Voces

Tuesday 23 Apr 2024 | Actualizado a 07:49 AM

Culpable

Esa sensación de culpabilidad va más allá del proceso de Kafka, se cierne sobre la conciencia colectiva.

/ 18 de junio de 2016 / 03:33

El falso detective hizo la prueba. Abrió al azar la guía de teléfonos en la que constaban todos los usuarios, puso a ciegas el índice sobre el nombre de un ciudadano cualquiera y a continuación marcó su número. Al otro lado del aparato sonó una voz anónima. “Diga”. El falso detective preguntó: “¿es usted fulano de tal?”. “Sí, sí, dígame”. El falso detective con palabras escuetas le dijo: “lo sabemos todo, huya”. Y aquel desconocido huyó. Personalmente, esta huida me parece lógica, yo tal vez hubiera hecho lo mismo, puesto que la gente de mi generación, pese a haber sido bautizada, cree seguir viviendo en pecado original con la culpa agarrada a la nuca. De hecho si en la escuela el maestro te castigaba injustamente, llegabas a casa y tu padre te añadía otra bofetada de regalo. Mi generación atravesó toda la represión política y moral del franquismo y de la Iglesia bajo la doble amenaza del infierno y de la guardia civil. El infierno era hipotético, pero la pareja de la guardia civil podía cruzarse en tu camino y antes de que te diera el alto la mala conciencia ya te sacaba del subconsciente la culpa congénita. Algo habré hecho mal, pensabas. Al entregarle la documentación te sentías una hormiga perpleja frente a la autoridad con todo el sol en el tricornio.

Aun viviendo en democracia, a veces me dan ganas de ir a una comisaría para que me detengan por algún delito que todavía no he cometido. Si el comisario me preguntara qué daño he hecho en la vida, le diría que buscara en el archivo. Seguro que encontraría algo de lo que debería arrepentirme. Esa sensación de culpabilidad va más allá del proceso de Kafka. Atañe a los ciudadanos inocentes y a los líderes políticos. Es una niebla que se cierne sobre la conciencia colectiva. Es el inquisidor Torquemada que te invita a huir mientras ríe en la tumba a carcajadas.

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Travesía

Ya no existen maestros a los que seguir ni valores sólidos a los que agarrarse.

/ 17 de septiembre de 2017 / 03:54

Al final del verano, de vuelta a casa, empiezas a navegar el nuevo curso a merced de las fuerzas oscuras que te acechan en un mar lleno de peligros. Hay que estar bien pertrechado. Para llegar sano y salvo a un puerto abrigado después de sortear todos los escollos de esta dura travesía, no hay barco más seguro que el primer barco de papel que fabricamos cuando éramos niños con una hoja del cuaderno escolar donde habíamos escrito nuestros sueños más puros.

Después de doblar el papel varias veces de una forma determinada, abrías el pliegue y de pronto aparecía entre los dedos un maravilloso velero. Con un leve impulso lo botabas en una orilla de la alberca y comenzaba a navegar el agua estancada bajo el vuelo de libélulas verdes y amarillas. Podía ser un barco pirata, fantasma, mercante o de guerra. Pese a que la alberca albergaba algunos sapos, el barco siempre conseguía llevar a la otra orilla nuestros sueños incontaminados. Era un barco que nunca naufragaba.

Vivimos ahora tiempos de azar, entre la violencia y la banalidad. No sabes quién te vigila, quién te controla, quién decide por ti, pero eres consciente de que alguien puede apretar el botón que te hará saltar por los aires. Ya no existen maestros a los que seguir ni valores sólidos a los que agarrarse; y puesto que vale todo, pero nada es firme, en esta travesía confusa la salvación es ya una cuestión fiada a la imaginación de cada navegante. Un prisionero condenado a cadena perpetua descubrió la única forma de escapar: pintó una ventana abierta de par en par con un horizonte azul en la pared de la mazmorra y a través de ella conquistó la libertad. Aquel velero de papel que construiste con una hoja del cuaderno escolar para cargar en él los primeros sueños, hoy puede convertirse en un barco de salvamento si aquellos sueños, que transportaba, no han sido traicionados.

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Contagio

Prohibir el velo musulmán es una señal de debilidad, una forma de dar la batalla por perdida

/ 22 de octubre de 2016 / 15:23

No han pasado tantos años desde que muchas mujeres españolas se bañaban en el mar con enaguas; desde que la muerte de un familiar imponía a una adolescente un luto riguroso que ya no se quitaba jamás; desde que el recato femenino la obligaba a llevar mantilla en la iglesia, las mangas hasta el codo y la falda por debajo de la rodilla; desde que las abuelas se cubrían la cabeza con un pañuelo negro anudado en la barbilla para salir de casa; desde que la esposa estaba jurídicamente atada al marido; desde que una chica en bikini en la playa provocaba un escándalo hasta el punto que podía ser detenida por la Guardia Civil. Fue el contagio con las jóvenes europeas que ejercían su libertad en nuestras playas el que acabó con los vestigios de una vieja moral, aunque todavía queda algún juez que ante una agresión sexual tiende a culpar a la mujer de haber provocado al violador por la forma licenciosa en el vestir.

Se debate ahora la cuestión de prohibir o tolerar entre nosotros el velo que el islam impone a sus mujeres. El velo o el burka son símbolos de la absoluta sumisión de la hija o la esposa ante el padre o el marido musulmán, quien cree que les pertenecen en propiedad y les da derecho a taparlas de arriba abajo para que en la calle no provoquen deseos impuros ni nadie pueda mancillarlas con miradas obscenas. Eso mismo les sucedía a muchas mujeres españolas no hace tantos años. Pero prohibir directamente el velo musulmán supone usar las mismas armas del fanatismo religioso, y contra lo que parece, es una señal de debilidad, una forma de dar la batalla por perdida.

Por el contrario, la tolerancia y la libertad son la fortaleza de nuestra cultura. Da igual que una mujer lleve velo o un pollo frito en la cabeza. Al final, la libertad por contagio acaba por derribar todas las barreras. Así salió vencedor el bikini frente a las enaguas.

Es escritor y periodista español, columnista de El País.

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Comer, leer

Leer y comer son dos formas de alimentarse y de sobrevivir. No sabría decir qué es más necesario.

/ 24 de julio de 2016 / 13:48

Leer y comer son dos formas de alimentarse y también de sobrevivir. No sabría decir qué es más orgánico, más íntimo, más necesario. Los clásicos lo tenían claro: primero vivir y después filosofar. Pero sucede que hoy los más refinados creen que comer es también una filosofía y mastican lentamente los alimentos pensando en su naturaleza ontológica, imaginando el largo camino que han recorrido hasta llegar a la mesa.

Alguien sembró la semilla, regó las hortalizas, podó los frutales, salió de madrugada a pescar, apacentó el ganado. Alguien llevó todos esos productos al mercado. Alguien los cocinó con amor y sabiduría, con la cultura culinaria que arranca del neolítico. Los que comen así tratan de convertir también la sobremesa en un ejercicio moral, casi místico, y no necesitan ninguna enseñanza de tantos másteres chefs insoportables.

Por otra parte existen lectores exquisitos que leen buscando en cada libro la isla del tesoro y siempre encuentran el cofre del pirata. Hasta hace bien poco ningún artilugio se interponía en esa placentera navegación de los sueños que a través de las páginas de los libros se eleva hasta el cerebro, y tampoco ningún cocinero mediático perturbaba el trayecto que los alimentos naturales recorrían del plato al estómago. Pero hoy la cocina y la lectura están cambiando de sustancia. La cocina ha caído bajo la dictadura de los másteres chefs que ejercen el papel de intermediarios del gusto con sus platos estructuralistas; y la lectura se ha instalado en soportes digitales que imponen sus reglas al pensamiento con sus múltiples aplicaciones. Los artilugios informáticos exigen una lectura rápida, breve, fragmentada, superficial, líquida e inmediata. Los nuevos cocineros te obligan a admirar sus instalaciones artísticas en el plato sin preocuparse de lo que suceda después en el estómago. Así están las cosas.

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Comer, leer

/ 13 de junio de 2016 / 03:19

Leer y comer son dos formas de alimentarse y también de sobrevivir. No sabría decir qué es más orgánico, más íntimo, más necesario. Los clásicos lo tenían claro: primero vivir y después filosofar. Pero sucede que hoy los más refinados creen que comer es también una filosofía y mastican lentamente los alimentos pensando en su naturaleza ontológica, imaginando el largo camino que han recorrido hasta llegar a la mesa. Alguien sembró la semilla, regó las hortalizas, podó los frutales, salió de madrugada a pescar, apacentó el ganado. Alguien llevó todos esos productos al mercado. Alguien los cocinó con amor y sabiduría, con la cultura culinaria que arranca del neolítico. Los que comen así tratan de convertir también la sobremesa en un ejercicio moral, casi místico y no necesitan ninguna enseñanza de tantos másters chefs insoportables.

Por otra parte existen lectores exquisitos que leen buscando en cada libro la isla del tesoro y siempre encuentran el cofre del pirata. Hasta hace bien poco ningún artilugio se interponía en esa placentera navegación de los sueños que a través de las páginas de los libros se eleva hasta el cerebro y tampoco ningún cocinero mediático perturbaba el trayecto que los alimentos naturales recorrían del plato al estómago.

Pero hoy la cocina y la lectura están cambiando de sustancia. La cocina ha caído bajo la dictadura de los másters chefs que ejercen el papel de intermediarios del gusto con sus platos estructuralistas, y la lectura se ha instalado en soportes digitales que imponen sus reglas al pensamiento con sus múltiples aplicaciones. Los artilugios informáticos exigen una lectura rápida, breve, fragmentada, superficial, líquida e inmediata. Los nuevos cocineros te obligan a admirar sus instalaciones artísticas en el plato sin preocuparse de lo que suceda después en el estómago. Así están las cosas.

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Saltamontes

Solo algunos seres privilegiados son capaces de convertir a la vejez en una obra de arte

/ 2 de abril de 2016 / 05:40

Escucha, pequeño saltamontes: cuando seas muy mayor llegará un día en que dejarás de cumplir años. Te dará igual tener 70 que 80. A esa edad solo cumplirás estados de ánimo, periodos de salud o de enfermedad. Estar bien o sentirte mal será el único dilema; de modo que los análisis y radiografías tendrán mucha más importancia que el número de tacos de almanaque que lleves a la espalda. La vejez es, sin duda, una tragedia irreversible, pero solo algunos seres privilegiados son capaces de convertirla en una obra de arte.

Atiende, pequeño saltamontes, a lo que pasa en la mesa. Si lo más dulce se guarda para el final, también puede suceder lo mismo en el postre de la vida. El deterioro físico siempre se produce por partes, cada órgano por separado, nunca acontece un fracaso conjunto y total, salvo que decidas acabar por ti mismo o te des con el coche un leñazo contra un tronco. Hay dos formas de envejecer: de dentro afuera y de fuera adentro. Esta última modalidad es la más evidente: la carne flácida, la linfa acuosa en la mirada, el color ceniciento de la piel, las articulaciones anquilosadas. Trataré de ahorrarte, pequeño saltamontes, todas las miserias que van sucediendo en el interior del cuerpo a partir de una edad, el bulto sospechoso que germina por aquí o por allá, la sombra en el pulmón, el veredicto infame del TAC. Pero con ser eso muy grave, es menos patético que envejecer lentamente de dentro afuera.

Si llega un momento en que todo te da igual, que tragas con ruedas de molino con tal de que no te molesten, que crees que tu protesta o coraje no servirán de nada, serás viejo por dentro aunque tengas 30 años. El alzhéimer no consiste en perder la memoria, sino en no recordar que la has perdido. Olvidar los sueños que en un momento de la vida te hicieron fuerte será la prueba más evidente de tu demencia senil.

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