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Tuesday 16 Aug 2022 | Actualizado a 03:10 AM

Litio, panorama actual

El reto empieza en la minería, sigue con la producción de electroquímicos, de cátodos y el montaje de baterías.

/ 6 de junio de 2019 / 23:53

Vuelvo a escribir sobre el litio, un tema que por décadas generó casi una paranoia sobre lo que este metal significa en la revolución tecnológica actual, y en la transición energética que el mundo busca con afán cada vez más urgente de salir de la dependencia de fuentes fósiles de energía.

Ahora bien, varias veces apunté que este metal es abundante en la corteza terrestre, tanto como componente de rocas volcánicas como de salmueras residuales de antiguos reservorios de aguas continentales y marinas; y que el precio de la sal comercial más común (carbonato de litio) tenía un nivel más bien bajo en el mercado actual, entre $us 15.000 y 20.000 la tonelada (t) en los últimos años. También mencioné que las expectativas en torno a su proyección económica se basan en el crecimiento geométrico de su aplicación como componente de baterías de uso múltiple y en sistemas de almacenamiento de energía. En el último tiempo está destacando el hidróxido de litio en algunas aplicaciones; esta sal tiene un precio algo superior al carbonato, hasta $us 30.000/t.

En este contexto, los proyectos que se desarrollen en yacimientos de grandes reservas con leyes altas, y en jurisdicciones con un entorno amigable a las inversiones, priorizarán la producción de carbonato y de otras sales de litio para suministrar al mercado.

En segundo lugar, primará el grado de desarrollo de los proyectos y el tiempo estimado del inicio de la producción industrial. Esto porque la inserción a la cadena de provisión en las factorías de productos industriales intermedios y finales necesita asegurar un adecuado suministro de sales a largo plazo, a costos competitivos y con estándares de alta calidad.

En tercer lugar, la ubicación de los proyectos respecto de los mercados de venta de productos finales (v.g. China, India, Europa etc.) y la conexión con las empresas mayores de la industria y el mercado también es relevante. No es lo mismo que un proyecto nuevo tenga conexión con grandes firmas de la industria como SQM, Ganfeng, Albemarle o Tianqui, que en conjunto dominan más del 60% del mercado actual de sales de litio, que depender de iniciativas aisladas o conectadas con empresas de menor rango de mercado. Este es el caso del proyecto del salar de Uyuni, ahora con participación de las empresas china Maison/CMEC y la alemana ACI Systems.

Tampoco es lo mismo tener una relación con megafactorías de baterías dominadas por empresas como Tesla, LG Chem o la china CATL, que lanzarse a la fabricación de baterías en un proyecto aislado como el nuestro, que puede tener muy baja competitividad y un reducido mercado regional; o completamente dependiente a lo que pueda hacer ACI en el mercado alemán y europeo.

Para entrar con algún éxito en este juego global, la tendencia de las productoras de sales (particularmente en Australia y Chile) es usar y mejorar la infraestructura industrial existente en cada país, y adecuarla al reto actual para poder llegar a la producción industrial de baterías y dejar el papel de exportadoras de materia prima. El reto empieza en la minería, sigue con la refinación, producción de electroquímicos, de cátodos y el ensamblado de baterías. La infraestructura industrial de estos dos países y aún la de Argentina permiten avizorar buenas posibilidades. Mientras más se avanza en la cadena productiva, mayor es la recuperación del valor, como hasta ahora se da en China, Japón, Corea y Estados Unidos.

¿Cómo andamos en el país? Hasta hoy no se conoce una estrategia clara. Hay muchos anuncios sobre la instalación de nuevas plantas en los salares de Coipasa y Pastos Grandes, y de aumentar las ya existentes en el salar de Uyuni, pero no existe información respecto a cómo piensan enfrentar el reto de implementar una infraestructura industrial adecuada, ya que no la tenemos (continuará).

* Ingeniero geólogo, exministro de Minería y Metalurgia.

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Fiestas patrias

/ 5 de agosto de 2022 / 02:08

A197 años de la independencia de nuestra patria y al margen de saludar este nuevo aniversario, deseo puntualizar el estado actual de la industria minera, hoy generadora principal de divisas y de empleo para los sectores menos favorecidos de nuestro país. El Bicentenario nos encontrará con la misma cara ya arcaica de una minería artesanal e informal predominante, de una sola mina de clase mundial (San Cristóbal) que ya se acaba en su concepción primaria y esforzándose para generar un proyecto nuevo (proyecto óxidos) que prolongue más allá de lo planeado la vida de esta mina, con algunas operaciones medianas que siguen el mismo camino de declinación productiva (San Vicente, San Bartolomé, Don Mario), otras minas pequeñas para los estándares internacionales como son aquellas de las mineras Sinchy Wayra e Illapa (ex Comsur y operadoras de la suiza Glencore), luchando por subsistir acudiendo a un nuevo operador, Santa Cruz Silver Mining y una cadena interminable de sueños de desarrollar un potencial innegablemente grande que duerme el sueño de los justos por centurias y de entrar en la industrialización de los productos mineros (hierro, plata, zinc, litio, potasio, etc.). Hay, como anoté varias veces en esta columna, un juego perverso de intereses que han impedido a través de la historia el desarrollo sostenible y que han generado un movimiento pendular a posiciones liberales o nacionalistas a su turno, cuyo resultado es estancamiento, burocracia, en algunos casos corrupción y juego de intereses corporativos. Así las cosas, no hay nada que festejar en este aniversario porque, cuando la visión de desarrollo se limita al miope horizonte de intereses corporativos o personales, los resultados son siempre negativos.

Hay un marcado desfase entre las tendencias actuales de la minería en el mundo, preocupada en el upstream, y el suministro de metales para garantizar la energía verde del futuro (v.g. plati-noides, tierras raras, cobre, grafeno, etc.) y los planes ya añejos de la minería nacional que se quiere actualizar en el país. La Comibol se dedica al estaño, zinc, plomo y plata, soñamos con reabrir minas de antaño como Mesa de Plata en los Lípez y dejamos para la minería informal de pequeña escala, yacimientos aluviales de oro del noreste del país, cuyo valor exportable ya superó todos los récords (más de $us 2.500 millones en la gestión pasada). Todo en aras de la reactivación económica, a cualquier precio y de la mano de lo que se llama democracia participativa. La vorágine de avasallamientos en ríos y tierras mineralizadas aumenta cada día bajo la mirada poco proactiva, para decir lo menos, de las autoridades llamadas por ley y el desorden cada vez es más visible para la población en general. Hay un hermetismo poco usual sobre los problemas de Vinto y sus deudas, Karachipampa y Mutún, y sus idas y venidas, el proyecto de litio y su avance, etc. Todo se limita a escuetas rendiciones de cuentas y a comparaciones estadísticas con un periodo pretérito de transición de gobierno y de pandemia, que obviamente no tiene un valor específico valorable.

Como apuntaba en una de mis columnas y parafraseando a Octavio Paz: “…en nuestra región la democracia no necesita echar alas, lo que necesita es echar raíces. Antes de vender tiquetes al paraíso, preocupémonos primero por consolidar nuestras endebles instituciones.” Ya va siendo tiempo de acuñar un pragmatismo más tecnocrático que político que nos permita salir de esta situación, corregir errores, proyectar lo valorable y abrir un horizonte de esperanza para una industria que en la coyuntura actual ha vuelto a ser de primer orden. ¡Felicidades Bolivia!

Dionisio J. Garzón M. es ingeniero geólogo, exministro de Minería y Metalurgia.

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La Paz en su efeméride

/ 8 de julio de 2022 / 02:26

El departamento de La Paz alberga, en sus pisos ecológicos cordilleranos y de tierras bajas llamadas Yungas, una rica tradición desde tiempos de los imperios primigenios, que habla de un gran potencial en oro, plata, cobre, metales base y algunos de uso industrial como son los platinoides y tierras raras, necesarios en los alocados tiempos de transición energética que pretende bajar el nivel de contaminación del medio ambiente. Esto obliga a transgredir cánones tecnológicos y de mercado para poder hacer frente a una demanda cada vez mayor de estos metales y de una minería altamente eficiente y amigable con el entorno. Recuerdo las descripciones del padre Alonso Barba allá por 1770 de las ocurrencias minerales de estas tierras, particularmente del oro en pepitas y en finos gránulos en los ríos y arroyos de Pacajes, Larecaja, Tipuani, también en el río Choqueyapu que forma el valle de la ciudad de La Paz, llamada Chuquiago o Chuquiabo, que en lengua nativa de estas tierras quiere decir Chacra o heredad de oro (detalles en Barba, Álvaro Alonso, 1770, El Arte de los metales, en que se enseña el verdadero beneficio de los de oro y plata por azogue, el modo de fundirlos todos y cómo se han de refinar y apartar unos de otros; Madrid en la oficina de la viuda de Manuel Fernández. Año de 1770, pp. 49 y siguientes). La Paz siempre estuvo ligada al oro, se puede decir que el lugar de su fundación obedeció, entre otras cosas, al hallazgo de una pepa de oro en el río Choqueyapu. Además, en la cuenca alta del río Amazonas y en el departamento drenan los ríos Madre de Dios y Beni y sus afluentes Tipuani, Tuichi, Challana, Mapiri, etc., de donde procede la mayor cantidad de oro aluvional cuyo valor exportable ya supera los $us 2.500 millones, según datos oficiales y cuya reserva se estima en más de 30 millones de onzas (Matthews, P.F.P. 1988, Alluvial Gold Potential in Bolivia; Informe reservado para el Ministerio de Minería e Hidrocarburos de Bolivia. La Paz, Bolivia, 1988).

La Paz tiene, pues, no solo tradición sino potencial de minería aurífera y también de otros metales; volvamos a las apreciaciones del padre Barba hablando de minerales de plata: “Criase la plata algunas veces blanca y pura en las minas, atravesada como hilos en las piedras que llaman metal machacado… En Choquepiña, labor de los Incas, dos leguas de Berenguela, de la Provincia Pacajes…”, describe los hilos de “plata cornea” (Cerargirita, AgCl), explotada aún antes del descubrimiento del Cerro Rico de Potosí; hoy siglos después Choquepiña es parte del área de influencia de un proyecto de exploración de New Pacific Precious Metals (NYSE: NEWP, TSX: NUAG), que tiene resultados interesantes a la fecha. Hablando de cobre, los objetos ceremoniales de la cultura tiwanacota asentada en el entorno del mítico lago Titicaca fueron hechos de cobre extraído de minas situadas en la Serranía de Chilla al sur de las ruinas de Tiwanaku; ya en tiempos republicanos la explotación de este metal se extendió a vetas de cobre en sedimentos rojos ubicados en la periferia del altiplano paceño. Y podríamos seguir con el estaño, zinc, plomo, etc.

Lo importante es puntualizar que pese a la tradición y el potencial, La Paz no se consideró nunca una región minera; el espíritu metropolitano de sus habitantes, ocupados en los vaivenes de la política nacional, desdeñó el desarrollo de una burguesía minera como en otros departamentos y dejó la iniciativa a pocas empresas de capitales nacionales y/o extranjeros, y a mineros artesanales y cooperativas sobre todo auríferas. La fiebre del oro que vivimos hoy, que más que fiebre es una tempestad de operaciones informales, algunas ilegales, está desarrollando una bomba de tiempo en los ecosistemas aledaños y en la sociedad en general. He tratado el tema muchas veces en esta columna; en el mes de la efeméride paceña solo queda desear sabiduría para los paceños y para todos los bolivianos, para encontrar el golpe de timón que cambie esta situación, como el mejor homenaje a La Paz.

Dionisio J. Garzón M. es ingeniero geólogo, exministro de Minería y Metalurgia.

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Exploración minera, ¿un ’boom’ en ciernes?

/ 10 de junio de 2022 / 01:55

El tema de hoy se manejó con más corazón que cerebro desde que en los años 60 comenzó con ayuda de instituciones internacionales la tarea de levantar la carta geológica nacional y el potencial minero del país, trabajo cuyo actor principal fue el Servicio Geológico de Bolivia (Geobol), con el soporte de instituciones del ramo (Comibol, YPFB, universidades y otras); el intento tuvo éxitos, sobresaltos, interrupciones y reinicios en respuesta a los cambios políticos y a los intereses conexos. No es mi intención entrar en el detalle de este tema (el lector interesado puede consultar mi libro De oro, plata y estaño. Ensayos sobre la minería nacional, Plural Editores 2014 y 2017, La Paz-Bolivia), sino mostrar cómo en más de medio siglo de tantas idas y venidas, no hemos podido consolidar un portafolio de largo alcance para el desarrollo de la industria minera del país.

Hoy vivimos un “frenesí” alocado en busca de oro y plata, vedettes del mercado de commodities y de nuestra producción, pese a que Bolivia era potencial de primera línea en ambos metales desde los imperios primigenios y la conquista y explotación colonial, respectivamente. La Corporación Minera de Bolivia (Comibol), por ejemplo, llegó a controlar en los años 80 más de 600.000 hectáreas (ha) para explorar la cuenca aurífera de los ríos Madre de Dios, Beni, Madera y sus afluentes, pero por algún extraño designio y el cambio de política económica de ese tiempo, se abrió el área a privados y con el pasar del tiempo se revirtió a dominio del Estado las concesiones de la minera estatal —¡Qué tal!—, y así llegamos a la situación actual, un aberrante crecimiento de la minería informal, cooperativa y artesanal que ya produce un valor exportable superior a los $us 2.500 millones, sin control técnico, laboral ni de cuidado ambiental. Con estas idas y venidas no se puede tener un proyecto de exploración sostenible ni sustentable. Habíamos vivido un boom de exploraciones en los años 90 que significó el descubrimiento de nuevas minas, algunas de clase mundial, que cambiaron la capacidad productiva del país en los primeros años del nuevo siglo, San Cristóbal, San Bartolomé, San Vicente, Don Mario, Khory Chaca y otras, se sumaron a Khory Khollo, la única mina de oro a cielo abierto que tenía el país en los años 80.

La consolidación del Estado Plurinacional en 2006 supuso un vacío de actividad exploratoria hasta la definición de la nueva legislación en 2014, cuando se dieron algunos atisbos de reactivación por empresas con intereses en el país y de algunos grupos asiáticos, especialmente chinos (1). La declinación del súper ciclo de commodities en 2012 y algunas estatizaciones (v.g. Mallku Khota en 2012, Amayapampa en 2013), tuvieron un efecto negativo y los proyectos se tamizaron en aquellos de mayor soporte económico y en inversiones especulativas que migraron al sector minero aurífero informal. Pese a todo, hubo actividad exploratoria de muy bajo perfil en el contexto empresarial: el proyecto óxidos de Minera San Cristóbal con una inversión de $us 300 millones; un proyecto similar de Minera Paititi en el área del precámbrico para ampliar la vida útil de su mina Don Mario; New Pacific Metals Corp., con su subsidiaria en Bolivia Minera Alcira S.A., operando tres áreas en el altiplano y cordillera occidental: Silver Sand, Silver Strike y Carangas en los departamentos de Potosí, La Paz y Oruro, con resultados más que interesantes; Minera Manquiri en proyectos de metales base y residuos minerales en superficie (Asiento, Tatasi-Portugalete) y en áreas nuevas (Cachi Laguna); el grupo Glencore que transfirió sus activos a Santa Cruz Silver Mining; Andean Precious Metals, que controla el proyecto aurífero San Pablo en el cinturón de oro orogénico del departamento de Potosí; Mantaro Precious Metals con su proyecto Golden Hill, en el cinturón precámbrico de esquistos verdes al sur de la mina de oro Puquio Norte, explotada hasta los años 90, etc. Todo muestra reactivación de la exploración, apalancada por las condiciones del mercado de commodities y los descubrimientos en curso, que soportan la idea de un nuevo boom exploratorio en ciernes.

(1) D. Agramont y Bonifaz G. 2018, ‘El desembarco chino en América Latina y su manifestación en Bolivia’. Plural Editores, La Paz, Bolivia. Friedrich Ebert Stiftung (FES), La Paz Bolivia.

Dionisio J. Garzón M. es ingeniero geólogo, exministro de Minería y Metalurgia.

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Coyuntura y oportunidad

/ 13 de mayo de 2022 / 02:21

Vivimos una coyuntura espectacular de precios de las materias primas, especialmente de los minerales e hidrocarburos; coyuntura que se da, entre otras cosas, por la guerra entre Rusia y Ucrania que ha descolocado las posiciones geopolíticas de los países del hemisferio norte y abre un abanico de oportunidades para los países del hemisferio sur, tradicionalmente proveedores de materias primas para el mundo industrializado. No es la primera ni será la última coyuntura de este tipo y cada país pondera una estrategia y genera acciones en ese sentido, para aprovecharla. Dentro de este panorama, Bolivia mira la oportunidad “con las manos atados”, para usar una frase atribuida al expresidente Gonzalo Sánchez de Lozada. Pasa que el país no ha tenido en las últimas décadas una política de planificación, reposición y generación de nuevas reservas de hidrocarburos ni de los minerales y metales que producimos, que haya sido sostenida y sustentable. Esto provoca hoy que no haya ninguna posibilidad de aumentar el nivel de producción y aprovechar adecuadamente la coyuntura que vivimos. Salvo la minería informal y la pequeña minería que campean por doquier y que sin prisa pero sin pausa aumentan su presencia en el contexto de la minería nacional, sí podrían tener alguna reacción; aunque esto sería un bálsamo pero no un remedio para el problema que analizamos.

Comenzando el siglo que vivimos y con la preocupación del permanente estado de crisis que acompaña al sector minero desde la nacionalización de las minas de 1952, el Colegio de Geólogos de Bolivia y otras instituciones del ramo generaron un foro sobre la Situación y Perspectivas del Sector Minero Boliviano, en 2001 (puede consultarse las memorias del evento en los archivos de la institución), evento que contó con la participación de autoridades y operadores de la minería nacional. Gran parte de lo que se destacó y de las conclusiones de ese evento podrían ser válidas en el momento actual: injerencia política, inestabilidad, rentismo a ultranza, legislación inadecuada que repele la participación del capital privado nacional y extranjero en la generación de inversiones de riesgo, fomento a la informalidad, etc. A más de dos décadas y en retrospectiva seguimos nadando contra la corriente mientras la minería depende del flujo global de inversiones y de nuevas tecnologías que la hacen cada vez más competitiva. En los últimos años y a nivel global, el nivel de inversiones en exploración minera, y pese a la pandemia, fluctúo entre $us 8 y 10 billones al año, de los cuales el 25% se invirtió en América Latina en países como Chile, Brasil, Perú y Argentina, entre otros (S&P Global Market Intelligency).

Volviendo al evento, los participantes trataban de explicar, como lo hacemos hoy, por qué el flujo de inversiones no llega a Bolivia con la intensidad que aún en un continente tan inestable como África se da, y llegaban a la conclusión de que hay criterios al margen del potencial que los inversores consideran para calificar dónde invertir: sistema económico, sistema político, sistema de derechos y permisos, problemas sociales, nivel de corrupción, estabilidad de divisas, régimen tributario, etc. Leyendo nuestra Constitución actual y la Ley Sectorial 535, podemos concluir que no condicen con la apertura que cualquier inversor espera para poder llegar a un país, por eso somos hoy la cenicienta de los países tradicionalmente mineros pese a haber tenido muchas oportunidades para reformar la legislación del sector para adecuarla a los tiempos que corren. Parafraseando a uno de los asistentes, el promotor Charles Scottie Bruce (+) que ya no está con nosotros: “Hay países que nunca pierden la oportunidad de perder la oportunidad”.  

Dionisio J. Garzón M. es ingeniero geólogo, exministro de Minería y Metalurgia.

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Informalidad ‘exitosa’

/ 15 de abril de 2022 / 02:02

En una reciente entrevista (Página Siete 04.04.2022) sobre el alarmante problema de la irracional explotación del oro aluvional en el norte-noreste del país proponía, entre otras cosas, prohibir la exportación del metal por un periodo a determinar y con el fin de armar una estructura de control que permita al Estado formalizar la cadena de explotación, beneficio y comercialización del metal; mientras tanto la venta de la producción debería ser rescatada por el Banco Central de Bolivia. Parecería una posición dura y difícil de aplicar pero, cuando nos damos cuenta que la cadena mencionada está ahora controlada casi totalmente por operadores informales y que estamos hablando, según datos del INE, de un valor de las exportaciones que ya alcanza, en números enteros, a $us 2.553 millones para la gestión 2021 y un crecimiento de más del 51% respecto de la gestión precedente, estimo que es hora de tomar medidas de este tipo si no queremos terminar aceptando como “exitosa” la informalidad del sector minero aurífero porque representa el 23% del valor de las exportaciones totales del país o el 45% del valor de la industria manufacturera; mientras que el sector hidrocarburos aporta solo el 20% al valor total de las exportaciones o el sector agroindustrial solo el 3,8%, para citar solo los sectores más importantes.

Es una situación muy delicada la que vivimos, las acciones de hecho, el uso de armas en avasallamientos, los enfrentamientos entre comunarios y mineros, el desapego a las normas y la falta de respeto a las autoridades, están pintando un panorama desolador, que pareciera se soslaya en aras del valor de los números que menciono, importantes para una etapa de reactivación de un modelo basado precisamente en el aporte de los sectores sociales hoy en disputa. Pero, la importancia económica no debe ni puede ocultar los aspectos negativos y su incidencia en el medio ambiente y en el futuro de sectores económicos alternativos (turismo, energías alternativas, selvicultura, etc.) que debieran ser la proyección futura de la economía regional de estas tierras bajas.

El brillo del oro fue la primera locura del hombre, como diría Plinio el Viejo en su obra Naturalis en 79 AC, inspiró las más audaces expediciones y lo buscaron desde tiempos inmemoriales los imperios primigenios de todas las latitudes del planeta; en los Andes Centrales y en su vertiente oriental donde se encuentran los ríos tributarios que drenan sus aguas al gran río Amazonas, se formaron inmensas llanuras aluviales y abruptos piedemontes cuyas terrazas aluviales llevan consigo desde tiempos geológicos pretéritos grandes cantidades de gravas y arenas con importantes contenidos de oro aluvional, que fue buscado y explotado rudimentariamente por los nativos que lo atesoraban como ornamento religioso y adorno festivo. Desde la colonización de estas tierras, esta incesante búsqueda trocó en conquista y desde entonces el oro estuvo de la mano con la violencia, la disputa territorial, los grandes emprendimientos empresariales y también con la informalidad campante y la ilegalidad. Pareciera que hoy estamos viviendo, como en la otredad descrita, una nueva fiebre del oro, todo pareciera normal pero, estamos en el siglo XXI donde el imperio de las normas éticas, medioambientales y morales a nivel personal y en toda relación humana, debiera ser un prerrequisito de todo emprendimiento. Para el caso que nos ocupa, no podemos rifar el futuro de las tierras bajas del país en aras de un coyuntural interés económico, el oro es el único valor perdurable y el administrarlo debiera recaer en las mentes más lúcidas y en los operadores más calificados.

Dionisio J. Garzón M. es ingeniero geólogo, exministro de Minería y Metalurgia.

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