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domingo 24 ene 2021 | Actualizado a 01:04

La ‘trumpificación’ de la Reserva Federal

Trump está exigiendo a la Fed que le exima de las consecuencias de sus propios fracasos políticos.

/ 30 de junio de 2019 / 00:00

A finales de 2015, el por entonces candidato Donald Trump acusaba a Janet Yellen, la presidenta de la Reserva Federal (Fed) estadounidense, de formar parte de una conspiración política. Yellen, insistía Trump, mantenía los tipos de interés injustificablemente bajos en un intento de ayudar a Hillary Clinton a conseguir la presidencia. Pero resulta que existían muy buenas razones para que el Banco Central estadounidense mantuviera los tipos bajos en aquella época. Algunos indicadores del mercado laboral, sobre todo el empleo de personas en edad de máximo rendimiento, seguían siendo muy inferiores a los niveles anteriores a la crisis; y la inversión empresarial experimentaba un retroceso significativo, una especie de minirrecesión.

Volvamos al presente. La situación del empleo es mucho mejor ahora que en aquel momento. Hay indicios de que se está produciendo una desaceleración, en parte por la incertidumbre creada por la guerra comercial de Trump contra China y contra otros países, pero son bastante más leves que las ralentizaciones de 2015-16. Y el propio Trump sigue presumiendo de la fortaleza de la economía del país.

Sin embargo, está presionando abiertamente a la Fed para que baje los tipos de interés, y supuestamente está buscando una manera de destituir a su presidente, Jerome Powell, el hombre al que él mismo eligió para sustituir a Yellen, tras renunciar a nombrarla de nuevo, según algunos informes, porque pensaba que no tenía la altura suficiente para aquella función.

Pero esperen, porque todavía hay más. Aunque existen, como he dicho, indicios de que se está produciendo una desaceleración, hay señales mucho más claras en Europa, donde la actividad industrial está disminuyendo y aumenta la preocupación por una recesión.  Pero aunque intenta presionar a la Reserva Federal para que recorte los tipos de interés, Trump montó en cólera por las noticias de que el Banco Central Europeo, el homólogo europeo de la Reserva Federal, se plantea bajar por su cuenta los tipos, lo que debilitaría el euro y haría que la industria estadounidense fuese menos competitiva.

Si estas distintas posturas les parecen incoherentes, es porque no las están analizando correctamente. El principio común que utiliza el tuitero en jefe para calificar las cosas es sencillo: la política monetaria debería ser aquello que satisfaga los intereses de Donald Trump; lo demás, no importa.

Y el actual malestar de Trump con la Reserva Federal debería entenderse principalmente como la expresión de su frustración por el fracaso de su bajada de impuestos de 2017. Sí, la bajada de impuestos dio un empujón a la economía, como cabría esperar de unas políticas que ampliaron el déficit presupuestario por el pleno empleo anual en unos 400.000 millones de dólares (imagínense cómo habría sido la economía de Obama si el Congreso le hubiera permitido gastar 400.000 millones de dólares al año en, pongamos por caso, infraestructuras) Pero fue un empujón bastante suave si tenemos en cuenta que gran parte de la bajada de impuestos se empleó únicamente para recomprar acciones de empresas.

Más concretamente, el recorte fiscal fue un descalabro político: el mérito de las buenas cifras económicas no se le está atribuyendo a Trump, y la mayoría de los votantes blancos de clase trabajadora de los que depende el tuitero en jefe creen (acertadamente) que sus políticas benefician principalmente a gente más rica que ellos.

De modo que, a efectos prácticos, Trump está exigiendo a la Fed que le exima de las consecuencias de sus propios fracasos políticos. Y si toda la historia fuese esa, la respuesta adecuada sería alguna versión educada de “Váyase al infierno” en la jerga de la Reserva Federal. Pero resulta que Trump y sus pataletas no son toda la historia. De hecho, existen sólidas razones para creer que la Fed subió demasiado rápido los tipos de interés entre 2015 y 2019, y que subestimó la debilidad de la economía estadounidense en ese momento y al avez sobrestimó su fortaleza subyacente (que es lo que ha hecho sistemáticamente durante la última década).

Y por consiguiente, existen razones para revertir parcialmente las recientes subidas de tipos de interés de la Fed y bajar los tipos ahora para protegerse de una posible crisis en el futuro, adelantándose a ella. Trump es la peor persona para esgrimir este argumento, pero eso no significa que sea un argumento equivocado.

Entonces, ¿qué debería hacer la Reserva Federal? Los gobernadores de los bancos centrales, como los que dirigen este organismo, intentan mostrarse como personas apolíticas y tecnocráticas. Esto nunca es del todo cierto en la práctica, pero es un ideal que se esfuerzan por alcanzar. Sin embargo, gracias a Trump, haga lo que haga la Fed a continuación se considerará profundamente político. Si recorta los tipos a pesar del bajo desempleo, se considerará que renuncia a su independencia y permite que el Presidente dicte la política monetaria. Y si no lo hace, Trump arremeterá contra ella con más dureza todavía.

Si yo fuese Powell, me preocuparía un escenario incluso peor. Supongamos que bajase los tipos de interés, y que el crecimiento y la inflación acabasen siendo más elevados de lo previsto. La política convencional exigiría revertir la bajada de tipos, justo antes de las elecciones de 2020. La tormenta política sería terrible. Y lo siento, pero en el Estados Unidos de Trump ninguna institución puede ignorar las ramificaciones políticas de sus actos, aunque solo sea porque esas ramificaciones afectarán a su capacidad de realizar su trabajo en el futuro.

Lo que esto significa para la política monetaria, creo, es que aunque la economía pura y dura diga que la Reserva debería intentar adelantarse a los acontecimientos, la trampa política que ha creado Trump dicta que debería dar tiempo al tiempo e insistir en que su política “depende de los datos” y esperar a que haya pruebas claras de que se está produciendo una desaceleración grave antes de actuar. Ahora bien, esto podría significar que si la Fed bajase finalmente los tipos, sea cual sea el estímulo que esto proporcione a la economía (que en cualquier caso sería limitado, dado que los tipos ya son bastante bajos de por sí), llegaría demasiado tarde para ayudar a Trump en las elecciones de 2020. Pero si eso es lo que ocurre, la culpa solo será de Trump.

Paul Krugman

es profesor de Economía en la Universidad de Princeton y

Premio Nobel de Economía de 2008. © 2015 Th e New York Times.

Traducción de News Clips.

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2020 fue el año en que murió el reaganismo

/ 30 de diciembre de 2020 / 02:23

Quizá las imágenes lo convencieron. Aunque es difícil saber qué aspectos de la realidad logran penetrar la menguante burbuja de Donald Trump (por eso me alegra decir que, después del 20 de enero, no tenderemos que preocuparnos por lo que pase en esa mente nada brillante ni maravillosa), es posible que se haya percatado de la imagen que proyectaba al jugar golf mientras millones de familias en total desesperación se quedaban sin subsidios por desempleo.

Sin importar cuál haya sido el motivo, el domingo por fin firmó un proyecto de ley de asistencia económica que, entre otras medidas, prolongará esas ayudas unos meses. Después de esa decisión, no solo los desempleados dieron un respiro de alivio. En los mercados bursátiles, aumentaron los futuros, que no son un parámetro de éxito económico, pero de cualquier forma son indicadores. Goldman Sachs elevó sus proyecciones de crecimiento económico para 2021.

Así que este año cierra con un recordatorio más de la lección que deberíamos haber aprendido en la primavera: en épocas de crisis, es bueno que el gobierno ayude a la gente que pasa dificultades, y no solo es algo bueno para quienes reciben esos beneficios, sino para toda la nación. Expresado con una frase un poco distinta, 2020 fue el año en que murió el reaganismo.

Cuando hablo de reaganismo, me refiero a una actitud que va más allá de la economía vudú, según la cual los recortes fiscales tienen poderes mágicos capaces de resolver todo tipo de problemas. Después de todo, nadie cree ese aforismo, salvo unos cuantos charlatanes y excéntricos y todo el Partido Republicano.

Más bien, me refiero a un concepto más amplio: la convicción de que ayudar a quienes lo necesitan siempre es contraproducente, que la única manera de mejorar la vida del ciudadano común y corriente es hacer más ricos a los ricos y esperar a que los beneficios se filtren hacia las clases bajas. Esta noción quedó encapsulada en la famosa frase de Ronald Reagan que afirma que las palabras más aterradoras son: “Soy del gobierno y vengo a ayudar”.

Pues bien, en 2020 el gobierno vino a ayudar y eso fue lo que hizo.

Es cierto que algunos apoyaban políticas basadas en el efecto de filtración, incluso en plena pandemia. Trump intentó en repetidas ocasiones impulsar recortes a los impuestos sobre nómina, que por definición no representarían ninguna ayuda directa para los desempleados, e incluso intentó (sin éxito) recortar la recaudación de impuestos con una orden ejecutiva.

Por cierto, el nuevo paquete de recuperación sí incluye un recorte fiscal multimillonario para las comidas de negocios, como si los almuerzos con tres martinis fueran la respuesta a la depresión causada por la pandemia.

El rechazo al estilo Reagan de la ayuda a los necesitados también se mantuvo. Algunos políticos y economistas seguían insistiendo, contra toda evidencia, en que ayudar a los trabajadores desempleados de hecho generaba desempleo, pues hacía que se mostraran renuentes a aceptar ofertas de trabajo.

Sin embargo, en general (y sorprendentemente hasta cierto punto), la política económica estadounidense en realidad respondió muy bien a las necesidades reales de una nación que se vio forzada a suspender actividades a causa de un virus mortal. La asistencia para los desempleados y los préstamos a las empresas que podían condonarse si se utilizaban para mantener la nómina contuvieron el sufrimiento. En cuanto al envío directo de cheques a la mayoría de los adultos, aunque no fue la política mejor orientada, sí estimuló los ingresos personales.

Estas acciones intervencionistas del gobierno funcionaron. Con todo y que la suspensión de actividades produjo la desaparición temporal de 22 millones de empleos, los índices de pobreza en realidad bajaron mientras se distribuyó la asistencia.

Además, no surgió alguna desventaja evidente. Como ya he dicho, no hubo ninguna señal de que ayudar a los desempleados los desalentara de aceptar empleos cuando los había. Más aún, el repunte en el empleo visto entre abril y julio, cuando 9 millones de estadounidenses volvieron a trabajar, se dio mientras todavía se ofrecían beneficios más generosos.

Los enormes créditos asumidos por el gobierno tampoco tuvieron las consecuencias desastrosas que los gruñones del déficit no paran de predecir. Las tasas de interés siguen bajas y la inflación se quedó inmóvil.

Así que el gobierno vino a ayudar y de verdad lo hizo. El único problema fue que suspendió la ayuda muy pronto. Los beneficios extraordinarios deberían haber continuado mientras el coronavirus seguía fuera de control. La disposición bipartidista para aprobar un segundo paquete de rescate y el hecho de que Trump haya accedido, aunque renuente, a firmar esa legislación, es un reconocimiento tácito de que así debería haber sido.

De hecho, parte de la ayuda entregada en 2020 debería continuar incluso después de que se generalice la vacunación. La lección de la primavera pasada fue que, si se aplican programas gubernamentales con financiamiento adecuado, es posible reducir en gran medida la pobreza. ¿Por qué olvidar esa lección en cuanto termine la pandemia?

Ahora bien, cuando digo que el reaganismo murió en 2020 no quiero decir que los sospechosos habituales dejarán de repetir sus vaticinios usuales. La economía vudú está demasiado arraigada en el Partido Republicano moderno (y les resulta muy útil a los donadores multimillonarios que desean obtener recortes fiscales) como para que unos cuantos hechos inconvenientes hagan que se esfume.

La oposición a ayudar a los desempleados y a los pobres nunca se basó en pruebas, sino que se originó por una mezcla de elitismo y hostilidad racial. Así que no dejaremos de escuchar la cantaleta sobre los poderes milagrosos de los recortes fiscales y las calamidades del Estado benefactor.

No obstante, aunque el reaganismo no desaparezca, ahora más que nunca será un reaganismo zombi, una doctrina que debería haber perecido al enfrentarse con la realidad, pero que a pesar de todo sigue deambulando por ahí y se dedica a devorar el cerebro de algunos políticos.

Porque la lección del 2020 es que, cuando estamos en crisis, y en cierta medida incluso en tiempos más propicios, el gobierno puede hacer mucho para mejorar la vida de las personas. Nada debe causarnos más temor que un gobierno que se niega a cumplir su trabajo.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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La guerra de Trump II

/ 29 de noviembre de 2020 / 00:30

Todos sabíamos que Trump reaccionaría mal ante una derrota. Pero su negativa a admitirla, la destructividad de su berrinche y la disposición de casi todo el Partido Republicano a consentirlo han sobrepasado hasta las expectativas de los pesimistas.

Aun así, es muy poco probable que Trump logre cambiar los resultados de las elecciones. Sin embargo, está haciendo todo lo que puede para arruinar a Estados Unidos antes de irse, en lo poco y en lo mucho. Entre otras cosas, sus funcionarios ya están tratando de sabotear la economía, preparando el escenario para una posible crisis financiera durante el mandato de Joe Biden.

Para los que no están enterados, el anuncio repentino de Steven Mnuchin, el secretario del Tesoro, de que pondrá fin al apoyo para varios programas de préstamo creados en marzo quizá no parezca un gran problema. Después de todo, los mercados financieros no están en crisis. De hecho, en un desafío a la predicción de Trump de que “sus planes de ahorro 401(k) se irán al diablo” si perdía, las acciones han aumentado desde la victoria de Biden. Además, buena parte del dinero asignado a esos programas, de hecho, nunca se usó. Entonces, ¿cuál es el problema?

Pues bien, la Reserva Federal, que administra esos programas, se ha opuesto enérgicamente, con justa razón. Verán, la Reserva Federal sabe mucho sobre crisis financieras y lo que se necesita para detenerlas, y Mnuchin está privando a la nación de herramientas que podrían ser fundamentales en los meses o años por venir.

En los viejos tiempos, lo que llamamos crisis financiera por lo general se denominaba “pánico”, como el Pánico de 1907, el acontecimiento que condujo a la creación de la Reserva Federal. Las causas de los pánicos varían mucho; algunos no tienen una causa visible. En todos hay una pérdida de confianza que congela el flujo de dinero en la economía, a menudo con efectos catastróficos para el crecimiento y los empleos. Los pánicos no necesariamente reflejan la psicología popular, aunque algunas veces ésta tiene que ver. Con mayor frecuencia hablamos de profecías autocumplidas, en las que las acciones individualmente racionales producen un resultado colectivo desastroso.

Ahí es donde entran las agencias como la Reserva Federal. Sabemos desde el siglo XIX que tales agencias pueden y deben prestar dinero a los actores que lo necesitan con urgencia durante el pánico financiero, a fin de detener la espiral de la muerte. ¿Cuántos préstamos se necesitan para frenar un pánico? A menudo, no son tantos. De hecho, muchas veces los pánicos terminan con la sola promesa de que se proveerá el efectivo de ser necesario, sin la necesidad de firmar los cheques en realidad.

Tal vez la nueva ola de coronavirus no provoque una segunda crisis financiera; después de todo, ahora sabemos que una vacuna está en camino. No obstante, el riesgo de que haya una crisis no ha desaparecido y es una tontería privarnos de las herramientas que podríamos necesitar para luchar contra esa crisis. La afirmación de Mnuchin de que el dinero ya no es necesario no tiene sentido, y no está claro si su sucesor podrá revertir con facilidad sus acciones. Dado todo lo demás que está sucediendo, es difícil ver la decisión de Mnuchin como algo más que un acto de vandalismo, un intento de aumentar las probabilidades de un desastre con el sucesor de Trump.

El asunto es que, hasta esta última jugada, parecía que Mnuchin podría ser uno de los pocos funcionarios que se las ingenió para acabar su servicio al mando de Trump sin destruir su reputación por completo. Bueno, olvídense de eso: ya forma parte de las filas de los leales a Trump decididos a destrozar al país antes de irse.

*es Premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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El coronavirus, el clima y el poder de la negación

/ 18 de noviembre de 2020 / 01:27

Las elecciones de 2020 terminaron. Y los grandes ganadores fueron el coronavirus y es muy probable que el cambio climático catastrófico.

Bueno, también ganó la democracia, al menos por ahora. Al derrotar a Donald Trump, Joe Biden nos salvó de caer en el abismo de un gobierno autoritario.

Sin embargo, el castigo de Trump fue menor al esperado por su mortífero fracaso para enfrentar el COVID-19 y pocos republicanos parecen haber recibido algún castigo. Como decía un encabezado de The Washington Post: With pandemic raging, Republicans say election results validate their approach (Aun con la pandemia arrasando, los republicanos dicen que los resultados electorales validan su estrategia).

Y su estrategia, en caso de que no lo sepan, ha sido la negación y la negativa a tomar incluso las precauciones más básicas y de bajo costo, como pedirle a la gente que use cubrebocas en los espacios públicos.

Las consecuencias epidemiológicas de esta irresponsabilidad cínica serán desastrosas. No estoy seguro de cuánta gente se da cuenta de lo terrible que va a ser este invierno.

Las muertes por COVID-19 tienden a retrasarse unas tres semanas con respecto a los nuevos casos; dado el crecimiento exponencial de los casos desde el principio del otoño, que no ha disminuido en absoluto, esto significa que, para fin de año, podría haber miles de muertes diarias. Y recuerden, muchos de los que sobreviven al COVID-19 sufren daños permanentes en la salud.

Para ser justos, las noticias sobre la vacuna han sido muy buenas y parece probable que por fin lograremos controlar la pandemia en algún momento del año que viene. No obstante, podría haber cientos de miles de muertes de estadounidenses, muchas de ellas evitables, antes de que la vacuna se distribuya de manera generalizada.

Sin embargo, por muy horrible que sea el panorama de la pandemia, lo que más me preocupa es lo que nuestra respuesta fallida dice sobre las posibilidades de enfrentar un problema mucho más grande que plantea una amenaza existencial para la civilización: el cambio climático.

Como muchas personas han señalado, el cambio climático es un problema inherentemente difícil de abordar, no en lo económico, sino en lo político.

Los políticos de derecha siempre afirman que tomarse el clima en serio condenaría la economía, pero la verdad es que, a estas alturas, la economía de la acción climática parece bastante benévola. Los espectaculares avances en la tecnología de las energías renovables hacen que sea bastante fácil ver cómo la economía puede deshacerse de los combustibles fósiles. Un análisis reciente del Fondo Monetario Internacional sugiere que, si acaso, el “impulso de la infraestructura verde” llevaría a un crecimiento económico más rápido en las próximas décadas.

No obstante, las medidas climáticas siguen siendo muy difíciles en términos políticos dado: (a) el poder de los intereses especiales y (b) el vínculo indirecto entre los costos y los beneficios.

Consideremos, por ejemplo, el problema que plantean las fugas de metano en los pozos de fracturación hidráulica. Una mejor aplicación de la ley para limitar esas fugas tendría enormes beneficios, pero se extenderían en el tiempo y el espacio. ¿Cómo se consigue que la gente de Texas acepte incluso un pequeño aumento de los costos ahora, cuando el resultado incluye, por ejemplo, una reducción en la probabilidad de que haya tormentas destructivas en una década y a medio mundo de distancia?

Estos resultados indirectos hacen que muchos de nosotros seamos pesimistas en cuanto a las posibilidades de la acción climática. Sin embargo, el COVID-19 sugiere que nuestro pesimismo quedó corto.

Después de todo, las consecuencias de un comportamiento irresponsable durante una pandemia son mucho más evidentes e inmediatas que los costos de la inacción climática. Reúnan a un grupo de personas sin cubrebocas en un espacio cerrado (por ejemplo, la Casa Blanca de Trump) y tal vez vean un aumento repentino en las infecciones tan solo unas semanas después. Podrían ver que ese aumento repentino tendría lugar en su propio vecindario y muy posiblemente afectaría a gente que conocen.

Además, es mucho más fácil desacreditar a los que niegan la existencia del coronavirus que a los que niegan el cambio climático: basta con señalar las muchas muchas veces que estos negadores afirmaron de manera falsa que la enfermedad estaba a punto de desaparecer.

Así que lograr que la gente actúe de manera responsable contra el coronavirus debiera ser mucho más fácil que actuar contra el cambio climático. Sin embargo, en lugar de eso, vemos una negativa generalizada a reconocer los riesgos, acusaciones de que las normas baratas y de sentido común ―como el uso de cubrebocas― constituyen una “tiranía” y amenazas violentas contra los servidores públicos.

Entonces, ¿qué creen que pasará cuando el gobierno de Biden trate de hacer del clima una prioridad?

El único factor mitigante de la política del clima que puedo ver es que, a diferencia de la lucha contra una pandemia, que, en esencia, consiste en decirle a la gente lo que no puede hacer, debería ser posible enmarcar al menos alguna acción climática como algo positivo en lugar de negativo: invertir en un futuro verde y crear nuevos puestos de trabajo en el proceso, en lugar de solo exigir que la gente acepte nuevos límites y pague precios más elevados.

Por cierto, quizá esta sea la principal razón para esperar que los demócratas ganen las elecciones de segunda vuelta en Georgia. La política climática de verdad necesita promoverse como parte de un paquete que también incluya una inversión más amplia en infraestructura y creación de empleos y, simple y sencillamente, eso no sucederá si Mitch McConnell sigue siendo capaz de bloquear la legislación.

Es evidente que tenemos que seguir tratando de evitar un apocalipsis climático, y no, eso no es una hipérbole. Aun cuando las elecciones de 2020 no fueron sobre el clima, hasta cierto punto fueron sobre la pandemia, y los resultados hacen que nos sea difícil ver el futuro con optimismo.

Paul Krugman es Premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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Senado republicano, malo para los negocios

/ 15 de noviembre de 2020 / 23:47

Así que la ola azul no cumplió con las expectativas. Joe Biden será el próximo presidente, pero a menos que los demócratas logren una victoria en la segunda vuelta del Senado de Georgia —lo cual, para ser justos, podrían hacer, dada la notable fuerza de sus esfuerzos de organización allí— Mitch McConnell seguirá siendo el líder de la mayoría del Senado.

Las grandes empresas parecen estar contentas con este resultado. El mercado de valores estaba en ascenso incluso antes de que recibiéramos buenas noticias sobre las perspectivas de una vacuna contra el coronavirus. Los intereses corporativos parecen imaginar que florecerán bajo una presidencia de Biden con el contrapeso del control republicano del Senado. Sin embargo, las grandes empresas se equivocan. Es muy probable que un gobierno dividido signifique una parálisis en un momento en el cual necesitamos acciones fuertes con urgencia.

¿Por qué? A pesar de las noticias de la vacuna, de todos modos nos dirigimos hacia un invierno pandémico de pesadilla, que puede empeorar aún más, en términos humanos y económicos, si un Senado republicano obstruye la respuesta del gobierno de Biden.

Primero, la pandemia: con gran parte de la atención del público centrada ya sea en los últimos esfuerzos desesperados de Donald Trump para robarse las elecciones o en la esperanza de que una vacuna nos permita reanudar la vida normal, no estoy seguro de cuánta gente se da cuenta de lo ruinoso que es el panorama al que nos enfrentamos en los próximos meses. En la última semana, los estadounidenses han muerto de COVID-19 a un ritmo de más de 1.000 al día. Sin embargo, en términos generales, el recuento de las muertes tiene un rezago de unas cuantas semanas con respecto a los casos reportados, y el número diario de nuevos casos se ha duplicado en las últimas tres semanas. Esto significa que es casi seguro que en algún momento del mes que viene habrá 2.000 muertes diarias.

Y el número de nuevos casos sigue aumentando de manera exponencial, por lo que las cosas se pondrán mucho, mucho peor en los meses próximos, en especial porque hasta el 20 de enero no tendremos, a efectos prácticos, un presidente. Para cuando Biden tome protesta, bien podríamos estar teniendo el equivalente a un 11 de septiembre todos los días.

Además de traer muerte, así como daños a la salud a largo plazo, la pandemia que se dispara traerá consigo inmensas dificultades económicas. Es evidente que necesitamos un extenso programa de asistencia en caso de desastre, que proporcione a las familias, las empresas y, no menos importante, a los gobiernos estatales y locales la ayuda que necesitan para evitar la ruina financiera hasta que llegue una vacuna. Y tal vez piensen que un Senado republicano estaría dispuesto a trabajar con el gobierno de Biden en un programa tan necesario a todas luces.

Es decir, tal vez piensen eso si han pasado los últimos 12 años escondidos en una cueva.

Recuerden, McConnell dijo aquella famosa frase: “Lo más importante que queremos lograr es que el presidente Obama sea un presidente de un solo mandato”, en octubre de 2010, en un momento de lenta recuperación y un desempleo exorbitante. ¿Por qué esperar mayor cooperación de su parte, más disposición a actuar en el interés nacional, cuando millones de seguidores de Trump sin futuro acusan a los republicanos de la clase dominante de apuñalar a su héroe por la espalda? Siendo realistas, lo máximo que podemos esperar es un paquete de asistencia tacaño que diste mucho de ser lo que Estados Unidos necesita.

La buena noticia es que la miseria disminuirá cuando la vacuna logre distribuirse de manera generalizada. De hecho, tal vez veamos una fuerte recuperación de los empleos a finales del año que viene. Sin embargo, ese no será el final de la historia. Antes de que el coronavirus atacara, Estados Unidos tenía un nivel de desempleo bajo, pero nuestra prosperidad a corto plazo (y de distribución desigual) ocultaba hasta qué punto estábamos descuidando nuestro futuro. Necesitamos desesperadamente gastar billones en reparar nuestra infraestructura ruinosa, cuidar de nuestros niños y satisfacer la urgente necesidad de actuar contra el cambio climático.

¿Qué tanto de ese gasto fundamental aceptará un Senado republicano? Cero, es la respuesta más atinada. Después de todo, McConnell bloqueó el gasto en infraestructura incluso cuando Trump estaba en la Casa Blanca y la inversión pública podría haber ayudado a mantenerlo en el cargo. Ahora, lo que es malo para Estados Unidos no necesariamente es malo para las corporaciones. Sin embargo, dado donde estamos, un gobierno dividido significaría la parálisis en un momento de crisis, lo que podría ser catastrófico para todos. La verdad es que, incluso por interés propio, los grandes capitales deberían estar apoyando a los demócratas en las elecciones de segunda vuelta de Georgia.

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Las mentiras y los mítines de Trump

Donald Trump miente mucho. No obstante, en las últimas semanas, hemos cruzado una especie de umbral.

/ 1 de noviembre de 2020 / 01:46

Donald Trump miente mucho. No obstante, en las últimas semanas, hemos cruzado una especie de umbral. Ya no pesa tanto que Trump esté mintiendo, sino que las mentiras se han vuelto cualitativamente diferentes, incluso más flagrantes y cada vez más desvinculadas de cualquier estrategia política plausible.

Antes, las mentiras de Trump solían ser como sus repetidas afirmaciones de que estaba a punto de dar a conocer un plan de atención médica que sería mucho mejor y más barato que Obamacare, además de que protegería a las personas con enfermedades preexistentes.

Quienes seguíamos de cerca el asunto sabíamos que no existía tal plan; de hecho, que no podía existir, dada la lógica del seguro médico. También sabíamos que Trump había hecho la misma promesa muchas veces, pero nunca la había cumplido.

Sin embargo, los electores ordinarios no son expertos en políticas sanitarias y podrían no recordar todas esas promesas incumplidas, así que al menos existía la posibilidad de engañar a algunas personas.

En cierto sentido, las afirmaciones de Trump de que es víctima de una vasta conspiración del “estado profundo” eran similares. A simple vista, eran tonterías para la gente familiarizada con el funcionamiento del gobierno, pero muchos electores no son expertos en educación cívica, y las teorías conspirativas (al igual que sus afirmaciones de que todos los reportajes negativos son “noticias falsas”) ayudaron a protegerlo de hechos incómodos.

No obstante, las mentiras recientes de Trump han sido distintas. El martes, la oficina de ciencia de la Casa Blanca fue más allá de las afirmaciones de rutina de Trump de que estamos “doblando la esquina” al coronavirus y declaró que uno de los mayores logros del gobierno fue “terminar con la pandemia de COVID-19”.

¿A quién se suponía que iba a convencer eso, cuando casi todo el mundo es consciente no solo de que la pandemia continúa sino también de que los casos de coronavirus y las hospitalizaciones están aumentando? Todo lo que hizo fue hacer que Trump pareciera estar aún más fuera de la realidad.

Espera, se pone peor. En el debate de la semana pasada, Trump declaró que Nueva York es una “ciudad fantasma”. Ocho millones de personas pueden ver con sus propios ojos que no lo es.

El miércoles, en Arizona, Trump despotricó sobre California, donde “tienen un cubrebocas especial. Sin importar las circunstancias, no es posible quitárselo. Tienes que comer con el cubrebocas puesto. ¿Verdad, verdad, Charlie? Es un mecanismo muy complejo”. Como pueden afirmar 39 millones de residentes de California, no existe nada ni remotamente parecido.

De nuevo, ¿a quién se supone que esto debe convencer? Es difícil ver las ventajas políticas de estas confabulaciones ridículas, que exigen que la gente rechace su propia experiencia directa. Todo lo que hacen (odio decir esto, pero es obvio) es poner en duda la estabilidad del presidente.

Entonces, ¿qué está pasando? Trump no sería el primer político en responder de manera negativa ante una derrota electoral. “Ya no tendrán a Nixon para que ande por ahí dando ideas”. Recuerden también que Roy Moore, vencido en la elección especial del Senado de Alabama en 2017, nunca reconoció su derrota.

De hecho, casi todo el mundo espera que Trump haga la madre de todas las rabietas y posiblemente incluya llamados a la violencia, si, en efecto, pierde la semana que viene. Hasta cierto punto, puede que solo esté anticipándose.

No obstante, yo también argumentaría que está sucediendo algo más grave. Lo que Trump ha estado revelando, como nunca antes, es que tiene una mentalidad totalitaria.

Después de esas extrañas declaraciones sobre los cubrebocas de California, releí el clásico ensayo de George Orwell ‘Recordando la guerra española’. Observando a los fascistas españoles y sus compañeros de viaje —¡a los que se sumaban muchos en la prensa británica!— a Orwell le preocupó que “el concepto mismo de ‘verdad objetiva’ se está desvaneciendo en el mundo”. Temía un futuro en el que, si el gobernante “dice que dos y dos son cinco, entonces dos y dos son cinco”.

El punto es que para Trump y muchos de sus seguidores, ese futuro ya está aquí. ¿Trump cree que hay algo de verdad en sus extrañas afirmaciones de que los californianos están siendo obligados a comer a través de complejos cubrebocas? Esa es una mala pregunta porque no acepta que exista esa cosa llamada verdad objetiva. Hay cosas que quiere creer, y cree; hay otras que no quiere creer, y no las cree.

Lo temible de todo esto no es solo la posibilidad de que Trump gane, o se robe, un segundo mandato, sino el hecho de que casi todo su partido, y decenas de millones de votantes, parecen estar totalmente dispuestos a seguirlo al abismo.

De hecho, la actual estrategia republicana se basa casi enteramente en tratar de asustar a los electores con cosas malas que no están sucediendo —como una vasta ola de violencia anarquista que está arrasando con las ciudades estadounidenses— mientras ignoran las cosas malas que sí están sucediendo, como la pandemia y el cambio climático.

Esta estrategia puede o no funcionar; este año tal vez no lo haga, pero, de cualquier manera, envenenará la vida política de Estados Unidos durante muchos años más.

*Paul Krugman es Premio Nobel de Economía

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