Voces

sábado 25 sep 2021 | Actualizado a 14:21

Talleres para las vacaciones

/ 20 de diciembre de 2018 / 03:15

Durante las vacaciones de verano, diferentes centros culturales e instituciones recreativas ofrecen cursos y talleres orientados a los niños y adolescentes; sabedores de que además de la energía y las ganas de aprender cosas nuevas, este sector cuenta durante esta época del año con el tiempo necesario para realizar actividades extracurriculares. Y este año no es la excepción.

Por ejemplo, el anterior domingo, en una nota publicada en este diario se resalta una gran variedad de talleres y cursos para chicos y grandes, desde teatro, clases de música y oratoria; pasando por danza española, clásica y contemporánea; hasta cursos de esgrima; además de diferentes disciplinas deportivas, como natación, pilates, karate o fútbol.

Como bien se sabe, además de muchos beneficios y alternativas, las nuevas tecnologías de la comunicación y de la información también están generando impactos negativos como mayores índices de obesidad y problemas de concertación y de sociabilidad, especialmente entre las nuevas generaciones que pasan cada vez más horas detrás de las pantallas enviando mensajes, en las redes sociales o con los videojuegos.

De allí la importancia de contrarrestar esta influencia “tecnológica” con actividades recreativas que sean del agrado de los niños y adolescentes como las antes mencionadas; tanto más importantes por cuanto, según explican los expertos, potencian el desarrollo cognitivo de los niños y repercuten positivamente en su conducta y en su adaptación social.

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Comunistas

/ 25 de septiembre de 2021 / 01:22

Hace algunos días, luego de superar una intervención quirúrgica de colon, el papa Francisco declaró que lo habían tachado de comunista. Tan temeraria calificación fue respondida con la astucia de un buen jesuita: “Yo hago lo que creo que debo hacer”. Revisando el archivo encontré una declaración del entonces vicepresidente Álvaro García Linera (2017), a través de la que se autodefinió como “comunista, guerrillero y conspirador, así me voy a morir”. Tan desafiantes declaraciones terminan costándoles caro a quienes abrazan las ideas del progresismo, la igualdad social y la inclusión democrática y que para pesadilla de los neoliberales de los 90, han sido representados por exitosos gobiernos populistas que han gestionado con astucia y eficacia las políticas económicas, por ejemplo, de Bolivia (Morales), Ecuador (Correa), Brasil (Lula) y Uruguay (Mujica-Vázquez).

Hasta la llegada del MAS al poder, la izquierda tenía como último referente a la hiperinflacionaria e inepta UDP del 1982-1985 de Siles Zuazo, pero el día en que esa otra izquierda nacional con visión de lo multiétnico boliviano empezó a obtener resultados nunca vistos en la redistribución del ingreso que permitieron salir de la pobreza extrema a miles de bolivianos como nunca antes había sucedido, las cosas empezaron a tornarse peligrosas, en la medida en que el nuevo marketing político aplicado por los representantes de las corporaciones transnacionales y los capitales privados criollos, decidió que se necesitaba trabajar en el sistema de creencias del ciudadano y ya no más en las plataformas de los programas de gobierno en todas las materias de la gestión pública.

Así que hoy ser comunista parece que podría resultar peor que cuando uno lo era en tiempos de las dictaduras militares de los años 70 y 80, aunque el comunismo haya quedado superado hace por lo menos tres décadas. De eso saben, y mucho, Donald Trump, Jair Bolsonaro, Vox en España y aquí, Luis Fernando Camacho, el hijo espiritual del dictador Banzer, perteneciente a la extrema derecha civil militar. Hoy el ciudadano que no crea en Dios, en la tradición familiar, en la propiedad privada, en la libertad pregonada por las iglesias antiaborto y provida, en la heterosexualidad como única opción en que la reproducción de la especie y el placer se encuentran embutidos en la misma bolsa y el que no se adscriba a este modelo humano y ciudadano, puede ser pasible a persecuciones de consecuencias sangrientas y terminales.

Para decirlo desde los estigmas y los pecados: No serás comunista. No defenderás el aborto, aunque la mujer de turno haya sido víctima de una violación o de un embarazo no deseado. No nacionalizarás nada, porque eso es para comisarios que administran el Estado a través de policías de control político. No serás gay. No serás lesbiana. No serás chica trans. Y por supuesto que si se aspira a una ciudadanía modélica, no serás “masiburro”, no izarás la bandera de colores ajedrezada y si pasas cerca a los blancoides del Comité Cívico pro Santa Cruz, tendrás que aceptar que su presidente prehistórico, Rómulo Calvo, te dé la espalda y el culo y a continuación gire 90 grados para desinfectar el ambiente con alcohol medicinal, a segundos de haber desfilado por allí esos collas mugrosos que aman el autoritarismo de Evo y aceptan esa que ellos llaman persecución política, cuando se trata de perseguir judicialmente a los golpistas, a los masacradores de Sacaba y Senkata, o a los facinerosos de la Resistencia Juvenil Cochala que acuchillaron a un periodista y que tan entusiastamente defiende un exjefe de la Juventud Comunista de los 80 y exviceministro de Evo Morales, descendiente del lúcido Sergio Almaraz.

Hay que preguntarles a los estrategas. Lo saben muy bien. Para combatir al pueblo organizado, hay que tacharlo de comunista, autoritario, dedicado a la persecución política, que te va a quitar tu casa, se hará un pícnic con tu libertad, sustituirá tus símbolos republicanos y no te dejará leer la Biblia. Hay que tacharlos de castrochavistas que quieren una Bolivia como Cuba y Venezuela. Ya quisiéramos una educación y una salud como las que administran ellos o unas políticas de equidad de género como las alentadas y cristalizadas por los gobiernos de Hugo Chávez. En ese sentido sería muy bueno imitar las decisiones que históricamente se fueron tomando en La Habana y en Caracas, así como los cubanos y venezolanos quisieran una economía muy capitalista y pragmática, pero administrada desde el Estado, como la que manejó Luis Arce Catacora durante más de una década.

Así que estamos prevenidos. Si no quieres que te saquen fotos sin permiso en un aeropuerto, si no quieres que te amenacen en la sucursal de un banco, si no quieres que te persigan y te disparen porque llevas una wiphala… no seamos comunistas, ni siquiera lo aparentemos, porque ahora sí está muy claro que podemos morir en el intento: No somos lo que somos. Somos lo que creen.

Julio Peñaloza Bretel es periodista.

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Esperando el nuevo ciclo

/ 25 de septiembre de 2021 / 01:15

El presidente Arce fue elegido para enfrentar la crisis, ese fue el principal mandato de los votantes. Será en torno al desempeño de la economía que su gobierno será evaluado. Aunque esta es una problemática universal después de la gran contracción económica que ha acompañado la pandemia, esta tarea tiene particularidades, no menores, en el contexto boliviano.

Al contrario de otros países, en Bolivia ya se percibía, antes de la crisis múltiple del 2019-2020, la necesidad de pilotear un aterrizaje suave de una economía que se estaba acercando a sus límites macroeconómicos y que precisaba, para superarlos, renovar su motor de acumulación de renta.

No está de más recordar que la ecuación básica de la bonanza de 2007-2015 tuvo que ver con una expansión de la demanda interna y de la actividad, alimentadas por las rentas excepcionales por la exportación del gas y el buen precio de los minerales y la soya. Proceso en el cual se logró bajar la pobreza y la desigualdad. Ese esquema estaba alcanzando sus límites en los últimos años del gobierno de Morales: había necesidad de reinventar y/o diversificar las fuentes de crecimiento y generación de excedente.

No era recomendable parar de golpe la máquina del crecimiento y de la demanda interna, realizando ajustes fiscales o cambiarios desmedidos, pero también se entendía que se debía ir racionalizando esos desequilibrios paulatinamente, transitando a una etapa macroeconómicamente menos exuberante, mientras se aceleraran las inversiones en el litio o en otras nuevas actividades. Reto nada evidente, no solo por su complejidad técnica, sino por sus dificultades políticas en una sociedad acostumbrada a la bonanza y con actores sociopolíticos reacios al cambio.

En medio de esas cavilaciones, llegaron las elecciones de octubre de 2019, el conflicto, la ruptura institucional y la pandemia. Es decir, el desafío económico fue superado por el torbellino político y luego por el episodio casi apocalíptico que nos hizo vivir el COVID-19.

El gobierno de Arce es heredero de esa extraña coyuntura. La pregunta de fondo sigue siendo la misma, pero los contextos psicológicos y sociales han variado y eso no es un dato menor. La sociedad ya ha experimentado una debacle económica que no esperaba: la pandemia y sus restricciones fueron realizadas de manera tan deficiente que hicieron colapsar parte de la demanda interna y provocaron pérdidas excesivas de ingresos y ahorro. Promovieron un empobrecimiento y un sufrimiento social que no hemos aún dimensionado y que influyen en la manera de evaluar la coyuntura y el futuro.

El derrumbe fue tan grande que la gran mayoría no aspira, por ahora, a recuperar lo que tenía previamente a la crisis, sino a que se le permita trabajar sin restricciones para conseguir los ingresos mínimos para su sobrevivencia. La agenda social se ha simplificado, el ajuste brutal ya se realizó. Descartar una nueva cuarentena rígida, impulsar la demanda y mantener la estabilidad macroeconómica son recetas eficaces en esta coyuntura. Me parece que Arce las ha comprendido, va por ahí y la paciencia ciudadana está más o menos contenida, por lo pronto.

Si a esto se agrega el inesperado mini boom de precios de las exportaciones, que alivia temporalmente el equilibrio externo y contribuye a la “pax cambiaria”, “sena, quina” diría un amigo. Se gana tiempo y paciencia social. Pero, atención, la clave es aprovechar ese oxígeno para encarar el problema de fondo: la transición a una macroeconomía más equilibrada o, al menos, que pueda financiar sus desbalances, mientras se viabiliza, al mismo tiempo, la emergencia de un motor exportador renovado.

Esa agenda exige solvencia técnica, pero sobre todo habilidad política, requiere claridad en las prioridades, cierta sofisticación y pragmatismo para aprovechar un contexto internacional y financiero que permite cosas que hace dos años eran impensadas, capacidad para construir expectativas sociales que superen las naturales inquietudes de la gente si percibe que la situación se está estancando y alianzas externas inteligentes con países e inversionistas privados que nos ayuden en esta nueva transformación.

Armando Ortuño Yáñez es investigador social.

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En Bolivia seguimos encadenando personas

/ 25 de septiembre de 2021 / 01:11

Últimamente se habla mucho sobre los derechos humanos en Bolivia en referencia a la señora Jeanine Áñez. Denuncian vulneraciones y atropellos. Qué ironía: los que más fuerte levantan la voz son los que callaron en 2019 y 2020 ante persecución, masacres, detenciones arbitrarias, hostigamiento a hermanos campesinos, torturas, encadenamientos. Una clara muestra de la parcialización e inmadurez absoluta de nuestra “élite política tradicional”; bien culta, con estudios y familias en los Estados Unidos y Europa. ¿Acaso no aprendieron ahí que los derechos humanos no tienen, ni pueden tener colores políticos? Deben ser un bien absoluto y compartido por toda la ciudadanía en su conjunto. ¿Por qué no aplican este enfoque hacia los derechos humanos en nuestro país?

¿Pero de qué estamos hablando?, si en Bolivia seguimos encadenando personas. Del casi un año de mi detención preventiva en el gobierno transitorio, durante 130 días estuve encadenada a la camilla del hospital. Siendo yo como mujer, como esposa y madre un trofeo del gobierno de Áñez en su plena campaña presidencial. En un emblemático caso de la persecución política con una bochornosa campaña de linchamiento mediático y calumnia machista instruida desde el gobierno transitorio a grandes medios de comunicación. Me calumniaban sabiendo que estoy detenida y no puedo responder. Y ahora, cuando sí puedo hablar, están callados. ¿Esto es ser periodista en Bolivia? Pero no ha sido solamente mi historia. Ha sido una historia de mi Bolivia, de nuestra Bolivia.

Las cadenas son una herramienta medieval, cavernícola, atroz. Desde la antigüedad se utilizó en esclavos, rehenes, presos de guerra, sediciosos de todo tipo. Y, claro está, en animales. En todas las partes, desde Asia hasta Europa y nuestra Latinoamérica. El mundo iba madurando, no todo, pero sí la mayor parte, dando lugar a lo que es hoy un mundo civilizado, con tales logros como lo son el Estado de derecho, la democracia, los derechos humanos. Las cadenas ya están prohibidas por la ONU, por leyes y constituciones nacionales, inclusive las de Bolivia. Es una medida que aparte de ser atroz, es ilegal…

Para qué la cadena, me preguntaba yo, ¿acaso me voy a fugar teniendo escolta policial armada 24 horas y los 7 días de la semana? Ahora sé, que la cadena no es para que no te fugues. Ellos sabían que no iba a suceder. Si bien es cierto que la cadena es real, metálica, fría y pesada, deja hinchazones y lastima la piel, pero su función principal es lastimarte el alma. Para herir el espíritu. Abrumarte… Es una metáfora de la guerra, del triunfo sobre un “enemigo” vencido y humillado. La cadena es para quebrar tu voluntad y tu resistencia.

Vencí la vergüenza y denuncié la aplicación de cadenas como corresponde. Me rechazaron teniendo todas las pruebas. Como si fuera algo cotidiano, algo normal. Las imágenes de una mujer, encadenada a una camilla de hospital, esta vergonzosa atrocidad que reinaba en Bolivia de aquel entonces, las vio todo el mundo, las vio la ONU. Pero… ¿En Bolivia en pleno siglo XXI seguimos encadenando personas como animales? ¿En Bolivia es normal? No, señores, es un delito, y seguiré esta lucha, no por mí, sino para que nunca vuelva a suceder en nuestro país. Con nadie… Y si no encuentro (si no hay) justicia en mi país, tendré que buscarla en instancias internacionales. Para que nos enseñen. Y a ver si aprendemos.

Lorgia Fuentes es ingeniera civil y víctima del gobierno transitorio de Jeanine Áñez.

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Las ciudades y la nueva normalidad

/ 24 de septiembre de 2021 / 02:06

Una de las lecciones más importantes aprendidas en esta pandemia es sin duda el papel trascendental de la planificación que nos permita contar con un mínimo de preparación a posibles crisis como la del COVID-19. Las más grandes potencias del globo subestimaron también la importancia de la planificación y la población, lo pagó caro.

Actualmente, ante el avance de la vacunación y el tránsito a la nueva normalidad, el valor de la planificación es más importante que nunca.

El mundo está tratando de adaptarse, pero, en un escenario donde la incertidumbre es la característica y existe un ambiente que favorece al incremento de la pobreza o la desigualdad, esta tarea se hace cuesta arriba.

Hoy la crisis sanitaria se ha convertido en una crisis multidimensional y sus efectos pueden durar décadas; ha afectado a la economía en todos sus niveles y ha descargado en el conjunto de la sociedad sus efectos adversos, lo que ha generado crisis políticas en diferentes puntos del planeta que persistirán si no se generan políticas orientadas a la adaptabilidad en un proceso de planificación que atienda la inmediatez de la situación como la de largo plazo.

La débil planificación con la que nos encontró el virus a nivel de los Estados también se evidenció en los niveles subnacionales, municipales o locales. Las ciudades se convirtieron en el epicentro de la crisis tanto por la proporción de los contagios como por los efectos sobre su funcionamiento, y en el futuro serán también el epicentro de los efectos o resultados de la planificación de la adaptabilidad. Consiguientemente, en nuestro país, las grandes urbes tienen un desafío enorme en esta nueva era marcada por el COVID-19. La adaptación significa adecuarse a nuevas situaciones, pero también resolver los antiguos problemas que hoy son cruciales.

La informalidad en las ciudades debe ser abordada por las autoridades ediles con mucha prontitud, eficacia y sensibilidad para resolver en el corto plazo un asunto que por sus características hace más vulnerables a las familias que la viven.

En adelante el desarrollo del sector salud no será fructífero si no es considerado como un sector estratégico. Un nuevo rebrote u otra crisis sanitaria como la que se ha vivido puede echar por tierra todos los esfuerzos que se están haciendo por recuperarnos.

El distanciamiento físico, el posible aislamiento o confinamiento de los habitantes y la forma como encararemos la protección y cuidados a las personas son temas que requieren que urbanistas y administradores de ciudades los consideren en la normativa edil. Asuntos como los subcentros urbanos equipados con la mayor cantidad de servicios y debidamente abastecidos para las necesidades esenciales de la población para evitar la excesiva movilidad urbana, pero también el transporte público y el tráfico para obtener un mínimo de tiempo en ellos, pensando en las personas que tienen la necesidad de acometer grandes distancias dentro la ciudad; las ciclovías y la seguridad para el peatón que hoy prefiere evitar las aglomeraciones; viviendas con espacios para el teletrabajo o educación remota; lugares de desinfección; la ventilación o climatización en edificaciones; ambientes flexibles y seguros para la socialización en condominios, multifamiliares, urbanizaciones o edificios, son temas que las municipalidades deben abordar de la forma más idónea posible.

Las actividades y usos urbanos se están transformando, lo que convierte a la conectividad y la velocidad en línea en un servicio básico o esencial para la población, y los alcaldes o alcaldesas debe encararlo como una forma de promover el desarrollo y la lucha contra la desigualdad. Las nuevas formas de comercio y el empleo necesitan un ambiente propicio.

La adaptabilidad requerirá mucha innovación, la innovación requerirá nuevas políticas y éstas tendrán que venir acompañadas de nuevas regulaciones municipales de forma integrada y con una alta inclusión.

De la velocidad en la que nos adaptemos, dependerá nuestro futuro y el superar los efectos adversos de la crisis, es decir que las sociedades que triunfen en esta tarea serán las que se desarrollen de mejor manera.

Cometer el mismo error, de subestimar la importancia de la planificación en este tiempo, significará elevar el nivel de la crisis al ámbito político, convirtiendo a nuestras ciudades en lugares de convulsión social, conflictividad e inestabilidad política para las propias autoridades ediles.

Javier Zavaleta López es arquitecto, exdiputado y exministro.

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La política desde los extremos

/ 24 de septiembre de 2021 / 02:03

En Bolivia, es un lugar común sabernos como una sociedad politizada en extremo pero —siguiendo el ritmo global— cada vez más descreída de la política institucional. Decimos de nosotros mismos que ante las crisis políticas que se nos presentan recurrimos al mecanismo del voto para dirimir nuestras diferencias pero, una vez electos, desconfiamos de nuestros representantes y la institucionalidad que constituyen.

Nos declaramos en contra de las intenciones partidistas de alimentar una continua/ cansina conflictividad latente instalando sus relatos sobre los hechos recientes pero aparentemente nos reflejamos ansiosos en espacios digitales por ir despreciando todo aquello que signifique otredad de pensamiento, apuntando con el dedo y estigmatizando a quien estuvo/ está en la vereda del frente.

Le pedimos a los partidos un proyecto de país para validarlos —lo que equivale a pedirles una inteligencia adaptativa cuya capacidad no solo les permita entender la Bolivia de hoy sino además proyectarla—, a tiempo de que fortalecemos el pensamiento de que la militancia partidaria es algo aberrante, propio de personas que no tienen moral o pensamiento propio.

Hoy se asocia lo obsoleto con trabajar en la subsistencia del sistema de partidos pensando que así se pueden gestionar intereses colectivos de manera ordenada y lo renovado está asociado a la micropolítica de la vida, donde los intereses personales se gestionan de mejor manera en grupos estancos que comparten su visión cultural de la vida cotidiana.

Es verdad que nuestra vivencia más cercana respecto al comportamiento democrático de quienes acceden al poder mediante el voto o se llenan la boca de democracia nos indica que, indistintamente de su color, los líderes de estos partidos o alianzas pueden terminar propiciando acciones autoritarias de varias maneras: ya sea torciendo las leyes e instituciones en la búsqueda de mantener el poder, sancionando abierta y socialmente cualquier gesto de educación o diálogo para con el otro o disciplinando internamente el pensamiento plural cuando éste desagrada al aliado circunstancial.

Pero también es verdad que cuando se trata de cultura democrática, nos toca a todos revisarnos en nuestras acciones y posiciones de forma honesta, pues son estos varios escenarios los que diariamente se alimentan de nuestro accionar como sociedad y terminamos, entre todos, configurando la compleja, enredada y acelerada realidad política nuestra. En espacio público revuelto, ganancia de los extremos. Así, el verdadero desafío parece consistir en escapar de ser la carne de cañón de tanta narrativa interesada sin renunciar a la continua (re)construcción de la institucionalidad democrática que, por detrás de los hechos —y esto es un secreto a voces—, está hecha pedazos.

La política desde los extremos va a seguir siendo lo que se nos viene y continuará encontrando tierra fecunda para su existencia y normalización en el hecho de que cada vez sea mayor la cantidad de gente que encuentre tentador acomodar su pensamiento y acción política por fuera de los márgenes institucionales que brinda la democracia, tal como la conocemos. Y eventualmente esto solo servirá para garantizar la sobrevivencia de aquellos contados patriarcas políticos que insisten en hacerles creer a las mayorías que los encumbran que la política es toda lucha posible por el poder y no así una herramienta más para solucionar los problemas de la sociedad en su conjunto.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka.

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