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miércoles 14 abr 2021 | Actualizado a 01:44

Reducir la pérdida y desperdicio de alimentos

La magnitud de la pérdida y el desperdicio de alimentos a escala mundial es apabullante.

/ 29 de julio de 2018 / 13:35

Todos lo hacemos. La mayor parte de nosotros bota comida en perfecto estado, casi todos los días. Una banana se magulla un poco en la nevera y simplemente la tiramos. ¿Las sobras de ayer? Muchas veces van directo al basurero. En un mundo de abundancia, estos actos pueden parecer insignificantes, inocentes incluso. Lo hacemos de forma inconsciente. Sin embargo, la magnitud de la pérdida y el desperdicio de alimentos a escala mundial es apabullante: según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), un tercio de todos los alimentos producidos se pierde o desperdicia. ¡Un tercio!

Con 815 millones de personas subalimentadas en todo el mundo y el hambre en aumento después de haber disminuido constantemente durante más de una década, la pérdida y el desperdicio de alimentos es una falla monumental en el funcionamiento de nuestros sistemas alimentarios, con consecuencias directas sobre la seguridad alimentaria y la nutrición, el cambio climático y el bienestar de nuestro medio ambiente.

Las cifras son asombrosas: a escala mundial, la pérdida y el desperdicio de alimentos consume el 30% de la tierra dedicada a la producción de alimentos y el 25% del agua utilizada en la agricultura. Generan costos anuales estimados en 2.600 millones de dólares. Un mejor uso de los abundantes alimentos que ya producimos también podría prevenir la deforestación y la destrucción de los ecosistemas y la biodiversidad. Pero éste es un desafío que va mucho más allá de la agricultura sostenible y requiere ajustes en el sistema alimentario en general.

Necesitamos crear fondos mundiales de donantes múltiples a gran escala para abordar este problema, como lo hemos hecho para luchar contra el cambio climático a través de iniciativas como el Fondo Verde para el Clima. ¿Por qué? Porque si comparamos la huella de carbono global del desperdicio de alimentos con la de los países, es el mayor emisor de gases de efecto invernadero, solo superado por Estados Unidos y China, ya que representa cerca del 8% de las emisiones globales.

Para avanzar en este tema, todos deben unirse: los gobiernos, el sector privado y los consumidores. Los minoristas y los supermercados deben ser aliados clave en esta lucha y avanzar significativamente con cambios en sus políticas con respecto a la forma en que adquieren y administran los alimentos. Francia, por ejemplo, ha sido el primer país en aprobar una ley que prohíbe a los supermercados descartar o destruir alimentos utilizables, creando alianzas con organizaciones benéficas y bancos de alimentos para proporcionar millones de almuerzos a quienes los necesitan con alimentos que solían terminar en la basura.

Pero no son solo los gobiernos y las grandes empresas las que pueden impulsar el cambio, las personas podemos marcar una diferencia real, abordando el desperdicio de alimentos en nuestros hogares y trabajos. La acción ciudadana será de suma importancia si queremos alcanzar el Objetivo de Desarrollo Sostenible que apunta a reducir a la mitad el desperdicio de alimentos per cápita a nivel minorista y de consumo.

Desde 2011, la FAO y la institución Messe Düsseldorf promueven la iniciativa Save Food, que reúne la industria, las instituciones de investigación y la sociedad civil para intercambiar ideas, desarrollar soluciones y crear conciencia global. En sociedad con el Instituto Internacional de Investigación sobre Políticas Alimentarias (IFPRI) estamos implementando desde 2015 la Plataforma del G20 contra la pérdida y el desperdicio de alimentos.

La Reunión Ministerial de Agricultura del G20 de esta semana en Argentina es una gran oportunidad para que las mayores economías del mundo intensifiquen sus esfuerzos y comiencen esta transformación profunda y necesaria. Porque o bien rescatamos alimentos de la basura a partir de hoy mismo, o corremos el riesgo de ahogarnos en un mar de desechos.

*es director general de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

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Hambre Cero: acciones de hoy para el futuro

Alcanzar el hambre cero en el mundo para 2030 es aún  posible.

/ 22 de octubre de 2018 / 20:54

Hace solo tres años, en septiembre de 2015, todos los Estados Miembros de las Naciones Unidas aprobaron la Agenda 2030 de Desarrollo Sostenible. Los líderes de todo el mundo consideraron la erradicación del hambre y todas las formas de malnutrición (el Objetivo número 2) como fundamental de la Agenda y condición sine qua non para un mundo más seguro, más justo y más pacífico.

Paradójicamente, el hambre no ha parado de crecer desde entonces. Según las últimas estimaciones, el número de personas subalimentadas aumentó en 2017 por tercer año consecutivo. El año pasado, 821 millones de personas sufrieron hambre (el 11% de la población mundial, una de cada nueve personas en el planeta), en su mayor parte agricultores familiares y de subsistencia que viven en zonas rurales pobres en el África Subsahariana y en el Sudeste Asiático.

Sin embargo, el creciente nivel de subalimentación en el mundo no es el único reto al que nos enfrentamos. También van en aumento otras formas de malnutrición. En 2017, al menos 1.500 millones de personas sufrieron deficiencias de micronutrientes que socavan su salud y sus vidas. Al mismo tiempo, la proporción de obesidad entre adultos sigue aumentando, pasando del 11,7 % en 2012 al 13,3% en 2016.

El hambre se circunscribe principalmente a áreas específicas, sobre todo aquellas azotadas por conflictos, sequías y extrema pobreza; pero la obesidad está en todas partes y sigue creciendo en todo el mundo. De hecho, estamos asistiendo a su globalización. Un ejemplo: las tasas de obesidad están aumentando más rápidamente en África que en ninguna otra región —ocho de los 20 países con tasas de crecimiento más rápido están en ese continente. Además, en 2017 el sobrepeso infantil afectaba a 38 millones de niños menores de cinco años. Un 46 por ciento de estos niños viven en Asia y el 25 por ciento, en África.

Si no tomamos medidas urgentes para parar el aumento de la obesidad, pronto podría haber más gente obesa que malnutrida en el mundo. El crecimiento de la obesidad está teniendo un coste socioeconómico enorme. Es un factor de riesgo para muchas enfermedades no transmisibles, como las afecciones del corazón, los infartos, la diabetes y ciertos tipos de cáncer. Las estimaciones indican que el impacto global de la obesidad se sitúa en alrededor de 2 billones anuales (2,8 por ciento del PIB mundial). Combinados, es un coste igual al del impacto del tabaco y los conflictos armados.

Este año, el día Mundial de la Alimentación (que se celebra cada 16 de octubre), pretende recordar a la comunidad internacional su compromiso político de erradicar todas las formas de malnutrición y para recordar que alcanzar el Hambre Cero en el mundo para 2030 (eso es, en 12 años), aún es posible.

Según estimaciones de la FAO, el hambre en Brasil se redujo del 10,6 por ciento de la población total (unos 19 millones de personas) al inicio de los 2000, a menos de 2,5 por ciento en el trienio 2008-2010, que es el valor mínimo por el cual FAO puede hacer inferencias estadísticas fiables. Esta reducción en el número de gente subalimentada fue posible principalmente al firme compromiso del expresidente Lula y de la puesta en marcha de políticas públicas y de programas de protección social que atajaron la extrema pobreza y el impacto de las sequías prolongadas en la parte noreste del país.

De hecho, los gobiernos tienen el papel más fundamental en el logro del Hambre Cero al poder asegurar que la gente más vulnerable tiene suficientes ingresos para comprar los alimentos que necesitan, o los medios para producirlos por sí mismos, incluso en tiempos de conflicto.

No obstante, los líderes mundiales deben tener en cuenta que el concepto Hambre Cero es más amplio y no se limita a la lucha contra la subalimentación. También pretende garantizar que todo el mundo tenga los nutrientes necesarios para llevar a cabo una vida sana. El Hambre Cero incluye la erradicación de todas las formas de malnutrición, así que no se trata solo de alimentar a la gente, sino de que también se nutra bien.

Los sistemas alimentarios actuales han aumentado la disponibilidad y el acceso a alimentos procesados muy calóricos, energéticamente densos, altos en grasas, azúcar y sal. Deben ser transformados de modo que todo el mundo pueda consumir alimentos sanos y nutritivos. Tenemos que abordar la obesidad como un asunto público, no como un problema individual. Esto requiere la adopción de un enfoque multisectorial que involucre no solo a los gobiernos, sino también a los organismos internacionales, la sociedad civil, el sector privado y los ciudadanos en general.

Las dietas saludables deben ser fruto de un esfuerzo colectivo que incluya, por ejemplo, la creación de normas (como el etiquetado y la prohibición de algunos ingredientes dañinos), la introducción de la nutrición en los programas escolares, la adopción de métodos para reducir las pérdidas y desperdicios de alimentos, y el establecimiento de acuerdos comerciales que no impidan el acceso a comida fresca, nutritiva y cultivada localmente por agricultores familiares.

El lema del Día Mundial de la Alimentación 2018 es “Nuestras acciones son nuestro futuro”. Es hora de renovar nuestro compromiso y, aún más importante, el apoyo político para lograr un mundo sostenible libre de hambre y de todas las formas de malnutrición.

* Director general de la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

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Esperanza en tiempos de crisis nutricional

No podremos avanzar mientras millones de personas continúen sufriendo hambre y pobreza.

/ 4 de marzo de 2018 / 04:00

Hambre creciente y obesidad fuera de control, degradación de los recursos naturales, persistente pobreza y desigualdad rural, y el cambio climático. Estos son los principales enemigos de la seguridad alimentaria en América Latina y el Caribe. Hace solo un par de años, la región celebraba un logro histórico. En 2015, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) la reconoció como la única región en desarrollo del mundo en haber alcanzado la meta del hambre de los Objetivos de Desarrollo del Milenio.

Con 20 millones de personas habiendo superado el hambre en poco más de dos décadas, la región se convirtió en un ejemplo mundial, la prueba concreta de que lograr hambre cero era realmente posible.  Pero las cosas han cambiado de forma bastante dramática desde entonces. En 2017, la FAO advirtió que el hambre había vuelto a aumentar en América Latina y el Caribe. Entre 2015 y 2016, el hambre creció en casi 2,5 millones de personas, hasta llegar a 42,5 millones. No ha estado tan alta desde 2008.

Por sí solo, este dato sería motivo de gran alarma. Pero ahora el hambre convive con una epidemia de obesidad que afecta a todos los países y sectores sociales. Si a ellos sumamos los impactos innegables del cambio climático en los sistemas agrícolas y medios de vida rurales, y el estancamiento de la reducción de la pobreza rural, se configura una tormenta perfecta de inseguridad alimentaria, una época de crisis nutricional para América Latina y el Caribe.

Los niños de esta región son los que tienen más sobrepeso en el mundo: afecta a casi 4 millones de niños y niñas. Pero la situación de los adultos es aún peor: 96 millones de personas sufren obesidad, una cifra increíble que excede la población total de Colombia, Argentina y Costa Rica, combinadas.

Dado que el 20% de los habitantes rurales no puede ni siquiera comprar una canasta básica de alimentos, miles de personas están migrando para escapar de la pobreza, los conflictos armados, el crimen organizado o los fenómenos climáticos extremos. Otros emigran de tierras que ya no producen alimentos. Los habitantes de muchos países del Caribe no tienen dónde ir, ya que toda el área está siendo golpeada por devastadores huracanes de creciente intensidad.

Pero aunque los desafíos son muchos, América Latina y el Caribe conserva una riqueza única. La región es extremadamente fértil y biodiversa, tiene más agua que cualquier otro rincón del planeta, y su vibrante sector agrícola es clave para alimentar al mundo. Y no solo tiene riqueza natural, sino que además cuenta con las políticas públicas y grandes acuerdos que sostuvieron los impresionantes avances sociales de las últimas décadas.

Esas políticas no solo fueron eficientes, fueron inspiradoras. Los programas que apoyaron el desarrollo de la agricultura familiar ayudaron a las mujeres a convertirse en una parte clave de la fuerza de trabajo rural, y alimentaron a millones de niños mediante programas de alimentación escolar, dando un mejor acceso a la nutrición para los más vulnerables. No fueron solo migas de pan para los pobres. Al contrario, fueron la columna vertebral y el corazón de un desarrollo económico y socialmente sostenible, incluso antes de la Agenda 2030. Porque si hay algo que es incuestionable es que no podemos avanzar mientras millones sufren hambre y pobreza. Alimentarlos requiere transformar profundamente nuestros sistemas agroalimentarios, para hacerlos más eficientes y competitivos, más respetuosos con el medio ambiente y realmente incluyentes.

Para lograrlo, la FAO llama a todos los países de la región a intensificar la lucha contra el hambre, la malnutrición, la pobreza rural y el cambio climático en la próxima Conferencia Regional de la FAO, que se celebrará en Jamaica del 5 al 8 de marzo. Esta será mi última Conferencia Regional como director general de la FAO. Como tal, tengo un mensaje simple para todos los que se preocupan por la nutrición: el sueño de una América Latina y Caribe sin hambre sigue siendo tan importante y verdadero hoy como lo era cuando me uní a la FAO hace más de una década.

Incluso si el escenario actual es complejo, no debemos desesperar, ya que es durante los tiempos de crisis cuando las sociedades e individuos muestran su verdadero valor. Colombia logró la paz después de décadas de conflicto. Brasil sacó a millones de personas del hambre y la pobreza. Costa Rica reverdeció toda su economía. Barbados cerró sus puertos a la pesca ilegal. México exporta sus productos a los mercados más exigentes. Estos son solo algunos de los ejemplos de lo que nuestras sociedades han logrado.

La Conferencia de la FAO es una oportunidad única para que la región reaccione contra la creciente marea de malnutrición. Nuestro objetivo continúa siendo hambre cero. Y no debemos dar un solo paso atrás.

*es director general de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

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La migración puede aportar al desarrollo rural

El desarrollo rural inclusivo puede hacer de la migración una cuestión de elección y no de desesperación.

/ 16 de octubre de 2017 / 10:34

A lo largo de la historia, una de las estrategias más eficaces para que las personas busquen un futuro mejor ha sido desplazarse. En la mayoría de los casos abandonando las zonas rurales empobrecidas en busca de oportunidades más productivas en otros lugares. De hecho, desde nuestros comienzos la migración ha sido esencial para la historia humana: fuente de beneficios económicos y culturales múltiples.

Pero cuando la migración es una cuestión de extrema necesidad, angustia y desesperación, se convierte en otra historia. La migración forzada está arraigada en los conflictos, la inestabilidad política, la pobreza extrema, el hambre, la degradación ambiental y los efectos del cambio climático. En estas situaciones, las personas no tienen otra opción que marcharse.

El lema de este año para el Día Mundial de la Alimentación (16 de octubre), “Cambiar el futuro de la migración. Invertir en seguridad alimentaria y desarrollo rural”, aborda las causas estructurales de los grandes desplazamientos de personas para hacer la migración segura, ordenada y regular.

Esto es aún más pertinente hoy porque el número de personas que padecen hambre vuelve a aumentar después de décadas de progreso. Según el informe del Estado de la inseguridad alimentaria en el mundo de 2017 (SOFI), 815 millones de personas sufrieron hambre en 2016, un aumento de 38 millones de personas en comparación con 2015 (777 millones). Esto fue debido en gran parte a conflictos, sequías e inundaciones en todo el mundo.

De hecho, los conflictos han llevado al noreste de Nigeria, Somalia, Sudán del Sur y Yemen al borde de la hambruna, y han provocado inseguridad alimentaria aguda también en Burundi, Irak y otros lugares. En todo el mundo hay cerca de 64 millones de personas desplazadas por el conflicto y la persecución, las cifras más altas desde la Segunda Guerra Mundial. Además, la sequía provocada por el fenómeno de El Niño, excepcionalmente intenso, ha reducido drásticamente el acceso a los alimentos en gran parte de África.

Los hogares rurales llevan a menudo el peso de estos factores. La mayoría de los pobres del mundo viven en zonas rurales y muchos jóvenes rurales, especialmente en África subsahariana, migran debido a la ausencia de oportunidades productivas.

Pero expliquemos la historia claramente: A pesar de las percepciones ampliamente aceptadas, la mayoría de los que migran permanecen en sus países de origen. Hay aproximadamente 763 millones de migrantes internos en todo el mundo, una de cada ocho personas en el planeta, y la mayoría se traslada del campo a las ciudades. De los 244 millones de migrantes internacionales registrados en 2015, un tercio provino de países del G20 y consistía en personas que se desplazaban para buscar oportunidades más productivas. Los flujos migratorios Sur-Sur son ahora más grandes que aquellos de los países en desarrollo a los países desarrollados.

Hacer de la migración una opción: los conflictos, la pobreza rural y el cambio climático exigen cada vez más atención, ya que impulsan la migración por situaciones de dificultad como último recurso, lo que genera una maraña de problemas morales, políticos y económicos para los migrantes, sus anfitriones finales y los puntos de tránsito intermedios. Todos tenemos raíces y pocos de nosotros deseamos cortarlas. De hecho, incluso en las situaciones más extremas las personas prefieren quedarse en casa.

El desarrollo rural incluyente puede ayudar en todos los frentes, frenar los conflictos, impulsar la sostenibilidad y hacer de la migración una cuestión de elección en lugar de desesperación.

Se necesitan con urgencia oportunidades de empleo decentes, que pueden ser generadas por la agricultura productiva y actividades de apoyo que abarcan desde la investigación de semillas y la provisión de crédito, hasta la infraestructura de almacenamiento y las empresas de procesamiento de alimentos, para convencer a un creciente número de jóvenes en las zonas rurales de que tienen un destino mejor que los viajes peligrosos a lugares desconocidos.

La migración misma es parte del desarrollo rural, la migración estacional está estrechamente ligada a los calendarios agrícolas y las remesas son una fuerza enorme para mejorar tanto el bienestar rural como la productividad agrícola. La contribución de los migrantes al desarrollo debe ser reconocida y valorada, ya que son los puentes entre los países de origen, de tránsito y de destino.

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) trabaja para abordar las causas profundas de la migración. Esto significa promover opciones políticas que favorezcan a las personas vulnerables. Incluye la formación laboral juvenil y el acceso inclusivo al crédito; la elaboración de programas de protección social que ofrezcan transferencias en efectivo o en especie; medidas específicas para apoyar a los que regresan a las zonas rurales de origen y la asistencia para el suministro de semillas, fertilizantes y servicios de sanidad animal, puesta a punto de sistemas de alerta temprana para riesgos climáticos y trabajo para el uso sostenible de los recursos naturales y la tierra.

Como copresidente en 2018 del Grupo Mundial sobre Migración, que comprende 22 organismos de las Naciones Unidas y el Banco Mundial, la FAO abogará por soluciones que hagan de la migración un acto de elección y no un último recurso desesperado. La agricultura y el desarrollo rural tienen un papel clave que desempeñar en este sentido.

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Sembrar seguridad alimentaria, cosechar paz

La paz y la seguridad alimentaria en el planeta a menudo se refuerzan mutuamente.

/ 15 de mayo de 2016 / 13:54

Para sembrar las semillas de la paz, necesitamos semillas. ¡Y también a los agricultores para plantarlas! La seguridad alimentaria y un sector agrícola saludable pueden desempeñar un papel central en los esfuerzos para prevenir los conflictos y construir la paz. Hoy en día, la comunidad internacional dedica la mayor parte de sus recursos a intervenciones humanitarias destinadas a salvar la vida de las personas afectadas por las crisis prolongadas. Por desgracia, no se destina lo suficiente a ayudar a estas personas (la mayoría de las cuales vive en zonas rurales) a salvar y reconstruir sus medios de vida y evitar así que se conviertan en refugiados, migrantes ilegales o mendigos, en lugar de dedicarse a cuidar de sí mismos y de sus familias.

El  30 de marzo me reuní con el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, sorprendentemente fue la primera vez que la Organización para la Alimentación y la Agricultura (FAO) se dirigió a ese órgano. El objetivo fue promover el diálogo sobre cómo la comunidad internacional puede participar más eficazmente en la prevención y gestión de conflictos. En la reunión hicimos hincapié en que proteger los medios de vida y crear resiliencia en las poblaciones agrícolas y rurales reduciría el número de vidas en peligro. Pensemos, por ejemplo, en Siria. En este momento, más de dos tercios de la población requiere asistencia humanitaria, y 8,7 millones no tienen suficiente comida. Cerca de 4,8 millones de sirios son refugiados y hay un número aún mayor de desplazados internos. La mayoría se han visto desarraigados porque sus medios de vida han quedado destruidos, en algunos casos más por la falta de acceso a la comida que por la violencia directa.

La FAO se ha mantenido activa en Siria y ha ayudado a los agricultores proporcionando semillas y otros insumos agrícolas y vacunando al ganado. Hemos constatado que apoyar con $us 200 permite que un agricultor sirio produzca dos toneladas de trigo, suficiente para alimentar a una familia de seis personas durante un año y proporcionar semillas para la futura siembra. Ésa es solo una fracción del coste económico de la ayuda alimentaria, por no hablar del dramático costo humano. Esta pequeña aportación internacional ha ayudado mucho. Los agricultores sirios pudieron cosechar el 60% de la media de producción de trigo que el país tenía antes de la crisis. Desde luego no es suficiente, pero ayudó a evitar que la desesperación exacerbada desencadene un éxodo aún mayor.

Hay que redoblar los esfuerzos para mantener la producción de alimentos y el funcionamiento de los sistemas alimentarios, incluso en condiciones extremas, ya que esto puede ayudar a romper el círculo vicioso del hambre y el conflicto. Es parte de lo que se entiende por sostenibilidad, y la previsión de tiempo y del alcance de los esfuerzos internacionales se deben ampliar de manera acorde.

Para que los seres humanos prosperen, es necesario que disfruten de paz y libertad y que no tengan miedo. Junto con la erradicación del hambre y la pobreza, estos tres elementos son indispensables para el ejercicio y cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) que han acordado todos los países.
Las intervenciones para garantizar la seguridad alimentaria y proteger y rehabilitar el sector agrícola son contribuciones importantes que, a menudo, pasan desapercibidas. Más allá de su papel evidente en la lucha contra el hambre, también pueden ayudar a mitigar e incluso prevenir los conflictos. La paz y la seguridad alimentaria a menudo se refuerzan mutuamente. Por eso, la FAO hace hincapié en que el desarrollo rural debe ser una prioridad.

La agricultura es la actividad principal de la población rural pobre, que es también la más vulnerable a las consecuencias de los conflictos civiles, hoy en día la forma más común de conflicto armado. El fomento de la prosperidad agrícola puede aumentar la cohesión social, reducir tensiones sobre reclamaciones enfrentadas de recursos naturales y, mediante la creación de empleos rurales, socavar la base de reclutamiento del extremismo violento en todo el mundo.

La evidencia muestra que las intervenciones de seguridad alimentaria oportunas y sólidas permiten a los individuos y a las comunidades aumentar su resiliencia ante los conflictos y acelerar su recuperación de los mismos. Debemos aprovechar lo que hemos aprendido.

Reflexionemos sobre dos lecciones de Sierra Leona: primero, la larga guerra civil del país llevó a millones de personas a abandonar sus granjas, lo que conllevó más tiempo y esfuerzo para recuperar la producción una vez acabada la guerra. Tras el conflicto, la FAO patrocinó escuelas de campo para ofrecer formación y fortalecer las capacidades. Estas dos cosas no solo ayudaron a la recuperación de la producción de alimentos, sino que además catalizaron la propagación de las organizaciones comunitarias y contribuyeron a restablecer la cohesión social. El valor intangible de estos servicios de extensión agrícola de proximidad se reflejó posteriormente en el alto número de votantes en las áreas más afectadas por la guerra, una fuerte señal de que la recaída en el conflicto se había vuelto menos probable. Muchos otros ejemplos lo corroboran.

Los resultados hablan por sí mismos. A la larga, los esfuerzos para proteger los medios de vida se traducen en la necesidad de salvar un menor número de vidas como consecuencia de la falta de construcción y mantenimiento de la paz.

El gran incremento en el número de personas desplazadas hoy es un recordatorio diario de lo que está en juego. Sin apoyo, muchos más agricultores en situaciones de conflicto no tendrán otra opción que desplazarse dentro y fuera de sus fronteras. La paz sostenible está íntimamente ligada al desarrollo sostenible. Permítanme hacer hincapié en el desarrollo sostenible, que requiere muchos ingredientes, los alimentos y su producción, entre ellos.
 

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La malnutrición y sus enormes costos

Nuestros sistemas alimentarios no son sostenibles ni saludables, y mucho menos lo serán en 2050.

/ 7 de diciembre de 2014 / 04:00

El flagelo de la desnutrición afecta a los más vulnerables en nuestra sociedad, y el daño es mayor en las etapas tempranas de la vida. Hoy en día más de 800 millones de personas sufren hambre crónica, cerca del 11% de la población mundial. La subalimentación es la responsable de casi la mitad de todas las muertes infantiles, y una cuarta parte de los niños sufren retraso del crecimiento debido a una alimentación inadecuada. Las deficiencias de micronutrientes causadas por dietas que carecen de vitaminas y minerales (conocidas también como “hambre oculta”) afectan a 2.000 millones de personas.

La obesidad, otra forma preocupante de malnutrición, está aumentando. Más de 500 millones de adultos son obesos como resultado de dietas que contienen exceso de grasa, azúcares y sal. Esto expone a las personas a un mayor riesgo de enfermedades no transmisibles, como las dolencias cardíacas, ictus, diabetes y cáncer, convertidas ahora en las principales causas de muerte en el mundo. La alimentación inadecuada y la inactividad física suponen también el 10% de la carga mundial de morbilidad.

Muchos países en desarrollo se enfrentan ahora a las múltiples cargas de la malnutrición, con personas que viven en las mismas comunidades (a veces incluso en el mismo hogar) sufriendo de desnutrición, hambre oculta y obesidad. Las cifras son impactantes y deben servir de llamamiento mundial a la acción. Además del terrible sufrimiento humano, las dietas poco saludables tienen también un impacto negativo en la capacidad de los países para desarrollarse y prosperar: el coste de la malnutrición, en todas sus formas, se calcula entre el 4 y el 5% del PIB mundial.

Los actuales sistemas alimentarios son insostenibles y nocivos. Lograr sistemas alimentarios saludables y sostenibles es clave para superar la malnutrición en todas sus formas, desde el hambre a la obesidad. La producción de alimentos se ha triplicado desde 1945, mientras que la disponibilidad media de alimentos por persona ha aumentado en solo 40%. Nuestros sistemas alimentarios han conseguido incrementar la producción, pero a cambio de un elevado coste ambiental y ello no ha sido suficiente para acabar con el hambre. Al mismo tiempo, los sistemas alimentarios han seguido evolucionando, con una proporción cada vez mayor de alimentos que se procesan y comercializan y una mayor disponibilidad de alimentos con elevado contenido calórico, grasas, azúcares y sal.

Nuestros sistemas alimentarios sencillamente hoy no son sostenibles ni saludables, y mucho menos lo serán en 2050, cuando tengamos que alimentar a más de 9.000 millones de personas. Tenemos que producir más alimentos, pero a la vez alimentos nutritivos, y hacerlo de una manera que salvaguarde la capacidad de las generaciones futuras para alimentarse. En pocas palabras: necesitamos sistemas alimentarios saludables y sostenibles, que produzcan alimentos de forma equilibrada, en cantidad y calidad suficientes y accesibles para todos, si queremos llevar una vida sana, productiva y sostenible.

Durante la Segunda Conferencia Internacional sobre Nutrición (CIN2), que tuvo lugar en Roma entre el 19 y 21 de noviembre —con la participación de líderes gubernamentales, científicos, nutricionistas, agricultores y representantes de la sociedad civil de todo el mundo—, los países acordaron una Declaración Política y un Marco de Acción sobre la nutrición que incluye recomendaciones concretas para el desarrollo de políticas públicas coherentes sobre agricultura, comercio, protección social, educación y salud que promuevan una alimentación sana y una mejor nutrición en todas las etapas de la vida .

El Marco de Acción ofrece a los gobiernos un plan para desarrollar e implementar políticas nacionales e inversiones en toda la cadena alimentaria que garanticen una alimentación saludable, variada y equilibrada para todos. Ello puede incluir fortalecer la producción y el procesado local de alimentos, especialmente por los agricultores familiares y productores en pequeña escala, y vincularlos con las comidas escolares; reduciendo grasas, azúcares y sal en los alimentos procesados; haciendo que las escuelas y otras instituciones públicas ofrezcan una alimentación saludable; protegiendo a los niños de la comercialización de alimentos y bebidas dañinos, y permitiendo a la gente tomar decisiones informadas sobre lo que comen.

Si bien los ministerios de Salud, Agricultura y Educación deberían tomar la iniciativa, esta tarea incluye a todos aquellos involucrados en la producción, distribución y venta de alimentos. El Marco de Acción de la CIN2 sugiere también mayores inversiones para garantizar el acceso universal a intervenciones nutricionales efectivas, como la protección, promoción y apoyo de la lactancia materna, y el aumento de nutrientes disponibles para las madres.

Los países pueden comenzar ya a implementar estas iniciativas. El primer paso es establecer metas nacionales de nutrición para alcanzar los objetivos globales ya acordados, tal y como se establece en el Marco de Acción. La FAO y la OMS están preparadas para ayudar a los países en este esfuerzo. Al transformar el compromiso en acción y cooperar más eficazmente entre sí y con otras partes interesadas, el mundo tiene una oportunidad real de poner fin a las múltiples cargas de la malnutrición en todas sus formas en el curso de esta generación.
 

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