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Wednesday 24 Apr 2024 | Actualizado a 21:31 PM

Necesitamos un Rolls Royce

La obra de Gorena es como una relación (una que se precie de tal): loca y absurda.

/ 27 de septiembre de 2017 / 04:12

La obra comienza 40 minutos tarde. Llueve y hace harto frío en La Paz y, sin embargo, es viernes noche. El Desnivel, el espacio alternativo de Sopocachi que sobrevive a puro pulmón, se ha propuesto atraer a un nuevo público. Hoy toca una comedia que llega de Santa Cruz con elenco formado en la Escuela Nacional de Teatro. La obra se llama De retro en un Rolls Royce, escrita y dirigida por Enrique Gorena, quien también actúa.
El ambiente cabaretero que adorna el espectáculo es la coartada perfecta que funciona: se llama drink theatre (barra retro en la previa y “after” de la obra). Con la entrada de Bs 50 tienes derecho a un trago que te pone alegre el corazón, te abriga la panza y te jode el hígado: calienta los motores de todos (del público, del elenco y de ese deseado Rolls Royce de los años 20). En resumen, la bebida eleva la calidad de la obra.

Algunos espectadores tienen dificultades motrices para escalar hasta la última fila de asientos, casi tocando el techo. Los alcoholes ayudan a reír, pero no a trepar. Cuando la oscuridad y el silencio se adueñan de los cuartos, aparecen Micky (Kike Gorena) y Lourdes (Sofía D’Arruda), una pareja desencontrada, unos novios que pelean y discuten, por todo, por nada. Es como el tipo que va al psicólogo y le cuenta que su hermano se cree una gallina. “¿Y por qué no lo meten en un manicomio?”, pregunta el doctor. “Lo meteríamos, pero necesitamos los huevos”. El chiste lo contaba (un poco mejor) Woody Allen en el final de esa joyita llamada Annie Hall y solo para concluir que las relaciones son totalmente irracionales, locas y absurdas, pero las seguimos manteniendo porque (la mayoría) necesitamos los huevos.

En De retro en un Rolls Royce, con producción de Ariel Vargas y su Snack Tía Ñola, también hay un psicólogo chacra (genialmente interpretado por Carlos Ureña). Y él, sin querer queriendo, a través de una regresión hipnótica, transforma a Lourdes en una estrella de cabaret del siglo pasado llamada Lula Botafogo. La obra de Gorena es como una relación —una que se precie de tal—: loca y absurda. La comedia es el género (teatral) más difícil, delicado e infravalorado. Es muy fácil caer en lo repetitivo, lo tópico, lo zafio… y si hay sexo de por medio, más aún. Quizás por eso la comedia brille (casi) por su ausencia de nuestras tablas.

La obra de Gorena peca de superficial, pero quizás, para recuperar público, necesitemos eso precisamente: una hora de buen teatro sin grandes pretensiones más allá del humor absurdo y loco, de enredo. Lo demás, que no es poco, está: un sólido cuarteto de actores y actrices (completa el deleite Vanesa Fornasari), unos sketches bien armados, unos cuantos gags visuales y verbales conseguidos, un fuera de campo que ayuda y un guion que no insulta la dignidad de nadie.

Gorena y su banda logran entretener y enternecer a ratos con Susita, esa vecina cuarentona y solitaria que solo quiere mijagas de amor y sexo; con ese psicólogo de quinta y con esa pareja que sueña (con un auto y con glamour) para no tener que seguir con una vida de pesadilla. La diferencia entre la comedia y la tragedia es que en los personajes de la comedia hallan la manera de sobreponerse a la tragedia. Estos cuatro (menos uno, no voy a cometer el pecado del spoiler, del destripe) también lo logran.

La falta de formación actoral, las endebles puestas en escena y la ausencia casi total de dramaturgia nacional son (entre otros males) la tónica habitual de nuestro teatro. Pero de vez en cuando surgen brotes, aparecen chispazos prácticamente de la nada. De repente, te ciegan los focos de un Rolls Royce, metáfora de ese sueño que tenemos todos para no envejecer (mal y) pronto.

Uno, como espectador, siempre está rezando que las cosas salgan perfectas en el teatro, porque conseguirlo en la vida es realmente difícil. Por eso, como en el chiste, no encerramos al loco porque necesitamos los huevos… o un decreto municipal que establezca la obligatoriedad del reparto de alcohol en las previas de las obras teatrales, especialmente si se trata de comedias, es viernes noche y hace harto frío en La Paz.

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El Siles, día uno

La Cinemateca Boliviana restaura los ocho minutos que el cineasta Velasco Maidana rodara durante la inauguración del estadio Hernando Siles en enero de 1930

La inauguración del estadio, en cine

Por Ricardo Bajo Herreras

/ 14 de abril de 2024 / 06:57

¿Quiénes son todos esos señores que rodean al presidente Hernando Siles en el palco del estadio paceño que se inaugura hoy con su nombre? Congelo el fotograma. Son 40 personas, la mayoría hombres, apenas cinco mujeres. ¿Quién es el caballero con pelo engominado que lee delante de un estrambótico (para nuestro tiempo) micrófono? El presidente, que morirá en Lima 12 años después, está rodeado de uniformes, de policías y militares. También hay sombreros y lentes de sol “fashion” incluso para nuestro tiempo.

Muchos miran a la cámara. Detrás de ella está José María Velasco Maidana, que viene de estrenar su película Wara Wara la semana anterior en el cine-teatro Princesa de la calle Comercio. Su empresa cinematográfica, llamada Urania, se ha comprometido a filmar este magno evento para la posteridad. Casi 100 años después, veo en el despacho de la directora de la Cinemateca Boliviana, Mela Márquez Saleg, los ocho minutos de rodaje (sin editar) que han sido restaurados en el Archivo de Imágenes en Movimiento. El registro histórico estaba en unas latitas de nitrato que el sobrino del cineasta encontrara y donara a la Cinemateca hace años.

Jueves, 16 de enero de 1930. Es feriado civil con cierre de oficinas públicas y privadas y de fábricas. ¿Por qué? Porque Siles así lo ha querido. Don Hernando lleva en el poder exactamente cuatro años y está tratando de cambiar Bolivia. Funda la Contraloría, compra aviones para el flamante Lloyd Aéreo Boliviano (nacido en 1925), inaugura la Academia de Bellas Artes, construye carreteras y ferrocarriles (hacia el oriente). Y también cierra periódicos, exilia a sus oponentes y trata de quedarse en la silla. Todos a la inauguración del “Gran Stadium Presidente Siles”, ordena y manda el presidente. Nota mental uno: el nombre durará poco al principio pues tras el golpe de Carlos Blanco Galindo en mayo de 1930 la cancha pasa a llamarse simplemente Estadio La Paz.

La fecha original de inauguración era el 10 de enero, pero un temporal lo impide. Luego se piensa en el 12 y después en el 15. Llueve, llueve mucho. Siempre llueve en enero. Aunque el “stadium” no está todavía terminado, se inaugura igual. Será una costumbre para las décadas venideras. A la cuarta será la vencida, será el 16, jueves. En la recta de general se ve separaciones de hormigón armado entre las graderías. Es el primer estadio que se construye con cemento en toda Sudamérica. El palco está resguardado por una estructura de madera.

Congelo el fotograma. Los cerros alrededor de Miraflores están pelados. A lo lejos, detrás del arco sur, solo la silueta de la Muela del Diablo confirma que estamos en la ciudad de La Paz. Detrás del arco norte se vislumbra también el convento de las Madres Concepcionistas Franciscanas (sobre la calle Guerrilleros Lanza). Hay casas con tejados estilo norte de Europa que serán derrumbadas o sucumbirán con el tiempo. El resto del paisaje cambiará radicalmente un siglo después.

La película muestra un plano del arquitecto/ingeniero Emilio Villanueva Peñaranda, padre del “stadium”. En lo que hoy es la plaza del Siles con su réplica del monolito Pachamama se habían proyectado una piscina y un gimnasio.

Sobre el terreno de juego, el director de orquesta, el maestro Antonio González Bravo, compositor de cuecas y poeta aymarista, dirige con ademanes parado en un pedestal. En tres años se marchará a enseñar Arte Musical a la Escuela de Warisata con Elizardo y Avelino. A su alrededor están los músicos de las bandas del Ejército, alumnos de los colegios y escuelas fiscales junto a sus estandartes, “pelotaris” de los 16 clubes que conforman la Federación de Pelota Vasca dirigida por Alfredo Mollinedo (también presidente del club Ferroviario) y pugilistas de la Federación de Box con la estrella del momento a la cabeza, Roque Landívar. Por primera vez a las tres de la tarde del 16 enero de 1930 se escucha el Himno oficial de Bolivia en el Siles. En su versión “in extenso”, por supuesto. Nota mental dos: ¿Cuántas veces se habrá entonado el Himno Nacional en este estadio hasta el día de hoy?

Los colegios abren el desfile en la pista del “stadium”. Entran el Nacional Ayacucho, el Nacional Bolívar, el Liceo de señoritas del Venezuela, el Instituto Nacional de Comercio, el colegio La Salle, el San Calixto, el Instituto Americano y el Colegio Alemán. A continuación, las escuelas fiscales: Vicenta Eguino, Juana Azurduy de Padilla, escuela Argentina, Modesta Sanjinés, Lindaura Campero, escuela Brasil, Agustín Aspiazu, Rosendo Gutiérrez, Félix Reyes Ortiz, Evaristo Valle y J. Manuel Indaburu.

Los ayudantes/asistentes de cámara de Velasco Maidana corren hacia el palco. Son Mario Camacho y José Jiménez Uría, este último rodará tres años después el largometraje Hacia la gloria. Está por bendecir el estadio el obispo de la diócesis, Monseñor Augusto Siefffert. Está por hablar, en discurso inaugural, el presidente del Comité Pro Stadium y ministro de Instrucción Pública Emilio Villanueva Peñaranda, el encargado de diseñar y levantar el estadio con frontis de estilo neotiawanacota. Villanueva —socio del club The Strongest— tiene la ciudad toda en la cabeza y la sueña a su manera. Debe ser uno de esos caballeros que rodean al presidente Siles en el fotograma congelado.

“Ha llegado, por fin, el gran día, intensamente deseado, de la inauguración de este gran stadium nacional. El alcance de sus beneficios ha de extenderse a toda la República pues la juventud vive, se educa y se forma física e intelectualmente en esta metrópoli. Hago votos porque salga de aquí la acción gestadora que nos dé una juventud fuerte, física, ética e intelectualmente bien contexturada capaz de encontrar mañana el verbo olímpico de su raza y de hacer el milagro de nuestros gloriosos destinos”. Así habla Villanueva, ante la atenta mirada de Siles.

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Los miembros del Comité Pro-Stadium que rodean al célebre arquitecto aplauden. Son Julio Sanjinés, Daniel Ballón Saravia, José Luis Tejada Sorzano, Aniceto Solares, Juan Pinilla, Julio Téllez Reyes, Julio D. Zavala. La crema y la nata que años después darán nombres a calles, avenidas y plazas de la ciudad. Junto a ellos, el presidente stronguista, Héctor Maldonado y el secretario Víctor Zalles Guerra.

El plano del proyecto del Stadium de La Paz
El plano del proyecto del Stadium de La Paz

Tras la jura ante la bandera nacional, los escolares, deportistas y los nueve equipos de “foot-ball” desfilan ante el palco. Los estudiantes ofrecen los ejercicios de gimnasia en conjunto y de coros que han venido ensayando desde hace días en el propio estadio. El director general de Educación Física, Saturnino Rodríguez, observa todo con atención prusiana desde el palco. No quiere que nada salga mal. Es otro de los hombres misteriosos de nuestra foto.

Junto a él, está un señor con bigotito de la época y pelo engominado hacia atrás. Es nada más y nada menos que Rodolfo Costas Escóbar, el locutor que junto a su hermano Enrique (ambos de Totora, Cochabamba) transmite todo para la flamante Radio Nacional de Bolivia.

Los que no han podido llegar a Miraflores escuchan el magno acontecimiento a través de ocho receptores Atwatter Kent y Crosley (traídos desde Estados Unidos) con altoparlantes instalados por los hermanos Costas en plaza Murillo, en la Pérez Velasco (en la librería La Juventud), en la calle Comercio, plaza Alonso de Mendoza, en los locales del club Ferroviario y en la sede de los periódicos El Diario, La Razón y El Norte.

La planta de transmisión está en la Ceja de El Alto. La radio no tiene ni un año de vida pues ha sido inaugurada en marzo de 1929. Eran “cosas de los Costas”, como se decía en la época.

La transmisión radial del acto
La transmisión radial del acto

Los dos equipos stronguistas (de fútbol y baloncesto) cierran el desfile y saludan con las manos en alto al presidente. Se escuchan los aplausos más fervorosos. Antes han pasado los “foot-ballistas” de Universitario, Nimbles, Bolívar, Rosario Deportivo, Bolway, Strong Players, Northern y Hiska Nacional. Algunos de ellos han urdido una protesta que no llega a buen puerto. Iban a desfilar en traje de civil para manifestar su enojo, pues el gobierno de Siles no ha cumplido con la promesa de liberar los artículos deportivos, proyecto bloqueado en la Cámara de Diputados por la bancada del Partido Republicano en pelea con los “saavedristas”. El sino de la historia de Bolivia es repetirse.

Los estudiantes del Alemán y el Americano copan el césped y compiten en carreras de velocidad de 100 y 75 metros, así como de relevos. El más rápido es Gualberto Saravia del Americano (en chicos) y Lisa Hubert del Alemán (en chicas); en postas, ganan los del Americano. Después en mitad de la cancha, cerca del arco sur, se instala una improvisada cancha de “basket” con dos canastas blancas de madera. Se enfrentan los dos equipos más fuertes de la ciudad: Nimbles Sport Association y el club The Strongest, que viste su tradicional vestimenta negra y amarilla pero con franjas horizontales. El quinteto de Nimbles suena así: Benavente, Atristain, Velasco, Molina y Soria. El gualdinegro, así: Zuazo, Rada, Cisneros, Salvatierra y Pinedo.

Las imágenes muestran la falta de pericia de los “players” y la extraña manera de lanzar las faltas personales a manera de cuchara. Nota mental tres: ahora entiendo porque los “scores” del baloncesto de la época eran tan cortos. El partido termina ocho a cuatro a favor de los blanquinegros de Nimbles.

Se trata de ocho minutos de rodaje sin editar restaurados en el Archivo de Imágenes en Movimiento.
Se trata de ocho minutos de rodaje sin editar restaurados en el Archivo de Imágenes en Movimiento.

Está a punto de arrancar el acto estelar del programa. El video de Velasco Maidana desmiente a los periódicos de la hemeroteca: el estadio no está repleto de público. No llegan a 10.000 privilegiados (cuando el Siles se termine llegará a albergar 20.000 personas). En lo que es hoy la recta de general, hay espacios vacíos. Y las empresas constructoras Ivica Krsul y Christiani & Nielsen no han iniciado aún la construcción de la curva sur, donde hay público de pie detrás del arco que anuncia un precipicio hacia la llamada Avenida de Circunvalación.

Cerca de las cinco de la tarde, el club The Strongest (que viene de ser tetracampeón en la década de los 20) y Universitario se aprestan para jugar el primer partido en la historia del estadio Hernando Siles. Alienados bromean y charlan delante de la cámara. Es la primera vez que veo por imágenes en movimiento a Eduardo “Chato” Reyes Ortiz y su pelada, al férreo zaguero Donato González y su pareja de baile Renato “Choco” Sainz (en cuatro años será tomado preso en Boquerón), al “Negro” Urquizo, a la leyenda Froilán Pinilla, a Rosendo Bullaín, el “centre forward” que morirá peleando en las arenas calientes del Chaco. Ríen nerviosos, estiran las piernas, se abrazan. Todavía no son “tigres” pero ya atacan como fieras.

Los “albos” de Universitario están más relajados, tienen una gigantesca U pintada en el pecho. Congelo la imagen. Jacobo Waisman, el argentino, es el “referee”. Nadie ha reclamado que arbitre hoy después de que el año pasado jugara para las filas del oro y el negro. El “divino pelado” manda más que Siles. No te hagas, presidente.

La tarea de organización del “match” ha sido encomendada al teniente coronel Guillermo González Quint, presidente de La Paz Football Association. Es uno de los militares de la foto. Un señor se encamina al centro y da el “kick off” de la apertura. Corre la película y el señor también lo hace, se va “fuera de campo”. ¿Quién es el caballero que tuvo el honor y privilegio de tocar oficialmente la primera pelota en el primer partido del Siles? Es Emilio Villanueva Peñaranda en el día probablemente más feliz de su vida.

El “eleven” del campeón suena así: Martínez (José Bascón, el arquero pianista está lesionado), Donato González-Miguel Maldonado en la zaga; Estrada (años después la Avenida de Circunvalación del estadio llevará su nombre), Reyes Ortiz y Guillermo Urquizo de medios; Rafael Salvatierra, Pinilla, Bullaín, José Toro y Humberto Barreda. El onceno universitario, así: Ruiz, Velasco-Quintanilla; Montero, Sainz, Beltrán; Saravia, Alborta, Fuentes, Reyes Peñaranada y Aguilar. El capitán es Mario Alborta, apodado el Tigre de Sopocachi, la estrella de un joven club fundado en 1927, tres años antes: el club Bolívar.

El ”match” va a tener juego brusco, como todos los de la época. Las reglas todavía no están claras (como hoy). Los de la U en el pecho han sido reforzados por clubs chicos de la ciudad. El primer gol en la historia del estadio Hernando Siles lo mete —como no podía ser de otra manera— Eduardo “Chato” Reyes Ortiz, el jugador más querido por la hinchada gualdinegra junto a Froilán Pinilla. Corre el minuto siete, faltan tres para las cinco de la tarde. Un “free-kick” potente se cuela en la valla de Ruiz. El segundo gol es de Humberto Barreda a los 18 minutos tras pase magistral de José Rosendo Bullaín. El tercero es de Pinilla (minuto 36) de certero testarazo.

Con tres a cero, un violento choque del arquero Ruiz contra uno de los postes provoca la ruptura de su clavícula. Ni corto ni perezoso, el teniente coronel González Quint sale volando del palco, agarra su motocicleta y traslada al “player” hasta el cercano Hospital Militar, bajando la Avenida de Miraflores (hoy Avenida Saavedra). El zaguero Quintanilla va al arco.

Imágenes de ‘Inauguración del estadio Presidente Hernando Siles’, de José María Velasco Maidana.

En la segunda parte los stronguistas se relajan. Y los “albos” atacan con todo el orgullo herido. Alborta anota el descuento y Saravia mete un gol fantasma que Waisman no concede. Se arma el quilombo. El “referee” expulsa a Alborta que se niega a abandonar la cancha. Entonces el que se va es don Jacobo. El “linesman” Rodrigo convence al árbitro cordobés para regresar al “field”. Alborta se niega por segunda vez. Waisman se va de nuevo. Los de Universitario dejan la cancha también y su hinchada invade el terreno de juego. Cuando el partido se reanuda, el “Chato” mete el cuarto para The Strongest. Algunos periódicos publican al día siguiente que el “score” terminó 3 a 1. Waisman —su palabra es ley— decide que eso acabó 4 a 1.

El presidente Siles y su comitiva de ministros dejan el estadio, toman la avenida Illimani y vuelven a Palacio. Lo acompaña el núcleo duro de su gabinete, encabeza por el canciller de Relaciones Exteriores y Culto, Fabián Vaca Chávez, el ministro de Fomento y Comunicaciones, Manuel Rigoberto Paredes, el ministro de Guerra y Colonización, Fidel Vega y el de Gobierno y Justicia, Guillermo Viscarra. La guerra parece inminente. Los paraguayos contraatacan y están a punto de retomar Boquerón. Faltan dos años para que estalle el conflicto bélico. El fútbol todavía no ha sustituido a las batallas entre hermanos.

El viaje al pasado ha terminado y es para agradecer. Congelo el fotograma.

Texto: Ricardo Bajo Herreras

Fotos: Ricardo Bajo Herreras, tomadas de la película de Velasco Maidana ‘Inauguración del estadio Presidente Hernando Siles’, enero de 1930.

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Mario Conde, la medida para distraer al pudor

La exposición ‘Los malqueridos’ de Mario Conde está en la galería Eter de la calle Batallón Colorados

Mario Conde y Los malqueridos

Por Ricardo Bajo Herreras

/ 7 de abril de 2024 / 07:07

“Al que se acuerde del título de uno de los dos cuadros que se robaron de exposiciones del Marito le regalamos una obra”. Los asistentes a la inauguración de la última exposición de Mario Conde en la galería Eter afilan la memoria. Uno de ellos balbucea un título. Nada, “janiwa”. “Al que se acuerde de cuántas novias ha tenido el Marito, le regalamos otra obra”. La fiesta de inauguración de la muestra Los malqueridos termina a altas horas de la madrugada en los bajos de la galería, en Latinos, el mítico boliche de la Batallón Colorados. 

“Tengo obras en mi casa que no han salido, algunas son de 2011, otras son desnudos”, le dijo un día Marito a Luis Gómez, el codirector de la galería. Así, en charla casual, comenzó la idea de la última muestra de Conde. “Pinto poco y vendo mucho”, me dirá después Mario amasando como pocos la ironía, otro de sus talentos. 

Semanas después, nueve acuarelas, tres grafitos y una tinta están colgados en las paredes de la flamante galería Eter, espacio cultural inaugurado en agosto del año pasado con una exposición de la vasca francesa Dominik Senaq. Nota mental uno: aviso para navegantes, la Eter es la única galería que no cobra porcentaje a los y las artistas. 

Mario-Conde-pudor

“Se trataba de colgar obras producidas en los últimos años de su trabajo pero no para resumir su trayectoria o contar algo a la gente. Ni Mario lo requiere ni está tan viejo. Esto es, más bien, una no-retrospectiva, una juntucha desenfadada que pide para estas obras otra miradita. A Mario Conde le gustaría ser recordado como un buen humorista. Aunque la peculiar acidez que impregna sus cuadros, de la broma a la burla, no esté exenta de quejas ni algo de rabia”. Así reza parte del texto que te da la bienvenida a la muestra. 

La primera acuarela, entrando a mano derecha, es un desnudo. Es el único que se ha vendido —de momento— después de tres semanas de exposición. Ha sido comprado a plazos. Una mujer sentada en una silla. Tacos y piernas abiertas. Desafiante, se cubre el sexo con las manos. Te mira fijamente. No sonríe, por tu bien. En las sillas alrededor del piso de azulejos aparecen vitrales de iglesia. En el fondo, los colores caprichosos de un cuadro abstracto. 

—¿Por qué crees que no se venden estos desnudos?—, le pregunto al Marito después de ver sus “malqueridos”. 

Mario Conde Cruz nació el 22 de julio 1956 en La Paz. Estudió en la Academia Nacional de Bellas Artes Hernando Siles.

—Vendo desnudos pero muchas veces me dicen: “¿qué va a decir mi mujer? ¿dónde cuelgo el cuadro? Tengo wawas”. Otros me cuestionan: “¿por qué no pintas desnudos masculinos?”. Que los hagan las mujeres pintoras. Para mí, la mujer es más bella que el hombre, es una cuestión estética. Por cierto, si una galería no tiene un desnudo expuesto, no es una galería. 

La Eter no tiene un desnudo, tiene cinco. Y de Mario Conde, uno de los más grandes del arte boliviano. Por eso, sus cuadros en esta muestra están colocados a su altura. De su hombro para abajo. Conde es la medida de todas las cosas. 

La obra más veterana de las “malqueridas” es una acuarela en sepia. Un caminante deformado se abre paso entre armonías tonales y composición. Parece un dibujo o una aguada. Es un tributo a su amado Francis Bacon. Es como muchas obras de Mario, puro enigma. Magnético, eso sí. “No se vendió, creo, porque a la gente le gusta el color, somos colorinches”, dice Conde. Nota mental dos: su idolatrado Bacon si pintó desnudos masculinos. 

Frente a la obra, esperan Las tres Ces. Marito tiene muchas animadversiones, una de ellas es su rechazo atroz a poner títulos a sus cuadros. Normalmente, otros hacen ese trabajo sucio por él. Un galerista tituló así el cuadro: Las tres Ces. Son un cocalero, un cooperativista minero y un contrabandista con un extraño parecido a Joaquín Sabina. Los tres posan en collage mientras un desnutrido cóndor de escudo se precipita al vacío, sobre sus cabezas. 

En la acuarela pegadita al lado, un “Che” Guevara se fuma un dólar. El señor que firma los billetes, como presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, es un tal Mario Conde. “Soy el presidente del Banco Central gringo de Alasitas”, dice el artista que se reconoce como cultor del neobarroco andino (“eso antes de que me digan surrealista”). 

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En las acuarelas de Conde el pasado y el futuro conviven. Mario no admite distinción entre antes y después. Es un hincha de los filósofos jónicos, de la Escuela de Mileto (actual Turquía) con Tales a la cabeza, de aquellos primeros pensadores que dejaron de ver al hombre como un servidor de los dioses. 

La muerte y sus demonios no pueden faltar en una muestra de Conde, por muy “sui generis” que sea. Una de las acuarelas está inspirada por la novela Sobre héroes y tumbas del argentino Ernesto Sábato, un descenso a los infiernos. ¿Es una casualidad que el protagonista —Martín— sea hijo de un pintor fracasado y una prostituta? Los sueños/delirios, el horror, los rostros invisibles y sus nichos, los héroes decapitados, las máscaras y los dioses desconocidos a caballo salpican las páginas de la novela y se cuelan en las acuarelas de Conde. De fondo, suena una banda sueca de “death metal” melódico. Se adivinan gritos de un desollado vivo. Mario Conde se deja la piel (desnuda) en cada obra. 

Cuando vuelvo a los desnudos y pregunto por los tatuajes, Marito suelta una de las suyas: “a veces para que no sean desnudos muy desnudos, para que no se vean tan calatas, pongo una máscara o un tatuaje, es para distraer al pudor”. 

Cuando estamos de salida de la galería, pregunto por aquellos dos cuadros robados. El primero fue sustraído del Museo Plaza de El Prado y el segundo, del Tambo Quirquincho. Al ladrón lo pillaron cuando —arrepentido— regresaba al museo con el cuadro debajo del brazo. Luego confesó el otro robo. Era un fan enamorado. La primera obra se llamaba El teatro de los descubridores y la segunda, Mama Coca. Anótese, caro lector, los títulos. Tal vez, en la próxima “no retrospectiva” de Mario Conde se pueda ganar la lotería.

No deja de llamarme la atención que el local pegado a la galería Eter es una clínica dental. El arte siempre fue como un dolor de muelas para pudorosos y afines. Y la obra de Mario Conde, un grito eterno. 

(La muestra Los malqueridos estará hasta el 16 de abril, martes. Ese día se celebrará otra fiesta, esta vez de clausura. Los horarios para visitar la galería son de 16.00 a 19.00 los lunes, miércoles y viernes y de 15.00 a 19.00, los martes y jueves. Eter se encuentra en el edificio El Estudiante, Mezzanine 1 Local 23, calle Batallón Colorados no. 20). 

Texto y Fotos: Ricardo Bajo Herreras

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Un cariño por El Alto

El periodista/politólogo argentino Damián Andrada presentó en la Feria Internacional del Libro de El Alto su libro de crónicas alteñas

Periodista y politólogo argentino, Damián Andrada vivió 12 años en El Alto.

/ 24 de marzo de 2024 / 06:39

Un politólogo argentino llega a la ciudad de El Alto para escribir su tesis. Año 2012. Se llamará El nuevo Estado boliviano: la construcción de la hegemonía (Nótese el inevitable deje gramsciano). Se aloja durante tres meses con una familia de Villa Dolores. Le pasan mil cosas. Como terapia escribe un diario/blog que ahora es un libro. Se llama —el texto— Acá la gente me llama Choco. Se llama —el autor— Damián Andrada. El politólogo argentino regresa a la ciudad de El Alto para presentar su obra, doce años después.

Picado por la curiosidad, subo a la Feria Internacional del Libro de El Alto. Es la primera (de muchas que vendrán). Los “stands” —espaciosos— están dentro de la nueva terminal, llamada Metropolitana. Los puestos de libros están pegados a las casetas donde se anuncian/venden viajes a Cochabamba, Oruro, Buenos Aires, Sao Paulo. Se escucha por megafonía salidas a Tarija y al más allá. ¿La literatura es un viaje? En El Alto, no es ninguna metáfora, no es ninguna promesa. Me dan unas ganas terribles de comprar un libro y perderme por el mundo sin avisar.

En el “stand” de Sobras Selectas, junto a un viejo tocadiscos, está Alexis Argüello Sandoval, el editor de este sello alteño. He subido a la Feria —un cómodo viaje en teleférico hasta la última parada de la Línea Morada que me deja a cinco minutos de la nueva terminal— para comprar el libro de crónicas de Damián Andrada, el famoso “Choco” (me enteraré luego que en su casa le dicen “Polaco”). De yapa, me llevo La marrana negra de la literatura rosa del mexicano Carlos Velázquez.

Alexis me hace precio de feria: 55 bolivianos. ¿Por qué no hay rebajas así en la feria paceña del libro? ¿Por qué acá entro gratis y en La Paz me cobran 15 bolivianos si los organizadores (la Cámara Departamental del Libro) son los mismos? ¿Por qué hay librerías y sellos que siempre están en la feria de la zona sur y acá brillan por su ausencia? No quiero pensar mal.

El editor Alexis Argüello, el autor Damian Andrada y su familia alteña: Ovidio, Rosa, Alicia, Joel y Mirko.
El editor Alexis Argüello, el autor Damian Andrada y su familia alteña: Ovidio, Rosa, Alicia, Joel y Mirko.

Con los dos libros bajo el brazo vuel(v)o al teleférico de nuevo, empalmo con la Línea Plateada y la Azul y me planto en Villa Ingenio. El partido sabatino del Always Ready está aburrido (el equipo está pensando en Montevideo) y da para comenzar a leer los textos del “Choco”.

“Todas las crónicas de este libro son reales, aunque no tanto”, advierte Damián de inicio. La primera crónica tiene un título futbolero que nos trae a todos lindos recuerdos. Se llama Bolivia 6 El Choco 1. En la solapa de la tapa, Damián se autodefine como “argentino e hincha de Boca”. También da un salto adelante en esta película y escribe así en tercera persona: “Mientras viajaba como mochilero, se ena-moró de Bolivia y años después de una boliviana. Reside en Santa Cruz desde 2019. Es papá de una cambita choca. Practica natación en su tiempo libre”.

Acá la gente me llama Choco es una bitácora, es un libro de aventuras; son monólogos mentales de un “gaucho” en la ciudad de El Alto. Tiene un ritmo ágil, no es paternalista y las dos horas de lectura pasan volando. La literatura siempre es un viaje.

El “Choco” me lleva de la mano a una boda aymara, me sumerge en el extasis de un (no) trío con “maconha” y dos brasileñas mochileras de paso por La Paz, pastoreamos juntos llamas en Charaña (con parto incluido), ligamos en el Carnaval de Oruro, lloramos cuando termina con su novia argentina y jugamos fútbol de barrio en el “Maracaná” de Villa Dolores. El fútbol, como la literatura, crea vínculos, lazos de cariño. El fútbol es una pasión colectiva, es un gozo colectivo. Es buscar/encontrar gente y compartir cuando la soledad te hacer marcaje férreo, hombre a hombre. Como la literatura, la pelota sana/salva.

Han pasado doce años y Damián está de regreso en la ciudad donde amó/sufrió la vida. Falta un día para la presentación de su libro en la Feria, la primera de muchas. Nos citamos en el café Wayruru de la compañera Raquel Romero, en una esquina de la plaza Abaroa. Suenan petardos. No es ninguna marcha. En un rato el peor alcalde que ha tenido la ciudad va a reinaugurar la plaza después de estar cerrada por más de ocho meses.

La presentación de ‘Acá la gente me llama Choco’ (Sobras Selectas) se realizó durante la Feria Internacional del Libro de El Alto.
La presentación de ‘Acá la gente me llama Choco’ (Sobras Selectas) se realizó durante la Feria Internacional del Libro de El Alto.

Antes de comenzar la conversación, trato de despejar una duda. Saque si quiere ganar. Es la que deja Damián plantada como semilla en el inicio de su libro. ¿Cuánto hay de verdad/real y cuánto de mentira/ficción en sus crónicas? El “Choco” arranca el partido/charla con una linda gambeta. Como si fuera Riquelme en la Bombonera. “Una vez le escuché a Tomás Eloy Martínez en la presentación de su libro Santa Evita responder a la misma pregunta. Martínez respondió: no te voy a decir qué es real y qué es inventado”. El “Choco” tampoco. Me como la gambeta.

—Me contó Alexis, tu editor, que le interesó el libro pues muestra la visión de un argentino de El Alto, sin paternalismo; la mirada de una persona que vivió en la ciudad. Como lector hablo, a ratos —con todos los respetos— me parece que está escrita de forma simplista para gente de afuera y a ratos se me cuela una tendencia inevitable hacia el romanticismo idealista del país y de la propia ciudad de El Alto, ¿cómo convencerías a un lector o lectora boliviana para comprar tu libro?

—Escribo desde la sinceridad, la honestidad y el cariño. No quisiera generar incomodidad. En un principio las crónicas fueron un blog personal. Intento no ser paternalista ni ofensivo. A veces con una mirada desde afuera se puede herir. Me gustaría que me lean los alteños, los paceños que no suben a El Alto por el estigma y los extranjeros que llegan; me gustaría despertar curiosidad. Trato de ir más allá de una visión epidérmica. Respecto a esa visión romantizadora que dices, no tengo problemas en admitirlo. Me pasa con las cosas que quiero: mi familia, los amigos, Boca. No me importa que sea así, hasta el romanticismo, si quieres. Creo, sin embargo, que esa parte solo está al final del libro.

—Tu primera reacción nada más llegas a tu cuartito/pieza en Villa Dolores es el vómito. ¿Cómo se pasa de la náusea al amor a través de la comida?

—Sufrí la comida los primeros días, cuento en el libro la anécdota de la carne. No podía entender cómo no había friales (donde la carne está en congeladora). Sentía vergüenza, me veía como esos gringos jailones que siempre he odiado. Fue lo que más me costó. Luego me acostumbré a todo, la comida, la altura. Ahora disfruto mucho. Vivo en Santa Cruz (cerca al Parque Urbano) desde hace cinco años y disfruto los tecitos, los cuñapeses, las masitas, la comida en los mercados populares… Y soy fanático de la marraqueta y la llajua con quirquiña, las extraño en Santa Cruz.

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—Uno de los lugares que guardas en la memoria son los viajes para abajo y para arriba a bordo de la línea Z. ¿Se puede sentir nostalgia por un micro?

—Los tres meses en El Alto me marcaron la vida, fueron como diez años. El micro de la “Zeta” era mi compañía, bajaba y subía muchas veces con el mismo chofer. Entrar al micro era como entrar en casa. Cuando ahora vuelvo a La Paz y bajo en teleférico o taxi, siento un poco que estoy traicionando a la “Zeta”. Tengo pensado en unos años traer a mi hija Delfina a El Alto y bajar sentados en la “Zeta” y contarle. El transporte urbano/público es el pueblo, como los mercados.

—El fútbol (y la política) están presente en el libro. Ese primer picadito en la cancha del barrio, el sueño de jugar con Evo…

—El fútbol fue algo esencial en mi vida durante muchos años. Traté de ser jugador profesional. Entre los cuatro y los 19 años no hubo nada más. Jugué en El Porvenir de Gerli (Lanús, sur de Buenos Aires). Fui socio de Boca y un hincha más en la Bombonera (a pesar de que mi viejo es “gallina”). Algún día quiero llevar a mi hija a La Boca, como a la “Zeta”. Para que sepa de dónde viene su padre. El fútbol (jugar juntos) crea vínculos, pertenencia, identidad, afectos. En el Maracaná de Villa Dolores fue la última vez que sentí que había que ganar, sí o sí; que estaba en juego algo más que los refrescos. El partido con Evo todavía lo quiero jugar aunque ya no opine lo mismo de él. Para mí, sigue siendo el mejor presidente que ha tenido Bolivia aunque no me ha gustado lo que ha hecho los últimos años.

—¿Qué era para ti Bolivia en 2012 y qué es ahora en 2024?

—Bolivia era un territorio ignoto. Muchos argentinos migran a Europa y Bolivia está —como estaba la URSS antes— al otro lado del Telón de Acero. Sentía y siento mucho respeto por el país en general y por El Alto en particular. Hago periodismo desde la política (soy editor de la revista Debates Indígenas y director del Programa de Periodismo Indígena y Ambiental-PPIA). No quería evitar en el libro la politización, lo académico, aunque Alexis ha hecho un buen trabajo de editor y ha recortado muchas cosas para priorizar lo personal, lo íntimo. Creo que ha acertado.

Están ahí las historias de las masacres (las del 2003, las del 2019). Es un pueblo que lucha, que sale a la calle. Había leído lo que fue la Guerra del Gas pero otra cosa es escuchar a mi vecino contar cómo sus hijas se ahogaban por los gases de la represión en octubre de 2003. En El Alto siento que están los líderes del futuro, no me va a llamar la atención cuando algún día una persona nacida en El Alto llegue a la presidencia de Bolivia.

Mi visión sobre Santa Cruz ha cambiado también. Antes en 2012 tenía una visión caricaturesca, es el discurso que usaba el gobierno, es muy útil. Ahora he complejizado mi visión tanto del país como de Santa Cruz. Igual lo que no ha cambiado es mi amor por la Bolivia profunda, esa que se para de manos siempre, esa que te eriza la piel; ese pueblo que respira lucha, un pueblo que se ha ganado un respeto en todo el mundo.

Han pasado doce años y Damián “El Choco” Andrada ha dejado el “chamuyo” y ya sabe abrazar como boliviano, en tres tiempos. Ya sabe besar a la boliviana, en dos tiempos. Ya disfruta la comida y las charlas con las caseritas del mercado (que le siguen engañando con algún que otro tomate podrido).

Libro-choca

Todavía no sabe si es de Oriente Petrolero (al principio parecía que ese iba a ser su “cuadro”) o de Blooming (en su familia cruceña son mayoría los celestes). Le sigue sin gustar el conservadurismo (y la hipocresía) de la sociedad cruceña pero ha aprendido a convivir. Entiende los reclamos contra el centralismo. Y piensa que el racismo (disimulado, a ratos) se ha exarcebado. “La gente sabe que ser racista está mal, que es un prejuicio de odio, se averguenza, pero el racismo forma parte de la hegemonía, forma parte de las espirales de silencio que describiera la politólogo alemana Elisabeth Noelle-Neumann”.

Sigue lejos de casa (como la canción de Calamaro), pero a falta de una familia boliviana, tiene dos. La que ha construido con su compañera Fátima Monasterio y su hija Delfina. Y la alteña: Ovidio y Rosa, doña Fátima, el tío José. Con todos ellos (y sus hijos) compartió el sábado pasado cuando presentó su libro en la Feria Internacional del Libro de El Alto.

Sigue contando leyendas urbanas alteñas como la historia de la carne de perro. Sufre el calor de Santa Cruz. Y tiene aún como “leit motiv” una frase que le dijo Juan Viacha, su amigo alteño, entre “faso” y vino: “cuídate el almita”. Traducido al argentino: no seas “garca”; bancátela con el poderoso, no seas abusivo con el humilde. Traducido de vuelta: no oprimas, no pises cabezas, no le jodas la vida al resto, que tu felicidad no genere desdichas al resto.

No entiende todavía de dónde sale tanto sudor (y tanto viento) en la ciudad donde ahora vive. Pero sí sabe de dónde viene ese eterno cariño por esa ciudad llamada El Alto y sus gentes. Desde las entrañas de un corazón gaucho/bostero agradecido.

Texto: Ricardo Bajo Herreras

Fotos: Ricardo Bajo Herreras, Marco Cadena (CDLLP) y Damián Andrada

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Con la cueca, hasta las últimas consecuencias

‘Willy Claure Sinfónico’ llega a La Paz tras su paso por Cochabamba y Sucre. Será el próximo jueves 21 en el Cine Teatro 16 de Julio

Willy Claure actuará en La Paz con la Orquesta Filarmónica de Cochabamba.

/ 17 de marzo de 2024 / 06:00

Willy Claure regresa a La Paz para cantar cuecas con una orquesta detrás. La primera vez que Willy hizo algo parecido se pierde en el recuerdo. Fue en 2001 en el Teatro Municipal con la Orquesta Sinfónica Nacional bajo la batuta del recordado David Handel. Ahora, más de 20 años después, Claure homenajea a la cueca boliviana a través de sus canciones y de las composiciones legendarias del género. Esta vez, con una Filarmónica detrás. El escenario será el Cine Teatro 16 de Julio y la cita, este próximo jueves. Sonarán míticas cuecas como Palomitay, No le digas y De regreso; instrumentales como A mi vieja; y cuecas de Willy como Cantarina, Salamanca, Hasta siempre o Cueca del abrazo. Son cuecas para escuchar, “es un vuelo para los oídos”.

– Los arreglos sinfónicos han corrido por cuenta de la Orquesta Filarmónica de Cochabamba y su director Miguel Ángel Salazar, ¿cómo ha sido el trabajo minucioso de cada arreglo en cada cueca?

– Los arreglos orquestales fueron subvencionados por la Fundación Cultural Cueca Boliviana, es decir, los honorarios de los maestros arreglistas Gastón Arce, Manuel Rocha, Daniel Pérez, César Scotta y el mismo Miguel Ángel Salazar se han pagado gracias al apoyo de la Fundación. Son arreglos orquestales de muy buen nivel musical y la ejecución musical dirigida por Miguel Ángel y ejecutada por más de 34 músicos es excepcional. Para mí, es una experiencia muy refrescante y deliciosa. Es un trabajo minucioso y delicado porque puedes imaginarte al arreglista componer melodías para cada instrumento que acompañen al canto; no es nada fácil pero se logró hacer algo maravilloso. Soy un músico comprometido con la cueca y amo lo que hago y más aún amo compartir con mi público.

El cantautor presentará las versiones orquestales de sus composiciones.

– La cueca nació como género popular y por muchos años fue vilipendiada. ¿Pierde ese carácter/alma en este tipo de presentaciones orquestales?

– Pienso que la cueca boliviana tiene un antes y un después a partir de la declaratoria de la Ley Nacional 764 que la nombra patrimonio boliviano del Estado Plurinacional el 30 de noviembre de 2015, además de darle un día de celebración cada primer domingo de octubre. Y como yapa, tenemos la ley 1453 que declara a los nueve departamentos de Bolivia como capitales itinerantes y rotativas de la cueca boliviana. Este año, la segunda capital de la cueca boliviana será Chuquisaca.

Pienso que el interpretar cuecas bolivianas con el acompañamiento de una orquesta filarmónica es vestir a la cueca con un traje no convencional, quizás elegante pero fundamentalmente es para escuchar la cueca. Estas interpretaciones no salen de la forma tradicional; quizás no tienen un carácter festivo y alegórico porque le dimos más atención a la parte auditiva y poética.

– ¿Cómo se ve una cueca con los oídos?

– La cueca boliviana tiene tres dimensiones fundamentales: la danza, la poesía y la música. Yo no bailo (mucho); escribo cada vez un poco más, pero disfruto mucho de la composición de las melodías. Y tomando en cuenta que la música es el arte de combinar los sonidos agradables al oído, hace que me olvide del baile. De ninguna manera es algo despectivo o ninguneante para la danza maravillosa de nuestras cuecas, es simplemente que como músico le presto más atención a la parte musical. Y el hecho de contar con un acompañamiento de ensueño con los instrumentos de cuerda y viento es realmente un vuelo para los oídos.

– Esta será la cuarta vez que cantes cuecas con una orquesta. Me acuerdo que en 2001 la ciudad de La Paz recibió el concierto con mucha sorpresa y placer, al mando del maestro David Handel. ¿Qué has aprendido de esas experiencias?

– Si, recuerdo el año 2001 cuando David Handel me invitó a ser parte de un programa de música boliviana liderado por la Orquesta Sinfónica Nacional. Para mí, fue realmente un momento muy hermoso, porque se plasmaba prácticamente las ideas que perseguía, que las cuecas no solamente sean para bailar si no también para el disfrute auditivo. En septiembre y octubre de 2023 se dieron las presentaciones en Cochabamba y Sucre. Y ahora es como subir a más de 3.600 metros y compartir con el fantástico público paceño. Tuvimos el dilema en su momento de venir a La Paz y buscar una orquesta local para aminorar los gastos pero las experiencias en Sucre y Cochabamba fueron tan lindas que decidimos correr el riesgo y deseamos seguir con los mismos músicos. Tengo la confianza de que será hermoso compartir con el numeroso público paceño que sigue con atención y cariño mis actividades cuequísticas.

– En tu labor de recuperación y revalorización de la cueca, has rescatado viejas tonadas y también has compuestos nuevas cuecas. ¿Dónde está el secreto/desafío de lanzar nuevas canciones sin “traicionar” el género?

– Soy presidente de la Fundación Cultural Cueca Boliviana y lo que intenta nuestra institución es preservar y conservar la esencia de las cuecas tradicionales bolivianas. Arrancamos con la fundación el 6 de junio de 2016 y llevamos adelante un simposio nacional donde llegamos a definir oficialmente la forma de la cueca boliviana, tomando como modelo nuestro segundo himno nacional el Viva mi patria Bolivia. En aquel encuentro hubo participantes que sugerían que no se podía encasillar a la cueca en formas rígidas. Pero ¿cómo podemos componer cuecas si no tenemos formas establecidas? ¿cómo podríamos jugar fútbol en un campo sin arcos ni líneas o límites de espacio? Sin embargo, yo mismo presenté la “cueca alternativa boliviana” que da opción a músicos intérpretes de diferentes géneros musicales como el rock, jazz, etc. a interpretar a su manera, incluso no rigiéndose por las formas tradicionales y no preocupándose por las formas establecidas por los bailarines. O sea, la cueca alternativa puede tener más o menos estrofas o no hacer “jaleos” etc.

–Hace poco se homenajeaba con una biografía y condecoraciones a Encarnación Lazarte Zurita, conocida como “Mama Encarna”, mito viviente, leyenda del género. ¿Cuál crees que es su legado?

– “Mama Encarna” Lazarte es un orgullo boliviano y cochabambino; existen cuecas en Chile, en Perú (con el nombre de marineras) en Argentina, en México pero cuecas en quechua, solo en Bolivia y “Mama Encarna” es la pionera en componer cuecas en quechua.

– ¿Hay que estar enamorado para componer cuecas? ¿Willy Claure lo está?

– Estoy enamorado de la cueca boliviana, estoy casado con ella hasta las últimas consecuencias (se ríe). En principio, el tema amoroso o amatorio es fundamental en la cueca, sobre todo en el ritual dancístico. La danza conlleva un ritual de coqueteo, galanteo y conquista. Sin embargo, existen situaciones en que esos sentimientos musicalmente se convierten en un sentimiento nacionalista. Si contemplamos la historia de Bolivia es justamente durante la Guerra del Chaco cuando nacieron muchas cuecas hablando del amor a la patria y a la vida misma. Cuecas que tenían un fondo de pena y nostalgia por el país o por la familia. Pero bueno, como te decía antes, generalmente la definición de la cueca es de carácter amoroso. Y las cuecas que son más oídas y difundidas son las que hablan de la belleza del amor. Pongo como ejemplo, modestia parte, la Cantarina, compuesta en este siglo.

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– El repertorio del jueves estará formado por 20 cuecas. ¿Cómo has elegido la lista entre clásicos y temas propios?

– Como hablábamos antes, ya tuve la experiencia de tocar con la Orquesta Sinfónica Nacional en 2001 con arreglos orquestales que fueron encargados por la Fundación Arnold Schwimmer. Esos arreglos estaban en mi escritorio. Pero desde esa fecha hasta hoy he compuesto muchas cuecas que no llevaban más arreglos musicales que los de mi guitarra. Es ahí donde intervienen Miguel Ángel, Manuel Rocha y Gastón Arce con nuevos arreglos de obras que tuvieron buena aceptación de parte de mi público. Es un repertorio preparado a la medida de mi hermoso público.

– Al final del concierto tendrás cuatro cuecas sin arreglos orquestales. Son Cueca para no bailar, Olvídate de mí, No le digas y Cantarina. ¿Por qué prefieres tocar  estos temas en solitario?

– No faltó tiempo ni ganas para hacer más temas con la orquesta. Simplemente me gusta ofrecer a mi público también lo que  muchos prefieren: la “simpleza” de la voz y la guitarra. Es importante tener también un espacio para mostrar mi relación con mi instrumento, que es la guitarra.

– Tenías hace un tiempo la idea de publicar un libro con estos arreglos (en un género muy poco cultivado en Bolivia), una gira por Europa, un disco dedicado a Chuquisaca por su capitalía de la cueca 2024… ¿cómo van esos planes?

– Sí, me gustaría mucho hacer un compendio de las obras presentadas y plasmarlas en un libro gordo para poder viajar con este bajo el brazo y ofrecerlo a distintas orquestas de otros países y mostrar nuestras cuecas bolivianas tocadas por otras orquestas en cualquier parte del mundo. Esto implica mucho trabajo en la compaginación, edición e impresión de estas obras porque son las partituras generales y las “particellas” de cada instrumento. Es un proyecto lindo y pienso que lo llevaré adelante. Este año Chuquisaca es la capital de la cueca boliviana. El año pasado fue Tarija y le hice mi homenaje con un disco que se llama Tarija, tierra encantada que incluye cuecas tarijeñas. Este año le debo a Chuquisaca también una producción discográfica con cuecas chuquisaqueñas, estoy en eso, intentando componer un par de cuecas dedicadas a la bella Chuquisaca.

La dirección de orquesta del concierto está a cargo del maestro Miguel Salazar.
La dirección de orquesta del concierto está a cargo del maestro Miguel Salazar.

– ¿Cómo te sientes después de haber regresado a Bolivia hace unos años tras vivir décadas en Europa?

– Viví un poco más de 20 años en Suiza pero nunca me desconecté de mi Bolivia. Hace cuatro años volví para quedarme y costó un poco tomar la decisión definitiva debido a conflictos políticos, pandemia y algunos otros detalles que intentaron empujarme de regreso a Suiza pero finalmente Bolivia me retuvo y aquí estoy, contento. Los conciertos con la Orquesta Filarmónica de Bolivia fueron idea de la Productora T.ok —concretamente de Raquel Rocha y del director musical de la Orquesta Miguel Ángel Salazar— que me propusieron realizar este proyecto y acepté con mucho gusto. Hicimos dos presentaciones a fines de septiembre e inicios de octubre del año pasado en Cochabamba y Sucre y dejamos pendiente venir a La Paz, Ahora ha llegado el momento. Ahora, es la cueca para escuchar.

*El concierto “Willy Claure Sinfónico” está a cargo de la Productora T.ok de Raquel Rocha y la co-producción de Sala A1 de Pablo Paredes. Los precios para este jueves 21 en el Teatro Cine 16 de Julio son: 180, 150 y 100 bolivianos. La venta de entradas es en el restaurante Cacique Siñani de la plaza del Estudiante, de 10.00 a 21.00. Venta por WhatsApp al celular: 624 222 89. Información al celular 695 010 79.

Texto : Ricardo Bajo Herreras

Fotos: Alma Tunante

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Marina, ese anhelo infinito de regreso

Una visita a la hoy cerrada Casa Museo Marina Núñez del Prado en Lima

Por Ricardo Bajo Herreras

/ 10 de marzo de 2024 / 06:53

La Casa Museo Marina Núñez del Prado en Lima está en el coqueto y tradicional barrio de San Isidro. Camino por la calle Choquehuanca, dirección a El Olivar, antigua hacienda de Limatambo. Por los cables de luz veo ardillas corriendo a toda velocidad. Cuando llego al bosque me topo con un viejo olivo. Fue plantado por Fray Martín de Porres, el santo limeño, en 1643. Tiene siete metros de tronco y 387 años de edad. No somos nada.

Los vecinos más veteranos del barrio sacan sus sillas y pasan la tarde sobre el verde. También llegan algunas parejas de recién casados a tomarse fotos para el recuerdo (o para el olvido). Hay arbustos de moras, paneles de abeja y olivas sobre el césped. Dicen que la gente las recoge y hace aceite. En medio de este oasis, llego a la esquina de Ántero Aspíllaga y Hermilio Hernández. La Casa Museo de doña Marina Núñez del Prado y Viscarra está cerrada. Todo mi gozo, en un pozo.

El letrero de la Municipalidad de San Isidro dice: “lunes a viernes, de 9:00 am a 4:00 pm; sábados, de 9:00 am a 1.00 pm. Ingreso libre”. Es lunes y son las dos de la tarde. Doy una vuelta alrededor de la casa enrejada. Saco fotos de las esculturas regadas por el jardín, entre olivos centenarios y una higuera. En la puerta trasera veo a una mujer. Es guardia de seguridad de una empresa privada. Grito. Sale hasta la reja y charlamos.

—El museo está cerrado.

—¿Y hace cuánto está cerrado? ¿No hay nadie dentro de la casa?

—No sabría decirle, soy nueva. Puede ir a preguntar a la Biblioteca Municipal, al otro lado del Parque.

Saco un par de fotos más de las esculturas de nuestra Marina y atravieso el bosque. En la Biblioteca Municipal me dicen que el museo se cerró porque cambió el alcalde. Que son cosas de la burocracia. Que ya van a abrir. Que no saben cuándo.

—¿Y para qué quiere saber todo eso?”, me preguntan con extrañeza. Vuelvo a decir que soy periodista, que he llegado desde La Paz para ver la casa, que quiero hacer un reportaje para el periódico La Razón.

—¿Puedo hablar con alguien, por favor, que sepa algo sobre la historia de la casa, sobre la obra de doña Marina?

La que supongo secretaria del director o directora de la Biblioteca Municipal de San Isidro sale y entra (por tres veces) de una oficina, donde sospecho está el director o la directora.

—Vuelva al Museo, ahí le va a atender la señora Norma.

Fotografías de Marina trabajando y sus esculturas se lucen en la casa-museo.
Fotografías de Marina trabajando y sus esculturas se lucen en la casa-museo.

Entonces pienso para mí: ¿no era que no había nadie dentro de la casa? Retrocedo sobre mis pies y cruzo de nuevo el viejo Olivar. Hay gente paseando al perro como si el mundo no existiese. Hay madres empujando carritos caros de bebés rosados, como si las guerras y los genocidios no existiesen sobre la faz de la tierra.

Las casas centenarias de estilo neocolonial, tudor, vasco, racionalista y pintorequista le dan un aire retro al lugar; a ratos me parece estar en el Central Park neoyorkino. Cantan los cuculíes, las tortolitas, los turtupilines de pecho rojo, los gavilanes canelones, incluso se escucha a lo lejos alguna que otra lechuza de campanario. Doña Marina escogió un lugar muy parecido al paraíso cuando abandonó La Paz para siempre — aquejada del mal de la piedra— y se fue a vivir a Lima en 1973.

Estoy de nuevo frente a la casa-museo y charlo tras las rejas con Norma González, la encargada (que sí había estado). No puedo pasar “porque hay cámaras y el museo está técnicamente cerrado”. La amable mujer de seguridad, Ingrid, me vuelve a preguntar mi nombre y el nombre del periódico. Esta vez lo apunta en un cuaderno.

Norma me hace un recorrido virtual fantástico. Me voy a imaginar —con sus palabras sabias y afables— la casa por dentro, las salas y las obras de Marina (1.492 en total, muchas de ellas en depósito). “La casa data de 1926, es de estilo neocolonial. Fue diseñada por el ingeniero Luis Alayza y Paz Soldán. Doña Marina vivió en la casa desde el 73 hasta su muerte junto a su esposo el escritor y periodista Jorge Falcón Gárfias”. Nota mental: aquel 1973, Marina publicó su autobiografía Eternidad en los Andes en la editorial chilena Lord Cochrane, con fotos (entre otros) de Antonio Eguino Arteaga.

“La casa es comprada en los 70 por el inglés ingeniero de minas James Birkbeck Elliot y su esposa peruana Rosa De La Oliva. La pareja la cederá para que Marina viva con Jorge y construya su taller en la segunda planta de la casa”, me sigue contando Norma. En la fachada hay dos escudos de piedra que colocó el constructor Alayza y Paz Soldán a imitación de las casas solariegas de Cusco. Uno es de Lima y el otro es de Castilla. La colonia es un estado mental.

“La primera sala es la Sala de las Sorpresas, también llamada Mama Pacha”, me dice Norma, que me invita a soñar el periodo maternal de la artista paceña más universal. Ahí siguen las mujeres aymaras de mirada fija y orgullo altivo, los retratos de Nicolasa. Junto a la chimenea está la mítica fotografía de Martín Chambi. Eternamente jóvenes posan para el legendario fotógrafo peruano Marina, su hermana Nilda —pionera orfebre— y Yolanda Bedregal, poeta desde siempre. Están en Cusco, están vestidas con hermosos vestidos cusqueños. Es 1934 y las tres paceñas están de visita en “el ombligo del mundo” donde Marina expone por primera vez en el extranjero tras su debut en La Paz en 1930.

“La segunda Sala es la de la Ternura. Mujeres del Ande en cinta, con barriguita, madres con niños, familias, los Andes en granito, vírgenes en plegaria, dibujos y pinturas de Marina. La tercera es la de la Intimidad. Es el salón donde Marina se reunía con Jorge y toda la bohemia limeña. Al fondo está su “Espíritu de la nube” y un autorretrato junto a tallas de madera centenarias”. Afuera, en el jardín de esculturas, un cóndor de bronce vuela entre los olivares. Es Marina que sueña con volver.

“En la cuarta sala sesionaba la Fundación que Marina y Jorge armaron un año antes de la muerte de ella. La sala quinta es blanca, en cada esquina se ven toros, en granito, en basalto, en ónix, en bronce, en alabastro; sus materiales favoritos junto a la madera (quebracho y guayacán). Junto a ellos cerámicas que coleccionaba de su amigo Mamerto Sánchez Cárdenas, entre ellas sus toros de Conopa”.

La foto de Chambi con Marina, Yolanda Bedregal y Nilda

El recorrido imaginado/charlado continúa en el patio central con pileta de piedra. En la segunda planta, construida cuando Marina y Jorge entraron a vivir en los 70, está el taller. Y una fotografía gigante de la maestra. Hay obras por todo lado, incluso en la terraza.

El cuarto levantado abajo para que Jorge Falcón redactara sus columnas de periódico y sus libros ya no está. El escritor comunista, especialista en Mariátegui —amigo suyo—, publicó también libros sobre la obra de su hermano poeta (César) y —a la muerte de su compañera de vida (se casaron en 1960 pero se conocían desde los 40) — dos libros sobre la boliviana más universal: Homenaje a Marina Núñez del Prado (1995) y Marina Núñez del Prado, espíritu del Ande (1999).

La atípica visita guiada de Norma termina. Agradezco la buena onda.

—Me olvidé decirte, en un ratito va a llegar doña Rosita, la presidenta de la Fundación, viene todas las tardes. ¿Quieres esperarla? Tal vez con ella si puedas entrar a ver la casa. Llegará en media hora.

Son las tres y no he almorzado todavía. “Voy a clavarle un plato en un restaurante que he visto en la calle Choquehuanca y vuelvo”. El chupe de camarones de Señor Limón es lujuria pura. Cuando regreso, Rosa De La Oliva de Birkbeck está sentada junto a la pileta del patio. La veo caminar hacia la reja ayudada por un bastón y la mujer de seguridad.

Tiene 98 años y me va a dejar entrar a recorrer lentamente la casa-museo de su querida amiga boliviana. Me va a contar chismes que no puedo revelar. Va a posar junto al retrato y el Espíritu de nube de su comadre. Vamos a recorrer las montañas dormidas de Marina, sus madres y mineros, sus “madonnas” con pómulos de piedra, sus curvas y sikuris, sus abstracciones soñadas en bloque tridimensional, sus cabezas y esfinges aymaras. Vamos a pasear por el jardín de esculturas salpicado con grandes tinajas de vino y pisco. Aprovecho a tomar más fotos, ahora al otro lado de la reja. Cada escultura es un parto, placer y dolor.

Algunas obras fueron traídas desde su casa paterna en Sopocachi (La Paz), donde levantara su primera casa-museo-fundación, presidida después por otro gigante, Gil Imaná. Aquellas montañas gigantes que susurraban al oído de Marina fueron llevadas a orillas del Pacífico para proteger a su hija Marina. Aquellos milagros de arquitectura y escultura (así veía al “Tata” Illimani) tutelaron desde la distancia su último hogar.

Entonces veo con mis propios ojos (y no los de Norma) la sacerdotisa inca de la película Wara Wara de José María Velasco Maidana (donde Marina actuó de ñusta). Me detengo ante el retrato de Chambi. Ahí siguen las tres amigas/cómplices: Marina, Nilda, Yolanda. Eternamente felices. Compinches, mirándose entre ellas. Hermosas.

Doña Rosita se agarra del brazo de la nostalgia y recuerda noches de tertulia en la casa. Llegamos al cuarto que más parece un altar que otra cosa. Una foto de Marina custodia el Espíritu de la nube; es una mujer (otra) reclinada como maja desnuda. Parece levitar, blanca, pura, elegante. Sensual. Marina nos observa desde la mirada en yeso de su autorretrato, desde la otra esquina. El tiempo parece retroceder. Dijo una vez la poeta chilena Gabriela Mistral, Nobel de Literatura en 1945, que Marina nació para rastrear lo escondido, salvándolo a la luz.

Doña Rosita también me habla de ella. Es una de las pioneras de la aviación en el Perú. “Quería ver las líneas de Nazca desde los cielos y por eso aprendí a volar”. Como los cóndores de piedra de su amiga Marina.

Subo las escaleras de madera hacia el estudio/taller. Ahí siguen las herramientas de trabajo de la artista, sus cinceles, sus martillos. Hay centenares de pequeñas esculturas. Un pájaro perdido choca contra una de las ventanas y se cuela en el taller. ¿Eres tú, Marina? ¿Has llegado de repente para que volvamos juntos a La Paz?

En los depósitos hay cientos de libros, documentos, miles de bocetos, cartas, obras de otras artistas mujeres (adelantadas a su época, inspiradoras siempre). Entre ellas, un paisaje y un dibujo/retrato del “Che” Guevara de una de sus mejores amigas peruanas, Julia Codesido.

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La historia de Marina — “la boliviana genial”, como la llamó Neruda— está todavía por contarse. La Fundación y la Biblioteca Nacional del Perú han firmado un convenio para catalogar y custodiar todo este valioso material bibliográfico. Entre los papeles uno puede bucear en la amistad de Marina con Henry Moore —su gran influencia—, con Marc Chagall. Y con Picasso, Brancusi, Gabriela Mistral, Neruda, Giacometti, Alberti, Diego Rivera, Le Corbusier y Guayasamín.

Las esculturas pueblan los jardines
Las esculturas pueblan los jardines

Por la casa —que resistió terremotos— camina con nosotros el “ajayu” de doña Primitiva Mitma. Ama de llaves, excelsa cocinera, verdadera cuidadora del lugar. Y de Marina y de su asma. El mal de la piedra se llama silicosis. Todos los que la trabajan sufren de esta enfermedad pulmonar (el sílice se cuela en los pulmones lenta e irremediablemente). Por eso Marina tuvo que bajar a Lima para buscar aire de mar. Por eso no pudo volver. Nunca.

Primitiva mantuvo la casa a flote durante más de medio siglo. Estuvo al mando cuando fue abandonada tras la muerte de Jorge Falcón en 2003 a sus 95 años. La higuera que plantara Marina y regara doña “Primi” en una de las esquinas sigue regalando higos. La trajo de su otra casa/taller, la que tuvo en Chaclacayo, a 20 kilómetros de la capital peruana. Traía a Lima zapallos, verduras, fruta y los ónix blancos y mármoles que escogía personalmente para luego trabajarlos con “mano blanda y mano dura” (como dijo el poeta andaluz Rafael Alberti).

En la casa que habitó hasta su muerte (en septiembre de 1995, a sus 86 años), Marina recordaba sus charlas con Albert Einstein y cómo su espíritu sereno/introvertido calmaba la ansiedad del genio. Pablo Ruiz Picasso incluso le llegó a decir: “siento a través de tu obra la fuerza, la belleza y el misterio de tu país, me gustaría mucho visitar tu tierra”.

Marina, sobria y austera; hermética y misteriosa, como tus esculturas. Eterna. Obrera poderosa. Acaricio tus telúricos basaltos, granitos bicolores y maderas —como siempre pedías— y me alejo de tu casa vaciada, llena de enigmas y secretos. Eres la “roca tierna”, como bien te describió el escritor estadounidense Waldo Frank.

Marina, levantaste tu paraíso lejos de tu tierra y lo llenaste de cóndores, de montañas recordadas, de sikuris, de retratos de Nicolasa, de titanes ignorados, de mujeres/madres, de raíces de tu alma; lo hiciste para matar nostalgias de tu patria, para conjurar añoranzas y calmar ese anhelo infinito de regreso.

Texto y fotos: Ricardo Bajo Herreras

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