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Tuesday 16 Aug 2022 | Actualizado a 00:31 AM

Comer para morir

/ 3 de enero de 2019 / 03:36

Ella tiene 18 años; el médico le diagnosticó prediabetes, por lo que debe seguir un régimen alimenticio estricto: cero azúcar, no pan, no carbohidratos, nada de esto, nada de aquello… Ella misma cuenta que cuando era niña podía comer media torta y una barra entera de chocolate; sus padres le daban gusto y nadie pensó en las consecuencias.

A los padres de una adolescente de 14 años el médico les anunció que su hija tiene hígado graso muy avanzado, enfermedad relacionada con el desmedido consumo de comida chatarra. Otro niño de 12 años con exceso de peso se lamenta de la dieta que debe seguir luego de que la directora del colegio donde estudia llamó a sus papás para hacerles notar la dificultad que tiene su hijo para respirar y caminar. Al disgusto por todo lo que debe dejar de comer se suma la urgente necesidad de realizar ejercicio diario, un verdadero sacrificio para quien permanecía hasta seis horas diarias consumiendo videojuegos, una bolsa de papas fritas, sándwiches cargados de grasa y salsas a libre demanda.

Como las caras opuestas de una moneda, está la historia contraria, el niño de 11 años que aparenta tener siete por su baja estatura; está extremadamente delgado y pálido. Claro que él no tiene videojuegos, su principal ocupación es ayudar a su madre lavandera a cargar ropa, tiene cuatro hermanitos y son huérfanos de padre, en su hogar nunca sobra la comida, que siempre repite fideo o arroz con papa. De vez en cuando hay un poquito de carne, pero toma leche regularmente cuando hay clases. La misma situación vive una niña de 12 años. Sus padres son alcohólicos y ella tiene que arreglárselas como puede para comer lo que encuentra; por tanto, un día hay más suerte que otro.

En ambos casos, los niños que comen demasiada comida chatarra y los que se duermen con hambre, comen mal; y las consecuencias afectan a toda la sociedad boliviana. Por ese motivo, la ingesta de alimentos saludables determinadas veces al día y en cantidades recomendadas es un tema de salud pública que no se puede seguir descuidando.

Según datos del Ministerio de Salud, cada año aumentan 70.000 nuevos casos de diabetes; entretanto, la obesidad se incrementa, lo que no es señal de buena salud, sino todo lo contrario. Según datos de la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), la desnutrición en Bolivia ha disminuido en los últimos 20 años del 30% al 19%, aunque ésta aún persiste y es un factor que impide el desarrollo normal de los niños. ¿Qué estamos comiendo los bolivianos? ¿Cuántas personas en nuestra familia están con sobrepeso? ¿Cuánto ejercicio hacemos? ¿Cuánta verdura y fruta comemos? ¿Variamos nuestra alimentación? Los niños y adolescentes bolivianos están comiendo muy mal.

 * Periodista.

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Entre el hambre y la mala comida

/ 11 de agosto de 2022 / 00:51

Cuatro de cada 10 habitantes de América Latina viven con inseguridad alimentaria, es decir que casi la mitad de latinoamericanos se duerme con hambre, o durante el día no se siente satisfecho con su alimentación. Hay 19 millones más de personas en situación de hambre que en 2019, en toda la región. Es una situación inquietante porque tiende a incrementarse, como lo ha hecho desde la pandemia del COVID-19, continuando con la guerra en Ucrania y la subida de precios en varios países latinoamericanos. Estos datos son de la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) para América Latina y el Caribe.

En Bolivia se alcanza la cifra de 2 millones de personas mal alimentadas, sea por falta de recursos, por mala información o por no poder acceder a alimentos de calidad. Es cierto que el desempleo se ha incrementado en estos últimos años en nuestro país, eso ha generado inestabilidad económica o incluso falta total de dinero en casos extremos. Pero la mala información sobre los valores nutricionales necesarios en cuanto a calidad y cantidad para un buen desarrollo de las personas ha hecho que aumenten los grados de desnutrición tanto en niños como en adultos. Esa misma falta de información ocasiona que aunque una familia cuente con suficientes recursos económicos no cumpla con una dieta sana y elija comida “chatarra”, teniendo como resultado desnutrición u obesidad.

Puestos a observar en las calles, se nota que los bolivianos en general consumimos mucha grasa, carbohidratos de todo tipo, arroz y fideo casi a diario, gaseosas y azúcares sin control. Pocos vegetales, algo de fruta, pero sobre todo no somos amigos de variar, casi todas nuestras comidas se repiten y no siempre las consumimos con un orden y en horarios adecuados. Esto se refleja en vientres abultados, pesadez en el andar, las permanentes quejas por acidez, reflujo, hígado graso.

Es cierto que las costumbres alimenticias han cambiado y cada vez más, sea por las exigencias de trabajo, las distancias para retornar a los hogares a la hora del almuerzo, la falta de corresponsabilidad en la elaboración de alimentos en la casa, ha hecho que cada quien consuma en la calle lo que pueda, lo que le alcance en su presupuesto o finalmente se salte alguna comida. Comidas con nutrientes como la quinua, el huevo, los pescados, todo tipo de vegetales como la acelga, la remolacha, tienen precios más accesibles y deberían estar en la dieta de las familias bolivianas con mayor frecuencia. Hace falta mayor debate y empeño en eliminar las malas costumbres alimenticias y la creatividad e inventiva en fomentar los buenos hábitos gastronómicos en los jóvenes y niños. La nutrición y la buena alimentación son una cuestión de política pública urgente y necesaria.

Lucía Sauma es periodista.

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De lo que sea

/ 28 de julio de 2022 / 00:57

Hace unos días escuché a unos jóvenes comentar sobre su necesidad de encontrar algún empleo de lo que sea, para cubrir algunos gastos y no ser una carga en su casa, donde sus papás estaban “acogotados” con sus tres hermanos menores y el hijo de su hermana, madre soltera, que ayudaba al mantenimiento de la casa vendiendo ropa, juguetes y cosméticos por internet. Su amiga que le escuchaba digitando su celular de rato en rato — ambos no pasaban de los 25 años—, intervino arguyendo que ella no buscaba un trabajo fijo con sueldo mensual, hizo muchos intentos y se cansó. “Además te pagan mal y te explotan al máximo, prefiero tener mi propio emprendimiento —decía ella—, me encanta lo que hago y no me va mal, pinto uñas y con unas amigas alquilamos un espacio muy chiquito, prácticamente es un quiosco y allí nos acomodamos cuatro, tenemos clientes al por mayor”.

Esa conversación marca la tendencia de los jóvenes en Bolivia respecto al empleo, se conforman replicando la informalidad ante la imposibilidad de encontrar un trabajo estable, con salario digno, seguridad social a corto y largo plazo, con mayor exigencia de capacitación en estudios superiores. Prefieren cero dependencia, nada de órdenes de superiores e imposición de horarios. Es verdad que es una tendencia mundial y más aún después de la pandemia vivida a nivel global. Pero detrás de esas palabras hay unas sombras de resignación y sobrevivencia que crean incomodidad, por decir algo.

Detrás de la breve conversación de esos jóvenes se nota la resignación a postergar indefinidamente el avance en su capacitación, lo que a la larga significa limitar sus aspiraciones de vida. Según el Cedla, solo dos de cada 100 jóvenes en Bolivia tienen buenos empleos, por lo tanto “98 tienen empleos precarios y 65 por ciento tiene trabajos extremos; con remuneración por debajo del salario básico mensual”. Esto nos demuestra algo muy preocupante, que los jóvenes o tienen un empleo precario, mal remunerado, o tienen un emprendimiento muy incipiente, ambos casos significan postergación en su desarrollo y abandono en un proyecto de vida más ambicioso.

Con frecuencia se han anunciado grandes proyectos de generación de empleo para la juventud del país, muchos de ellos con títulos atractivos, se conoce poco de sus resultados y de su vigencia. Lo visible es el desempleo de chicos y chicas a quienes se ve entregando en las calles desde un peine hasta electrodomésticos por ventas que hicieron por internet, mercadería que entregan en la esquina de siempre sin límite de día ni de hora. No son buenas políticas las que lanzan a los jóvenes a trabajar en condiciones paupérrimas con el pretexto de que cualquier cosa es mejor que nada. Los jóvenes necesitan que se los tome más en serio en el momento de elaborar políticas públicas de empleo.

Lucía Sauma es periodista.

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¿Carga o bendición?

/ 14 de julio de 2022 / 00:57

Reiteradamente los aspirantes a abuelos se quejan de las largas que dan sus hijos para convertirse en padres. Un abuelo, entre protesta y resignación decía “no sé cuándo los hijos pasaron de ser una bendición a ser una carga”, pensando en que las jóvenes parejas no se muestran ansiosas por agrandar sus familias, primero apuntan a tener vivienda, un auto y sobre todo tiempo libre para disfrutar de viajes, reuniones, capacitación sea universitaria o no, programar sus vidas sin ataduras. En su análisis de situación los jóvenes observan que los hijos suelen ser muy demandantes del tiempo de sus papás y eso requiere un esfuerzo y un cambio de planes que los posibles padres no están dispuestos a dar.

Jugar, contar cuentos, cambiar pañales, interrumpir el sueño por las noches, es decir constituir una familia y tener hijos ya no es una meta a corto, ni a mediano y muchas veces ni a largo plazo, no es una meta en sus vidas. Suelen argüir que traer hijos a un mundo enfermo por el calentamiento global, con crisis de agua, sequías, falta de alimentos, demasiada violencia, mucho desempleo, elevado costo de vida, es una verdadera irresponsabilidad. Dicen que prefieren no traer hijos para hacerlos sufrir, y aunque muchos lo digan con convicción, lo que está claro es que tienen miedo de afrontar la responsabilidad que conlleva criar un ser humano, atarse a un bebé, a un niño, a las exigencias de cariño y cuidado que se requieren para ayudarlo a crecer, para aprender con él.

Con mayor frecuencia los jóvenes adoptan mascotas y las cuidan como hijos, les entregan su dedicación y tiempo. Son distintas de las crías humanas porque no exigen tanto, no reclaman buen comportamiento, ni critican desde temprana edad las equivocaciones o los errores de los adultos que los concibieron. A pesar de todos los cuidados que prodigan a perritos y gatitos, esta decisión no conlleva la responsabilidad que reclaman los hijos. Los jóvenes ahora eligen no asumir la paternidad o la maternidad. ¿Tanto les marcó su experiencia como hijos, que ahora no quieren tenerlos?

Como fuere, en noviembre de este año la humanidad llegará a la cifra de 8.000 millones de personas, según Naciones Unidas; los Estados, a la par de esta cifra deben asumir su responsabilidad con el cuidado de sus poblaciones como su mayor riqueza. Asimismo, Bolivia necesita aumentar su población, con la previa condición de duplicar la atención a la gente que la habita, proporcionando mediante políticas públicas buenas condiciones de salud, educación, empleo digno, seguridad. Así los jóvenes estarán más dispuestos a cumplir los sueños de los aspirantes a abuelos que hoy les reclaman la alegría que traen los nietos.

Lucía Sauma es periodista.

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Vacaciones, tiempo de disfrute

/ 30 de junio de 2022 / 00:55

El lunes 4 de julio, casi 3 millones de estudiantes de primaria y secundaria saldrán de vacaciones invernales en Bolivia. ¿Qué harán? ¿A qué se dedicarán? ¿Cuántas horas estarán pegados a sus celulares, tablets o a sus computadoras? Aprovecharán para dormir hasta más tarde, estarán en sus casas quizás callados, quietos, encerrados. ¿Ese silencio, esa rutina, ese dejarse estar es el que queremos para los niños y adolescentes? Si algún adulto contesta que eso sería lo ideal, es porque olvidó cómo era él mismo cuando tenía 6, 10 o 18 años.

Las vacaciones son un tiempo para aprender, sobre todo de la vida, de su importancia, de cómo ser mejor ser humano, más creativo, más útil para sí mismo y por ende para los demás. Este periodo fuera de las aulas debe ser fuente de revelaciones para descubrir verdaderos talentos en el deporte: fútbol, ráquet, natación, atletismo. Vocaciones artísticas en el arte: pintura, danza, teatro, escribir historias, cuentos. O el desarrollo de liderazgos: organizar actividades en la casa, la cuadra, el barrio, conformar grupos con actividades específicas.

Es verdad que en el caso sobre todo de los niños pequeños, se debe contar con la voluntad, la participación y parte del tiempo de los padres o los adultos que están a cargo de los menores para supervisar estas actividades, se requiere el traslado de los pequeños, llevarlos, recogerlos, pero eso sucede también cuando están en la escuela o el colegio, así que las personas mayores también deben estar dispuestas a continuar con sus tareas de cuidado durante las vacaciones.

Las autoridades han determinado que están prohibidas las tareas, los profesores no pueden mandar a hacer deberes durante las vacaciones. Eso está bien, porque los estudiantes deben tener tiempo para otras actividades. Los municipios por ejemplo, deberían abrir los museos para que niños y adolescentes los visiten. Los encargados de turismo tienen la oportunidad de ofertar viajes cortos y económicos. Este es un buen tiempo también para promocionar visitas urbanas por sitios con interés histórico, paseos que también pueden ser programados por los adultos sin esperar la iniciativa de autoridades.

El tiempo es veloz y más vale que le tomemos la delantera, los hijos crecen muy rápido, dicen adiós justo cuando queremos disfrutarlos, influir amorosamente en sus vidas, pero ya no podemos. Las vacaciones de invierno tienen su encanto, es un tiempo para transmitir nuestras tradiciones en la comida, cada región ofrece su propia bebida caliente para combatir el frío, su propia sopa, su propio pan. Tienen sus propios cuentos, sus personajes. Siempre hay un adulto mayor dispuesto a contar, a invitar para que las vacaciones, estas vacaciones de invierno sean inolvidables.

Lucía Sauma es periodista.

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Reproducir pobres

/ 16 de junio de 2022 / 03:02

Venden de todo, dulces, chicles, barbijos, aerosoles de alcohol, pañuelos desechables, gelatinas, agua en bolsitas, cuidan autos, limpian parabrisas, se estiran y piden monedas, los niños y las niñas nuevamente están en las calles trabajando. El virus también nos ha dejado como secuela el trabajo infantil, la OIT y Unicef, en junio de 2021, estimaron que en Bolivia, debido a la pandemia, entre 31.000 y 92.000 niños, niñas y adolescentes (NNA) entrarían al mercado laboral. Sus padres quedaron desempleados, toda la familia buscó la manera de sobrevivir, la ocupación más inmediata: ser vendedor ambulante de lo que sea.

El trabajo infantil es un problema que aún no ha sido solucionado en el país. Costó mucho esfuerzo convencer que los conductores de minibuses no contraten a los niños voceadores, porque era un trabajo riesgoso por los accidentes a los que estaban expuestos, realizaban esa labor hasta altas horas de la noche, la mayoría no asistía a la escuela, frecuentemente eran maltratados por conductores y usuarios, engañados en el pago de sus remuneraciones y en las jornadas labores sin restricción. También se superó el trabajo infantil en las ladrilleras, principalmente en las más visibles ubicadas en La Paz, Cochabamba y Santa Cruz, no sabemos con exactitud qué sucede en otros lugares. Otro sector que avanzó con gran esfuerzo en la erradicación del trabajo infantil es el de la minería, aunque no de la misma manera en las cooperativas, donde el trabajo es familiar.

Los niños y niñas trabajadores no figuran en las estadísticas porque la normativa solo reconoce el trabajo a partir de los 14 años, pero ellos existen y están expuestos a todo tipo de peligros, sobrexplotación y abandono por parte del Estado. A pesar de tener fijado el Programa de Prevención y Protección Social para niños y niñas menores de 14 años de edad en actividad laboral, éste no se implementó. Es una tarea pendiente que debe realizarla una comisión conjunta entre los ministerios de Trabajo, de Justicia y de Planificación.

También debemos recordar que están pendientes las acciones a seguir para proteger a los huérfanos del feminicidio, quienes, según estudios realizados por entidades privadas, se convierten en población vulnerable; en todos los casos al menos uno de ellos termina en situación de calle, las niñas son sometidas a abuso sexual y pasan a ser madres solteras, repitiendo un círculo interminable de victimización y pobreza.

Mientras no solucionemos los problemas de indefensión y abandono de la población infantil y adolescente del país, no podemos hablar de erradicación de la pobreza en Bolivia. El trabajo infantil es una fábrica que reproduce población pobre, a la que se le niegan sus derechos humanos más elementales.

Lucía Sauma es periodista.

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