Voces

domingo 20 jun 2021 | Actualizado a 05:45

¿Populismo trumpista-bolsonarista?

El populismo es una política de reconocimiento simbólico, cultural, político, étnico y social de las clases bajas.

/ 14 de noviembre de 2018 / 03:40

Con razón, en los años setenta, Torcuatto di Tella afirmaba que el término populismo era bastante desdeñoso, porque tenía algo de irresponsabilidad. No otra cosa se me ocurre decir para tratar de entender la significación que se hace de Jair Bolsonaro y Donald Trump como populistas. Veamos por qué creo que quienes afirman esto se han “estido”.

En la historia continental se identifican tres olas populistas: el populismo clásico, entre los años 40 y 70; el mal llamado neopopulismo de los 90; y el populismo del socialismo del siglo XXI. Distintos procesos para un solo término. En relación al denominado populismo clásico, Gino Germani solía decir que era una forma que incorporaba a los excluidos en épocas de la transición de sociedades tradicionales a la modernidad, confrontando las teorías de la dependencia y la sustitución de importaciones al desarrollismo.

Esta acepción visibiliza una connotación de lucha de clases con la puesta en escena de sistemas de alianzas nacional-populares, posturas antiimperialistas, inclusión variada de la participación popular en la vida política, nacionalizaciones y reforma agraria. En estos populismos, entre los que se incluye a la Revolución nacional de 1952, se vislumbran luchas por la independencia económica, contra el colonialismo y por la liberación nacional. Ese es su sentido histórico.

Siguiendo el curso de la historia, en otra visión, opuesta y negadora de la anterior (y por lo tanto no populista), el neopopulismo deja de lado la estructura de clases y las transformaciones estructurales, para aferrarse a una estrategia electoral con outsiders que surgen en contextos de crisis de los partidos, movilizan a las masas contra la institucionalidad, alientan políticas neoliberales, degradan la noción del populismo y devienen en autoritarios. ¿Creen correcto denominarlo neopopulismo?

Los populistas del socialismo del siglo XXI también irrumpen con una postura en contra de la partidocracia, pero retoman el nacionalismo en oposición al neoliberalismo, e impulsan políticas estructurales que los hacen justificarse como portadores de misiones míticas, tales como alcanzar la segunda y definitiva independencia política y económica, disputando sentidos con el capitalismo. Politizan las reivindicaciones sociales con un bloque de nuevos sujetos, populares, opuestos a las oligarquías.

En cualquiera de sus expresiones, en el populismo el eje que moviliza los procesos es el concepto de pueblo que, si bien quisiera representar al conjunto de la sociedad, en realidad promueve la inclusión material y simbólica de un sector: los pobres y los excluidos. Desde esta perspectiva, su narrativa tiende a superar las nociones descalificadoras a las que acuden las élites cuando se refieren al pueblo, como cuando doña Florinda le dice a Quico: “Vamos tesoro, no te juntes con esta chusma”.

En pocas palabras, el populismo es una política de reconocimiento simbólico, cultural, político, étnico y social de las despreciadas clases bajas, y de transformación de las humillaciones y opresiones que sufren en factores de dignificación con derechos. ¿Creen posible leer en esta caracterización al trumpismo y al bolsonarismo?

Forzando criterios, se podría decir que esta corriente podría acogerse a la identificación que se suele hacer del populismo con narrativas míticas que transforman la política en categoría litúrgica, con un pueblo concebido como actor al que habría que redimir. Lo paradójico de estos casos es que son las oligarquías quienes se asumen promotoras de estos procesos de ilusión participativa, negando en la práctica ciudadanía a los migrantes, a los desplazados, a los vulnerables, a los excluidos… Ch’enko total.

* Sociólogo y comunicólogo boliviano, ex secretario general de la Comunidad Andina de Naciones (CAN).

 

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La política con rostro joven

Los jóvenes se han convertido en el electorado mimado para las aspiraciones presidencialistas.

/ 3 de agosto de 2019 / 08:57

Era prioridad electoralista fotografiarse con habitantes de los pueblos indígenas, quienes accedían porque sabían que más allá de los simbolismos, ese era el camino que tenían para canalizar sus políticas de descolonización arrancadas de las entrañas de nuestra Bolivia profunda. También era una estrategia abrirse a la participación de las mujeres. Las que saltando las postales a full color penetraron en número paritario los curules y reivindicaron tenazmente sus derechos para regar de equidad las leyes nacionales. Ahora la foto buscada es con las y los jóvenes, quienes se han convertido en el electorado mimado para las aspiraciones presidencialistas. ¿Estarán las juventudes en condiciones de convertir este espacio preferente en propuestas estratégicas que, como los pueblos indígenas y los movimientos de mujeres, remuevan los cimientos de la política y enriquezcan el quehacer democrático?

Puedo afirmar que existen condiciones para ese derrotero histórico. Partiendo de la constatación más obvia, digamos que están presentes en la foto como son, sin cambiar sus esteticidades, sino obligando a algunos líderes a adecuar su look a los imaginarios que tienen del ser joven, presumiendo que éste podría ser el pasaporte para captar su complicidad y su voto. Por otra parte, como nunca antes, las y los jóvenes han ocupado espacios en las listas de candidatos a la Asamblea en límites que bien trabajados podrían llevar a rejuvenecer la misma política. Tarea compleja para las juventudes que tendrán que saber demostrar que su presencia en el Congreso será protagónica y no para calentar asientos, y menos para cumplir el lastimero rol de levantamanos.

Convertir la posibilidad que da el bono demográfico en oportunidad política dependerá, en gran medida, de saber recoger las propuestas de país gestadas desde las propias juventudes, con su mirada contemporánea-futurista, inclusiva, pluralista, subvertora, esperanzadora. Un referente extraordinario para esta tarea es la Agenda de Propuestas de Políticas Públicas desde las Juventudes, que trabajaron inicialmente decenas y ahora centenas de plataformas y redes de jóvenes de distintos departamentos del país.

El documento en cuestión plantea diversos ejes que deben ser reconocidos como propuestas de las juventudes para el país. El primero es el desarrollo humano integral, para una vida digna y una convivencia complementaria y solidaria basada en valores de justicia. También proponen el desarrollo económico sostenible para fortalecer la capacidad productiva y generación de riqueza, incorporando a las y los jóvenes en el crecimiento económico, trabajo digno, seguridad social y protección laboral.

Otro eje está destinado a poner el desarrollo científico y tecnológico al servicio de la vida con criterios de equidad. También se propone vivir sanamente en armonía con la naturaleza, fortaleciendo la conciencia ambiental. Un eje clave de su propuesta es la despatriarcalización, para romper con las estructuras de dominación que reproducen situaciones de subordinación.

Se plantea asimismo gobernar con estructuras y valores democráticos e instituciones transparentes, fomentando la participación ciudadana en el control social de la gestión pública. Finalmente, proponen derechos con inclusión social para garantizar un desarrollo integral en condiciones de igualdad y equidad para las diversidades cultural, sexual, y otras.

No es exagerado afirmar que los caminos de la política con rostro joven podrían llevar a construir una Bolivia del siglo XXI adosada de voluntad democrática y debate propositivo e inclusivo, por sobre intereses sectoriales, territoriales o generacionales, permitiendo acuerdos renovadores para el conjunto de nuestra sociedad.

Es sociólogo y comunicólogo boliviano, ex secretario general de la Comunidad Andina de Naciones (CAN).

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Los cambios de ciclo estatal

La tensión histórica en la actual coyuntura está dominada por un campo político de polarización

/ 1 de julio de 2019 / 06:34

Un tema de obligatoria reflexión en el contexto electoral que se aviva en el país es la definición de si estamos o no en presencia de un cambio de ciclo estatal. Es decir, de la organización de una estructura social, jurídica, económica, política, cultural, constitucional e institucional que instale un proyecto de sociedad capaz de transformar el orden o formación social existente, con el impulso de un acumulado de demandas, reivindicaciones y propuestas.

No existe un acuerdo sobre cuántos ciclos han caracterizado los modelos estatales en nuestro país. Desde mi punto de vista, son cuatro. El primero es el republicano, producto de las guerras de la independencia y la creación de la República, caracterizándose por la superación del ciclo colonial o “ciclo estatal criollo-oligárquico”, y la instalación de un orden minero-feudal.

El nacionalismo revolucionario, gestado en las entrañas de la descomposición del republicanismo y consolidado con la Revolución de 1952, se desarrolla en tres momentos: el del populismo nacionalista, que rompe con el Estado oligárquico minero-feudal y transforma la estructura económica y social con el impulso de la nacionalización de las minas, la reforma agraria y el voto universal, entre las principales medidas de un poder dual, Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), y organizaciones populares.

A este proceso le sigue una sucesión de gobiernos civiles que consolidan un sistema de capitalismo de Estado que va procesualmente desenraizándose de sus propósitos originales. Y se liquida con la emergencia de dictaduras militares que, en connivencia con las nuevas oligarquías, son una expresión extrema de autoritarismo y descomposición del ciclo nacionalista.

Posteriormente, por decreto, el ciclo del neoliberalismo se caracterizó por la aplicación de un modelo de ajuste estructural y economía de mercado, en un régimen de democracia pactada que impulsa la capitalización de las empresas estatales, la Reforma Educativa y la Ley de Participación Popular, la cual, acompañada por la Ley de Descentralización Administrativa, territorializa el país en municipios y redistribuye regionalmente los recursos estatales.

El cuarto período constitutivo, el del Estado Plurinacional, se instituye con la Constitución de 2009, erigida sobre la incompetencia del modelo neoliberal. El Movimiento al Socialismo (MAS-IPSP) recoge el acumulado de demandas populares condensadas en la “Agenda de octubre”, que encamina un proceso de reestatización, y el Estado Plurinacional cuestiona las bases estructurales y tectónicas del Estado neocolonial, privatizador y centralista, proponiendo el Suma Qamaña (Vivir Bien) como el nuevo paradigma estatal.

A diferencia de los quiebres estructurales que caracterizan la emergencia de estos ciclos, la tensión histórica en la actual coyuntura está dominada por un campo político de polarización, con predominio de demandas inmediatas en camino a definiciones raigales. Por una parte, el sentido común ciudadano está develando el interés por una revisión sobre la significación de la democracia, planteando demandas investidas de reivindicaciones manifestadas en una polifonía de cuestionamientos, como el desconocimiento de su voto expresado en referéndum, la cooptación de poderes y el predominio de una política económica extractivista.

A su vez, la aspiración oficialista se sostiene en la continuidad de sus políticas estatales y de gobernabilidad presidencialista con un salto a la industrialización.

Así dadas las cosas, la pregunta es: ¿estaremos con este clivaje prorroguismo estatal / desarrollo industrial–institucionalidad democrática / diversificación productiva recorriendo las autopistas de un cambio de ciclo estatal?

Adalid Contreras Baspineiro 

es sociólogo y comunicólogo boliviano, ex secretario

general de la Comunidad Andina de Naciones (CAN).

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De ‘fake news’ y ‘post truth’

Por lo general, la mentira emotiva logra tener más valor que los hechos reales.

/ 14 de mayo de 2019 / 23:44

A estas alturas de su desarrollo, “falsedad integral” es un concepto más pertinente para significar lo que conocemos como fake news (noticias falsas); o la estrategia del post truth, conocida como el fenómeno de la posverdad, que se entiende como una manifestación de la pospolítica, porque, en cuanto heredera de las más eficaces tácticas de la guerra sucia, desajustada de las normas, tiene como objetivo descomponer y triturar social y políticamente, con un mecanismo de rara comprensión que logra que la falsedad tenga más valor que la verdad.

Como su nombre lo indica, la posverdad es un fenómeno en el que la verdad podría o no emerger, pero después de que sus indicios, hipótesis aproximativas o mentiras hacen su agosto, en un proceso donde lo objetivo y lo racional pierden peso frente al manejo emocional; es decir, de las sospechas que se mediatizan en un decurso (in)comunicativo que explicaremos enseguida.

Para ir aterrizando en sus procedimientos (in)comunicativos, digamos que se construyen a partir de indicios o de falsedades que se enuncian en situaciones de coyuntura álgida y se mueven en el mundo de las emociones, buscando desorientar, decepcionar, provocar ansiedad e iras, enervar los ánimos o causar revuelo, con el propósito de poner las sociedades en vilo. La posverdad suele dinamizar ambientes de expectativa social, con espacios destinados a la especulación, siguiendo el libreto de un culebrón que sabe convocar pasiones y alterar las emociones, porque se mueven en la ficción y el suspenso, y pueden hacerse explosivamente incontrolables, ya que la mentira emotiva logra tener más valor que los hechos reales.

De manera resumida, el libreto de las fake news sigue ordenadamente estos pasos y condiciones. Su lanzamiento debe darse con un sentido de oportunidad, en un contexto que tiene en agenda el tema que se quiere trabajar. Este tema debe corresponder a un hecho —cierto o no tanto— capaz de llamar la atención pública y, además, alterar el orden. Es menester que la sospecha/denuncia sea presentada con visos de sorpresa por líderes de opinión que son vocerías apropiadas para el tema, el contexto y los acontecimientos.

El estilo de las vocerías en su inicio y en varios otros pasajes se caracteriza por su modalidad alarmista, con inocultables dosis de dramatización, que contribuyen a dejar abiertas interrogantes. Tras el puntapié inicial sigue un atosigamiento de mensajes por redes sociales y medios masivos sin el menor cuidado por los códigos de ética, porque se trata precisamente de una forma de antiperiodismo que quiere legitimar un indicio, una sospecha, una media verdad o falsedad. Además, las notas salen poco a poquito para alimentar el culebrón. Este propósito se dota de cierto reconocimiento con la intervención reforzadora de otras voces que contribuyen a sembrar mayor confusión y encaminar estados de incertidumbre.

Cuando los imputados o afectados reaccionan, un recurso al que suelen recurrir los acusadores es su propia victimización, ya sea social, cultural, política o jurídica, que por supuesto la tienen bien estudiada. Cuando el juzgamiento social, cultural y político no alcanza para lograr sus objetivos, se suele acudir al enjuiciamiento jurídico, obviamente garantizando condiciones para su buen resultado.

Por todo lo expuesto, afirmamos que este particular mecanismo se configura en un sistema donde algunos “fiscalizmedios” y “periodisjueces” se hacen parte de los procesos, juzgando más que informando. Así dadas las cosas, invito a mis lectoras y lectores a interpretar la realidad que estamos viviendo y responderse si tenemos o no procesos de fake news y post truth en curso, y si creen que éste podría ser el tono de la campaña. Me cuentan, porfa.

* Sociólogo y comunicólogo boliviano, ex secretario general de la Comunidad Andina de Naciones (CAN).

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Galeano

‘Yo también soy un fervoroso lector de paredes. Parecen mudas las paredes que no tienen una palabrita puesta’

/ 19 de abril de 2019 / 04:16

Era un hábito adquirido, una actividad recurrente, adictiva. Había internalizado la idea de que las historias pasadas y los futuros esperados no contados de América Latina los escribe en las paredes. Recogidos en fotografías, en un cuaderno, en servilletas, en contratapas de libros, o en cualquier papelito que tenía a la mano, llegué a coleccionar cerca de 3.000 grafitis. País que visitaba, pared que me regalaba sus historias.

En una de esas andanzas, varios años después de aquella Navidad de 1989 en la que fuerzas norteamericanas invadieron por mar, cielo y tierra la ciudad de Panamá, con el resultado de 3.000 muertos y más de 20.000 familias en la calle, encontré como testigos vivientes de ese hecho un grafiti mentiroso: “Operation just cauce”; y a su lado, poniendo las cosas en su sitio, la versión nativa que cambió el sentido invasor por el de la resistencia: “Operación causa in-justa”.

Estaba en esa tarea coleccionista cuando escuché a mis espaldas: “recoger grafitis es un grafiticante safari cultural y político de expresiones en chiquito sobre historias colosales”. Supe quién era por el tono ceremonial de cada palabra que pronunciaba, con un giro literario que le hacía hablar tal como escribía. Era Eduardo Galeano, sí, el de Las venas abiertas de América Latina, recogiendo testimonios para seguir documentando esa historia sin fin del mundo al revés.

Nos conocíamos de eventos y reuniones, pero aquel día, unidos por un oficio grafitero común, inauguramos una amistad que todavía perdura, aunque él ya no está con nosotros. Desarrollamos una rara amistad epistolar, que de vez en cuando refrendábamos con un café de por medio en algún punto del continente. América Latina, al influjo de sus redes ciudadanas, era generosa en la realización de eventos en los que coincidíamos y nos regalaba espacios para fugas urbanas de exploración de paredes. Pero las tertulias inolvidables eran, son, allá en su Montevideo, en el Café Brasilero, testigo bohemio de diálogos, lectura de textos y propuestas de ideas para seguir soñando un mundo nuevo.

En una de esas conversas, iniciando el siglo, nació mi columna Graffiteando, que los papeles del periódico La Prensa sostuvieron convirtiendo una de sus páginas dominicales en muro. Mi idea inicial era la típica: organizar temáticamente los graffittis y publicarlos. Galeano me convenció de que nuestra tarea recolectora debería consistir en entablar diálogos con ellos y, a partir de ellos, generar mediaciones hablando de política, de economía, de fútbol, de cocina, de intimidades, de derechos fundamentales y de las voces de los pueblos que han sido desterrados en sus propios territorios, pero que mantienen viva su “memoria del fuego”. La experiencia fue, en verdad, grafiticante. Y cuando ya la columna se nutrió de varios artículos, me empujó a publicarlos en un librito con una selección que él mismo organizó. Por si fuera poco, enviado por fax, le dedicó unas líneas que hicieron que el libro se adquiera más por ellas que por mis escritos: “Yo también soy un fervoroso lector de paredes. Parecen mudas las paredes que no tienen una palabrita puesta”.

Son cuatro años de una partida en la que parece no haberse embarcado porque su obra sigue tan vigente como siempre. Y porque son muchas, muchos más quienes siguen recolectando historias en las paredes, en los testimonios de las gentes, en los relatos de los abuelos, en las historias no contadas que construyen sociedades desde abajo y desde los bordes para incluirse en los centros descentrándolos y humanizándolos. Y el Café Brasilero, allí donde también se inspiraba Benedetti, acoge a nuevas generaciones que siguen los diálogos, las tertulias y ahora los chats, que saben que otro mundo es posible. Grande Galeano.

* Sociólogo y comunicólogo boliviano, ex secretario general de la Comunidad Andina de Naciones (CAN).

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Estrategias para la gestión de riesgos

Estamos (sobre)viviendo en una carrera desmedida del crecimiento y del progreso que tiene efectos perversos.

/ 20 de marzo de 2019 / 04:04

Con el cambio climático y el desarrollo desmedido, el mundo está sufriendo un dramático incremento de situaciones de crisis por razones ambientales. Los problemas no son estrictamente ecológicos, sino multidimensionales, porque abarcan de manera integral una dimensión institucional que considera a las distintas entidades involucradas con sus responsabilidades diferenciadas; otra dimensión material o técnica referida a la problemática ambiental propiamente dicha; y una dimensión social, particularmente de las poblaciones afectadas o vulnerables.

Para la aplicación de estrategias de comunicación es necesario diferenciar la existencia de situaciones de riesgo o proceso previo que podrían derivar en consecuencias negativas de las situaciones de daños o eventos que ya operan como efectos negativos, y de las situaciones de peligro o de consecuencias indeseables como catástrofes. Cada situación exigirá formas diferenciadas de intervención, ya sea de previsión, prevención o solución; tomando en cuenta el carácter político implícito a toda situación de crisis ambiental, por los intereses en juego y por el sentido de oportunidad que toda crisis representa en contextos de disputa del poder.

Por lo general, la primera reacción en situaciones de crisis ambiental suele ser la búsqueda de autolegitimación o justificación institucional. Este proceso es inmanente a la necesidad de operar con una imagen reconocida en un contexto en el que suelen ser escasas las reacciones solidarias y abundantes los comentarios pesimistas, las informaciones confusas, las exigencias desmedidas y los ataques mordaces. Un acertado (re)posicionamiento institucional se construye con medidas concretas que afronten oportunamente la problemática y que orienten salidas en los laberintos de incertidumbres.

Otra reacción suelen ser las sobreabundantes explicaciones de parte de especialistas que se expresan en lenguaje técnico de difícil procesamiento para las poblaciones, que están expectantes y urgidas de saber cómo protegerse más que de conocer las exquisiteces fenomenológicas del problema.

La población es un factor prioritario en las situaciones de crisis. El punto de partida para su consideración es el ambiente de vulnerabilidad producto de la incertidumbre que provoca la alteración de su cotidianeidad. Las estrategias de intervención, con acciones de orientación, información y acompañamiento (ya sea como previsión, prevención o soluciones), deben considerar que la fórmula para relacionarse con las personas y sus organizaciones es muy sencilla, consiste en el elemental ejercicio de saber escuchar sus temores, sus dudas, sus esperanzas, sus reclamos y sus propuestas, poniéndose en su situación; es decir, colocándose en el lugar desde donde construyen sus discursos y dialogar con ellos, reconstruyendo narrativas de preservación de la vida.

Una estrategia para la gestión de riesgos busca dinamizar la capacidad social de resiliencia; es decir, la capacidad de una comunidad, sociedad u organización expuestas a una amenaza, para resistir, absorber, adaptarse y recuperarse de los efectos de una crisis ambiental en forma oportuna y eficaz. Esto a sabiendas, como dice Ulrich Beck, que estamos (sobre)viviendo en una carrera desmedida del crecimiento y del progreso que tiene efectos perversos difíciles de controlar, y que derivan en complejas situaciones de incertidumbre y riesgo real, en una relación en la que un crecimiento lineal de las incertidumbres conlleva un crecimiento geométrico de las perturbaciones. Necesitamos otro modelo de desarrollo.

* Sociólogo y comunicólogo boliviano, ex secretario general de la Comunidad Andina de Naciones (CAN).

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