Voces

domingo 25 jul 2021 | Actualizado a 19:13

Trump, el comercio y la ventaja de autócratas

/ 3 de marzo de 2019 / 04:07

Ha habido algunas buenas noticias sobre el comercio mundial últimamente: todo parece indicar que una presunta guerra comercial a gran escala entre Estados Unidos y China podría evitarse.

La mala noticia es que si, en efecto, vamos a celebrar un tratado comercial con China, básicamente será porque los chinos le están ofreciendo a Donald Trump un beneficio político personal. Al mismo tiempo, se avecina un conflicto comercial mucho más peligroso con Europa y, los europeos, que todavía tienen esta cosa peculiar llamada Estado de derecho, no pueden recurrir a los sobornos para lograr la paz comercial.

Los antecedentes: el año pasado, el gobierno de Trump impuso aranceles a una amplia gama de productos chinos, que abarcaron más de la mitad de las exportaciones de China a Estados Unidos. No obstante, eso podría haber sido solo el principio: Trump había amenazado con imponer aranceles mucho más elevados a $us 200.000 millones de exportaciones chinas a partir de este viernes.

¿Qué motivó esos aranceles? Sorprendentemente, no parece haber ningún grupo fuerte de electores exigiendo proteccionismo; si acaso, algunas industrias importantes han estado ejerciendo presión contra las estrategias comerciales de Trump y es evidente que al mercado bursátil no le agrada el conflicto comercial, pues cae cuando las tensiones aumentan y se recupera cuando cesan.

Así que el conflicto comercial es básicamente una venganza personal de Trump, a la que puede dedicarse debido a que las leyes internacionales de Estados Unidos en materia de comercio le otorgan al presidente una gran discrecionalidad para imponer aranceles por diversos motivos. Por ende, la predicción de las políticas comerciales tiene que ver con descifrar qué está pasando por la mente de un hombre.

Ahora, Estados Unidos tiene motivos reales para estar molesto con China y exigir cambios en las políticas. Después de todo, no hay duda de que China viola el espíritu de las reglas del comercio internacional, restringiendo en la práctica el acceso de las empresas extranjeras a su mercado salvo que le entreguen tecnología valiosa. Así que hay argumentos para respaldar que Estados Unidos presione a China —¡junto con otras economías avanzadas!— a fin de que China ponga fin a esa práctica.

No obstante, ha habido pocas pruebas de que Trump esté interesado en lidiar con el verdadero problema de China. Durante el fin de semana, asistí a una conferencia sobre políticas comerciales, ahí se preguntó a los expertos qué quería Trump realmente; la respuesta más popular fue: “logros tuiteables”.

Como era de esperarse, Trump se ha atribuido lo que él llama grandes concesiones chinas, que parecen estar relacionadas en general con que el gobierno chino le ordena a las empresas comprar productos agrícolas estadounidenses. En específico, el aplazamiento de la guerra comercial vino después de la promesa que hizo China de comprar diez millones de toneladas de soya. Esto complacerá a los agricultores, aunque no está nada claro si compensará las pérdidas que han sufrido debido a las acciones previas de Trump.

No obstante, la cuestión es que lo que China está ofreciendo no se relaciona  en absoluto con los intereses nacionales estadounidenses que están realmente en juego. Únicamente le da al presidente Trump motivos para tuitear.

Ah, y por cierto: el banco más grande de China, cuyo propietario mayoritario resulta ser el gobierno chino, ocupa tres pisos completos de la Torre Trump en Manhattan. El banco había pensado reducir su espacio; será interesante ver qué ocurre con ese plan ahora.

Mientras tanto, el Departamento de Comercio de Estados Unidos elaboró un informe respecto a las importaciones de automóviles de los países europeos que, según reportes de la prensa alemana, concluye que suponen una amenaza para la seguridad nacional.

Si esto suena ridículo, es porque lo es. De hecho, aunque los europeos no son unos angelitos, sí se guían por las reglas mundiales y es difícil acusarlos de cometer pecados comerciales considerables. Sí, le impusieron un arancel del diez por ciento a los vehículos estadounidenses, pero Estados Unidos les cobra un arancel del 25 por ciento por sus camiones ligeros, lo cual equilibra por mucho la situación.

No obstante, un departamento encabezado por quien tal vez sea el secretario de Comercio más corrupto de la historia concluirá, evidentemente, cualquier cosa que Trump quiera que concluya. Así mismo, este informe le da al presidente la autoridad legal para declarar una guerra comercial contra la Unión Europea.

De ocurrir, esta guerra comercial será tremendamente nociva. La Unión Europea es el mercado de exportación más grande de Estados Unidos, pues representa directamente alrededor de 2,6 millones de empleos. Además, nuestras economías están muy entrelazadas, razón por la cual incluso la industria automotriz estadounidense está horrorizada ante la posibilidad de que Trump imponga aranceles a los automóviles.

La cuestión es la siguiente: a diferencia del gobierno chino, la Unión Europea no puede ordenarles a las empresas privadas que hagan compras llamativas de productos estadounidenses. Sin duda, no puede encauzar negocios para las propiedades de la Organización Trump. En consecuencia, las posibilidades de que escale un conflicto comercial siguen siendo elevadas.

La cuestión es que, al momento de lidiar con Donald Trump y su equipo, las autocracias tienen una ventaja sobre las democracias que se apegan al Estado de derecho. Así mismo, se podría decir que las disputas comerciales son lo de menos.

Piensen en la presión que ejercen los asesores de Trump que financieramente están en conflicto para vender tecnología nuclear al “reino del Sr. Sierra para Huesos”, conocido también como Arabia Saudita. O piensen en la influencia que los expatriados golfistas parecen estar teniendo sobre las políticas relacionadas con Venezuela.

Así que mientras los mercados bursátiles están felices ante la posibilidad de que prevalezca la paz comercial con China, el panorama completo es profundamente perturbador. Si logramos limitar el daño de esta confrontación, será por las razones equivocadas. Además, las motivaciones retorcidas que regulan la política exterior de Estados Unidos todavía pueden tener consecuencias destructivas, y una guerra comercial ni siquiera sería la posibilidad más terrorífica.

*es premio Nobel de Economía. © The New York Times Company, 2018. Traducción de News Clips.

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La derecha le apuesta todo a la ignorancia

/ 4 de julio de 2021 / 00:59

Como todos saben, los de la izquierda odian al ejército de Estados Unidos. Hace poco, una conocida figura mediática de izquierda atacó al general Mark Milley, jefe del Estado Mayor Conjunto, cuando declaró: “No solo es un cerdo, es un estúpido”.

Un momento. Ese no fue un izquierdista, se trató de Tucker Carlson de Fox News. Lo que hizo estallar a Carlson fue un testimonio en el que Milley dijo en una audiencia del Congreso que consideraba importante “que quienes usamos uniforme tengamos la mente abierta y una buena educación”.

El problema es evidente. La cerrazón y la ignorancia se han convertido en valores fundamentales de los conservadores, y quienes rechazan esos valores son el enemigo, sin importar lo que hayan hecho para servir al país.

La audiencia de Milley formó parte del furor orquestado en torno a la “teoría crítica de la raza”, que ha dominado los medios de comunicación de derecha durante los últimos meses y se ha mencionado unas 2.000 veces en Fox en lo que va de año. A menudo se ven afirmaciones de que los que atacan la teoría crítica de la raza no tienen ni idea de lo que es, pero yo no estoy de acuerdo; ellos entienden que tiene algo que ver con las afirmaciones de que Estados Unidos tiene una historia de racismo y de políticas que, de manera explícita o implícita, ampliaron las disparidades raciales.

Podemos debatir sobre la relevancia de esta historia para las políticas actuales, pero ¿quién se opondría a reconocer hechos tan simples? La derecha moderna, lo haría. La actual obsesión con la teoría crítica de la raza es un intento cínico de cambiar el tema de las muy populares iniciativas políticas del gobierno de Biden, mientras se complace con la rabia blanca que los republicanos niegan que exista. Pero es solo uno de los múltiples temas en los que la ignorancia voluntaria se ha convertido en una prueba de fuego para cualquiera que espere tener éxito en la política republicana.

¿Qué subyace en este compromiso interdisciplinario con la ignorancia? En cada tema, negarse a reconocer la realidad sirve a intereses especiales. La negación del cambio climático le sirve a la industria de los combustibles fósiles; la negación de la evolución le sirve a los fundamentalistas religiosos; el misticismo de la reducción de impuestos… les sirve a los donantes multimillonarios.

Pero también hay, diría yo, un efecto indirecto: aceptar la evidencia y la lógica es una especie de valor universal y este valor no puede eliminarse de un área de investigación sin degradar todo lo demás. Es decir, no se puede declarar que la honestidad sobre la historia racial de Estados Unidos es inaceptable y esperar que se mantengan los estándares intelectuales en todos los demás ámbitos. En el universo moderno de ideas de la derecha, todo es político; no hay temas seguros.

Esta politización de todo crea una enorme tensión inevitable entre los conservadores y las instituciones que tratan de respetar la realidad.

Se han hecho muchos estudios para documentar la fuerte inclinación demócrata de los profesores universitarios, lo que a menudo se considera una prueba evidente de la parcialidad política en la contratación.

El Partido Republicano moderno no tiene cabida para las personas que creen en la objetividad. Una característica sorprendente de las encuestas sobre el partidismo académico es la abrumadora tendencia demócrata en ciencias duras como la biología y la química; pero ¿en verdad resulta difícil de entender si se considera que los republicanos rechazan la ciencia en tantos frentes?

Un estudio reciente se maravilla de que hasta los departamentos de finanzas sean en su mayoría de tendencia demócrata. De hecho, cabría esperar que los profesores de finanzas, algunos de los cuales realizan lucrativas consultorías para Wall Street, fueran bastante conservadores. Pero incluso a ellos les repugna un partido comprometido con la economía zombi.

Lo que me lleva de nuevo a Milley. El ejército de Estados Unidos se ha inclinado de manera tradicional por los republicanos, pero el cuerpo de oficiales moderno tiene estudios superiores, es de mente abierta y, me atrevo a decir, incluso un poco intelectual, porque esos son atributos que ayudan a ganar guerras. Por desgracia, también son atributos que el Partido Republicano moderno considera intolerables.

Así que ataques como el que recibió Milley eran inevitables. Los de derecha le apuestan todo a la ignorancia, por lo que están destinados a entrar en conflicto con todas las instituciones —incluido el ejército estadounidense— que estén tratando de cultivar el conocimiento.

Paul Krugman es premio. Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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¿Por qué los republicanos no son populistas?

/ 3 de abril de 2021 / 01:24

El Plan de Rescate Estadounidense del presidente Joe Biden es tremendamente popular, incluso entre los electores republicanos. Aún no tenemos información exacta sobre la próxima iniciativa demócrata, pero es posible que tenga buenos resultados en las encuestas porque combinará una inversión importante en infraestructura y aumentos en los impuestos para las corporaciones y los ricos. Ambos temas son muy populares.

Sin embargo, al igual que el plan de rescate, lo más probable es que el próximo plan tampoco obtenga un solo voto republicano en el Congreso. ¿Por qué los republicanos electos siguen tan comprometidos con las políticas económicas de la derecha que ayudan a los ricos mientras timan a la clase trabajadora?

Al igual que muchos observadores, solía pensar en un modelo del Partido Republicano parecido al que se presenta en What’s the matter with Kansas?Es decir que, al igual que Thomas Frank, autor del libro de 2004 que lleva ese título yo en esencia veía al Partido Republicano como una empresa dirigida por y para plutócratas, gestionada para ganar elecciones al aprovecharse de las quejas culturales y la hostilidad racial de los blancos de la clase trabajadora. Pero, la intolerancia solía ser un espectáculo para la plebe; el partido regresaba a sus prioridades a favor de los ricos después de que terminaban las elecciones.

Puede que los multimillonarios hayan puesto al Partido Republicano en la vía del extremismo, pero es evidente que perdieron el control de las fuerzas que conjuraron. El Partido Republicano ya no puede guardar la intolerancia en un cajón, después de cada elección, para enfocarse en sus asuntos importantes como el recorte de impuestos y la desregulación. En cambio, ahora los extremistas son los que mandan. A pesar de una derrota electoral y una insurrección violenta, lo que queda de la vieja clase dominante republicana se ha degradado en el altar del trumpismo.

Sin embargo, aunque el poder en el Partido Republicano se ha alejado casi por completo de la clase dirigente conservadora, el partido sigue comprometido con una ideología económica de recortes de impuestos y gasto. Y no resulta evidente por qué. Cuando Donald Trump avasalló a los candidatos de la clase dirigente en 2016, parecía posible que llevara a su partido hacia lo que algunos políticos denominaron “democracia de Herrenvolk”, en la que las políticas públicas son realmente populistas e incluso igualitarias, pero solo para los miembros de los grupos raciales y étnicos adecuados.

Como candidato, Trump a menudo sonaba como si quisiera ir en esa dirección y prometía no disminuir las prestaciones sociales, así como comenzar un enorme programa de infraestructura. De haber cumplido esas promesas y mostrado una pizca de populismo verdadero, tal vez seguiría siendo presidente. Sin embargo, en la práctica su recorte de impuestos y su intento fallido de revocar Obamacare se apegaron por completo al manual de estrategias conservadoras de siempre. La excepción que confirma la regla fue la política agrícola de Trump, que incluyó enormes subsidios para los agricultores a los que afectó su guerra comercial, pero se las ingenió para entregárselos casi todos a los blancos.

¿Acaso la continuación de políticas económicas impopulares que hizo Trump fue solo un reflejo de su ignorancia personal y falta de interés en el trasfondo de las políticas? Los acontecimientos ocurridos desde las elecciones sugieren que no. Ya mencioné la alineación de la oposición republicana contra el paquete de asistencia de Biden. El rechazo al populismo económico también se ve a nivel estatal. Piensen en Misuri. Uno de sus senadores, Josh Hawley, declaró que los republicanos deberían ser “un partido de la clase trabajadora, no un partido de Wall Street”. Sin embargo, los republicanos en la legislatura estatal acaban de bloquear el financiamiento para expandir Medicaid que tendría un costo muy bajo para el Estado y que ya había aprobado la mayoría de los electores.

¿Qué está pasando? Sospecho que la ausencia de populismo verdadero en la derecha tiene mucho que ver con la cerrazón de mente de la derecha: puede que la clase dirigente conservadora haya perdido poder, pero sus esbirros siguen siendo los únicos en el Partido Republicano que saben algo sobre políticas públicas. Y es posible que los grandes capitales todavía compren influencia incluso en un partido cuya fuerza proviene en su mayoría de la intolerancia y el odio. En todo caso, por ahora los políticos republicanos les están haciendo un gran favor a los demócratas, al aferrarse a ideas económicas desacreditadas que ni sus seguidores aprueban.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times

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El plan económico republicano es un insulto

No se trata de una oferta para hacer concesiones, sino de una exigencia de rendición casi total.

/ 3 de febrero de 2021 / 01:02

Así que 10 senadores republicanos proponen un paquete económico que se supone que es una alternativa al Plan de Rescate Estadounidense del presidente Joe Biden. Se dice que la propuesta solo sería de una fracción del tamaño del plan de Biden y, en aspectos importantes, le quitaría toda la sustancia al alivio económico. Sin embargo, los republicanos quieren que Biden ceda a sus deseos en nombre del bipartidismo. ¿Debería hacerlo? No, no, 1,9 billones de veces no.

No es solo que lo que sabemos de la propuesta del Partido Republicano indique que es bastante inadecuada para una nación que sigue asolada por la pandemia de coronavirus. Más allá de eso, por su conducta los republicanos perdieron todo derecho a pedir bipartidismo, o incluso a que se les conceda cualquier presunción de buena fe.

Empecemos por el fondo. Desde cualquier punto de vista, enero fue el peor mes de la pandemia hasta ahora. Más de 95.000 estadounidenses murieron de COVID-19; las hospitalizaciones siguen siendo mucho más altas que en los picos anteriores.

Es cierto que por fin se vislumbra el final de la pesadilla. Si todo va bien, en algún momento de este año la cantidad de personas vacunadas será suficiente para alcanzar la inmunidad de grupo, la pandemia se desvanecerá y se podrá reanudar la vida normal. Y mientras tanto, vamos a tener que seguir con un cierre parcial. Y la continuación del cierre impondrá muchas dificultades financieras. El desempleo seguirá siendo muy alto; millones de empresas lucharán para mantenerse a flote.

Por ende, lo que necesitamos es una ayuda para el desastre que les permita a los estadounidenses afectados superar los duros meses que se avecinan. Y eso es lo que haría el plan de Biden.

No obstante, los republicanos quieren destripar este plan. Se proponen disminuir la asistencia adicional para los desempleados y, lo que es más importante, cortar esa ayuda en junio, mucho antes de que podamos volver al pleno empleo. Se proponen eliminar cientos de miles de millones en asistencia para los gobiernos estatales y locales. Quieren eliminar la asistencia para los menores. Y así sucesivamente.

No se trata de una oferta para hacer concesiones, sino de una exigencia de rendición casi total. Y las consecuencias serían demoledoras si los demócratas cedieran.

¿Pero qué pasa con el bipartidismo? Como diría Biden: “Hombre, por favor”. En primer lugar, un partido no puede exigir bipartidismo cuando muchos de sus representantes siguen sin reconocer que Biden ganó de manera legítima e incluso los que al fin reconocieron la victoria de Biden se pasaron semanas siguiéndole la corriente a afirmaciones infundadas de una elección robada.

Las quejas de que sería “divisorio” por parte de los demócratas aprobar un proyecto de ley de alivio en una votación de línea de partido, utilizando la reconciliación para evitar el filibusterismo, también son bastante irrisorias viniendo de un partido que hizo exactamente lo mismo en 2017, cuando promulgó un gran recorte de impuestos, una legislación que, a diferencia del alivio de la pandemia, no era una respuesta a ninguna crisis evidente, sino que solo era parte de una lista de deseos conservadora. Y cuando un partido intenta aplicar políticas con un apoyo público abrumador mientras el otro se opone a ellas, ¿quién es con exactitud el que divide?

Esperen, hay más. Todo el mundo sabía que los republicanos, a quienes de la noche a la mañana dejaron de preocuparles los déficits cuando Donald Trump asumió el cargo, redescubrirían de repente los horrores de la deuda pública cuando Joe Biden llegara al poder. Lo que ni siquiera yo esperaba era verlos quejarse de que el plan de Biden da demasiada ayuda a las familias relativamente acomodadas.

De nuevo, consideren el recorte de impuestos de 2017. Según el Centro de Política Fiscal, que es apartidista, ese proyecto de ley les daba el 79% de sus beneficios a las personas que ganan más de $us 100.000 al año. Dio más a los estadounidenses con ingresos superiores al millón de dólares, apenas el 0,4% de los contribuyentes, que la exención fiscal total para quienes viven con menos de $us 75.000 al año, es decir, la mayoría de la población. ¿Y ahora los republicanos dicen preocuparse por la equidad?

En resumen, todo en esta contraoferta republicana apesta a mala fe, el mismo tipo de mala fe que el Partido Republicano mostró en 2009 cuando intentó bloquear los esfuerzos del presidente Barack Obama para rescatar la economía tras la crisis financiera de 2008.

Por desgracia, Obama no supo captar la naturaleza de su oposición y suavizó sus políticas en un vano intento de ganarse el apoyo del partido opositor. Esta vez, parece que los demócratas entienden que es una trampa y no se dejarán engañar de nuevo.

Así que está bien que Biden hable con los republicanos y los escuche. Pero, ¿debería hacer alguna concesión sustancial para intentar ganárselos? ¿Debería dejar que las negociaciones con los republicanos retrasen la aprobación de su plan de rescate? En absoluto. Solo tiene que lograr su aprobación.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.    

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Una bizarra espiral negativa

La respuesta republicana a la derrota electoral es intentar amañar las próximas elecciones en Estados Unidos.

/ 1 de febrero de 2021 / 00:16

Esto es lo que sabemos de la política estadounidense: el Partido Republicano está atrapado, quizá de manera irreversible, en una bizarra espiral negativa. Si la insurrección del Capitolio provocada por Trump no le devolvió la cordura al partido —y no fue así—, nada lo hará.

Lo que no está claro todavía es quién, exactamente, acabará enfrentándose a la perdición. ¿Será el Partido Republicano como una fuerza política importante? ¿O será Estados Unidos tal y como lo conocemos? Por desgracia, no sabemos la respuesta. Depende mucho del éxito que tengan los republicanos en la supresión de votos.

Sobre lo bizarro: incluso a mí me quedaba algo de esperanza de que la clase dominante republicana pudiera intentar acabar con el trumpismo. Pero esas esperanzas murieron esta semana. En otras palabras, el liderazgo nacional del Partido Republicano, después de coquetear por poco tiempo con el sentido común, se ha dejado llevar por las fantasías de los extremistas. La cobardía manda.

Y los extremistas están consolidando su dominio a nivel estatal. El partido estatal de Arizona censuró al gobernador republicano por el pecado de intentar contener el coronavirus de manera tardía. El Partido Republicano de Texas adoptó el lema “Somos la tormenta”, que se asocia con QAnon, aunque el partido niega haber tenido la intención de establecer un vínculo. Los republicanos de Oregon apoyan la afirmación carente de todo fundamento, contradicha por los propios alborotadores, de que el ataque al Capitolio fue una operación de bandera falsa ejecutada por la izquierda.

¿Cómo le sucedió esto al partido de Dwight Eisenhower? Los politólogos sostienen que las fuerzas tradicionales de la moderación se han debilitado por factores como la nacionalización de la política y el auge de los medios de comunicación partidistas, en particular Fox News.

Esto ha abierto la puerta a un proceso de extremismo que se refuerza a sí mismo (algo que, por cierto, he visto que ocurre en menor proporción en algunos ámbitos académicos). A medida que los partidarios de la línea dura ganan poder adentro de un grupo, expulsan a los moderados, entonces, lo que queda del grupo es aún más extremo, lo cual saca del grupo incluso a más moderados y así sucesivamente. Un partido comienza quejándose de que los impuestos son demasiado altos; al cabo de un tiempo, empieza a afirmar que el cambio climático es un gigantesco engaño y acaba creyendo que todos los demócratas son pedófilos satánicos.

Este proceso de radicalización comenzó mucho antes de Donald Trump; se remonta al menos a la toma del poder del Congreso por parte de Newt Gingrich en 1994. No obstante, el reino de la corrupción y las mentiras de Trump, seguido por su negativa a aceptar la derrota y su intento por anular los resultados de las elecciones, lo llevó a un punto crítico. Y la cobardía de la clase dominante republicana ha acabado por reforzarlo. Uno de los dos principales partidos políticos de Estados Unidos se ha separado de los hechos, la lógica y la democracia, y no dará marcha atrás.

¿Qué pasará ahora? Se podría pensar que un partido que se va al garete en lo moral e intelectual se encontraría también en el garete político. Y eso es lo que ha ocurrido en algunos estados. Esos fantasiosos republicanos de Oregon, que llevan fuera del poder desde 2013, parecen seguir el camino de sus colegas de California, un partido antaño poderoso reducido a la impotencia frente a una supermayoría demócrata.

Pero no está nada claro que esto vaya a ocurrir a nivel nacional. Es cierto que, a medida que los republicanos se han vuelto más extremistas, han perdido un amplio apoyo; el Partido Republicano solo ha ganado el voto popular para la presidencia en una ocasión desde 1988 y la victoria de 2004 fue un caso atípico influido por los efectos duraderos del patriotismo emanado del 11 de septiembre.

Sin embargo, debido a la naturaleza poco representativa de nuestro sistema electoral, los republicanos pueden alcanzar el poder aunque pierdan el voto popular. La mayoría del electorado rechazó a Trump en 2016, pero se convirtió en presidente de todos modos y estuvo bastante cerca de conseguirlo en 2020 a pesar de un déficit de siete millones de votos. El Senado está dividido de manera uniforme a pesar de que los miembros demócratas representan a 41 millones de personas más que los republicanos.

Además, la respuesta republicana a la derrota electoral no es cambiar las políticas para convencer a los votantes, sino intentar amañar las próximas elecciones. Desde hace mucho tiempo, se sabe que en Georgia se suprime de manera sistemática a los electores negros; fue necesario un extraordinario esfuerzo de organización por parte de los demócratas, encabezados por Stacey Abrams, para vencer esa supresión y ganar los votos electorales y los escaños del Senado del estado. Así que los republicanos que controlan el estado están intensificando la privación de derechos, con la propuesta de nuevos requisitos de identificación para los electores y otras medidas para limitar el voto.

La conclusión es que no sabemos si esto es algo más que una mejora temporal. Los planes del presidente que intentó retener el poder a pesar de haber perdido las elecciones fracasaron. No obstante, un partido que se traga extrañas teorías conspirativas y niega la legitimidad de su oposición no se está volviendo más cuerdo, y todavía tiene muchas posibilidades de conseguir todo el poder dentro de cuatro años.

    Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

  

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2020 fue el año en que murió el reaganismo

/ 30 de diciembre de 2020 / 02:23

Quizá las imágenes lo convencieron. Aunque es difícil saber qué aspectos de la realidad logran penetrar la menguante burbuja de Donald Trump (por eso me alegra decir que, después del 20 de enero, no tenderemos que preocuparnos por lo que pase en esa mente nada brillante ni maravillosa), es posible que se haya percatado de la imagen que proyectaba al jugar golf mientras millones de familias en total desesperación se quedaban sin subsidios por desempleo.

Sin importar cuál haya sido el motivo, el domingo por fin firmó un proyecto de ley de asistencia económica que, entre otras medidas, prolongará esas ayudas unos meses. Después de esa decisión, no solo los desempleados dieron un respiro de alivio. En los mercados bursátiles, aumentaron los futuros, que no son un parámetro de éxito económico, pero de cualquier forma son indicadores. Goldman Sachs elevó sus proyecciones de crecimiento económico para 2021.

Así que este año cierra con un recordatorio más de la lección que deberíamos haber aprendido en la primavera: en épocas de crisis, es bueno que el gobierno ayude a la gente que pasa dificultades, y no solo es algo bueno para quienes reciben esos beneficios, sino para toda la nación. Expresado con una frase un poco distinta, 2020 fue el año en que murió el reaganismo.

Cuando hablo de reaganismo, me refiero a una actitud que va más allá de la economía vudú, según la cual los recortes fiscales tienen poderes mágicos capaces de resolver todo tipo de problemas. Después de todo, nadie cree ese aforismo, salvo unos cuantos charlatanes y excéntricos y todo el Partido Republicano.

Más bien, me refiero a un concepto más amplio: la convicción de que ayudar a quienes lo necesitan siempre es contraproducente, que la única manera de mejorar la vida del ciudadano común y corriente es hacer más ricos a los ricos y esperar a que los beneficios se filtren hacia las clases bajas. Esta noción quedó encapsulada en la famosa frase de Ronald Reagan que afirma que las palabras más aterradoras son: “Soy del gobierno y vengo a ayudar”.

Pues bien, en 2020 el gobierno vino a ayudar y eso fue lo que hizo.

Es cierto que algunos apoyaban políticas basadas en el efecto de filtración, incluso en plena pandemia. Trump intentó en repetidas ocasiones impulsar recortes a los impuestos sobre nómina, que por definición no representarían ninguna ayuda directa para los desempleados, e incluso intentó (sin éxito) recortar la recaudación de impuestos con una orden ejecutiva.

Por cierto, el nuevo paquete de recuperación sí incluye un recorte fiscal multimillonario para las comidas de negocios, como si los almuerzos con tres martinis fueran la respuesta a la depresión causada por la pandemia.

El rechazo al estilo Reagan de la ayuda a los necesitados también se mantuvo. Algunos políticos y economistas seguían insistiendo, contra toda evidencia, en que ayudar a los trabajadores desempleados de hecho generaba desempleo, pues hacía que se mostraran renuentes a aceptar ofertas de trabajo.

Sin embargo, en general (y sorprendentemente hasta cierto punto), la política económica estadounidense en realidad respondió muy bien a las necesidades reales de una nación que se vio forzada a suspender actividades a causa de un virus mortal. La asistencia para los desempleados y los préstamos a las empresas que podían condonarse si se utilizaban para mantener la nómina contuvieron el sufrimiento. En cuanto al envío directo de cheques a la mayoría de los adultos, aunque no fue la política mejor orientada, sí estimuló los ingresos personales.

Estas acciones intervencionistas del gobierno funcionaron. Con todo y que la suspensión de actividades produjo la desaparición temporal de 22 millones de empleos, los índices de pobreza en realidad bajaron mientras se distribuyó la asistencia.

Además, no surgió alguna desventaja evidente. Como ya he dicho, no hubo ninguna señal de que ayudar a los desempleados los desalentara de aceptar empleos cuando los había. Más aún, el repunte en el empleo visto entre abril y julio, cuando 9 millones de estadounidenses volvieron a trabajar, se dio mientras todavía se ofrecían beneficios más generosos.

Los enormes créditos asumidos por el gobierno tampoco tuvieron las consecuencias desastrosas que los gruñones del déficit no paran de predecir. Las tasas de interés siguen bajas y la inflación se quedó inmóvil.

Así que el gobierno vino a ayudar y de verdad lo hizo. El único problema fue que suspendió la ayuda muy pronto. Los beneficios extraordinarios deberían haber continuado mientras el coronavirus seguía fuera de control. La disposición bipartidista para aprobar un segundo paquete de rescate y el hecho de que Trump haya accedido, aunque renuente, a firmar esa legislación, es un reconocimiento tácito de que así debería haber sido.

De hecho, parte de la ayuda entregada en 2020 debería continuar incluso después de que se generalice la vacunación. La lección de la primavera pasada fue que, si se aplican programas gubernamentales con financiamiento adecuado, es posible reducir en gran medida la pobreza. ¿Por qué olvidar esa lección en cuanto termine la pandemia?

Ahora bien, cuando digo que el reaganismo murió en 2020 no quiero decir que los sospechosos habituales dejarán de repetir sus vaticinios usuales. La economía vudú está demasiado arraigada en el Partido Republicano moderno (y les resulta muy útil a los donadores multimillonarios que desean obtener recortes fiscales) como para que unos cuantos hechos inconvenientes hagan que se esfume.

La oposición a ayudar a los desempleados y a los pobres nunca se basó en pruebas, sino que se originó por una mezcla de elitismo y hostilidad racial. Así que no dejaremos de escuchar la cantaleta sobre los poderes milagrosos de los recortes fiscales y las calamidades del Estado benefactor.

No obstante, aunque el reaganismo no desaparezca, ahora más que nunca será un reaganismo zombi, una doctrina que debería haber perecido al enfrentarse con la realidad, pero que a pesar de todo sigue deambulando por ahí y se dedica a devorar el cerebro de algunos políticos.

Porque la lección del 2020 es que, cuando estamos en crisis, y en cierta medida incluso en tiempos más propicios, el gobierno puede hacer mucho para mejorar la vida de las personas. Nada debe causarnos más temor que un gobierno que se niega a cumplir su trabajo.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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