Voces

domingo 5 dic 2021 | Actualizado a 07:35

De ahí soy yo

/ 23 de octubre de 2018 / 03:36

Hace años solicité a un amigo rockero una composición contemporánea como ofrenda a esta ciudad. Le argumentaba que existen canciones por todo el mundo que cantan a sus ciudades y que todavía no tenemos una que, en clave contemporánea, represente a la nuestra. En espera de ella, voy a repasar algunas creaciones poéticas y musicales que, pienso, son representativas del género. Ojalá puedan acompañarlas con su memoria auditiva y si no las escucharon las recomiendo encarecidamente, y como un candidato ha declarado que no hay malas palabras las transcribo con todas sus palabrotas.

Muy pocos conocen al cantautor belga Jacques Brel. Su canción Ámsterdam dedicada a ese puerto holandés es un portentoso y desgarrador himno a los marineros que llegan a sus muelles para frotar sus panzas con meretrices y “que beben y rebeben, y que rebeben aún” para terminar como cubas y orgullosos “plantan nariz al cielo, se limpian los mocos en las estrellas y mean como yo lloro sobre las mujeres infieles”.

Así de fuerte pero más tierna es la interpretación del amigo de mafiosos, Frank Sinatra, del clásico New York que universalizó la idea de una Gran Manzana que nunca duerme. Igualmente emotivo es Serrat cuando rinde tributo a la ciudad catalana con su Barcelona y yo, que da cuenta de las transformaciones buenas y malas recordando a grandes urbanistas y (cuándo no) a pésimos políticos “Mil caras tiene Barcelona. La que Cerdá soñó, la que malogró Porcioles, la que devoran las ratas”. En esa línea de pérdidas de valores y patrimoniales la composición de Chabuca Granda llora a Lima de veras preguntándose: “¿a qué volverla modosa si esa es la Lima de veras?”.  

El rock argentino es fructífero como ninguno de la región. Fito Páez dedicó una canción a su Rosario natal tan dura y bella como su título: En esta puta ciudad. La compuso después de un horrendo crimen familiar que transformó su vida para siempre. Y Gustavo Cerati con Soda Stereo nos dejó otro himno a lo urbano sobrevolando y cayendo “entre tus piernas” como un lascivo Dédalo en La ciudad de la furia.

Termino el breve recuento con Bersuit Vergarabat y su tremenda canción De ahí soy yo. Pocas creaciones a la ciudad llevan tanta denuncia, rabia y sorna como esta obra concebida con una potente mezcla de rock, chacarera y candombe. Cordera, su vocalista y fundador, repite decenas de veces la palabra mierda, se lamenta de la sempiterna verborrea que cae sobre los barrios extremos de Buenos Aires, y concluye con un verdadero alegato medioambientalista: “No hay nada más antiecológico que un infeliz, que un infeliz.” Volviendo a lo nuestro, ¿Para cuándo, Grillo?

* Arquitecto

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Carne mortal y piedra atemporal

/ 3 de diciembre de 2021 / 01:17

Carne y Piedra es un libro clásico de Richard Sennett donde se estudian las relaciones entre las sociedades (más precisamente las experiencias corporales) y las ciudades. Para nosotros, seres urbanos de la montaña, montaraces irredentos, esa correlación entre el cuerpo humano y nuestro entorno construido es muy particular, diría bastante particular. En la ciudad de La Paz, tanto el humilde vecino como los accionistas aburguesados de una empresa suponen que son más vitales y potentes que la memoria de la ciudad, y todos magnificamos nuestros hábitos y realizaciones. Para ello, existen dos campos estelares: los acontecimientos políticos y los eventos festivos. En esos actos sociales practicamos a placer expresiones grandilocuentes, con cuerpos exultantes que se abstraen de la realidad (olvidando una historia plena de vergüenzas), practicando un histrionismo colectivo que pretende ocultar nuestra centenaria incapacidad, y exteriorizando nuestras enormes ganas de ser escuchados. Aquí, en la sede de gobierno de un país politizado hasta el tuétano, la carne y la piedra se entrelazan formando imaginarios urbanos, paradójicos y lastimeros, como también construcciones simbólicas que son las más atrabiliarias e iracundas de la región.

Si existe un sitio emblemático de esta ciudad para tales prácticas es la plaza San Francisco. Nuestro ombligo urbano, nuestro gran teatro citadino que perpetuamente convoca fantasías, deseos y cualquier práctica social que nace de la inventiva de un pueblo que sabe administrar sus carencias. Pero, ¿por qué San Francisco? Es una plaza de dimensiones discretas rodeada de construcciones mediocres a excepción del conjunto conventual más importante de todo nuestro patrimonio arquitectónico. Respuesta: a pesar de su escala provincial, esa plaza nació con un aura muy particular. En la colonia, San Francisco fue el punto de reunión de la ciudad de indios con la ciudad de los españoles y criollos, hilvanando un lazo imaginario entre los de arriba y los de abajo, entre las castas privilegiadas y los indios, entre el poder y la ciudadanía; es decir, es una bisagra social con un aura única. Antiguamente se edificó ese sentido de correspondencia social con puentes peatonales (uno con piedras de Tiwanaku), y después canalizando en ese sector el río Choqueyapu. Todo con piedra y argamasa. Y esas piedras “vieron” pasar los ataúdes de todos: de los corregidores, de los talladores de la portada del templo, de los aristócratas de antaño, de los dictadores militares y “verán” pasar los de todos nosotros porque la memoria urbana pervive en materia atemporal y nuestra carne deambula por meandros inimaginables y efímeros.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Humano…

/ 19 de noviembre de 2021 / 01:57

Humano, Espacio, Tiempo y Humano, es la última película del director coreano Kim Ki-duk antes de morir de COVID- 19 en 2020. El autor, admirado por miles en el mundo, cae en su nivel y nos ofrece un retrato brutal, extremadamente sanguinario y cruel. Se preguntará usted por qué hago una breve reseña de una película mediocre. Pues, porque el cineasta hizo una obra mediocre pero dejó un testamento pertinente para la coyuntura nacional y global. La obra se ordena en cuatro capítulos y la describo con spoilers porque sé que no te atreverás a ver tanto horror.

Humano: En un desvencijado buque de guerra se va de paseo un grupo variopinto de personajes. Un político y su hijo, un grupo de bandoleros, el capitán del barco y su tripulación, y varios jóvenes (hombres y mujeres amorales). Todos comienzan a respetar al connotado político que pasea por la cubierta impecablemente trajeado. En una situación extrema el pituco se asocia a los bandoleros (vestidos de camuflaje) que tenían la única pistola a bordo y muchas hachas. Un viejo zaparrastroso se dedica a recoger tierra con un vaso.

Espacio: Un día el barco deja las aguas e, inexplicablemente, aparece navegando en las nubes (una espectacular imagen poética de Kim Ki-duk). Poco a poco comienza a escasear la comida que queda a cargo de los que ya supones: el político en contubernio con su brazo armado. Se racionan las porciones para todos y todas, mientras el político y el jefe de los bandidos disfrutan banquetes seguidos de violaciones y ultrajes a todas las mujeres; entre ellas, a una joven casta (compañera del hijo del político) que es violada por el padre, el bandolero y el hijo.

Tiempo: El personaje más cuerdo, el viejo, tiene un huerto y dos gallinas con la tierra y las semillas que recolectó pacientemente. El cuarto del viejo germina y se vuelve un vergel. Ahí se refugia la joven embarazada contra su voluntad al estallar las masacres. Y el barco, un artefacto de ambientes metálicos y fríos, se llena de sangre y cadáveres. Los sobrevivientes comienzan a comerse a los muertos (Kim Ki-duk regodeándose con la bajeza humana en modo ultra gore).

Humano: Caen todos excepto la joven que deambula sola en el barco ya transformado en una selva. Da a luz a un niño que crece con su madre en un espacio idílico. Llega a la pubertad y, siguiendo los genes heredados, persigue a su madre para violarla. No happy end.

Kim Ki-duk, el genio maldito de oriente, nos dejó un retrato social de metáforas evidentes: el barco es la patria, la naturaleza el único refugio, y los personajes representan la sociedad global de hoy que está al borde de aniquilarse siguiendo injustificados idearios de brutalidad.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Industrialización y pandemia

/ 5 de noviembre de 2021 / 01:29

The Nation, el semanario americano progresista, acaba de publicar un reportaje sobre un científico que todos deben conocer: Rob Wallace, biólogo evolutivo y ecólogo, famoso gracias a sus trabajos premonitorios sobre el coronavirus SARSCoV- 2 responsable de la pandemia que continúa asolando el planeta.

Hace poco Wallace era un científico desempleado. Era un investigador que apenas pudo conseguir trabajo como asistente para hacer sándwiches después de ser proscrito por la academia americana. ¿Por qué razón? Pues, por publicar un libro, casi profético, en 2016: Grandes Granjas, Grandes Gripes. En ese texto, Wallace relaciona científicamente el agronegocio del capitalismo salvaje con las pandemias; estudió los efectos de la depredación de los bosques naturales causante de un brutal desequilibrio medioambiental que abre las puertas a los virus más extraños y letales. Afirmaba, cinco años atrás, que existe “una alianza estratégica entre las multinacionales, la agroindustria y las nuevas pandemias globales”. Por tales investigaciones, premonitorias y adelantadas, que afectan al sistema capitalista en sus entrañas, fue excluido de becas o de cualquier investigación en las más prestigiosas universidades americanas. No seamos ilusos, ahí también se cuida la estabilidad del sistema.

Wallace, que viene de una familia científica y de izquierda, declaró: “La industria de la alimentación está empujando las fronteras forestales y eso está incrementando la interfaz entre la fauna silvestre, que acoge algunos de los patógenos más mortales, con el ganado industrial criado en esos bordes, y también con los trabajadores que están a cargo de esos animales”. Ese ciclo ocasiona “un incremento del tráfico de estos nuevos patógenos desde los animales salvajes, a través del ganado y la mano de obra, hacia las ciudades”. Wallace, que viajó a Wuhan para comprobar sus aseveraciones hasta el extremo de contagiarse de COVID-19, no cree en la teoría conspiranoica de un virus creado artificialmente. Al contrario, estudió el actual agronegocio capitalista en China que empujó a los campesinos tradicionales a comerciar especies salvajes que dispararon un proceso llamado propagación zoonótica: “cuando los patógenos que se originan en los animales se cruzan a los humanos y luego mutan para propagarse a otros humanos.”

Wallace devela, científicamente, la causa de la actual pandemia: el sistema capitalista. A ese pernicioso sistema debemos sumarle el cambio climático y sus estragos. Pero, pensar que la tarea global para descarbonizar el planeta es un invento del imperio para fregar al sur es un desvarío ideológico insulso para el tiempo sombrío que vivimos.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Sobre la apariencia

/ 22 de octubre de 2021 / 01:46

En nuestra arquitectura la apariencia es un leitmotif histórico. Es una manía persistente desde los albores de la colonización española y que continúa hasta nuestros días.

Si analizamos las construcciones del ámbito religioso, vemos que la transculturación de la apariencia se inició en ese periodo. En la arquitectura sacra del periodo colonial, la planta arquitectónica es un traspaso literal de la cruz latina con sus respectivos elementos (contrafuertes, campanarios, etc.), pero su portada tiene los elementos de nuestro sincretismo religioso (sirenas, sapos, frutas etc.) que mezcló artísticamente la cosmovisión de los talladores indígenas con el estilo barroco imperante en la época. A esa soberbia conjunción artística y arquitectónica, los historiadores Mesa y Gisbert la denominaron barroco andino, rescatando para la historiografía arquitectónica universal el enorme valor de esas construcciones de la parte andina. Sin embargo, ese enorme aporte local no puede desmarcarse de un fachadismo arquitectónico, cuya fuerza expresiva estaba en las portadas de esas iglesias y no así en el conjunto de todos los elementos de la arquitectura. Quizás esa imposición estilística sea la razón cultural de nuestro fachadismo arquitectónico que, en muchos periodos históricos, edifica insistentemente la apariencia en vez de la esencia. Para no cansarlos con un relato histórico analizaré brevemente el carácter arquitectónico de los cholets, que es el último eslabón de la permanencia histórica del fachadismo.

En la última exposición del arquitecto Freddy Mamani realizada en la Casa de España se presentó una maqueta del autor. En ella se mostraba la fachada frontal prolijamente detallada con todos los elementos decorativos de esa tendencia alteña. Las otras fachadas eran sosas: las dos laterales eran muros ciegos con la obra gruesa vista, y la fachada posterior presentaba ventanas colocadas sin ton ni son y sin decoración. Ahora bien, va una pregunta capital: ¿es el fachadismo cholet una degeneración estilística o es la expresión misma de lo que somos socialmente hablando?

A mi “humilde entender” el fachadismo es la expresión, adecuada, para nuestra sociedad. Y ello por múltiples razones. Ensayaré torcidamente una. Estudiando las experiencias sociales reflejadas en las noticias, puedo elaborar un depurado sofisma para defender el fachadismo como la expresión inevitable de una sociedad que ya es una mascarada colectiva, que privilegia la apariencia sobre la esencia, o como dirían los jóvenes: una sociedad wannabe. Ese sofisma concluiría que el fachadismo es —desde antaño y para siempre— una arquitectura apropiada.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Dependencia cibercultural

/ 8 de octubre de 2021 / 02:20

El lunes pasado tuvimos la prueba irrefutable de nuestra dependencia cibercultural. Por siete horas las redes Facebook, WhatsApp e Instagram dejaron de funcionar y millones de usuarios entraron en ansiedad y zozobra. Esa dependencia, que ya es una adicción, se llama nomofobia: la perturbación irracional al no tener celular o no estar comunicado al Internet. Muchos padecen esta nueva adicción, pero el propietario de las empresas la pasó peor, perdió en unas horas el tamaño de varias economías latinoamericanas.

Como respuesta a ese apagón, la joven líder americana Alexandria Ocasio-Cortez (latina de familia sacrificada, obvio si el papá era arquitecto), ante la caída temporal del monopolio Zuckerberg, pidió a todos sus allegados compartir historias verdaderas de la democracia ¿dónde?, pues en la otra red social monopólica favorita de la clase política, el Twitter. Vaya acto revolucionario.

Todavía no comprendemos el ingreso paulatino a una nueva era distópica y cruel. Estamos todavía en la prehistoria de un imperio cibertecnológico que nos volverá más dependientes y sometidos de lo que somos, y en profundidades que nunca vivió la historia humana. Pasaremos del actual capitalismo tardío cognitivo a la sumisión tecnológica por medio de la Inteligencia Artificial, la IA, que ya nos ubica en una escala infrahumana. Algunas personalidades están abogando por un control de los monopolios de la cibertecnología antes de que sea muy tarde, entre ellas, Michelle Bachelet. Esos monopolios operan en la cuarta revolución industrial por encima de los Estados nación. Su desterritorialización los vuelve ectoplasmas cibernéticos difíciles de legislar como fue la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948. ¿Qué tipo de acuerdos multilaterales serán necesarios en este tiempo?

La dependencia cibercultural, en países como el nuestro, es una caja de paradojas. Se usan las RRSS en colectivos sociales que son motivos para el optimismo de Pierre Levy. Soy más escéptico. Los grupos de WhatsApp son un mecanismo de relacionamiento para todos los temas: familiares, académicos, de trabajo, en la pequeña empresa, para compartir memes, para el narcotráfico, el contrabando, la ciberpornografía, y por supuesto para la lucha política. Todos esos grupos dependen de imperios que están por encima de los conocidos: el imperialismo gringo y el chino.

Un mundo distópico se avecina. La pandemia se llevó vidas humanas y dejó sobrevivientes a los que amaestró sutilmente en esta dependencia brutal y sañuda. Por ello, en este nuevo siglo, algunos toman el camino inverso: de la ciudad al campo, y algunas cifras demográficas muestran tímidamente esa tendencia.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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