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lunes 17 may 2021 | Actualizado a 21:40

Presupuesto 2017

Hace falta una planificación elaborada con la participación de todos los actores económicos.

/ 12 de noviembre de 2016 / 04:03

Días atrás fue presentado el Presupuesto General del Estado para la gestión 2017. Este documento, además de prever un incremento en la inversión pública del 3%, un crecimiento del 4,8% del PIB, una inflación esperada del 5% y el congelamiento del tipo de cambio; apunta a que la macroeconomía del país se mantenga en equilibrio en un ambiente externo aún turbulento.

Este ejercicio de finanzas públicas, fruto de un trabajo complejo de proyecciones numéricas, se constituye en la bitácora que permite dar el rumbo a la política monetaria, fiscal y cambiaria del país. Por tanto, se trata de un requisito básico para alcanzar ciertos objetivos sociales superiores como la reducción de la pobreza o una redistribución equitativa de la riqueza.

Las proyecciones del Presupuesto General del Estado (PGE) adelantan una buena salud financiera para Bolivia en la próxima gestión. Sin embargo, cabe reflexionar sobre la situación en el mediano y largo plazo, más aún tomando en cuenta que la tendencia mundial de los precios de las materias primas se perfila a la baja, con la consecuente contracción de los ingresos fiscales para todos los niveles de Estado del país, incluido un déficit fiscal del 7,8% del PIB, que por ahora se prevé financiar con un mayor endeudamiento público.

En estos tiempos caracterizados por la incertidumbre, el tener una imagen certera del futuro económico resulta una tarea que roza en lo mágico. Por tanto, conviene realizar un análisis prospectivo que trascienda más allá de una gestión de 365 días y considere múltiples escenarios con sus posibles impactos ante la persistencia del shock negativo de ingresos que registran las arcas estatales, como resultado de la tendencia depresiva de las cotizaciones de precios del petróleo, gas, minerales y alimentos; además de las condiciones climáticas adversas.

Para alcanzar un desarrollo económico sostenible urge contar con un plan a largo plazo que contemple en detalle el cambio en la matriz productiva, que identifique sectores, más allá del gasífero, que impulsen el crecimiento económico. Ello junto a una adecuada inversión pública y privada permitiría a la población boliviana acceder a una mejor calidad de vida con empleos formales y ante todo sostenibles.

El PGE constituye una herramienta que permite tener señales respecto a la economía en un periodo determinado. No obstante, para tener una mirada con un horizonte más amplio, hacen falta elementos de planificación con la participación activa de todos los sectores económicos, pues, de lo contrario, se corre el riesgo de replicar métodos tradicionales que no toman en consideración el hecho de que los ciclos económicos son una realidad que trasciende las elucubraciones académicas.

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La búsqueda del poder

/ 17 de mayo de 2021 / 01:03

Corría 1918 y la casa editora Talleres Gráficos “La Prensa” del recordado dirigente gráfico y polemista boliviano Don José Calderón, puso en circulación un libro de historia que era muy peculiar, pues trataba de describir, de una forma por demás detallada, un fenómeno muy boliviano: la revolución, el golpe, la asunción al poder y para ser más precisos, en cuanto a la exactitud del término, habría que remitirse a otra obra que se publicó en 1983 con el título Teoría del Motín y las Sediciones en Bolivia, bajo el sello editorial de “Los Amigos del libro” y cuya autoría pertenece a René Canelas López, en ella se ocupaba de establecer una clara distinción entre una palabra y la otra, para de este modo podar esa maleza semántica que el lenguaje político sembró en el imaginario popular.

“Para este estudio debemos esbozar ciertos marcos conceptuales que responden a hechos, situaciones y procesos sociales recogidos del acontecer histórico de nuestro país”, afirma el señor Canelas y seguidamente separa y caracteriza seis instancias que desestabilizan gobiernos, aquí solo vamos a citarlas: revolución, motín o sedición, conmoción, golpe de Estado, asonada y conato.

Si bien se ha exagerado en el ámbito internacional acerca del número de revueltas, golpes de Estado y todas sus variantes que acaecieron en Bolivia, situándonos en un récord demencial como el Estado con más presidentes de todo el continente: 200 y más, cuando en los hechos apenas llegamos a 67, si los fanáticos de la estadística echan mano de los últimos acontecimientos que hace muy poco tuvieron en vilo a todo el país, las cifras sin duda crecerán.

Pero volviendo al libro Historia de las Revoluciones de Bolivia editado en 1918, cuyo autor si no lo mencioné, ya es tiempo de hacerlo, se trata de Don Nicanor Aranzaes, notable clérigo y escritor paceño cuya obra es la primera que se ocupa de este tema y no solo en nuestro ámbito. Su libro pionero se adelanta a estudios más densos y trabajados con mayor prolijidad, como el de Michel Ralea, Revolutión et Socialisme (París, 1923) o el de Alfredo Poviña, Sociología de la Revolución (Córdoba, 1933); sin embargo, ninguno cuenta en sus folios con el realismo maravilloso del que habla Alejo Carpentier, como es el caso de la narrativa histórica del canónigo.

En sus páginas relata, por ejemplo, cual pesadilla infernal, una por una, las 25 revoluciones que se produjeron en distintas regiones del país con el objetivo de derrocar al tirano Mariano Melgarejo que gobernó desde el 28 de diciembre de 1864 hasta el 15 de enero de 1871, haciendo un promedio de cuatro revoluciones por año, causando miles de muertos y heridos.

Los periodos presidenciales del mariscal Ballivián, Belzu, Tomás Frías y los más recientes, Hugo Banzer, Luis García Meza, Gonzalo Sánchez de Lozada, Jeanine Áñez, entre otros, no estuvieron exentos de repetirlos como sangrientos levantamientos contra sus respectivos gobiernos. El cronista Aranzaes pone énfasis en algunos caudillos, como es el caso del ya citado Melgarejo y su curioso ascenso al poder, asegurando que en la mañana del 28 de diciembre, éste era solo un soldado en combate (un elemento secundario que gozaba de cierto prestigio por su valor temerario) de una revolución planificada para que asuma el poder el general Adolfo Ballivián, pero por la tarde el esbirro ya era presidente.

Yo prefiero otra versión, la que Arístides Moreno le atribuye al historiador chileno Sotomayor y refiere que el origen de la revolución de 1864 era una broma pactada entre el entonces presidente José María Achá y Mariano Melgarejo, que para divertirse en el día de los inocentes, aburridos el general presidente y su favorito de la modorra pueblerina de Tarata, decían: “Echaremos unos tiros, movilizaremos a la tropa y la población correrá espantada tratando de salvar sus vidas, abandonando sus posesiones. Usted excelencia se ocultará en una celda mientras dure el chascarrillo, en la noche comunicamos al pueblo que todo era una broma de inocentes”, argumentó el futuro Dictador. La madrugada siguiente el general Achá, que marchaba ya al exilio, entendió un poco tarde que el “Tigre de Tarata”, ese que se perfumaba con tabaco y pólvora, no estaba para burlas, ya era el nuevo presidente.

Don Nicanor Aranzaes, allí por la segunda década del siglo XX no imaginó que su obra señera solo iba a ser el aperitivo de un menú de platos muy fuertes, capaces de destrozar el estómago de una ya frágil democracia que hasta el presente no termina de afianzarse, porque revoluciones, motines, conmociones sociales, golpes de Estado, asonadas y conatos son el pan que muerde la historia de Bolivia.

Milton Mendoza M. es abogado y presidente de la Fundación Juntos por los Derechos Humanos.

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Desarrollo productivo

/ 17 de mayo de 2021 / 00:54

¿Acaso hay un desarrollo que sea improductivo? Me puede cuestionar cualquiera. Evidentemente no, cualquier tipo de desarrollo que quiera ostentar tal denominación, debería ser productivo. Si no, no es desarrollo y punto.

En mi muy particular interpretación, basada en mis experiencias personales, creo que la ambigüedad del término tiene que ver con la terminología usada por la CEPAL entre 1950 y 1970 o, más bien, con la caída en desuso de dicha terminología cuando las ideas neoliberales entraron en boga durante la década de 1980.

Hace ya 70 años, en su Manifiesto de La Habana, el primer secretario ejecutivo de la CEPAL, Raúl Prebisch, expuso la tesis del deterioro secular de los términos de intercambio de los países exportadores de materia prima, inspirado en el trabajo de su colega Hans Singer.

En una cáscara de nuez, la tesis indica que existe un desequilibrio estructural en la evolución de los precios internacionales de las materias primas versus los de los productos industrializados (más aún si éstos tienen un alto componente de desarrollo tecnológico) y que, a la larga, los países exportadores de materia prima tienen que exportar cada vez más productos para sostener sus importaciones de bienes manufacturados. En el caso de Bolivia esto significa que, a lo largo del tiempo, deberíamos exportar cada vez más gas para importar la misma cantidad de vehículos o computadoras.

Las consecuencias prácticas de la tesis de Prebisch/Singer eran evidentes: la sustitución de importaciones y las políticas de industrialización debían ser priorizadas para contrarrestar la tendencia del deterioro de los términos de intercambio y corregir la divergencia en los niveles de riqueza de los países primario/exportadores versus los países industrializados.

En ese entonces, mal que bien, la idea de desarrollo económico basado en la industrialización era parte del sentido común. Incluso Naciones Unidas creó una agencia —la ONUDI (Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial)— dedicada a tal fin. Este sentido común orientó las políticas de desarrollo durante tres décadas.

En la década de los 80, sin embargo, los países latinoamericanos se encontraban endeudados, quebrados y —a causa de la verificación de la tesis Prebisch/Singer— con enormes déficits comerciales. Para entonces, el sentido común era dejar al mercado que asigne los recursos eficientemente, sin intervencionismo estatal y dejando de lado las políticas de desarrollo industrial.

Y así fue cómo el término “desarrollo industrial” abandonó el discurso y el sentido común de las políticas públicas. Recuerdo bien que, cuando en algún encuentro de colegas alguien reflotaba el concepto, los académicos del momento lo señalaban como “cepalino”… frunciendo la nariz un poquito.

Es en ese contexto que la CEPAL opta por hablar de “desarrollo productivo”, que es más abarcador y menos conciso, pero que carece de las connotaciones negativas que los seguidores de la corriente neoliberal le habían dado a la discusión sobre desarrollo industrial.

Y es un término que pega. En Bolivia, en Argentina y Paraguay existen entidades públicas que se denominan de desarrollo productivo y tienen que ver con lo que antiguamente se llamaba política industrial.

¿Se puede decir que ahora desarrollo productivo es “desarrollo industrial” pero smart? Aún no lo sé. Pero, siendo un concepto más abarcador, nos permite discutir el tema repensando el rol del Estado y recalibrando el rol del sector privado en esta lógica de desarrollo.

La hermana gemela del término de desarrollo industrial, la sustitución de importaciones, ha sido recientemente invocada en la política económica nacional. Hay un fondo de crédito para tal fin. Yo quisiera poner un par de elementos de mi cosecha al asunto: personalmente me parece pertinente sustituir importaciones. Pero más pertinente me parece sustituir ese abanico de bienes intermedios e insumos que se llevan un tercio de nuestras escasas divisas cada año. Finalmente, es más fácil producir resinas o placas, que producir un smartphone.

Pablo Rossell Arce es economista.

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La Constitución de los jueces

/ 17 de mayo de 2021 / 00:47

Diego López, en su libro El Derecho de los jueces, señala que hoy en día el Derecho se ha librado del monopolio de la ley y recurre cada vez más a la idea de principios constitucionales que permiten una comprensión más justa del Derecho frente a sus expresiones literales, con lo cual se le atribuye al juez la posibilidad de aplicar los principios constitucionales para generar una actualización coherente de cualquier ley con estos principios. Sin embargo, esta actividad puede abarcar incluso a la misma Constitución (CPE).

Por ejemplo, a partir de una lectura literal del artículo 123 de la CPE boliviana, la ley penal es retroactiva si beneficia a la imputada o al imputado, pero en materia de corrupción la ley penal es retroactiva para investigar, procesar y sancionar los delitos cometidos por servidores públicos contra los intereses del Estado. Esta retroactividad de la ley penal dirigida a penalizar los delitos cometidos por servidores públicos tiene la apariencia de una ley penal en blanco, es decir, de que la misma puede determinarse arbitrariamente en el presente y hacerla aplicable a hechos del pasado, vulnerando el principio de inocencia y el principio de legalidad que se expresan en el artículo 116 de la misma CPE y en el artículo 9 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos, ambas normas- principio, es decir, capaces de reactualizar la comprensión literal del Derecho.

La jurisprudencia del Tribunal Constitucional Plurinacional (TCP) aplica estos principios en la Sentencia SCP 0770/2012 que señala que a través de una «interpretación sistemática, teleológica y literal, la norma contenida en el art. 123 de la CPE, no debe ser entendida en sentido que sea posible sancionar retroactivamente conductas que no estuvieron previamente establecidas en una ley, pues el art. 123 de la CPE se encuentra en el Título IV, Capítulo Primero relativo a las garantías jurisdiccionales, por lo que debe entenderse como una garantía de seguridad del Estado a favor de los ciudadanos, pues no resultaría lógica la interpretación del establecimiento de garantías a favor del propio poder público. En este sentido, para este Tribunal no resulta admisible que una garantía de los procesados en materia de corrupción sea la de que se les aplique retroactivamente la ley penal sustantiva desfavorable».

Entonces, el TCP realiza una aplicación de principios para actualizar la lectura de la misma Constitución. Para la Constitución de los jueces, es decir la CPE sobre-interpretada por el TCP, el artículo 123 de la CPE no permite la aplicación retroactiva de la ley penal sustantiva, pese a su literalidad y en consecuencia la sobre-interpretación constitucional puede atisbar la justicia que está detrás de la letra muerta del Derecho.

Farit Rojas T. es abogado y filósofo

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Un cuento de hadas en Dinamarca

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 16 de mayo de 2021 / 18:47

La noche danesa se cubrió de luces, las estrellas brillaron como nunca y las bengalas y fuegos de artificio surcaban el aire. Todo adquirió un tono festivo. Jóvenes, niños, abuelos, hasta circunspectos matrimonios, tal vez él ingeniero y ella profesora, salieron a las plazas a sumarse a ese inopinado pero maravilloso festejo nacional. La bandera de Dinamarca había flameado en lo alto del estadio Ullevi, en Gotemburgo, en señal de triunfo. Para dimensionarlo: Dinamarca es un pañuelo, entra cuatro veces en Uruguay, pero el pequeño país con un hijo grandote -Groenlandia- acababa de dar un golpe monumental en la Eurocopa de 1992 y la euforia desbordaba a los cinco millones de daneses. La selección color tomate había vencido 2-0 en la final a la Alemania campeona del mundo y levantaba la copa. Una conquista única, por la forma increíble en que se dio y porque Dinamarca no ganó otro torneo así, ni antes ni después. Su historia futbolera es muy modesta.

Ahora que vuelve la Eurocopa vale exhumar una de las historias más bonitas que el fútbol haya entregado. Y ha dado muchas…

Tras una excelente eliminatoria en un grupo complicado con Yugoslavia, Austria, Irlanda del Norte, Dinamarca quedó fuera de la Eurocopa por un punto: 13 frente a 14 de los balcánicos, que reunían a una generación dorada con Davor Suker, Robert Prosinecki, Srecko Katanec, Alan Boksic, Darko Pancev. Parecía injusto, ningún otro segundo había logrado tal puntaje y se iba eliminado a casa. Sin embargo, duendes inesperados meterían la mano… En el interín, Croacia, Eslovenia y otras repúblicas yugoslavas habían declarado su independencia y estalló la guerra en los Balcanes, con exterminio y atrocidades insólitas. Serbia y Montenegro continuaron bajo el rótulo de Yugoslavia, pero la ONU les aplicó severas sanciones por sus acciones de guerra. Era un momento de convulsión política en el Viejo Mundo. Unión Soviética, también desintegrada, participó como CEI, Comunidad de Estados Independientes, y Alemania acudió al torneo unificada, ya no Alemania Occidental u Oriental.

En los meses subsiguientes a la Eliminatoria empezó a tomar fuerza una versión de que Yugoslavia sería excluida de la Eurocopa, lo cual se confirmó once días antes de iniciarse el torneo. La UEFA se oponía, pero, presionada por la ONU, tomó la indeseada medida. ¿Solución…? Llamar al segundo de su grupo y que juegue. Era Dinamarca. Muy democrático, pero… ¡Sus jugadores estaban de vacaciones…! El técnico Richard Moller-Nielsen debió llamarlos de urgencia. “Hay que regresar, nos vamos a la Euro en Suecia”. Varias figuras como el fenomenal arquero Peter Schmeichel, Henrik Larsen, Flemming Povlsen o Brian Laudrup se presentaron; en contraposición, la superestrella Michael Laudrup, que brillaba en el FC Barcelona, se negó a participar, enfrentado con el entrenador por su estilo hiperdefensivo. Michael (quizpas el futbolista más elegante que este cronista haya visto) adoraba el fútbol de ataque.

Dinamarca llegó feliz de participar, aunque sin preparación. Llevaba siete meses sin competir, desde que terminara la clasificatoria. Y encima le tocó un camino durísimo: el local Suecia, Inglaterra y Francia en su zona. Para empeorar el panorama, empató el primer partido (0-0 vs. Inglaterra) y perdió el segundo (0-1 ante Suecia). Llegó al último encuentro como colista, necesitaba una victoria propia y que Inglaterra no ganase a los suecos. Contra todo pronóstico, logró un insospechado 2-1 sobre Francia y, gracias a la combinación de resultados, pasó a la segunda fase. Allí lo esperaba el campeón vigente, la Holanda de Van Basten, Ronald Koeman, Ruud Gullit, Frank Rijkaard, Dennis Bergkamp, Frank de Boer… Una maquinaria. Dos veces se puso arriba la selección danesa, dos veces igualó la Naranja Mecánica. L…

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Más de un decenio del Código Nacional de Ética Periodística

/ 16 de mayo de 2021 / 00:04

Tiempos hubo en que los trabadores de la prensa jugaban un importantísimo papel en el conjunto del movimiento popular boliviano, sobre todo en las tareas de esclarecimiento y la formación de conciencia en torno a los grandes temas nacionales. Dos de esos grandes temas estuvieron preponderantemente en la agenda periodística: la defensa de los recursos naturales, principal afluente para la formación de una conciencia patriótica y la lucha contra las dictaduras y sus resabios, así como contra nuevos brotes autoritarios surgidos en democracia. ¿Que esto significaba y significa asumir una posición política? ¡Claro que sí! En los mejores términos, lejos de la politiquería barata y los espectáculos circenses que, como en el caso de la Gobernación de La Paz, ofrecen estos días los políticos.

Asombra y duele que algunos colegas de las nuevas generaciones, cargados de títulos académicos y de pronto convertidos en “analistas”, arrojen por la borda esa loable tradición de luchas y, a título de apolíticos, escondan sus verdaderas posiciones no precisamente muy democráticas y menos patrióticas. Y este fenómeno se acrecienta por el extremo debilitamiento, casi dispersión, de las organizaciones sindicales y profesionales de la prensa en todos los niveles. ¿Están desapareciendo los espacios de reflexión y debate que, además, canalizan demandas y preocupaciones laborales? ¿Es dable imaginar a muchos jóvenes, varones y mujeres, trabajando aislados, atenazados por la inseguridad, la soledad y el miedo?

No es la hora de lamentaciones. Al contrario, con el optimismo que resta destacamos una importante creación del gremio: el Código Nacional de Ética Periodística, en torno del cual funciona un mecanismo de autorregulación que incluye un Tribunal y un Consejo Nacional que lo sustentan. Todo esto arrancó en 2009, pero después de un largo proceso de maduración, de intensos debates y construcción de consensos que involucraron a trabajadores de la prensa (sindicatos, federaciones y Confederación), asociaciones profesionales de periodistas (departamentales y la nacional ANPB), asociación de radioemisoras (Asbora), entidades de investigación académica y también agrupaciones empresariales (dueños de medios), aunque estos últimos muy pronto abandonaron la iniciativa y formaron su propio tribunal de honor exclusivo a cargo de la Asociación Nacional de la Prensa (ANP), situación que por similitud de siglas suele ocasionar confusiones. Para evitarlas, he aquí el Preámbulo:

“Este Código —que será aplicado por el Tribunal Nacional de Ética— recoge principios universalmente reconocidos para la autorregulación y el ejercicio ético del periodismo y buscará garantizar el derecho a la información y a la comunicación, …reconocido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos (Art. 19), en la Convención Americana de Derechos Humanos (Art. 13) y en la Constitución Política del Estado de Bolivia (Art. 21 numerales 3, 5, 6; Art. 106 y Art. 107)”.

Luego vienen los cuatro Fundamentos y en una docena de incisos se establece lo que DEBEN HACER quienes tengan responsabilidades en el trabajo informativo y en otros ocho se apunta lo que ellos NO DEBEN HACER.

En sus respectivos acápites están el derecho a réplica y a rectificación, la cláusula de conciencia y el referido al funcionamiento del Tribunal Nacional de Ética Periodística (TNÉP), organismo constituido por personalidades representativas de la sociedad civil y connotados periodistas. El TNÉP funciona hace más de 10 años y emitió numerosos e importantes fallos. Al igual que muchas instituciones tiene actualmente dificultades, no solo por la pandemia, sino también por el inesperado fallecimiento, poco antes, de su última presidenta, la periodista Sandra Aliaga. Sin embargo, todos aguardamos que la pronta reactivación del TNÉP contribuya nuevamente a darle un norte al quehacer periodístico.

Carlos Soria Galvarro es periodista.

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