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Los opinadores y la supuesta crisis

/ 26 de febrero de 2017 / 04:00

Concluyó el año 2016 y no se cumplió la tan ansiada crisis económica anunciada meses atrás por algunos opinadores económicos que, así como cuando se recibe al Año Nuevo Aymara, esperaban con las manos en alto cantando Uka jacha uru jutaskiway para dar la bienvenida a la crisis. Para empezar, la economía se expandió con un sólido crecimiento de 4,3%, levemente por debajo del promedio de la última década de 5%. Pero claro luego de varios años de crecimiento sostenido, un 4% puede sonar sabor a poco. Basta con mirar el vecindario para ver que no es así. 4 de las 10 economías de la región anotaron crecimientos negativos y otras 4 crecieron debajo de 2% a excepción de Perú.

En los cálculos pesimistas, una caída de cerca del 50% precio de exportación del gas debió dar el toque de gracia para acabar con la fantasía neorrevolucionaria y provocar un descalabro económico como en Venezuela o como en la Bolivia de la década de los 80 cuando el precio del estaño, principal producto de exportación de esa época, se vino abajo y el país entró en estanflación (recesión con elevada inflación).

Pero ¿por qué fallaron los súper modelos econométricos y bolas de cristal de nuestros connotados economistas nacionales, graduados de universidades del extranjero, expertos en productividad, peritos de la innovación tecnológica y dadores de las mejores recomendaciones de políticas económicas?

La primera respuesta sería echarle la culpa a los supervitamínicos de la inversión pública mejor entendidos en su jerga criolla como anabólicos. La inversión pública en 2016 alcanzó $us 5.948 millones muy similar a 2015 y casi el doble de promedio de los últimos 11 años. Esta inversión ha sido destinada en orden de importancia a los proyectos hidroeléctricos de ciclos combinados y a la conclusión de la Planta de Urea y Amoniaco, que algo de mérito tendrá en ese esfuerzo de recambio de la matriz productiva.

El crédito y el consumo podrían ser otras fuentes de expansión económica. Aquí la explicación barullera agarraría dos caminos: ¿fue la mega burbuja inmobiliaria la que llevó a los bolivianos a comprar activos? o ¿la burbuja del consumismo de guitarreada la que empujó al Gobierno a gastar por gastar abusando del multiplicador keynesiano? La cartera total de crédito creció en 18%, siendo la cartera productiva la de mayor ascenso 26%. Por otra parte, el consumo privado principal componente de la demanda agregada, y no así el consumo público, se dinamizó porque continuó las políticas redistributivas del ingreso y la estabilidad del empleo.

Cómo no olvidarse del populismo cambiario. Bajo el manto del discurso neoliberal, el sector del comercio se habría beneficiado junto con el contrabando gracias a un tipo de cambio súper fijo. Pero entonces ¿por qué el crecimiento al mes de octubre de este sector es incluso menor al de 2015? La bandera de la depreciación ya no funciona como excusa cuando los socios comerciales aprecian sus monedas. Por el contrario, un tipo de cambio estable da certidumbre y reduce los costos de transacción para el sector productivo.

En vista que sus errados pronósticos no le atinaron al crecimiento del PIB y como la hipótesis del superciclo de precios ya se ha desgastado como chicle y hay que darle un nuevo sabor al chocolate, ahora las miradas se volcaron a los desequilibrios macroeconómicos, el endeudamiento y la caída de reservas internacionales. Pese a la disminución de RIN de los últimos dos años, Bolivia sigue siendo uno de los países con mayores colchones respecto del PIB. Los déficits de cuentas públicas y externas se redujeron respecto a 2015 y la deuda externa solo se incrementó levemente.

Para su infortunio, el aterrizaje no fue duro porque había más gasolina en el avión de la que ellos mismos se imaginaban; ahora se cuestionan si no había un plan de vuelo más eficiente; en fin, la cocina analítica no tiene límites.

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Importancia de las metas macroeconómicas

/ 4 de marzo de 2019 / 04:00

El contexto internacional se ha deteriorado en los últimos meses. El crecimiento mundial está muy lejos de presentar signos claros de recuperación sostenida. Las perspectivas de crecimiento se fueron corrigiendo a la baja en la segunda mitad de 2018 y todo 2019. Las tensiones comerciales entre EEUU y China así como las sanciones de EEUU a Irán darán mucho de qué hablar en lo que resta de 2019. El panorama sombrío de la economía mundial ya contagió el sensible optimismo de las bolsas de valores y las cotizaciones de las materias primas que registraron retrocesos importantes a partir del mes de octubre de 2018 y cuyo pesimismo parece venirse a pique en 2019.

Frente a este panorama internacional complicado, las autoridades bolivianas del área económica presentaron al país las metas macroeconómicas para la presente gestión, mediante la firma del Programa Fiscal-Financiero. Para 2019 se prevé un crecimiento de 4,5% que no solo significa que Bolivia se posicione un año más en el primer lugar de la tabla de crecimiento regional sino que esta meta garantiza la estabilidad económica del empleo, los ingresos de la población boliviana y la continuidad de las políticas redistributivas.

Para 2019 se prevé una inflación de 4%. Es importante destacar que en los últimos años la inflación se fue moderando y no representa un problema. Una mayor inflación a la de 2018 podría explicarse por las presiones inflacionarias provenientes de potenciales apreciaciones de las monedas de países vecinos y de los efectos climáticos adversos. Con todo, la estabilidad de precios sumada a la estabilidad cambiaria ofrece un horizonte de certidumbre formidable.

Según las autoridades, se prevé una disminución de reservas internacionales de cerca de $us 1.200 millones y un déficit fiscal de 7,8% del PIB. Estas metas han sido blanco de ataque de algunos “opinadores” de karaoke que les encanta repetir las viejas recetas neoliberales que señalan que los déficits fiscales y externos están asociados con el excesivo gasto público y la caída de reservas internacionales, pero sin una reflexión dinámica consistente de las variables en cuestión.

Lo cierto es que un déficit fiscal generado por mayor inversión en bienes de capital conduce a déficits gemelos. En un escenario de fuertes importaciones del sector público, es previsible que las reservas internacionales disminuyan, como efectivamente ocurrió en años pasados, lo cual no es novedad, sino consecuencia de una identidad contable. Esta relación no es el descubrimiento de un “huasquiri” neoliberal, sino consecuencia de las decisiones de política económica contempladas en el plan de desarrollo del año 2015.

Sin embargo, estos análisis descuidan la calidad de estas importaciones que están destinadas a la compra de bienes de capital que forman parte de la inversión pública y que aumenta la capacidad productiva en sectores como transporte, energía, minería y salud y no así al gasto corriente, por cuanto su aporte al crecimiento económico es plenamente diferente. Adicionalmente, se debe entender que la caída de reservas internacionales es temporal y que los frutos de las nuevas inversiones en poco tiempo comenzarán a generar mayores ingresos, revirtiéndose los desequilibrios y retomándose la senda de acumulación de reservas.

Claramente la demanda externa no será el motor que dinamice la economía en 2019 y es ahí donde la demanda interna continuará jugando un rol privilegiado en el estímulo del crecimiento económico. La importancia de las metas macroeconómicas va más allá de los números, en sí mismos, la firma del acuerdo es una señal de confianza y garantía de estabilidad económica.

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