Voces

martes 25 ene 2022 | Actualizado a 01:40

Debray sobre la relación entre Fidel y el Che

La versión de la ruptura entre Fidel y el Che es, según Debray, inconsistente e ignominiosa

/ 16 de junio de 2019 / 00:00

El aniversario 50 del asesinato del Che en La Higuera (9 de octubre de 1967) reanimó antiguas polémicas y viejas rencillas que se arrastran desde hace más de medio siglo, y que vuelven a proliferar en los natalicios del guerrillero cubano-argentino (14 de junio, 1928). Quiere decir que en torno a estas fechas no solo circulan palabras de encomio que resaltan la figura mítica del comandante guerrillero, sino también encolerizadas diatribas y especulaciones caprichosas orientadas a enlodar tanto a los sucesos como a sus protagonistas.

Una de las más extendidas afirmaciones de este tipo es la que se atribuye a Fidel Castro, líder histórico de la Revolución cubana, el haber empujado al Che hacia una muerte segura, como una manera de deshacerse de él, y encima, claro, no haber hecho nada para ayudarlo a salir del cerco en el que cayó en el sudeste boliviano. Una primera objeción a tales aseveraciones es la conmovedora carta de despedida del Che en la que, entre otras cosas, le dice a Fidel: “Yo puedo hacer lo que te está negado por tu responsabilidad al frente de Cuba. Los roles están claramente establecidos, Che Guevara, liberando de toda responsabilidad a Cuba, puede ir a luchar a cualquier parte del mundo, lo que obviamente Fidel Castro no puede hacer”.

Regis Debray es un intelectual francés que en la primera etapa de su vida fue un fervoroso y entusiasta seguidor y colaborador de la Revolución cubana. En tanto que en una segunda etapa de su existencia se convirtió en acerbo y activo crítico; toda una referencia de los opositores a Fidel Castro y al proceso cubano. Desde este segundo emplazamiento, totalmente alejado de sus inquietudes juveniles, publicó en 1996 uno de sus libros fundamentales: Alabados sean nuestros señores (se refiere a los “señores” a los que él sirvió: Fidel, Che Guevara y Miterrand); texto recomendado por Mario Vargas Llosa sobre todo a quienes… participaron de, o siguieron de cerca, las ilusiones, frustraciones, grandezas y miserias de la historia contemporánea.

Es en este libro, al destacar los lazos fraternales que unían a Fidel y al Che (así como las diferentes sensibilidades que los separaban), en el que Debray sostiene: “Puedo sin embargo dar fe que jamás hubo ruptura del Che con Fidel y que los contrastes de sensibilidad no rompieron la relación de fidelidad. Tiene que ver con la psicología no con la ideología”.

Esta idea central se reitera y enriquece en la interesantísima entrevista realizada por nuestro compatriota Marcel Quezada Gambarte a Regis Debray, publicada junto con una selección de textos igualmente interesantes y muy pertinentes (Editorial El Viejo Topo, La Paz, 2017). Como lo destaca Juan Carlos Salazar en el prólogo de este libro, la versión de la ruptura entre Fidel y el Che es, según Debray, inconsistente e ignominiosa. Y lo dice quien vivió muy de cerca los acontecimientos y no tiene ninguna motivación actual para embellecer la figura de Fiel Castro, sino, todo lo contrario.

Acá se ha especulado mucho sobre el caso boliviano… hay una versión dominante de que Fidel y el Che se hubieran peleado, y de Fidel mandó al Che lejos, a la muerte. Es decir, primero lo mandó y luego lo abandonó. Esto es completamente falso, asegura Debray, y añade que el líder cubano hizo todo lo que estuvo a su alcance para apoyar al Che. Y añade: “Al menos hizo todo lo posible por rearticular al Che con las fuerzas políticas locales, independientemente del PC”.

El tema da para más, pero la tiranía del espacio nos impide seguir. Volveremos sobre el asunto, analizando la carta que envió Fidel Castro al Che para convencerlo de retornar de manera clandestina desde Praga a Cuba, donde permanecía oculto luego de salir derrotado del Congo. Entonces, ¡hasta la próxima!

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Tolata y Epizana: 29 de enero de 1974

/ 23 de enero de 2022 / 01:21

Tiempos hubo en nuestra historia en que las masacres no eran investigadas, ni enjuiciados sus autores materiales e intelectuales. Tal es el caso de la que pasó a llamarse la Masacre del Valle, ocurrida bajo la dictadura de Banzer.

Desde que se instaló en el gobierno el 21 de agosto de 1971, con sus aliados del MNR y la Falange, no hubo un solo día que cesara la represión: detenciones arbitrarias sin forma ni figura de juicio, aplicación de torturas, ejecuciones, desapariciones y exilios forzosos. Cuando ya no tenían argumentos, los inventaban a través de novelones como Plan “Zafra Roja”, Plan “Loto Rojo Tachai” y otros parecidos.

Sin embargo, la represión no dejaba de ser selectiva, buscaba enemistarse lo menos posible con el sector campesino al que consideraba como manipulable base social de apoyo.

El conocido manual de Historia de Bolivia de los Mesa-Gisbert le dedica apenas un párrafo de seis líneas a los sucesos de Tolata y Epizana, sobre la antigua carretera Cochabamba-Santa Cruz. Dicen que “las manifestaciones fueron respondidas con disparos dejando un saldo de algunos muertos y varios heridos”. En realidad se trató de un gigantesco operativo militar para desbloquear unos 100 km de vías ocupadas por campesinos que así se sumaban a la resistencia de minas y ciudades, en rechazo a medidas económicas que afectaban a todo el pueblo trabajador y con particular rudeza a los trabajadores del agro, puesto que se congelaban los precios de sus productos mientras se duplicaban los de productos agroindustriales.

Era el despertar de una nueva y joven dirigencia campesina que experimentó en carne propia la dureza dictatorial y descubrió que sus mejores aliados no eran precisamente los elementos uniformados que se autonombraban sus “líderes”. Enero de 1974 marcó el comienzo del derrumbe definitivo del “Pacto Militar Campesino” y puso al desnudo las fisuras y contradicciones en el interior del bando castrense. Mostró la perfidia de Banzer que, por un lado envía a su representante personal para dialogar con los campesinos, por el otro manda despejar la vía con tanques y ametralladoras.

La masacre del Valle, una documentada publicación, acompañada de impactantes fotografías, sigue siendo hasta ahora la más contundente denuncia de la gravedad de los hechos, va mucho más allá de los 13 muertos reconocidos por las fuentes oficiales. Fue elaborada por la Comisión de Justicia y Paz conformada por sacerdotes y laicos de la Iglesia Católica. Según se supo, disgustó tanto a Banzer esta publicación que no solo la prohibió y persiguió, sino que se dio modos para doblarle la mano al cardenal Maurer y obligarlo a disolver Justicia y Paz. Supongo que es por eso que el ejemplar que poseo, una tercera edición fechada en La Paz el año 1979, está suscrito por la Asamblea Permanente de Derechos Humanos de Bolivia.

En todo caso los autores de este material histórico eran gente acuciosa y prevenida. Trabajaron con más de 70 informantes, muchos de ellos testigos oculares de los hechos, 30 campesinos de los que seis eran dirigentes principales, ocho oficiales y soldados, otros seis testigos ocasionales, doce sacerdotes, dos médicos y tres periodistas.

Además nos proporcionan un dato precioso: “El material original, debidamente documentado, se ha archivado en lugar seguro para que pueda estar al servicio de investigadores serios, cuando se den las adecuadas condiciones de seguridad y objetividad”.

A 48 años de los hechos y a casi 40 de vida democrática, se supone que existen las “adecuadas condiciones” para ubicar ese “lugar seguro” y retomar la investigación. Es un desafío para los/las jóvenes de hoy, tanto periodistas como historiadores. Y también, por qué no, para religiosos/as. ¿Algún día lo asumirán?.

Carlos Soria Galvarro es periodista.

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La muerte de Tomás Katari

/ 9 de enero de 2022 / 03:06

Julián Bonifacio, alias el Saralagua, integrante de las filas insurrectas, anuncia a grito pelado que otra vez se llevan preso a la ciudad de La Plata al kuraka Tomás Katari.

Surge espontánea la respuesta popular:

En el abra de Queñuapugio, a media legua de la cuesta de Chataquilla, ahí nos vamos a concentrar; las mujeres y los muchachos se van a subir a las alturas para hacer caer las galgas y nosotros desde abajo y desde los costados les vamos a atacar con nuestras warakas…

—Dice pues que el Juan Antonio Acuña y sus chapetones están armados hasta los dientes, amarrado dice que lo están llevando a nuestro kuraka y a su escribiente don Isidro Serrano…

—Pero nosotros somos muchos, hermano, aprovecharemos la pendiente del terreno y les daremos una sorpresa. ¡Vamos a Chataquilla!

—¡Rijchariichej llajtamasikuna! !Jakullayña wauqekuna!!!

Comienzos de 1781, el año de los grandes alzamientos contra la colonia española, de los cuales Tomás Katari fue un precursor. Los pueblos originarios ya no soportaban los constantes abusos de los corregidores españoles y criollos, de los caciques nativos que estaban a su servicio y de los curas que eran cómplices y se beneficiaban de la explotación colonial.

Tomás Katari, kuraka quechua-aymara de Macha, en la entonces provincia de Chayanta, venía luchando varios años contra los atropellos. Para plantear sus reclamos hizo un memorable viaje a pie hasta Buenos Aires, sede del nuevo Virreinato al que había pasado a pertenecer el territorio de Charcas. Tomás Katari caminó unas 600 leguas (más de 3.000 kilómetros), acompañado de su fiel colaborador y amigo Tomás Achu. Logró hacerse oír por el virrey Juan José Vertiz, quien le otorgó algunas licencias para ejercer su liderazgo tanto en Macha como en toda la provincia de Chayanta, donde ya era muy conocido.

Las autoridades chuquisaqueñas no quisieron reconocerle en sus funciones y más bien lo apresaron, pero Tomás Katari logró fugar cuando lo conducían maniatado a la cárcel de Aullagas.

Poco después volvieron a tomarlo preso, lo que ocasionó el comienzo de la rebelión en la región de Pocoata, en 1780. Los pobladores originarios se reunieron allí con motivo de las listas o turnos para la mit´a de Potosí y exigieron al corregidor Joaquín de Alós que Tomás Katari sea liberado, pues ya había pasado casi medio año desde su último apresamiento. Alós respondió con insolencia y mató de un pistoletazo a Tomás Achu, respetado cacique, compañero de viaje de Tomás Katari. Fue la chispa que provocó el incendio. Miles y miles de hombres y mujeres se arremolinaron y tomaron preso al corregidor Alós. Lo hicieron caminar semidesnudo y descalzo y lo canjearon por Tomás Katari… Liberado, el líder fue acogido apoteósicamente y reconocido como la única autoridad legítima, pues la rebelión se había extendido por los pueblos de la región: Macha, Pocoata, Sacaca, Aymaya, Pitantora, Moscarí, Moro Moro, todo el norte de Potosí.

En esas condiciones fue nuevamente apresado en las inmediaciones del asiento minero de Aullagas. Aprovecharon que gran parte de su gente estaba dedicada a la siembra de verano, algunos caciques traidores colaboraron en su apresamiento.

El “Justicia Mayor” se empeñaba en llevar a Tomás Katari para entregarlo una vez más a la Audiencia de Charcas. Es en esas circunstancias que sus miles y miles de seguidores intentaron rescatarlo en la cuesta de Chataquilla. Luego de varias escaramuzas, la patrulla española fue rodeada por los cuatro costados, Acuña se da cuenta de que está perdido. En vez de rendirse y liberar a los cautivos, ordena matarlos a quemarropa.

Así muere el caudillo Tomás Katari… al mediodía del 8 de enero de 1781.

La reacción ante este crimen fue dura y fulminante, una furia incontenible destrozó a la patrulla española, aniquilando a todos sus integrantes.

La insurrección no se apagó. Dámaso y Nicolás Katari, primos hermanos de Tomás, encabezaron la continuación de las acciones.

Por esas fechas, Túpac Amaru II levantaba sus estandartes de guerra en el Cuzco y Julián Apaza (Túpac Katari) hacía lo propio en La Paz. (Datos tomados del ‘Diccionario Histórico de Bolivia’ y del libro ‘La rebelión de Tomás Katari’, de Claudio Andrade Padilla)

Carlos Soria Galvarro es periodista.

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Chile: ‘La esperanza venció al miedo’

/ 26 de diciembre de 2021 / 06:31

Son palabras destacadas de Gabriel Boric en su primer mensaje como presidente electo. Cambios profundos para hacer de Chile un país con menos lacerantes desigualdades y estándares de pobreza, es la bandera levantada por las coaligadas fuerzas democráticas y de la izquierda. Por tanto, es ahí donde se generan las esperanzas. ¿Dónde nacen el miedo y las mentiras? Pues en los núcleos derechistas frecuentemente impulsados, financiados y alimentados ideológicamente por organismos yanquis como la CIA, el FBI o USAID. A veces actúan de modo directo y otras mediante fundaciones de fachada, entre otras aquella en la que Sánchez Berzaín funge como director ejecutivo: Interamerican Institute for Democracy.

¿Qué hicieron esta vez y cuánto gastaron para ayudar a la ultraderecha chilena en la tarea de impregnar de miedo la campaña electoral? Si no aparece otro periodista como Julian Assange, que ponga en riesgo su libertad y su propia vida para dar a conocer estos datos, se tendrá que esperar algunas décadas hasta que los documentos se “desclasifiquen”. Esto es lo que precisamente ocurrió en los años 70.

La oposición norteamericana al proyecto de la Unidad Popular, encarnado en Salvador Allende, se inició mucho antes de que esta coalición llegara al poder. Inicialmente se centró en romper la línea tradicionalmente constitucionalista que la CIA llamaba “apoliticismo… e inercia constitucional” de los militares chilenos. El punto de partida era que los oficiales de ese país se habían formado profesionalmente bajo la égida del Pentágono. Se calcula que para esas fechas más de 4.000 oficiales chilenos habían pasado por diferentes centros de adiestramiento de los EEUU.

La CIA ya libró una batalla contra Allende en las elecciones de 1964, ordenada dos años antes por John Kennedy a un costo de más de $us 3 millones. Pero fue Nixon quien instruyó al jefe de la CIA Richard Helms “impulsar la colaboración con los militares chilenos y estimular que tomaran por sí mismos la iniciativa en las acciones con el objetivo de impedir el acceso de Allende al poder…”. El 21 de septiembre de 1970, desde el cuartel general de la CIA se envió a la estación de Santiago un telegrama que en lo sustancial decía: “El propósito de la operación es impedir el arribo de Allende al poder. Las maniobras parlamentarias han sido desechadas. La misión es una solución militar” (US Congress… An Interim Report, 1975, p. 240).

Esto condujo al asesinato del general René Schneider, comandante en jefe de las Fuerzas Armadas (consumado el golpe también asesinaron al general Carlos Prats, otro militar constitucionalista). Pero ni así lograron impedir la posesión de Allende como presidente constitucional el 4 de noviembre de 1970.

El gobierno de los Estados Unidos, si bien decía de dientes para afuera que respetaba el proceso chileno, intensificó la conspiración poniendo en juego todos los mecanismos a su alcance, en particular la CIA que dispuso para su accionar $us 8 millones. Sin contar los significativos aportes de corporaciones privadas como la ITT que veían afectados sus intereses en Chile.

EEUU financió a los partidos de la oposición derechista, subvencionó a medios de difusión como el diario El Mercurio y a las huelgas salvajes de los camioneros, desató una guerra económica sin precedentes, tendió un cerco implacable anulando créditos y bloqueando todas la posibilidades de cooperación financiera de organismos internacionales.

El paso siguiente fue el sangriento golpe de Estado encabezado por Pinochet, el 11 de septiembre de 1973. El secretario de Estado de Nixon, Henry Kissinger, dijo ante los congresistas que lo interrogaban que la “CIA no tuvo relación alguna con el golpe de Estado en Chile”. Sin embargo, pocos meses después, el nuevo director de la CIA, William Colby, al intervenir en la Cámara de Representantes, dijo todo lo contario: “El gobierno de Nixon facultó a la CIA a dedicar en secreto en el periodo 1970 a 1973 $us 8 millones para desbaratar las posiciones del gobierno de Allende”.

¿Puede alguien en su sano juicio asegurar que acciones parecidas no se repetirán? Tambor Vargas solo respondería: “Moriremos si somos sonsos”.

Carlos Soria Galvarro es periodista.

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A no dudarlo: los servicios secretos no duermen

/ 12 de diciembre de 2021 / 03:20

Una de las ventajas que poseemos quienes estamos en la llamada “tercera edad” es ver los acontecimientos en perspectiva de mayor tiempo. Podemos armar cronologías a veces por mitades de siglo. Los simples años se nos pasan volando, casi sin sentirlos. Por eso contamos por décadas. La revolución del 9 de abril, la subida de los militares al poder con su secuela de acciones tiránicas, la dura confrontación con los trabajadores asalariados de las minas, el surgimiento de la televisión, la llegada del Che a Bolivia, la instalación de dictaduras militares en América Latina, la recuperación de la democracia, el ingreso a la era de la internet… en fin, todos son sucesos ocurridos en la segunda mitad de la centuria pasada y marcaron intensamente a nuestra generación.

Pero el simple recuento de los hechos no basta. Hay que intentar penetrarlos con la indagación, cotejarlos con la información documental que a veces se revela luego de permanecer “clasificada” por décadas. Se puede y se debe arriesgar interpretaciones que busquen explicar las causas y las concatenaciones entre fenómenos aparentemente desconectados entre sí.

Por ejemplo, no son un hecho aislado, sino parte de un plan global, las acciones encubiertas de la CIA, en coordinación con el Pentágono, para encumbrar al general René Barrientos Ortuño, entre 1962 y 1966, los documentos recién fueron “desclasificados” en 2004, más de 40 años después (Foreign Relations of the United States, FRUS, volumen 31, documentos 147-180). Revisando esta documentación se establece que la CIA gastó más de $us 1 millón para llevar al poder al aviador boliviano mediante un golpe de Estado. Bill Broe, jefe de la división latinoamericana del servicio clandestino le reportaba entusiasta a Richard Helms, entonces jefe máximo de la CIA, que “Con la elección de René Barrientos como presidente de Bolivia, el 3 de julio de 1966, esta acción se ha completado satisfactoriamente”. La CIA envió a la Casa Blanca el expediente sobre Barrientos en ocasión de la visita de éste a los Estados Unidos. El asesor de seguridad nacional Walt Rostow, a tiempo de pasarle este informe al presidente Lindon Jhonson le decía: “Esto es para explicarle por qué el general Barrientos puede darle las gracias cuando cene con él el próximo miércoles día 20”.

En algunas ocasiones mediante la movilización ciudadana y la presión internacional es posible obtener dictámenes judiciales o resoluciones administrativas para que dicha “desclasificación” sea un tanto menos mezquina, algo más acelerada y sobre todo accesible. Según Wikipedia, «El National Security Archive es una institución no gubernamental sin fines de lucro localizada en la Universidad George Washington en Washington DC en Estados Unidos. Fundada en 1985 por Scott Armstrong, esta institución archiva y publica documentos desclasificados por el Gobierno de los Estados Unidos relacionados con la política exterior de dicho país. El archivo recolecta y analiza los documentos de varias instituciones de gobierno obtenidas gracias a la ley de libertad de información (Freedom of Information Act). El archivo entonces selecciona para hacerlos públicos en forma de manuscritos y microfichas a la vez que los publica en su página web…”

Uno de los principales investigadores del National Security Archive era Peter Kornbluh, quien se ocupó detenidamente en el caso de la dictadura chilena de Pinochet consiguiendo “desclasificar” más de 24.000 documentos del Departamento de Estado y de la CIA que tratan sobre la guerra secreta contra el gobierno constitucional de Salvador Allende.

La próxima quincena veremos algo de esa guerra secreta para detectar y/o imaginar lo que hacen ahora —fines de 2021— para desestabilizar al Gobierno boliviano y para torcer el rumbo de los cambios que con su lucha labró el pueblo chileno.

Carlos Soria Galvarro es periodista.

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Carlos Felipe Terán: escritor y soldado

/ 28 de noviembre de 2021 / 00:45

A los 19 años, antes de marchar a la guerra, era colaborador asiduo de las páginas del diario La Patria de Oruro y escribía ocasionalmente para La Razón y El Diario de La Paz, y para El Republicano de Cochabamba.

Ya en abril de 1932, con apenas 17, publicó en La Patria dos impecables traducciones de la revista francesa L’Ilustration: El vuelo del Graff Zeppelin por el Polo Ártico y L’Atlantique.

Hasta poco antes de su caída en el Chaco, publicó numerosos artículos, algunos de ellos firmados con el seudónimo «Fulano de Tal».

Carlos Felipe Terán Quintanilla nació en la ciudad de Oruro el 20 de agosto de 1915. Años antes, Felipe Terán Sosa y Adela Quintanilla Guzmán, sus padres, habían incursionado en la actividad periodística orureña en El Industrial. Adela, catalogada por el historiador José Macedonio Urquidi como una de las “Bolivianas Ilustres» en su conocido libro, poseía una sólida formación intelectual que transmitió con fervor a sus hijos, a quienes educó personalmente sin intervención de la escuela pública. Carlos Felipe debía en gran medida a su madre la brillantez con la que empezaba a figurar en la prensa nacional a una edad tan precoz que resulta difícil de imaginar.

No había hecho sino dar sus primeros pasos en el mundo literario y periodístico cuando lo sorprendió el conflicto bélico.

Ingresó al cuartel el 14 de abril de 1934, acudiendo al llamamiento de los conscriptos de 1935, es decir se presentó voluntariamente antes de cumplir la edad requerida. Partió al frente de guerra el 20 de mayo de 1934, formando parte del Regimiento Iténez. A comienzos de agosto actuó en Cañada Strongest, en el Regimiento 40 de Infantería, 2da. Compañía. Del 18 al 26 de agosto estuvo en la famosa batalla, cuando las tropas paraguayas intentaron cercar a las bolivianas. En la operación, su compañía salió sin dejar un solo hombre, a excepción del teniente Vargas Salazar que cayó prisionero por haberse adelantado con sus hombres. El dato lo proporciona Terán en una carta de fecha 26 de agosto. En esta «aventura», según expresión propia, perdió sus efectos personales y la correspondencia para La Patria y La Razón.

Por lo visto, sin dejar su puesto de soldado, Carlos Felipe se proponía continuar su labor de escritor, en tanto lo permitiesen las circunstancias. De hecho, varios de sus artículos fueron publicados cuando ya estaba enrolado en las filas militares.

Después de Cañada Strongest, permaneció en el Regimiento La Paz, 40 de Infantería, en el 2º batallón a cargo del teniente Aramayo, desempeñándose como furriel. Luego, el 25 de septiembre pasó a órdenes del coronel Peredo, como telefonista del comando, permaneciendo en ese puesto todo el mes de octubre.

La última carta a su madre es del 5 de noviembre de 1934. En ella, como es natural, trata de tranquilizarla sobre las penurias de la guerra y agradece la recepción de dos paquetes de periódicos.

Después nada más se supo de él. La prensa publicó que habría caído prisionero en el desastre de «El Carmen», pero la noticia no se confirmó. Al contrario, a los pocos días el coronel Peredo mandó a sus familiares el siguiente telegrama: «Soldado Felipe Terán Quintanilla falleció después de brillante actuación en Fortín Camacho».

Una de las más de 50.000 vidas bolivianas perdidas en la contienda chaqueña. Un pariente muerto 10 años antes de que yo naciera, al que llegué a conocer solo por sus escritos, guardados con primor por sus tres hermanas, dos de ellas mis tías y la otra mi madre. Como ellas ya no están, quise compartir con los lectores por lo menos el recuerdo de su nombre.

Carlos Soria Galvarro es periodista.

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