Voces

lunes 18 oct 2021 | Actualizado a 23:45

La casa de marfil

La crisis de San Simón ha tenido la virtud de confrontarnos con un espejo poco complaciente

/ 13 de agosto de 2015 / 04:02

Las universidades públicas son instituciones altamente complejas, por la diversidad de funciones que cumplen, pero también por efecto de las acciones desatadas por actores con poder e intereses, particularmente por las corporaciones de docentes y estudiantes. La complejidad es tal que un experto en la materia las definió como “anarquías organizadas”.

En Bolivia, durante la última década esta complejidad se ha incrementado como consecuencia de transformaciones estructurales producidas al interior del ámbito universitario: la masificación de la matrícula y la expansión de la oferta académica. Solo un dato puede respaldar esa afirmación; en la última década varias universidades bolivianas han doblado su población estudiantil. Pero los escenarios de conflicto no derivan, como en el pasado, de la confrontación con el Estado. No, pues existe una relación benevolente o inercial entre el Gobierno y las universidades; sencillamente no existe una política de educación superior orientada a evaluar la calidad de los procesos universitarios.

El conflicto es interno y es un conflicto de poder. Esto no es casual, pues el poder es el factor estructurante de las instituciones complejas, como lo demuestra el dramático caso de San Simón. Dicho brevemente, el sistema de gobierno basado en la autonomía y el cogobierno ya no puede procesar las demandas de los actores ni puede resolver los conflictos en el marco institucional. Las normas internas no se cumplen, sea porque su obsolescencia las vuelve inaplicables, sea porque ellas son “negociadas” para satisfacer las presiones de los gremios y facultades. La crisis involucra también la erosión de la autoridad legítima y, sobre todo, el debilitamiento de las creencias y valores que fundan la comunidad académica, esas visiones contenidas en el discurso reformista (forjado desde 1928) han sido sustituidas por una representación de la “U” como un campo de guerra donde moran “enemigos” que deben ser derrotados. 

Esta situación ha fortalecido las capacidades de los gremios para agregar demandas y ejercer su autoridad fuera de los órganos formales de gobierno. Es triste decirlo, pero las opiniones de los académicos no tienen ninguna relevancia para la toma de decisiones. Adicionalmente, la inercia en la relación con el Estado y las formas difusas de conexión con actores externos (el sector productivo, por ejemplo) han culminado en escenarios de aislamiento que nuevamente la han convertido en una torre de marfil. Es particularmente grave la ausencia de mecanismos de rendición de cuentas. Pero seamos justos y optimistas, pues la crisis de San Simón ha tenido al menos la virtud de confrontarnos con un espejo poco complaciente. Es el primer paso para salir del laberinto.  

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Momento de oscuridad

/ 11 de julio de 2019 / 00:28

Un “momento de oscuridad en la sociedad”, así puede definirse el concepto de anomia que Durkheim elaboró en 1893 para explicar los desajustes provocados por el tránsito entre el viejo orden y la sociedad industrial. Pero hay que cuidarse de interpretar esa palabra en un sentido literal, pues no involucra la ausencia absoluta de ley, sino un conflicto cultural y político estructural. Tengo la sensación de que hoy vivimos un momento anómico en el país, expresado en una diversidad de síntomas: la ola de crueles feminicidios (72 en lo que va del año) y violaciones, el incumplimiento de las normas (desde la CPE hasta la Ley 348), el abuso de autoridad, la corrupción estructural, el narcotráfico y la pérdida de sentido de los discursos políticos.

Con el correr del tiempo la noción de anomia se volvió gelatinosa y anticuada, pero aún conserva ciertas bondades analíticas; provoca, en todo caso. La anomia sería el síntoma de un cambio de época que no solo involucra transformaciones políticas de corta duración, sino también un conflicto más o menos permanente de valores, sensaciones, identidades y modos de comportamiento.

En el caso de la violencia de género, las normas, instituciones y creencias de la sociedad patriarcal han sido alteradas por el empoderamiento de las mujeres que conciben su libertad, el trabajo y sus cuerpos desde su propia autonomía; es decir, desde su propia norma. Esta indetenible rebelión de los imaginarios y los símbolos, incomprensible para muchos varones (y por tanto rechazada), ha sido respondida por medio de la violencia más cruel y perversa que pueda imaginarse: los hombres perciben que su control de los cuerpos de las mujeres se les ha escapado, y al no aceptar esa autonomía, matan y violan.

El sistema patriarcal ha sido seriamente fisurado (aunque no está completamente desmontado) y ha dejado de organizar el sistema de significaciones colectivas; es decir, en la medida en que involucra el conjunto de las relaciones sociales constituye un problema estructural. Los movimientos populistas conservadores y la mayor parte de las comunidades religiosas han percibido ese quiebre simbólico como una amenaza a la cohesión social, y pretender mantener o restablecer los valores patriarcales tradicionales es ser reaccionario. En ese contexto, la violencia es un dispositivo del poder masculino para conservar las posiciones de poder y prestigio masculinos, tanto en la esfera privada como pública.

La anomia surge y se despliega en un momento histórico-cultural en el que los roles e identidades asignados durante siglos a los géneros masculino y femenino se han hecho astillas. Y puede ser interpretada positivamente como el síntoma psicológico y sociológico de una sociedad que atraviesa un doloroso proceso de transición de una época a otra; un devenir “Otro”.

* Sociólogo. (11/07/19)

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Programas electorales

/ 27 de junio de 2019 / 00:18

En el pasado, cada vez más distante, los programas de gobierno eran el corazón de las campañas electorales, pues establecían las divergencias entre los partidos, y se esperaba (tal vez de manera ingenua) que tales promesas sean cumplidas. Así, creaban un hilo de continuidad entre el momento electoral y el tiempo de la práctica gubernamental. Esa coherencia parece haberse quebrado irremediablemente, el tiempo de la política se ha acelerado y se ha concentrado en lo inmediato, en lo urgente, en el momento táctico y ha abandonado la prospectiva.

Al parecer, para los estrategas de la campaña electoral venidera el “programa” es prescindible e incluso puede ser un lastre táctico. En todo caso, no encuentro grandes contrastes en las propuestas de los partidos. Este hecho no ocurre solo en Bolivia, es una característica de las democracias contemporáneas y revela significativas mutaciones en el quehacer político; pero en nuestro caso es aún más grave, pues se ha perdido certidumbre en la imparcialidad del organismo electoral.

Esto no implica la ausencia de narrativas antagónicas en el teatro electoral, pero ellas se concentran en los estilos y mensajes de los candidatos, en su carisma, representatividad y talento para crear vínculos afectivos con los electores. La política se ha personalizado de tal manera que las visiones del país, los programas de gobierno, ocupan un lugar residual. Pero las narrativas de los líderes tienen como único propósito instituir una frontera simbólica entre “nosotros” y “ellos”.

En este escenario, los principales partidos políticos se han convertido en meros artefactos electorales y han perdido sus facultades de representación y proposición. La representación no es solamente la delegación de poder en la figura del diputado o el senador; en su sentido de figuración, es la potencia de volver visibles las demandas y expectativas de la gente. Esas demandas están flotando en todos los ámbitos y resquicios de la sociedad, se encuentran en el lenguaje ordinario, y supuestamente deberían ser el zócalo de un programa de gobierno coherente y “progresista”, tanto de la oposición como del oficialismo.

Sin pretender ser exhaustivo, anoto tres demandas sociales que podrían ser las transversales de un programa de cambio radical (sin comillas): ¿qué proponen para enfrentar o al menos mitigar el desastre ambiental fuertemente enlazado con el modelo productivo extractivista? ¿Qué medidas se aplicarán para combatir el feminicidio? ¿Cómo se erradicará la corrupción estructural en el Estado? Me temo que quedaré sin respuestas claras o con planteamientos conservadores y superficiales. Cierto, vivimos un tiempo desdichado, porque el discurso del “cambio” se ha convertido en un flatus vocis.

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¿Piensan los árboles?

/ 12 de junio de 2019 / 23:39

T engo la mala costumbre de comentar libros en mi columna. Soy un worm book (un gusano de biblioteca) impenitente e incorregible, y ya no tengo edad para cambiar de hábitos. Confieso también que tengo aversión contra los libros que se convierten en grandes éxitos comerciales y en modas efímeras; prefiero, por esnobismo, leer textos raros, complejos y extravagantes. Pero La Vida Secreta de los Arboles, de Peter Wohlleben (más de medio millón de ejemplares vendidos y traducido a 20 idiomas) me ha sorprendido y encantado.

Para comprender qué es un árbol tienes que perderte en un bosque. Sucede que siempre es de noche en los grandes bosques: la vida secreta de los arboles acontece en un mundo subterráneo desconocido para los hombres. La mitad de la biomasa de un bosque se encuentra por debajo de la superficie y es invisible para el ojo humano. El árbol solitario que crece en la ciudad es un huérfano que sufre. En cambio, el bosque es una comunidad vegetal solidaria (análoga a la humana). Los árboles se comunican entre sí, cuidan a sus hijos y a sus viejos y enfermos vecinos. Son sensibles y tienen recuerdos de otros siglos.

Para el autor, un guardabosque alemán, filósofo de la naturaleza, el bosque es una “red microrrítica” (una especie de internet vegetal) que conecta las plantas y los hongos y nos aproxima a la idea de solidaridad y “supervivencia poblacional”, la cual ocurre a través del transporte de carbono, agua, nitrógeno y otros nutrientes. A su manera, los árboles también hablan entre sí. Su lenguaje son las sustancias odoríferas. Cuando se aproxima un peligro, dice, la acacia alerta a sus hermanas emitiendo etileno, un gas de alarma.

¿Piensan los árboles? Peter Wohlleben deja abierta esa posibilidad. Las raíces serían su cerebro, cuando ellas encuentran sustancias toxicas, analizan la situación y transmiten información a otras partes del árbol para contornear los obstáculos. En su opinión, los árboles comparten numerosas facultades con los animales, aunque éstos practican la ingesta de organismos vivos y aquellos, la fotosíntesis. Naturalmente, estas afirmaciones han hecho levantar la ceja a eminentes biólogos que critican el “misticismo” y la excesiva “espiritualidad” de Wohlleben.

No estoy en la capacidad de zanjar el debate científico sobre la inteligencia colectiva de los bosques. Pero también me resulta obvio, desde la filosofía de Spinoza y la poética de la naturaleza de Goethe y Bachelard, pasando por los libros de Michael Serres, que los bosques son entidades inteligentes: crean afectos y son afectados. Su vida secreta y su apariencia producen en mí una empatía desconocida. No hay nada que me produzca más emoción que perderme en un bosque, y en esos momentos me parece obvio que las raíces piensan y los follajes susurran.

* Sociólogo.

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La sociedad de la conversación

/ 29 de mayo de 2019 / 23:53

La democracia es una esfera donde los partidos políticos compiten en las urnas por el poder, pero entre dos elecciones abre otro teatro: el espacio público donde se ejercen los derechos de los individuos y los colectivos sociales (en conflicto con los poderes instituidos) y que no tiene como horizonte la captura del poder.

Los partidos políticos se han apropiado de las tecnologías numéricas para desplegar estrategias de campaña. Intentan expandir sus círculos de influencia más allá de sus votantes comprometidos. Las redes sociales concentran mensajes de los candidatos, interpelan a los indecisos, y sobre todo, fortalecen la decisión de los convencidos. No obstante, los públicos no coproducen el programa de los candidatos, éste les llega “desde arriba”. Encuentro en esta evidencia una enorme limitación, porque los instrumentos digitales solo son efectivos si entran en resonancia con la bulla de la sociedad. Internet solo expande y apresura las polémicas y rumores que ya pertenecen al sentido común.

Pero el territorio natural de internet es la sociedad y no el espacio político institucionalizado. La formación de redes entre individuos promueve formas inéditas de opinión. La sociedad elabora mensajes que son reciclados tanto por los medios como por los políticos profesionales. La legitimidad de los dos espacios democráticos es diferente, pero están ligadas la una con la otra. La revolución digital ha desplazado el centro de gravedad de la democracia del espacio mediático tradicional hacia la “sociedad de la conversación”. Las subjetividades se han liberado y han emergido nuevas formas de expresión como la charla, el chisme, el meme, la ironía. Son mensajes efímeros, pero al mismo tiempo, poderosos.

Las redes son un territorio político muy diferente del espacio público moderno que se caracterizó por el intercambio argumentado de ideas a fin de generar consensos a través de la deliberación. Predomina más bien la exposición fragmentada de opiniones que no pretende crear consensos. Su efecto más importante es expandir grupos de afinidad política. En este espacio circulan narrativas que juegan un contrapunto a la democracia delegativa para reelaborar la representación. Las conversaciones privadas se han convertido en un asunto público.  

La democracia delegativa ha sufrido una erosión porque se ha confinado en el mundo de las elites de poder. Los ciudadanos se han vuelto “seres invisibles”: sus problemas no son tomados en cuenta ni discutidos en la esfera pública. Por tanto, la emergente “democracia narrativa” tiene una dimensión cognitiva y expresiva, una cualidad “activa y multiforme”, su puesta en práctica depende de iniciativas individuales orientadas a “narrar la sociedad”, es decir, a representarla desde sus propias historias.

* Sociólogo.

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La estrategia del camaleón

/ 15 de mayo de 2019 / 23:57

El Estado es necesario para el narcotráfico. Los narcos no buscan su aniquilamiento, no son nihilistas, son crueles hombres de negocios. Es más rentable y menos peligroso cooptar segmentos estratégicos del Estado para lograr “ventajas competitivas” que confrontarse con su aparato represivo. Así pueden cobijarse en su legitimidad, camuflarse o volverse invisibles. Adoptan la estrategia del camaleón. Necesitan de la complicidad o la pasividad de funcionarios públicos corruptos para operar sin sobresaltos. Requieren, finalmente, que el Estado garantice cierta estabilidad social, económica y política.

Esta convivencia ha producido en Bolivia y otros países de América Latina (México es el ejemplo paradigmático) un doble orden normativo e institucional donde lo legal e ilegal se confunden. La Policía, las unidades de inteligencia y el sistema judicial tienen la obligación de aplicar la ley, pero la fuerza de los hechos demuestra que participan en las redes del narcotráfico; algunos funcionarios públicos han sido fidelizados a través de cuantiosos y sistemáticos sobornos. Llevan una doble vida, la pública y la privada, ellos también se camuflan para pasar desapercibidos.

Lo peor de todo es lo que Esteban Mizrahi, un experto en el tema, llama “naturalización cínica” de este orden entrecruzado que es aceptado y promovido desde las instituciones policiales. Si el discurso del Estado democrático enfatiza la primacía de lo común, la igualdad y la fuerza de la ley, los agentes de seguridad sacan un beneficio personal de sus relaciones con las redes del narcotráfico. Lo fáctico es el contrapunto de la normativa y del discurso oficial.

La penetración del narcotráfico en la estructura estatal tiene efectos políticos devastadores: erosiona la legitimidad del Estado, socava la representatividad y la eficacia simbólica de la ley, destruye la idea de ciudadanía y sepulta el principio de igualdad ante la ley, y finalmente debilita al propio Estado, porque crea un universo político paralelo. Estos daños son irreparables.

Si el Estado boliviano pierde legitimidad y no puede encarnar el orden normativo, el sistema represivo y judicial está confrontado a una paradoja irresoluble: cada día crece la desconfianza y la cólera ciudadana por su colusión con el crimen organizado, pero al mismo tiempo se amplían las expectativas sociales para que estas instituciones garanticen la aplicación estricta de las leyes. Este círculo vicioso se ha convertido en un modo de vida. Tal vez ha llegado la hora de plantearse seriamente otro camino para combatir la infiltración de los narcos: despenalizar la producción, comercialización y consumo de drogas. Pero el pesimismo inteligente tiene ya una respuesta: un Estado con tantos huecos no llena las condiciones para avanzar en esa ruta.

* Sociólogo.

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