Voces

Thursday 1 Dec 2022 | Actualizado a 13:15 PM

Notable compromiso por la paz

/ 12 de diciembre de 2018 / 03:53

El lunes, la activista yazidí Nadia Murad, de 25 años, y el médico congoleño Denis Mukwege de 63 años, fueron galardonados con el premio Nobel de La Paz, por su incansable y valiosa lucha contra la violencia sexual utilizada como arma de guerra; una terrible práctica que cada año destruye la vida de miles de personas, especialmente de mujeres, niñas y niños.

La cruzada de Mukwege, un renombrado cirujano, se inició a finales de los noventa, cuando le tocó atender a miles de mujeres que habían sido víctimas de violaciones colectivas durante la guerra civil que azoló al Congo entre 1998 y 2003. Tras esta traumática experiencia, Mukwege fundó un hospital especializado en reparar el daño físico interno que suelen causar este tipo de execrables agresiones, y que hoy en día es reconocido como uno de los mejores del mundo en este campo.

A su vez, Murad vivió en carne propia los horrores de la violencia sexual utilizada como arma de guerra, tras ser secuestrada en agosto de 2014 por yihadistas del Estado Islámico, quienes asesinaron a la mayoría de sus familiares. Durante meses, al igual que el resto de las niñas y jóvenes de su aldea, Murad fue vendida, esclavizada y ultrajada por decenas de yihadistas, hasta que se le presentó la oportunidad de escapar. Desde entonces, decidió consagrar su vida para luchar contra esta aberrante práctica, utilizada por los grupos extremistas no solo para someter a las mujeres en las zonas que se encuentran bajo su control, sino también para recompensar y atraer a nuevos combatientes.

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El peor correo de un jefe

/ 1 de diciembre de 2022 / 01:35

¿Alguna vez han recibido un correo electrónico a medianoche del jefe con una frase confusa en el asunto como: “Ante una encrucijada”? Cierto, las reglas de etiqueta actuales para los correos electrónicos dicen que se supone que no debemos recibirlos a esa hora de ningún jefe. Pero Elon Musk no es cualquier jefe y se puede asumir con certeza de que no sabe de liderazgo empático. Así que, fiel a las formas, como director ejecutivo de Twitter, luego de despedir a casi la mitad del personal, llevar un lavabo a la oficina y proclamar que dormiría en el trabajo “hasta que se arregle la organización”, ya avanzada la noche, hace poco Musk transmitió este ultimátum a los empleados que quedaban: a partir de este momento, Twitter iba a ser “extremadamente hard core”. ¿Estaban listos para ser hard core? Podían contestar “sí”… o bien optar por una liquidación de tres meses.

Para Musk, hard core significaba “muchas horas de máxima intensidad”, un lugar de trabajo donde solo se aceptaría el “desempeño excepcional” y una cultura en la que recibir correos electrónicos a medianoche no era un problema. Es una mentalidad prepandémica que, de seguro, algunos jefes extrañan, pero a la cual muchos más empleados están decididos a nunca regresar. Al parecer, los empleados de Twitter estuvieron de acuerdo: más o menos 1.200, o casi la mitad de la fuerza laboral que le quedaba a la empresa, decidió no aceptar su compromiso de ser hard core, lo cual puso en duda si Twitter sobreviviría. Musk ya enfrenta una demanda por el llamado a la extrema intensidad, presentada por empleados con discapacidad que consideraban que la política suscitaría discriminación en su contra.

Puede que hard core sea un término que solemos asociar con la pornografía explícita, o el slamen los conciertos, o, usada como sustantivo, con la gente renuente al cambio, pero es una de las frases favoritas de Musk. La ha usado para referirse a sus esfuerzos en SpaceX y la necesidad de sus empleados de esforzarse para controlar los costos en Tesla (otra empresa donde se hizo famoso por dormir en el suelo) y como parte de un esfuerzo de reclutamiento para litigantes corporativos, o sea, “peleadores callejeros hardcore”. Pero buena parte de eso, claro, sucedió en los días hard core de nuestras vidas prepandémicas, cuando girlboss (ser la jefa) todavía era un cumplido y la idea de que “nunca nadie cambió el mundo en 40 horas a la semana” —otro muskismo— era un eslogan que (casi todos) celebraban.

Incluso antes de la pandemia, muchos oficinistas estadounidenses habían comenzado a replantearse su relación con el trabajo. La persistente desigualdad salarial, la prevaleciente discriminación racial y de género, el desencanto con la promesa del capitalismo… la “cultura del esfuerzo personal” era un lema atractivo, pero ¿de verdad valía la pena? Estos días, la mentalidad de despertar y de inmediato ponerse a trabajar que apenas hace un par de años estaba vigente ha sido remplazada por la de dormir hasta tarde (el descanso es resistencia, ¿no sabían?).

El agotamiento laboral es una crisis nacional. Según una encuesta reciente de Gartner, casi dos terceras partes de los empleados dijeron que la pandemia los había hecho cuestionarse la función que debiera tener el trabajo en sus vidas y la Society for Human Resource Management informa que más de la mitad de los jefes salen del trabajo sintiéndose exhaustos al terminar el día.

A decir verdad, estoy de acuerdo. Hard core hace referencia a una era de gestión laboral obsoleta, por no decir una manera de vivir obsoleta. Sucede que ahora tenemos mucho que ofrecer, intereses que son lo opuesto del hard core y que lo sustituyen. ¿Qué tal un lugar de trabajo basado en el cottagecore o apegado a la vida campirana, en el que caminemos alegremente por los bosques y recolectemos hongos en lugar de volcarnos sobre Slack? ¿O uno que sea cabincore o apegado a la vida de cabaña, en el que nos acurruquemos envueltos en franela suave, frente a la chimenea en lugar de dejar que nos caliente el brillo de nuestras pantallas? ¿O uno craftcore o apegado a las artesanías, si todavía se siente la necesidad de crear?

Tal vez lo que estamos viendo con el éxodo masivo de Twitter —y el sentimiento antilaboral generalizado— es una revolución del trabajo “en tiempo real”, como un usuario de Twitter lo describió. Ninguno de nosotros quiere un trabajo en el que nos exploten y nos subestimen y en el que respondamos a tácticas de miedo o a ultimátums, pero para muchas personas, eso es lo que sigue siendo un trabajo. ¿Acaso no podemos mejorar esa situación?

La otra noche no pude dormir pensando en ese correo electrónico hard core de medianoche, que me hizo caer en una espiral virtual de medianoche hasta los orígenes de ese término (¡Musk debería estar orgulloso!). Me sorprendió aprender que uno de los usos más antiguos de hard core, tal como aparece en el Diccionario Oxford en inglés, es una palabra para referirse a alguien que está desempleado de manera constante (o hard core). ¿Será que eso convierte a los exempleados de Musk ahora desempleados en los más hard core?

Jessica Bennett es columnista de The New }York Times.

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Los puntos de inflexión y la derrota moral

/ 1 de diciembre de 2022 / 01:27

Hemos estado viviendo en el país, en el último mes y medio, al menos dos puntos de inflexión política que están afectando y afectarán el curso de la disputa y gobernabilidad política. En orden de aparición, me referiré a continuación primero a los puntos de inflexión, para terminar sosteniendo qué y dónde se encuentra la derrota moral.

Cerca del 8 de noviembre pasado, a poco de cumplirse dos años de gestión del presidente Arce, como es usual, se abrió en el Órgano Legislativo un periodo de elección o ratificación de quienes dirigirán las dos cámaras y sus correspondientes bancadas; es decir, todos los puestos de poder que involucran al Legislativo.

En ese momento, asistimos al primer punto de inflexión político, porque en ese momento la tensión entre el partido de gobierno y el Gobierno nacional que pertenece a ese partido, se hizo más que evidente llegando incluso a verificarse una suerte de punto de no retorno que, sin duda, abre una fisura en la gobernabilidad política que se busca desde el Ejecutivo. Por tanto, el costo por aprobar una norma de aquí en adelante será mucho más alto y complejo de lo que ya era hasta hace poco.

Lo que nos lleva también a vivir en una especie de paradoja democrática, porque buena parte de la crítica en relación al Legislativo, especialmente desde los opositores, ha sido que diputados y senadores están ahí solamente para levantar la mano a los dictados que vienen de arriba, y que el principal anhelo que tienen es el de que la democracia que quieren se traduce en debate, intercambio de opiniones distintas, y negociaciones políticas. Pues bien, de alguna forma estamos ahora ahí; bienvenidos a la realización de sus aspiraciones, ahora viene la pregunta del cómo le hacemos

El segundo punto de inflexión es político pero también social, porque tiene lugar en el bloque de oposición al oficialismo de hoy, y es que la oposición no es partidaria, está por fuera del sistema de partidos, y aún se encuentra localizada en Santa Cruz. La diferencia es que ya no tiene un único rostro que hasta hace 36 días de paro estaba enmarcado en la imagen de Camacho. El polémico manejo del conflicto por el tema del Censo por parte del señor Camacho, propició que en el tiempo aparecieran otras figuras mediáticas con identidad bien cruceña, defensora de sus intereses, pero con vocación y predisposición a entablar negociaciones con sus adversarios políticos como el rector Cuéllar. O incluso apareció gente más radical que el mismo Camacho, como el segundo vicepresidente del Comité Cívico, el señor Cochamanidis, y el autoproclamado vocero de las rotondas Santistevan. Todo esto propició que se abriera una interna competitiva en este campo opositor; por eso, en adelante no se hablará de Santa Cruz y de esa oposición por ahora efectiva, de manera exclusiva con el rostro del señor Camacho.

A estos dos puntos de inflexión se le acaba de sumar a la oposición una segunda derrota moral importante; ya en la elección general de 2020 sufrieron una primera en lo formal electoral, hoy al no tener más opción que aceptar 2024 como momento de realización del Censo y dejar de insistir en 2023 como era al inicio de su movilización, acaban de sufrir una significativa derrota que curiosamente fue provocada en su origen por ellos mismos. Porque al haber cometido el error estratégico de origen insistiendo de manera intransigente por la fecha del Censo y no por el contenido de la demanda, lograron generar una expectativa que no supieron atender a nivel de su dirigencia con las personas movilizadas.

Este es el panorama de (in)gobernabilidad política con la que contaremos de aquí en adelante, tanto en lo político partidario en el Legislativo como en la calle movilizada y opositora con identidad antimasista. De alguna forma las primarias y el clima político se han sobreelectoralizado, afortunadamente al margen de las disputas del Twitter de suma cero que son muy ruidosas, eso no parece coincidir con la aspiración de buena parte de la gente que se siente cansada de los extremos y pide confluir más al centro para ver los resultados que buscan.

Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo y docente universitario.

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¿Qué país queremos?

/ 1 de diciembre de 2022 / 01:21

La sentencia bíblica dice que no solo de pan vive el hombre y los bolivianos deberíamos añadir que no solo de política viven mujeres, hombres, adolescentes y niños nacidos en este país. Los medios de comunicación, las redes sociales están permanentemente plagados de temas que tienen que ver con política. No, la verdad es que con política no, sino con politiquería y chismes angurrientos de escándalos, medias verdades, de mentira organizada y en ningún caso se centran en lo que realmente necesita el país y sus ciudadanos, son el reflejo de la polarización y el paralelismo en el que se mueven los grupos sociales de uno y otro lado en un permanente desencuentro. Por ejemplo, en la ingrata discusión por la fecha del Censo se creó una desavenencia semejante a las vías de un tren donde jamás se daría la oportunidad de un diálogo sincero sin que medien los intereses personales o de clase social o de partido.

¿Qué tipo de líderes tenemos los bolivianos? Políticos que aceleradamente destruyen lo que cuesta años construir. Nuestras ciudades tan carentes de todo, son una muestra de ello, casi todas tienen aspecto de inacabadas, será porque no hay planes a largo plazo. Las políticas públicas siempre están en construcción, nos quedamos en logros de papel con normas aprobadas imposibles de cumplir, celebramos su promulgación sabiendo que su reglamentación saldrá cuando la ley ya fue mil veces violada y por tanto le damos muerte civil por inservible, se imprime, se guarda y se archiva en el último cajón.

Cuando comenzamos diciembre nos preguntamos ¿qué país queremos? ¿Se parece en algo al país que tenemos? ¿Estamos dispuestos a hacer lo posible por apoderarnos de la ciudad en la que vivimos? ¿Del barrio donde está nuestra casa? ¿Estamos dispuestos a no destruir lo poco que tenemos?

La realidad boliviana nos muestra que estamos frente a nuevos actores, nuevas formas de vida, nuevas miradas de país, frente a un nuevo mundo. Las fuerzas más conservadoras están celosas de sus pérdidas de poder, de liderazgo. Esos grupos que perdieron vigencia no están contentos con las normas sociales que se van imponiendo al declararse sociedad inclusiva. Los sectores emergentes son irreverentes ante las reglas de convivencia dictadas, desde el principio de la república, por una sociedad doctoril todavía afincada en la colonia.

Todos los esfuerzos de quienes tienen en sus manos la construcción de la sociedad boliviana deberían centrarse en dotar a la población más joven de conocimiento, de instrucción de alta calidad, de educación basada en principios y valores comunitarios, con énfasis en fomentar la autoestima que nos saque de la mediocridad y el conformismo.

Lucía Sauma es periodista.

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Desconfiguración mundial

/ 30 de noviembre de 2022 / 01:28

En los textos todavía vigentes del comercio exterior figura que el libre comercio es la mejor opción para los países y que la globalización es la integración de todas las naciones al mercado global.

Atrás había quedado, en el olvido de los siglos, Alexander Hamilton (1789), padre de la política comercial y la industrialización en los EEUU, y Friedrich List (1841), padre del proteccionismo alemán y también, desde los años 70 del siglo XX, Prebisch y la CEPAL, padrastros de la industrialización basada en la sustitución de importaciones. Sin embargo, los economistas globalizados del norte y de sus sucursales en el Sur cuando el proteccionismo renació en el norte con Trump, con su guerra comercial, lo tomaron a broma, en cambio, recientemente con Biden con su Estrategia de Seguridad Nacional, han entrado en un silencio cómplice.

En su estrategia, Biden postula: “Nuestro objetivo es claro: queremos un orden internacional libre, abierto, próspero y seguro”, para lo cual se deberá: 1) invertir en las fuentes subyacentes y herramientas del poder y la influencia estadounidense; 2) construir la coalición de naciones más fuerte posible para dar forma al entorno estratégico global y para resolver desafíos; y 3) modernizar y fortalecer las fuerzas armadas.

De esta forma concluye: “Utilizaremos estas capacidades para superar a nuestros competidores estratégicos, galvanizaremos acciones colectivas sobre los desafíos mundiales y configuraremos las normas de conducta para la tecnología, la ciberseguridad, el comercio y la economía”.

La estrategia es clara: reconfigurar (reset) el orden económico mundial a su imagen y semejanza en función de su objetivo de la seguridad nacional.

Economistas muy críticos de la hiperglobalización en el pasado, como Dani Rodrik, se preocupan porque “la geopolítica está matando la economía mundial” y que la administración Biden está “apuntando a nada menos que evitar el ascenso de China como una potencia de alta tecnología”, “en lugar de acomodar las realidades de un mundo post-unipolar” y que China “encontrará formas de tomar represalias, aumentando las tensiones y aún más los temores mutuos”.

Pinelopi Koujianou, de Project Syndicate, demuestra que el argumento de seguridad nacional utilizado para justificar las nuevas restricciones simplemente no cuadra: “La tecnología desarrollada para uso comercial a menudo se usa con fines militares”. Entonces, “si la seguridad nacional es realmente la preocupación, Estados Unidos debería detener todo el comercio con países hostiles, no solo el comercio de productos tecnológicamente avanzados”.

El problema de fondo, que es la trampa de Tucídides, consistente en la inexorable tensión causada por el rápido cambio en el balance del poder entre dos potencias rivales, como son EEUU vs. China, se enmascara bajo un objetivo idealizado de democracia. Así, la estrategia de seguridad nacional plantea que: “La naturaleza de la competencia es entre democracias y autocracias”.

Según la Real Academia, autocracia se define como: Forma de gobierno en la cual la voluntad de una sola persona es la suprema ley. El problema es quién certifica si es un gobierno autocrático. Freedon House, que hace un ranking de los 195 países, encuentra que la tendencia mundial en los últimos 15 años es un deterioro de la libertad global siendo que solo el 42% de los países son libres y representan un 20% de la población mundial. En cambio, un 30% de los países son parcialmente libres con 42% de la población y 28% países son no libres y representan el 38% de la población mundial.

La gran pregunta es cómo administrará EEUU su estrategia de seguridad nacional. Si lo hace en la misma forma completamente discrecional con que administra sus sanciones económicas el resultado será desastroso. Ahora, si lo hace mediante reglas va a tener que incluir en los regímenes autoritarios a sus grandes socios petroleros como Omán, Qatar, Arabia Saudita y Emiratos Árabes que, según Freedon House, están entre los países menos libres y democráticos del mundo.

En suma, no solo está la amenaza de desglobalización, sino de una nueva configuración de manos de los EEUU que fijará “las normas de conducta para la tecnología, la ciberseguridad, el comercio y la economía”. ¿Habrá que esperar sentados?

Gabriel Loza Tellería es economista, cuentapropista y bolivarista.

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Cinco mujeres y un libro

/ 30 de noviembre de 2022 / 01:23

Enheduanna es la señora del amor.

Safo tiene nombre de puta. Aspasia es la hetaira por excelencia. Hiparquia, la cínica. Y Sulpicia es poeta, todas las poetas. Por el libro El infinito en su junco: la invención de los libros en el mundo antiguo de Irene Vallejo pasan mujeres que escriben cuando las mujeres no escribían. Pasa la lectura como ritual, pasan historias de librerías, pasan libreros y ladrones de libros; viaja la memoria, el eros y la revolución. Todo se hace comestible con humor, ese ingrediente que nos diferencia de las bestias y de los fascistas.

En la página ciento y trece me detengo para sonreír. Irene Vallejo narra una anécdota sabrosa. En los años 70, la editora Ana María Moix almuerza en Barcelona con los capos del boom. ¿Te imaginas en un restaurante a Vargas Llosa, Gabo, Bryce Echenique, Donoso y Edwards? Parece el inicio de un chiste: van dos peruanos, dos chilenos y un colombiano a comer… Los seis se enfrascan en una charla tan amena que se olvidan de pedir. El boliche tiene la costumbre de recibir los platos por escrito en una comanda. El camarero, enojado por la tardanza, pregunta: “¿Es que nadie en esta mesa sabe escribir?”.

Vallejo cuenta la broma para poner de manifiesto que (casi) todos, hoy en día, leemos y escribimos. Hace unos siglos no era así. La escritura y la lectura eran un privilegio. Ahora es “natural”. Aunque solo escribamos listas de mercado o cosas que hay que meter en la maleta antes de un viaje largo. “Primero las cuentas, luego los cuentos” (Irene dixit). Las historias que ponemos en un papel o en una pantalla, reales o inventadas, son un refugio; esas verdades y esas ficciones nos salvan; son esas palabras que nos permiten sobrevivir al sinsentido. Son los libros de ayer que homenajea Vallejo con un estilo ágil, erudito y entretenido; son nuestros compinches para cancelar el tiempo, para que el dolor desaparezca por un rato.

Por eso, el libro nació preparado para el viaje y la aventura. Por eso, leemos en silencio, de manera mágica y misteriosa, como un hechizo. Aunque no fue siempre así. Ni lo es. En Cuba entré hace 25 años a una fábrica de puros habanos y los trabajadores escuchaban a una compañera —mientras liaban tabaco— leer en voz alta fragmentos de una novela. Era El siglo de las luces de Alejo Carpentier. “Que todos podamos amar el pasado es un hecho profundamente revolucionario”, dice Irene Vallejo.

Enheduanna es la señora del amor. Es considerada la “Shakespeare de la literatura sumeria”. Escribe himnos y cantos para su diosa favorita, Inanna, divinidad lunar del amor y de la guerra. Se mete en política y acaba en el exilio. ¿Cuántas Enheduannas conoces? “Safo —lo cuenta ella misma— era bajita, morena y poco atractiva”. Es otra mujer que escribe cuando las mujeres no escribían. Y menos poemas épicos y amorosos. Se suponía que para hacer el amor y la guerra estaban solo los hombres. A Safo por escribir poemas eróticos la acusaron de puta, de provocadora. Y eso que su falda no era corta. El papa Gregorio VII ordenó quemar todos sus libros por peligrosos. Aspasia es otra hetaira. De yapa, extranjera y rebelde, como Medea. Pericles rompe su matrimonio de linaje para irse con ella. A la primera no la quiere; a Aspasia, sí. Es lista, buena oradora y besa a su enamorado por las calles de Atenas. Otra inmoral. Aspasia también escribe los mejores discursos de Pericles; no por nada Sócrates la llama “maestra”. Hoy, sus textos se han perdido y sus frases son atribuidas a otros; hombres, por supuesto. ¿Cuántas Aspasias desconocemos?

Hiparquia de Maronea es otra transgresora, filósofa para más señas, de la escuela cínica. Lo deja todo para vivir en la calle con su amante Crates. Prefiere leer a pasar horas de horas en el telar. Tampoco pudo dejar nada escrito aunque los antiguos le dedicaron una biografía en sus diccionarios de filosofía, la única entrada con nombre de mujer. Serán otros quienes cuenten su historia.

Sulpicia es otra mujer notable, rica. Es de la “jai” de la Roma del emperador Augusto. Por su casa pasan tipos como Ovidio. Se da el lujo de escribir y solo seis poemas suyos han sobrevivido al olvido, atribuidos hasta hace poco a su tío Tibulo. Tiene un amor prohibido, Cerinto, un esclavo. De su amor clandestino solo quedan esas palabras, palabras que hace siglos eran dominio exclusivo de los hombres. Hay más mujeres valientes en el libro de Vallejo, mujeres como Cornelia o Julia Agripina, que se atrevieron a escribir, a leer en público, en la plaza, en el mercado, en el ágora. Si alguien lee en voz alta para ti es que desea tu placer, el mismo placer que regalaron al mundo estas cinco mujeres y este libro de Irene Vallejo.

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

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