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La maligna incompetencia

La maligna incompetencia de los partidarios del brexit tuvo su preludio durante la salida británica de India. La ruptura del Reino Unido con la Unión Europea está siendo otra muestra de abandono moral de sus gobernantes.

/ 16 de marzo de 2019 / 03:33

Al describir la desastrosa manera que tuvo Gran Bretaña de salir de su imperio indio en 1947, el novelista Paul Scott escribió que los británicos “llegaron al final de sí mismos tal como eran”, es decir, al final de la elevada imagen que tenían de sí mismos. Scott fue uno de los que se sorprendieron por la forma en la que los británicos condenaron a la India, después de gobernarla durante más de un siglo, a la fragmentación y a la anarquía; por cómo Louis Mountbatten, certeramente calificado por el historiador de derechas Andrew Roberts como un “embaucador mentiroso e intelectualmente limitado”, dirigió como último virrey el destino de 400 millones de personas.

La ruptura de Gran Bretaña con la Unión Europea está siendo otra muestra de abandono moral de sus gobernantes. Los partidarios del brexit, en busca de la ilusa idea de recuperar el poder y la autosuficiencia de la era imperial, llevan dos años poniendo repetidamente de manifiesto su soberbia, su obcecación y su ineptitud. Theresa May, inicialmente partidaria de la permanencia, ha estado a la altura de su terquedad y su arrogancia al imponer un calendario imposible de dos años y fijar unas líneas rojas que han saboteado las negociaciones con Bruselas y han condenado su acuerdo a un rechazo categórico y bipartidista en el Parlamento.

Puede que este tipo de comportamiento egocéntrico y destructor de la clase dirigente británica asombre a muchos, pero ya quedó patente hace 70 años, cuando Reino Unido salió precipitadamente de India. Mountbatten, apodado el maestro de los desastres en los círculos navales británicos, era miembro representativo del pequeño grupo de británicos de clase media y alta del que salieron los señores imperiales de Asia y África. Pésimamente capacitados para afrontar sus inmensas responsabilidades, el poderío imperial de Gran Bretaña les permitió cometer error tras error en todo el mundo. Desde luego, esos eternos colegiales tienen un “peso totalmente desproporcionado” y están sobrerrepresentados en el Partido Conservador. Y hoy han sumido el país en su peor crisis y han dejado al descubierto a su incestuosa y egoísta clase dirigente.

Desde David Cameron, quien se jugó temerariamente el futuro de su país en un referéndum para aislar a unos cuantos protestones de su partido; hasta el oportunista de Boris Johnson, quien se subió al tren del brexit para asegurarse el puesto de primer ministro ocupado en otro tiempo por su adorado Winston Churchill; pasando por el extravagante y anticuado Jacob Rees-Mogg, con su sombrero de copa, cuya firma de gestión de fondos estableció una oficina en la UE al tiempo que la criticaba con vehemencia; la clase política británica ha ofrecido al mundo un desfile increíble de embaucadores mentirosos e intelectualmente limitados.

En realidad, para los que invocan la historia de Gran Bretaña, es más ajustado decir que la partición ha llegado a sus propias puertas. Irónicamente, las fronteras impuestas en 1921 a Irlanda, la primera colonia de Inglaterra, han acabado siendo el mayor obstáculo para los defensores del brexit en busca de la virilidad imperial. Y la propia Gran Bretaña afronta la perspectiva de una partición si se materializa la salida. El hecho de que los partidarios de marcharse de la UE no se dieran cuenta de lo volátil que era la cuestión irlandesa y despreciaran el problema escocés da idea de su perspicacia política.

Irlanda se dividió para asegurar que los colonos protestantes fueran más numerosos que los nativos católicos en una parte del país. La división provocó décadas de violencia y costó miles de vidas. Se reparó en parte en 1998, cuando el acuerdo de paz eliminó la necesidad de controles aduaneros y de seguridad en la línea de partición impuesta por los británicos. Era evidente que el restablecimiento de un régimen de aduanas e inmigración en la única frontera terrestre de Gran Bretaña con la UE iba a encontrarse con una resistencia violenta. Pero el bando del brexit, que se ha dado cuenta tarde de esa siniestra posibilidad, ha intentado negarla. Los políticos y los periodistas en Irlanda están lógicamente espantados por la agresiva ignorancia de los ingleses partidarios del brexit. Los hombres de negocios de todas partes están indignados por su frívolo desdén hacia las consecuencias económicas de las nuevas fronteras. Pero nada puede sorprender a cualquiera que conozca la intolerable despreocupación con la que la clase dirigente británica trazó fronteras en Asia y África y luego condenó a los pueblos de uno y otro lado a sufrimientos sin fin.

La maligna incompetencia de los partidarios del brexit tuvo su preludio calcado durante la salida británica de India en 1947, sobre todo por la falta de preparativos para hacerla ordenadamente. Se encargó a un abogado británico llamado Cyril Radcliffe que trazara las nuevas fronteras de un país que nunca había visitado. Con solo cinco semanas para inventar la geografía política de una India flanqueada por unas alas oriental y occidental llamadas Pakistán y Radcliffe, no fue a ver a ningún pueblo, aldea, río ni bosque junto a las fronteras que pensaba delimitar. Sentenció a millones de personas a la muerte o la desolación y, de paso, obtuvo el máximo título de nobleza. Murieron hasta un millón de personas: una carnicería que supera cualquier profecía apocalíptica sobre el brexit.

En retrospectiva, Mountbatten tenía incluso menos motivos que May para acelerar la salida y crear unos problemas eternos e irresolubles. Pocos meses después del desastre de la partición, India y Pakistán estaban librando una guerra por el territorio en disputa de Cachemira. Pero Mountbatten era menos obstinado que Winston Churchill, cuyo nombre pone firmes hoy a muchos partidarios del brexit. Churchill, un imperialista fanático, se esforzó más que ningún otro político británico en impedir la independencia de India y, como primer ministro entre 1940 y 1945, contribuyó a ponerla en peligro. Obsesionado por la idea racista de la superioridad de los angloamericanos, en 1943 se negó a ayudar a los indios en plena hambruna porque “se reproducían como conejos”.

Los numerosos crímenes de los presuntuosos aventureros del imperio fueron posibles gracias al enorme poder geopolítico de Gran Bretaña y quedaron ocultos por su prestigio cultural. Por eso ha podido sobrevivir hasta hace poco la imagen de valiente, sabia y benevolente que cultivaba la élite británica sobre sí misma, a pesar de las pruebas históricas condenatorias sobre esos maestros del desastre, desde Chipre hasta Malasia y desde Palestina hasta Sudáfrica. Las humillaciones en las aventuras neoimperialistas en el extranjero y la calamidad del brexit en casa han revelado cruelmente el farol de los que Hannah Arendt llamó los locos quijotescos del imperialismo.

Ahora que la partición llama a su propia puerta, amenaza con un baño de sangre en Irlanda y con la secesión en Escocia, ahora que se avecina el caos de un brexit sin acuerdo, son los británicos normales y corrientes los que van a padecer las heridas incurables de la salida que las torpes Camarillas infligieron en otro tiempo a millones de asiáticos y africanos. Puede que aún le esperen al país más ironías históricas y desagradables en el peligroso camino hasta el brexit, pero podemos decir sin temor a equivocarnos que la clase dirigente británica, tanto tiempo mimada, ha llegado al final de sí misma tal como era.

* Ensayista y novelista indio. © The New York Times, 2019. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

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Envidia y odio para seducir a India

El Primer Ministro y sus seguidores nacionalistas parecen haber sumido el país en un infierno lleno de estupidez. En vez de liberarlos de las injusticias, Modi ha liberado las emociones más siniestras entre la población india.

/ 31 de mayo de 2019 / 23:34

El 26 de febrero, Narendra Modi, el primer ministro nacionalista hindú de India, ordenó un ataque aéreo contra el vecino Pakistán, un país dotado de armas nucleares. Esa mañana había espesas nubes sobre la frontera que preocupaban a los asesores de Modi. Pero, según afirmó éste durante su campaña electoral, decidió no hacerles caso. No sabe nada de ciencia, reconoció, pero se fio de su “sabiduría primitiva”, que le dijo que las nubes impedirían que el radar paquistaní detectara los cazas indios.

Durante los cinco años de gobierno de Modi, India ha sufrido variadas consecuencias de esa sabiduría primitiva; el caso más gratuito fue el de noviembre de 2016, cuando su gobierno retiró de pronto casi el 90% de los billetes de banco en circulación. Con unas decisiones que arrasan la economía india y amenazan con causar un apocalipsis nuclear en el sur de Asia, Modi ha confirmado que el líder de la mayor democracia del mundo es peligrosamente incompetente. Y durante la campaña ha dejado claro también que es un supremacista étnico y religioso recalcitrante que utiliza el miedo y el odio como armas políticas.

Bajo el gobierno de Modi, India ha padecido constantes estallidos de violencia real y virtual. Mientras los presentadores de televisión partidarios del Primer Ministro se lanzaban a la caza de “antinacionales” y ejércitos de troles se desataban en las redes sociales con amenazas de violar a las mujeres, varias turbas linchaban a musulmanes e hindúes de las castas inferiores. Los supremacistas se han apoderado de las instituciones o se han infiltrado en ellas, desde el Ejército y la Justicia hasta los medios de comunicación y las universidades; y los profesores y periodistas disidentes se arriesgan a ser detenidos de forma arbitraria, e incluso de ser asesinados con afirmaciones falsas y estridentes. Modi y sus seguidores nacionalistas parecen haber sumido el país en un infierno lleno de estupidez.

Sin embargo, en las elecciones que comenzaron en abril, los votantes decidieron, por abrumadora mayoría, prolongar esta pesadilla. El carisma inexpugnable de Modi resulta todavía más misterioso si se tiene en cuenta que no ha cumplido en absoluto sus dos promesas fundamentales de 2014: empleo y seguridad nacional. Durante su mandato se han disparado tanto el desempleo como la actividad armada en Cachemira. Su ataque punitivo contra Pakistán en febrero no destruyó más que unos cuantos árboles al otro lado de la frontera, mientras que mató a siete civiles indios por fuego amigo.

Desde luego, a Modi le han beneficiado los planes estrafalariamente publicitados de proporcionar retretes, cuentas bancarias, préstamos baratos, vivienda, electricidad y bombonas de gas para cocinar en favor de los más pobres. Las generosas donaciones de las principales empresas indias le han permitido gastar mucho más dinero que los demás partidos en la campaña. Algunos medios en manos de las compañías han presentado a Modi como el salvador de India, y los partidos de la oposición tienen razón al insinuar que la Comisión Electoral, en otro tiempo uno de los escasos órganos irreprochables del país, también ha sido descaradamente partidista.

Con todo, esto no basta para explicar cómo ha hechizado Modi a una población mayoritariamente joven. Modi ha transformado drásticamente, con ayuda de la tecnología, la imagen que muchos indios tienen de sí mismos y de su mundo, y al llenar la esfera pública del país de un odio increíblemente popular s sus viejas élites urbanas. Desgarrada por divisiones de casta y de clase, y dominada por dinastías tanto en Bollywood como en la política, India es una sociedad con unas desigualdades escandalosas. Su Constitución y gran parte de la retórica política defienden la idea de que todas las personas son iguales y tienen el mismo derecho a la educación y la oportunidad de trabajar; pero la experiencia cotidiana de la mayoría da fe de las terribles violaciones que sufre este principio. La gran mayoría de los indios acumulan desde hace tiempo hondos sentimientos de agravio, debilidad, inferioridad, degradación, inadecuación y envidia, que tienen su origen en las derrotas y las humillaciones padecidas a manos de los que están más arriba en una rígida jerarquía.

Este sentimiento de abandono se hizo más lacerante cuando, en los 90, India empezó a adoptar el capitalismo global con una ética casi estadounidense del individualismo, en medio de un gigantesco desplazamiento de la población de las áreas rurales a las urbanas. La televisión por satélite e internet despertaron fantasías antes impensables de riqueza y consumo privados; mientras las desigualdades, la corrupción y el nepotismo crecían, y las jerarquías sociales seguían tan arraigadas como siempre.

Sin embargo, ningún político se propuso explotar la rabia latente desde hacía tiempo contra los gobernantes poscoloniales y perpetuos ni canalizar la frustración creciente por los obstáculos de la movilidad social hasta que, a principios de esta década, Modi renació de la deshonra política con su retórica de meritocracia y enérgicos ataques a los privilegios hereditarios. El antiguo aparato anglófono de India y los gobiernos occidentales habían estigmatizado a Modi por la sospecha de su participación (indiferencia malévola, complicidad o incluso supervisión directa) en el asesinato de cientos de musulmanes en su estado natal de Gujarat en 2002. Pero Modi, respaldado por algunas de las personas más ricas del país, logró volver al escenario político y, con vistas a las elecciones de 2014, fascinó a los indios con aspiraciones con un vistoso relato sobre su pasado miserable y el futuro glorioso que les aguardaba.

Desde el principio tuvo cuidado de presentarse a su público fundamental de marginados como uno de ellos: una persona hecha a sí misma, que había tenido que vencer obstáculos interpuestos por una élite arrogante y corrompida que consentía a los traicioneros musulmanes y despreciaba a los buenos hindúes como él. Tras presumir de sus 142 centímetros de pectorales, prometió transformar India en una superpotencia internacional y reinsertar a los hindúes en el gran desfile de la historia.

Desde luego, ha tenido la suerte de enfrentarse a Rahul Gandhi, un símbolo viviente de la difunta política dinástica y el centrismo ideológico insolvente. Sin embargo, en contra de lo que esperaban muchos comentaristas neoliberales en India y Occidente, Modi no ha logrado transmutar las pasiones de los indios rezagados en un crecimiento económico espectacular. Por el contrario, ha abierto lo que Friedrich Nietzsche, al hablar de los “hombres de resentimiento”, llamó “un trémulo ámbito de venganza subterránea, inagotable y de insaciables arrebatos”.

El programa de Modi en India es el mismo que el de numerosos demagogos de extrema derecha: excitar a una población temerosa e indignada usando como chivos expiatorios a las minorías, los refugiados, los izquierdistas, los liberales y otros, mientras acelera las formas más depredadoras del capitalismo. Puede que no haya creado oportunidades de empleo para los ciudadanos desfavorecidos. Pero les ha dado permiso, con su propio desprecio vengativo hacia las élites de habla inglesa, para que se enfrenten ruidosamente y callen a los privilegiados. En vez de liberarlos de las injusticias, ha liberado las emociones más siniestras; ha autorizado a sus seguidores a odiar de forma explícita a gente muy variada, desde los pérfidos paquistaníes e indios musulmanes hasta sus apaciguadores “antinacionales”.

Mientras Modi dejaba que estallara el volcán de un resentimiento histórico, India ha presenciado un ataque brutal no solo contra las instituciones democráticas y el discurso racional, sino también contra la decencia. Nada resume mejor la India que ha construido Modi que las manifestaciones del año pasado encabezadas por mujeres y las explicaciones ofrecidas por los políticos, la Policía y los abogados para justificar a ocho hombres hindúes acusados de violar y asesinar a una niña musulmana de ocho años. Emborrachar a los votantes con la seductora pasión de la venganza y grandiosas fantasías de poder y dominación ha permitido a Modi eludir el escrutinio público de los resultados de su sabiduría primitiva; un historial que habría arruinado a cualquier otro político.

* Ensayista y novelista indio. Su último libro es ‘La edad de la ira. Una historia del presente’. © The New York Times, 2019. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

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