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jueves 27 ene 2022 | Actualizado a 02:00

La gracia de decir gracias

El amor puede tardar en hacerse ver, pero el agradecimiento es inmediato.

/ 28 de junio de 2017 / 04:00

Doy gracias a mis pies, dice el lugar común, porque me apoyan; agradezco a mis brazos que están siempre a mi lado, y gracias a mis dedos porque sé que puedo contar con ellos. La gratitud es pariente del amor en primer grado. El amor puede tardar en hacerse ver, pero el agradecimiento es inmediato.

La solidaridad se da sin que necesariamente haya amor, es la espontaneidad de ofrecer sin esperar que nos agradezcan.

¿A qué viene esta retahíla? A que voy a escribir este artículo a pedido de una persona que conozco bien y que me encarga decir gracias a quienes, según él, le salvaron la vida en una circunstancia extrema, de las muchas que afrontó en su vida. Se trata, pues, de alguien que quiere limpiar el moho del olvido y la ingratitud largamente asentados en su memoria.

Me pide que diga que el sábado 21 de agosto de 1971, el gobierno revolucionario que él apoyaba fue derribado por un golpe fascista gestado esa mañana en Santa Cruz de la Sierra y que, por la noche, los vencedores salieron eufóricos a las calles de La Paz disparando tiros al aire y gritando consignas para empezar sus venganzas y ajustes de cuentas. Aquel hombre, que había azuzado con su palabra radiofónica a la resistencia popular para impedir el ascenso de la derecha, llegó a su casa a eso de las nueve de la noche. Mordido por la derrota, fue recibido con llantos y angustia por las mujeres de su vida: esposa, dos hijas de 7 y 4 años, su madre, de visita desde un día antes, y una joven aymara que les ayudaba en el hogar.

Tenemos que huir ahorita porque vendrán por mí, les dijo, agitado. ¿Dónde, pues?, musitó su madre. Cierto. No había para dónde ir, mientras la niebla del miedo empezaba su labor de zapa en los pliegues de la sobrevivencia. Serena en las desesperanzas, Martha, su esposa, llamó por teléfono a Hortensia Cosío y le pidió refugio para todos. La amiga aceptó de inmediato sin hacer más preguntas, y a esa casa salieron caminando sigilosamente el hombre y su familia. Era casi la media noche cuando los recibió, apurado y nervioso, don Julio Loayza, el marido de Hortensia, ambos profesores de secundaria y ninguno de ellos simpatizante del gobierno derrocado.

Oculto en los mínimos espacios de aquel domicilio, el compañero supo que la febril indagatoria sobre su paradero cerraba sus pinzas, y para evitar mayores riesgos contra la vida familiar, seguridad y trabajo de sus anfitriones docentes, decidió salir de allí. De nuevo en lo suyo, Martha tomó contacto con una amiga orureña, Elvira, esposa de Arturo Gandarillas, periodista del diario Hoy de La Paz. Entre ellos idearon un plan para que el perseguido entrara a la Embajada del Perú, aledaña al periódico, y pidiera el asilo. Pero la Policía y los falangistas de la temible Célula L estaban apostados durante el día en las puertas de las sedes diplomáticas para impedir el paso de los que tenían marcados, aparte de que eran pocos los países que accedían a dar refugio.

Empero, el entrampado plan se cumplió a detalle. Había que hacerlo de noche. Media hora antes de que inicie el toque de queda, una vagoneta gris llegó a un sitio de la Av. 6 de Agosto cercano al diario, donde estaba esperando Gandarillas. Del brazo del periodista, el hombre caminaba hasta el periódico cuando fortuitamente se apagó el alumbrado eléctrico en la zona, lo que facilitó la concreción del plan. Ayudado por Gandarillas y otro periodista, Miguel Velarde, ambos ajenos por entero a la izquierda, el perseguido trepó la pared colindante, saltó al otro lado y pidió el auxilio de la embajada peruana.

Más nombres para honrar la gratitud mascullada por casi medio siglo. Quienes llegaron con la vagoneta hasta la casa de la clandestinidad en el norte de la ciudad fueron Dora Alarcón, Facundo Zubieta y Esther Coila, familiares del fugitivo. Después trascendió que aquel inesperado corte del alumbrado público fue ejecutado por el joven universitario Roger Cortez, enterado previamente del plan por Martha.

Tal vez don Jorge Echazú, guerrillero en esos años, quiera revelar ahora cómo fue que él y aquel hombre llegaron una noche de octubre de 1971, bajo el rígido toque de queda, hasta la mera Embajada de México, en Obrajes, para lograr el asilo, siendo que en las puertas de esa misión había apostados carabineros y paramilitares falangistas para impedir por la fuerza “la fuga al exilio de los extremistas terroristas comunistas del gobierno de Torres”. Doy gracias, en fin, a mi lengua por darme voz cuando pido la palabra; gracias a mis ojos que siempre ven por mí, y muchas gracias a mi cabeza por dar la cara a mi nombre.

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Lorca, que me toma por asalto

El gran aporte de Lorca es haber conseguido que lo popular se integre a lo culto en un ensamble perfecto por natural.

/ 6 de enero de 2019 / 14:06

Un profesor de escuela, Vito Uribe Reyeros, nos acercó a la poesía de García Lorca en el ya lejano 1952. Con otros maestros de la región formó un grupo teatral en Llallagua y presentó una única obra escénica, hacia septiembre de ese año definitivo en la historia de Bolivia porque, en abril, estalló y triunfó la Revolución nacionalista.

No recuerdo ya el título de esa velada, pero se me pegaron unos versos, en apariencia sencillos e ingenuos, que con el tiempo me calaron e indujeron a literalmente apropiarme de la poesía de aquel bardo español. Metáforas e imágenes pueblerinas las que rememoro, cuando los maestros Flora Aracena y Darío Uzeda contrapuntearon estos parlamentos escénicos en la escasa sala teatral de mi pueblo, Llallagua. “El lagarto está llorando,/ La lagarta está llorando./ El lagarto y la lagarta/ con delantalitos blñancos/ han perdido sin querer/ su anillo de desposados (…) / El sol, capitán redondo/ lleva un chaleco de raso./ Mírenlos qué viejos son/ el lagarto y la lagarta/ y sin embargo se creen/ en su fealdad los bellos/ y tiernos por el amor (…)”.

Federico García Lorca fue, al caminar el tiempo, un referente para conducirme en el universo de la letra poética y la pronta inspiración. Por él supe que todo es poetizable en la vida. En su Romancero gitano combinó sabia y mágicamente lo culto con lo popular. Por él supimos que la poesía debe manejar un lenguaje llano para describir en lo posible (o siempre) las cosas de la tierra cotidiana, las más elementales con su grande significación.

En todos sus libros de poesía y teatro, Federico García Lorca, fusilado por el fascismo español en 1936, esparce palabras e imágenes que el lector hace suyas de hecho y por derecho. No fue fácil su vida. Signado por su tendencia homosexual, el granadino afrontó con inteligencia, sobriedad y hasta humor díceres y maldecires de sus objetores.

Entre las muchas anécdotas y a veces impertinencias que, por ejemplo, le hizo el argentino Jorge Luis Borges estuvo aquel que escandalizó a medio mundo. Dijo el ciego Borges que García Lorca era tan solo un poeta menor al que había favorecido y agrandado su trágica muerte. El argentino tuvo siempre fama de conservador, y aquella acepción contra García Lorca fue tomada como comentario político, mezquino, contra un adversario ideológico, que no poético.
García Lorca es, empero, un poeta mayor. Su gran aportación es haber conseguido que lo popular se integre a lo culto en un ensamble perfecto por natural.

Es falso que sus andaluces sean también de pandereta, como dijo Borges esa vez. Los prejuicios y maledicencias suelen nublar la inteligencia y destrozar la ecuanimidad. Lorca fue siempre un lírico, incluso en su obra teatral Bodas de sangre. Su influencia en la magnífica poesía social de Miguel Hernández, su contemporáneo y camarada militante por la República, es una prueba irrebatible.

Daba conferencias y accedía a entrevistas de prensa. “La poesía es algo que anda por las calles”, dijo una vez. Sus romances, especie de relatos callejeros poetizados, fijaron una ruta de composición para todos los poetas de temática social. Me refiero a Romance del emplazado, Romance de la Guardia Civil Española, Romance sonámbulo y otros asuntos, estremecedores por su belleza y complejidad. En toda su obra destaca una de uso común, La casada infiel.

Y otro que repetimos año con año desde más de medio siglo: “Verde que te quiero verde”, verso musical icónico, por lo trágico que contiene ese poema en su parte final.

Podría escribir mucho más, pero esta mañana inaugural del 2019 me acordé de aquella mi escuela con su grupo teatral y de aquella obra lorquiana, en apariencia insulsa, ajena al fuego que nos penetraba por las conquistas de la Revolución Nacional.

Es periodista.

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Los ‘parotanis’

Sé que estoy hablando de parónimos contrarios a los sinónimos y ajenos a los antónimos.

/ 9 de diciembre de 2018 / 04:00

A los devotos del paro podríamos llamarlos “paristas”, como en México, pero así se presentan también los del Pari, histórico pueblo cruceño. Tal vez una chapa cabal para los aficionados al paro de protesta podría ser los “parotanis”, patronímico de la gente de Parotani, pueblito cochabambés que enrumba a Oruro y a quienes ofrezco disculpas por rebajarlos con esta comparación.

Los parotanis son quienes creen que con paros y paros van a parar sin reparo el proceso de cambios que desde hace 12 años saca al país del marasmo republicano; y sin un disparo. Los parotanis de la parodia golpista; parodistas en estado de paroxismo, que es el otro nombre de la irritación de pasiones. Ya sé que estoy hablando de parónimos contrarios a los sinónimos y ajenos a los antónimos. ¡Cultura chafa que me gasto, caray!

Los parónimos (afines) de los parotanis son, por lo visto y oído el pasado jueves 6 de diciembre, los peluches, monsters, transformers, muñecas barbies, buslaiyers y otros militantes opositores que bloquean esquinas y calles gritando lemas donados por Charles Table, Tuto el Quico, Victarugo Kardns, Albaracing Bomboloco y otros ideólogos de la excitante serie Toy Story.

¡Luche, luche, luche /con garra de peluche! // ¡Fuerza compañero/ en carro basurero! // ¡Botellas y sillón / por la Constitución! // ¡Dictadura de botas / con veinte barbies rotas! y otras tonterías disparadas al infinito… ¡y más allá!

Los papelones opositorios (sic) son organizados por gente pudiente que dispone de medios y de los medios. Se dicen pudientes porque creen que pueden apropiarse así nomás de lo bueno ajeno sin gastar nada en creatividad. Uno topa con ellos en ciertas plazas propalando a todo volumen cantos de la izquierda antiimperialista, que ellos revuelven con proclamas reaccionarias sin chispa ni sostén político.

Difunden, por ejemplo, una canción de Benjo Cruz, y sobre esa amada voz rebelde echan la llajhua de su bronca derechista “para derribar a la dictadura de izquierda que sufrimos…”. En Quillacollo hay unos activistas (por el “activo” que manejan) que con altoparlantes ensordecen a los peatones con la canción Oh bella ciao ciao ciao, himno de los partisanos en guerra contra el fascista Mussolini. ¿Por qué ponen esa canción? Se atarantan y farfullan: “Eh… ah… porque es un disco que nos prestó una señora Dequer chévere diciendo nos ha dicho” (sic).

* es periodista.

Ah, con los parotanis de historieta; ojalá pusieran frente al país propuestas de avance revolucionario, soberanía y bonanza. Lo que nos ponen son carros basureros, sillas desvencijadas, botellas vacías y otras expresiones de su pensamiento. Ojalá se nos pusiera a gente capaz de exponer coyunturas contra la dependencia capitalista, alternativas libertadoras como hacemos los izquierdistas de todos los tiempos.

Lo que manipula la derecha son gañanes que insultan y manotean provocaciones para justificar el dinerito que por cada evento reciben de plata-formas y partidos repartidos entre el oportunismo electoral y la venganza neoliberal. Los parotanis.

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De aquellos ríos de sangre…

Han pasado 30 años de la vez que Paz Zamora mandó al cuerno su militancia y le extendió la mano al dictador.

/ 25 de noviembre de 2018 / 02:16

Porque uno despierta cada día gracias a que recuerda, es que se enarbola la memoria histórica, para ondearla durante el día con la brisa de la coherencia y consecuencia, aire de la palabra. Uno recuerda, por ejemplo, que ya han pasado 30 años de la vez que Jaime Paz Zamora mandó al cuerno su militancia izquierdista y le abrió la mano al dictador Hugo Banzer, su enemigo histórico, cruzando así, sueltito de cuerpo y de un salto, el río de sangre que los separaba. Esa tamaña gallinada del Gallo fue para llegar él también a la presidencia.

En abril de 1989, Paz Zamora había dicho que “un río de sangre” lo separaba del tirano, quien, entre cien daños que le hizo al país, ordenó a sus conmilitones campesinos: “Si ven a un comunista, mátenlo; yo me responsabilizo”. Dos meses después de aquella aseveración de los “ríos de sangre”, en junio, Paz Zamora reculó, al aseverar que “hay que olvidarse del pasado”, y nos previno a los azorados izquierdistas, entre ellos a algunos de su partido (el MIR): “Es nuestra sangre, y que no se metan los demás, porque nosotros hemos sabido administarla bastante bien” (sic).

Es por la memoria histórica que ahora refloto estos hechos y dichos, máxime si en estos días están buscando los restos de Marcelo Quiroga en la hacienda de Banzer en San Javier, y porque Micky Maus (“mi quemau”) busca ser candidato presidencial montado en la Democracia Cristiana (PDC), donde antes cabalgaba el jinete apocalíptico Tuto Quiroga. Porque tengo memoria, en fin, deseo reflotar lo que publiqué en el semanario Aquí, julio de ese 87, sobre los mentados ríos de sangre. El texto tiene mi tono de chunga agitado por el turbión de la bronca de entonces.

—¿Administrar la sangre? ¿Es que el MIR va a instalar un banco de sangre? Porque Jaime Paz “plasma” así su rivalidad con Banzer es que entre el MIR y ADN no habrá una coalición, sino una coagulación.

—Si Paz Zamora decidió sacar a su partido del ventrículo izquierdo para acomodarlo en la aurícula derecha del sistema coronario, allá él. Pero debe saber que el ventrículo izquierdo sirve de bomba impelente para la mayor circulación de la sangre en el organismo. Como buen leucocito que es, el Gallo debe saber también que no es nada sano vivir sin los glóbulos rojos. Dios nos libre de que aquí se propague la costumbre de adMIRistrar la sangre para cometer trampas electorales, pues podríamos llegar al extremo de que los cómputos arrojen estos resultados: Partido Socialista 1: 51.000 votos. MIR-ADN: 200.000 litros.

—En tal caso, la nominación presidencial ya no dependería del Congreso Nacional, sino del Conde Drácula. Proponemos para presidente a Sisto Dias (acrónimos de Sístole y Diástole) —¡Aprobado de todo corazón!

—A este marcapaso, qué va a ser mejor decir: ¿ánfora o válvula?, ¿cómputo o síncope?, ¿demócrata a cardiópata? La sangre azul de los aristócratas mezclada con la blanca de los invertebrados no es compatible con la sangre roja de la voluntad popular.

—Con la coagulación adenomirista seguirá la sangría neoliberal del país y, así, en el futuro no habrá más huelgas, solo paros (cardíacos). Si sigue este comercio sanguinolento, no tendremos transmisión, sino una transfusión presidencial.

En fin, porque traigo memoria histórica digo ahora, en noviembre de 2018, que después de las dictaduras y la imposición del neoliberalismo paró la represión, la democracia puso sus pies en el cinismo pactado… pero la sangre siguió corriendo.

* Periodista.

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Lápidas por adelantado

Ahora que estamos en noviembre voy a ensayar eso de componer lápidas para la gente que se pasa de viva.

/ 11 de noviembre de 2018 / 13:22

Tiene Bolivia tradición de país coplero. Cantamos coplas en carnavales (taquipayanacus), en Todos Santos, en Navidad (villancicos) y decimos bandos poetizados en las coronaciones de reinas colegialas.

Ahora alentamos un culto laico a las ñatitas, calaveras de verdad, celebración que querrá parecerse a la Catrina de México, donde la muerte se viste de dama colorida. A la Catrina le achacan lápidas por adelantado para las sepulturas de personas que se quieren ver muertas. Y nadie se enoja.

Ahora que estamos en noviembre y huele a Todos Santos, voy a ensayar eso de componer lápidas para la gente que se pasa de viva. Las atribuiré a la Ñatita y sus otros apodos: Súpay (diabla), T’ójla (calva), Tullus (huesos), Sajra (mala), T’haya (fría), etceterapia.

Samuel Doria Medina: la T’ojla previno al vuelo/ al morir Doria Medina: / ¡Oculten todo en el cielo/ o los dejará en la ruina! // José María Leyes: la Súpay come mameyes/ y con burla que destila/ pone el cadáver de Leyes/ ¡adentro de una mochila!

Waldo Albarracín: quiere la T’ojla ruin/ que padezcan las finadas/ y ordena al Alrrabacín/ ¡que les cante sus huevadas! // Jaime Paz: si buscan incinerados/ dijo la Sajra rapaz:/ en un nicho de quemados/ Piérola descansa en paz.

Víctor Hugo Cárdenas: alabó este gil sin luz/ a Bolsonaro y su yugo. / La tullus puso en su cruz:/ “Aquí yace Vic Tarugo” // Evo Morales: Evo salió del cajón/ y con alma compungida/ le hizo a Dios su petición/ ¡para repetirse en vida!

Carlos D. Mesa: renunció a su tumba y piensa/ el Carlos menDiego Mesa/ en limosnear su remesa/ mortuoria, ¡qué vergüenza! // Rubén Costas: la ñata desde su abismo/, al ver a Costas le grita:/ ¡Vete al infierno ahora mismo! / ¡Aquí no, raza maldita!

La CIJ de la ONU: dice en su edicto la T’haya/ que no tiene obligación/ de dar paz, menos perdón,) ¡a las momias de La Haya! // Zulma Yúgar: al ver a Zulma sentada/ en su tumba bien galana/ la ñatita enamorada/ decidió hacerse lesbiana.

Un opo tieso: yace aquí un opositorio/ medio muerto o qué se yo,/ porque en su propio velorio/ ¡la ñata le dijo No! // Sebastián Piñera: la Súpay mira a Piñera/ y ordena de sopetón/ ¡que lo entierren sin que muera, / porque es muy vivo el weón!

Página Retrete: tiene la T’ojla zoquete/ un síndrome condenado,/ compra Página Retrete/ para papel de excusado.// La Gauchada: no llores por mí Argentina, / clama la Sajra en rigor,/ tu economía se arruina/ ¡y va de Macri en peor!

Radios de evangelistas: los protestantes farsantes/ sufren un grave defecto: / oyen sus radios purgantes/ ¡y mueren por el efecto! // Migrantes hacia USA: diez mil muertos a la mala,/ hondureños sin temor,/ cruzan toda Guatemala / ¡y van a Guatepeor!

Luis Revilla: p’al cadáver de Revilla/ que ya no tiene reparo/ va una lápìda sencilla: / Aquí yace SoBolnaro. // Soledad Chapetón: nunca hizo nada en vida/ pero descansa bien tiesa./ Nadie en El Alto se olvida/ de aquella jaira alcaldesa.

Mi lápida: Coco Manto está en el centro/ de este ataúd ya sin mengua. / ¡Se envenenó cama adentro/ cuando se mordió la lengua!

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Me fui con el circo, madre

Por saber qué había detrás de los cerros salí al camino y las distancias me envolvieron.

/ 28 de octubre de 2018 / 13:38

Ayer sábado fui al cementerio a enflorecer la tumba de mi madre. Lo hago una vez por semana, desde que retorné a Bolivia hace 10 meses. Estuve más de 45 años pataperreando en el exterior entregado a sobrevivir como periodista, editor de suplementos y hacedor de epigramas, aforismos y otras antiguallas literarias que, con un poquitín de maña y fama,  presentaba como novedosas.

En el panteón cochabambino, donde también están los restos de mi hija Nena y otros familiares, recordé el testimonio que di a mi mamá, en 1990, cuando llegué a Llallagua para festejar su cumpleaños. Ella me oyó en silencio, pero unos años después, cuando fui a verla otra vez, me pidió recordar aquel relato. Al puro galope de la memoria, le dije:

Muchas veces me arrepentí a morir por haberme ido de la casa. Por saber qué había detrás de los cerros salí al camino y las distancias me envolvieron en su magia y aventura. Me perdí, mamá, como aquella chica de nuestra calle que se fue con los gitanos que acampaban detrás de la cancha. ¿Te acuerdas que sus padres la buscaron llorando por más de diez años y vos nos decías que los que así se van, así dejan el alma en la casa y aunque vuelvan se condenan para siempre?

Me fui con el circo, madre. Hice de todo en las garras de la “zooledad”.  Ciervo lejos de su hábitat no supe dónde correr cuando las urgencias me jalaron por sus rumbos. Bajo la carpa del asombro hice de todo: tragué fuego, escupí cenizas y mi boca fue un infierno. Me improvisaron de alambrista cuando vieron que mi pellejo pendía de un hilo; desdeñando el miedo, pobre valiente, acepté subir al trapecio de los riesgos a condición de que la trapecista me asistiera en el rato crítico. Salté y aquella voló indiferente a mi lado. Me ganó el vértigo y caí de bruces, sin red de protección.

No sabía ni fu ni fa de los demás animales del circo (apenas puedo conmigo)  y me aventé a la jaula de las fieras Acabé domado por el león, que me hacía saltar por el arco del fuego. Papelón. Con ese antecedente me improvisé de domador de fieras, servicio a domicilio, y comprobé que la audacia rinde más réditos pasionales que la experiencia o la pinta, según reza el Kama Sutra.

Fui prestidigitador y ya dominaba los trucos de la chistera, pero los conejos y las palomas se aliaron contra mí para empujarme al ridículo. Pasó que los conejos salían volando  y las palomas daban saltos sacudiendo unas tremendas orejas… Me echaron.

Vos me conoces, no necesito disfrazarme  de payaso, pero me sacaron a patadas porque era yo quien se carcajeaba del público. Otra vez, en ya no sé dónde, me introdujeron en un cañón para dispararme como al hombre-bala y…¡Ya basta!. Perdóname, mamá, estoy diciendo mentiras para justificar que me fui de tu lado. Nada de lo que te dije es cierto.

Me arrepentí a morir todas las noches por haberme ido de la casa. Ahora volví para rescatar mi alma que tal vez ya no concuase con  mi edad.  Y ojalá, mamá, ya no sea verdad lo que vos decías de esa chica que se fue con los gitanos. Que los que se van…

Es periodista.

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