Voces

jueves 17 jun 2021 | Actualizado a 17:43

Bolivia clama justicia

El verdadero patriotismo implica ser realistas, absorber nuestra parte, nuestra carga de adversidad

/ 7 de abril de 2016 / 04:29

Han transcurrido 137 años desde la memorable mañana del 23 de marzo de 1879, en la que 135 valientes civiles bolivianos ofrecieron su sangre en Calama y el holocausto de sus vidas en el altar de la patria invadida. Varias generaciones han pasado desde entonces, sin que hasta la fecha esa herida infligida en nuestras almas haya podido sanar. En pleno 2016, tras 137 años de injusticia, la clase dominante del usurpador del siglo XIX no ha cambiado un ápice, aferrándose con uñas y dientes a lo ajeno, arrebatado por la fuerza y legitimado después por un tratado inicuo firmado por la doble amenaza del dogal aduanero y una nueva invasión a territorio patrio.

Sin embargo, al menos algo ha cambiado sustancialmente en el país, el pueblo boliviano ha despertado, ha dejado atrás su complejo de inferioridad y se ha dado cuenta, al fin, de que unido puede lograr todo lo que se proponga. Muestra de ello es el naciente crecimiento y desarrollo, aunque incipiente todavía, de nuestra amada Bolivia, lograda por el trabajo y esfuerzo unificado de nuestro pueblo.

El fuego sagrado patrio late más fuerte que nunca en los corazones bolivianos, en algunos más fuerte que en otros, pues al final de cuentas ese ideal supremo que se llama Bolivia se sostiene en el patriotismo de los pocos que sí la amamos y valoramos. Pero el verdadero patriotismo, entiéndase bien, es ser realistas, es absorber nuestra parte, nuestra carga de infortunio y adversidad; pero teniendo el coraje y la voluntad para enfrentarlo. Ese coraje para enfrentar la desgracia del pasado aún no ha muerto entre los hijos de Bolivia, ahora más que nunca nuestra madre común necesita que nosotros, sus hijos, estemos unidos y con una sola meta; necesita de una sociedad en general y una juventud en especial consciente de su pasado y la fuerza para cambiar el destino adverso que la acosa.

Los que tenemos hijos pequeños tenemos la enorme responsabilidad de legarles una Bolivia fuerte, unida, con su costa recuperada, o por lo menos con las herramientas que les permitan a ellos lograr al fin ese gran sueño, para que ellos no tengan el dolor de sentir ese nudo en sus gargantas, el mismo que se nos forma a nosotros al pensar en nuestro mar, en nuestro Litoral cautivo; para que no tengan que conocer este maldito sentimiento de impotencia y de angustia que nos acosa desde nuestra más tierna infancia. Debemos enseñarles que primero, antes que todo, está la patria. Deben conocer los errores del pasado para no repetirlos nunca más. Debemos enseñarles que son hijos de un pueblo noble, esforzado y heroico, que tienen el deber de defender a su madre, que es Bolivia, a costa de la propia vida der ser necesario, para que llegado el momento sepan hacerle justicia si a nosotros no nos es dada esa oportunidad. Los sueños se hacen realidad con trabajo y una fe inquebrantable, la misma fe que gota a gota forma un océano de voluntades, pues qué es ese océano si no la suma de una multitud de gotas que creen en Bolivia y en su destino.

El alma de Bolivia clama ¡justicia¡, más temprano que tarde llegará ese gran día en que todos los pueblos de la tierra canten alegres por su hermana Bolivia, que vuelve soberana y con la frente en alto a su heredad marítima; mientras tanto sus hijos conscientes no descansaremos hasta que ese día llegue, trabajando, luchando, dando lo mejor de nosotros, haciendo votos y oraciones al Creador para que este sufrimiento y esta gran injusticia terminen.
 

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Un caudillo americano

/ 17 de junio de 2021 / 02:47

Separar Salta y Jujuy del Alto Perú es un error histórico que suele cometerse. El Ejército del Norte no tuvo fronteras para detener el avance de los realistas.

La cultura porteñocéntrica logró convencer a la mayoría de los argentinos de que la libertad y la independencia en nuestro territorio nacieron en Buenos Aires y en mayo de 1810. Pero en realidad fue el Alto Perú el teatro de operaciones más importante de la guerra de emancipación de la región. Digamos que no fue en el Plata donde se produjeron los sacrificios necesarios sino en ese vasto territorio que va del Tucumán al Desaguadero. Porque fue allí donde hombres y mujeres entregaron sus vidas, sus sangres, sus familias, sus propiedades por la Revolución, y no en la lejana Buenos Aires. Porque durante casi dos siglos los escritores de las patrias chicas (Argentina y Bolivia) quisieron inventar una frontera ficticia en Salta y Jujuy y ubicaron allí la “guerra gaucha”. Pero se trata de una falsedad histórica: las actuales provincias de Salta y Jujuy pertenecían a la zona de influencia del Alto Perú, no fue la vanguardia guerrillera que debía evitar que los realistas invadieran un supuesto y ficticio “territorio patrio”. Salta y Jujuy eran, en realidad, la retaguardia de una guerra de guerrillas que en verdadero y completo “territorio patrio” se extendía hasta el Desaguadero y que dejó miles de muertos y más de 50 caudillos asesinados o ejecutados por las armas del rey.

Antezana, Ávila, Camargo, Hidalgo, Hinojosa, Indaburu, Muñecas, Murillo, Warnes, Padilla son algunos de los apellidos de los patriotas que dieron la vida por la independencia de las Provincias Unidas en una guerra de guerrillas, rescatada incluso por el propio Bartolomé Mitre pero olvidada con posterioridad por los relatos porteñocéntricos. Y entre los nombres de esos mártires se encuentra el de un gaucho salteño, líder entre los suyos, olvidado y traicionado por los poderosos de esa provincia durante un siglo, pero siempre recordado por los hijos del pueblo. Su nombre es Martín Miguel de Güemes.

Nació en una familia acomodada de Salta, esa ciudad antigua y bonita que crecía gracias al comercio con el Alto Perú. Con sus casas señoriales, de balcones sevillanos y tejados colorados, con sus paredes de piedra, sus ventanas de madera y el barroquismo engalanado, con su aristocracia de barrio, de callejas de barro y piedra. Con su sociedad fuertemente estamental, dominada por españoles con esclavos negros e indios y con los criollos que soportaban el peso de no pertenecer y de recoger lo que el círculo dominante español les dejaba. Y allí, en esos patios rodeados de gruesas paredes, detrás de esos frentes enrejados, de esas puertas que a veces permitían espiar los frutales, transcurría la vida de una ciudad conservadora, religiosa, sincrética, que se enriquecía con la plata que bajaba de Potosí hasta el puerto de Buenos Aires, primero, y luego con el comercio de ganado y ropa.

Las provincias de Salta, de Jujuy o de Tucumán, junto a las ahora bolivianas de Potosí, Charcas o Chiquitos, estaban integradas en un mismo espacio político, cultural y sobre todo económico: dependían en los tiempos de la colonia de la plata extraída del Cerro Rico del Potosí. Y la creación del Virreinato del Río de la Plata por la nueva administración de los Borbones de la Corona española había cambiado el sentido de la circulación extractiva quitándole peso al puerto de Lima y otorgándole más importancia a las bocas de salida de Buenos Aires y de Montevideo. De esa manera, las provincias de Salta y de Jujuy centraban sus economías en las famosas “aduanas secas”, que retenían un porcentaje de las mercaderías que finalmente abandonaban América en los puertos de mar abierto.

La Revolución de Mayo no significó ningún cambio en la relación entre Buenos Aires y el Alto Perú, entre “arribeños” y “abajeños”; de hecho, los levantamientos fueron sincrónicos y sincronizados entre los revolucionarios de las distintas regiones. Si en algunas oportunidades el Ejército Auxiliar enviado por Buenos Aires al Alto Perú se convirtió en una tropa de ocupación tuvo más que ver con las actitudes soberbias de la porteñada que con realidades culturales entre las provincias norteñas. Pero más allá de esos breves desencuentros, hay algo que es indiscutible: altoperuanos, jujeños, salteños, tucumanos, cuyanos, porteños pelearon codo a codo y sin fronteras —fueron inventadas muchos años después— contra los realistas.

Arenales, Azurduy, Belgrano, Dorrego, Güemes, San Martín fueron protagonistas de la lucha de un mismo territorio y de una misma causa. Separarlos es hacerles el juego a los cronistas de los Estados Nación de fines del siglo XIX, a los narradores de los países chicos, que surgieron después del desmembramiento de la Patria Grande. Incluso la declaración de la independencia argentina, en julio de 1816, confirma la verdad histórica de que nunca hubo frontera y que la Argentina y Bolivia estaban convocadas a ser una misma nación. Ese 9 de julio, en Tucumán, entre las provincias firmantes del pacto aparecen los nombres de las regiones altoperuanas de Charcas, Mizque, Chichas (Tarija) y Cochabamba.

En ese marco, el nombre de Güemes, lejos de opacarse, alcanza su verdadera dimensión política. Porque no se trata solo de una figura elegida por José de San Martín —tras las derrotas del ejército comandado por Manuel Belgrano en Vilcapugio y Ayohuma— para ser usada de retén contra la avanzada realista en Salta. La acción de Güemes está en función de una lucha mucho más abarcadora, que incluye la “guerra gaucha” pero también la que Mitre denominó “guerra de republiquetas” pero que no fue otra cosa que la “guerra de guerrillas” o de “montoneras”. Las regiones de Ayopaya, con José Miguel Lanza a la cabeza; La Laguna, donde acaudillaban Padilla y Azurduy; Larecaja, con el sacerdote Ildefonso de las Muñecas; Santa Cruz, con el porteño Ignacio Warnes; Vallegrande, con el español republicano Arenales; Tarija, con Eustaquio Méndez; Cinti, con José Camargo, y Salta, con Güemes. Todos ellos intentaban frenar a los realistas que recibían por el norte el apoyo logístico del Virreinato del Perú.

La misión que San Martín encomendó a Güemes, entonces, fue la de no darle tregua al Perú en el sur porque el gran capitán ya estaba ideando la campaña americana de liberación de Chile, vía el cruce de los Andes, y finalmente la liberación de Perú a través de una invasión por el mar. De esa manera, el Virreinato del Perú sería atenazado por los caudillos montoneros del teatro del Alto Perú y por las tropas del propio San Martín desembarcando en las playas de Paracas, cerca de Pisco.

Y Güemes cumplió con dignidad la tarea encomendada por San Martín. Líder popular, caudillo legítimo de la gauchada, se enfrentó a la oligarquía salteña que se mostraba siempre más reacia a los grandes sacrificios en nombre de la independencia que a los acuerdos con las tropas realistas. Víctima de constantes traiciones por las clases dominantes de esa ciudad, Güemes murió en el último avance realista en tierras de lo que unas décadas después será la Argentina como hoy la conocemos. Era hijo de su pueblo y no por casualidad fue el único general que cayó en combate durante la guerra de la independencia.

Pero una última felonía lo estaba esperando al gran caudillo montonero: el olvido. Durante prácticamente un siglo, su nombre fue palabra maldita para los dueños de la provincia norteña. Recién en las primeras décadas del siglo XX, su principal biógrafo, Bernardo Frías, y el poeta nacional Leopoldo Lugones, con su libro La guerra gaucha, lo rescatarán del ostracismo al que lo habían condenado sus enemigos políticos.

Guerrillero maldito para los poderosos de Salta. Defensor de la frontera norte argentina para los historiadores del país chico. Líder popular para los revisionistas del siglo XX. Hoy es tiempo de reivindicar a Martín Miguel de Güemes como lo que nunca debió dejar de ser: un caudillo americano, un hacedor de la Patria Grande.

(Gentileza de la Revista Caras y Caretas)

Hernán Brienza es politólogo e historiador argentino.

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Israel: Gobierno nuevo con políticas viejas

/ 16 de junio de 2021 / 01:45

El 23 de marzo, por cuarta vez en dos años, Israel celebró sus elecciones generales, donde dos tercios del total de los escaños del Parlamento están ocupados por un campo político de corte claramente extremista. El domingo 13 de junio, el Parlamento votó por un nuevo gobierno israelí encabezado por el extremista Naftali Bennett, quien obtuvo 60 votos favorables y 59 en contra, hubo una abstención.

El nuevo gobierno de coalición política heterogénea, llamado el “gobierno del cambio”, está apoyado por ocho partidos de tendencias políticas opuestas. Parece complicado que dure mucho tiempo. Si bien estas elecciones parlamentarias excluyeron a Benjamín Netanyahu de la nueva coalición, también produjeron el parlamento más extremista de la historia de Israel y un gobierno de apartheid y racista muy inestable, además de una oposición muy unida y dura encabezada por Netanyahu.

El Primer Ministro de Israel es quien dirige las reuniones de gobierno, decide los temas a discutir, nombra y destituye a los ministros y es directamente responsable de los servicios de seguridad: el Shin Bit, el Mossad, el Consejo de Seguridad Nacional y el Comité de Energía Nuclear, además de tener poderes especiales para todo lo relacionado con la guerra y los nombramientos militares y de seguridad. Es casi imposible que se apruebe una decisión gubernamental a la que el primer ministro se oponga. Todos estos poderes estarán en manos de Bennett, que pide día y noche una política más dura que Netanyahu.

Entre las características que distinguen a esta ronda de elecciones israelíes, la más importante es la ausencia total de lo que se conoció durante las décadas anteriores, como el campo de la paz israelí. La representación de estas fuerzas ha ido disminuyendo llegando al borde de la extinción y a su ausencia en el mapa político. Ante esa ausencia o su reducción a meras fuerzas marginales, sin influencia alguna, la arena israelí quedó libre para las diferentes variantes de las fuerzas extremistas.

Bennett, de 49 años, es hijo de padres inmigrantes judíos de San Francisco que llegaron a Israel en noviembre de 1967 y cuyos abuelos emigraron a los Estados Unidos desde Polonia.

Durante su servicio militar en el ejército, en 1996 participó con el rango de comandante en la denominada “ofensiva israelí contra el Líbano”. El 18 de abril de 1996, mientras su unidad estaba bajo el fuego de los morteros, ordenó bombardear la aldea de Qana en el sur del Líbano, donde se situaba un edificio de las Naciones Unidas que albergaba niños y ancianos, matando a 102 civiles y a cuatro cascos azules. El 30 de julio de 2013, Bennett declaró al periódico israelí The Jerusalem Post: “He matado a muchos árabes en mi vida y no hay ningún problema con eso”.

Se unió a Netanyahu y ejerció como su jefe de gabinete de 2006 a 2008, y dirigió su campaña para liderar el Likud en 2007; también fue nombrado director general del Consejo que defiende los intereses de los colonos, y dirigió la lucha en contra del congelamiento de los asentamientos. Bennett abandonó el Likud y formó el partido Yamina, que obtuvo solo siete escaños en las últimas elecciones.

Bennett es conocido por su fuerte oposición al establecimiento de un Estado palestino y por sus repetidos llamamientos a Israel para que anexe el Valle del Jordán (el 60% de Cisjordania) y dejar algunas ciudades palestinas como Ramallah, Nablus y Jenín con autogobierno, pero con seguridad israelí.

El trasfondo ideológico de Bennett puede ser una motivación de más odio contra los palestinos, pero su posición ahora puede obligarlo a no mostrar esta doctrina públicamente, especialmente porque es muy cercano a los estadounidenses y éstos han comenzado a considerar la solución de “dos Estado” como una solución lógica y viable al conflicto. Bennett seguirá el camino de la postergación hacia cualquier solicitud estadounidense de sentarse a la mesa de negociaciones con los palestinos, porque pretende, como su predecesor, Netanyahu, imponer la solución israelí sobre el terreno: convertir Cisjordania en cantones palestinos bajo la soberanía de seguridad israelí, sin elementos de soberanía como fronteras, aeropuertos y puertos; también cree en los asentamientos y en Jerusalén como la capital unificada y eterna de Israel y la identidad judía del Estado.

Mahmoud Elalwani es embajador del Estado de Palestina en Bolivia.

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Futbolistas de izquierda, una rareza

/ 16 de junio de 2021 / 01:38

“Si la gente no tiene el poder de decir las cosas, entonces yo las digo por ellos” (Sócrates de Souza, el Doctor)

Uno: los dictadores no se meten en política y les va bien. Solo mandan a matar y regalan impunidad a las bestias pardas. ¿Por qué los futbolistas deberían hacer política? ¿Por qué (casi) no hay jugadores que levanten el puño? ¿Por qué los players no dicen lo que piensan? Sostiene El Gran Woming en el prólogo del libro de Quique Peinado, Futbolistas de izquierdas que “la mayoría silenciosa de jugadores siempre recurre al resorte de supervivencia que los lleva a camuflarse con el entorno para aprovechar el privilegio de esa opción llamada apolítica. Si uno es apolítico, es de derechas. Si se define de derechas, es de derechas. Si cree que todos los políticos son iguales, es de derechas. Si reniega de la política, es de derechas. Si no es de nada, es de derechas. Como verán ustedes, ser de derechas es fácil, solo hay que dejarse llevar”.

Dos: media docena de jugadores de la selección peruana pidieron el voto para Keiko Fujimori, que hizo toda la campaña —fallida— con la camiseta de la “franja roja” puesta. Los millonarios futbolistas del hermano país “querían un Perú sin comunismo, libre”. Por eso votaron por “la democracia” y perdieron, como lo hacen casi siempre en la cancha. Ellos fueron: Pedro Gallese, Carlos Zambrano, Jeferson Farfán, André Carrillo, Paolo Hurtado, Raúl Ruidíaz, Wilmer Cartagena, Manuel Trauco, Aldo Corzo, Sergio Peña y Luis Advíncula (del Rayo Vallecano). Solo tres de sus cracks: Paolo Guerrero, Yoshimar Yotún y Renato Tapia se callaron en mil idiomas. El presidente electo, Pedro Castillo, de profesión maestro, respondió a lo Maradona: “Por respeto a este país, y por honor a esta patria, quisiera decirles que la blanquirroja no se mancha”.

Los que nos dicen que no hay que mezclar fútbol y política, también callan cuando los jugadores adinerados se alejan/olvidan sus pueblos/orígenes humildes y piden el voto con la camiseta puesta en favor de políticos corruptos y asesinos. Su entrenador, el argentino Ricardo Tigre Gareca, se hizo al loco: “Los jugadores se pueden expresar libremente”. ¡Qué lejos quedó mi tocayo del gran Marcelo Bielsa cuando se negó a saludar a Piñera tras lograr la Copa América para Chile! Cuando la “china” vaya presa, nadie se acordará de ella. Será una Jeanine más. Es más fácil dejarse llevar.

Tres: hace un año el delantero del Real Betis Balompié de Sevilla, Borja Iglesias, se pintó la uñas de negro para solidarizarse con la lucha antirracista en Estados Unidos y el movimiento “Black Lives Matter”. La cascada de insultos homófobos que recibió provocaron una respuesta filosófica de parte del jugador gallego: “Te das cuenta con esto que no estamos bien”. Cuando hace dos semanas, le preguntaron en televisión si había más futbolistas de izquierdas que de derechas, dijo: “El jugador medio tiende a ir hacia una derecha no muy extrema porque valoran mucho el tema económico”. Los jugadores no entienden que se juega, no para ganar sino para que no te olviden. Tienen miedo a la crítica y al paredón de las redes sociales. Es difícil salir del armario, por eso no tenemos jugadores ni rojos, ni maricones. Hay pavor a la estigmatización, a exponerse, a que no te perdonen por tu rebeldía. Los players son vendidos como cromos, como esclavos modernos. Y muchos no se dan cuenta, como decía Sócrates, que “los futbolistas son artistas y por tanto son los únicos trabajadores que tienen más poder que los jefes”.

Cuatro: varios jugadores de equipos de primera en Bolivia —cuyos nombres prefiero olvidar— participaron activamente de la “(contra)revolución de los pititas”. Postearon fotos sonrientes en los bloqueos y por primera vez manifestaron sus simpatías políticas, saliendo de su zona de confort. Otros, sin embargo, sufrieron represalias, agresiones callejeras y amenazas por internet por haber expresado sintonía con el expresidente Evo Morales. Así le pasó a Luis Héctor Cristaldo, argentino naturalizado boliviano e integrante de la selección que clasificó al Mundial Estados Unidos 1994, cuando fue a comprar gaseosa a la caserita de la esquina de su barrio en Santa Cruz. Hace miles de años, los jugadores iban caminando a la cancha, agarraban transporte colectivo y se mezclaban con la hinchada. Era una fiesta popular. Ahora llegan en sus vagonetas con vidrios polarizados y patean en defensa propia contra el “comunismo”. Es una fiesta para unos pocos. ¿Por qué (casi) no hay futbolistas de izquierdas en Bolivia? Por una cuestión de clase. O simplemente por esa manía nuestra de dejarnos llevar, de no tomar partido.

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

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No basta pedir perdón

/ 16 de junio de 2021 / 01:31

Perdón parece ser la palabra más difícil es el título de una hermosa canción de Elton John y ciertamente no es fácil pedir perdón de verdad, pero además no es suficiente si al pedido no le sigue la acción para corregir el daño. Sin reparación, el perdón se convierte en la forma más fácil de sepultar hechos que han afectado gravemente a una persona, un grupo o un pueblo y mandar al olvido cientos de vidas, de sueños, de grandes y pequeñas esperanzas.

El 4 de junio, el Primer Ministro de Canadá dijo que estaba decepcionado porque la Iglesia Católica no se disculpó por los abusos y muertes de cientos de niños indígenas en el sistema de internados cristianos, que existían en ese país desde el siglo XIX hasta la década de 1970, creados y solventados por el Gobierno con el fin de que olviden su cultura. Más de 150.000 niños indígenas fueron obligados a dejar sus hogares para vivir sin amor, soportando frío, hambre, abusos sexuales y maltrato físico, en esos recintos construidos especialmente para que abandonen su forma de vida, no hablen ni les hablen en su lengua materna. En 2017 el primer ministro Justin Trudeau pidió disculpas, pero no fue suficiente, porque en una sociedad tan desarrollada como la canadiense, los indígenas de ese país aún viven en condiciones de desigualdad, los originarios de esas tierras tienen las tasas más altas de desempleo y las más bajas de cobertura en el seguro de salud, por eso no basta con pedir disculpas.

El 11 de junio, el expresidente de Colombia Juan Manuel Santos pidió perdón a los familiares de los llamados falsos positivos, es decir los civiles asesinados por militares para hacer pasar esas muertes como bajas guerrilleras en combate. “Me queda el remordimiento y el hondo pesar de que durante mi ministerio muchas, muchísimas madres, incluidas las de Soacha, perdieron a sus hijos por esta práctica tan despiadada, unos jóvenes inocentes que hoy deberían estar vivos. Eso nunca ha debido pasar. Lo reconozco y les pido perdón a todas las madres y a todas sus familias, víctimas de este horror”. Ahora se sabe que esos muertos eran parte de las cuotas que los soldados debían cumplir. ¿Qué piden los familiares de las víctimas? Quieren que el Alto Mando de los militares dé la cara, que declare qué pasó con sus hijos, hermanos, esposos, que revelen quién dio la orden, mientras tanto el pedido de perdón no es suficiente.

Indudablemente no es fácil pedir perdón, pero cuando se lo hace de poco o nada sirve si no se busca la reparación, eso sí es más difícil porque para hacerlo se tocarán intereses, se involucrará a personas o grupos de poder que aún están vigentes, pero el verdadero pedido de perdón pasa por actuar en serio, por esclarecer la verdad, por mejorar la vida de los que quedan.

Lucía Sauma es periodista.

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Bolivia, la suerte también se cansa de nosotros

Ricardo Bajo, periodista

Por Ricardo Bajo H.

/ 14 de junio de 2021 / 22:43

Introducción: Bolivia, golpeada por los casos de Covid, se queda sin Martins -el emblema- ni Haquin. Farías deja inexplicablemente fuera del onceno titular a Lampe y apuesta por Cordano. El venezolano opta por un sistema 4-4-2, abandonando la idea de colocar cinco defensas. Las novedades no se terminan ahí: Boris Céspedes, el chango que juega en el fútbol suizo, aparece como volante central junto a Justiniano. La otra sorpresa es el catalán/boliviano, Jaume Cuéllar, que juega de delantero en el SPAL italiano, de la segunda división. Hace dupla en la ofensiva con Gilbert Alvarez. Los tres cambios no los entiende nadie.

Nudo: la selección es un frontón, para (no) variar. Farías ha elegido -hace rato- el fútbol ultradefensivo y conservador. Jugamos y jugaremos a ser la “Grecia” de Sudámerica: todos atrás rezando. El gol de penal de Saavedra nos regala un gol inesperado. A Paraguay no le sale nada, ha subestimado a la “verde” y el arco se cierra, “ayudado” por el VAR, nuestro aliado inesperado, nuestro mejor hombre. La temprana expulsión de Cuéllar mete más a la selección nacional debajo del arco. ¿Están chicos como Céspedes y Jaume para jugar de titulares en la absoluta? ¿Está Cordano un peldaño por encima de Lampe o uno por debajo? ¿Es el arquero de Bolívar el ideal para detener el juego aéreo de los paraguayos, su punto fuerte? Disculpen por las preguntas retóricas.

Desenlance: Bolivia sigue defendiéndose con dos líneas de cuatro y trata de cerrar las bandas, los costados por afuera por donde ataca la albirroja. Se para mal atrás y no ataca ni de broma, ni siquiera cruza la mitad de la cancha. Los dos primeros cambios son: Roberto Carlos Fernández por Flores y Danny Bejarano por Céspedes. Nada cambia. A la hora llega el empate y dos goles más para una victoria cantada/esperada. Almirón opta por el doble nueve para colgar pelotas. Los otros tres cambios bolivianos tampoco suman: Wayar por Saavedra (tras la igualada); Ramallo por Gilbert; y Junior Sánchez por Justiniano. Seguimos defendiendo con ocho hombres el área grande. La estadística dirá al final que Paraguay ha tenido la pelota en un 79%.

Post-scriptum: el próximo viernes chocamos con Chile. ¿Cambiará el libreto timorato de Farías que de palabra promete jugar de tú a tú y apostar por el fútbol ofensivo y en la práctica regala la posesión de inicio y solo apuesta por ser un frontón? ¿Seguirá con las malas decisiones a la hora de elegir a los jugadores? ¿Dejará de ser miserable en sus planteos con la suerte acompañándolo hasta que ésta también se cansa? ¿Somos Lampe y Martins y nada más?

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