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martes 5 jul 2022 | Actualizado a 20:26

Arbitrariedad y llunkerío en nominaciones

Este llunkerío repugnante puede derivar en un pernicioso ‘culto a la personalidad’.

/ 6 de noviembre de 2016 / 22:07

Nadie ha podido explicarme por qué una arteria principal de El Alto lleva el nombre del hijo de un exprefecto del departamento de La Paz (Franco Valle). En Santa Cruz también había una calle que tenía el nombre del hijo de un expresidente (Boris Banzer). ¿Quién o quiénes decidieron esas nominaciones y por qué razones? ¿Hicieron en sus vidas algo meritorio esos muchachos para que sus nombres sean recordados con la designación de espacios públicos? Me temo que no. Sospecho más bien que son designaciones arbitrarias y abusivas tomadas al calor de situaciones circunstanciales de poder. Lo peor es que después, como nadie pregunta, por costumbre ellas quedan aceptadas y adoptadas de modo permanente. Así construimos, frecuentemente, un imaginario común plagado de falsos héroes y carente de valores perdurables.

Y a la inversa, cuántas personalidades descollantes, de antes y de ahora, hombres y mujeres de gran mérito, vidas ejemplares que merecen ser recordadas permanecen en el anonimato o se les mezquina el reconocimiento que merecen. Ejemplos sobran, pero basta mencionar uno: apenas un establecimiento educativo en La Paz lleva el nombre de José Santos Tambor Vargas, comandante guerrillero de la independencia que dejó un increíble diario escrito de una década de luchas; y vale la pena revelar que esto es así gracias a la intervención de quienes trabajábamos en el semanario Aquí a fines de los años 80. Nosotros convencimos a su directora, la hermana Amparo Carvajal, para que rechazara el nombre de la esposa del canciller de entonces “porque había obsequiado un estandarte”, como algunos profesores y padres de familia querían bautizar al colegio. Hace poco se designó con el nombre del Tambor a la escuela militar de música en Oruro, no sin antes degradarlo de “comandante” a “sargento mayor”. Y para colmo, no se ha construido en esa ciudad el monumento cuya piedra fundamental colocó el presidente Morales hace ya cuatro años.

Entretanto, con alarmante frecuencia, están apareciendo designaciones con los nombres de autoridades en ejercicio, principalmente del Primer Mandatario, pero también del Vicepresidente y de otros funcionarios. Un llunkerío repugnante que puede derivar en un pernicioso “culto a la personalidad”, sobre el cual hablaremos en otra ocasión.

Por lo dicho hasta aquí se constatan dos cosas: no existe o no se cumple normativa alguna en relación a la nominación de establecimientos públicos, territorios, sitios, calles y plazas o eventos; reina una total arbitrariedad en este campo. Cualquier poderoso de turno puede darse el lujo de designar o permitir que se hagan esas designaciones con su propio nombre o el de alguno de sus parientes. Peor aún, en muchas comunidades existe la peligrosa inclinación a colocar nombres de autoridades en señal de agradecimiento por determinadas obras, como si éstas fueran un regalo de alguien y no el cumplimiento de obligaciones de los servidores públicos que manejan los recursos del Estado, es decir, la plata de todos.

Aunque sería mejor que por decoro las personas involucradas rechacen estos interesados halagos a su vanidad, resulta necesaria una ley específica al respecto. En muchos países, Cuba entre ellos, existen normas legales explícitas para evitar estas situaciones. Y hasta donde sabemos, el principio básico elemental que rige dicha normativa es que ninguna designación de este tipo puede recaer sobre personas aún con vida. Esta saludable disposición deja a la historia y a las generaciones futuras la valoración del aporte de cada quien. Un buen ejemplo a seguir, ¿no les parece?

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Aunque no lo crea: hay poesías que matan

/ 26 de junio de 2022 / 03:02

— La poesía es un ingrediente fundamental de la cultura humana.

— Ni tanto, hay pueblos que la pasan muy bien sin recursos poéticos, es decir sin poesía y sin poetas…

— No lo creo, eso es imposible, donde menos se piensa saltará la liebre.

— ¿No será que la poesía solamente alcanza a una reducida cantidad de personas caracterizadas por una sensibilidad especial hacia la belleza del lenguaje escrito?

— ¡Momento! ¡Momento! Hay culturas poco extendidas en la escritura pero que tienen riquísimas manifestaciones poéticas, la incaica o la guaraní, sin ir lejos.

Palabras más, palabras menos, esos eran el fondo y el tono de la discusión al interior de un grupo de jóvenes periodistas y también algunos poetas, reunidos en la antigua casona de la calle Ingavi donde por muchísimo tiempo había funcionado una agencia bancaria y en cuyo segundo piso funcionaba entonces, todavía muy precariamente, la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia y, si mal no recuerdo, las academias bolivianas de la Historia y de la Lengua. Se trataba de un “vino de honor” en el que se celebraba la aparición de un nuevo libro o algo así, y luego del brindis los concurrentes formaron grupos en los que se conversaba y discutía diversidad de temas como el mencionado rol de la poesía. En determinado momento, intentando hacer aterrizar a mis contertulios les lancé la provocación:

— A ver, díganme, ¿la poesía puede matar? Casi todos se pronunciaron por la negativa, salvo quizá que como efecto colateral haya empujado al suicidio a algún romántico desesperado. Les dije que la cosa no va por ahí, que en Bolivia tenemos un caso de muerte por efecto directo de la poesía. Y les relaté lo que sabía acerca de lo ocurrido en la ciudad de Sucre a raíz de una conmovedora poesía declamada por su autor, Jorge Calvimontes, condenando la masacre de la noche de San Juan en junio de 1967. Por aquellos días se reunía en la ciudad capital un encuentro nacional de poetas.

En cierto momento, por pura casualidad, descubrí en otro grupo de invitados a Héctor Borda Leaño y pedí a los incrédulos muchachos que preguntáramos a un testigo directo de cuanto había ocurrido. Dicho y hecho, el gran poeta orureño relató que el encuentro fue convocado y organizado por otro grande de la poesía, el chuquisaqueño Eliodoro Ayllón (autor del celebrado poema Pido la palabra…), que concurrieron celebridades de la poesía boliviana como Yolanda Bedregal y Alcira Cardona, y que se expresó una corriente plenamente solidaria con los trabajadores mineros masacrados.

En cierto momento notamos que una señora desconocida para todos, se había aproximado al grupo y seguía con interés el animado diálogo. De pronto, se animó a intervenir:

— Perdonen que interrumpa. El fallecido en el paraninfo universitario de Sucre era mi hermano. Se llamaba Miguel Ángel Turdera Pereyra, era maestro de profesión y estaba a punto de terminar sus estudios de abogado. Era una persona robusta y sana y sin antecedentes cardiacos. Simplemente el poema leído por Calvimontes lo emocionó tanto que no pudo resistir…

Con estos y otros datos proporcionados por la familia e incluso una fotografía de Miguel Ángel, publiqué una nota en el suplemento cultural El Duende del periódico La Patria de Oruro. Publicación que no conservo en archivos pues en una de las últimas llegadas de Jorge a La Paz, desde México, tuve que obsequiársela.

Como lo dijo Ramiro Barrenechea: “…la poesía fue el primer lenguaje que nos diferenció del resto de la naturaleza, es decir que nos hizo humanos” (en el interesantísimo ensayo introductorio de Ardientes profetas de la aurora, compilación de poesía escrita por grandes líderes, libro de casi 300 páginas, que no lleva fecha, lugar de edición, ni depósito legal).

Conclusión, no subestimar a la poesía, puede ser una herramienta eficaz para recuperar la memoria y para vencer a la impunidad.

Carlos Soria Galvarro es periodista.

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¿Cuándo se jodió el movimiento estudiantil universitario?

/ 12 de junio de 2022 / 01:03

Volvemos sobre el tema no solamente porque todavía hay mucho por desembuchar, sino también porque con la “detención preventiva” de unos pocos peces gordos se habrían tranquilizado las conciencias y el asunto tendería a salir de la agenda de los debates públicos dejando las cosas, poco más o menos, tal como estaban.

No pensamos en el fácil expediente de que siempre lo pasado fue mejor. No dudamos de que desde etapas muy anteriores hubo granujas sin principios y sin moral que lucraron a costa de la educación superior o la hicieron víctima de sus manejos políticos sectarios. Pero aun así no primaban los aspectos negativos, tenían mayor peso acciones como la defensa del propio régimen autónomo, la lucha contra las dictaduras y en pro de la democracia, la defensa y recuperación de los recursos naturales, la solidaridad con mineros, campesinos y otros sectores populares. Podemos destacar en ese contexto a presidentes de la Confederación Universitaria Boliviana (CUB) como Adolfo Quiroga Bonadona, sacrificado en la guerrilla de Teoponte en 1970, y a Jorge Ríos Dalenz, asesinado en Chile por la dictadura pinochetista en 1973. Todo ello y mucho más le daba brillo a la universidad, sin menoscabo de su misión esencial de formar profesionales, desarrollar las bases científicas y la conciencia para el desenvolvimiento del país en su conjunto.

¿Cuándo comenzó a invertirse la balanza a favor de la truculencia negativa? Por cierto el cambio no se dio de la noche a la mañana, tuvo lugar en procesos que, a nuestro juicio, tentativamente son los siguientes:

El lastre del sometimiento al modelo neoliberal que comenzó a implantarse con las dictaduras y tuvo su apogeo desde 1985.

El crecimiento siempre ascendente de la matrícula. Por ejemplo, tomando en cuenta a todo el sistema (universidades públicas, privadas y especializadas) entre 2010 y 2020 (10 años) se incrementó en un 36%. Desde algo más de 350.000 a casi medio millón de estudiantes (curiosamente en esta última cifra el porcentaje de mujeres es ligeramente superior al de los varones). Salta a la vista que las instituciones universitarias, especialmente las del sector público, nunca tuvieron las condiciones suficientes para absorber a tamaña explosión de la matrícula.

Y, un tercer factor, quizá el más gravitante, la entronización de un concepto mal llamado “poder estudiantil”, introducido por una corriente ultraizquierdista que ya no está de moda, pero que dejó perniciosas secuelas difíciles de erradicar. Del mismo modo que la idealización del rol de vanguardia del proletariado en el plano político social, se quiso convencer a todos que en la universidad el “estamento” estudiantil debía tomar el poder en sus manos para operar los cambios necesarios y barrer con todas las lacras que le afectaban. En otras palabras, los estudiantes debían tener el control mayoritario sobre las grandes y pequeñas decisiones con derecho a veto, imponiéndolas al “estamento” docente y subordinando al “estamento” administrativo. Se trata, ni duda cabe, de una distorsión disparatada del co-gobierno docente estudiantil. Con tal lógica en los hechos, los núcleos dirigentes del estudiantado pasaron sutilmente a ejercer labores administrativas, que antes les correspondía vigilar; en la práctica la participación y el control social estudiantil fueron remplazados por una suerte de gestión ineficiente absolutamente inapropiada. Administrativos y docentes, bien gracias, la impertinencia estudiantil les permite eludir responsabilidades y negociar las partidas presupuestarias en base a prebendas. En ese caldo de cultivo nacieron los dinosaurios.

Experimentamos en carne propia esas formas aberrantes de funcionamiento cuando ejercíamos la Dirección de Canal 13. Muchos ejemplos podíamos contar.

Carlos Soria Galvarro es periodista.

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Universidades: perlitas que avivan el fuego

/ 29 de mayo de 2022 / 01:36

De seguro hay muchísimos aspectos positivos y destacables del desempeño de las universidades públicas en el marco de la autonomía universitaria. Pero, una vez que ha estallado el “puchichi” de los dinosaurios enquistados en las dirigencias estudiantiles, corresponde más bien enfatizar los aspectos negativos, aquello que perjudica y mancha a nuestras casas de estudios superiores y que no proviene solo del sector estudiantil. Lo que se quiere es contribuir a los cambios insoslayables que hacen falta.

Ejercí como “docente invitado” un año en la UTO y 14 en la UMSA, siempre “a tiempo horario” (lo contrario del “tiempo completo”). También fui director de Canal 13 TVU por 18 meses, habiendo logrado reanudar sus emisiones después de más de tres años de paralización. No es mucho tiempo, por cierto, pero es el suficiente como para recoger como anécdotas algunas experiencias ilustrativas. Veamos tres de ellas:

1) En plena movilización bajo el lema “presu- pues-to-pa-ra-la-U” en 1987, el Rectorado de la UTO encomienda a la carrera de Comunicación reforzar la campaña de información masiva para captar la simpatía de la población, tarea que, como era lógico, recae en docentes y alumnos de periodismo. No están funcionando ni la radio ni el canal televisivo de la U, y la imprenta tiene problemas insalvables. El único recurso que queda para difundir la palabra impresa es la poco efectiva y costosa fotocopia. Estamos en esas cuando el portero del edificio tiene un pálpito y nos lleva a un depósito de muebles en desuso, lleno de polvo y telarañas, allí encontramos flamante y encajonado un equipo de impresión offset tamaño oficio, sin estrenar.

2) A poco de asumir la dirección de Canal 13, con personal que había permanecido casi sin hacer nada durante el largo receso, formamos una comisión con la tarea de levantar un inventario, lo más completo posible, del material audiovisual disponible en todas las facultades, carreras e institutos de la UMSA. El resultado fue impresionante, se podía apreciar el enorme potencial instalado de equipos en distintas instancias con las cuales Canal 13 podía interactuar para co-producir audiovisuales. Pero, escarbando un poco en el informe de la comisión encabezada por Eduardo Mamani, descubrimos con asombro que varios equipos nunca habían sido utilizados, permanecían flamantes y algunos de ellos ya estaban “discontinuados” y obsoletos, ya no existían ni repuestos ni mantenimiento disponibles. Recuerdo muy bien una reluciente cámara Sony de tres tubos que estaba en tal situación y que se guardaba celosamente sin darle ningún uso.

Conclusión: se hacían irracionales adquisiciones para inflar los gastos y recibir mayores tajadas del entonces magro presupuesto universitario. ¿Cómo será ahora cuando los ingresos universitarios han crecido considerablemente?

3) En agosto de 1986, coincidiendo con el cerco de Kalamarka tendido contra la Marcha por la Vida de los mineros, Canal 13 fue silenciado mediante un atentado, hubo algunos destrozos y la sustracción de un módulo del trasmisor cuyo valor era de $us 1.500. Durante el primer año del cierre se demandó sin éxito la reparación de los daños al presunto autor: el Gobierno. A lo largo del segundo año se gestionó la adquisición de un nuevo trasmisor con un costo de $us 120.000. El tercer año, el equipo nuevo sin desembalar fue depositado a la intemperie junto a la torre de la antena en El Alto (no había muros y el terreno estaba en la mira de los loteadores). Entretanto, una comisión docente-estudiantil analizaba las alternativas para la reapertura.

Difícil imaginar mayores desatinos en el manejo de los recursos públicos.

Canal 13 volvió a emitir la víspera de San Andrés (29 de noviembre de 1989), lo hizo con el equipo antiguo, como pudo haber salido al día siguiente o máximo una semana después del atentado. El módulo robado fue reemplazado por uno adquirido a crédito con mi firma y la de Boris Rodríguez, el siempre recordado jefe técnico.

Sobre la universidad queda mucho por decir. Volveremos pues sobre el tema.

Carlos Soria Galvarro es periodista.

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Mejor… seguir hablando de libros

/ 15 de mayo de 2022 / 00:53

Ocuparnos de los temas de la actual coyuntura solo sería para sumarnos a la protesta. ¿Qué más podríamos decir de policías auteros y narco-volteadores; de un movimiento estudiantil que, a título de autonomía universitaria, soporta pasivamente dirigencias criminales; de la orgía de feminicidios o de la manga de políticos incapaces de concertar un nombramiento?

Es preferible seguir hablando de libros con quien sabe de libros: José Roberto Arze. Con él, hace ya algunos años, hicimos una serie de programas radiales donde hablamos de la historia del libro, de las ferias que se realizan para comercializarlo, de la entonces reciente Ley del Libro “Óscar Alfaro” y, por supuesto, de los libros que, a juicio del entrevistado, tuvieron mayor impacto en Bolivia y también a nivel mundial. De los primeros ya nos ocupamos en la columna anterior, ahora toca hablar de los 10 segundos:

1. La Biblia. Obra de incuestionable influencia en el mundo occidental sobre todo en la implantación en la visión monoteísta, así como en los procesos políticos, económicos, religiosos y culturales. Es una recopilación de libros considerados de origen divino por parte de los creyentes judíos (Antiguo Testamento), más los cuatro Evangelios de Jesucristo para los cristianos.

2. Metafísica, de Aristóteles (384-322 a.C.). Viene a ser la cima del pensamiento clásico griego. Se calcula que escribió más de 200 obras, pero se han conservado y rescatado apenas 31, entre ellas Metafísica, texto de influencia apabullante en la cultura occidental desde hace más de 2.000 años.

3. Diálogo sobre los sistemas del mundode Galileo Galilei (1564-1642), astrónomo. ingeniero, matemático y físico italiano. Sus descubrimientos astronómicos le llevaron a la convicción de que era el planeta Tierra el que giraba en torno al Sol y no a la inversa, afirmación que entraba en conflicto con las creencias dominantes de la Iglesia Católica.

4. Contrato social de Juan Jacobo Rousseau, filósofo, pedagogo, naturalista e incluso músico, nacido en Ginebra (1712- 1778). En este libro publicado en 1762 sienta las bases de la organización del Estado moderno. Sus ideas centrales son que “todos los hombres nacen libres e iguales”, que debe primar el concepto de la “voluntad general” y que el pueblo es el depositario de la soberanía.

5. Principios matemáticos de Isaac Newton, físico, matemático, inventor además de teólogo y alquimista, nacido en el Reino Unido (1643-1727). En este libro, publicado en 1887, está descrita la ley de la gravitación universal y las bases de la mecánica clásica, regida por leyes que en su honor llevan su nombre.

6. El origen de las especies de Charles Darwin, naturalista y biólogo inglés (1809-1882). Apoyado en varios ejemplos de la naturaleza, postuló en este libro (1859) que todas las especies de seres vivos evolucionaron a partir de un antepasado común mediante un proceso de selección natural.

7. El Capital de Carlos Marx , filósofo, economista, sociólogo, periodista y luchador político- social nacido en la región de Prusia (Alemania, 1818-1883). Junto a F. Engels es autor del Manifiesto del Partido Comunista (1848). En una encuesta de la BBC, efectuada en 1999 fue considerado como el mayor pensador del milenio. El primer tomo de El Capital, bastante más que una radiografía del sistema capitalista, se publicó en 1867.

8. Los reflejos condicionados: lecciones sobre la función de los grandes hemisferios de Iván Pavlov, fisiólogo ruso (1849-1936). La obra, publicada en 1929, así como otros muchos libros y artículos, basados en su laborioso trabajo de experimentación, dieron un gran impulso a la psicología.

9. Sobre la teoría de la relatividad especial y general de Albert Einstein. Comenzó como un simple artículo y se convirtió en un libro del físico alemán, nacionalizado en Suiza, Austria y Estados Unidos (1879-1955). Suele decirse que su ecuación E=mc2 le dio forma a todo el siglo XX.

10. Cibernética: El control y comunicación en animales y plantas de Norbert Wiener, matemático estadounidense (1894- 1974). Su libro publicado en 1948 es considerado uno de los más influyentes del siglo XX, por su aporte al estudio de los flujos de energía, vinculados a la teoría de sistemas.

Esito sería… Chaylla karqa… Ukamauquiwa

Carlos Soria Galvarro es periodista.

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Mejor… hablemos de libros

/ 1 de mayo de 2022 / 02:22

Si como columnista quincenal de este diario debiera seguir inflexible las pulsiones del entorno, ocuparía hoy este espacio con temas escabrosos como la guerra Rusia-Ucrania, la putrefacción de la Justicia boliviana o, más límpidos, como el primero de mayo. Descarto los tres temas, pues muy poco de novedoso podría aportar. Prefiero ocuparme del 23 de abril, fecha que ha pasado casi desapercibida en nuestro país. Se trata del Día Internacional del Libro, que tiene como objetivos principales promover el libro y la lectura, la industria editorial y la defensa de los derechos de autor.

Algunos años atrás hice para la radio la serie Hablemos de Libros en seis capítulos en los que el protagonista es alguien que sabe de libros: José Roberto Arze, docente emérito de la UMSA, fue director de la carrera de Bibliotecología, autor y editor de muchos libros, miembro de las academias de la Historia y de la Lengua. En el capítulo tercero pedimos al entrevistado que nos hablara de los 10 libros bolivianos que, a su juicio, habrían tenido mayor influencia en los cambios ocurridos en nuestro devenir histórico. Sin ser estrictamente cronológica, esta es la enumeración que Arze nos presentó:

1. Diálogo entre Fernando VII y Atahuallpa en los Campos Eliseos, atribuido al patriota americano Bernardo Monteagudo, no es propiamente un libro, sino un texto breve que mediante una conversación ficticia reafirma el postulado de la independencia. Ha tenido hasta ahora muy escasa divulgación.

2. Viaje a la América Meridional del naturalista y explorador francés Alcide D’Orbigny, quien recorrió Bolivia y otros países sudamericanos en los primeros años de la independencia. Su obra completa, en cuatro volúmenes, se publicó en Bolivia por primera vez en 2002.

3. Pueblo enfermo de Alcides Arguedas. Libro infinidad de veces publicado desde su aparición en 1909. Y que sigue ocasionando fuertes polémicas entre sus seguidores y quienes lo consideran denigrante para el país.

4. Creación de la Pedagogía Nacional de Franz Tamayo. Según varios analistas, este es un libro muy mentado pero poco leído y estudiado, surgió a partir de una serie de artículos publicados en el periódico El Diario a lo largo de 1910. En varios aspectos los puntos de vista de Tamayo son radicalmente opuestos a los de Arguedas.

5. El macizo boliviano de Jaime Mendoza, publicado por primera vez en Sucre en 1925, destaca el factor geográfico en la evolución histórica de Bolivia.

6. ¡Hacia la unidad de las izquierdas bolivianas! de José Antonio Arze (autor principal). Libro publicado en 1939 por los exiliados en Chile, sienta las bases teóricas y programáticas del Partido de la Izquierda Revolucionaria (PIR), de importante gravitación hasta 1952,

7. Nacionalismo y Coloniaje de Carlos Montenegro. Obra ganadora de un concurso convocado por la Asociación de Periodistas de La Paz (1943) sobre el rol de la prensa en la historia de Bolivia; devino en libro esencial para el sustento de la ideología del “nacionalismo revolucionario”, encarnado en el MNR.

8. Manual de plantas económicas de Bolivia de Martín Cárdenas Hermosa, considerado el más grande naturalista y botánico boliviano, hizo grandes aportes científicos que merecieron el reconocimiento internacional. Esta obra fue publicada en Cochabamba en 1969.

9. El problema nacional y colonial de Bolivia de Jorge Ovando Sanz. Publicado en 1961, se lo considera el libro pionero de la visión “plurinacional” del Estado boliviano.

10. El poder y la caída: el estaño en la historia de Bolivia de Sergio Almaraz. A decir del propio autor, el libro es una tentativa de definir la estructura del poder en Bolivia. Se ha publicado varias veces desde 1967.

Toda selección implica exclusiones a veces odiosas. El entrevistado lamentaba la ausencia en esta lista de autores como Gabriel René Moreno, Tristán Marof y otros. Esta es solo una propuesta para incentivar la lectura, como muchas que pueden hacerse.

Carlos Soria Galvarro es periodista.

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