Voces

jueves 5 ago 2021 | Actualizado a 16:26

Geriátricos irregulares

/ 14 de septiembre de 2015 / 06:28

Según el Servicio Departamental de Salud (Sedes), de 100 centros de acogida para adultos mayores, la mitad no cuenta con condiciones mínimas para ofrecer cuidados a sus habitantes. La situación es preocupante, pues significa que muchos adultos mayores están siendo víctimas de maltrato pese a que pagan por recibir todo lo contrario. El Director del Sedes explicó que en La Paz hay “50 centros para la atención y acogida de abuelos que cuentan con resolución de la Gobernación, pero hay otros 50 que trabajan de forma clandestina y creo que uno de ésos fue denunciado por maltrato”.

A raíz de esto, la autoridad departamental y el Viceministro de Defensa del Consumidor realizaron una inspección sorpresa a uno de estos centros, donde se evidenció que el personal no contaba con formación profesional específica y que tampoco se respetan protocolos de atención a personas de la tercera edad. Se trata, pues, de una flagrante vulneración a los derechos de las y los abuelos, pues al estar internados en centros donde no se garantiza su bienestar ni mucho menos se les otorga atención médica especializada, su salud y vida están en riesgo. Hacen bien las autoridades en realizar estas inspecciones, y sería aún mejor que hagan similar control en los geriátricos públicos, donde la situación no es mucho mejor.

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De gallinas, sótanos y otras ilusiones estadísticas

/ 5 de agosto de 2021 / 01:51

Organismos internacionales anticiparon que éste será un año de recuperación económica, no solo en Bolivia, sino en toda la región sudamericana. Lo anterior no quiere decir que la crisis sea plenamente superada pues la reactivación aún tomará su tiempo. A excepción de Chile, el resto de países no retornará a su nivel de PIB que tenía previo a la pandemia hasta 2022.

En Bolivia, las previsiones gubernamentales también mostraron un mayor optimismo al anunciarse que la economía había crecido un 5,3% en los primeros cuatro meses del año, incidida por las políticas que reanimaron la demanda interna. Recordemos que a finales del año pasado y comienzos de éste se anunció que el crecimiento económico para 2021 se situará alrededor de 4,4%, por lo que el reciente anuncio podría ser una señal de que la economía se va recuperando mejor de lo inicialmente esperado.

Esta probable recuperación vigorosa en 2021, también ha generado polémica. Desde el frente opositor, se ha contrarrestado el discurso oficialista dándose a la tarea de construir su propia lectura de las estadísticas con el fin de restarle méritos a las políticas de reactivación vigente.

Se pretende reciclar el viejo discurso del piloto automático, que abrazó la idea en años pasados que la economía boliviana crecía mecánicamente empujada por los ciclos alcistas de los precios de las materias primas. Años después, luego de su inminente caída y al constatarse que el crecimiento económico se mantuviera a tasas altas, esta afirmación fue trastocada por sus defensores. En un contexto como el actual donde el sector externo comenzó a recuperarse, después de varios años desfavorables, la hipótesis nuevamente fue revitalizada.

La conjetura del piloto automático se complementó con el relato del rebote estadístico. Según esta afirmación, en ciertas ocasiones las estadísticas podrían ser más engañosas que los propios analistas y políticos juntos. Para salir del oscurantismo en el que nos encontramos sumidos, según sus relatores, se han valido de sus dotes en aritmética y su habilidad para narrar historias con ejemplos de sótanos y gallinas para explicar al público de a pie en lenguaje profano porque los resultados en 2021 serían un espejismo numérico.

En realidad, la expansión económica es un hecho real y no una ilusión estadística como embusteramente se trata de interpretar. En 2020 la economía decreció en más de 8%, golpeada por las medidas de confinamiento rígido en abril y mayo. En 2021, en cambio, si bien la pandemia siguió su curso, no se determinó el cierre de la economía. No se requiere de una mente brillante de Harvard para que el ciudadano de a pie deduzca que, si un año no hubo producción y al siguiente sí la hubo, la tasa de crecimiento entre ambos años tendría que ser alta. Pero más allá del efecto estadístico que produce el comparar valores pequeños con grandes, lo relevante es que en 2021 se crearon más bienes de lo que hubo en 2020, lo cual es reflejo de la recuperación y un evento tangible mas no imaginario. La razón se debe a que en esta gestión no se recurrió a la cuarentena, lo que permitió que la recuperación no se vea perjudicada.

También, es incorrecto comparar íntegramente el nivel de la actividad de 2019 con el de la gestión 2021, simplemente porque en 2019 no había pandemia, peor aún es más deplorable concluir que el crecimiento solo suma si es mayor a 2019, omitiendo el análisis comparativo de 2020, sometiendo a que las estadísticas se pongan al servicio de la imaginación de los analistas.

Más allá del número que represente el crecimiento en 2021, se debe entender que la población no vive de ilusiones estadísticas, ni tampoco de análisis parcializados, sino de resultados concretos. La crítica no debiera hacerse a las estadísticas sino a los autodenominados analistas que hacen un mal uso de ellas. El hecho que la economía se encuentre en franca recuperación debiera ser tomada de forma positiva por todos los bolivianos, incluso para el más digno adversario, sin importar sus inclinaciones políticas.

Finalmente, se advierte que el debate en torno al crecimiento económico aún está carente de profundidad. El mayor interés debiera estar en la discusión sobre la tendencia y sostenibilidad del crecimiento de mediano plazo y no en el corto plazo, que hoy ocupa la agenda pública.

Omar Velasco Portillo es economista.

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Oposición de titulares

/ 5 de agosto de 2021 / 01:48

Hacer el esfuerzo por encontrar a la oposición política —parlamentaria, gobernadores y alcaldes— como actores en los escenarios que tienen la posibilidad de disputa al Gobierno y a los movimientos sociales del horizonte político del momento, se convirtió en una tarea imposible (por no escribir otro adjetivo que simpatice con mis lectores antagónicos). No es por un prejuicio negativo, por el contrario, es por la simple observación diaria que algunos medios de comunicación hacen de ellos.

En los últimos días se hizo público un informe pericial realizado por la Universidad de Salamanca para verificar la integridad de los sistemas informáticos y el procedimiento de acceso a éstos en el proceso electoral de 2019, encargado por la Fiscalía General del Estado.

Como sucedió en noviembre de 2019, medios de comunicación posicionaron una idea e imagen política, esa es la narrativa y el horizonte discursivo que se constituye en el fundamento, el justificativo de presencia pública de los actores políticos mediáticos que están de turno.

El Fiscal General, en conferencia de prensa, hizo conocer las conclusiones del estudio pericial, pero lejos de ver el fondo del informe, algunos medios privados de comunicación no demoraron en descalificar a las autoridades académicas que realizaron la investigación y a subestimar las conclusiones.

La estrategia mediática se basó en desacreditar al mensajero para invalidar el mensaje, por lo que el valor instrumental de la utilización en la comunicación tiene como finalidad formar una “idea-imagen” como sentido común.

Es sobre esta idea-imagen que las y los políticos emiten sus opiniones como si hubiesen logrado los más grandes descubrimientos sociales, cuando son solo logros “sensacionales” del momento.

Detrás de las cámaras, las y los opositores circunstanciales se preparan para encabezar y luego desfilar por la “pasarela mediática”. Cada una y uno a su turno explicará a su manera los titulares de prensa, creyendo fervorosamente que están realizando el acto político subliminal de la interpelación política al poder, empero, van más perdidos creando su acto performativo.

Desnudan inconscientemente su pobreza intelectual, su orfandad ideológica; apelan a lo que les sirve para no quedarse en el anonimato circunstancial; necesitan estar vigentes —como si se tratara de respirar—, porque de eso dependen para subsistir en su agonía pública.

Esta realidad no es una simple casualidad, es el resultado por la forma como se organizaron electoralmente los frentes políticos alrededor de las imágenes de candidatos, de frases, de colores, de siglas y de eslogan de campaña, pero no así de un horizonte como propuesta interpeladora a sus votantes.

Las autoridades electas se convirtieron en el corto tiempo en el sinsentido del espacio político donde se desenvuelven, porque no están expresando y representando lo que aparentaban en sus frases electorales, pues solo están reafirmando lo que fueron previamente al momento electoral: el vacío ideológico de la propuesta.

Este vacío lo llenan y llenarán constantemente algunos medios de comunicación ante la ausencia de una oposición con posibilidades ciertas de disputa democrática del poder, que en los hechos —estos medios— son los opositores materiales, tienen el norte definido contra el horizonte representado por lo nacional popular plurinacional.

Los políticos de las oposiciones no entienden aún su rol en la política, por ello deambulan permanentemente entre los titulares de prensa como si éstos fueran el escenario de la política; los medios de comunicación deberían ser el medio por donde se manifiestan las posiciones políticas y no constituirse en un fin que delinee el comportamiento discursivo e ideológico de los actores de la política.

Ser de oposición es entendido —por las derechas— como la capacidad de oponerse permanentemente al gobierno popular e indígena y no así como la facultad democrática de ser opción de gobierno. En la gestión liderada por el expresidente Morales se opusieron a la Asamblea Constituyente, a las nacionalizaciones, a la industrialización de los recursos naturales, a la redistribución de la riqueza; en la nueva gestión liderada por el presidente Arce su límite mayor es oponerse al logotipo del Gobierno y a la inauguración del edificio de la Asamblea Legislativa Plurinacional.

Ante esta limitada capacidad de oposición, el libreto escrito —la prensa— por los empresarios de la comunicación seguirá circulando diariamente como el manual para oponerse. Por ello afirmo que es difícil encontrar una oposición como institución política de la democracia.

César Navarro Miranda es exministro, escritor con el corazón y la cabeza en la izquierda.

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La ‘libertad’ y el desastre de la variante Delta

/ 5 de agosto de 2021 / 01:45

Ron DeSantis, gobernador de Florida, no es tonto. Sin embargo, es ambicioso y bastante cínico. Así que cuando dice cosas que parecen ser una tontería, vale la pena preguntarse por qué lo hace. Y sus recientes declaraciones sobre el COVID-19 nos ayudan a entender por qué tantos estadounidenses siguen muriendo o enfermando de gravedad por esta enfermedad. El trasfondo es la catástrofe de salud pública que se está desarrollando en Florida.

Ahora tenemos vacunas muy eficaces a disposición de todos los estadounidenses desde los 12 años de edad. Se ha hecho mucho énfasis en las infecciones “posvacunación” o asociadas a la variante Delta, pero siguen siendo raras y entre los vacunados las complicaciones graves son todavía menos frecuentes. No hay justificación alguna para que sigamos sufriendo tanto por esta pandemia. Sin embargo, Florida está inmersa en una oleada de COVID-19 peor que la vivida antes de las vacunas. Y el sistema hospitalario de Florida está sometido a una tensión extrema.

Las razones por las que sucedió esto no son ningún misterio. En cada etapa de la pandemia, DeSantis ha actuado en la práctica como un aliado del coronavirus; por ejemplo, cuando emitió órdenes que les impidieron a los negocios exigir que sus clientes muestren una prueba de vacunación y que las escuelas demanden el uso de cubrebocas. En general, ha contribuido a crear un estado de ánimo en el que florece el escepticismo sobre las vacunas y se normaliza el rechazo a tomar precauciones.

Sobre todo, ha estado apostándole a la estrategia de la teoría de la conspiración liberal, y ha escrito cartas de recaudación de fondos que afirman que la “izquierda radical quiere privarte de tu libertad”.

Así que hablemos de lo que la derecha quiere decir cuando habla de “libertad”. Desde que comenzó la pandemia, muchos conservadores han insistido en que las acciones para limitar el número de muertes —el distanciamiento social, el uso de cubrebocas y ahora la vacunación— deben ser cuestiones de elección personal. ¿Tiene sentido esta postura? Bueno, conducir en estado de ebriedad también es una elección personal.

Es verdad que mucha gente duda de la ciencia; la relación entre el rechazo de la vacuna y las muertes por COVID-19 es tan real como la relación entre la conducción bajo los efectos del alcohol y las muertes por accidentes de tránsito, pero es menos evidente a simple vista. No obstante, ¿por qué la gente de derecha es tan receptiva a la desinformación sobre este tema y se molesta tanto con los esfuerzos por aclarar las cosas?

Mi respuesta es que cuando las personas de derecha hablan de “libertad” lo que en verdad quieren decir es más bien “defensa de los privilegios”, en concreto, el derecho de ciertas personas (por lo general hombres blancos cristianos) a hacer lo que quieran. Una vez que se entiende que la retórica de la libertad en realidad tiene que ver con el privilegio, las cosas que a primera vista parecen una gran incoherencia e hipocresía empiezan a tener sentido.

La realidad de lo que la derecha entiende por libertad también explica, creo, la especial rabia que inducen las normas que imponen algún pequeño inconveniente en nombre del interés público, como las guerras de los detergentes de hace unos años. A fin de cuentas, se supone que solo hay que pedirles sacrificios a los pobres y las minorías.

En cualquier caso, cuando veamos a DeSantis invocar la “libertad” para eludir la responsabilidad de su catástrofe del COVID-19, recordemos que cuando dice esa palabra no significa lo que creemos que significa.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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El colapso de Afganistán

/ 5 de agosto de 2021 / 01:41

Los últimos meses en Afganistán, incluso para los estándares establecidos por dos décadas de guerra, han sido especialmente calamitosos.

Desde abril, cuando el presidente Biden anunció la retirada del ejército estadounidense del país, la violencia ha aumentado a un ritmo aterrador. Envalentonados, los talibanes han avanzado por todo el país y ahora rodean las principales ciudades. El saldo es terrible, incluye la destrucción de infraestructuras vitales, el desplazamiento de cientos de miles de personas y una cantidad de muertos y heridos que alcanzó niveles nunca antes vistos. A medida que Estados Unidos y sus aliados completan su retirada, Afganistán, devastado durante tanto tiempo por el conflicto, podría estar al borde de algo mucho peor.

Pero no tiene por qué ser así: la paz todavía es una posibilidad. Durante demasiado tiempo se creyó que el conflicto podía resolverse por la vía militar. Durante todo ese tiempo, las Naciones Unidas dudaron demasiado en intervenir. Ahora la ONU debe intervenir y alejar a Afganistán de la catástrofe. La alternativa, con la guerra civil que se avecina, es demasiado funesta para contemplarla.

Por fortuna, a diferencia de lo que ocurría en el pasado cuando los desacuerdos entre los miembros obstaculizaban las respuestas eficaces a las crisis mundiales, la ONU está en una buena posición para actuar. Estados Unidos, Rusia y China —tres de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad— tienen interés en la estabilidad de Afganistán. Junto con Pakistán, emitieron declaraciones en meses recientes en las que piden la reducción de la violencia y que se alcance un acuerdo político negociado que proteja los derechos de las mujeres y las minorías. También incitaron a la ONU para que desempeñe “un papel positivo y constructivo en el proceso de paz y reconciliación afgano”. En conjunto, las declaraciones demuestran una esperanzadora voluntad política.

Pero no ha habido un esfuerzo unificado para mantener el proceso de paz. Y ningún país involucrado en Afganistán está bien posicionado para ayudar. La ONU debe intervenir en este vacío. En primer lugar, el Secretario General debe convocar de inmediato al Consejo de Seguridad y buscar un mandato claro para empoderar a la ONU, tanto dentro del país como en la mesa de negociaciones. Eso significaría que Estados Unidos, Rusia, China y otros miembros del Consejo deben unirse para autorizar a un representante especial que actuará como mediador. Con el apoyo fundamental de los Estados miembros, se presionaría a ambas partes para que detengan los combates y lleguen a un acuerdo.

La misión de la ONU en el país, cuyo mandato se renueva en septiembre, también necesitará apoyo. El rápido deterioro de la seguridad y la situación humanitaria significa que los afganos de todo el país necesitarán más asistencia para salvar vidas. La ONU también debe ser capaz de continuar con su labor crucial de denunciar las violaciones de los derechos humanos, proteger a los niños en los conflictos y apoyar a las mujeres y las niñas.

A menudo se critica a la organización por no cumplir con su propósito original: mantener la paz y la seguridad internacionales. Esta es una oportunidad para demostrar su valor. En el pasado, la diplomacia internacional ha ayudado a finalizar conflictos en lugares tan diversos como Camboya, Mozambique, El Salvador y Guatemala. Ahora, la ONU debe hacer gala del mismo espíritu, valor y energía. No puede quedarse de brazos cruzados ante el colapso de Afganistán.

Kai Eide y Tadamichi Yamamoto son diplomáticos y columnistas de The New York Times.

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Rechazaron la vacuna y ahora se arrepienten

/ 4 de agosto de 2021 / 03:48

Mientras Mindy Greene pasaba otro día en la unidad de terapia intensiva para pacientes con COVID-19 escuchando chirriar las máquinas que ahora respiraban por su esposo de 42 años, Russ, encendió su teléfono y escribió un mensaje. “No nos vacunamos. Leí todo tipo de cosas sobre la vacuna y me asusté. Así que tomé esa decisión, oré por ella y tuve la sensación de que estaríamos bien”, escribió en Facebook. Pero no lo estuvieron.

Ahora su esposo, padre de cuatro hijos, lleno de tubos conectados a su cuerpo, se debatía entre la vida y la muerte. El paciente de la habitación contigua había fallecido unas horas antes. Ese día, el 13 de julio, Greene decidió sumar su voz a un insólito grupo de personas que se pronunciaban en el polarizado debate a nivel nacional sobre la vacunación: los arrepentidos. “Si hubiera tenido la información que tengo ahora, nos habríamos vacunado”, escribió Greene. Pasara lo que pasara, oprimió “enviar”.

En medio de un rebrote de contagios y decesos por el coronavirus, algunas personas que rechazaron la vacuna o que simplemente esperaron demasiado tiempo ahora están enfrentando las consecuencias, a menudo de manera cruda y en público. Varias se expresan desde camas en el hospital, en funerales y a través de obituarios sobre su arrepentimiento, sobre el dolor de contraer el virus y de ver morir a familiares no vacunados cuando luchaban por poder respirar.

El reciente aumento de contagios y hospitalizaciones entre las personas no vacunadas ha impuesto la triste realidad de que el COVID-19 destruye el hogar de muchas personas que pensaban que habían eludido la pandemia. Pero ahora, con el enojo y la fatiga acumulados por todos lados, la pregunta es si sus historias en verdad pueden cambiar ciertas opiniones.

Algunas personas hospitalizadas con el virus siguen insistiendo en no ser vacunadas y las encuestas señalan que la mayoría de los estadounidenses no vacunados no están cambiando de opinión. Los médicos que trabajan en las unidades de COVID afirman que algunos pacientes siguen negándose a creer que están enfermos de algo más que neumonía.

No obstante, algunos hospitales saturados de pacientes en franjas del país mayormente conservadoras y donde la gente no está vacunada, como último recurso, han comenzado a incorporar a sobrevivientes de COVID-19 para que funjan como mensajeros de salud pública con la esperanza de que quienes solían desconfiar de las vacunas puedan convencer de que se vacunen a otras personas que ignoraron las campañas de vacunación encabezadas por el presidente Joe Biden, Anthony Fauci, así como ejércitos de médicos locales y trabajadores sanitarios.

Sus historias son testimonios reales en medio de una pandemia que se ha nutrido de la desinformación, el miedo y las divisiones partidistas reforzadas con respecto a la vacuna.

En Utah, Greene mencionó que su esposo había dejado en sus manos la decisión sobre la vacunación de la familia. Al principio, pensó en vacunarse tan pronto como se vacunó su vecino de al lado, quien es médico.

Pero tenía dudas sobre la vacuna y encontró muchas razones para desconfiar cuando revisó las redes sociales o habló con algunos amigos antivacunas. “Tienes que ver esto”, le escribió uno de ellos.

Algunos vínculos la llevaron por un laberinto de teorías conspiratorias promovidas por los antivacunas y los youtuberos y a videos en los que los médicos y las enfermeras antivacunas califican de “armas biológicas” a las vacunas contra el COVID-19.

El COVID-19 afectó su mundo familiar a fines de junio cuando sus dos hijos mayores trajeron el virus a la casa después de un campamento de la iglesia donde se contagiaron nueve chicos. El virus se propagó a la familia. Luego llegó el día en que, cuando sus niveles de oxígeno cayeron de manera brusca, tuvieron que trasladar de emergencia al hospital al esposo de Greene, un cazador que practicaba senderismo en las montañas.

Ahora, los Greene miden el tiempo en “días de COVID”. Ella se despierta con arcadas todas las mañanas. Mientras ella se va al hospital, sus cuatro hijos se quedan en casa sin poder contarle a su papá sobre la clase de baile ni sobre el batazo que lanzó la bola fuera del campo durante un partido de béisbol.

Antes del COVID, la vida de esta familia estaba afianzada en su religión y en la comunidad de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Ahora, sus amigos de la iglesia y sus vecinos llevan de cenar a la casa y mandan a la congregación noticias sobre el esposo de Greene.

Sus ideas cambiaron cuando el virus destrozó el cuerpo de su marido y cuando los médicos le pusieron un respirador. Cambiaron cuando habló con los médicos y las enfermeras sobre los pacientes no vacunados que saturaban los hospitales y cuando se sentaba afuera de la unidad de terapia intensiva y escuchaba llegar los helicópteros de emergencias. Greene comentó que había hecho cita para vacunar a sus hijos.

Jack Healy es columnista de The New York Times.

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