Voces

domingo 18 abr 2021 | Actualizado a 07:32

Primero de mayo

Ya en el umbral de lo que me depare el encanecido destino inevitable, intento volver a encontrarle virtud al 1° de mayo

/ 29 de abril de 2019 / 04:38

Mis años mozos están plagados de imágenes de marchas del 1° de mayo, de sentirme parte de un cuerpo, el de los trabajadores y su gloriosa Central Obrera Boliviana (COB), aquella de brazos entrelazados que encabezaba la multitud efervescente de trabajadores alegres en su día. Al centro —impasible— el inolvidable “maestro”, Don Juan Lechín Oquendo, las canas y bigote emblanquecido en medio de los “grandes” hombres de tez morena, sólidos y columnas de bronce, de brillantes y pétreos rostros de bocamina, Don Simón Reyes y Don Édgar “Huracán” Ramírez.
Atrás, injertados por la fuerza de la historia, donde pendía sobre nuestras cabezas, la bota militar, los golpes de Estado y los gringos —como siempre— con los hilos invisibles orquestando esto y lo otro… nosotros, los noveles universitarios de la UMSA, los de aquella vieja universidad paceña donde el ser derechista era algo así como tener sida.

Y con el pasar del tiempo, esto se fue volviendo solamente un festejo. A veces monumental, por las soberanas borracheras en las que, como trabajador petrolero y sindicalista, participaba. Entonces, los “vivas”, los “glorias” y los cánticos revolucionarios adquirían un sentido quizá hasta arcaico, opacados continua y abruptamente por el lenguaje procaz, propio del sopor de la cerveza y del fugaz dominio obrero en la naciente democracia boliviana. Había que prolongar el festejo ¡que carajos!, esta libertad nos costó sangre, ¡salud!… y así fue por escasos tres años.

Las frías noches paceñas no olvidarán jamás la cofradía, al amanecer, de miles de trabajadores del Estado, de obreros, de los hombres retornando en zeta a sus hogares. Unos cantando y vivando una revolución inexistente; los otros vociferando sabe Dios a qué o quién… Hasta que vino, como la Parca, sin aviso, el Decreto 21060, y nos despidió a todos los festejantes. De pronto, el Día del Trabajo perdió su alegría, su espuma, su sentido festivo… ¿Cómo alegrar a un hombre sin trabajo, sin salario que llevar a su familia? Mal día fue aquel.

Un buen amigo me dijo que a partir del decreto emenerrista de relocalización, el glorioso 1° de mayo juntaba en las cantinas más hombres divorciados y desempleados que obreros. Apuramos, con él, mirándonos a los ojos, nuestro último vaso, hasta el fondo. Ambos habíamos quedado sin trabajo y habíamos perdido a nuestras familias. Cerdos neoliberales, musité con los dientes apretados, una y otra vez; día tras día, por años.

Hoy, ya en el umbral de lo que me depare el encanecido destino inevitable, intento volver a encontrarle virtud al 1° de mayo, aunque no he perdido el valor signado a los mártires de Chicago, ni olvidado —en mis adentros— el sacrificio de los nuestros ¡Cómo hacerlo!, no solo por su holocausto por las libertades que hoy gozamos, sino por ese amor incomprensible de aquellos ilustres anónimos que un día decidieron que valía la pena “poner el pecho a las balas”, dando en ello significancia suprema a sus vidas y a la mía. ¡Cómo olvidarlos!

Y cómo olvidar dar la gloria debida al carpintero insigne y crucificado, dándoles honor así a los caídos por la justicia, a los que ofrendaron sus vidas por la dignidad de los trabajadores del mundo. Yo, este 1° de mayo renovaré mis votos de compromiso cristiano y revolucionario por los pobres y los sufrientes del mundo… Y quizás ese día, muchos años después, me levante tempranito, tenga las fuerzas de antes y lleve a mi compañera, nuestros hijos, la Tricolor y la Wiphala a la concentración del 1° de mayo, para la marcha, la marcha de nosotros, la marcha de los obreros… y responda, con los míos, con vigor, los “vivas”, las “glorias”, y además entone con ellos, emocionado, “El pueblo unido, jamás será vencido”…

* es profesor de posgrado de la Universidad Autónoma Gabriel René Moreno (UAGRM).

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La música y el destino

Para conocer de otra manera a una sociedad basta observar la música que se escucha mayormente.

/ 2 de marzo de 2020 / 06:26

Un comentario fugaz de un vecino de esta tórrida ciudad oriental señalaba que la nostalgia le había ganado su alma, pues ya no escucha, en ningún lugar, a Gladys Moreno y su voz inigualable, dando forma y sentido a los aires nacionales. Luego añadió, el tal, que solo le martillean a diario los reguetoneros y su música frívola y hueca, y los badulaques embriagados con sus bandas de fondo, que mismos son desde hace 50 años, en su decir.

Esto me llevó a pensar sobre las variadas herramientas metodológicas y científicas de académicos para adelantar un juicio acerca de cómo sería una sociedad en el corto, mediano o largo plazo. Ejercicio racional puesto de moda, también, por oráculos religiosos delirantes, deleitados en inculcar miedo y supersticiones variopintas a los hombres, afirmando lo que sucederá mañana si hacen esto o aquello. En fin.

Si hay un denominador común entre estas posiciones disímiles, habrá acuerdo en que se cosecha lo que se está sembrando. Y esta sabiduría procede de los miles o 100 miles de años recogidos por la experiencia de los hombres, en todas las culturas originarias. Que lo tomen en cuenta ya es otro cantar.

Así, en este mismo sentido, una herramienta para esto que decimos es la inferencia hipotética, que en este caso se abocaría a tomar en cuenta la música que escuchan, de forma cotidiana, distintos sectores etarios de una sociedad, para saber (con más o menos certeza y de una forma alternativa y sencilla) cuál es el futuro que le depara: si una sociedad de conocimiento, laboriosa, respetuosa… o una sociedad banal y superflua, barullenta, irreverente, lujuriosa e ignorante.

Tómese en cuenta que en la parte más primitiva del cerebro humano (el reptiliano) subyacen los instintos más básicos como el temor y la reproducción sexual. Incentivar estos instintos hace más fáciles de dominar, por quienes tengan ese interés, a los seres humanos. Por ello, el “reguetón” se constituye por ejemplo en un arma mortal de subyugación y atontamiento colectivo, cosifica a la mujer, a algunas las “putifica”; y embrutece aún más al varón. Ni los viejos(as) se salvan de la tentación de volverse “verdes” o candidatos(as), ¿alguien lo duda?

Luego tenemos el cerebro mamario, donde residen las empatías, las emociones y lo que se llama hoy, como mero sentimiento, el amor. Esta es otra arma mortal de dominio. Por eso las músicas romanticonas, huecas y quejumbrosas, o quijotescas, carnavaleras, etc. No se precisa saber pensar para disfrutarlas. Esté uno como esté, en el aspecto emocional, hallará satisfacción a raudales, escuchando la musiquilla… y punto. Un trago más o un suspiro o una lágrima más… y todo sigue igual, el mundo gira y gira.

Finalmente, unos pocos utilizarán el córtex cerebral (el cerebro racional), que es donde se reflexiona, se analiza, se piensa. Estos privilegiados escuchan músicas que les hacen reflexionar sobre sí mismos, sobre el contexto social en el que viven, o les permiten elevar su alma a estados superiores. En el ritmo que fuese, será música bien elaborada, con cierta o mucha complejidad, de contenido relevante (pues se requiere cierto nivel de afición por la lectura) y bien ejecutada.

Juzgue usted que música contiene estos indicadores.

Para conocer, entonces, de otra manera el contexto de una sociedad, observe —en general— cuál es la música que escuchan mayormente los púber, adolescentes y los jóvenes, quienes constituyen cerca del 55% de la población; y los otros, los más viejos, también. Nadie se salva, solo los sordos. Así se puede inferir, aunque sea hipotéticamente, qué destino le depara a la nación. Juzgue usted.

Carlos Tony Sánchez

es escritor y profesor universitario.

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Kintsugi

/ 19 de agosto de 2019 / 00:19

Un buen amigo del Facebook, Hugo, me hizo saber del Kintsugi, el arte japonés que repara lo quebrado, enalteciendo las imperfecciones. Este arte restaura piezas como vasijas, tazones, etc. que se han roto, uniéndolas con oro, plata o platino, de tal forma que se relievan (en vez de ocultarse) las cicatrices. Entonces, esas piezas quebradas y bellamente reparadas nos llegan a contar una historia, dicen los japoneses, refiriéndose al Kintsugi. Y sin entrar en mayores razonamientos de alto vuelo, consideraciones casuísticas ni excusas elaboradas, imaginé que los bolivianos, los quebrados (no los apátridas…) somos los candidatos perfectos para el Kintsugi.

Para nadie es un secreto que no solo somos como vasijas quebradas (no una, mil veces), sino también que solo somos pedazos (grandes, pequeños, insignificantes) desparramados en una vasta geografía y azarosa historia, y “pegados” como se pega —sin esmero ni dedicación mayor a la necesaria— la suela en el zapato: ora firmes, ora zigzagueantes, deambulando unos, marchando al calvario, otros.

Pero de esto ya se ha hablado mucho. Ese discurso quejumbroso de vasijas contrahechas y sempiternamente insatisfechas, de rumbos ilusorios o puertos lejanos, solo nos ayuda (a nosotros, los quebrados, no a los apátridas) a seguir con ese palabrerío sin destino. Claramente, precisamos volver a ser quebrados y entregados a las manos de los artistas del Kintsugi: los doctos, los sabios de esta tierra.

Ningún neófito ni incompetente podría jamás reparar bellamente las piezas. Éstas han de ser unidas, otra vez, por la gente idónea. Oro, plata y platino, material refinado de gran costo, como lo son la educación con calidad, la política con integridad y la Justicia imparcial.

Resaltar las grietas e incluso agrandarlas les otorga a las piezas historia; como a las almas, la dignidad del victorioso, que es el caído y vuelto a levantar. La gloria del derrotado y muerto en la batalla a la que se refería el poeta Walt Whitman, que eso somos: un pueblo derrotado y vuelto a levantar, nosotros, los quebrados, no los apátridas.

Ojalá viniesen los artesanos de la vida, los probos e íntegros… maestros, gobernantes, jueces. Ojalá éstos ocupasen sus días restaurando bellamente nuestras vasijas, agrandando nuestras grietas, para que nos cuenten lo que fuimos. Que los trazos y brillo resultantes nos adviertan el costo de unirnos y rehacernos. Entonces, finalmente, la contemplación de la vasija restaurada pacificará nuestras almas enturbiadas… de nosotros, los quebrados, no de los apátridas.

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