Voces

lunes 20 sep 2021 | Actualizado a 09:58

El Yuppie y la Flauta

/ 14 de octubre de 2018 / 04:00

De dónde vienes?, dijo el viejo. El Yuppie infló el pechito y respondió a mansalva: —De Harvard, don Jacinto. Se me hizo de muy mal gusto presumir así, de entrada nomás, con semejante patochada (sic) ante un apacible provinciano que nos recibía en su casa como huéspedes.

¿Y dónde queda eso?, inquirió el anfitrión destapando unas cervezas de bienvenida. –Oh, lejos, don Jacinto, respondió el ensoberbecido. Bien lejos de aquí y muy caro. El infeliz me miró convocándome a la complicidad con un guiño: —¿Harvard estará a unos 500 años de saberes, ciencia y cultura de este pueblito? ¿Qué dices tú? No supe qué responder, pero ya estaba sintiendo que mi bronca por el baboso jarvardiano me subía desde los tobillos. Sobrador de porquería.

Somos primos y don Jacinto es tío nuestro. De niños, veníamos ambos a esta hacienda, de vacaciones, traídos por nuestros padres. Éramos felices trepando árboles, corriendo al cerro, jugando en la lagunita. Pero ahora el Yuppie, desclasado, miraba todo con mohines de asco. Lo llamamos el Yuppie a pedido de él, desde que llegó de los yúnais. Ese apelativo en inglés significa, creo, young university professional people. Pinche altanero.  

El viejo nos ofreció la espumante cerveza y con el dejo natural de las melancolías comentó que le alegraba vernos y en especial a Fernandito, así dijo, porque, pues, te fuiste al exterior muy jovencito, y qué bueno que ya volviste al país, porque es de buenos hijos  volver al solar nativo y… El Yuppie oía sin escuchar, mirando con molestia a cualquier parte de la modesta estancia. El tío siguió con que seguramente a tu papá le habría gustado verte así, como te ves, tan desenvuelto y capaz…

Oh, sí, interrumpió el Yuppie, sin pizca de sentimiento. Mi viejo murió cuando yo tenía 15 años.  —El corazón; fue fulminante, qué pena, dijo el tío, y luego: —¡Salud, salud, bienvenidos, hijos! Y dio un sorbo a la espumante. Bebimos todos y luego se alzó un silencio incómodo. Yo no atinaba a decir nada y peor aquél, ajeno, ido, que se puso a mirar el patio por la ventanita.

Tosió el viejo como para aclararse la voz y habló penosamente: —Al poco tiempo de la muerte de mi hermano Víctor, toda tu familia se mudó a la ciudad, a la casa de Elvira, tu santa mamacita que en paz descanse, Nandín (así llamábamos a Fernando en aquellos años).

El déspota seguía sin palabra para nadie y el silencio se atrevió a hacerse oír más pesado entre los tres. Creí obligado decir cualquier cosa y musité: —Gracias, querido tío, por recibirnos en esta casa de tantos buenos recuerdos para nosotros… y ¡salud!”.  

Al ver que el Yuppie ni se amoscaba, allí, en el fondo de la salita, le dije con sorna: ¡Salud, doctor! —¿Doctor? ¿Eres doctor?, se iluminó el viejo. ¡Qué bueno, Nandín! Mira qué buena suerte que hayas venido. ¿Sabes qué, hijo? Hace unas dos semanas me empezaron unos dolores aquí por la cintura y cuando me agacho ya casi no me puedo enderezar porque… —¡No, no, don Chinto!, cortó aquel con molestia. ¡No soy doctor de… esas cosas! Por un momento pensé que iba a decir de esas huevadas.

El Yuppie, en la consagración de su petulancia habló para diplomar su vanidad: —Tengo un doctorado en econometría, en Harvard, como ya dije. El tío sorbió lentamente su cerveza, se relamió los labios y limpiándose la boca con la manga de la camisa habló como en sus tiempos de vocero que fue de la familia. —Mira, Nandín, seré muy viejo e ignorante, pero aquí, en el pueblo y en los buenos tiempos había dos clases de doctores: los matasanos y los buscapleitos. O sea, médicos y abogados. ¿Ahora hay otra clase de doctores?

Antes de que el Yuppie se mande otra de sus babosadas intervine: —Querido tío, cuando uno excava y excava la tierra y encuentra vasijas antiguas, de barro, es un doctor en antropología. Si otro especialista entra en una cueva, se pone a investigar edades de la tierra y sale con olor guano es un doctor en espeleología…

En eso saltó el Yuppie: —Si manipula gente y sociedades por años y años es un doctor en sociología! Dio unos pasos hasta mí y mirándome fijamente remarcó las sílabas de su dicho: —Si luego de decir que estudia la sabiduría sale con que solo sé que no sé nada, puede decirse que es un doctor en filosofía, ¿no es cierto?

El tío Jacinto tomó el último trago de su chela, se rascó la cabeza y achinando la mirada le preguntó: —Tú ¿en qué dices que eres doctorado?—Soy doctor en economía. Déjeme explicarle sencillito, don Chinto. Estudié en Harvard para sanear las finanzas públicas… —¡Ah, como la Fili!, se iluminó el viejo provinciano. ¿Se acuerdan de la Fili, chicos? —Yo sí, dije. Esa buena moza a la que la gente malpensada le decía la Flauta, ¿no? —¡Esa! Felicia, la de la tienda, dijo el viejo frotándose las manos como envolviendo un íntimo gozo. Y en eso, sorpresivamente, el interés del Yuppie

¿Qué pasó con la Fla… la Fili? —Pues… se hizo pública y saneó todas sus finanzas, repuso el viejo. Y antes de que el Yuppie reaccionara ante tamaño sopapo verbal: —Pero, la Fili no nos decía que era doctorada, aunque dejó a muchos en la ruina…

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SUS: Será Usted Sano (y salvo)

/ 23 de diciembre de 2018 / 04:00

Experiencia traumática para timoratos, corruptos y conservadores, la actual democracia tendrá en el año que viene dos sucesos memorables: las elecciones presidenciales de octubre y el arranque del Sistema Único de Salud (SUS) en enero. Que los electores se ocupen de rajar o alabar a sus candidatos; yo quiero ocuparme del Sistema Único de Salud y de sus proyecciones revolucionarias.

El próximo año se nos dará a elegir entre el SUS y el $us, abreviaturas de dos realidades opuestas: la salud socializada, universal y gratuita; o el negocio privado de los que permutan vida y muerte. Cinco y medio millones de bolivianos no tienen acceso a la atención médica pese a su derecho constitucional a la salud, y en estos días, el opositor majadero y el dueño de la medicina privada gritan improperios contra el SUS, pese a que aún no ha nacido. Vituperan antes, como el Imperio Romano que persiguió al Niño antes de Navidad.

Dicen que no hay hospitales, medicinas ni médicos para implementarlo. Pero eso se construye, se compra o se contrata. Para hacer todo eso se instituye el SUS. La mitad de la población boliviana accederá a ese sistema sin costo alguno, como ocurre en Cuba y pasará en México, donde el gobierno de Manuel López Obrador ha dispuesto agrupar en un solo ente los varios seguros sociales que allí existen. O sea: 120 millones de mexicanos tendrán un único sistema de atención médica, como en Bolivia. Aquí somos solo 11 millones y el Estado puede pagar por los necesitados con el dinero de todos.

Se construirán 49 hospitales a fin de que en el SUS confluyan todas las alternativas para salvar la salud del pueblo, desde la medicina científica, alópata, hasta la tradicional naturista o la novedosa  homeopatía, para nombrar dos de los innumerables recursos terapéuticos.

Algunos ejemplos: hace unos 30 años fuimos testigos y beneficiarios de la sabiduría de Jaime Zalles y de su metodología botánica; conocemos la eficacia de la ciencia homeopática del médico Jaime Ortiz; sabemos de la capacidad de la ginecóloga Viviana Camacho y del rescate que ella hace de la inmemorial destreza de las parteras que ayudan a alumbrar la vida de los niños que nacen en el campo.

Desde hace dos años vemos el agradecible despliegue de los oftalmólogos cubanos en cinco centros de Bolivia. Curan gratis los ojos. Todas esas prácticas de salvataje deberán ser parte del Sistema Único de Salud, venciendo bloqueos y poses burocráticas de los que incluso se pondrán en puestos de dirección.
Ese sistema audaz ya enfrenta las invectivas de los traficantes de la salud privada que pululan en los colegios médicos. Y estarán también en la grita los imberbes alumnos de medicina, quienes solo por ponerse mandilitos blancos creen poseer facultades para enfrentar al SUS, sistema del que ellos serán parte componente en el próximo futuro. Enhorabuena.

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El Yuppie y la Flauta

/ 14 de octubre de 2018 / 04:00

De dónde vienes?, dijo el viejo. El Yuppie infló el pechito y respondió a mansalva: —De Harvard, don Jacinto. Se me hizo de muy mal gusto presumir así, de entrada nomás, con semejante patochada (sic) ante un apacible provinciano que nos recibía en su casa como huéspedes.

¿Y dónde queda eso?, inquirió el anfitrión destapando unas cervezas de bienvenida. –Oh, lejos, don Jacinto, respondió el ensoberbecido. Bien lejos de aquí y muy caro. El infeliz me miró convocándome a la complicidad con un guiño: —¿Harvard estará a unos 500 años de saberes, ciencia y cultura de este pueblito? ¿Qué dices tú? No supe qué responder, pero ya estaba sintiendo que mi bronca por el baboso jarvardiano me subía desde los tobillos. Sobrador de porquería.

Somos primos y don Jacinto es tío nuestro. De niños, veníamos ambos a esta hacienda, de vacaciones, traídos por nuestros padres. Éramos felices trepando árboles, corriendo al cerro, jugando en la lagunita. Pero ahora el Yuppie, desclasado, miraba todo con mohines de asco. Lo llamamos el Yuppie a pedido de él, desde que llegó de los yúnais. Ese apelativo en inglés significa, creo, young university professional people. Pinche altanero.  

El viejo nos ofreció la espumante cerveza y con el dejo natural de las melancolías comentó que le alegraba vernos y en especial a Fernandito, así dijo, porque, pues, te fuiste al exterior muy jovencito, y qué bueno que ya volviste al país, porque es de buenos hijos  volver al solar nativo y… El Yuppie oía sin escuchar, mirando con molestia a cualquier parte de la modesta estancia. El tío siguió con que seguramente a tu papá le habría gustado verte así, como te ves, tan desenvuelto y capaz…

Oh, sí, interrumpió el Yuppie, sin pizca de sentimiento. Mi viejo murió cuando yo tenía 15 años.  —El corazón; fue fulminante, qué pena, dijo el tío, y luego: —¡Salud, salud, bienvenidos, hijos! Y dio un sorbo a la espumante. Bebimos todos y luego se alzó un silencio incómodo. Yo no atinaba a decir nada y peor aquél, ajeno, ido, que se puso a mirar el patio por la ventanita.

Tosió el viejo como para aclararse la voz y habló penosamente: —Al poco tiempo de la muerte de mi hermano Víctor, toda tu familia se mudó a la ciudad, a la casa de Elvira, tu santa mamacita que en paz descanse, Nandín (así llamábamos a Fernando en aquellos años).

El déspota seguía sin palabra para nadie y el silencio se atrevió a hacerse oír más pesado entre los tres. Creí obligado decir cualquier cosa y musité: —Gracias, querido tío, por recibirnos en esta casa de tantos buenos recuerdos para nosotros… y ¡salud!”.  

Al ver que el Yuppie ni se amoscaba, allí, en el fondo de la salita, le dije con sorna: ¡Salud, doctor! —¿Doctor? ¿Eres doctor?, se iluminó el viejo. ¡Qué bueno, Nandín! Mira qué buena suerte que hayas venido. ¿Sabes qué, hijo? Hace unas dos semanas me empezaron unos dolores aquí por la cintura y cuando me agacho ya casi no me puedo enderezar porque… —¡No, no, don Chinto!, cortó aquel con molestia. ¡No soy doctor de… esas cosas! Por un momento pensé que iba a decir de esas huevadas.

El Yuppie, en la consagración de su petulancia habló para diplomar su vanidad: —Tengo un doctorado en econometría, en Harvard, como ya dije. El tío sorbió lentamente su cerveza, se relamió los labios y limpiándose la boca con la manga de la camisa habló como en sus tiempos de vocero que fue de la familia. —Mira, Nandín, seré muy viejo e ignorante, pero aquí, en el pueblo y en los buenos tiempos había dos clases de doctores: los matasanos y los buscapleitos. O sea, médicos y abogados. ¿Ahora hay otra clase de doctores?

Antes de que el Yuppie se mande otra de sus babosadas intervine: —Querido tío, cuando uno excava y excava la tierra y encuentra vasijas antiguas, de barro, es un doctor en antropología. Si otro especialista entra en una cueva, se pone a investigar edades de la tierra y sale con olor guano es un doctor en espeleología…

En eso saltó el Yuppie: —Si manipula gente y sociedades por años y años es un doctor en sociología! Dio unos pasos hasta mí y mirándome fijamente remarcó las sílabas de su dicho: —Si luego de decir que estudia la sabiduría sale con que solo sé que no sé nada, puede decirse que es un doctor en filosofía, ¿no es cierto?

El tío Jacinto tomó el último trago de su chela, se rascó la cabeza y achinando la mirada le preguntó: —Tú ¿en qué dices que eres doctorado?—Soy doctor en economía. Déjeme explicarle sencillito, don Chinto. Estudié en Harvard para sanear las finanzas públicas… —¡Ah, como la Fili!, se iluminó el viejo provinciano. ¿Se acuerdan de la Fili, chicos? —Yo sí, dije. Esa buena moza a la que la gente malpensada le decía la Flauta, ¿no? —¡Esa! Felicia, la de la tienda, dijo el viejo frotándose las manos como envolviendo un íntimo gozo. Y en eso, sorpresivamente, el interés del Yuppie

¿Qué pasó con la Fla… la Fili? —Pues… se hizo pública y saneó todas sus finanzas, repuso el viejo. Y antes de que el Yuppie reaccionara ante tamaño sopapo verbal: —Pero, la Fili no nos decía que era doctorada, aunque dejó a muchos en la ruina…

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Como nunca, para siempre

/ 5 de agosto de 2018 / 04:00

Plurinacional Bolivia, somos 36 naciones originarias y enhiestas del oriente al occidente. País de manos dispuestas al trabajo y al progreso con impulsos de torrente, gente nueva, antiguo temple.

Patria en amor recobrada con espíritu omnisciente, al fin caminos juntos como nunca y para siempre. ¿Cómo fue nuestro reencuentro después de 500 años de estar en el mismo mapa mirándonos como extraños?

Cuando se fundó la patria, se hizo para pocos hombres. No se convocó a los indios y menos a las mujeres. De los héroes de entonces ni se mentaron sus nombres. Los guerrilleros no entraron a la primera Asamblea y se ungieron diputados los duchos en verborrea.

¿Quién nos ignoró en esa hora con despotismo oligarca? Doctores altoperuanos, vividores de dos caras, realistas resentidos… Será mejor no nombrarlos, si ya somos otros seres al sabernos bienvenidos.

Ahora nos hallamos juntos avanzando hacia la aurora. Digamos que este destino común que nos endilgamos se debe a la democracia, a su ejercicio asumido en igualitarios tramos.

Sin olvidar el pasado avancemos, bolivianos. Somos pueblo puesto a prueba de convivencia sincera. Somos 36 maneras de abordar el territorio desde su adentro y afuera.

No será fácil lograr el hermanamiento al tiro, tenemos muchos prejuicios aprendidos de la envidia y los llevamos orondos como si fueran suspiros.
Detrás de la identidad hay resquemores de antiguo, cada lengua originaria tiene su fondo y trasfondo cultural y abigarrado, y hay que respetarle el modo.

De hablarnos con la verdad se tratará la victoria. Si fuimos su geografía, seamos ahora su historia. Entonces, el castellano debe ser el puente abierto para poder entendernos. De eso se trata el futuro pluricultural y estable.

Somos gente muy diversa, pero no por eso ajena a la Bolivia viable. La patria no es una herencia de nuestros padres ni abuelos. Es préstamo de los hijos en el confín sempiterno.

Plurinacional Bolivia, atrás quedarán los siglos de la espada, el desprecio y el separatismo abyecto que solo trajo desgracia. La patria no acaba en Pando, allí comienza la patria; baja y sube serpenteando hasta la nieve y su gracia.

Con alborozo va el pueblo del altiplano hacia el llano, la diáspora migrante para poblar el silencio verdoso desde temprano. Los bolivianos de arriba bajan a tierra caliente y esa caminata marca el paso que da la vida para merecerse siempre.

Somos 36 naciones dignamente originarias y vamos a conocernos en el trabajo y las gestas del cariño y las propuestas. Las demasiadas estrellas y la poca población se concilian con el cielo. Cambas, collas y chaqueños se acercan en el desvelo.

La soledad del salar guarda el atónito litio, el gas respira en el Chaco libre de la abrupta guerra; la plata, el oro, el agua y otras rotundas riquezas velan armas bajo tierra. Existe un mando de historia con la certeza del alba.

Es cierto que la memoria es la prueba de que el cuerpo se deletrea en el alma… y es más evidente aún que esta patria despertaba por siglos al escuchar el canto coral del mar. Juro por Dios que tenía playas, ciudades y puertos en su largo litoral.

Pluriétnica Bolivia y multilingüe país de Tumpa y de Pachamama, manes del aire y la tierra para cuando se desea que haya paz, trabajo y pan. Ven hasta mí, compatriota. ¡Déjame darte un abrazo de patria y de certidumbres por el día 6 de agosto! ¡Viva Bolivia! Así sea.

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Todos tienen una madre…

/ 27 de mayo de 2018 / 04:00

Ahí va la cancioncita sonando en Cochabamba en cada Día de la Madre. La entona el argentino Leopoldo Dante Tévez (Leo Dan), presumido que afirma que “todos tienen una madre, ninguno como la mía”,  y por la que pide a Dios que no muera y “quede dentro mi rancho como estampita siquiera…”, de adornito decorativo.

La canción no es mala; lo lamentable es que en la Llajta se ha vuelto emblemática y socorrida desde hace medio siglo, año con año, gracias a las radios que la ofrecen a sus oyentes como “homenaje filial, inolvidable y sempiterno a la autora de nuestros días”; según peroran los locutores que, sin talento ni creatividad (condiciones de toda gente ante un micrófono) pululan en el dial y le ponen tarifa de regalo “para los oyentes que con este temita trascendental quieran decirle algo a sus mamacitas adoradas (…)”.

Digo que eso ocurre en Cochabamba, la ciudad que los bolivianos vinculamos, por costumbre y civismo escolar, a las madres cuando conmemoramos el martirologio de las patriotas que el 27 de mayo de 1812 enfrentaron, encabezadas por doña Manuela Gandarillas, a las tropas realistas en la colina de San Sebastián, la Coronilla. Valientes mujeres que fueron pasadas a cuchillo por los invasores al mando del arequipeño Goyeneche. Es en honor de esas heroínas que en Bolivia se celebra en este día a las mamás.

¿Leo Dan, Goyoneche, Coronilla, Gandarillas..? Revuelvo ese menjurje para reclamar ante los creadores bolivianos por una canción justa y simbólica en honor de la madre. En Cochabamba pasó aquella gesta histórica (que nos dio a Bolivia como madre), pero ese episodio tiene visos de ingratitud, ergo, olvido, excepto por esta fecha. No tenemos la canción esencial para las mujeres que sostienen la vida digna por los suyos, que aman y son amadas, que dan desvelo y reciben gratitud. Todo se reduce a unas palabras alusivas a la ocasión o, vamos, a lo que escribí en el Perú, hace 44 años, en la revista Estampa del diario Expreso que dirigía el poeta Mario Benedetti: “Este domingo de mayo, vergüenza debiera darme, por pensar con un regalo que solo hoy merezco madre”.

Pero, pero… debo decir en justicia que Cochabamba tiene gente creadora que eleva su talento artístico hasta el nivel que consagra a la mujer en la maternidad. Hace más de 15 años que el cantautor Marco Lavayén grabó cuecas alegóricas para la gestante, la madre y la abuela. Tan bellísimas canciones no tienen, empero, la atención ni el favor (¿?) de la difusión socializada, masiva. En Fundadora de mi sangre se oyen cosas como estas: “Compañera joven madre/ tu destino viene en grande/ tiene libertad de cueca/ lo que se gesta en tu vientre. (…) Con cariño y buena letra/ de adentro viene esta cueca/ para que baile la madre/ fundadora de mi sangre/ pañuelo agitado al viento/ bandera de paz al tiempo. (…) El secreto es de los dos/ abuela madre mayor/ el sauce grande del puente/ que nunca pierde su verde/ me ha jurado no llorar/ en homenaje a tu edad (…)”.

Otro singular trabajo fue hecho por el cochabambino Julio A. Mercado y su grupo Canto Vivo, cuando en 2012 se grabó toda una cantata para las Heroínas de la Coronilla. A ninguna autoridad gubernamental cochabambina le interesó aquella obra maestra; solo la Universidad de San Simón dispuso la participación de grupos de baile y escenificación teatral de algunos pasajes de lo ocurrido hace 200 años en esa colina, tumba y altar de la patria. Reza la copla central de ese largo canto “Es la mujer boliviana, hija y hermana cabal de la dignidad humana, madre de la libertad”.

Con aquellas tres cuecas grabadas por Lavayén iba una cuarta letra que publiqué en el diario Opinión en 1999, gracias a la gestión de mi amigo Antonio Rivera. Se llamaba La del reencuentro, a la vuelta de un exilio: “Ésta es la cueca fechada el 27 de mayo, señora quien te besara, quien estuviera a tu lado y te diera boliviana otra vida de regalo.// Los aretes te brillaban al sur y al norte del beso, tu sonrisa iluminaba aquel primer universo de la infancia amontonada, donde todo era de estreno. // La quimba de la nostalgia me hace bailar en silencio, zapateada en la distancia esta cueca del reencuentro… ¡Vuelta acunada en las palmas de la madre boliviana!”.

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Los padres de los padres

/ 18 de marzo de 2018 / 14:32

Los padres de los padres, los que siguen al pie de su deber y se desviven por no morir, sacramento imposible. Son así porque buscan en el llano del esfuerzo y la edad el gran milagro de volver a soñar lo ya soñado.

Se aferran a los hijos de los hijos, eludiendo perderse en el bendito río del tiempo, amargo laberinto. Los padres de los padres, los errantes y certeros resisten porque saben que el fiel amor de una mujer les late.

Y aunque miran la vida sin más ansia desde otra luz (desde su tiempo), cantan sabiendo cuán ingrata es la esperanza. Siguen apuntalando la palabra ya lejos del agravio y la moralla, la fugaz propiedad que une o separa.

Los padres de los padres se han quedado detrás de la penumbra, incluso abajo de la emoción que rige los abrazos. Fueron obreros, maestros, artesanos, comerciantes, labriegos, abogados y siguen siendo sabios a trasmano.

Los padres campesinos, gente altiva, los que en el ayllu tienen raíz viva, ética originaria, la más india. Y los otros que saben lo añorado, los abuelos que lanzan como un rayo su santa indignación: el mar robado.

El hierro de la crisis que los hiere se herrumbra y en el alma les florece una canción y un perdón transparentes. Muchos viven pendientes de algún bono que el Estado les da sin mayor dolo hasta doblar el último recodo.

Mi padre en una guerra fue soldado, estuvo en dos batallas en el Chaco y retornó rumiando un lento canto testimonial, como un relato amargo, de lo que pudo ser en ese vasto territorio de sed y tanto estrago. En Llallagua y Uncía, vida sorda, padeció las masacres de la Rosca contra el proletariado. Tuvo la honra de ser un boliviano convencido de que advendría el triunfo redimido de la Revolución de abril y lo que ha sido.

Los padres de los padres que no han muerto y quedan bajo el techo del recuerdo agradecidos de su prole y credo. Forjadores de patria y de futuro que asistieron al siglo con orgullo, merecen gratitud más que sepulcro.

Los abuelos, los padres y los hijos que son papás y asumen su destino en la patria de hoy con el cariño que tiene el ciudadano bien nacido. Brindo por ellos, por su noble entraña, porque el amor lo que ha tenido alaba dándole voz y tono a una guitarra.

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