Voces

jueves 21 oct 2021 | Actualizado a 00:26

Las empresas cosechan el torbellino de Trump

Las guerras comerciales son terribles, pero el poder desenfrenado es mucho peor

/ 15 de julio de 2018 / 13:16

Parece que la perspectiva de una guerra comercial acapara la atención de la opinión pública. Hasta hace poco, no daba la impresión de que las grandes empresas y las instituciones que representan sus intereses se tomasen en serio el discurso proteccionista del presidente Trump. Después de todo, las corporaciones han invertido miles de millones de dólares creyendo que los mercados mundiales se mantendrían abiertos y que la industria estadounidense conservaría su acceso tanto a los clientes como a los proveedores extranjeros.

Trump no pondría en peligro todas esas inversiones, ¿verdad? Sí, sí lo haría, y el tardío reconocimiento de que su postura dura sobre el comercio iba en serio ha provocado una avalancha de reacciones. Las grandes empresas y las patronales envían cartas al Gobierno advirtiendo de que sus políticas destruirán más puestos de trabajo de los que crearán. Mientras tanto, la Cámara de Comercio estadounidense ha lanzado una campaña publicitaria para convencer a los votantes de las ventajas del libre comercio. Patético, ¿no? ¿Quién va a prestar atención a esas cartas en la administración de Trump? ¿Qué cree exactamente la cámara que conseguirá publicando esos anuncios?

El caso es que las grandes empresas están recogiendo lo que han sembrado. No hay una única causa que nos haya llevado a este terrible momento, pero la cínica política de la América empresarial durante décadas ha desempeñado un papel clave.

¿A qué me refiero cuando digo política cínica? En cierta medida, aludo a la alianza tácita entre las empresas y los ricos, por una parte; y los racistas, por otra, que es la esencia del movimiento conservador moderno. Durante bastante tiempo dio la impresión de que las empresas tenían el juego bajo control: ganar elecciones con mensajes racistas velados y luego pasar a un programa de rebajas fiscales y liberalización. Pero tarde o temprano iba a pasar algo como Trump: un candidato que habla en serio de racismo, con el apoyo entusiasta de las bases republicanas y al que no se puede controlar.

Hace poco, Tom Donohue, el presidente de la Cámara de Comercio, publicó un artículo en el que condenaba el maltrato de Trump a los niños en la frontera, y declaraba que “no somos así”. Lo siento, señor Donohue, sí son así: ustedes y sus aliados se han pasado décadas empoderando a los racistas, y ahora toca pagar la factura. Pero la política migratoria racista no es el único ámbito en el que la gente como Donohue se enfrenta a un monstruo que ha ayudado a crear.

Cuando organizaciones como la Cámara de Comercio o la Fundación Heritage declaran que los aranceles son una mala idea, se basan en razones intelectuales: todos los expertos económicos coinciden. Pero no tienen ninguna credibilidad, porque esas mismas instituciones conservadoras se han pasado décadas haciendo la guerra contra los expertos.

El caso más evidente es el del cambio climático, en el que las organizaciones conservadoras, incluida la cámara por supuesto, se han comportado durante mucho tiempo como “mercaderes de dudas”, generando escepticismo y bloqueando la adopción de medidas frente a un consenso científico abrumador. Hablando en plata, es difícil pasar del “no prestar atención a esos supuestos expertos que dicen que el planeta se está calentando” a “el proteccionismo es malo, y todos los expertos están de acuerdo”.

Del mismo modo, las organizaciones como Heritage han promovido la economía de la oferta, es decir, la economía vudú (la afirmación de que los recortes fiscales generarán un enorme crecimiento y compensarán a la larga) aunque ningún experto económico esté de acuerdo. Por tanto, ya han aceptado el principio de que está bien decir tonterías en lo que a economía se refiere si resulta conveniente desde el punto de vista político. Y ahora viene Trump con tonterías diferentes, afirmando que “las guerras comerciales son buenas y fáciles de ganar”. ¿Cómo pueden convencer a alguien de que las tonterías que dice son malas, y que las que dicen ellos son buenas?

Pero puede que una guerra comercial solo sea el principio del castigo que las grandes empresas se han infligido a sí mismas. Es posible que el futuro nos depare consecuencias más espeluznantes, porque Trump no solo es un proteccionista, es un autoritario. Las guerras comerciales son terribles, pero el poder desenfrenado es mucho peor; y no solo para los que son pobres y están indefensos.

Piensen en el hecho de que Trump ya ha tomado por costumbre amenazar a las empresas que le llevan la contraria. Después de que Harley-Davidson anunciase que iba a trasladar parte de su producción al extranjero a causa de los conflictos comerciales, advirtió a la empresa de que iba a pagar “más impuestos que nunca”. Lo que desde luego suena a que quiere politizar la agencia tributaria y usarla para castigar a empresas concretas.

Por el momento seguramente no podrá hacer algo así, pero vamos a suponer que los republicanos mantienen el control del Congreso este noviembre. Si lo hacen, ¿cree alguien que se opondrán a los abusos del poder presidencial? Con una victoria del Partido Republicano en las elecciones de mitad de mandato, mucha gente y muchas instituciones quedarían a merced de los instintos autoritarios de Trump, las grandes empresas incluidas.

Pero las organizaciones como la Cámara de Comercio y Heritage siguen intentando asegurar una victoria republicana. De hecho, hasta su reciente cambio para centrarse en el proteccionismo, la cámara estaba emitiendo anuncios para intentar (sin éxito) conseguir el apoyo de la opinión pública a los recortes fiscales de Trump en distritos del Congreso nacional con mucha competencia.

Y comparen esto con los anuncios a favor del libre comercio, que no tienen un propósito político claro. El caso es que no solo está en peligro el comercio mundial, sino el Estado de derecho. Y hasta cierto punto está en peligro porque las grandes empresas renunciaron a todos sus principios en su afán de obtener recortes fiscales.

Es premio Nobel de Economía.

© The New York Times Company, 2018. Traducción de News Clips.

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Hacer economía como si la evidencia importara

/ 16 de octubre de 2021 / 01:52

Los premios Nobel de Economía se conceden por la investigación a largo plazo, no por la participación de los economistas en los debates actuales, así que desde luego no tienen mucha relación con el momento político. Es de esperar que la desconexión sea en especial grande cuando el premio se concede sobre todo por el desarrollo de nuevos métodos de investigación.

Y ese es el caso del último premio, concedido a David Card, Joshua D. Angrist y Guido W. Imbens, líderes de la “revolución de la credibilidad” (un cambio en la manera en la cual los economistas utilizan los datos para evaluar las teorías), que ha proliferado en la economía en la última generación.

Sin embargo, resulta que la revolución de la credibilidad es en extremo relevante para los debates actuales. En efecto, los estudios que utilizan el nuevo método han reforzado, en muchos casos, aunque no en todos, el argumento a favor de la intervención más activa del gobierno en la lucha contra la desigualdad.

Como explicaré, esto no es un accidente. Pero primero, ¿de qué se trata esta revolución?

En general, los economistas no podemos hacer experimentos controlados: todo lo que podemos hacer es observar. Y el problema de intentar sacar conclusiones a partir de observaciones económicas es que en todo momento y lugar están ocurriendo muchas cosas.

Antes de la revolución de la credibilidad, los economistas intentaban, en esencia, aislar los efectos de determinadas políticas u otros cambios mediante elaborados métodos estadísticos para controlar otros factores. En muchos casos, eso es lo único que podemos hacer. Pero cualquier intento de este tipo depende de cuán buenos sean los controles y suele haber un margen interminable de controversia sobre los resultados.

Sin embargo, en la década de 1990, algunos economistas se dieron cuenta de que había un método alternativo, el de explotar los “experimentos naturales”, situaciones en las que los caprichos de la historia ofrecen algo parecido al tipo de ensayo controlado que los investigadores querrían llevar a cabo pero no pueden.

El ejemplo más famoso es la investigación que Card realizó junto con el finado Alan Krueger sobre los efectos de los salarios mínimos. La mayoría de los economistas solían creer que el aumento del salario mínimo reduce el empleo. Pero, ¿sí es así? En 1992, el estado de Nueva Jersey aumentó su salario mínimo, mientras que uno de sus estados vecino, Pensilvania, no lo hizo. Card y Krueger se dieron cuenta de que podían evaluar el efecto de este cambio de política comparando el crecimiento del empleo en los dos estados después del aumento salarial, y usar a Pensilvania como control del experimento de Nueva Jersey.

Lo que encontraron fue que el aumento del salario mínimo tuvo muy poco o ningún efecto negativo en el número de puestos de trabajo, un resultado que se confirmó desde entonces al examinar muchos otros casos. Estos resultados no solo justifican el aumento de los salarios mínimos, sino también los intentos más agresivos de reducir la desigualdad en general.

Por último, los grandes cambios en el seguro de desempleo en el transcurso de la pandemia —un enorme aumento de la generosidad, luego un repentino recorte, después un restablecimiento parcial, y luego otro recorte, en el cual algunos estados recortaron las prestaciones antes que otros— proporcionan varios experimentos naturales que nos permiten comprobar si, como siempre insisten los conservadores, el seguro de desempleo disuade a los desempleados de buscar nuevos trabajos.

Pues bien, los datos ofrecen una respuesta clara: aunque las prestaciones por desempleo pueden tener algunos efectos desincentivadores, éstos son pequeños.

Entonces, en general, la economía moderna basada en datos tiende a apoyar políticas económicas más activistas. Pero, ¿por qué los datos parecen apoyar una agenda progresista?

La principal respuesta, yo diría, es que en el pasado muchas personas influyentes se aferraron a argumentos económicos que podían utilizarse para justificar la elevada desigualdad. No podemos aumentar el salario mínimo porque eso acabaría con el empleo; no podemos ayudar a los desempleados porque eso perjudicaría sus incentivos para trabajar; y así uno tras otro. En otras palabras, el uso político de la teoría económica tiende a tener un sesgo de derecha.

Pero ahora tenemos pruebas que pueden utilizarse para comprobar estos argumentos, y algunos no se sostienen. Así que la revolución empírica en economía socava la sabiduría convencional de la derecha que había dominado el discurso. En ese sentido, la evidencia resulta tener un sesgo liberal.

Una vez más, la investigación premiada con este Nobel no es de corte político, pero tiene importantes implicaciones políticas. Y la mayoría de esas implicaciones favorecen un movimiento de las políticas hacia la izquierda

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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De la gente muy seria, el clima y los niños

/ 6 de octubre de 2021 / 00:52

Hace una década, la élite estaba obsesionada con emitir su opinión sobre la supuesta necesidad de tomar medidas inmediatas para reducir el déficit presupuestario. Este consenso entre lo que yo solía llamar la “gente muy seria” era tan fuerte que, como escribió Ezra Klein, los déficits se convirtieron de alguna manera en una cuestión a la que “no aplican las reglas de la neutralidad informativa”. Los medios de comunicación abogaron de manera más o menos abierta no solo por la reducción del déficit en general, sino en particular por la “reforma de los derechos”, que en realidad se refería a disminuir las futuras prestaciones de Medicare y la Seguridad Social. Esos recortes, parecía argumentar aquella gente importante, eran fundamentales para asegurar el futuro de la nación.

No lo fueron. Pero esta es mi pregunta: si a los opinadores de la élite les preocupa tanto el futuro, ¿por qué no hay un consenso similar en este momento en lo que respecta a la necesidad de la acción climática y el gasto en los niños? Estos son dos de los principales componentes de la agenda del presidente Joe Biden para reconstruir mejor y los argumentos a favor de ambos son mucho más fuertes de lo que fueron los argumentos a favor de la disminución de los derechos.

El costo de retrasar la acción sobre el clima y los niños es real e inmenso.

En cuanto al clima: ya hemos visto las consecuencias del cambio climático: sequías severas y proliferación de fenómenos meteorológicos extremos. El abrumador consenso científico es que esas consecuencias se agravarán mucho más en las próximas décadas. Así que, al posponer la acción climática, estamos minando nuestro futuro de una manera mucho más sustancial de lo que lo hacemos si añadimos un poco de porcentaje a la deuda nacional, por ejemplo.

En cuanto a los niños: la pobreza infantil es un problema enorme en Estados Unidos. Y hay pruebas abrumadoras de que el gasto en programas que alivian la pobreza infantil tiene enormes beneficios. Así que cada año que no aumentamos la ayuda a los niños, por ejemplo ampliando el Crédito Fiscal por Hijos, supone décadas de potencial humano desperdiciado.

Con todo, la opinión de la élite, y gran parte de la cobertura informativa, no enfatiza la enorme irresponsabilidad de oponerse a los planes de energía limpia ni el inmenso desperdicio de potencial humano que supone no abordar la pobreza infantil. Es cierto, no acabo de entender esta doble moral: por qué la “gente muy seria” se obsesiona con la supuesta necesidad urgente de limitar la deuda pública y, sin embargo, se muestra indiferente, si no hostil, a las propuestas para abordar las cuestiones que de verdad importan para nuestro futuro.

El dinero es sin duda parte de la historia: grupos empresariales como la Cámara de Comercio de Estados Unidos estaban a favor de la reforma de los derechos, pero están presionando con fuerza en contra del plan Reconstruir Mejor. De hecho, los demócratas que intentan echar por tierra la agenda de Biden se describen mejor como el ala corporativa del partido que como “centristas”.

No obstante, no todos los que definen la creencia popular están de acuerdo. También parece haber una especie de dinámica social en la política y los medios de comunicación, que tal vez refleje los círculos en los que se mueven los líderes de opinión, que considera valientes a las personas que quieren hacer más difícil la vida de los estadounidenses comunes, mientras que ve con desconfianza y falta de realismo a los que quieren aumentar los impuestos a las empresas y a los ricos.

Sean cuales fueren las razones de esta dinámica, hay que combatirla. Ahora mismo tenemos la oportunidad de hacer lo que es en verdad correcto. Será una tragedia si dejamos pasar esta oportunidad.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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Centristas y propaganda de derecha

/ 26 de septiembre de 2021 / 00:39

Todos los que prestaron atención durante los años de Obama sabían que los republicanos también intentarían socavar las presidencias demócratas. Algunas de las acciones del Partido Republicano han sorprendido incluso a los cínicos. Aun así, el intento republicano de hacer fracasar al presidente Joe Biden, por mucho que perjudique al resto del país, era previsible.

Más sorprendente, al menos para mí, ha sido el comportamiento autodestructivo de los centristas demócratas (término que prefiero a «moderados», porque es difícil ver qué hay de moderado en exigir que Biden abandone políticas muy populares como la de los impuestos a las empresas y la reducción de los precios de los medicamentos. En este punto, parece demasiado posible que un puñado de demócratas recalcitrantes haga saltar por los aires toda la agenda de Biden) y sí, son los centristas los que están haciendo un berrinche, mientras que los progresistas del partido están actuando como adultos.

Entonces, ¿qué está motivando al escuadrón de saboteadores? Yo diría que parte de la respuesta es que han interiorizado décadas de propaganda económica de derecha, que su reacción visceral a cualquier propuesta para mejorar la vida de los estadounidenses es que debe ser inviable e inasequible.

Por supuesto, esta no es toda la historia. No debemos subestimar la influencia del dinero: tanto los donantes adinerados como las grandes farmacéuticas han hecho gala de su poder. Tampoco hay que descartar la importancia de la simple falta de cálculo: $us 3,5 billones parecen mucho dinero, y no hay que suponer que los políticos entienden (o creen que los electores entienden) que se trata de un gasto propuesto a lo largo de una década, no en un solo año. Supondría poco más del 1% del Producto Interno Bruto durante ese periodo y seguiría dejando el gasto público global muy por debajo de su nivel en otras democracias ricas. Además, ignora el hecho de que el verdadero costo, menos los ahorros netos y los nuevos ingresos, sería mucho menor que $us 3,5 billones.

Y algunos políticos parecen tener la idea equivocada de que solo el gasto en infraestructuras «duras», como carreteras y puentes, cuenta como inversión en el futuro de la nación. Es decir, no se han puesto al día con la creciente evidencia de los altos rendimientos económicos del gasto en las personas, en especial el gasto que saca a los niños de la pobreza.

Sin embargo, a menudo me sorprende escuchar a políticos y expertos que no se consideran parte del movimiento conservador, que defienden argumentos económicos que no son más que propaganda de la derecha, pero que se han repetido tantas veces que muchas personas que deberían saberlo mejor los aceptan como un hecho establecido.

Por último, es sorprendente la cantidad de gente que cree que las economías europeas con un elevado gasto social se ven muy perjudicadas por la reducción de los incentivos al trabajo. Es cierto que durante los años 80 y 90, gran parte del continente parecía sufrir de «euroesclerosis»; es decir, de un elevado y persistente desempleo, incluso durante los periodos de expansión económica. Pero eso fue hace mucho tiempo. Hoy en día, los generosos Estados del bienestar suelen tener un mejor rendimiento del mercado laboral que Estados Unidos.

Tomemos el ejemplo de Dinamarca, que Fox Business comparó en un momento dado con Venezuela. De hecho, si fuera cierto el dogma de la derecha, Dinamarca debería ser un infierno económico. Tiene un gasto social mucho mayor que el nuestro; dos tercios de sus trabajadores están sindicalizados y esos sindicatos son tan poderosos que obligaron a McDonald’s a pagar a sus trabajadores $us 22 la hora.

Pero la realidad es que los daneses en edad de trabajar tienen más posibilidades de tener un empleo que sus pares estadounidenses. Es cierto que el PIB real per cápita es un poco más bajo en Dinamarca, pero eso se debe sobre todo a que Dinamarca, a diferencia de Estados Unidos, no es una nación sin vacaciones; los daneses de verdad se toman un tiempo libre del trabajo.

La cuestión es que, por lo que veo, esos problemáticos centristas demócratas están cegados por una narrativa económica creada a propósito para bloquear el progreso y justificar la enorme desigualdad. Así que imaginan que la agenda de Biden (que es un esfuerzo bastante modesto para abordar los problemas muy reales de nuestra nación) es de alguna manera irresponsable y una amenaza para el futuro de la nación.

Les pido que reconsideren sus premisas. El gasto propuesto por Biden no es irresponsable y no perjudicaría el crecimiento. Por el contrario, sería profundamente irresponsable no invertir en las personas, así como en el concreto, y si nos remitimos a las pruebas, en lugar de repetir el dogma de la derecha, uno se da cuenta de que la agenda de Biden, de hecho, favorece el crecimiento.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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Llega el otoño de la ansiedad

/ 12 de septiembre de 2021 / 00:22

En los embriagadores días de la primavera, cuando Estados Unidos vacunaba a tres millones de personas al día, el presidente Joe Biden predijo un “verano de alegría”. Pero, entonces, la campaña de vacunación se estancó y la variante Delta alimentó una nueva ola de infecciones, hospitalizaciones y muertes.

No hay ningún misterio sobre por qué ha ocurrido esto: es político. Según una encuesta reciente de NBC, el 91% de quienes votaron por Biden se han vacunado, mientras que solo el 50% de quienes votaron por Trump lo han hecho. También lo podemos ver en el número de muertes: los estados demócratas se parecen más a Canadá o Alemania que a Florida o Texas.

Y, como podemos observar, además de matar a la gente, el resurgimiento del COVID-19 por motivos políticos también tiene consecuencias económicas. El informe de empleo de agosto no fue terrible (la recuperación no se ha estancado), pero sí fue decepcionante. Y aunque, como siempre, hubo cierta controversia sobre lo que nos indican las cifras exactamente, y algunos economistas laborales se opusieron a que se tratara de una historia estrictamente relacionada con la variante Delta, la mejor apuesta es que el resurgimiento del virus fue el mayor factor de la decepción, ya que la gente redujo sus salidas a comer, sus viajes, etcétera.

El impacto económico no parece tan grave como el que experimentamos en las primeras olas de la pandemia. Esa es la buena noticia. La mala noticia es que en esas olas anteriores, Estados Unidos hizo un trabajo increíblemente bueno para ayudar a quienes padecían las consecuencias económicas. En esta ocasión no es así.

Dado el historial de Estados Unidos de no ayudar a los necesitados, nuestra respuesta inicial a la pandemia fue casi un milagro: subsidios por desempleo generosos, cheques para la mayoría de los hogares, la extensión de otras prestaciones. ¿Por qué fue posible esto en términos políticos? En parte, creo, porque al principio incluso muchos conservadores veían el desempleo ocasionado por la pandemia como un acto de Dios, no como una falta personal de los desempleados. En parte, también, los progresistas tenían ideas sobre qué hacer, mientras que el gobierno de Trump y sus aliados no tenían ni idea.

En todo caso, el resultado fue extraordinario: a pesar de la enorme pérdida de empleos, la pobreza se redujo.

No obstante, el más importante de los programas de alivio de la pandemia, las prestaciones mejoradas por desempleo, ya expiró y no hay posibilidades de renovación, dadas las brutales divisiones políticas y el regreso de los republicanos a su opinión de que ayudar a los desempleados los vuelve holgazanes. Si hubiéramos tenido el verano de alegría que nos prometieron, esto no sería tan malo. Pero el estancamiento de la campaña de vacunación provocó el resurgimiento del virus que está frenando la economía.

Ahora bien, el otoño pasado hubo una interrupción en la mejora de las prestaciones por desempleo y, en su mayor parte, las familias salieron adelante. Muchos habían acumulado ahorros en 2020 y esto les sirvió de ayuda hasta que se restablecieron las prestaciones en diciembre. Y tal vez, solo tal vez, esto no salga tan mal. Los datos apuntan a que la ola Delta está remitiendo y que el vigoroso crecimiento del empleo puede reanudarse a tiempo para rescatar a los desempleados.

Pero tal vez no. La política ya nos ocasionó una tragedia completamente innecesaria: miles de muertes evitables a pesar de la fácil disponibilidad de vacunas que salvan vidas. Y puede que además estemos a punto de sufrir una tragedia económica gratuita.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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Empresas y desastre climático

/ 7 de septiembre de 2021 / 01:25

¿Por qué Mickey Mouse quiere destruir la civilización? De acuerdo, quizá no sea eso lo que los ejecutivos de Disney creen estar haciendo. Pero se dice que The Walt Disney Co. y otros titanes corporativos, incluyendo ExxonMobil y Pfizer, se están preparando para apoyar una importante estrategia de cabildeo contra el plan de inversión de $us 3,5 billones del presidente Joe Biden, una iniciativa que podría ser nuestra última oportunidad de tomar medidas serias contra el calentamiento global antes de que sea catastrófico.

Para decir lo que debería ser obvio, los peligros del cambio climático ya no son hipotéticos. Y este es solo el principio de la pesadilla, el primer paso de una ola de desastres y un presagio de la crisis que nos espera si no actuamos con rapidez y contundencia para limitar las emisiones de gases de efecto invernadero.

¿Qué se puede hacer para evitar la catástrofe? Muchos economistas están a favor de incentivos de amplio alcance para limitar las emisiones, como un impuesto sobre el carbono. Sin embargo, en la práctica, ese debate es discutible. Lo que sí podría ser políticamente viable (a duras penas) es un conjunto de medidas más específicas, en particular un esfuerzo por descarbonizar la generación de electricidad.

La buena noticia es que las propuestas de Biden darían un gran impulso a la descarbonización. Estas políticas solo cumplirían una parte de las listas de deseos de los ecologistas, pero serían algo muy importante. La mala noticia es que, si estas propuestas no se promulgan, es probable que pase mucho tiempo (tal vez una década o más) antes de que tengamos otra oportunidad para contar con políticas climáticas relevantes.

Seamos realistas: es muy probable que los republicanos controlen una o ambas cámaras del Congreso como resultado de las elecciones intermedias. Y en este momento, el negacionismo climático tiene mucha aceptación en el Partido Republicano, una aceptación que tal vez no disminuya sino hasta que se produzca una catástrofe total, y tal vez ni siquiera entonces. Por lo tanto, puede que el proyecto de ley de reconciliación demócrata que triunfe o fracase en las próximas semanas sea, en efecto, nuestra última oportunidad de hacer algo significativo para limitar el cambio climático.

Entonces, ¿por qué las empresas estadounidenses se movilizan contra este proyecto de ley? Porque los demócratas proponen compensar el nuevo gasto en parte con mayores impuestos sobre las ganancias de las empresas y, en menor medida, a través del poder de negociación del gobierno para conseguir precios más bajos para los medicamentos controlados. Este enfoque es necesario por una cuestión política: si hay que subir los impuestos, la gente quiere que el aumento sea para las empresas. Pero las empresas, como es lógico, no quieren pagar.

Así que la oposición de las empresas al plan de Biden es comprensible. También es imperdonable. Y quizás se pueda hacer algo al respecto. Me temo que en este momento es imposible convencer a los republicanos. Pero las corporaciones y el puñado de demócratas tentados a llevar agua a su molino todavía pueden ser susceptibles a la presión. Las empresas de hoy en día quieren que se piense que son socialmente responsables. Sin embargo, es difícil pensar en algo más irresponsable que dilapidar los esfuerzos para evitar una crisis que amenaza a la civilización solo por reducir el pago de impuestos.

Así que hay que nombrar y avergonzar a las empresas que se unen a este esfuerzo. Lo mismo debe ocurrir con el puñado de demócratas “moderados” que las apoyan (“mercenarios” sería un mejor término para los políticos que se oponen a medidas que deberían saber que son necesarias y populares).

Recuerden que esto no es una disputa política cualquiera, que puede retomarse en otra ocasión. Esta la hora de la verdad, y los que no hagan lo correcto ahora no tendrán una segunda oportunidad.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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