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Wednesday 21 Feb 2024 | Actualizado a 05:25 AM

El ex Palacio de Gobierno

El ex Palacio Quemado, un escenario con identidad propia, no podrá ser fácilmente desterrado al pasado

/ 16 de agosto de 2018 / 04:03

La mayoría de las ciudades del planeta cuentan con obras patrimoniales, y quizá algunas en demasía, ya que tienen miles o cientos de años de historia y sus obras preferidas son monumentos que incluso fueron reconstruidos prácticamente de la nada. Por ejemplo, el Reichstag o sede del Parlamento alemán, cuya nueva cúpula de vidrio funciona para el paseo del pueblo y los turistas. Esto se apoya en el gran valor histórico que representa para sus países, así como en la expresión de la fuerza de su identidad.

Algunas edificaciones históricas son restauradas esencialmente en su exterior, mientras que son intervenidas y renovadas en su interior bajo una visión en la que la alta tecnología está acorde a los nuevos tiempos. Este respeto se observa mucho más en aquellas construcciones que forman parte del pasado político de las naciones.

En el caso de las ciudades latinoamericanas, si bien estos inmuebles condensan historias relativamente cortas, debido a que gran parte son hijos del siglo XX, la historia de sus realidades sociopolíticas, muchas veces sobredimensionadas, es muy amplia, especialmente por hechos que generaron grandes cambios para el presente que hoy viven. Un ejemplo de aquello es Bolivia.

Uno de los testigos de nuestra accidentada historia es el ex Palacio de Gobierno, cuyo significado debiera llevar a repensar y evitar usos futuros contrarios a aquellos con los que fue proyectado y creado. Hoy se busca convertirlo en parte del patrimonio histórico, dejando de lado su verdadero valor de centro político que delineó la ruta por donde transitó Bolivia. Cabe recordar, en esa línea, que fue en ese recinto donde se tomaron las grandes decisiones para transformar a esta nación, aun cuando no todas las determinaciones fueron acertadas.

Y no nos referimos a la búsqueda de ritos con los que se busque proteger a esa infraestructura o convertirla en un lugar sagrado, sino al hecho de que ese escenario con identidad propia no podrá ser fácilmente desterrado al pasado, pues fue allí donde se construyó parte de la historia, por lo menos de los últimos 100 años, de Bolivia. En ese sentido, aquel patrimonio no solo es otro bien común de esta urbe, sino más bien un símbolo del país, que ha dotado de significación y sentido a muchas de sus realidades.

La idea es que el ex Palacio Quemado no se convierta en un simple centro recordatorio, porque con ello se corre el riesgo de que su herencia histórica de lugar cómplice de relatos muchas veces inconcebibles sea desplazada. Y si bien es cierto que nuestras ciudades deben mirar hacia el futuro, esto no debiera significar que se anule el pasado, ya que éste forma parte de la esencia de la sociedad.

Está claro que no será fácil opacar ese espacio y dejarlo en un silencio absoluto, y menos lograr que deje de ser un centro de vitalidad, ya que lleva impreso en su interior las marcas de la vida política-social de esta nación. Esa sola realidad es suficiente para evitar que se convierta únicamente en un elemento de teatralización del pasado.

Respecto al lugar donde se halla emplazado el ex-Palacio, el pueblo no cederá o desplazará fácilmente a la plaza Murillo como el punto estratégico e histórico de La Paz. Ello porque sus predios forman parte de la memoria colectiva asociada a aquella edificación. Solo el tiempo dirá si los temores anteriormente esbozados tristemente se hacen realidad…

* Es arquitecta

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Dos ciudades, una historia

Hoy, no cabe duda de que Tokio es el paraíso de los arquitectos

Patricia Vargas

/ 2 de febrero de 2024 / 09:43

Kioto fue la antigua capital del Japón. Una ciudad venerada y divina, fundada en 794 por el emperador Kammu con el nombre de Miyako, la cual además de ser considerada sagrada, fue la residencia del soberano y su descendencia.

Por sus cualidades naturales, Kioto contaba con un territorio que respondía a las normas de la geomancia. Un valle ancho rodeado de montañas y lleno de árboles, que lo llevaron a ser denominado la capital de la paz.

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Lo singular de esa ciudad fue que sus trazos urbanos respondían a las creencias culturales niponas, al modo del Xián: calles cuadradas y con una delineación en forma de cuadrícula, donde el palacio se hallaba situado al norte y la puerta de Rashomon protegía el sur. Conceptos culturales de una ciudadela que se revelaba como una especie de paraíso, el cual inspiró una novela: La historia de Gengi o Historia de amor. Mucho más, los poetas no solo hallaron inspiración en su naturaleza, sus montañas de distintos colores, especialmente el púrpura, y sus arroyos cristalinos, sino que colaboraron para que se la denominara la ciudad de los palacios bermellones.

Así, a principios del siglo XVIII, Kioto dominaba todo lo que tuviera que ver con cultura, estilo y asuntos espirituales, por lo que siguió siendo considerada la ciudad sagrada. Fue en la Segunda Guerra Mundial que los Tokugawua (régimen feudal) fueron derrotados y los nuevos soberanos instauraron como capital oficial a Tokio y determinaron el traslado del emperador a esta ciudad.

Esa urbe se convirtió en la ciudad más dinámica del Japón y se mantuvo en constante transformación, conservando poco de lo antiguo. De ahí que algo singular de ella es que conserva hasta nuestros días la vida efervescente de una ciudadanía comprometida con el mañana.

Allí, desde sus inicios, su sentido de lo transitorio ha formado parte de su desarrollo. Un mundo flotante que ha convertido su realidad cualitativa en permanente y llena de contrastes.

Desde su nacimiento, Tokio fue una ciudad pujante que llegó hasta a ganarle tierra al mar, para lo cual construyó diques y excavó canales.

En 1964, los Juegos Olímpicos se celebraron en Tokio y esta fue una oportunidad para que Japón mostrara al mundo el nivel de su desarrollo. Para ese gran evento se instalaron trenes de alta velocidad, se construyeron carreteras de múltiples carriles y no faltaron los campos Elíseos de Tokio.

En 1970, Japón gozaba de una prosperidad sin precedentes. Años del milagro económico en que la riqueza crecía a un ritmo vertiginoso y los rascacielos brotaban en Shinjuku -construidos al medio de la ciudad antigua-.

Fue en 1980 que Tokio hizo una invitación a arquitectos audaces para que dieran un nuevo toque a esa gran urbe.

Posteriormente, en 1989, se inauguró el edificio del gobierno metropolitano de Tokio, concebido por el arquitecto Kenzo Tange, cuya estructura en forma de catedral, fue lo que marcó la cúspide del progreso de ese periodo.

Lo interesante es que, en la década del 2000, Tokio comenzó a reinventarse nuevamente y las grandes edificaciones se construyeron a prueba de terremotos. Independientemente de ello, esa gran ciudad continuó concibiendo y mostrando al mundo renovados ejemplos de arquitectura. Con esos antecedentes, en 2021 inauguró un museo dedicado a la arquitectura y el urbanismo.

Hoy, no cabe duda de que Tokio es el paraíso de los arquitectos. Es más, se afirma que es una ciudad que abraza el pasado y el presente, mientras se reinventa permanentemente para seguir adaptándose al futuro.

(*) Patricia Vargas es arquitecta

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Estética de la fealdad

No sorprende que son tiempos que se pregona el ingreso de un arte que incorpora lo asimétrico, lo disarmónico, lo desfigurado

Patricia Vargas

/ 19 de enero de 2024 / 07:00

Al igual que la belleza, el concepto de fealdad fue evolucionando a lo largo de la historia. En el mundo griego, lo feo se identificó con el mal y ese contraste se consolidó como la negación de lo verdadero, lo bueno y lo bello.

Para ciertos filósofos del pasado, sin embargo, lo feo estuvo relacionado con la privación, la ausencia absoluta de algo, la carencia. Esto, en contraste con lo bello, que era comprendido en ese entonces como la plenitud. 

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Con la llegada del cristianismo, la fealdad se introdujo en el campo de las artes. Hegel afirmaba que el mundo griego jamás habría representado a un dios y menos soportado lo feo en compatibilidad con la sensibilidad helena. La razón era que se consideraba que lo sublime elevaba a la belleza. En cambio, el cristianismo supo asumir la fealdad como un medio para mostrar el pecado a la humanidad.

Una gran diferencia entre los dioses paganos y el Dios cristiano, pues este último hasta fue humillado al descender a lo humano. Todo en busca de la salvación de los creyentes judíos, que exigía no establecer distinción alguna entre unos y otros.

En 1767, Lasconte estudió la fealdad como una categoría específica del arte figurativo, cuya presencia perduró durante siglos. Empero, con la llegada del Romanticismo, el arte se ocupó de lo feo, acogiendo hasta lo deforme.

Así, la historia relata que esa teoría descriptiva de la belleza y aquella carente de ésta, se extendió hasta el siglo XX.

En esa línea, la pintura y la escultura contemporánea, como la del artista colombiano Fernando Botero, transformaron la gordura en un nuevo principio estético.  Asimismo, las obras de Picasso y Schönberg pusieron fin al ideal clásico de la belleza, incorporando lo asimétrico y lo disarmónico como parte del arte bello.

Destaca que Umberto Eco —uno de los estudiosos de la estética y el arte—, luego del éxito de su obra referida a la belleza, ingresara al estudio de la historia de la fealdad. Momentos en los que el pensador reconoció la evolución de los gustos y remarcó cómo aquello logró constituir una suerte de antología en la cultura estética occidental.

No faltaron los escritos que resaltaron cómo lo posmoderno, en ciertos ejemplos, logró ilustrar la visión sobre la fealdad.

Asimismo, Eco declaró su atracción por lo feo y avanzó incluso al análisis de lo desagradable, lo monstruoso. Una acción que lo llevó a afirmar que la historia de la fealdad es decididamente más interesante que la historia de la belleza.

Esa especie de exaltación de la palabra fealdad en el mundo contemporáneo acercó al filósofo a nuevos conceptos vinculados a los relatos de la ciencia.

En ese orden de ideas, la estética está presente en todo, el sonido, el movimiento, y no solo en la expresión dibujada o pintada.

Lo particular es que la fealdad hoy tiene una fuerza que puede ser interpretada como la otra forma de expresión, la rebelde, la contradictoria; como lo manifiestan algunas obras de arte como El grito contra la opresión.

Estudiosos contemporáneos que se rebelaron contra el arte clásico, representaron a lo feo con lo amorfo, lo disonante, lo anómalo; algo que, pese a todo, no limitó la imaginación creativa.

Por todo lo anterior, no sorprende que son tiempos que se pregona el ingreso de un arte que incorpora lo asimétrico, lo disarmónico, lo desfigurado. Bajo esas características, este tipo de arte tiene el infortunio de ser llamado el arte de la fealdad, cuando esa denominación no siempre es la que merecen esas expresiones artísticas.

(*) Patricia Vargas es arquitecta

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Un ave fénix… una ciudad

La historia de Barcelona es destacable en la lucha por el surgimiento de una urbe próspera

Patricia Vargas

/ 5 de enero de 2024 / 08:12

Rodeada de montañas y grandes vientos no favorables para la navegación a vela, Barcelona fue el sitio menos propicio para hacer nacer al ave fénix de España.

Un lugar donde en la Edad Media no era posible que atracaran grandes embarcaciones en sus puertos de dimensiones limitadas, por lo que requerían echar mano de pequeñas barcazas para descargar sus productos. Lo sorprendente fue que este sitio era el más importante de Europa.

Pero llegó el despegue industrial del siglo XIX y Barcelona surgió en medio de una infinidad de disturbios civiles relacionados con las luchas entre carlistas y liberales.

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Sin embargo, esa realidad no evitó que esa urbe se convirtiera en la más importante de España, para luego transformarse en la ciudad moderna de mayor relevancia de ese país europeo. Esto a pesar de los pocos recursos con que contaba.

Esa nueva urbe se destacó por la construcción de grandes edificios industriales, los cuales resaltaron su pujanza plasmada en la multiplicación de fábricas, sin olvidar que en paralelo renacieron las artes y las letras.

Gracias a esos avances, la Declaración de 1855 afirmó que allí los palacios no albergaban faraones ni orgías, sino a los productores de la historia económica de esa ciudad. Fue desde ese momento que arquitectos sembraron, como afirman escritos, el estilo nacional y la urbe expresó con fantasías moriscas obras representativas como la Casa Batlló (patrimonio de la Unesco) y el templo de la Sagrada Familia, ambas del arquitecto Antonio Gaudí. Un universo simbólico que además abarca a las torres de cuento de los arquitectos Rogent y otros.

El ascenso de Barcelona llegó con la invitación para ser la sede de la Exposición Internacional de 1929, cuando la ciudad ya superaba el millón de habitantes. Con ello, el ave fénix catalana inició el camino irreversible de su desarrollo.

En dicha muestra, el arquitecto Mies van der Rohe presentó el pabellón del Estado alemán con una propuesta, según Kennett Frampton, de innegable composición suprematista-elementarista.

La ciudad española fue sorprendida por el racionalismo del pabellón alemán y nació el acuerdo para superar la Barcelona de la generación anterior. Así, a principios de ese siglo ya prevalecía el estilo modernista.

La historia de Barcelona es destacable en la lucha por el surgimiento de una urbe próspera, ya que desde 1834 las distintas revoluciones en sus colonias llevaron a su florecimiento en 1929. Asimismo, su pujanza la condujo a su conversión en ciudad de irrefrenable desarrollo hasta llegar a ser la más importante de España.

Esa región comenzó a vivir un nuevo tiempo gracias a las distintas experiencias y los grandes anhelos de crecimiento que fueron alcanzados con los esfuerzos de su población.

En 1980, Barcelona inició su transformación contemporánea y sus proyectos urbanos estratégicos cobraron impulso gracias a su nominación como sede de los Juegos Olímpicos de 1992.

Lo singular es que los nuevos proyectos mostraron una fase evolutiva significante y de transformación de esa ciudad, la cual comenzó a proponer grandes transformaciones y para ello se propuso un urbanismo que “se realice a través de la arquitectura y no así en criterios abstractos”. Bajo esa premisa, las autonomías de la arquitectura propusieron hacer un urbanismo con arquitecturas personalizadas.

Es evidente que las ciudades anhelan grandes transformaciones logradas gracias al tesón de sus sociedades y a quienes las dirigen. En el caso de Barcelona, las nuevas intervenciones realizadas permitieron convertirla en el nuevo ave fénix de España.

(*) Patricia Vargas es arquitecta

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La Paz, a fin de año

Sabemos que vivimos tiempos en los que las megaciudades han implementado los ‘no lugares’

Patricia Vargas

/ 22 de diciembre de 2023 / 07:43

Estos días recordamos la etapa más singular de la vida ciudadana, las fiestas de fin de año. Días en que las urbes entremezclan lo imaginario con los anhelos de una población necesitada de ilusiones. Y para ello, las conmemoraciones de esta época son el mayor motivo para cultivar la esperanza.

Son fiestas en que la población se vuelca a los lugares más simbólicos de las ciudades, los cuales generalmente son preparados para celebrar las fiestas de Navidad y Año Nuevo. Allí, la muchedumbre invade esos espacios públicos que llevan a recordar a esos grandes poetas que afirmaban que el dominio de la ciudadanía radica en desposar a la multitud. En este caso, una ciudadanía enamorada de la vida urbana, ya que se apropia de los sectores más engalanados para estas fiestas. 

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Adicionalmente, se podría afirmar que la población paceña gusta de la calle, del encuentro y se identifica con el espacio público abierto, especialmente a fin de año, cuando su ávida necesidad de ver y sentir a su ciudad engalanada, la motiva a invadir los lugares que le ofrecen sensaciones atractivas. Estos sitios, embellecidos por escenografías en las que la luz artificial es dominante y hasta excesiva, transmiten la fuerza del sentido que conllevan las esperanzas para el nuevo año.

Es así que en la época navideña, esta ciudad vibra, a pesar de los gentíos que gustan sentirse espectadores de esos momentos y la superabundancia de actividades, ventas y compras que atraen a grandes y chicos. Momentos singulares que llevan a pensar que es una ciudad significante.

Una visión que reafirma que La Paz es dueña de una vida urbana efervescente gracias a su gente, lo que no siempre es aceptado por todos. Sin embargo, el espacio público es por demás atractivo para la ciudadanía, hasta el punto en que nos recuerda los conceptos de un enamorado de las multitudes y de la vida urbana de París, como fue Baudelaire.

Conceptos que nos acercan a una realidad como la de La Paz, en la que la población, al apropiarse de sus calles y otros lugares, le ha dotado de la denominación de ciudad viva. Esto, no solo porque el habitante paceño vive su ciudad, sino porque le gusta entremezclarse en la vida urbana.

Así, esta urbe representa esa especie de casa grande donde la ciudadanía vive y disfruta, lo que da a entender que también la ama, aunque de igual manera la aprovecha y la explota económicamente.

En definitiva, este territorio cuenta con una infinidad de realidades que afirman que es el lugar donde el habitante se siente libre para gozar de las expresiones ciudadanas, para relatar historias que no son otra cosa que un universo de imaginarios que alimentan la efervescencia citadina. A diferencia de otras urbes, que buscan crear significados forzados para dotarles de singularidades.

Imposible dejar de mencionar a las metrópolis que tuvieron la gran idea de conservar aquellos barrios en los que la ciudadanía expresa libremente la riqueza de su vida urbana, la cual resalta por su cultura. Y un ejemplo de ello, sin duda, es el China Town de Nueva York, del cual escribimos en este espacio hace algún tiempo.

Sabemos que vivimos tiempos en los que las megaciudades —que responden a la visión de ciudades del futuro— han implementado los no lugares, espacios circunstanciales que han logrado desplazar a los otrora lugares de encuentro. Sin embargo, pese a estas nuevas corrientes, cada fin de año, el engalanamiento de todas las ciudades con luminosidades por demás destellantes pareciera confirmar que no han roto definitivamente con el pasado.

(*) Patricia Vargas es arquitecta

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Ciudad cuna de la democracia

Lo singular es que Atenas ha inspirado a las ciudades a crear espacios abiertos para la ciudadanía

Patricia Vargas

/ 8 de diciembre de 2023 / 10:34

Atenas fue el lugar donde nació el primer espacio democrático de la historia de las ciudades, el cual ha ido evolucionando y ampliando con el tiempo el valor del significado de ese espacio abierto, en el que antiguamente se concentraban pensadores, filósofos y otros cerca del Estoa de Átalo, hoy restos de los juzgados de los siglos V y IV a.C.

Un lugar donde se asentaba el Ágora, que era el espacio más democrático para la congregación ciudadana, ubicado en el corazón de la ciudad de Atenea. Y si se transita por las columnas del Partenón, estas recuerdan que allí se reunía el consejo de los hombres sabios de Atenas. Por tanto, fue el sitio donde se concentraban los dos sectores más importantes de esa ciudad, tanto para la reunión ciudadana como para la sabiduría de la Atenas del ayer.

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Tiempos en los que el Ágora había abandonado su función anterior de ser el lugar donde se albergaba a los muertos.

Y fue el esparcimiento en su nuevo sentido de espacio democrático el que llevó a Atenas a ser considerada la ciudad de mármol y piedra, donde hombres y mujeres bajaban desde las montañas y planicies de Ática a los dos ríos (hoy secos) que corrían libres. Al medio de aquello, los conversatorios entre Anaxágoras y Sócrates legaban a la humanidad conversaciones filosóficas sobre la antigua Atenas.

Pero no se debe olvidar que mientras Pericles hacía levantar estructuras monumentales, los propileos decoraban con colores el Partenón, como si fuese un pavo real, según relatan escritos.

Atenas fue una ciudad habitada durante 8.000 años y los griegos estuvieron allí 3.500 de ellos. De esa manera, la civilización micénica de la Edad de Bronce reforzó la Acrópolis, lo cual dejó huellas como las fortificaciones que aún son visibles.

Sin embargo, llegó la época oscura de Grecia cuando tiranos, oligarcas y demás se disputaron el poder de ese territorio, por lo que la antigua Atenas vivió el tormento y las tribulaciones.

Lo singular es que Atenas, desde entonces hasta nuestros días, ha inspirado a las ciudades a crear espacios abiertos para la ciudadanía, los cuales han evolucionado hasta captar el sentido del Ágora del ayer, pero con múltiples actividades adicionales que hoy se efectúan allí. Estas últimas forman parte del valor de ese espacio, el más importante de las ciudades.

Un lugar que ahora generalmente se ubica en los sectores más relevantes de las ciudades, por lo que se podría decir que cada Ágora del ayer, hoy está presente en la mayoría de los centros urbanos y ha evolucionado acorde a las nuevas visiones de la ciudad del presente y quizá, del futuro.

Con ello, ese lugar democrático, el más problemático y conflictivo de la vida griega de ese entonces, hoy se asienta en las urbes como un lugar abierto a las expresiones ciudadanas: el espacio público.

El sitio más efervescente de la vida urbana de los últimos siglos, cuyo sentido y función se fue ampliando hasta el punto en que se convirtió en el motor que impulsa distintas expresiones ciudadanas. Ágoras que son apropiados por movimientos ciudadanos, que han instituido nuevos valores y significados a la democracia.

Plutarco escribió 500 años después que los atenienses legaron a la humanidad una base sólida para las democracias modernas, enalteciendo su sentido de Ágora, la diosa de la ciudad.

Terminamos el artículo con una frase de ese ayer que dice: Le haremos un favor a Atenas si recordamos el sudor de la ciudad, tanto como el perfume de las violetas, si se piensa en la dificultad de crear y mantener políticas democráticas.

(*) Patricia Vargas es arquitecta

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