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viernes 26 feb 2021 | Actualizado a 12:37

La Paz de Ayacucho

Tres siglos de dominación colonial expiraron ese día sobre la inmortal Pampa de Ayacucho 

/ 8 de diciembre de 2015 / 05:32

Pasado el mediodía de aquel memorable 9 de diciembre de 1824, el campo de batalla había decidido ya: 6.000 bravos del Ejército Unido Libertador (brillantemente dirigidos por el general Sucre) sellaban con su sangre y su admirable constancia la libertad del Perú y de toda la América Meridional. Tres siglos de oprobiosa dominación colonial expiraron ese día sobre la inmortal Pampa de Ayacucho, en la sierra sur de Perú. De nada sirvió al Ejército del virrey La Serna contar con avezados jefes europeos y el doble de tropas y caballos que los independentistas, nada pudo frenar el empuje de un puñado de hombres que, en palabras de Sucre, representaban “a Dios omnipresente con su justicia y a la América entera con la fuerza de su derecho y de su indignación”.

La luminosa jornada de Ayacucho, broche de oro para la epopeya libertaria  americana, fue festejada en todo el continente. Según el historiador ecuatoriano Alfonzo Rumazo González, en Buenos Aires el Gobierno decretó un mes de fiestas y en la Nueva Granada se organizaron festejos públicos en todo el territorio. La victoria final de nuestra independencia fue saludada en Europa y aclamada incluso en Estados Unidos, en donde al menos una docena de ciudades fueron bautizadas con el nombre de “Bolívar”.

Cuando el Libertador arribó a La Paz en 1825, los festejos y reconocimientos no se hicieron esperar. En medio de las suntuosas celebraciones, que en nada tenían que envidiar a las efectuadas en Cusco, se produjo un hecho anecdótico: la ciudad presentó a Bolívar una corona de oro y diamantes por la victoria de Ayacucho, y éste, apenas reteniéndola unos segundos en sus manos, la entrega a Sucre diciendo:

“Esta recompensa toca al vencedor, y como tal, la traspaso al héroe de Ayacucho”. Sucre, el hidalgo y noble guerrero a quien los pueblos de Ecuador, Perú y Bolivia aclaman con sobrada razón como su redentor, no acepta la corona y la traspasa al general José María Córdova, alegando que este oficial había sido el auténtico héroe de Ayacucho.
Más allá de todos estos sentidos reconocimientos y celebraciones, en los años subsiguientes a la creación de la República el ahora presidente Sucre y el Congreso Constituyente de Bolivia se dan maneras muy particulares para perpetuar en la memoria y el corazón de los hijos de La Paz el nombre de Ayacucho. 

En el marco de las profundas reformas educativas emprendidas por la administración bolivariana, mediante decreto supremo fechado el 27 de abril de 1826, se fundó en la urbe paceña el Colegio de Ciencias y Artes. No transcurriría mucho tiempo para que un grupo de ilustres paceños solicitara a Sucre que el colegio recientemente fundado llevase “como timbre de honor y reconocimiento a sus preclaras virtudes ciudadanas” el nombre de Colegio Nacional Mariscal de Ayacucho. Sucre, con ese desprendimiento sobrehumano al que hace referencia Numa Quevedo, rechaza la oferta y a cambio propone que el colegio lleve el nombre de “Colegio Nacional de Ciencias y Artes San Simón de Ayacucho” (tal como se le conoce en la actualidad) en homenaje al padre de la Patria y a la batalla decisiva de la independencia americana.

Como si este homenaje fuera poco, por ley de 3 de enero de 1827, el Congreso Constituyente de Bolivia adopta una nueva denominación para la ciudad de La Paz, la cual pasa a llamarse a partir de ese momento “La Paz de Ayacucho”, sin lugar a dudas como justo reconocimiento a la épica gesta del 9 de diciembre de 1824 y a su decisivo impacto en el proceso de independencia y conformación de la nación boliviana.

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Corpahuayco: ‘Las Termópilas de América’

El batallón británico Rifles se reagrupa de la mano de su bizarro comandante irlandés, el coronel Arthur Sandes. Con sus hombres, al igual que Leónidas con sus 300 espartanos en las Termópilas, resiste la embestida de todo el Ejército Real de Perú.

/ 7 de diciembre de 2015 / 04:00

En la mente y el corazón de los pueblos suele perdurar —por generaciones— el recuerdo romántico y apasionado de las grandes hazañas que han contribuido a conquistar ese permanente anhelo de la humanidad llamado libertad. En nuestro continente, en el marco de la independencia, los nombres de Maipú, Boyacá, Carabobo, Pichincha y Ayacucho, entre otros, resuenan en la memoria colectiva como parte fundamental de la epopeya libertaria americana. Todos estos nombres encierran un denominador común: grandes acciones bélicas (campañas militares y batallas) que tuvieron un desenlace favorable para la causa patriota y un impacto decisivo en el proceso de liberación de los pueblos.

Pero pocas son las veces en que la consciencia popular, o el homenaje oficial, rinde tributo a un lance adverso, a una derrota o a una acción cuyo resultado no haya sido del todo afortunado para la causa de la libertad. Cuando nos alistamos a celebrar, este 9 de diciembre de 2015, el 191 aniversario de la batalla más importante de la gesta independentista latinoamericana [la Batalla de Ayacucho], justo es rememorar una acción que, si bien fue adversa para nuestras armas, permitió preservar la integridad del grueso del Ejército Libertador que días más tarde se cubriría de gloria en la Pampa de Ayacucho; nos referimos a la Batalla de Corpahuayco, las Termópilas de América.

Luego del triunfo patriota en Junín (6 de agosto de 1824), la confrontación final entre el Ejército Unido Libertador, comandado por Sucre, y el poderoso Ejército Real del Perú, mandado en persona por el Virrey La Serna, era inminente. Después de marchar ambos ejércitos en paralelo durante meses, La Serna finalmente alcanza a Antonio José de Sucre en Matará (2 de diciembre de 1824) y acampa en el borde de la meseta por la cual habían descendido los patriotas el día anterior. El 3 de diciembre, el jefe español decide contramarchar media legua para salir del alcance visual de los patriotas, al tiempo que ejecuta un movimiento retrógrado destinado a conquistar su retaguardia, ubicándose sobre el mismo camino que éstos habían recorrido.

Sucre decide avanzar ese mismo día 3 a Tambo Cangallo, región que ofrecía abundantes recursos para la subsistencia de las tropas. Pese a lo comprometido de la empresa, el jefe patriota determina continuar la marcha y desafía la quebrada de Corpahuayco; envía exploradores a inspeccionar el paso, pero éstos no regresan nunca. El Virrey había emboscado en el desfiladero nada más y nada menos que cinco batallones y cuatro escuadrones; la trampa estaba montada, no había escapatoria posible, la única opción era avanzar o morir en el lugar.

El futuro Mariscal de Ayacucho se apresura a tomar posiciones en el lado norte del profundo barranco y establece una bien sostenida línea de defensa con su infantería, al tiempo que ordena a sus divisiones desfilar por la derecha y bajar la quebrada con prontitud. Los realistas emboscados en aquel punto descargan todo su poder de fuego sobre ellos. Comprendiendo rápidamente el elevado grado de exposición de sus hombres, el jefe patriota despacha varias compañías de cazadores para proteger los puntos altos de aquel pasadizo infernal, estas unidades se baten ardorosamente con el enemigo, permitiendo que las dos divisiones principales de ejército —las de Córdova y La Mar— logren traspasar la quebrada. La División Lara (batallones Vargas, Vencedor y Rifles) no contó con igual suerte al momento de cruzar el desfiladero, la División Valdés (vanguardia realista) la embiste con ferocidad, causando una gran conmoción en sus filas.

El batallón británico Rifles se reagrupa de la mano de su bizarro comandante irlandés, el coronel Arthur Sandes, y echa pie firme en tierra para protagonizar una de las acciones más heroicas de toda la gesta libertaria sudamericana. Sandes con sus hombres, al igual que Leónidas con sus 300 espartanos en las Termópilas, resiste la embestida de todo el Ejército Real de Perú, con la impecable serenidad e intrepidez que los hizo célebres. La masa de fuego que resistió el Rifles no tiene comparación en el marco de esta campaña, fusilería y artillería se combinaban para derribar a aquella barrera humana que se interponía entre la victoria realista y la salvación del Ejército Libertador. Sus hombres fueron cayendo uno a uno, sin que ello minara la resistencia de aquella monolítica formación. Todo se intentó contra ellos, los mejores cuerpos del ejército español fueron empleados para doblegarlos, Valdés estaba desesperado, y a su vez admirado, ante tamaña demostración de valor.

Luego de tres horas y media de tenaz resistencia, prácticamente todos los hombres del Rifles habían muerto o estaban heridos. De las 700 bajas que sufren sus filas, un total de 200 corresponden a fallecidos, el resto se contabiliza entre heridos o desaparecidos. Una de las pérdidas más sensibles del Rifles durante la épica jornada del 3 de diciembre fue la de su segundo comandante, el intrépido mayor de origen inglés Thomas Duchbury, uno de los mejores y más activos oficiales del ejército de Colombia. El jefe patriota perece luchando junto a sus hombres, tan solo a pocos instantes de que el batallón Vargas y el bizarro general Lara —comandante de la división— acudieran a salvar lo poco que quedaba de aquella insigne unidad. Un batallón y dos centenares de vidas heroicamente sacrificadas para que el grueso de Ejército Unido Libertador pudiera salvarse y con ello salvar el destino de la América entera.

El 9 de diciembre de 1824, sobre la inmortal Pampa de Ayacucho, Sucre rinde un sentido y justo homenaje a los sobrevivientes del Rifles, encendidas palabras que estremecieron, y estremecen hasta nuestros días, todo el continente americano: “¡Rifles! ¡Nadie más afortunados que vosotros! Donde vosotros estáis, ya está presente la victoria. Acudisteis a Boyacá, y quedó libre la Nueva Granada; concurristeis a Carabobo y Venezuela quedó libre también; firmes en Corpahuayco, fuisteis vosotros solos el escudo de diamantes de todo el ejército libertador; y todavía no satisfecha vuestra ambición de gloria, estáis en Ayacucho, y pronto me ayudaréis a gritar: ¡Viva el Perú libre! ¡Viva la América independiente!”

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/ 7 de diciembre de 2015 / 04:00

En la mente y el corazón de los pueblos suele perdurar —por generaciones— el recuerdo romántico y apasionado de las grandes hazañas que han contribuido a conquistar ese permanente anhelo de la humanidad llamado libertad. En nuestro continente, en el marco de la independencia, los nombres de Maipú, Boyacá, Carabobo, Pichincha y Ayacucho, entre otros, resuenan en la memoria colectiva como parte fundamental de la epopeya libertaria americana. Todos estos nombres encierran un denominador común: grandes acciones bélicas (campañas militares y batallas) que tuvieron un desenlace favorable para la causa patriota y un impacto decisivo en el proceso de liberación de los pueblos.

Pero pocas son las veces en que la consciencia popular, o el homenaje oficial, rinde tributo a un lance adverso, a una derrota o a una acción cuyo resultado no haya sido del todo afortunado para la causa de la libertad. Cuando nos alistamos a celebrar, este 9 de diciembre de 2015, el 191 aniversario de la batalla más importante de la gesta independentista latinoamericana [la Batalla de Ayacucho], justo es rememorar una acción que, si bien fue adversa para nuestras armas, permitió preservar la integridad del grueso del Ejército Libertador que días más tarde se cubriría de gloria en la Pampa de Ayacucho; nos referimos a la Batalla de Corpahuayco, las Termópilas de América.

Luego del triunfo patriota en Junín (6 de agosto de 1824), la confrontación final entre el Ejército Unido Libertador, comandado por Sucre, y el poderoso Ejército Real del Perú, mandado en persona por el Virrey La Serna, era inminente. Después de marchar ambos ejércitos en paralelo durante meses, La Serna finalmente alcanza a Antonio José de Sucre en Matará (2 de diciembre de 1824) y acampa en el borde de la meseta por la cual habían descendido los patriotas el día anterior. El 3 de diciembre, el jefe español decide contramarchar media legua para salir del alcance visual de los patriotas, al tiempo que ejecuta un movimiento retrógrado destinado a conquistar su retaguardia, ubicándose sobre el mismo camino que éstos habían recorrido.

Sucre decide avanzar ese mismo día 3 a Tambo Cangallo, región que ofrecía abundantes recursos para la subsistencia de las tropas. Pese a lo comprometido de la empresa, el jefe patriota determina continuar la marcha y desafía la quebrada de Corpahuayco; envía exploradores a inspeccionar el paso, pero éstos no regresan nunca. El Virrey había emboscado en el desfiladero nada más y nada menos que cinco batallones y cuatro escuadrones; la trampa estaba montada, no había escapatoria posible, la única opción era avanzar o morir en el lugar.

El futuro Mariscal de Ayacucho se apresura a tomar posiciones en el lado norte del profundo barranco y establece una bien sostenida línea de defensa con su infantería, al tiempo que ordena a sus divisiones desfilar por la derecha y bajar la quebrada con prontitud. Los realistas emboscados en aquel punto descargan todo su poder de fuego sobre ellos. Comprendiendo rápidamente el elevado grado de exposición de sus hombres, el jefe patriota despacha varias compañías de cazadores para proteger los puntos altos de aquel pasadizo infernal, estas unidades se baten ardorosamente con el enemigo, permitiendo que las dos divisiones principales de ejército —las de Córdova y La Mar— logren traspasar la quebrada. La División Lara (batallones Vargas, Vencedor y Rifles) no contó con igual suerte al momento de cruzar el desfiladero, la División Valdés (vanguardia realista) la embiste con ferocidad, causando una gran conmoción en sus filas.

El batallón británico Rifles se reagrupa de la mano de su bizarro comandante irlandés, el coronel Arthur Sandes, y echa pie firme en tierra para protagonizar una de las acciones más heroicas de toda la gesta libertaria sudamericana. Sandes con sus hombres, al igual que Leónidas con sus 300 espartanos en las Termópilas, resiste la embestida de todo el Ejército Real de Perú, con la impecable serenidad e intrepidez que los hizo célebres. La masa de fuego que resistió el Rifles no tiene comparación en el marco de esta campaña, fusilería y artillería se combinaban para derribar a aquella barrera humana que se interponía entre la victoria realista y la salvación del Ejército Libertador. Sus hombres fueron cayendo uno a uno, sin que ello minara la resistencia de aquella monolítica formación. Todo se intentó contra ellos, los mejores cuerpos del ejército español fueron empleados para doblegarlos, Valdés estaba desesperado, y a su vez admirado, ante tamaña demostración de valor.

Luego de tres horas y media de tenaz resistencia, prácticamente todos los hombres del Rifles habían muerto o estaban heridos. De las 700 bajas que sufren sus filas, un total de 200 corresponden a fallecidos, el resto se contabiliza entre heridos o desaparecidos. Una de las pérdidas más sensibles del Rifles durante la épica jornada del 3 de diciembre fue la de su segundo comandante, el intrépido mayor de origen inglés Thomas Duchbury, uno de los mejores y más activos oficiales del ejército de Colombia. El jefe patriota perece luchando junto a sus hombres, tan solo a pocos instantes de que el batallón Vargas y el bizarro general Lara —comandante de la división— acudieran a salvar lo poco que quedaba de aquella insigne unidad. Un batallón y dos centenares de vidas heroicamente sacrificadas para que el grueso de Ejército Unido Libertador pudiera salvarse y con ello salvar el destino de la América entera.

El 9 de diciembre de 1824, sobre la inmortal Pampa de Ayacucho, Sucre rinde un sentido y justo homenaje a los sobrevivientes del Rifles, encendidas palabras que estremecieron, y estremecen hasta nuestros días, todo el continente americano: “¡Rifles! ¡Nadie más afortunados que vosotros! Donde vosotros estáis, ya está presente la victoria. Acudisteis a Boyacá, y quedó libre la Nueva Granada; concurristeis a Carabobo y Venezuela quedó libre también; firmes en Corpahuayco, fuisteis vosotros solos el escudo de diamantes de todo el ejército libertador; y todavía no satisfecha vuestra ambición de gloria, estáis en Ayacucho, y pronto me ayudaréis a gritar: ¡Viva el Perú libre! ¡Viva la América independiente!”

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