Voces

domingo 25 jul 2021 | Actualizado a 15:11

Ensamblar electorados plurales

La encuesta llama la atención sobre la diferenciación en los comportamientos que parece caracterizar el actual proceso electoral.

/ 19 de mayo de 2019 / 11:07

Nunca hay que olvidar la composición diversa del electorado para reflexionar sobre los escenarios de octubre. Las poblaciones urbanas representan el 70% del padrón y el resto se distribuye en localidades pequeñas y áreas rurales dispersas.

La encuesta llama la atención sobre la diferenciación en los comportamientos que parece caracterizar el actual proceso electoral: en las ciudades, la oposición aparece disputando e incluso superando a la candidatura oficialista, mientras que en los otros dos segmentos el MAS alcanza el 50%.

Por tanto, el problema que tienen que resolver ambos bloques es similar: ¿Cómo crecer significativamente en las regiones donde su adversario es más fuerte? Para imponerse, parecería que Morales tiene aún que responder a las preocupaciones urbanas.

Por el otro lado, los opositores tienen el reto de desplegar una estrategia territorial para salir del encierro urbanista. El desenlace se jugará en esos múltiples escenarios, bien diferenciados.

El sondeo muestra que la articulación de las todas las oposiciones sigue siendo una tarea pendiente. Ciertamente, Carlos Mesa parece consolidarse como el líder opositor con mayor perfil, pero la suma de los otros alcanza al no desdeñable 18%, vital para una eventual segunda vuelta.

Finalmente, la persistencia de un 16% de personas que no manifiestan sus preferencias y de las que, en verdad, sabemos muy poco, introduce una buena dosis de incertidumbre en el desenlace de octubre. Nada está pues dicho, sino que los aspirantes a la primera magistratura del Estado deberían empezar a salir de sus zonas de confort y entender que la victoria depende de que logren finalmente ensamblar y de mejor manera con la gran pluralidad nacional.  (19/05/2019)

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Eclipse opositor

/ 3 de julio de 2021 / 01:57

Las réplicas del colapso reputacional del gobierno de Jeanine Áñez están afectando la capacidad de las fuerzas opositoras para actuar eficazmente en el campo político. Aunque ya venían debilitadas después de su debacle de octubre de 2020, lo que ahora está en duda es su posibilidad de constituirse en una alternativa creíble al oficialismo desde la perspectiva de las mayorías sociales.

A veces, el furor de las redes sociales hace perder la perspectiva de los fenómenos sustantivos que van reconfigurando el escenario en el mediano plazo. Entre las ocurrencias del día, se tiende a suponer que la política es una repetición ad nauseam de “narrativas” a punta de golpes mediáticos coyunturales. A falta de convencer al adversario o al indeciso, al menos se busca empatar la partida sembrando confusión.

Sin embargo, más allá de ese ruido, suelen aparecer eventos que definen corrientes de opinión que modifican durablemente las percepciones y valoraciones de los ciudadanos de los actores y eventos políticos. Son esos factores críticos, muchas veces imprevistos, los que definen los escenarios futuros.

No vamos a abundar en el complicado panorama que dejó, entre las fuerzas opositoras, la inesperada e incomprensible, para la mayoría de ellos, victoria de Luis Arce con 55%. Pese a eso, era evidente que habían obtenido su mejor desempeño electoral, expresión de una base social numerosa, intensa en su anti-masismo y que podía movilizarse en ciertos contextos. Las elecciones subnacionales reforzaron la idea de un equilibrio, aunque a costa de meter en una misma bolsa a las más diversas expresiones del pluralismo político nacional.

Las oposiciones eran, pues, un paciente aún en convalecencia, pero con posibilidades de recuperación. Francamente nadie imaginó la deflagración que se produjo después de la revelación de las corruptelas de Murillo por una fuente difícilmente descalificable y la seguidilla de informaciones que desnudaron los vicios y fracasos del régimen transitorio.

Quizás para algunos, estos eventos son anécdotas que una vez pasados sus minutos de fama serán olvidadas, pero me parece que su efecto es relevante. En primer lugar, debido a que impactan en la justificación éticamoral que fue la base de la narrativa que renovó al anti-masismo después del 21F. Al respecto, encuestas de fines de 2019 mostraban, con clarividencia, que las razones principales de rechazo al MAS habían sido éticas: el autoritarismo, arbitrariedad y corrupción que supuestamente le caracterizaban. Ergo, sus sucesores no podían fallar en ningún caso en esos aspectos.

A ese cuestionamiento moral se agregó el cuestionamiento, ya casi generalizado, al desempeño del gobierno transitorio, que no se salva casi en ninguna dimensión. Lo cual hace que para una mayoría la posible alternancia no solo sea poco probable sino incluso no deseable, en la medida que no existe un proyecto político renovado que trascienda al masismo, pero sobre todo por la sospecha, bien instalada, de que los políticos y fuerzas que se reclaman de esa línea no dan garantías de que pueden hacerlo mejor que los azules. Para muchos, ese sentimiento no es solo una suposición, sino un dato ratificado por múltiples evidencias.

El desprestigio de Áñez es como un hoyo negro que está absorbiendo a todos los planetas, incluso alejados, de esa galaxia política. Porque para las mayorías no hay muchas diferencias entre ellos: todos estuvieron ahí entronizando a la senadora beniana, la acompañaron en algún momento o no dijeron nada cuando había que deslindarse. Eso hace que los matices no se perciban y, aunque sea injusto en algún caso, el desprestigio parece estar arrastrando al conjunto del liderazgo opositor tradicional y su frágil institucionalidad.

Por tanto, me aventuro a pensar que las tareas de los opositores han cambiado dramáticamente de dimensión y urgencia. No solo deben pensar en un proyecto renovado sino encarar casi un big bang de estructuras y personas para reconstruir confianza social. Por cierto, siempre habrá una minoría intensa que les seguirá siendo leal, eso puede confundir, pero lo que está realmente hoy en cuestión son sus condiciones para construir algún día una mayoría alternativa. Eso no es menor.

Armando Ortuño Yáñez es investigador social.

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Izquierdas urbanas

/ 5 de diciembre de 2020 / 01:22

Las elecciones municipales en las grandes aglomeraciones urbanas no suelen ser favorables a los candidatos de izquierda en Bolivia. Esto se debe, en buena medida, a su incapacidad de ampliar sus espacios políticos y de proponer un modelo urbano alternativo y coherente con los valores progresistas que se supone que deben defender.

En 2014, Evo Morales obtuvo 52% de votos en las 10 más grandes ciudades, unos pocos meses después, en marzo de 2015, los candidatos municipales del MAS lograron 32% en esas mismas circunscripciones. Fue una gran debacle, aún mayor a la que ya habían sufrido en 2010. Es decir, nada garantiza que el reciente 45% de preferencias por Arce en esas urbes se repita mecánicamente en favor de su partido en marzo próximo.

Más allá de los guarismos numéricos, es difícil encontrar un ejemplo de un alcalde urbano del MAS que haya logrado consolidarse, la mayoría fueron intrascendentes y de algunos incluso es mejor olvidarse. El problema excede al masismo, desde hace mucho que no hay una propuesta de izquierda que haya logrado conquistar a los votantes citadinos. Desde mi punto de vista, el último y casi único que salvo el honor fue Juan del Granado en sus primeras gestiones hace ya más de 20 años.

Así pues, la izquierda, en todas sus variaciones, le anda debiendo inteligencia estratégica y sobre todo audacia programática a los electores citadinos. Pues sus fracasos no son una anomalía, sino el reflejo de pésimas lecturas y malas decisiones sobre la oferta de candidatos y alianzas que satisfagan a la nueva sociología de las ciudades y una notable sequía de ideas acerca de la manera de superar la orientación mercantilista y poco innovadora que comparten el municipalismo de derecha y el de los populismos conservadores.

En sociedades diversas, las victorias electorales tienen mucho que ver con la habilidad de las fuerzas políticas para ampliar su espacio. El mejor ejemplo de esa virtud es la potente y heterogénea coalición masista, a nivel nacional, de votantes y organizaciones que comparten una cultura política nacional-popular pero que, al mismo tiempo, son bastante eclécticos y pragmáticos en sus orientaciones programáticas.

En el caso de la política local urbana, esas coaliciones parecen más difíciles de construir. La izquierda masista aparece atrapada en una camisa de fuerza corporativa, sobrevalorando la tracción electoral de las organizaciones gremiales y vecinales, olvidando que cientos de miles de sus votantes deciden su apoyo sin referentes comunitarios y en función de múltiples razonamientos y sentimientos. Es decir, no hay adscripciones automáticas ni cartas blancas para nadie.

Por tanto, para ganar, estas fuerzas precisan ir más allá de sus trincheras, pero sin perder su esencia, articulando alianzas de votantes populares con prácticas políticas corporativas con muchos otros que defienden individual y colectivamente causas progresistas de diversa índole, ambientalistas, de respeto a sus identidades, de mejora de servicios públicos y un largo etcétera. Hacer eso exige flexibilidad organizativa, tolerancia ideológica y cierta modernidad.

Nuevas coaliciones que precisan además que sus valores y orientaciones se reflejen en las características, historias de vida y discursos de los candidatos que las encarnen. Personalización de la política que es ineludible en la práctica política local y que hace que los errores de casting sean por lo general fatales.

Por supuesto, esa renovación de estilos y de caras debería estar acompañada de una propuesta auténticamente rupturista con las maneras de “hacer ciudad” desiguales, autoritarias, cemento-céntricas y que priorizan la optimización de la renta inmobiliaria por sobre todas las cosas. Se trata de esbozar, al menos, otra manera de pensar y construir nuestro entorno urbano y de combatir, por ejemplo, con igual ahínco a los especuladores de la gran construcción, pero también a los loteadores nacional-populares. En fin, no cuesta nada pensar en ese algo transgresor que le devuelva entusiasmo y emoción a la futura campaña municipal.

Armando Ortuño Yáñez es investigador social.

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Obsesivamente evistas

/ 21 de noviembre de 2020 / 07:29

Para muchos, incluyendo una mayoría de opositores, Evo sigue siendo casi el principio y el fin de la política boliviana. Esta obsesión les impide entender y discutir la novedosa y compleja recomposición de los mecanismos de gestión del poder que se está empezando a producir en el bloque masista desde la elección de Luis Arce como presidente.

Persistir en esas simplificaciones puede llevar, otra vez, a groseros errores de interpretación que podrían seguir saboteando, por ejemplo, el esfuerzo hasta ahora frustrado de las centroderechas de constituirse en una alternativa viable al MAS.

Si uno se limita a las preocupaciones de los grandes medios de comunicación y de sus habituales comentaristas parecería que la descripción de la coyuntura se resume a identificar las fantasmagóricas pugnas entre “alas duras y blandas” del MAS por controlar el Gobierno, siempre con la sombra maléfica del caudillo en el fondo del escenario, y a un rosario de lamentaciones y exorcismos varios sobre la supuesta necesidad de que el oficialismo se aparte de su líder por el bien de la nación.

Una vez más, las oposiciones partidarias y mediáticas acaban siendo, paradójicamente, más evistas que los propios masistas, como si no pudieran dejar de pensar en ese personaje para que su identidad política tenga sentido; señal inquietante de su dificultad para actuar más allá de su rechazo visceral por el expresidente y opinar e intervenir acerca de otras preocupaciones de los ciudadanos, las cuales, por cierto, siguen estando ahí a la espera de que alguien las asuma y responda con eficacia.

El maniqueísmo de este enfoque es otra de sus características, siendo tal vez una de las más erradas, al atribuirle a ese personaje casi todo lo malo y equivocado que uno puede imaginar sobre lo que sucede en el país y en el accionar de la actual fuerza gobernante. Así, se simplifica en extremo la dinámica interna del masismo y la complejidad de los intereses y estrategias de las dirigencias, corrientes y organizaciones que la componen.

Basta una revisión somera de los principales hechos políticos del último quinquenio para percibir los errores de Evo Morales, varios de ellos importantes, pero también sus virtudes políticas y sus intervenciones en ciertas coyunturas viabilizando las vías democráticas de resolución de nuestros conflictos. No se trata de ser ayayeros del líder o pecar de ingenuidad, sino de entender cabalmente su papel como uno de los actores centrales de la política en estos años, guste o no.

Por tanto, desde una perspectiva más reposada, parece necesario comprender y para algunos aceptar, en primer lugar, el rol protagónico que tiene y que seguirá teniendo Morales en la vida de su partido y en el futuro de la política nacional. Su retorno en medio de grandes movilizaciones populares y su rápida consagración como el jefe del MAS ratifican un protagonismo que no se explica únicamente por sus legítimas ambiciones, sino también por el rol crucial que sigue desempeñando como principal articulador del archipiélago de fuerzas que se esconde detrás de esa sigla.

Por cierto, papel que no dejará de ser problemático y desafiante, sobre todo porque se trata de establecer, casi por primera vez en nuestra historia contemporánea, una arquitectura de gestión del poder en la que no es una misma persona la que dirige al mismo tiempo el partido, las organizaciones sociales que lo sostienen y el Gobierno que los representa. Cuestión que no es únicamente crítica para el futuro del oficialismo sino incluso para el tránsito hacia un sistema político con algunos equilibrios de poder y separación de funciones que tanto se añora desde un enfoque liberal republicano de funcionamiento del Estado. 

Se trata, en suma, de normalizar la figura y la actuación de Evo, por lo menos en términos analíticos y de evaluación del contexto. De comprender el lugar que ocupa en el campo político, que por hoy parece ineludible si tenemos un mínimo de realismo, pero entendiéndolo, al mismo tiempo, como parte de un juego de interacciones más amplio, complejo y dinámico con otros actores e instituciones. 

Armando Ortuño es investigador social.

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Intransigentes con la norma

/ 7 de noviembre de 2020 / 03:13

En medio de las turbulencias electorales, las autoridades del Tribunal Supremo Electoral (TSE) nos han estado mostrando lo que significa construir concretamente instituciones en medio del conflicto. Pero hay también una mala noticia: importantes segmentos de nuestra sociedad están revelando, casi pornográficamente, su contradictoria relación con el acatamiento de las normas.

Decir que los bolivianos tenemos un vínculo bastante laxo y traumático con la institucionalidad estatal no es ningún gran descubrimiento. Hay razones estructurales y coyunturales que explican y, para algunos, incluso justifican esas anomalías que invaden no únicamente los grandes eventos de la política nacional, sino también la manera como interactuamos con las diversas expresiones del Estado en nuestra vida cotidiana.

Debo incluso confesarles que siempre he sido escéptico sobre cierto “institucionalismo”, en boga entre círculos académicos, que se espanta ante cualquier intento de reforma profunda o adaptación de la arquitectura institucional en vigencia cuando se hace evidente que ya no les hace sentido a grandes segmentos de la población. Aún más, habiendo vivido varias crisis en los últimos decenios, me he ido convenciendo de que en ciertas situaciones hay que buscar ineludiblemente soluciones políticas imaginativas en función del bien común, a veces en las fronteras de la ley.

Pero, todo tiene sus límites, por supuesto. Incluso en los momentos más disruptivos, las soluciones a los conflictos precisan de un mínimo respeto a ciertas reglas o procedimientos, sin lo cual entraríamos de lleno en el mundo del “todo vale”, de la “ley de más fuerte”, a aquello que Hobbes denominaba como “estado de naturaleza”.

Concretamente, las decisiones de Salvador Romero y de los vocales del TSE de resistir a las presiones políticas y callejeras para mover “por algunos días” la fecha de las elecciones, hace unos meses, o para realizar ahora una “auditoría” o “anular” un proceso electoral validado por misiones externas profesionales y sin que previamente se hayan mostrado evidencias y pruebas concretas sobre irregularidades en su realización, son una muestra acerca del desafío que implica hacer respetar algunas normas en Bolivia sin morir en el intento.

Sospecho que esta actitud no solo tiene que ver con las inclinaciones éticas de estos personajes por una democracia republicana, sino también por razones absolutamente pragmáticas: El país aún tiene por delante una ruta tortuosa y peligrosa para estabilizarse, habrá nuevas controversias y seguiremos precisando instancias que las arbitren, por ejemplo, mediante el voto. Ceder en agosto o en estos agitados días a lo que la muchedumbre les reclama, con bases legales tan exiguas, implica que cualquiera podría, con mayor o menor legitimidad, torcerle el brazo al arbitro por la fuerza, abriendo de esa manera la caja de pandora del desorden. 

Posiblemente, la popularidad de las autoridades electorales no saldrá fortalecida de estos eventos, sobre todo por la censurable y oportunista tendencia de muchos medios de comunicación y líderes que transforman “la voz” de las muchedumbres parcializadas en el alfa y el omega de la política, aunque eso implique darles poder a algunos que vulneran en ese trance los derechos de otros ciudadanos o que incluso andan arrodillados (esto es literal) rogando por un golpe de Estado. Todo eso, extrañamente, a nombre de la democracia y la “institucionalidad”.

Pero, eso no debería impedir que muchos ciudadanos agradezcamos a estas autoridades su entereza, sobriedad, paciencia y hasta sus parsimoniosas explicaciones, desesperantes a ratos, frente al torbellino de bulos, imposturas y operaciones políticas que pretenden deslegitimar un proceso que, desde mi punto de vista, ha sido más que razonable en su transparencia y eficacia. Habría que ir aprendiendo que quizás es así como se construyen las tan mentadas instituciones, con buena voluntad y persuasión, pero también ejerciendo autoridad y defensa intransigente de la norma cuando sea necesario.

Armando Ortuño Yáñez es investigador social.

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Potencia nacional popular

/ 24 de octubre de 2020 / 04:29

El triunfo contundente del MAS en las elecciones del 18 de octubre ha evidenciado dos rasgos estructurales de la política boliviana: la imposibilidad de construir una mayoría electoral sin los segmentos nacional-populares y al mismo tiempo la diversidad y complejidad de estos grupos. Aspectos largamente subestimados, si no directamente ignorados, por buena parte de analistas, voces mediáticas y operadores políticos.

Esta miopía conceptual está en la base del error que impidió a la centroderecha incluso imaginarse que ese escenario era posible. La hipótesis de que el anti-masismo era mayoritario, algo así como el 70% según algunos entusiastas, contaminó la orientación estratégica y la operación de esas fuerzas. Formidable ejemplo que las ideas, en política, importan y que equivocarse en la lectura del contexto puede ser fatal.

Es un fácil recurso echarles la culpa a las encuestas, sin admitir que el problema no eran ellas, sino su lectura sesgada y unidimensional. Desde hace varios años, la mayoría nos decía que el equilibrio entre el bloque social favorable al MAS y el de sus opositores era bastante similar. Es decir, había una suerte de “empate” político en la opinión pública básicamente en torno a la cuestión de la reelección, pero, al mismo tiempo, una gran heterogeneidad de intereses, posiciones e intensidad de adhesiones al interior de cada una de ellas.

Sino cómo se entiende que después de la debacle de noviembre, la evaluación retrospectiva de la gestión de Evo Morales seguía siendo positiva para el 45% de los entrevistados en alguna encuesta de diciembre de 2019, o que Carlos Mesa no pudiera superar el 50% de preferencias brutas en los “escenarios” de segunda vuelta, naturalmente polarizadores, en los sondeos preelectorales. Es decir, la fuerza del MAS siempre estuvo ahí, en los extendidos mundos populares urbanos y rurales que son mayoritarios, pero que sin activadores ni incentivos correctos podía resultar insuficiente. La gran virtud de los políticos masistas, Evo Morales el primero entre ellos, fue justamente entender y aprovechar, discursiva y políticamente, los groseros errores de sus adversarios y el azar de las crisis que nos tocó sufrir para hablarles a esas personas y volver a representarlas.

Su éxito no fue únicamente retórico o programático, al entender por ejemplo que la idea de la crisis se imponía en las conversaciones desde abril, sino también en las formas, al proponer una campaña con un renovado estilo populista y cercano a la gente. Aunque, también convengamos, que eso hubiera sido menos eficiente sin el terremoto llamado pandemia, los equívocos groseros del gobierno de Áñez y la ceguera de las élites y su extraña incapacidad para leer los cambios que se producían a su alrededor. Ese es el trabajo de los políticos, frente a las vicisitudes de la fortuna, responder con la virtud de la adaptación y la comprensión razonada o intuitiva del momento.

Todo esto nos debería hacer también reflexionar acerca de la diversidad de eso que llamamos “mundos populares”. Aunque el MAS los hegemoniza, lo cierto es que no los representa totalmente ni siempre de la misma manera. Se trata de electores racionales, no solo emotivos o “identitarios” como se les encasilla, que, por ejemplo, desconfiaron de Morales en su último mandato, más por razones de comportamiento cívico que por sus resultados, llegando incluso a votar por algún opositor en octubre de 2019, pero que luego se reconciliaron con él por falta de alternativas.

Sería, en consecuencia, un error, esta vez del renovado MAS y de sus futuras oposiciones, asumir que este apoyo nacional-popular es automático y homogéneo. Su núcleo más intenso, ciertamente, es el mundo campesino estructurado en comunidades y sindicatos, pero importan también las muchedumbres populares urbanas, deseosas de movilidad social y modernidad, que reclaman igualdad, pero también autonomía individual. Se ha ratificado pues que somos un pueblo multinacional en toda su grandiosa diversidad, racionalidad y fuerza transformadora. Ahí está el futuro.

Armando Ortuño Yáñez es investigador social.

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