Voces

lunes 20 sep 2021 | Actualizado a 07:28

Si vas a leer un solo libro…

/ 9 de septiembre de 2018 / 04:00

Estimado desconocido, comprendo que eres una persona muy ocupada y que es una impertinencia pedirte además que leas. Tienes tu trabajo (lástima que no seas un rentista, que es la condición perfecta del lector); tu familia (desde el punto de vista de la lectura, lo mejor sería que estuvieras soltero y solo en la vida), pero hay que aceptar lo que nos toca); tus aficiones de interior y al aire libre; incluso tu religión o tu militancia política, lo que está muy bien, pero que también quita su tiempo.

A ello se añaden tus horitas diarias de internet, la búsqueda de videos graciosos que mandar a los amigos para que vean que tienes chispa, los partidos de fútbol, los partidos de tenis, las 24 Horas de Le Mans (que duran eso, 24 horas) y tantas otras necesidades de tu espíritu a las que no vas a renunciar. De modo que lo de leer, francamente, está difícil. ¡Qué más quisieras tú que tener tiempo para eso!

Pero yo te propongo que leas un libro, solo un libro, del género que prefieras. Una vez leído, se acabó, nunca más, abandonas el vicio para siempre. A no ser que… Por si acaso, voy a decirte un libro, nada más que uno de cada género, por si te sirve de orientación.

i) Si vas a leer solo un libro de filosofía, que sea Sobre la libertad, de John Stuart Mill, para saber qué tienen que dejarte hacer y qué debes permitir que hagan los otros.

ii) Si vas a leer solo un libro de poesía, que sea Las flores del mal, de Charles Baudelaire, para que tengas un pretexto de aprender francés.

iii) Si vas a leer solo una novela de aventuras, que sea El mundo perdido, de sir Arthur Conan Doyle, para que sepas de dónde viene Jurassic Park y el resto de la dinomoda.

iv) Si vas a leer solo una novela de amor (y desdicha, claro), que sea Ana Karenina, de León Tolstoi, para que sepas cómo se las gastan los rusos.

v) Si vas a leer solo una novela de ciencia ficción, que sea La isla del doctor Moreau, de Herbert George Wells, después de la cual te verás raro al mirarte al espejo.

vi) Si vas a leer solo una novela de terror, que sea Cementerio de animales, de Stephen King, para que renuncies a todas tus mascotas.

vii) Si vas a leer solo una novela policíaca, que sea El sabueso de los Baskerville, de sir Arthur Conan Doyle, para que saludes, conozcas y despidas al gran Sherlock Holmes.

viii) Si vas a leer solo un libro político, que sea La condición humana, de Hannah Arendt, porque pone cada cosa en su sitio.

ix) Si vas a leer solo un libro de cuentos, que sea El Aleph, de Jorge Luis Borges.

x) Si vas a leer solo una novela histórica, que sea Vida y destino, de Vasili Grossman, para que sepas lo que derivó de la Revolución de Octubre, cuyo centenario se cumple este año.

xi) Si vas a leer un solo libro humorístico, que sea Para leer mientras sube el ascensor, de Enrique Jardiel Poncela, porque cuando el humor no es breve y chocante deja de ser humor para convertirse en otra cosa (por ejemplo, el Quijote).

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Maníacos

/ 24 de septiembre de 2017 / 04:00

José Gaos pensó que las dos exclusivas que caracterizan al hombre son la mano y el tiempo. Otros dijeron que la palabra y algunos que la risa o, mejor, la sonrisa. Probablemente los más acertados son quienes sostienen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces —tirando por lo bajo— en la misma piedra… A mí me parece que lo propio del ser humano es tener manías. Nuestras manías son como pequeñas religiones privadas, cultos íntimos con los que tratamos de contrarrestar la permanente amenaza del azar y el desparrame de la vida, incontrolable. Inexplicables pero fijas, las manías son lo más nuestro de lo nuestro. Para poder convivir pacíficamente con alguien, mucho más importante que compartir ideas políticas o gustos gastronómicos es tolerar sin reproches sus manías…

Todos somos, a escala mayor o menor, maniáticos. Nada de malo hay en ello, aunque ciertas manías son más perturbadoras que otras. Lo temible son los maníacos, o sea, los maniáticos empeñados en imponer sus manías a los demás, convertidas en dogma, adornadas con virtudes irrenunciables y transformadas en moral. Aún más, en superioridad moral. Hoy pululan por las redes sociales, intimidando a muchos. Están los maníacos clásicos, racistas, fanáticos religiosos (o anti), separatistas… pero además los de nuevo cuño, las feministas convencidas de la culpabilidad predeterminada de los varones, en cualquier conflicto o hasta en su forma de sentarse, y los más severos aunque risibles de todos, los animalistas, inventores de una moral surrealista en que solo puede haber animales inocentes y humanos culpables. Quien se burla de sus odios comete delito… de odio. No tomemos en broma a los maníacos, son influyentes y se encargan a través de la web de repartir los certificados de buena conducta que antes expedía la policía franquista…

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Recapitulación

/ 11 de junio de 2017 / 04:00

Últimamente abundan las voces que deploran la democracia como método de elegir gobierno y objetivos de gobernanza. No me refiero a obras de radicales ácratas o de oligarcas partidarios de que manden los mejores, o sea ellos mismos sin ir más lejos. Hablo de estudiosos moderados que han sido demócratas sinceros, pero han llegado a la conclusión de que fue una idea bonita que ha dejado de funcionar, si es que funcionó alguna vez. Algunos resultados recientes son aportados como pruebas: Brexit, Donald Trump…

En un mundo de votantes que se informan casi exclusivamente por internet, que no leen prensa ni mucho menos libros, que aprecian lo chocante o truculento más que las argumentaciones trabajadas sobre temas que de cualquier manera desconocen, que disfrutan con los histriones y se aburren con quienes miden sus palabras… ¿qué decisiones mayoritarias sensatas pueden esperarse?

Sí, la gente vota lo que sabe: pero casi nunca sabe lo que vota, etc… Y a partir de estas dolorosas constataciones se proponen, medio en serio, medio como provocación, alternativas que sustituyen el voto universal por el sorteo entre minorías bien preparadas (¿?), el gobierno de los técnicos, la exclusión del censo de ciertos grupos por edad, ausencia de arraigo laboral, etc… O sea, la democracia vuelve a enfrentarse contra las acusaciones de ineptitud y credulidad de las mayorías ya formuladas en sus orígenes griegos por los amigos de la oligarquía (lo de internet, no: se les olvidó), y regresan también los paliativos intentados para remediarlas en épocas sucesivas. Tanto retorno desconfiado no deja de tener peligro…

Porque la democracia nunca se propuso como el más eficaz sistema de gobierno, el que resuelve mejor los problemas o los evita, el que aumenta la riqueza de las naciones o garantiza la idoneidad de los gobernantes, el más capaz de controlar los ímpetus rapaces o destructivos de los humanos. La democracia no promete una sociedad políticamente mejor, sino una sociedad política. Los otros sistemas renuncian a ello y organizan órdenes jerárquicos, ganaderías humanas cuyas reses pueden estar bien alimentadas, ser prósperas y retozar alegremente juntas, no tener demasiadas quejas, quizá hasta ser plácidamente felices. Pero les falta la libertad de gobernar y gobernarse, sin la que no se es sujeto político. Están sujetos por el Gobierno, pero no son sujetos gobernantes, y por tanto, carecen de verdadera sociedad. Es posible que los desposeídos de libertad política no la echen en falta siquiera, pero ahí tropezamos con el punto intransigente —sine qua non— de la democracia: no se admite la libertad de renunciar a la libertad. Paradójicamente, en la vieja Atenas la Asamblea planteó alguna vez votar si seguían con la democracia o renunciaban a ella…

De lo que se ha tratado siempre en la revolución democrática es de la emancipación de los individuos. En Grecia apuntaba a librar al ciudadano de la clausura familiar y tribal, aún a costa de entregarlo al dominio de un destino trágico. En la Francia del siglo XVIII, la sublevación fue contra la opresión de la sociedad jerárquica del Antiguo Régimen, que recortaba los derechos políticos individuales y también sus libertades económicas, sometidas al marco corporativo. Es decir que, como bien ha señalado Marcel Gauchet, lo que podríamos llamar “izquierda” (radical contra la monarquía, la Iglesia católica, los estamentos regionales, el gremialismo burgués, etc…) parte del “liberalismo”, es decir, de la aspiración a libertades individuales conseguidas gracias al nuevo Estado basado en los derechos del hombre y el ciudadano.

En democracia no hay oposición entre los individuos (es decir, los ciudadanos) y la sociedad, porque es la evolución de ésta a partir de sus fórmulas atávicas, genealógicas y familiares, la que produce los individuos que disponen de autonomía legal y social. La sociedad democrática fomenta la creación de individuos capaces de autogestionarse (por medio de la educación general y la protección de sus derechos no heredados ni territoriales); y éstos a su vez configuran el marco institucional de una sociedad no tradicionalista, innovadora. El peligro del individualismo es considerar las leyes comunes como cortapisas mutiladoras de las libertades y no como sus garantías; y el peligro del Estado democrático es instaurar con sus reglamentos una dependencia estrecha de aquellos cuya independencia pretende asegurar. Durante la historia moderna, perdura un combate (una dialéctica, se decía antes) entre las libertades sin control y el control antilibertario. Las oscilaciones políticas entre derecha e izquierda (ambas afinadoras permanentes de la democracia) responden a mi modo de ver a esa dialéctica. Y se han corregido mutuamente durante muchos cambios de gobierno. Claro que también se han ido pareciendo cada vez más los unos y los otros, a veces en los peores aspectos: corrupción, incuria, deriva autoritaria… Lo cual, unido a la crisis económica, al desbordamiento migratorio, etc… ha favorecido el surgimiento de movimientos y partidos populistas, cuyo designio es demoler el sistema basado en la autonomía individual dentro del desarrollo social del bipartidismo para traer nuevas formas de caudillismo colectivista. O sea, pasar de la sociedad para los individuos a los individuos para la sociedad, en giro irreversible.

 “Me llamo Erik Satie… como todo el mundo”, respondía el músico a quienes requerían su nombre. En otro campo, cuando preguntemos a un europeo cuál es su filiación política, si es sincero responderá: “Soy socialdemócrata… como todo el mundo”. Porque la socialdemocracia es hoy la ideología política que mejor expresa ese doble carácter que Paul Thibaud ha llamado “socio-liberalismo” y que ha sido hasta ahora, al menos desde la II Guerra Mundial, el substrato ideal sobre el que se sostiene el sistema democrático. Sus principios pueden resumirse así: toda riqueza (económica, intelectual, emotiva…) es social. Nadie se enriquece en la isla de Robinson, por grandes que sean sus talentos, ni Mozart hubiera desarrollado su genio en una tribu de bosquimanos: por tanto, toda riqueza implica una responsabilidad social, para que revierta en el conjunto de los socios el provecho que tiene su fundamento en la institución colectiva. Pero es no menos cierto que la autonomía individual es el origen de la innovación y creatividad. Por tanto, el desarrollo de la individualidad debe ser fomentado, su originalidad respetada y su libertad garantizada legalmente. Esta combinación no es de derechas ni de izquierdas, sino civilizada.

Hay grupos políticos que ven más importante uno de los factores u otro, pero los electores modernos no permiten a nadie prescindir completamente de ninguno de ellos. Por eso, hace sonreír el cabreo de quienes reprochan a los gobernantes de derechas, los “liberales”, ser también socialdemócratas… ¡como si pudieran ser otra cosa! La diferencia es que ciertos políticos comprenden mejor lo que está en juego y defienden conscientemente el sistema de sus peores amenazas: la corrupción, que acaba con lo público; el colectivismo, que aniquila lo privado; la intolerancia, que no deja a cada cual inventarse a sí mismo dentro de la ley; las servidumbres étnicas, que despedazan el Estado de todos en tribalismos incompatibles… El gran adversario de la socialdemocracia no es quien la modula según las circunstancias históricas (no hay unas tablas de la ley socialdemócratas, como las hay contra las leyes entre los populismos), sino el abandono de la educación que, junto con la justicia partidista, anulan a los ciudadanos que mejor podrían desarrollarla.

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Moderno

/ 2 de abril de 2017 / 04:00

Han padecido ustedes alguna vez a esos fastidiosos predicadores —disculpen el pleonasmo— que atribuyen las deficiencias espirituales de nuestra época, su escasez de alma, ah, oh, al abuso de internet o a la fijación con los smartphones? Pues consuélense, lamentos semejantes se han oído en todas las épocas, acusando a diversos y sucesivos inventos: la imprenta, la máquina de vapor, la bicicleta, la radio de galena, el ferrocarril, el bidet, la electricidad, la píldora anticonceptiva, la olla a presión…

¡Platón reprochó a la escritura la pérdida de memoria de los humanos, nobles guerreros han asegurado que desde que aparecieron las armas de fuego se acabó el coraje viril en el campo de batalla y Pol Pot fusilaba a los que llevaban gafas por reconocerlos como intelectuales contumaces! Es curioso que todos prefieran creer que son los avances tecnológicos los que corrompen al espíritu humano (como si fueran otra cosa que una de sus realizaciones más características) y disipan las virtudes, en lugar de aceptar que son nuestros tenaces vicios espirituales los que acaban pervirtiendo los inventos más beneficiosos.

Los peores son esos beatos que pretenden alejar a los niños de las tecnotentaciones en vez de enseñarles a convertirlas en oportunidades geniales. Contra ellos, el ejemplo admirable de Roman, un niño inglés de cuatro años. Su madre sufrió un desvanecimiento grave y él activó el móvil con la huella del dedo de la mujer, llamó a Siri para pedir una ambulancia y luego a la Policía para informar de lo ocurrido y de su dirección. ¡Salvada! Dicen que Roman es un héroe porque conservó la serenidad donde muchos la hubiéramos perdido, tomó la decisión eficaz y la puso en práctica con tino. Pero además, es un héroe moderno, técnico, literalmente progresista. Gracias, Roman el bien llamado…

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Discriminar

/ 26 de diciembre de 2015 / 04:00

Ya sabemos que hoy el mejor modo de refutar cualquier crítica que se hace a una ideología o comportamiento es acusar al crítico de padecer fobia contra lo que censura. Invocando la “fobia”, la discusión pasa del terreno argumental al clínico: aunque aporte muchas razones, el adversario es un enfermo moral o mental, un psicópata social. No hay ni que examinar lo que dice, basta con aplicarle salfumán fóbico y sanseacabó.

Un ejemplo entre mil: la sentencia judicial “pionera en España” (¡excelente!) que condena por “discriminatoria” la disposición del Ministerio de Sanidad que solo permite la fecundación artificial a las mujeres que hayan fracasado más de un año en los intentos por coito vaginal. Se asegura que la disposición legal ahora vencida discriminaba a las lesbianas o a las solteras que se negaban a mantener relaciones procreativas. ¡Era homofóbica, ni más ni menos! Y que nadie se atreva a decir que era una medida contra la heterofobia, porque me van a oír…

Pues bien, apúntenme en la lista de los malos (la prefiero a la de los bobos). Que una mujer sana procree un hijo artificialmente para abolir al varón (o que uno o dos hombres utilicen un vientre de alquiler para un fin semejante pero inverso) es realmente discriminatorio para el recién nacido, huérfano programado y privado de una de las dos líneas de filiación que pertenecen a la condición humana.

Es lícito querer ser padre o madre, pero querer ser padre sin madre o madre sin padre puede ser aceptado por un juez, pero no por la reflexión ética, ya que hurta a un tercero una parte esencial de su aventura personal. Cualquiera puede criar a un niño, sean cuales fueren sus gustos eróticos, pero nadie participa en la paternidad como pareja de una probeta.

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