena avenida, sin darnos la molestia de estacionar ni de evitar la trancadera. Que construyamos el muro, la vereda, el edificio o la carretera “como sea”: sin darnos el trabajo de elegir los mejores materiales, de fraguar bien la mezcla, de revisar que las ventanas y las puertas sean herméticas, de evaluar si usamos los métodos más seguros o más limpios. La ley de leyes nos obliga a botar la basura en el suelo, sin tomarnos el trabajo de buscar un basurero. Nos fuerza a hacer nuestro trabajo cotidiano “así nomás”: sin dar un paso adicional, sin sonreír, sin ofrecer un consejo o una solución si no es estrictamente necesario hacerlo.

La ley de leyes, enquistada como está en nuestra forma de vivir, causa todo tipo de desmanes. Para evitar el esfuerzo de entrar a un mercado compramos en la calle, generando desorden, suciedad y conflictos entre gremiales que venden en el mercado y gremiales que venden en la calle. Para evitar el esfuerzo de caminar un poco más, paramos el transporte público en cada esquina, generando desorden, estrés y retrasos. Para evitar el esfuerzo de hacer bien las cosas nos conformamos con lo tibio, con lo “más o menos”, y terminamos instaurando lo mediocre como objetivo a alcanzarse. Y no nos damos cuenta de que, al no exigir que las cosas se hagan bien, somos culpables de generar una sociedad donde nadie alcanza su potencial y donde los talentos se quedan sin materializarse; pues, de todos modos, no hay quién aprecie el esfuerzo adicional, y eso unido a las dificultades estructurales desmotiva hasta al más valiente.

Es en las disciplinas que requieren constancia y práctica donde más se nota el retraso que genera la ley del menor esfuerzo: la ciencia, el deporte, las artes. ¿Hace cuánto que no logramos en una de esas áreas un reconocimiento verdadero, y no simplemente un bienintencionado premio consuelo? ¿Por qué seguimos celebrando las clasificaciones como si fueran triunfos? ¿Por qué nuestros jóvenes tienen que salir del país para encontrar espacios que los motiven a hacer propuestas, generar inventos, lograr descubrimientos? ¿Por qué seguimos sin descollar en el mundo del arte, a pesar de tener tanta cultura, tanta historia y tanto talento?

Lo más triste de la ley del menor esfuerzo es que se perpetúa en nuestra sociedad desde el propio lugar donde debería empezar a derogarse: la escuela, el colegio y las universidades. Es en esos espacios donde deberíamos demandar, promover y generar excelencia. Esa palabra, excelencia, es la que deberíamos grabar en la mente y el alma de nuestros niños y jóvenes para contrarrestar la pésima influencia de la ley del menor esfuerzo. Erradicar el “así nomás que sea” para siempre de su vocabulario. Promover una pasión por apuntar arriba, por no conformarse con poco, por no dejarse vencer hasta lograr los objetivos, y no dejar de intentar hasta completar las cosas bien hechas. Esta es la batalla que deberíamos emprender, pues solo cuando la excelencia guíe nuestro enseñar, nuestro aprender y por tanto nuestro actuar, tendremos la oportunidad, como sociedad, de derogar la ley del menor esfuerzo.

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El fuego y el agua

Durante la época seca, de abril a octubre, el sol quema los pastizales. Entonces, una colilla de cigarro botada al descuido, una fogata desatendida, cualquier chispa inocente o malvada provoca un fuego incontrolable y fatal. En Cochabamba hemos visto con una frecuencia desoladora los incendios, como dragones dormidos, consumiendo los pinos y eucaliptos que los escolares plantan durante sus excursiones al Parque Tunari, en las serranías que rodean la ciudad.

Muchos de los incendios son provocados: chaqueos que se descontrolan, hectáreas en el parque que se desmontan para cultivar o para lotear. Más abajo, en las faldas del Tunari, se construyen caminos en las laderas, se explotan lechos por arena o piedras, se aplanan cerros y se amplían franjas de río para construir y urbanizar.

Durante la época de lluvias, de noviembre a marzo, las precipitaciones remojan la tierra dañada por el fuego. Las raíces de los árboles quemados, débiles y quebradizas, no resisten y se sueltan. Los cauces, perturbados por las volquetas, se remozan y las aguas regresan a retomar sus vías naturales. La tierra, sin vegetación que la contenga, se desprende y arrastra. Los cerros removidos se caen. El río y la montaña y los árboles se defienden y atacan: los metros que la fuerza del hombre le ha arrebatado al parque se pierden irremediablemente.

En el origen de la terrible tragedia que ha sobrevenido a Tiquipaya (corazón de la Madre Tierra) está la transgresión contra el Parque Tunari que llevamos perpetrando desde hace décadas. Una somera búsqueda en internet nos da muchas respuestas: el algoritmo parea inmediatamente las palabras incendio y Tunari.

Agosto 2017: incendio consume más de 2.000 hectáreas en el parque Tunari. Septiembre de 2017: 55 incendios en el parque. Octubre 2017: reportan incendio de magnitud en el parque Tunari. Noviembre de 2017: la ciudad se cubre de humo por incendio en el Parque Tunari. Diciembre de 2017: se registra un incendio en el Parque Tunari. Febrero 2018: una enorme mazamorra destruye cientos de viviendas y provoca cuatro fallecidos y seis desaparecidos. El lodo, las piedras y el agua que alcanzan hasta cinco metros de altura en algunos lugares provienen del río Taquiña, que baja hacia Tiquipaya desde el Parque Tunari. Pocas veces veremos de manera más clara la relación mortal que se puede establecer entre el fuego y el agua, entre el hombre y la naturaleza, entre la ciudad y la montaña.

La Cochabamba en la que crecí, hace no tantos años, era una ciudad de maizales y de conejos; de uvas y duraznos, de estrellas nocturnas; de choclos y techos de tejas. En la Cochabamba de hace no tantos años se iba a casi todas partes caminando.

La Cochabamba de hoy es una ciudad de cemento y asfalto, que hierve en el calor del verano. Las pocas casas que quedan se ahogan rodeadas de edificios. Ya no hay árboles de damasco, los jardines se usan como garaje para los miles de autos que incrementan la contaminación y hacen imposible, o al menos desagradable, caminar a tu destino.

Hay una relación directa entre la transformación de la ciudad, los incendios en el Parque Tunari y la mazamorra en Tiquipaya. Se llama depredación, descuido e inconsciencia. Y afecta, fatalmente, al corazón de la Madre Tierra.

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Hoy votamos

Las calles estarán sin el tráfico desquiciante de todos los días, incluso los domingos. Los colegios se llenarán de adultos que, a regañadientes o no, irán a cumplir un deber cívico. En las calles, los puestos de helados, sándwiches y golosinas. Hoy votamos.

A fuerza de repetirse ritualmente, los procesos electorales han ido perdiendo la emoción que tenían cuando eran fruto de una larga resistencia a la dictadura. Recuerdo ir con mis padres a verlos votar apenas recuperada la democracia. Recuerdo el desafío y el orgullo con el que mis vecinos se mostraban unos a otros su dedo entintado, símbolo de un derecho recuperado que no se dejaría conculcar de nuevo.

Y hoy nos dicen que la forma de expresar descontento es pifiar nuestro voto. Y hoy los chicos, quienes nunca tuvieron que poner colchones en las ventanas de sus casas para evitar las balas perdidas, discuten por redes sociales las formas más creativas de votar nulo. Y hoy quieren hacernos creer que las elecciones judiciales son un referéndum de apoyo o rechazo al proceso de cambio. Y no lo son.

Las elecciones judiciales son una forma de elegir a las autoridades que van a tener la potestad de administrar, y ojalá transformar, el malhadado sistema de justicia boliviano. No hay nada oscuro ni torcido en que, así como elegimos autoridades legislativas o ejecutivas, elijamos autoridades judiciales. Está escrito en la Constitución (que ahora todos defienden, cuando pelearon como fieras para evitar que se apruebe). Forma parte del modelo de democracia que, como sociedad, hemos adoptado. Es nuestro derecho: elegir a quienes nos gobiernan desde cualquiera de los órganos del Estado.

Hay quienes afirman que el proceso está viciado porque los postulantes no fueron seleccionados de forma transparente. Y como prueba de ese vicio muestran que algunos de los postulantes trabajaron en instancias del Estado. ¿Y dónde más van a trabajar los profesionales en derecho para acumular experiencia en el ejercicio del servicio público? ¿Desde cuándo es delito ejercer tu profesión en una instancia estatal? ¿Por qué tendría que inhabilitarte moralmente el haber trabajado en el Estado antes de postularte para un trabajo en el Estado?

En todo caso, independientemente de que votemos o no por ellos, deberíamos agradecer a cada uno de los postulantes por poner su nombre, su rostro y su trayectoria sobre la mesa (o, para ser más exactos, sobre la papeleta). Así como nosotros ejercemos nuestro derecho a elegir, ellos están ejerciendo su derecho a ser elegidos, y eso merece respeto. Solo por hacerlo, muchos se han visto cuestionados, escudriñados, acusados y tachados con todo tipo de epítetos. ¿En qué otra profesión o rama uno debe someterse al juicio popular para ascender en su carrera? ¿Qué tiene de malo, en sí mismo, postular a un cargo público?

Es cierto que varios de los magistrados por los que votamos hace cinco años no han estado a la altura del cargo para el que fueron elegidos. Pero eso no significa automáticamente que los que postulan ahora cometerán los mismos errores, o delitos. Demos a estos nuevos postulantes el mínimo beneficio de la duda: votemos.

Anular el voto es perder la posibilidad de demandar a los electos un cumplimiento cabal de su servicio. Anular el voto es autoexcluirse del proceso democrático. Anular el voto es menospreciar el sacrificio de todos los que lucharon, sufrieron y murieron por recuperar el derecho a que hoy votemos. 

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Hoy votamos

Las calles estarán sin el tráfico desquiciante de todos los días, incluso los domingos. Los colegios se llenarán de adultos que, a regañadientes o no, irán a cumplir un deber cívico. En las calles, los puestos de helados, sándwiches y golosinas. Hoy votamos.

A fuerza de repetirse ritualmente, los procesos electorales han ido perdiendo la emoción que tenían cuando eran fruto de una larga resistencia a la dictadura. Recuerdo ir con mis padres a verlos votar apenas recuperada la democracia. Recuerdo el desafío y el orgullo con el que mis vecinos se mostraban unos a otros su dedo entintado, símbolo de un derecho recuperado que no se dejaría conculcar de nuevo.

Y hoy nos dicen que la forma de expresar descontento es pifiar nuestro voto. Y hoy los chicos, quienes nunca tuvieron que poner colchones en las ventanas de sus casas para evitar las balas perdidas, discuten por redes sociales las formas más creativas de votar nulo. Y hoy quieren hacernos creer que las elecciones judiciales son un referéndum de apoyo o rechazo al proceso de cambio. Y no lo son.

Las elecciones judiciales son una forma de elegir a las autoridades que van a tener la potestad de administrar, y ojalá transformar, el malhadado sistema de justicia boliviano. No hay nada oscuro ni torcido en que, así como elegimos autoridades legislativas o ejecutivas, elijamos autoridades judiciales. Está escrito en la Constitución (que ahora todos defienden, cuando pelearon como fieras para evitar que se apruebe). Forma parte del modelo de democracia que, como sociedad, hemos adoptado. Es nuestro derecho: elegir a quienes nos gobiernan desde cualquiera de los órganos del Estado.

Hay quienes afirman que el proceso está viciado porque los postulantes no fueron seleccionados de forma transparente. Y como prueba de ese vicio muestran que algunos de los postulantes trabajaron en instancias del Estado. ¿Y dónde más van a trabajar los profesionales en derecho para acumular experiencia en el ejercicio del servicio público? ¿Desde cuándo es delito ejercer tu profesión en una instancia estatal? ¿Por qué tendría que inhabilitarte moralmente el haber trabajado en el Estado antes de postularte para un trabajo en el Estado?

En todo caso, independientemente de que votemos o no por ellos, deberíamos agradecer a cada uno de los postulantes por poner su nombre, su rostro y su trayectoria sobre la mesa (o, para ser más exactos, sobre la papeleta). Así como nosotros ejercemos nuestro derecho a elegir, ellos están ejerciendo su derecho a ser elegidos, y eso merece respeto. Solo por hacerlo, muchos se han visto cuestionados, escudriñados, acusados y tachados con todo tipo de epítetos. ¿En qué otra profesión o rama uno debe someterse al juicio popular para ascender en su carrera? ¿Qué tiene de malo, en sí mismo, postular a un cargo público?

Es cierto que varios de los magistrados por los que votamos hace cinco años no han estado a la altura del cargo para el que fueron elegidos. Pero eso no significa automáticamente que los que postulan ahora cometerán los mismos errores, o delitos. Demos a estos nuevos postulantes el mínimo beneficio de la duda: votemos.

Anular el voto es perder la posibilidad de demandar a los electos un cumplimiento cabal de su servicio. Anular el voto es autoexcluirse del proceso democrático. Anular el voto es menospreciar el sacrificio de todos los que lucharon, sufrieron y murieron por recuperar el derecho a que hoy votemos. 

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Dice la ciudad

Estoy aquí desde hace siglos. Me ha tocado ver desde mis cúpulas, desde mis cielos y mis laderas tantos atardeceres renegridos, tantas intenciones, tantas miserias y tantas maravillas (…).

Me canso a veces de observar solamente, y entonces me alargo, me oscurezco, abro y destapo mi silencio, me planto como algo más que un fantasma erguido, como algo más que una torre que sangra todavía por heridas cinceladas en inviernos lejanos. Me propongo gritar y que a mi grito se ensucie el cielo con palomas asustadas y se aparten en pánico los hombres que se recuestan, se reúnen, se odian y se lloran entremezclados a mis pies.

Estoy harta de sentarme a tiritar en los amaneceres azules, estrechándome contra los hombros desarmados de los mendigos, borrachos y campesinos que duermen a mis pies. Por un tiempo me entretenía mirando el paso inacabable de tranvías, buses, taxis, minibuses… todos ruidosos, todos iguales, llevando de un extremo al otro de mis venas una historia diferente y un destino similar. Ahora ya me duele su pasar resollante, quiero esconderme, sacudirme, rascarme, quiero descansar.

Me abruman los gritos anunciando, vendiendo, vociferando, protestando, convocando, conversando, contando historias siempre fragmentarias, siempre incompletas. Me cansan las luces, los carteles, las vallas, los grafitis, los carteles, los puestos, los perros, los hombres que hablan siempre, pero nunca terminan de contar. Debe ser que me estoy poniendo vieja.

En las noches de lluvia me duelen las piedras y las articulaciones. Poco a poco se desprenden mis aristas talladas, se me enredan los cables, se me nubla la vista, se hunde y se arruga mi piel, hastiada ya de vibrar al paso estridente de los autos, de las modas, del tiempo. Se descascara mi rostro, se acumula el polvo, pierdo mis llaves y olvido los nombres de mis plazas y calles.

Sí, ya me estoy poniendo vieja. Y aun así me siguen agujereando los resquicios y las articulaciones con el cemento rígido, con el ladrillo corrosivo, con el veneno alado. Me siguen taladrando, trajinando; innovan, construyen, destruyen, tienden, cuelgan, complican, clavan, abren, cierran, pulen, mueven, restauran, amontonan, esparcen, crean, adoquinan, asfaltan, invaden, desgastan… me están matando.

Deseo a veces poder desperezarme, sacudirme de pronto y tirar por el suelo tantos pasados, tantos futuros, tanto estrés, tanta miseria y tantos julios hacinados. Verlos rodar, deshacerse, desaparecer en el cañón y rodar hacia los ríos domesticados que cruzan de un lado a otro esta ínclita ciudad.
Y ya libre de cansancios, de turistas, de risas y de desolaciones, estiraría los brazos: derramaría como arvejas de la falda todos los minibuses, los ladrillos, los anaqueles, los edificios y sí, también a los millones de hombres. Aspiraría con fuerza el viento limpio de los achachilas y desataría mi voz para celebrar: ¡por fin la paz! Pero es solo una fantasía, seguramente fruto de mi larga edad.

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‘Reforzar la educación en valores’

Ante el asesinato de un joven de la promoción de un colegio paceño presuntamente a manos de dos de sus compañeros de curso, el Viceministro de Educación emitió una resolución y mandó un memorándum instruyendo a los maestros “reforzar la educación en valores”. Al mismo tiempo, los compañeros de curso de los protagonistas de esta triste historia decidieron hacer un pacto de silencio sobre el tema. Y el director del colegio cerró las puertas e impidió a los muchachos asistir al velorio.

¿Qué valores están expresando estas actitudes? Ante la tragedia de una familia que sufre la pérdida de un hijo, en lugar de solidarizarse, los compañeros de curso y las autoridades del colegio se callan y se encierran… casi como si tuvieran algo que esconder.

Y en realidad sí hay algo que no quieren que se sepa: el grado de acoso escolar que existe en las aulas de nuestros colegios y escuelas. En este caso en particular, la palabra bullying transita de un lado al otro de la tragedia. A tiempo de entregarse a la Policía, uno de los autores confesos del crimen declaró que lo hizo en venganza por las constantes burlas que recibía por parte de la víctima. Otros testimonios recogidos por la prensa relatan que el crimen puede más bien haber sido el punto final en una escalada de acoso que sufría la víctima por parte de sus asesinos. ¿Quién puede saber la verdad si no son los compañeros, profesores y autoridades del colegio en los que ambos pasaban gran parte de cada día? ¿Cómo podemos los padres de familia mandar a nuestros hijos a la escuela si ante este tipo de situaciones los responsables de enseñar y acompañar a los niños cierran la puerta y se callan?

La escuela es un espacio donde los niños reciben, además de la educación elemental, la socialización necesaria para funcionar como miembros de una sociedad determinada. Al compartir un espacio cotidiano con otras personas, día tras día, los niños y jóvenes aprenden las reglas de convivencia, los comportamientos aceptados y aceptables, las expectativas y limitaciones que se ciernen sobre ellos en razón del grupo social al que pertenecen, y los valores predominantes de la sociedad en la que viven.

Si bien muchos maestros alegan que la educación en valores debe ser enseñada en la familia, la verdad es que el tiempo prolongado que los niños transcurren en las escuelas hacen que ése sea el espacio donde se viven los conflictos emocionales, se enfrentan los dilemas éticos y se reciben las consecuencias positivas o negativas inmediatas de las decisiones que se toman. Es en las aulas y en los patios del colegio donde se ponen en práctica los valores; y es de acuerdo con esa praxis cotidiana que se fijan o no los parámetros éticos que van a guiar el comportamiento futuro.

¿Qué significa entonces la instrucción de reforzar la educación en valores en todas las escuelas y colegios públicos de Bolivia? ¿Existe acaso una materia llamada valores que debe recibir una mayor carga horaria? ¿Existe un taller de convivencia, o una consejería permanente o un psicólogo que atiende a los estudiantes en un horario que pueda ampliarse? ¿Se capacita a los maestros en ontología, ética o valores y la instrucción de “reforzar la educación en valores” los habilita a empezar una cruzada de traspaso de su amplio conocimiento en esta área?

La verdad es que los valores no se enseñan, sino que se practican. Y hacer un pacto de silencio y cerrar las puertas ante la muerte de un compañero nos demuestra la práctica de un valor solamente: el de la autopreservación egoísta.

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