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sábado 22 ene 2022 | Actualizado a 16:11

Oscar 2018: apuestas y deseos

Como en La Paz hemos podido ver fugazmente la mayoría de las películas candidatas, van mis apuestas y deseos.

/ 28 de febrero de 2018 / 04:00

Los tres primeros meses del año son el parque de atracciones para los amantes del buen cine. “Gracias” a la academia de Hollywood, podemos disfrutar películas que no vemos el resto del año, cuando la cartelera es monopolizada por lo peor del cine comercial, repartido entre explosiones, superhéroes y terror. Incluso podemos toparnos en una sala oscura con un filme subtitulado hablado en inglés, italiano y alemán sobre una relación homosexual romántica y erótica entre un joven y un guapo señor, sobre la pasión del primer amor (Call me by your name, del siciliano

Luca Guadagnino, la joya escondida del año). Este domingo se celebra la globalizada gala donde se anunciarán los ganadores. Y como en los cines de La Paz, Cochabamba y Santa Cruz hemos podido ver fugazmente la mayoría de las películas candidatas a los premios más importantes, van mis apuestas y deseos.

Mejor película: son nueve las nominadas y en nuestros cines se han podido ver siete. Espero que estrenen Lady bird, de la neozelandesa Greta Gerwig, la única dirigida por una mujer. Mi apuesta es que ganará La forma del agua, del mexicano Guillermo del Toro. ¿Por qué? Llega como la gran favorita, tiene 13 nominaciones y es una fábula fantástica y romántica anti-Trump, con homenaje al cine musical y la edad de oro de Hollywood. Será una bofetada a las medidas racistas, fascistas y misóginas de la Casa Blanca. Y el Presidente no se aguantará y tuiteará la noche del domingo contra los “izquierdosos” del séptimo arte. El amor, como el agua, no tiene forma; el odio sí. Mi deseo es que gane su gran rival: Tres avisos por un crimen (Three billboards outside Ebbing, Missouri) del dramaturgo londinense con raíces irlandesas Martin McDonagh. Otra fábula, pero esta vez negra, cruel, vengativa, sin redención, pero esperanzadora.

Mejor director: son cinco los nominados y no está McDonagh. Mi apuesta es que ganará el cuatecito del Toro. Triunfó en Venecia y ya tiene en su poder el premio del sindicato de directores. Apuesta segura. Mi deseo se llama Paul Thomas Anderson (El hilo fantasma), quien factura una película clásica en corte de romance enfermizo y tóxico. No me enojo si gana Christopher Nolan por la épica Dunkerque. Una sala de cine para cinéfilos programaría en sesión doble (nostalgia pura) esta película junto con Darkest hour (Las horas más oscuras), pues sus argumentos se complementan. Pura quimera.

Mejor actor: mi apuesta es otro fijo de la noche. Gary Oldman consigue reencarnar a un Churchill perfecto. Kilos de maquillaje, un acento inglés de “sir”, una composición actoral sublime. Mi deseo es que triunfe Daniel Day-Lewis, va por su cuarto Oscar y podría ser el último, pues ha anunciado su retiro (a punto de cumplir 61 años). Desde que lo vi en 1993 corriendo delante del RUC y el Ejército británico por las calles y tejados de West Belfast (In the name of father) es uno de mis actores favoritos.

Mejor actriz: mi apuesta es la señora Meryl Streep, quien ha roto todos los récords. Ha logrado su nominación número 21 por The post (de Steven Spielberg), de obligada visión en cine oscuro para todos los periodistas del mundo. Doña Meryl es siempre la mejor de todas. Lleva tres Oscar y 168 premios internacionales. Ha estado en el ojo del huracán por su amistad con el depredador sexual Harry Weinstein. Pero mi deseo es que gane Frances McDormand por su papel de antiheroína salvaje en ese gran western llamado Three billboards outside Ebbing, Missouri. ¿Quién no la ama desde Fargo?

Post-scriptum: aprovecho el tema y el espacio para agradecer a los señores del Multicine (a su propietario, ingeniero Roberto Nelkenbaum Szechter, y a su jefe de programación, Eduardo Calla) el constante abuso que sufrimos los asiduos: cambios de programación de un día para otro sin avisar; encendido de todas las luces de las salas cuando la película no ha terminado aún (ésta lo hace cuando acaba de pasar el último crédito); maltrato de los compañeros de la limpieza que entran en las salas charlando cuando la película no ha finalizado todavía; marginación de los filmes en versión original a horarios tan “cómodos” como mediodía o medianoche…

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Hugo Montero, acusado de locura

La locura sazonó su poesía, pero fue ésta en definitiva la que lo liberó, la que lo salvó.

/ 26 de septiembre de 2018 / 05:31

Aquí va el poema / que un día entre sonrisas / me dijiste que un relance / le roba el tiempo avaro / un retazo de dicha / trocado en madrigal / Panacea. / Pasó el tiempo… / ¿Escribir es acaso resucitar?”. (Panacea, 2001).

Hugo Montero Añez, acusado de locura, vivió 65 años en el Instituto Psiquiátrico Nacional Gregorio Pacheco de Sucre. Allí llegó una tarde de junio de 1951, después de un extraño suceso. Tenía 20 años apenas. Cuando era un prometedor estudiante de Derecho, una mañana apareció debajo del escritorio de su oficina del Colegio Militar de Aviación y fue internado en el hospital cruceño San Juan de Dios. Ese día su cerebro hizo “click”. Temía acabar en el “Pacheco”; los presentimientos son a veces augurios funestos.

Dicho y hecho: fue llevado a la capital y el manicomio fue su hogar durante más de medio siglo. Diagnóstico: esquizofrenia paranoide, desestructuración de la personalidad. Tratamiento: inyecciones de insulina y electroplexia (electroshocks convulsivos en la sien). “Excitación nerviosa, con esos bromuros se / calmará seguro. / Qué ridículo, doctor, es tu diagnóstico, que me / hace sonreír. / Más tu ciencia tendría que hacer milagros para / curar mi mal. / Mal de los muertos. (Consulta médica, 2004).

Fue dado de alta del “Pacheco” varias veces y siempre regresó, a veces en estado anémico y catatónico. También protagonizó varias fugas (pedía que se libere a los internos de todos los manicomios del mundo). Juraba y perjuraba que él no debía estar ahí. Y es que Montero era capaz de recitar de memoria largos poemas, suyos y ajenos. Era hincha de Rubén Darío, el nicaragüense precursor del romanticismo junto al maestro boliviano Ricardo Jaimes Freyre. Podía recordar fechas y acontecimientos con exactitud, improvisaba versos y regalaba sus dibujos a los visitantes del psiquiátrico. Era una mente brillante, uno de los rasgos de la esquizofrenia. En las primeras décadas, don Hugo recibía la visita de su hermana mayor. Después, el olvido.

Hugo Montero era poeta, el único, quizá, que era loco por decisión propia. “No hay que difamar a la locura, es una virtud, es una fiesta”, decía mientras recitaba, de memoria, Elogio de la locura, el ensayo de Erasmo de Roterdam (1511). Esa locura sazonó su poesía, pero fue ésta en definitiva la que lo liberó, la que lo salvó.

“En esta noche negra y fría / escucho sonar una banda que está muy cercana, / y esa música me trae tu recuerdo. / Me parece que esa música es del mar, / del mar negro que ha sido nuestro amor, / mar negro, siempre negro, / porque en su cielo nunca brilla la esperanza. / Sin embargo, te quiero eternamente / aunque un mar negro sea nuestro amor, / aunque mi corazón se ahogue en el recuerdo / como se agita el mar en la marea. / Y pienso que si tú escucharas el acento de esta / música / sin que tú quisieras movería tu corazón al huracán.” (Mar negro).  

Hugo Montero salió del “Pacheco” en 2004 para presentar su (inencontrable) primera antología poética Penumbras, de la editorial Ajayu. Su editor paceño, apodado Myguel Angel (González), había dictado un taller de literatura en el manicomio; allí conoció al poeta y se convirtió en su mecenas particular. Con el paso de los años, todos los cuadernos manuscritos (con más de 200 poemas) van a desaparecer. Dicen las malas lenguas que un día, “don Huguito”, como le decían en el “Pacheco” las doctoras, entregó toda su obra a Myguel Angel, de quien nada se sabe.

En 2010, Omar Alarcón inició su internado de Psicología en el “Pacheco” y conoció a Montero. Pasó los siguientes siete años filmándolo. Resultado: un documental austero con cámara invisible llamado Mar Negro, de reciente estreno en el último Festival de Cine Radical de La Paz. Hace un año, la obra del poeta resurgió con el libro Panacea (editorial Pasanaku, 2017), que tiene el mérito de incluir versiones aprobadas, ahora sí, por el autor.

Murió en el “Pacheco” el 9 de mayo de 2016, después de una larga enfermedad. Había cumplido 85 años. Su obra es una reivindicación del loco y una panacea de lucidez en contra el encierro; un acercamiento íntimo y emotivo al genio y figura de Hugo Montero Añez, poeta, acusado de locura.

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Un frío que quema

Inédito en nuestro cine, por su forma y atrevimiento, el documental arranca con el entierro del militar.

/ 12 de septiembre de 2018 / 06:28

Algo quema es una película insólita; y valiente. La familia Ovando exorciza sus demonios particulares, saca del ático a sus viejos fantasmas; revela y calla todos los secretos, muchas culpas, algunas vergüenzas. Mauricio Alfredo Ovando, el nieto del general, se desnuda y conjura pecados (ajenos). Inédito en nuestro cine (boliviano y latinoamericano) por forma y atrevimiento, el documental arranca con el entierro del militar (y su gorra sobre el féretro), cuatro veces presidente. Y termina con una confesión religiosa a la luz de la cerilla, entre sollozos, del mismísimo director (única aparición de la voz en off): “Familia, acepto al abuelo cariñoso, acepto al abuelo asesino, gracias por compartir”.

Algo quema es un documental de autor con tríada dialéctica hegeliana. En la tesis vemos a un abuelito tierno, a un padre encantador, a un militar impecable, a un hombre que pospone todo ante sus tres amores: Dios, familia y patria. Vemos a don Alfredo Ovando Candia como hincha de su querido Mariscal Santa Cruz (el único equipo boliviano en conquistar un título internacional, en 1970) en un match contra Wilstermann en el viejo Capriles de Cochabamba; vemos al militar pilotando un yate en el lago Titicaca; lo vemos comiendo naranjitas; y vemos también pancartas que dicen: “Bolivia está feliz con el general”.  

En la tesis, escuchamos a sus familiares hablando mil maravillas del abuelo, del padre. Dicen que aborrecía la violencia (y la política). Es la banalidad del mal que alguna vez acuñara Hannah Arendt en su libro Eichmann en Jerusalén. Es la historia de una familia, es la historia del país.

En el segundo momento, en la antítesis, observamos a los mineros gritando: “Bolivia libre sí; colonia yanqui no; viva la lucha armada; viva el Che”. Escuchamos versiones sobre la rivalidad Barrientos-Ovando, destino de siameses. Presenciamos cómo el general tumba a dos presidentes (Víctor Paz y Siles Zuazo). Oímos testimonios sobre el terrorismo de Estado y nos estremecen aún palabras con destino final en Teoponte: “ni heridos ni prisioneros”. Presenciamos, de pasadita, la nacionalización de la Gulf Oil, la segunda en la historia de Bolivia. Y después, el exilio.

En la síntesis vemos una fotografía que se quema, y al director conmovido hasta las lágrimas en una confesión brutal de tres minutos: “No vamos a seguir guardando secretos, no vamos a seguir cargando un peso que desde adentro nos oprime, no podemos seguir negando la masacre de San Juan, ¿qué versión del abuelo le vamos a contar a su bisnieto Ernesto?”. Silencio, fundido en negro.

Algo quema no es un documental histórico ni quiere serlo. Es la reconstitución de una memoria particular con recursos cinematográficos de gran originalidad. Es el ensamble bien logrado entre imágenes de archivos (incluidas las de la Cinemateca), fragmentos visuales de la vida familiar y corazas personales de una familia con leyenda negra, cargada en las espaldas, en silencio, sin fundir.

Algo quema es un filme ascético y molesto, es una ópera prima que incomoda a su director, a sus protagonistas, al público. Es un “striptease” que dispara contra la amnesia colectiva (la metáfora de la abuela, negando casi todo, es cruel pero necesaria). Es un interrogatorio sin respuestas; quizás éstas se encuentran en un fuera de campo donde todo ocurre. Es otro desencanto (como la película de Jaime Chávarri sobre los Panero en España).

¿Qué es lo que quema a la familia Ovando? ¿Terminar con el dolor y cerrar la herida abierta, después de tantos años? ¿Qué es lo que se quiere demoler? La casa del general, en la avenida 20 de Octubre, entre Campos y Pinilla, está ahora en venta. Es la última metáfora. Nadie quiere vivir ahí, dentro hay muchos recuerdos, amores y pesadillas. En esa casona familiar, la nieta siente frío, más allá de los inviernos paceños. Es un frío perpetuo que quema (un oxímoron, como toda la película). Es necesario que corra el aire para ventilar, es vital este documental de Mauricio Alfredo Ovando, el nieto, para hacer este collage de un cuadro familiar/nacional que ha perdido demasiadas piezas. Era necesaria una catarsis insólita, una limpia valiente.

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El método Grönholm

/ 29 de agosto de 2018 / 04:00

Introducción: el método de Grönholm es una forma —impiadosa— de selección de personal de las grandes empresas. Son los efectos colaterales del capitalismo. Es la ley del más fuerte. Se trata de contratar a hijos de puta que pueden parecer buenas personas (y no al revés). El método de Grönholm es una obra de teatro estrenada en catalán (el dramaturgo se llama Jordi Galcerán) y luego adaptada a otros idiomas con éxito apabullante gracias a su humor hilarante (y negro y crítico y ácido). El método es la película (dramón) que hizo el director argentino Marcelo Piñeyro (Tango feroz, Plata quemada, Caballos salvajes) a partir de la citada comedia. Hasta aquí la información y el contexto.

Nudo: El método Grönholm, la puesta dirigida por Álvaro Manzano, arranca como la obra original (comedia de enredo) y termina como la película (drama con suspenso). Empieza con Javicho Soria (quizás el representante más célebre de nuestra incipiente escena de “stand up”) levantando risas de su hinchada (no habitual del teatro), y acaba con un forzado y desprolijo duelo actoral entre Winner Zeballos y Natalia Peña, con un preámbulo sobre políticos corruptos, cambios de sexo, madres muertas y cosas peores.

La puesta en escena, también responsabilidad de Manzano, coloca a los espectadores alrededor del elenco (Mauricio Toledo completa el cuarteto) con la intención de hacer al público partícipe de la trama, pues el “respetable” (nosotros y nosotras) presumiblemente debe ser parte del jurado encargado de seleccionar a quien gana el puesto laboral. Digo presumiblemente, ya que nada de esto ocurre. La audiencia (que come pizza y bebe vino del Teatro Nuna mientras suena el inevitable celular de la señora) jamás se convierte en espía de la empresa que examina. El buen recurso escenográfico se precipita al vacío junto con la obra, a medida que la buena idea original se apaga a la par de las risas y el entusiasmo.

Los tres actores y la actriz no dan la más mínima muestra de saber y estar. Sufren de pánico escénico; apenas son marionetas sin carne ni hueso. No juegan (con la platea circular) ni gozan, ni son dirigidos (alimentar egos no es dirigir). En especial, Soria, quien una vez terminadas sus líneas graciosas queda más perdido que Bambi en una fiesta de leones. Perdón por el mal chiste. Juro que hay un par de “cuentos” buenos en la puesta.

Desenlace: “La cosa tiene su intríngulis”, es la primera frase de la obra. ¿Cuál de aquellos cuatro es el que se hace pasar por postulante a la pega cuando en realidad forma parte de la transnacional china? ¿Quién miente? ¿Quién es el impostor? “El método” de Jordi Galcerán es una parodia cruel e hilarante que engancha con ritmo, carcajada tras carcajada, hasta la mandíbula final, que atrapa de inicio a fin, sin tiempo para tomar aliento. “El método” de Álvaro Manzano se pierde, destroza un buen texto con una adaptación “buenista” y políticamente correcta. El “intríngulis” le queda grande, no consigue gambetearlo. No supera la prueba.

Y final: hacer humor debe ser la cosa más difícil sobre las tablas. Entretener y hacer reír es un asunto muy serio en el teatro. Meter de contrabando un “mensaje” contra las apariencias (importa lo que aparentamos ser, no lo qué somos ni cómo somos) ya es tarea de titanes y genios.

La falta de buenos textos originales y nacionales nos lleva a adaptar a nuestro contexto obras dramaturgias foráneas de éxito contrastado. Pero para esto se necesita también habilidad, y un director, y una escenografía que sume, y un elenco que haga teatro. Nada de esto aparece, ni por asomo, en la propuesta de Manzano. Ni siquiera el final sorpresa logra recuperar una obra que se cae y se cae solita, huérfana de madre y víctima de mentiras (no las ficciones, sino las falsedades en escena que a los propios actores les cuesta creer). El resultado no es una mala obra, es una mala adaptación. No se trata de contar con un director de teatro buena persona que parezca hijo de puta, sino de tener un director hijo de puta que parezca buena persona. Ese es el método.

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El Mundial, más que una vacación

Algunos olvidan que el deporte de la pelotita encuerada es la última tribu que nos queda.

/ 6 de junio de 2018 / 04:00

Cuando el Mundial de Sudáfrica arrancó en 2010, el escritor uruguayo colocó un cartel disuasorio en su casa: cerrado por fútbol. Y es que la Copa del Mundo es como una vacación, o mejor. Los mundiales, como las canchas y los estadios, existen para que la gente se dé vacaciones de sí misma, para vivir en otros lugares, para ser habitados por goles y formaciones titulares, para imaginarnos en otro lado.

A partir del próximo jueves, millones de personas en todo el mundo estarán, estaremos, pendientes de 11 tipos de un país con el mismo color en sus camisetas contra otros 11 que patean en sentido contrario. ¿Exageramos? Seguramente. Lo que olvidan algunos es que el deporte de la pelotita encuerada es la última tribu que nos queda. Sentirse parte es algo fuerte, estar aliado al otro desconocido con el mismo escudo y los mismos colores hace del fútbol algo grande.

Durante los 30 días que se vienen, la vida se parecerá al fútbol, y no al revés. Durante estas “vacaciones” las guerras, algunas, se detendrán; los bombardeos, algunos, cesarán; las huelgas, hasta las últimas consecuencias, se postergarán; y los paros nacionales, hasta que caiga el tirano, se dejarán para julio o agosto. No es un logro para desdeñar. Dice Calvino, Ítalo, que el fútbol es una identidad leve, una “excusa” que nos da sensación de pertenencia. No es un logro menor.

Y es que las copas del mundo tienen un no sé qué, que incluso a aquellos que el resto del año se cagan en el fútbol se los puede ver durante el Mundial pegados a la tele en sus casas, en sus laburos, en sus boliches. Y no me digan que el Mundial no sirve para aprender, incluso aquellos que el resto de su vida se cagan en la geografía este mes averiguarán algo de Islandia, como aquel relator deportivo de tele que supo por fin que el gentilicio de Polonia no era “polonés”.

Solo ocho países de 200 han ganado alguna vez el Mundial (cinco europeos y tres sudamericanos). ¿No se han preguntado qué se necesita para levantar la copa? Dicen algunos que hay que tener suerte. Nos olvidamos muy a menudo que el factor azar cuenta, y mucho. Una pelotita pega en el palo y entra: el jugador equis y el entrenador zeta son genios. Otra pelotita pega en otro palo y no besa la red: son todos negros, son todos putos. La suerte es uno de los elementos indiscutibles del juego y a ratos pareciera que desaparece, y casi siempre hallamos al responsable del azar en el entrenador de turno, cabeza de turco.

Dicen algunos que para ganar un Mundial, aparte de la diosa fortuna, hay que tener “sufrimiento histórico”. Por eso, Holanda llegó a dos finales y las perdió. Sus jugadores, anaranjados y mecánicos, fumaban puchos en los descansos, tenían sexo en los hoteles de concentración y parecían felices y relajados. No sufrían, ni sufrieron. Por eso, Holanda no está ni siquiera en este Mundial ruso. Por eso, Brasil, la gran favorita, no levantará la copa por sexta vez: no han sufrido en las eliminatorias.

Dice el mexicano Villoro que el fútbol vale la pena, entre otras cosas, porque Estados Unidos es un eterno principiante, tan novato que en este Mundial de Rusia ni siquiera está. La República Islámica de Irán y Corea del Norte sí hicieron la tarea y estarán. Durante los 30 días que se vienen, el fútbol se parecerá a la vida o lo que ésta tendría que ser.

Dice otro escritor, esta vez el español Marías, que el hincha recuerda su vida por los cortes que cada cuatro años presentan los mundiales. En poco más de un mes, el Mundial terminará, para alivio de pocos y tristeza postorgásmica de muchos, que estaremos exhaustos de partidos matinales, destrozados por semifinales a la hora de la siesta, hastiados y contando los años que faltan para el próximo Mundial, dispuestos a saber dónde carajo queda Qatar. Y entonces nos preguntaremos tristes y solitarios tras la gran final: ¿cómo volvemos ahora a la puta realidad?, ¿cómo mierda volvemos a ser otra vez esa versión aburrida de nosotros mismos? Dice el argentino Valdano que desde que se terminaron las grandes ideas, el fútbol parece demasiado importante. Y los mundiales, más que una vacación.

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Enrique Arnal, capitán

En propia voz, su vida se pinta como un lienzo. Arnal fue artista, fue libre, fue rebelde, fue capitán...

/ 25 de abril de 2018 / 04:00

El despojo de la nieve debe ser espiritual”. Enrique Arnal Velasco (1932-2016) nunca se separó de la montaña que acunó su infancia en Catavi. En ella aprendió a eludir el sendero sencillo para explorar el lado salvaje. Y así se convirtió en figura central de la pintura boliviana, gestor cultural y… el primer jugador boliviano “profesional” de rugby. “Con la nieve de nuestra cordillera, perdemos parte de nuestra identidad, de nuestra alma”, sentencia el artista y así arranca el documental que ha presentado su hijo, Matías, en la Cinemateca bajo el título El mundo de su memoria.

Su padre, Luis Arnal Larraidy, lo grababa todo con una pequeña cámara cinematográfica de los años 30 (única en Bolivia en ese tiempo): partidos de golf, los match de football entre The Strongest y los combinados mineros, paseos a lomos de caballo, clases de equitación… Y el centro de todo era Catavi. La riqueza del centro minero atraía diversidad (libaneses, palestinos, gringos, franceses, aymaras, quechuas, yugoslavos). Era un mundo de otro mundo por explorar. De esos años, Arnal atesora a Cirilo, su mejor amigo que era hijo de minero y recuerda a Martín, un cóndor que los mineros lograron domesticar. Un día, Enrique le acarició la cabeza y no le pasó nada o sí, le pasó todo, y el ave se introdujo para siempre en su ajayu y se posó en su obra.

Se fue de Catavi con ocho años rumbo a Oruro, siguiendo las vías del ferrocarril. Fue la mejor época de su vida, tal vez el único tiempo que disfrutó la libertad absoluta del desolado paisaje. En la casa de su abuela, Josefa Blacutt Leytón, Arnal escuchó el quechua por primera vez, olió el mágico perfume de la hoja de coca, tocó con los dedos el susurro y el fuego del mundo indígena. Luego, llevaría esos “aparapitas” a la pintura boliviana, para que aparezcan y desaparezcan de espaldas a la luz. Y con ellos, los tambos, los charangos, las zampoñas. “Bolivia siempre se movió de lo cómodo a lo injusto”. Así se movía Arnal, del mundo feudal al moderno, de la clase poderosa a la injustamente tratada.

Otro viaje de su padre, empleado de la Patiño Mines, trajo a la familia a La Paz. El pequeño criado en Catavi fue expulsado de varios colegios: del Alemán, La Salle, del Instituto Americano. Necesitaba “disciplina”. Y don Luis lo mandó a Buenos Aires, a un colegio inglés de Quilmes, llamado St. George’s College. Ya corrían los primeros años 50, y el joven Arnal comenzó a jugar rugby y hockey hierba. Los castigos físicos le daban terror, pero nunca dejó de ser un rebelde. Descargó su ira y su fantasía jugando rugby, de medio apertura, con la 10, y lo hicieron capitán.

Cuando marchó a Santiago de Chile en 1952, tras hacer el servicio militar en Cochabamba, fichó por un equipo de rugby mientras hacía la carrera de Arquitectura y se juntaba con Marcelo Quiroga, Fernando Montes y artistas chilenos como Nemesio Antúnez y Ricardo Irarrázabal. Ahí lo tienen, al capitán Arnal, abriendo el juego a la mano, a grandes zancadas como su caminar, comandando a su pequeño y disciplinado ejército de forwards. Había encontrado un lugar, por vez primera vez, lejos de la mina.

Curioso, en la capital chilena visitaba los bisontes del zoológico. Luego, esos bisontes iban a despertarlo en sueños expresionistas de rojo intenso. Entonces en un viaje a Machu Picchu nació otra vez. Cuando decidió instalarse en La Paz (no en Lima, no en Santiago, no en Buenos Aires) montó su estudio debajo de las graderías del mítico Olimpic de San Pedro. Y se maravilló con los toros, ésos que iban a marcar su obra, a la par que los fieros gallos de pelea. Sus ventanas al ruedo eran como los barcos piratas de los bucaneros, un lugar en el universo. Así, hasta completar más de 1.150 obras. Entonces llegó Banzer y su nombre apareció junto a subversivos peligrosos. Lo metieron preso, pero resistió a fuerza de arte y convicción.

En propia voz, su vida se pinta como un lienzo. Arnal fue artista, fue libre, fue rebelde, fue capitán. Fue también el artista seducido por la montaña, por la mina, por la naturaleza que temprano supo que “el despojo de la nieve debe ser espiritual”. 

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