Voces

Saturday 20 Aug 2022 | Actualizado a 01:43 AM

Desorden urbano

/ 13 de diciembre de 2017 / 03:59

La municipalidad de El Alto tiene registrados cerca de 300.000 bienes inmuebles, de los cuales unos 210.000 (el 70%) están mal numerados, ora porque el número que utilizan no es correlativo o simplemente porque no tienen ninguna referencia. A ello se suma que el 40% de las más de 46.500 vías que existen carecen de nombre; y en aquellas que sí los tienen muchos se repiten.  

Como es de suponer, este desorden constituye un “calvario” para quienes desean arribar a alguna vivienda, centro médico o negocio sin conocer el lugar.

Lo que incluye a la Policía y a los bomberos, cuya labor se ve seriamente entorpecida cuando reciben un llamado de auxilio. Por otra parte, además de complicar la correcta valoración de los impuestos municipales, este caos perjudica considerablemente la planificación a la hora de proveer servicios básicos como energía eléctrica, agua potable y alcantarillado.

Por todo ello, urge que el Gobierno Municipal de El Alto en particular y el resto de las alcaldías del país en general redoblen esfuerzos no solo para ordenar la numeración de las casas y el nombre de las vías y espacios públicos, sino también y sobre todo para comenzar a planificar su extensión bajo criterios de sostenibilidad y sustentabilidad, en coordinación con los municipios aledaños y las gobernaciones.

De lo contrario, si la improvisación sigue siendo la norma a la hora de definir los proyectos urbanos y rurales, la magnitud de los problemas que se avecinan (congestionamientos, inseguridad, loteamientos, polución, escasez de agua, deslizamientos, inundaciones, etc.) será incontenible. 

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‘Reductio ad absurdum’

/ 20 de agosto de 2022 / 01:29

El 12 de agosto pasado, el columnista Fernando Flores Zuleta publicó en LA RAZÓN sus impresiones respecto a que la búsqueda de reforma judicial por iniciativa ciudadana sería nada más que una excusa para “empoderar a ciertas clases políticas de tecnócratas de la burguesía en la administración de la Justicia” (sic).

Flores comete sin embargo una serie de errores y falacias lógicas en su razonamiento que es necesario señalar.

El primer error es el de dar el salto lógico de la afirmación del Grupo de Juristas Independientes de que el sistema judicial no sirve (verdad de perogrullo que hasta el propio Gobierno reconoce) a la afirmación de que en consecuencia su reforma implicaría empoderar a “grupos de derecha”. Esta es una falacia de tipo non sequitur, en la que no se entiende, ni se hace el menor esfuerzo por tratar de explicar cómo lo segundo es consecuencia de lo primero.

En el mismo párrafo, el columnista además confiesa que de lo que se trata, al menos para él, es de una lucha política por el dominio de los órganos del Estado, es decir, aboga por la posición peregrina de que la separación e independencia de los poderes públicos es algo malo, un invento “de la derecha neoliberal”. Si bien puede entenderse que, desde ciertas perspectivas ideológicas, la más importante de ellas la marxista y en especial su aplicación leninista, esta separación de poderes puede entenderse como una creatura de las revoluciones liberales burguesas emergentes de la Ilustración (es decir, más de dos siglos antes de que se invente si quiera el neoliberalismo), la alternativa que ofrece esa línea ideológica es la “dictadura del proletariado”, es decir, la muerte de la democracia como la conocemos. Este será posiblemente el escenario deseado para algunos bolivianos, pero dudo que lo sea para la mayoría, pero en todo caso, ese sí sería un cambio mayúsculo a la Constitución, que requeriría una Asamblea Constituyente nueva, pues requeriría la modificación del artículo 12 al menos.

Juzgará asimismo el autor si esto proviene de una “campaña de descrédito a la administración de Justicia”, lo cual raya en la paranoia. Cualquier persona que haya tenido la mala suerte de pisar un tribunal boliviano sabe que la administración de justicia se desacredita sola a diario. Esta afirmación requiere por tanto de evidencia, algo que demuestre que, en realidad, el sistema funciona adecuadamente y que los medios publican libelos difamatorios. Invito al autor de la columna referida a que ofrezca tales evidencias y haga la denuncia como corresponde.

La siguiente falacia en la que incurre Flores tiene que ver con una afirmación de tipo ad hominem, por la que se busca atacar no a los argumentos de la parte opuesta, sino a las personas que los promueven. Así, ataca a José Antonio Rivera, que cualquier abogado de medio pelo reconocerá es una verdadera eminencia del Derecho, pero además con una acusación que encuentro jocosa: lo acusa de “copiarse” de Juan del Granado, por cierto responsable del único juicio de responsabilidades exitoso de la historia boliviana, cuando Del Granado forma parte del Grupo de Juristas y la propuesta se hizo en conjunto, ¡por lo cual es pues lógico que repliquen la misma propuesta!

Y aquí es donde Flores comete la peor falacia de todas las identificadas: Asume que la independencia de los jueces y magistrados, la asignación de mejor presupuesto, la devolución de atribuciones importantes al Consejo de la Magistratura, la revalorización de la justicia indígena originaria campesina y el establecimiento de jueces de paz vecinales se reducen solamente a la selección de magistrados, tras el fracaso ciertamente estrepitoso del sistema de elección directa establecido en 2009. Esta es una falacia de tipo reductio ad absurdum, conocido también como falacia del hombre de paja, por lo cual se busca simplificar el argumento del oponente hasta su expresión más cuestionable, e intentar hacer creer al lector que la totalidad del argumento opuesto es por tanto absurda. Por cierto, no lo es, de cualquier manera: la necesidad de tener un proceso de selección y nombramiento de jueces que impida los niveles de interferencia político-partidaria y devuelva la confianza ciudadana en el sistema es de vital importancia para la supervivencia de nuestra democracia.

En todo caso, celebro que se pida una contrapropuesta “desde el ámbito popular y de clase”, sería muy interesante leerla y analizarla. Por el momento, me quedo con la única propuesta viable que hay.

Sergio Medina es abogado.

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Taiwán: una ambigüedad estratégica peligrosa

/ 20 de agosto de 2022 / 01:25

Todo comenzó cuando Mao Tse Tung culminó su larga marcha (1935) haciéndose del poder en la China continental, fundando la República Popular en 1949 y empujando al generalísimo Chiang Kai-shek kan, su rival nacionalista, a exiliarse en la cercana isla de Taiwán, escoltado por sus menguadas tropas. Era la época de la guerra fría que, trasladada a los estrados de las Naciones Unidas, reconoció al gobierno en el exilio como legítimo en detrimento del régimen comunista instaurado en Pekín (Beijing).

Esa abusiva medida persistió hasta que, en 1972, el brillante Henry Kissinger planificó el encuentro del presidente Richard Nixon con el gran timonel chino, acordado en arduas discusiones con el elegante canciller Chou En-lai. Entre los puntos no negociables estaba el reconocimiento de una sola China, implicando la exclusión de Taiwán de todos los órganos de la ONU, incluyendo el Consejo de Seguridad donde la representación maoísta se instaló como miembro permanente con derecho a veto. No fue fácil relegar al ostracismo a la ínsula que bajo la presión de Beijing fue aislada de la diplomacia mundial conservando ahora relaciones únicamente con 14 países (frente a 181 que reconocen a Beijing). Sin embargo, la persistencia de su cancillería logró mantener oficinas comerciales en varios Estados, fortalecer su industria tecnológica y expandir grandemente sus exportaciones. Estos esfuerzos estuvieron desde siempre aupados bajo el paraguas americano, que a falta de embajador acreditado recibió inicialmente a Soong Mailing, la bella y talentosa esposa del generalísimo que incluso pernoctaba en la Casa Blanca, forjando íntima amistad con la primera dama de turno.

En el modus vivendi concluido entre Washington y Beijing, en lo que se apodó “ambigüedad estratégica”, figura hasta hoy la garantía de protección militar para la autonomía de la isla, situación que el régimen maoísta tolera, confiando en incorporar Taiwán a su dominio por medios pacíficos que, podría ser: un país, dos sistemas.

Con estos antecedentes se entenderá mejor la irritación de Beijing por la visita a Taipéi de Nancy Pelosi, presidenta del Congreso, en momentos tan delicados del acontecer internacional. Se comprenderá también que los generales americanos y el propio Joe Biden se opusieran al viaje, porque se corría el riesgo que, ofendidos, los chinos dejaran su discreta neutralidad en el caso ucraniano y empezaran a brindar apoyo económico, logístico y militar a Rusia, rompiendo ese equilibrio ardorosamente obtenido por la diplomacia americana.

La advertencia china, contraria a ese inopinado viaje y otros en ciernes, se cumplió de inmediato, con un bloqueo inicial aéreo y marítimo de la isla, aparte de sanciones comerciales que afectan los fluidos vínculos económicos que existen entre las partes.

Se dice que dentro los elementos sensibles que afectarían al mercado mundial estaría la exportación de chips de semiconductores de sofisticado acabado, que en un 64% produce la multinacional taiwanesa TSMC ( frente a 20% de Corea del Sur), y que sin ellos la industria electrónica en el mundo se vería altamente perjudicada.

Aunque los expertos aseguran que no creen que Beijing llegue a invadir Taiwán en un futuro cercano, el deterioro de las relaciones con Washington solo sirve supremamente a los intereses de Moscú en su pleito con Ucrania y, en general, a alentar la nueva configuración geopolítica del planeta.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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¿Está secuestrada Santa Cruz?

/ 20 de agosto de 2022 / 01:21

No me sentiría autorizado a escribir esta crónica, de no haber estado el 8 y 9 de agosto en el séptimo anillo y avenida Moscú de Santa Cruz, observando perplejo cómo transcurría el debilitado “paro por el Censo” y desde ahí, escuchando azorado las mandonas voces de los cívicos, y del otro lado, moderadas y temerosas declaraciones de representantes de otras instituciones. Unos hablando como propietarios y los otros, como inquilinos. Los primeros como dueños de la hacienda y los otros casi, casi como la servidumbre que solo tiene que poner su trabajo sin elevar mucho el tono de su voz.

Lo que observé en las calles y en los medios de comunicación dominantes en esos días, deja la triste sensación de que muchos cruceños están secuestrados en esta prometedora tierra.

¿Secuestro?, ¿rapto? Tal vez el concepto es exagerado, pero ocurre que en Santa Cruz, cuando todo discurre con normalidad, se viven sensaciones muy positivas por el dinamismo de esa urbe y la alta laboriosidad de la gente, pero en días de paros o eventos político-electorales se respira una atmósfera enrarecida con sentimientos verdaderamente desoladores por la actitud temerosa de amplios sectores social-populares que no la tienen nada fácil a la hora de intentar hacer respetar su voz en los medios y en las calles. La debilidad para hablar termina socavando la dignidad de la Santa Cruz que está fuera del tercer anillo y el riesgo es grande porque esa debilidad está pasando de generación en generación.

Es como para decir: “Oiga pariente, hable pues fuerte? ¿Por qué se queda callado como opa? ¿Acaso se comió su lengua? ¿Usted aceptará que haya cruceños de primera y segunda?

La trampa radica en que los cruceños más blanconcitos saben que pueden mantener ciertos privilegios pregonando y repitiendo que “defienden los intereses de Santa Cruz” y quitando a los otros “no tan dueños” de la región ese discurso, pese a que estos últimos “igualingo” tienen que trabajar de sol a sol para tener algo.

La atmósfera de privilegios y derechos menores también está debilitando aún más el tejido social de la gran Santa Cruz, impidiendo mayores encuentros para avanzar al desarrollo humano, social y cultural del departamento.

Alguien dijo: “Cuando una situación de encierro se da por mucho tiempo, uno ni siquiera ya puede ver las rejas que tiene por delante”. Eso lo digo solo como advertencia y preocupación, por si acaso sirva para algo.

Gróver Cardozo es periodista y abogado.

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¿Una Rusia sin Putin?

/ 20 de agosto de 2022 / 01:18

¿Qué es más fácil de imaginar, que Vladimir Putin declare de pronto el fin de la guerra a Ucrania y retire sus tropas, o que una Rusia sin Putin revise sus políticas, termine la guerra y empiece a construir relaciones con Ucrania y Occidente sobre una nueva base pacífica?

Es una pregunta difícil de responder. La guerra en Ucrania es, hasta cierto punto, fruto de la obsesión personal de Putin, y no es muy probable que acceda voluntariamente a ponerle fin. Lo cual nos deja con la otra posibilidad: Rusia sin Putin, y donde todas las esperanzas de una Rusia pacífica pasan por un cambio de poder en el país.

Eso también parece bastante improbable. Tras seis meses de guerra, no parece que el poder de Putin sea menos sólido que en tiempos de paz. Sus índices de aprobación son altos, y no tiene ni un solo opositor en Rusia cuya voz se pueda oír. Durante años, los críticos dentro y fuera de Rusia han recurrido sobre todo a un tema para impulsar la oposición contra Putin: la corrupción. Por un tiempo ese enfoque logró algunos avances. Sin embargo, la corrupción es el pegamento que mantiene unido el sistema, no el catalizador para derribarlo.

La guerra tenía el potencial de alterar radicalmente este cálculo. La clase dirigente, que debe la adquisición de su riqueza a su posición en el poder, se las está viendo ahora con una nueva realidad: sus propiedades en Occidente han sido o bien confiscadas o bien sometidas a sanciones: se acabaron los yates y las villas, y no hay lugar al que escapar. Para muchos funcionarios y oligarcas cercanos al Gobierno, esto significa el derrumbe de todos sus planes vitales y, en principio, cabe suponer que no hay ni un solo grupo social en Rusia más descontento con la guerra que los cleptócratas de Putin.

Pero hay un inconveniente: intercambiaron sus derechos como actores políticos por esos mismos yates y villas. La intriga fundamental de la política rusa está vinculada a ese hecho. La aventura militar de Putin ha tenido un devastador efecto en la vida del poder establecido, en el que siempre se ha apoyado. Pero las élites, impedidas por su dependencia del poder para mantener su riqueza y su seguridad, no se ven en condiciones de decirle no a Putin. Eso no significa que su descontento no salga a la luz. Sin embargo, sin un peso político que las respalde, esas opiniones no merecen interés para Putin, ni entrañan ningún peligro para él.

Es cierto que de las guerras suele salir una nueva élite entre los oficiales y generales, que podría amenazar el gobierno del presidente. Pero esto no está pasando todavía en Rusia, posiblemente porque Putin está intentando impedir que sus generales adquieran demasiada fama. Los nombres de las personas que están al mando de las tropas rusas en Ucrania se mantuvieron en secreto hasta finales de junio, y la propaganda sobre los “héroes” de guerra prefiere publicar reportajes sobre los que han perdido la vida y ya no pueden manifestar ambiciones políticas. En cualquier caso, Putin se ha rodeado de su personal de seguridad predilecto, cuya lealtad hacia él está fuera de toda duda.

Dada esta situación, los funcionarios de Rusia no pueden hacer mucho más que esperar. Podrían intentar realizar por su cuenta alguna maniobra discreta, que incluyera negociar al margen con Occidente, pero, hasta ahora, no hay indicios de que haya corredores humanitarios para las élites rusas.

En el ámbito popular, las cosas no son mejores. Las prometedoras manifestaciones iniciales contra la guerra han sido completamente sofocadas por la amenaza del encarcelamiento. Las declaraciones públicas críticas, y más aún los mítines o las manifestaciones de protesta, son ahora imposibles. El régimen, ejerciendo la represión, tiene la situación interna bajo absoluto control.

El factor que sí amenaza gravemente la fuerza de Putin hoy es el ejército ucraniano. La única posibilidad de producir un cambio en la situación política de Rusia son las pérdidas en el frente, como bien atestigua la historia rusa. Sin embargo, a pesar de todo el daño causado hasta ahora, ese giro de los acontecimientos parece muy lejano. Por ahora y en el corto plazo, es Putin —y el miedo de que sin él las cosas irían peor— quien gobierna Rusia.

Oleg Kashin es columnista de The New York Times.

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Hijos competitivos

Columnista de The New York Times.

/ 19 de agosto de 2022 / 01:45

Mi cliché de mamá más repetido es “No todo es una competencia”. Lo digo al menos una vez al día, cuando mis hijas hacen algo como jugar carreritas en la acera, empujándose entre sí. Mi esposo prefiere la expresión más poética: “La comparación es el ladrón de la alegría”.

Mis dos hijas hacen caso omiso de esas advertencias. Mi hija mayor contesta: “Todo es una competencia”. Suele aturdirme con preguntas y observaciones que me hacen ver que la competencia la motiva a nivel personal y que tiene sus propias ideas sobre su valor intrínseco. Que nuestras máximas filosóficas no causen ningún efecto en mis hijas me hace querer buscar un poco de perspectiva. Primero, para ver cómo los impulsos competitivos se forman en los niños y luego para preguntarme: cuando repito aquella frase, ¿qué es lo que realmente busco enseñarles?

Hay una rama de la psicología llamada psicología evolutiva del desarrollo que surge del trabajo de Charles Darwin y, según esa rama, explica Sally Hunter, profesora clínica asociada de Estudios sobre la Infancia y la Familia en la Universidad de Tennessee, Knoxville, la competitividad podría tener orígenes evolutivos. En el pasado, en situaciones de escasez de recursos, los hermanos competían por mantenerse con vida, “compitiendo con hostilidad por la supervivencia”, como dice Hunter. Esto hace eco de algo que he mencionado con anterioridad, que, de acuerdo con investigaciones históricas, “hace cientos de años, cuando la mortalidad infantil era mucho más alta, los niños menores de cinco años con hermanos de edad cercana tenían muchas más probabilidades de morir”.

Ahora, mis hijas no compiten entre sí en una lucha de suma cero por la supervivencia, aunque mi hija menor, de seis años, parece ser más competitiva cada mes que pasa. Tal vez sea una cuestión de crecimiento. Al igual que ocurre con muchos rasgos, es muy difícil determinar qué tanto de la competitividad es de naturaleza y qué tanto de crianza; la literatura, por lo que he podido evaluar, es muy variada. En particular, cuando se trata de la competencia académica entre los niños, “este campo de investigación es realmente difícil, porque no hay experimentos naturales”, afirmó Hilary Levey Friedman, profesora adjunta de Educación en la Universidad de Brown.

Pero, según Friedman, los niños son perceptivos y, para cuando llegan a primaria, “son muy buenos para discernir quién es el más rápido, quién es el más listo, quién es el mejor cantante”, ya sea que se les recompense o no por esas competencias con calificaciones o premios.

Esto me parece obvio —y ya lo es para mi hija mayor—, lo que me lleva a preguntarme por qué me opongo a su competitividad. Después de meditarlo, llegué a la conclusión de que suelo decirles a mis hijas que las cosas no son una competencia porque tienen una actitud odiosa y eso parece ser la clave. Quiero que mis hijas sean las mejores en cualquier cosa que les interese, pero no quiero que sean, bueno, unas pesadas al respecto. Quiero que logren sus objetivos, pero no quiero que tengan la noción de que la manera de hacerlo es aplastando a los demás en su camino a la cima.

Así que le marqué a Melinda Wenner Moyer, una colaboradora frecuente de The New York Times y la autora de un libro sobre estrategias de crianza con un título sardónico, porque ese parecía ser mi objetivo final: animar a mis hijas a competir de forma sana y constructiva. Ella estaba de acuerdo con Friedman, que decía que el hecho de que los niños quieran competir y ganar no es algo necesariamente malo; solo tiene sus bemoles cuando no saben soportar la derrota.

Moyer puso el ejemplo de un niño que pierde una carrera: “Si pierdo esta carrera, ¿significa que no soy rápido? ¿Es una amenaza para mi reputación o mi identidad?”. Si los niños empiezan a sentirse así, es posible que les resulte intolerable perder y que estallen cuando suceda. Moyer dice que una forma de contrarrestar esto es replantear el perder como algo valioso, porque pueden enseñarnos hacia dónde dirigir nuestra energía para mejorar. También es buena idea animar a los hijos a que sientan empatía por sus oponentes y a que tengan deportividad.

Como mis hijas ya son inmunes a mis cantaletas de sabiduría convencional, me imagino que, aunque no les diga una y otra vez que se porten bien, si optan por ser malas perdedoras, a la larga la justicia del recreo prevalecerá y esa justicia sigue siendo la misma que en mi época: los otros niños no van a querer jugar con ellas. Que mi hija vaya a creer realmente que todo es una competencia es algo que tendrá que averiguar por sí misma y sospecho que será un proyecto para toda la vida.

Jessica Grose es columnista de The New York Times.

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