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Tuesday 9 Aug 2022 | Actualizado a 09:11 AM

Trump contra las motos

La reacción exagerada de Trump ante las acciones de Harley-Davidson muestra su debilidad.

/ 8 de julio de 2018 / 04:00

Harley-Davidson, el famoso fabricante de motos grandes estadounidense, dio mucho que hablar la semana pasada, cuando anunció que iba a trasladar parte de su producción fuera de Estados Unidos en vista de la escalada en la guerra arancelaria entre EEUU y la Unión Europea. Y Donald Trump dio aún más que hablar cuando arremetió contra una empresa con la que “había sido muy bueno”, acusándola de haberse “rendido” ante Europa. Por eso ha amenazado con castigarla: “Va a tener que pagar más impuestos que nunca”.

Ahora bien, en general (y sobre todo en economía) desconfío de los análisis de noticias basados principalmente en una anécdota supuestamente reveladora (como por ejemplo los análisis basados en conversaciones con seguidores de Trump en cafeterías). Y la verdad es que, aunque Harley-Davidson pueda ser en cierto modo un ícono, no es un actor importante en la economía estadounidense. Al final del año pasado, su división de motocicletas contaba con unos 5.000 trabajadores; eso no es mucho en una economía en la que se contrata a aproximadamente 250.000 personas cada día de trabajo.

No obstante, creo que la historia de Harley es una de esas anécdotas que nos dicen mucho. Es uno de los primeros ejemplos de los incentivos creados por la inminente guerra comercial, que perjudicará a muchas más empresas y a muchos más trabajadores estadounidenses de lo que el Presidente de Estados Unidos o la gente que está a su alrededor parece creer. Ésta es una señal de las reacciones histéricas que podemos esperar del equipo de Trump a medida que empiecen a manifestarse los aspectos negativos de sus políticas, una histeria que los demás países considerarán sin duda una prueba de su debilidad intrínseca. Y lo que los supuestos expertos de Trump tienen que decir sobre la controversia no hace más que confirmar que nadie en el Gobierno tiene ni la más remota idea de lo que está haciendo.

En lo que respecta a la guerra comercial, hasta ahora solo estamos viendo las primeras escaramuzas, que bien pueden convertirse en algo mucho más importante. No obstante, lo que ya ha ocurrido no es baladí. Estados Unidos ha impuesto significativos aranceles sobre el acero y el aluminio, lo que ha provocado que sus precios nacionales se disparen; nuestros socios comerciales, sobre todo la Unión Europea, han anunciado planes para responder a estas medidas con aranceles sobre determinados productos estadounidenses.

Y Harley-Davidson es una de las empresas que ya están sintiendo la presión: está pagando más por sus materias primas, al tiempo que se enfrenta a la perspectiva de que se apliquen aranceles a las motocicletas que exporta. Dada esa presión, es perfectamente lógico que la empresa traslade parte de su producción al extranjero, a lugares en los que el acero sigue siendo barato y las ventas a Europa no sufran los aranceles.

Por tanto, la decisión de la compañía de motocicletas es exactamente lo que esperaríamos ver a raíz de las políticas de Trump y la respuesta extranjera. Pero aunque sea lo que ustedes esperarían ver, y lo que yo esperaría ver, por lo visto no es lo que Trump esperaba ver.

El punto de vista del Mandatario parece ser que, como estuvo codeándose con los ejecutivos de la empresa y concedió a sus accionistas una gran rebaja fiscal, Harley-Davidson le debe vasallaje personal y no debería responder a los incentivos que sus políticas han creado. Y parece que también piensa que tiene derecho a repartir castigos personales a las firmas que le contrarían. ¿Y el Estado de derecho? ¿Qué es eso?

Ahora bien, supongo que es posible que Trump consiga efectivamente presionar a Harley-Davidson para que dé marcha atrás en su decisión de trasladar parte de la producción fuera de Estados Unidos. Sin embargo, por el momento no hay indicios de ello.

Y en cualquier caso, estamos hablando de unos pocos centenares de puestos de trabajo en Estados Unidos de los aproximadamente 10 millones que actualmente dependen de las exportaciones, pero que ahora están en peligro por las políticas de Trump. Por tanto, si estamos hablando de una guerra comercial en serio, estamos hablando de pérdidas de miles de empleos como los de Harley-Davidson. Y ni siquiera Trump puede hacer mella en problemas de esa magnitud a base de tuits enfurecidos.

¿Y qué tienen que decir los economistas de Trump sobre todo esto? Una respuesta es ¿qué economistas? Apenas queda alguno en el Gobierno. Pero por si sirve de algo, Kevin Hassett, presidente del Consejo de Asesores Económicos, no está repitiendo las tonterías de Trump, sino que está diciendo tonterías totalmente diferentes. En vez de condenar la decisión de Harley-Davidson, declara que es irrelevante, teniendo en cuenta la “enorme cantidad de actividad que vuelve a casa” gracias a los recortes fiscales a las empresas.

Y estaría bien si fuese cierto. Pero en realidad no estamos viendo que una gran cantidad de “actividad vuelva a casa”; estamos viendo maniobras contables que transfieren fondos propios de filiales en el extranjero a la empresa nacional, pero que en general no generan ninguna actividad económica real.

Por tanto, el incidente de Harley-Davidson pone de manifiesto el desconocimiento generalizado que subyace tras la política económica característica de este Gobierno. Pero también pone de manifiesto algo más: la profunda debilidad en el entorno de Trump. Piensen en ello. Imagínense que son Xi Jinping, el presidente chino, que ya ha dicho a los dirigentes de las empresas multinacionales que tiene intención de “devolver los puñetazos” frente a los aranceles de Trump.

¿Cómo se sienten viendo a Trump quejarse por la posible pérdida de unos centenares de puestos de trabajo ante las represalias europeas? El espectáculo seguramente les mueve a adoptar una línea dura: si un pinchacito tan pequeño molesta tanto a Trump, es muy probable que pierda la serenidad ante un enfrentamiento real. Por eso la historia de Harley-Davidson, aunque es cuantitativamente pequeña, nos puede decir mucho sobre lo que se avecina. Y nada de lo que nos dice es bueno.

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Inflación y salvar el planeta

/ 6 de agosto de 2022 / 02:59

Después de todos los falsos comienzos y las esperanzas frustradas de los últimos dos años en Estados Unidos, me resisto a decir que es un hecho antes de que se haya firmado en el Despacho Oval. Sin embargo, parece que los demócratas por fin se han puesto de acuerdo sobre una legislación determinante, la Ley de Reducción de la Inflación. Y si se promulga, será muy importante.

En primer lugar, ¿esta ley sí reducirá la inflación? Sí, tal vez, o al menos reduciría las presiones inflacionarias. Esto se debe a que el aumento del gasto de la legislación, sobre todo en energía limpia, pero también en atención sanitaria, se compensaría con creces a través de sus disposiciones fiscales. Por lo tanto, sería una ley de reducción del déficit, lo que, en igualdad de condiciones, la haría desinflacionaria.

Pero hay que pensar que la Ley de Reducción de la Inflación es como la Ley de Carreteras Nacionales Interestatales y de Defensa de 1956, que quizá reforzó muy poco la defensa nacional, pero que benefició mucho a Estados Unidos al invertir en el futuro del país. Este proyecto de ley haría lo mismo y quizás incluso más.

Para entender por qué este proyecto de ley inspira tantas esperanzas, resulta útil comprender lo que ha cambiado desde el último gran esfuerzo de los demócratas para hacer frente al cambio climático, el proyecto de ley Waxman-Markey de 2009, que se aprobó en la Cámara de Representantes, pero pereció en el Senado.

La parte climática de la Ley de Reducción de la Inflación es, en su mayor parte, un intento de acelerar esa transición energética, sobre todo mediante créditos fiscales para tecnologías de bajas emisiones, incluidos los vehículos eléctricos, pero también a través de incentivos para utilizar menos energía en general, sobre todo al hacer que los edificios consuman energía de manera más eficiente.

Hay muchas razones para creer que estas medidas tendrían grandes efectos. A diferencia de los combustibles fósiles, que existen desde hace mucho tiempo, las energías renovables son todavía una “industria incipiente” con una pronunciada curva de aprendizaje: cuanto más utilicemos estas tecnologías, mejor lo haremos. Por eso, incentivar las energías limpias ahora hará que esa energía sea mucho más barata en el futuro.

Y el apoyo a los autos eléctricos también ayuda a resolver un problema como el del huevo y la gallina, en el que los conductores son reacios a optar por la electricidad porque no están seguros de encontrar estaciones de carga y las empresas no ofrecen muchas estaciones de carga porque todavía no hay tantos autos eléctricos.

La cuestión es que, aunque las disposiciones sobre clima y energía de la Ley de Reducción de la Inflación —que implican un gasto de $us 370.000 millones a lo largo de la próxima década— solo supondrían un 0,1% del producto interno bruto previsto para el mismo periodo, podrían tener un efecto catalizador en la transición energética. Y también podrían transformar la economía política de las políticas climáticas.

Durante años, los ecologistas han argumentado que la transición a las energías limpias debería considerarse una oportunidad y no una carga: además de salvar el planeta, la transición crearía muchos puestos de trabajo y nuevas oportunidades de negocio. Pero es un argumento difícil de transmitir sin ejemplos concretos y generalizados de éxito. Mientras la política climática seria era solo una propuesta y no una realidad, era vulnerable a los ataques de la derecha que la presentaban como un plan nefasto para perjudicar el modo de vida estadounidense.

Pero esos ataques serán menos efectivos una vez que la gente empiece a ver los efectos en el mundo real de la acción climática (por eso la derecha está tan desesperada por intentar bloquear esta legislación). Si los demócratas consiguen aprobar este proyecto de ley, las posibilidades de que se adopten nuevas medidas en el futuro aumentarán, quizá de manera considerable.

Así que esperemos que no haya ningún obstáculo de última hora. La Ley de Reducción de la Inflación no ofrecerá todo lo que los activistas del clima quieren. Pero de promulgarse, será un paso importante para salvar el planeta.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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Inflación

/ 25 de julio de 2022 / 00:18

La política macroeconómica en los Estados Unidos ha estado sujeta a dos grandes errores durante el último medio siglo. Lo más probable es que solo haya oído hablar del primero, la forma en que la Reserva Federal permitió que la inflación se arraigara en la década de 1970. Pero el segundo, la forma en que los formuladores de políticas permitieron que la economía operara muy por debajo de su capacidad, sacrificando innecesariamente millones de puestos de trabajo potenciales, durante una década después de la crisis financiera, podría decirse que fue aún más grave.

Muchas personas conocen la historia de la década de 1970. La Fed subestimó repetidamente el riesgo de inflación y no estuvo dispuesta a seguir políticas antiinflacionarias que podrían haber causado una recesión. El resultado no fue simplemente que la inflación se hizo muy alta; la alta inflación se prolongó tanto que se arraigó en las expectativas públicas. Se necesitó una recesión severa y años de alto desempleo para que la inflación volviera a bajar a un nivel aceptable, y esa no es una experiencia que queramos repetir. Sin embargo, hay otra experiencia que no queremos repetir: la larga caída del empleo después de la crisis financiera de 2008.

De todos modos, cuando golpeó la recesión pandémica, los formuladores de políticas estaban ansiosos por no repetir los errores de la década de 2010, y aunque tuvieron un éxito gratificante en lograr una rápida recuperación del empleo, compensaron en exceso. En este punto, no hay ninguna duda real de que la economía de EEUU se ha recalentado seriamente, lo que requiere políticas para enfriarla, que es, de hecho, lo que está haciendo la Reserva Federal. Pero, ¿se está moviendo la Fed lo suficientemente rápido? ¿O vamos a enfrentar una repetición de la década de 1970? Si hay algo de verdad en el análisis estándar de lo que sucedió entonces, la respuesta es que depende de si la inflación se está arraigando en las expectativas. Pero, ¿cómo medimos la inflación esperada?

Una respuesta es mirar lo que nos dicen los mercados financieros (las tasas de interés de los bonos indexados a la inflación, los precios de los swaps que los inversores usan para protegerse contra la inflación). Otra es simplemente preguntarle a la gente, como lo ha estado haciendo la encuesta de Michigan durante muchos años, y otros, en particular la Reserva Federal de Nueva York, también lo han estado haciendo más recientemente. Ninguno de estos enfoques es ideal. Los comerciantes de bonos no fijan los salarios y los precios, y tampoco los consumidores. Pero son lo que tenemos, y podemos esperar que sean una indicación de lo que piensan las personas que fijan los salarios y los precios.

Otra pregunta es: ¿expectativas de inflación para qué periodo? Es natural preguntar qué espera la gente para el próximo año. Desafortunadamente, sabemos por una larga experiencia que las expectativas de inflación a un año reflejan básicamente el precio de la nafta. Y dada la caída en los precios de la nafta, que probablemente continúe por un tiempo, dada la caída de los precios del petróleo crudo, es probable que las expectativas de un año, que ya se han desplomado en los mercados financieros, también caigan mucho en las encuestas.

Entonces, es mejor centrarse en las expectativas a mediano plazo, lo que hace la Fed. Según todos los informes, la Fed se vio seriamente perturbada el mes pasado cuando un informe preliminar de la encuesta de Michigan mostró un salto en las expectativas de inflación a cinco años. Pero como algunos de nosotros advertimos en ese momento, es muy probable que se tratara de un problema estadístico, dado que otros indicadores no contaban la misma historia. Efectivamente, la mayor parte de ese aumento de la inflación se eliminó cuando se publicaron los datos completos.

Ahora se publicaron las últimas cifras de Michigan y muestran una disminución significativa en la inflación esperada. Una vez más, estos son números preliminares, sujetos a revisión. Pero esta vez van junto con resultados similares de otras fuentes, todos los cuales apuntan a una revolución (suave) de caída de las expectativas (inflación). Lo que todo esto sugiere es que el equilibrio de los riesgos de política ha cambiado significativamente.

Siempre ha habido dos formas en que la Fed podría equivocarse: (1) podría hacer muy poco para combatir la inflación, lo que llevaría a una repetición de la década de 1970; o (2) podría hacer demasiado y enviarnos a una caída prolongada del empleo al estilo de la década de 2010. En este punto, (1) parece considerablemente menos probable que hace un par de meses, mientras que (2) parece más probable. Esperemos que la Fed esté prestando atención.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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Locos, cobardes y el golpe de Trump

/ 4 de julio de 2022 / 00:23

Al igual que mucha gente, esperaba lo peor del comité del 6 de enero: discursos largos y monótonos, fanfarronadas de políticos presumidos, mucho él dijo, ella dijo. Lo que obtuvimos en cambio ha sido fascinante y aterrador.

Los sospechosos habituales, por supuesto, se fijan en los detalles —aunque nunca en los puntos cruciales, como el deseo de Donald Trump de participar en un asalto armado al Capitolio, y nunca, de forma reveladora, bajo juramento— y algunos medios de comunicación, vergonzosamente, les siguen el juego. Pero, siendo realistas, ya no hay duda de que Trump intentó anular los resultados de unas elecciones legales y, cuando todo lo demás falló, alentó e intentó instigar un ataque violento contra el Congreso.

Dejaré que los expertos legales averigüen si la evidencia debe conducir a un proceso penal formal y, en particular, si el propio Trump debe ser acusado de conspiración sediciosa. Pero ninguna persona razonable puede negar que lo que sucedió después de las elecciones de 2020 fue un intento de golpe, una traición a todo lo que representa Estados Unidos. Todavía veo a algunas personas comparando este escándalo con Watergate. Eso es como comparar el asalto y la agresión con una infracción de tránsito. Las acciones de Trump fueron, con mucho, lo peor que jamás haya hecho un presidente estadounidense.

Pero aquí está la cosa: docenas de personas dentro o cerca de la administración Trump deben haber sabido lo que estaba pasando; muchos de ellos seguramente tienen conocimiento de primera mano de al menos algunos aspectos del intento de golpe. Sin embargo, solo un puñado se ha presentado con lo que sabe.

¿Y qué hay de los republicanos en el Congreso? Es casi seguro que muchos, si no la mayoría, se dan cuenta de la enormidad de lo que sucedió; después de todo, el asalto al Capitolio puso sus propias vidas en peligro. Sin embargo, 175 republicanos de la Cámara votaron en contra de la creación de una comisión nacional sobre la insurrección del 6 de enero, con solo 35 a favor. ¿Cómo explicar esta abdicación del deber? Sin embargo, el ala no loca del Partido Republicano, con solo un puñado de excepciones, ha hecho todo lo posible para evitar cualquier ajuste de cuentas sobre el intento de golpe. Lo que me hace pensar en la naturaleza del coraje y la forma en que el coraje, o la cobardía, está mediado por las instituciones.

Los seres humanos pueden ser increíblemente valientes. Sin embargo, si el coraje físico es raro, el coraje moral, la voluntad de defender lo que crees que es correcto, incluso frente a la presión social para conformarte, es aún más raro. Y coraje moral es lo que los asociados de Trump y los miembros republicanos del Congreso carecen de manera tan notoria.

¿Es esto una cosa partidista? Realmente no podemos saber cómo responderían los miembros del otro partido si un presidente demócrata intentara un golpe similar, pero eso se debe en parte a que tal intento es más o menos inconcebible. Como los politólogos han señalado durante mucho tiempo, los dos partidos son muy diferentes, no solo en sus políticas, sino también en sus estructuras institucionales.

El Partido Demócrata, aunque puede estar más unificado que en el pasado, sigue siendo una coalición flexible de grupos de interés. Algunos de estos grupos de interés son dignos de elogio, otros no tanto, pero en cualquier caso la laxitud les da a los demócratas espacio para criticar a sus líderes y, si así lo desean, adoptar una posición basada en principios.

El Partido Republicano es una entidad mucho más monolítica, en la que los políticos compiten por quién se adhiere más fielmente a la línea del partido. Esa línea solía estar definida por la ideología económica, pero en estos días se trata más de posicionamiento en las guerras culturales y lealtad personal a Trump. Se necesita un gran coraje moral para que los republicanos desafíen los dictados del partido, y los que lo hacen son excomulgados de inmediato.

Hay una excepción que confirma la regla: la sorprendente posición a favor de la democracia de los neoconservadores, las personas que nos dieron la guerra de Irak. Ese fue un pecado terrible, que nunca se olvidará. Pero durante los años de Trump, cuando la mayoría del Partido Republicano se arrodilló ante un hombre cuyo horror comprendía completamente, casi todos los neoconservadores prominentes, desde William Kristol y Max Boot hasta, sí, Liz Cheney, se pusieron firmemente del lado del Estado de derecho.

¿De dónde viene esto? No creo que sea una calumnia para el coraje de esta gente señalar que los neoconservadores siempre fueron un grupo distinto, nunca completamente asimilado por el monolito republicano, con carreras que se basaban en parte en reputaciones fuera del partido. Podría decirse que esto los deja más libres que la variedad de jardín de los Republicanos a actuar de acuerdo con sus conciencias. Desafortunadamente, eso todavía deja el resto.

Si los demócratas son una coalición de grupos de interés, los republicanos son ahora una coalición de locos y cobardes. Y es difícil decir qué republicanos presentan el mayor peligro.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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Los efectos del cambio climático

/ 27 de junio de 2022 / 01:31

The New York Times publicó un reportaje sobre la desecación del Gran Lago Salado, una historia que me avergüenza admitir que había pasado por alto. No estamos hablando de un acontecimiento hipotético en un futuro lejano: el lago ya ha perdido dos tercios de su superficie y los desastres ecológicos parecen inminentes.

Lo que está ocurriendo es bastante grave. No obstante, lo que me ha parecido en verdad aterrador del informe es lo que la falta de una respuesta eficaz a la crisis del lago dice sobre nuestra capacidad para responder a la amenaza mayor y, de hecho, existencial del cambio climático.

Si no te aterra la amenaza que supone el aumento de los niveles de gases de efecto invernadero, es que no estás prestando atención, algo que, por desgracia, mucha gente no hace. Y aquellos que son o deberían ser conscientes de esa amenaza, pero que obstaculizan la acción en aras de los beneficios a corto plazo o de la conveniencia política están, en un sentido real, traicionando a la humanidad.

Dicho esto, el hecho de que el mundo no actúe sobre el clima, aunque sea inexcusable, también es comprensible. Porque, como han señalado muchos observadores, el calentamiento global es un problema que casi parece diseñado para hacer que la acción política sea difícil. De hecho, la política del cambio climático es difícil por al menos cuatro razones.

En primer lugar, cuando en la década de 1980 los científicos empezaron a alertar sobre el problema, el cambio climático parecía una amenaza lejana, una cuestión que afectaría a las generaciones futuras. Algunos todavía lo ven así. Este punto de vista es un error garrafal: ya estamos viendo los efectos del cambio climático, en gran parte en forma de un aumento de la frecuencia e intensidad de los fenómenos meteorológicos extremos. Pero eso es un argumento estadístico, lo que me lleva al segundo problema del cambio climático: todavía no es visible a simple vista, al menos para quienes no lo quieren ver.

Después de todo, el clima fluctúa. Las olas de calor y las sequías ya existían antes de que el planeta empezara a calentarse; las olas de frío siguen produciéndose incluso con un planeta en promedio más cálido que en el pasado. No hace falta un análisis sofisticado para demostrar que hay una tendencia persistente al alza de las temperaturas, pero a mucha gente no le convence ningún tipo de análisis estadístico, sofisticado o no, sino la experiencia en bruto.

Luego está el tercer problema: hasta hace poco, parecía que cualquier intento importante de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero tendría costos económicos significativos. Los cálculos serios de estos costos siempre eran mucho más bajos de lo que afirmaban los antiambientalistas y los espectaculares avances tecnológicos en materia de energías renovables han hecho que la transición a una economía de bajas emisiones parezca mucho más fácil de lo que cualquiera podría haber imaginado hace 15 años. Aun así, el miedo a las pérdidas económicas ha contribuido a bloquear la acción climática. Por último, el cambio climático es un problema global, que requiere una acción global y ofrece un motivo para no actuar. Cualquiera que inste a Estados Unidos a actuar se ha encontrado con el argumento contrario: “No importa lo que hagamos, porque China seguirá contaminando”.

Como he dicho, todas estas cuestiones son explicaciones para la inacción sobre el clima, no excusas. Pero la cuestión es que ninguna de estas explicaciones de la inacción medioambiental se aplica a la muerte del Gran Lago Salado. Sin embargo, los responsables políticos parecen no querer o no poder actuar.

Recordemos que no estamos hablando de cosas malas que puedan ocurrir en un futuro lejano: gran parte del lago ya ha desaparecido y la gran mortandad de la fauna podría empezar ya desde este verano. Y no hace falta un modelo estadístico para darse cuenta de que el lago se hace más pequeño. Desde el punto de vista económico, el turismo es una industria enorme en Utah. ¿Cómo le irá a esa industria si el famoso lago se convierte en un desierto envenenado?

Por último, no estamos hablando de un problema global. Es cierto que el cambio climático global ha contribuido a reducir la capa de nieve, que es una de las razones por las que el Gran Lago Salado se ha reducido. Pero una gran parte del problema es el consumo local de agua: si se pudiera frenar ese consumo, Utah no tendría que preocuparse de que sus esfuerzos fueran anulados por alguien en China o por cualquier otra razón.

Así que esto debería ser fácil: una región amenazada debería aceptar modestos sacrificios, algunos apenas más que inconvenientes, para evitar un desastre a la vuelta de la esquina. Pero no parece que esto vaya a ocurrir. Y si no podemos salvar el Gran Lago Salado, ¿qué posibilidades tenemos de salvar el planeta?

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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Bezos, Musk y otros millonarios, a la derecha

/ 30 de mayo de 2022 / 00:47

Los sultanes de Silicon Valley están de mal humor político y algunos multimillonarios repentinamente se han puesto en contra de los demócratas. No es solo Elon Musk; otras personalidades destacadas, entre ellas Jeff Bezos, han hablado muy mal del gobierno de Joe Biden.

Cabe destacar la peculiaridad del momento en que algunos aristócratas de la industria tecnológica han decidido dar este giro a la derecha, en vista de la situación actual de la política estadounidense. Es cierto que algunos intereses económicos reales están en juego. Los demócratas propusieron nuevos impuestos aplicables a los ricos, y el presidente estadounidense, Joe Biden, ha designado a funcionarios conocidos por ser defensores de una política antimonopolio mucho más estricta. También es cierto que las acciones tecnológicas han bajado muchísimo de valor en meses recientes, lo que ha reducido en el papel la riqueza de magnates como Musk y Bezos.

En este momento, sin embargo, estas políticas parecen ser una posibilidad vaga. Sin embargo, lo que el dinero no siempre puede comprar es la admiración. Y resulta que es justo en esta área donde los titanes tecnológicos han sufrido pérdidas tremendas.

Permítanme hablar de teorías aburridas por un minuto. Por lo menos desde que se dio a conocer el trabajo de Max Weber hace un siglo, los sociólogos están conscientes de que la desigualdad social tiene varias dimensiones. Como mínimo, necesitamos distinguir entre la jerarquía del dinero, que les da a algunas personas una porción desmedida de la riqueza de la sociedad, y la jerarquía del prestigio, que les otorga a algunas personas un respeto especial y las hace objeto de admiración.

Las personas pueden ocupar lugares muy distintos en estas jerarquías. Las leyendas deportivas, las estrellas pop, los “influentes” de las redes sociales y, aunque no lo crean, los ganadores del Nobel, en general tienen una buena situación financiera, pero sin duda su riqueza es desdeñable en comparación con las grandes fortunas que vemos en la actualidad. En cambio, si bien los multimillonarios infunden reverencia entre aquellos que dependen de su generosidad, que incluso puede rayar en servilismo, muy pocos son figuras conocidas por el público en general, y todavía menos tienen grupos comprometidos de fanáticos.

Aunque ésta es la regla general, la élite tecnológica lo tenía todo. Sheryl Sandberg, de Facebook, por un tiempo fue un icono feminista. Musk tiene millones de seguidores en Twitter, muchos de los cuales son seres humanos reales y no bots, y en general han sido defensores fervientes de Tesla.

Su problema es que ahora han perdido el brillo. Las redes sociales, que en cierta época se consideraban una fuerza en favor de la libertad, ahora se consideran portadoras de desinformación. Por su parte, el propagandismo de Tesla se ha visto afectado por noticias sobre combustiones espontáneas y accidentes con el piloto automático. Los magnates del sector tecnológico todavía poseen una riqueza inmensa, pero el público —al igual que el Gobierno— ya no los tiene en el pedestal que solían ocupar. Y eso los está volviendo locos.

Por desgracia, la mezquindad plutocrática sí importa. El dinero no puede comprar admiración, pero sí puede comprar poder político; es desalentador que parte de este poder se despliegue en representación de un Partido Republicano que cada vez cae más en el autoritarismo.

Me atrevería a decir que el giro hacia la derecha de algunos multimillonarios del sector tecnológico es, además, totalmente bobo.

Es verdad que los oligarcas pueden hacerse muy ricos con autócratas como Viktor Orbán o Vladimir Putin, quien era profundamente admirado entre gran parte de la derecha estadounidense hasta que comenzó a perder su guerra en Ucrania.

Pero en estos días, para su desgracia y según varias fuentes, los oligarcas rusos están aterrados. Porque hasta la mayor riqueza ofrece poca protección contra el comportamiento errático y el deseo de venganza de los líderes que no tienen el menor respeto por el Estado de derecho.

Tampoco es que espere que personajes como Musk o Ellison aprendan algo de esta experiencia. Los ricos no se parecen nada a ti ni a mí: por lo regular, están rodeados de personas que les dicen lo que quieren oír.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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