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viernes 17 sep 2021 | Actualizado a 21:52

Peligroso duelo contra China y Persia

Trump ha involucrado a EEUU en una lucha titánica contra dos de las civilizaciones más antiguas del mundo.

/ 6 de julio de 2019 / 00:01

Si están tratando de seguir la política exterior del Presidente de Estados Unidos, permíteme hacer el intento de resumirla. Trump ha involucrado a EEUU en una lucha titánica para dar una nueva forma al comportamiento moderno a dos de las civilizaciones más antiguas del mundo, Persia y China. Presionarlas para que cambien no es una locura. La locura es emprender esa enorme labor sin metas bien definidas, sin aliados que ayuden a lograr esos objetivos, sin un sólido y coherente equipo de seguridad nacional y sin un plan para sincronizar todos los objetivos divergentes en política exterior de la administración Trump.

Después de todo, Trump ha roto de forma unilateral el acuerdo de desnuclearización de 2015 entre Irán y las principales potencias, y a la vez está intentando persuadir al dictador de Corea del Norte, Kim Jong-un, de firmar otro acuerdo de desnuclearización, el cual se supone que sí va a honrar. Trump está sancionando a China con el comercio, mientras intenta reclutar su ayuda para desnuclearizar a Corea del Norte. Está imponiendo aranceles al acero y al aluminio de los aliados europeos, pero al mismo tiempo necesita su ayuda para enfrentar a China en el tema del comercio y a Irán en el de las bombas nucleares. Además, estuvo a 10 minutos de bombardear Irán, pero tuvo la sensatez de dar marcha atrás, en represalia por el derribo de un dron estadounidense; en una época en la que, sin la cooperación iraní, no podemos estabilizar a Irak ni salir de Afganistán sin dejar un caos detrás.

No obstante, estamos donde estamos, y le reconoceré algo a Trump: ha hecho sufrir de verdad a Irán (al sofocar su producción petrolera mediante sanciones) y a China, con $us 250.000 millones en aranceles a sus exportaciones a EEUU y la prohibición a los productos de su principal empresa de telecomunicaciones, Huawei. En resumen, Trump ha creado una ventaja real para acuerdos transaccionales y transformativos con ambos países.

A veces es bueno tener un presidente un poco loco. ¿Quién más habría exprimido al mismo tiempo a Pekín y a Teherán con esta fuerza? Sin embargo, no es bueno tener un presidente muy loco, capaz de crear sufrimiento sin objetivos claros; que insiste en que siempre se le considere el ganador y al de enfrente, el perdedor, sin ninguna ruta de escape por medio de acuerdos. ¿Trump quiere un cambio de régimen en Irán o solo un cambio de comportamiento? ¿Quiere reducir el déficit comercial con China o solo tener un acceso justo para nuestras empresas? No me queda claro y no parece quedarle claro a él.

La gran pregunta es ¿Trump tiene la disciplina, la paciencia y la habilidad suficientes (de ahí el escepticismo) para convertir el sufrimiento que les ha impuesto en ganancias específicas, tangibles y duraderas para Estados Unidos? Porque China e Irán son dos problemas muy diferentes. China crea cosas verdaderamente valiosas, mientras que Irán crea problemas verdaderamente preocupantes.

China apunta a dominar las dos industrias más importantes del siglo XXI: la inteligencia artificial y los autos eléctricos. Tiene la intención de usar la inteligencia artificial para perfeccionar su control autoritario en casa, y los autos eléctricos y las baterías para librarse de la dependencia del “viejo petróleo” del siglo pasado. China sabe que la información es el “nuevo petróleo”. Así que el país que tenga el Gobierno y las empresas que capten la mayor cantidad de datos, los analicen y optimicen será la superpotencia de este siglo.

En contraste, Irán está dirigido por un clérigo envejecido y de mente cerrada que se ha concentrado en adquirir la tecnología más persuasiva del siglo XX, el armamento nuclear, para dominar su región, sacar a EEUU y ganar la lucha contra los árabes sunitas; a fin de saber quién es el heredero legítimo del profeta Mahoma, del siglo VII: los chiitas o los sunitas. En el proceso, los líderes clericales de Irán están reprimiendo a un pueblo, de un talento inmenso y de una rica cultura, al impedirle alcanzar todo su potencial.

Irán también depende casi por completo de la venta del energético que ha proporcionado energía al siglo XX: el petróleo. Buena suerte con eso. En la actualidad, EEUU es el principal productor de crudo del mundo, no Arabia Saudita ni Rusia. Si Irán hunde buques petroleros en el golfo Pérsico, creará filas para la gasolina en China, no en EEUU.

Por todas estas razones, podemos conformarnos con un acuerdo transaccional con Irán, pero necesitamos un acuerdo transformativo con China. Si Trump es inteligente, no tardará en usar su ventaja para firmar un acuerdo limitado con Irán. Con el despliegue reducido que EEUU tiene en este momento en Medio Oriente, no debería interesarle una guerra con Teherán, mucho menos su “erradicación”, como ha amenazado si Irán ataca a las fuerzas estadounidenses en la región.

Trump debería invitar al Reino Unido, Francia, Alemania, Rusia y China (suscriptores junto a EEUU del acuerdo nuclear de 2015 que Trump hizo trizas) para que se nos unan a fin de mejorar ese convenio con una simple oferta: EEUU suspenderá las sanciones petroleras si Teherán acepta extender las restricciones a su capacidad de fabricación de una bomba nuclear de los 15 años originales a 30 años y si accede a una prohibición de las pruebas de los misiles iraníes que puedan llegar más allá del Medio Oriente.

Alejar a Irán y a los Estados árabes de las armas nucleares un par de décadas más sería un buen logro. Podría ser una simple        transacción, fácil de verificar, y una a la que nuestros aliados podrían adherirse, así como China y Rusia. Debido a la penuria económica que está padeciendo, Irán la pasaría muy mal si dijera que no. Luego, nos podríamos relajar y permitir que la transformación surja desde dentro de Irán, el único lugar de donde puede emerger, a través de su propia gente, la que merece una mejor vida y que con el tiempo se deshará del régimen que los sofoca. Nosotros, los forasteros, no podemos apresurar la historia iraní. Intentar forzar un cambio de régimen en Irán podría desatar disturbios y refugiados de proporciones inmensas.

Una vez que hayamos restringido el programa nuclear iraní a 30 años, nuestro interés calculador debería ser no enredarnos con mayor profundidad en las patologías de Medio Oriente. Israel se puede cuidar solo. Además, podemos armar a los árabes sunitas para mantener a raya al régimen de los ayatolás. Irán ciertamente es un mal actor, pero Arabia Saudita también lo es. Por citar dos casos: asesinó, desmembró y en apariencia hirvió en ácido al periodista Jamal Khashoggi y ha encarcelado a mujeres que han presionado por tener el derecho a conducir automóviles. La perspectiva de Karim Sadjadpour, un experto en el Medio Oriente del Fondo Carnegie, siempre se debe tener muy presente: “Estados Unidos tiene malos enemigos en Medio Oriente. También tiene malos aliados”.

 China representa un desafío mucho más profundo. En términos sencillos, China salió de la pobreza usando una estrategia de trabajo duro, gratificaciones demoradas, inversiones inteligentes en infraestructura y educación, grandes inversiones en investigación y fabricando las innovaciones de otros. Al mismo tiempo, robó la propiedad intelectual de otros, forzó transferencias de tecnología de las empresas que hacen negocios en ese país, impuso acuerdos comerciales no recíprocos, ofreció enormes subsidios gubernamentales a sus exportadores e ignoró las resoluciones de la OMC. Sería una locura de nuestra parte permitir que ahora China use esas mismas prácticas abusivas, que empleó para dominar la manufactura y el ensamblado de productos de márgenes bajos y volúmenes altos, para competir directamente por las tecnologías de alto valor agregado y altos márgenes del siglo XXI, como las telecomunicaciones 5G, los nuevos materiales, la inteligencia artificial, la industria aeroespacial y los microchips.

Pero el actual modelo de crecimiento chino, tanto sus fortalezas como sus abusos, es crucial para mantener en el poder al Partido Comunista. No es algo que Pekín abandonará con facilidad. Por esta razón, creo que el mercado está subestimando cuán difícil será lograr cualquier tipo de acuerdo transformativo que obligue a China a abandonar por completo esos abusos. Además, un pequeño acuerdo transaccional no servirá.

Y por eso insisto: este no es un momento común y corriente. Lo que está en riesgo con Trump y China es el tipo de economía global que tendremos de ahora en adelante. Lo que está en riesgo con Irán es el tipo de régimen de no proliferación nuclear que tendremos a nivel mundial de ahora en adelante. Los riesgos simplemente no podrían ser más altos, por eso creo que 2019 será un año fundamental, como 1945 y 1989. Solo espero que termine igual de bien.

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EEUU y la política de Medio Oriente

/ 16 de septiembre de 2021 / 01:16

Algún día, dentro de mil años, cuando los arqueólogos desentierren esta era, de seguro se preguntarán cómo fue que una gran potencia llamada Estados Unidos se propuso lograr que Medio Oriente se pareciera más a ella —adoptar el pluralismo y el Estado de derecho— pero terminó pareciéndose más a Medio Oriente, es decir, imitando sus peores costumbres e introduciendo un nivel nuevo de anarquía en su política interna.

Es posible que los habitantes de Medio Oriente denominen “chiitas” y “sunitas” a sus tribus y que los estadounidenses les llamen “demócratas” y “republicanos”, pero parece que ambos operan cada vez más con una mentalidad conformista de nosotros contra ellos, aunque con distintos niveles de intensidad. El tribalismo republicano extremo se aceleró muchísimo cuando en la tribu del Partido Republicano empezó a predominar una base de cristianos, blancos en su mayoría, que temían que su arraigada supremacía en la estructura del poder de Estados Unidos se estuviera erosionando con el rápido cambio de las normas sociales, el aumento de la inmigración y la globalización, lo cual provocó que ya no se sintieran “en casa” en su propio país.

Para manifestarlo, se interesaron en Donald Trump quien, con mucho entusiasmo, les dio voz a sus más oscuros temores y a su fuerza tribal que intensificaron la búsqueda de un gobierno de la minoría por parte de la derecha. Y debido a que esta facción de Trump llegó a predominar en la base, incluso los republicanos que solían tener principios también se unieron sin mucha resistencia a su mayoría y adoptaron la filosofía central que rige la política tribal en Afganistán y el mundo árabe: el “otro” es el enemigo, no un conciudadano, y las únicas dos opciones son “mandar o morir”.

Les advierto que los arqueólogos también observarán que los demócratas mostraron su propio tipo de obsesión tribal, como el estridente pensamiento compartido de los progresistas de las universidades estadounidenses del siglo XXI. En concreto, hubo pruebas de que se “neutralizó” a los profesores, los administradores y los estudiantes, ya sea haciéndolos callar o expulsándolos del campus por expresar, incluso de manera moderada, opiniones disidentes o conservadoras sobre la política, la raza, el género o la identidad sexual. Una epidemia de corrección política tribal procedente de la izquierda solo sirvió para estimular la solidaridad tribal en la derecha.

Pero ¿qué fue lo que provocó el giro del pluralismo tradicional al feroz tribalismo en Estados Unidos y en muchas otras democracias? Mi respuesta breve es que, hoy en día, se ha vuelto mucho más difícil mantener la democracia debido a las redes sociales que de manera constante están polarizando a las personas, a la globalización, al cambio climático, a la guerra contra el terrorismo, a las brechas salariales cada vez más grandes y a las innovaciones tecnológicas que con rapidez sustituyen los empleos que las alteran de manera constante. Y, además, la pandemia.

Lo que más me asusta es lo mucho que ahora este virus del tribalismo está contagiando a algunas de las democracias multisectoriales más vigorosas del mundo, como India e Israel, así como Brasil, Hungría y Polonia.

El hecho de que las democracias de todo el mundo estén siendo contagiadas por este virus del tribalismo no podría estar sucediendo en un peor momento, un momento en que todas las comunidades, empresas y países van a tener que adaptarse a la aceleración del cambio tecnológico, de la globalización y del cambio climático. Y eso solo puede hacerse de manera eficaz dentro de los países y entre ellos mediante niveles más altos de cooperación entre las empresas, la mano de obra, los educadores, los emprendedores sociales y los gobiernos, nada de “mandar o morir” ni de “tiene que ser como yo digo”.

Tenemos que hallar pronto el antídoto para este tribalismo, de lo contrario, el futuro es muy desalentador para las democracias de todo el mundo

Thomas L. Friedman es columnista de The New York Times.

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En las elecciones hubo un perdedor: Estados Unidos

/ 6 de noviembre de 2020 / 03:42

Todavía no sabemos quién es el ganador de las elecciones presidenciales. Pero ya sabemos quién es el perdedor: Estados Unidos.

Acabamos de vivir cuatro años de la presidencia más divisiva y deshonesta en la historia de Estados Unidos, una que atacó los dos pilares de nuestra democracia: la verdad y la confianza. Donald Trump no ha pasado un solo día de su mandato tratando de ser el presidente de todo el pueblo y ha roto las reglas y destrozado las normas de una manera que ningún mandatario se ha atrevido; como anoche, cuando advirtió falsamente de un fraude electoral y convocó a la Corte Suprema a intervenir y detener la votación, como si tal cosa fuera remotamente posible.

“De hecho, nosotros ganamos esta elección”, declaró Trump al tiempo en que millones de boletas todavía faltaban de contar en Wisconsin, Michigan, Pensilvania, Georgia, Arizona y Nevada.

“Iremos a la Corte Suprema de Estados Unidos”, agregó Trump, sin explicar cómo ni con qué bases. “Queremos que detengan los votos”.

¿Queremos que detengan los votos? No se puede hacer esto.

Pero si Joe Biden gana —y es posible que no lo sepamos por varios días— puede ser solo por una pequeña fracción de votos en algunos estados clave. Aunque probablemente gane el voto popular, no habrá una victoria aplastante, ninguna mayoría abrumadora que le diga a Trump y a quienes lo rodean que ya es suficiente: vete y no vuelvas a traer ese tipo de política divisoria al país nunca más.

“Como sea que quede la votación final, ya quedó claro que la cantidad de estadounidenses que dicen ‘ya es suficiente’ no fue suficiente”, dijo Dov Seidman, experto en liderazgo y autor del libro How: Why How We Do Anything Means Everything.

“No hubo una ola política azul”, agregó, refiriéndose al color asignado al Partido Demócrata. “Pero, lo que es más importante, no hubo una ola moral. No hubo un rechazo generalizado del tipo de liderazgo que nos divide, especialmente durante una pandemia”.

Somos un país con diversas fracturas compuestas, por lo que ya no podemos optar por hacer algo ambicioso —como poner a un hombre en la Luna—, porque las misiones ambiciosas deben hacerse juntos. Ni siquiera podemos unirnos en usar mascarillas durante una pandemia, pese a que los expertos de salud nos han dicho que hacerlo salvaría vidas. Sería tan simple, fácil y patriótico decir: “Yo te protejo y tú me proteges”. Y, sin embargo, no podemos hacerlo.

Esta elección, en todo caso, resaltó nuestras fracturas. El presidente se presentó como el líder de la cada vez menor mayoría blanca de Estados Unidos. A pesar de su comportamiento nocivo en el cargo, es imposible explicar el respaldo continuo que ha mantenido sin señalar dos cifras:

La Oficina del Censo de Estados Unidos estima que, para mediados de este año, las personas no blancas conformarán la mayoría de los 74 millones de niños del país. Al mismo tiempo, se proyecta que en algún momento de la década de 2040, las personas blancas serán el 49% de la población estadounidense, mientras que las personas latinas, negras, asiáticas y las poblaciones multirraciales constituirán el 51%.

Sin duda hay malestar, e incluso resistencia, entre muchas personas blancas, en particular hombres de clase trabajadora sin título universitario, al hecho de que nuestra nación se mantiene en un proceso estable de convertirse en un país “con minoría blanca”. Ellos ven a Trump como un baluarte contra las implicaciones sociales, culturales y económicas de esa realidad.

Lo que muchos demócratas ven como una tendencia positiva —un país que se concientiza sobre el racismo estructural y que aprende a aceptar y celebrar la creciente diversidad—, muchas personas blancas lo perciben como una amenaza cultural esencial.

Y eso está impulsando otra tendencia letal que esta contienda reforzó.

“Muchos senadores y representantes republicanos —como Lindsey Graham por Carolina del Sur y John Cornyn por Texas— ganaron sus elecciones al abrazar a Trump”, dijo Gautam Mukunda, autor de Indispensable: When Leaders Really Matter. “Eso significa que el trumpismo es el futuro del Partido Republicano (GOP). Lo que es peculiar del trumpismo es que ni siquiera intenta obtener el apoyo de la mayoría de los estadounidenses. Por lo tanto, el GOP continuará con la estrategia de usar todas las formas legales, aunque profundamente dañinas para la democracia, de controlar el poder a pesar de que la mayoría de los estadounidenses voten en contra. Un ejemplo es la forma en que acaban de introducir a dos jueces en la Corte Suprema”.

Esto quiere decir que las tensiones que existen sobre el sistema de gobierno estadounidense van a seguir aumentando, agregó Mukunda, porque, en nuestro anticuado sistema electoral, los republicanos pueden en teoría controlar tanto la Casa Blanca y el Senado a pesar de los deseos de una gran mayoría del pueblo estadounidense. “Ningún sistema puede sobrevivir a ese tipo de presión”, dijo. “Se quebrará en algún momento”.

Incluso si gana Biden, no hay señales que sugieran que los republicanos quieran repensar esta estrategia política que perfeccionaron con Trump.

Pero los demócratas también tienen mucho que repensar, advierte Michael Sandel, profesor de Harvard y autor de The Tyranny of Merit: What’s Become of the Common Good.

“Aunque Joe Biden destacó sus simpatías y raíces en la clase trabajadora”, me dijo Sandel, “el Partido Demócrata sigue estando más identificado con las élites profesionales y los votantes con educación universitaria que con los votantes trabajadores que alguna vez formaron su base”. Incluso un episodio tan trascendental como una pandemia, en el que Trump fracasó, no cambió esta situación. Los demócratas deben preguntarse: ¿Por qué tantos trabajadores apoyan a un plutócrata populista cuyas políticas casi no los ayudan? Los demócratas deben poner atención a la sensación de humillación que sienten las personas de la clase trabajadora que consideran que la economía los ha perjudicado y que las élites con títulos los menosprecian”.

Una vez más, aunque Biden logró pequeños avances con los votantes de la clase trabajadora, no parece haber un cambio sustancial. Tal vez porque muchos votantes de clase trabajadora de Trump no solo se sienten menospreciados, sino que también resienten lo que ven como censura cultural de las élites liberales que se gradúan de las universidades.

“Trump es, para bien o para mal, el principal símbolo de resistencia a la marea cultural abrumadora que se ha extendido por los medios, la academia, las empresas estadounidenses, Hollywood, el deporte profesional, las grandes organizaciones y casi todo lo que hay en el medio”, escribió Rich Lowry, editor de la revista National Review, en un ensayo publicado el 26 de octubre.

“Dicho de manera directa”, continua Lowry, “para mucha gente, él es la única señal que tienen a la mano para quejarse de las personas que, asumen, tienen el dominio en la cultura estadounidense. Puede que no sea una muy buena razón para votar por un presidente, y no justifica la pésima conducta y mala gestión de Trump”.

Esta elección revela que esa postura sigue vigente entre los votantes de Trump.

Confieso que las conversaciones más difíciles que tuve anoche fueron con mis hijas. Tengo muchas ganas de decirles que todo va a estar bien, que hemos pasado por malos momentos como país antes. Y espero que esta vez sea así: que quien gane estas elecciones llegue a la conclusión correcta, que no podemos seguir destrozándonos unos a otros de esta manera.

Pero, con toda honestidad, no podía decirles eso con seguridad. Estoy seguro de que, como dice la expresión, “los mejores ángeles de nuestra naturaleza” todavía existen, pero nuestra política y nuestro sistema político ahora mismo no los están inspirando a salir en la cantidad y velocidad que necesitamos con urgencia.

Thomas L. Friedman es columnista de The New York Times.

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Cuando mi presidente cantó ‘Amazing Grace’

Donald Trump ha degradado tanto la decencia que hemos olvidado qué es normal en un presidente estadounidense.

/ 2 de noviembre de 2020 / 00:59

Esta es mi última columna regular antes del día de las elecciones, así que ¿qué queda por decir? En vez de darte una respuesta, permíteme dejarte una inquietud: según yo, la gran pregunta es qué harías si tu hijo llega a casa de la escuela y te dice:

“Mamá, papá, mi maestro me dijo que el presidente Obama ordenó el asesinato del equipo de las Fuerzas Especiales de Estados Unidos que, en teoría, asesinó a Osama Bin Laden. Mi maestro dijo que Bin Laden en realidad sigue vivo, que el tipo que mataron los SEAL de la Armada era un ‘doble de cuerpo’. También dijo que los asesores de Obama lograron que Irán enviara a Bin Laden a Pakistán para que Obama pudiera tener un ‘trofeo de caza’. ¿Qué es un trofeo de caza? Mi maestro dijo que se había enterado de todo eso en algún lugar de internet, y que pensó en compartirlo con nuestra clase. Mamá, papá, ¿es verdad?”.

Yo sé cómo respondería. Llamaría de inmediato al director de la escuela para preguntarle cómo alguien que propaga ese tipo de conspiraciones viles y fraudulentas puede enseñar en un salón de clases de Estados Unidos.

Y esa es en realidad la pregunta que los votantes de Donald Trump no pueden ignorar: ¿por qué no tardarías en despedir al maestro de tu hijo por decir una tontería tan repugnante, pero estarías dispuesto a recontratar al maestro en jefe de la nación —nuestro presidente, el hombre con el pizarrón más leído del mundo— después de que esparció exactamente esas disparatadas teorías conspirativas a unos 87 millones de personas en Twitter el otro día? ¿Hay algo más retorcido?

El 13 de octubre, “Trump retuiteó una publicación de una cuenta vinculada con QAnon, un colectivo de teorías de la conspiración, la cual ha sido suspendida desde entonces”, informó CNN. “El tuit alegaba que ‘Biden y Obama tal vez mandaron a matar al equipo 6 de los SEAL’, que Osama Bin Laden seguía vivo y que el hombre que asesinaron en la redada —ordenada por Obama y ejecutada por el equipo 6 de los SEAL— en realidad era un doble de cuerpo. Más tarde esa noche, Trump retuiteó una publicación en la que se acusaba a altos funcionarios del gobierno de Obama de estar coludidos para trasladar a Bin Laden de Irán a Pakistán con el fin de que fuera el ‘trofeo de caza de Obama’”.

El reportaje de CNN continuó: “Uno de los miembros de los SEAL de la Armada que participó en la redada y sigue con vida increpó el retuit inicial de Trump. ‘Muchos valientes no volvieron a ver a sus hijos por matar a Osama Bin Laden’, tuiteó Robert J. O’Neill después del retuit de Trump. ‘El presidente Obama nos dio la orden. No había ningún doble de cuerpo’”.

Cuando Savannah Guthrie de NBC News le preguntó a Trump por qué había difundido una mentira de ese tipo, el mandatario se encogió de hombros: “Fue un retuit; nada más lo publiqué. La gente puede decidir por sí misma”. En otras palabras, con la mejor red de inteligencia del mundo a su disposición, Trump no considera que parte de su trabajo como presidente sea desacreditar teorías conspirativas maliciosas, sino que, en cambio, difunde esta bilis, sin siquiera consultar con la CIA o el FBI si es verdad. Según él, las personas deben descubrirlo por sí mismas… como si las fuentes del pueblo fueran similares a las suyas.

Entiendo que muchos estadounidenses respalden a Trump por sus políticas en torno a la inmigración, los impuestos, la corrección política o la selección de jueces, o porque sienten que les da voz a sus reclamos en contra de las élites que pueden menospreciarlos. Nada de eso resuena conmigo, pero son posturas legítimas que comparte un 40% del país. Pero, nuestro mandatario no solo es un robot de la política. También es un modelo a seguir, le guste o no le guste a él. Trump ha degradado tanto la decencia que hemos olvidado qué es normal, ya no digamos óptimo, en un presidente estadounidense.

Mientras reflexionaba sobre todo esto el fin de semana pasado, mi amiga Elena Park, una productora ejecutiva de Stanford Live, me envió un video de YouTube: una interpretación increíble que realizaron la cantante Meklit y Kronos Quartet de The President Sang ‘Amazing Grace’ (El presidente cantó Amazing Grace).

La canción escrita por Zoe Mulford habla sobre el asesinato de nueve personas que cometió, en 2015, un supremacista blanco en la iglesia Emanuel AME de Charleston, Carolina del Sur. Mulford la lanzó en 2017: una canción sobre cómo otro presidente, Barack Obama, fue a esa iglesia para el funeral y durante su elegía para la reverenda Clementa Pinckney cantó Amazing Grace, uno de los momentos más conmovedores y curativos de su presidencia.

Así que, en pocas palabras, ahí tienen sus opciones, amigos. Pueden votar por un presidente que retuitea teorías conspirativas enfermizas, en las que asegura que su predecesor asesinó a soldados SEAL de la Armada de Estados Unidos. O pueden votar por Joe Biden, un hombre que, como Obama, todos los días se esforzará por sanar las heridas, y estoy seguro de que lo hará con dignidad y gracia.

*Thomas l. Friedman es periodistas y columnista de The New York Times

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La guerra distractora de Trump

/ 25 de julio de 2020 / 11:11

Algunos presidentes, cuando se meten en problemas antes de unas elecciones, intentan “desviar la atención” iniciando una guerra en el extranjero. Donald Trump parece estar listo para desviar la atención iniciando una guerra en casa. Es momento de temer lo peor… porque podría lograr lo que desea.

¿Cómo llegamos hasta aquí? Bueno, cuando los historiadores resuman la estrategia del equipo de Trump para enfrentar el coronavirus, solo se necesitarán unos cuantos párrafos:

“Hablaron como si fueran a imponer una cuarentena al igual que China. Actuaron como si el objetivo fuera desarrollar la inmunidad de rebaño al igual que en Suecia. No se prepararon para ninguna opción. Además, aseguraron ser superiores a ambas. A final de cuentas, se quedaron con lo peor de todos los mundos: una propagación viral descontrolada y una catástrofe de desempleo”.

“Y luego la historia se volvió realmente oscura”.

“Mientras se propagaba el virus, y los negocios se veían obligados a volver a cerrar, y las escuelas y las universidades se quedaban paralizadas al no saber si abrir o permanecer cerradas en el otoño, las cifras de Trump en las encuestas cayeron en picada. Joe Biden obtuvo una ventaja de quince puntos en una encuesta nacional cara a cara”.

“Así que, en un esfuerzo desesperado por salvar su campaña, Trump recurrió al Manual Oficial del Dictador de Medio Oriente y encontró justo lo que buscaba, el capítulo titulado: ‘¿Qué hacer cuando la gente se pone en tu contra?’”.

“Respuesta: pon a los unos en contra de los otros y luego preséntate como la única opción para la ley y el orden”.

Por gracia divina, Estados Unidos no es Siria, todavía, pero Trump está adoptando la misma estrategia general que Bashar al Asad implementó en 2011, cuando se detonaron las protestas pacíficas en Daraa, una ciudad al sur de Siria, que exigían reformas democráticas; luego las manifestaciones se propagaron por todo el país.

Si Asad hubiera respondido con la oferta más moderada de una política más participativa, una mayoría de sirios lo habría elogiado como un salvador. Una de las principales consignas durante las manifestaciones fue Silmiya, silmiya (“Pacíficamente, pacíficamente”).

Sin embargo, Asad no quería compartir el poder, así que se aseguró de que las manifestaciones no fueran pacíficas. Ordenó que sus soldados abrieran fuego y arrestaran a los manifestantes no violentos, muchos de los cuales eran musulmanes sunitas. A lo largo del tiempo, los actores seculares y pacíficos del movimiento sirio a favor de la democracia fueron apartados, cuando los islamistas de línea dura comenzaron a liderar la lucha contra Asad. En el proceso, el levantamiento se transformó en una guerra civil sectaria, brutal, de gobernar o morir, entre las fuerzas chiitas alauitas de Asad y varios grupos yihadistas sunitas.

Asad obtuvo justo lo que quería, no una guerra entre su dictadura y el pueblo que pedía pacíficamente que se le escuchara, sino una guerra con radicales islámicos en la que interpretó el papel del presidente de la ley y el orden, con el respaldo de Rusia e Irán. A final de cuentas, su país quedó destruido y cientos de miles de sirios fueron asesinados u obligados a huir. No obstante, Asad se quedó en el poder. En la actualidad, es el mandamás de un montón de escombros.

No tolero en lo absoluto a ningún manifestante estadounidense que recurra a la violencia en cualquier ciudad del país, porque eso solo afecta las casas y los negocios que ya fueron golpeados por el coronavirus —muchos de los cuales son propiedades de minorías— y porque la violencia solo alejará y repelerá a la mayoría necesaria para generar un cambio.

Sin embargo, cuando escuché a Trump sugerir, como lo hizo en el Despacho Oval el lunes, que iba a enviar fuerzas federales a las ciudades estadounidenses donde los alcaldes locales no lo han invitado, la primera palabra que me vino a la mente fue “Siria”.

Escuchen cómo lo dijo Trump: “Voy a hacer algo, eso se los aseguro. Porque no vamos a permitir que Nueva York, Chicago, Filadelfia, Detroit, Baltimore y todas estas… Oakland es un desastre. No vamos a permitir que esto suceda en nuestro país”.

Todas estas ciudades, remarcó Trump, “son dirigidas por demócratas muy liberales. Todas, en realidad, están bajo el mando de la izquierda radical. Si Biden gana, esa será la verdad para el país. Todo el país se irá al infierno. Y no vamos a dejar que se vaya al infierno”.

Lo anterior está tomado tan directamente del Manual del Dictador del Medio Oriente que es escalofriante. En Siria, Asad utilizó a matones vestidos de civil que estaban a favor del régimen, conocidos como los shabiha (“las apariciones”), para desaparecer a los manifestantes. En Portland, Oregon, vimos fuerzas federales militarizadas con uniforme de combate, pero sin marcas identificables, arrestar personas y meterlas en furgonetas sin distintivos. ¿Cómo puede pasar esto en Estados Unidos?

Los populistas autoritarios —ya sea Recep Tayyip Erdogan en Turquía, Jair Bolsonaro en Brasil, Rodrigo Duterte en Filipinas, Vladimir Putin en Rusia, Viktor Orbán en Hungría, Jaroslaw Kaczynski en Polonia o Asad— “ganan dividiendo a la gente y presentándose como los salvadores de los ciudadanos buenos y de a pie en contra de los agentes indignos de subversión y ‘contaminación cultural’”, explicó Larry Diamond de la Universidad de Stanford, autor del libro Ill Winds: Saving Democracy From Russian Rage, Chinese Ambition, and American Complacency.

Frente a ese tipo de amenaza, la izquierda debe ser inteligente. Dejen de abogar por “retirar el financiamiento a la Policía” para luego decir que “retirar el financiamiento” no significa “desintegrar”. Si no significa eso, entonces digan qué significa: “Reformar”. Retirar el financiamiento a la Policía, llamar “puercos” a los policías, tomar vecindarios enteros con barricadas… estos son mensajes terribles, sin mencionar que son estrategias que Trump puede explotar con mucha facilidad.

La escena que describió Mike Baker de The New York Times sobre las primeras horas del martes en Portland —el día 54 de protestas en la ciudad— no pinta bien: “A algunos líderes de la comunidad negra, agradecidos de que haya un ajuste de cuentas racial, les preocupa que un momento que debería ser para la justicia racial se pueda desperdiciar a causa de la violencia. Los negocios que apoyan las reformas han quedado desmoralizados por el caos que han acarreado las protestas… el martes por la mañana, la Policía señaló que habían saqueado otra joyería. Cuando agentes federales aparecieron para detener a una persona, miembros de la multitud se apresuraron para liberarla”.

Una nueva encuesta de The Washington Post y ABC News, según el Post, reveló que una “mayoría de estadounidenses apoya el movimiento Black Lives Matter y una cifra récord del 69% asegura que la gente negra y otras minorías no reciben el mismo trato que los blancos en el sistema de justicia penal. Sin embargo, en general, el público se opone a que se asigne parte del financiamiento de la Policía a los servicios sociales o a remover las estatuas de generales confederados o de presidentes que esclavizaron a personas”.

Toda esta violencia callejera y la retórica del retiro del financiamiento a la Policía se ve plasmada en el único anuncio eficaz de Trump que he visto en la televisión. Suena un teléfono y comienza una grabación: “Llamaste a la línea de emergencia de la policía. Debido al retiro de financiamiento para el Departamento de Policía, lo sentimos, pero no hay nadie que pueda tomar tu llamada. Si llamas para denunciar una violación, por favor, presiona uno. Para denunciar un asesinato, presiona dos. Para denunciar un allanamiento de morada, presiona tres. Para todos los demás delitos, deja tu nombre y número de teléfono y alguien se pondrá en contacto contigo. En este momento, nuestro tiempo estimado de respuesta son cinco días. Hasta luego”.

Los manifestantes de la actualidad necesitan vencer a Trump imitando a otro líder extranjero —un liberal—, Ekrem Imamoglu, quien logró ganar las elecciones de 2019 para convertirse en el alcalde de Estambul, a pesar de que el intolerante Erdogan usó todos los trucos disponibles para robarse la elección. La estrategia de campaña de Imamoglu se llamó “amor radical”.

El amor radical significó apelar a los simpatizantes más tradicionales y religiosos de Erdogan, escucharlos, demostrarles respeto y dejar claro que ellos no eran “el enemigo”, sino que lo era Erdogan, porque era enemigo de la unidad y el respeto mutuo, y no podía haber progreso sin estos principios.

Como lo hizo notar un ensayo reciente sobre la estrategia de Imamoglu publicado en The Journal of Democracy, para vencer a Erdogan, Imamoglu recurrió a un “mensaje de inclusión, una actitud de respeto hacia los simpatizantes (de Erdogan) y un enfoque en los problemas de primera necesidad que podían unir a los votantes en bandos opuestos del espectro político. El 23 de junio, Imamoglu volvió a ser elegido alcalde de Estambul, pero esta vez con más del 54% de los votos —la cantidad más grande que haya obtenido un alcalde de Estambul desde 1984— en contra de un 45% de su oponente”.

Amor radical. Increíble. Apuesto a que también podría funcionar en Estados Unidos. Es la respuesta perfecta para la política divisoria de Trump… y es la única estrategia que él nunca imitará.

Thomas L. Friedman es periodista, columnista de The New York Times.

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¿Suecia está haciendo lo correcto?

La ventaja de la estrategia de Suecia —si funciona— es que la economía no se ve tan afectada por los confinamientos.

/ 16 de mayo de 2020 / 07:12

El presidente estadounidense, Donald Trump, a menudo ha descrito a esta pandemia como nuestra “guerra” contra un “enemigo invisible”: el coronavirus. Esa metáfora de guerra es incorrecta y engañosa. Los seres humanos pelean y ganan guerras. Así que pudimos movilizarnos más que los nazis y los japoneses para ganar la Segunda Guerra Mundial. Pudimos gastar e innovar más que la Unión Soviética para ganar la Guerra Fría. Pero cuando nos enfrentamos a un desafío de la Madre Naturaleza (como un virus o el cambio climático), el objetivo no es vencerla. Nadie puede hacerlo. Ella solo se compone de química, biología y física. La meta es adaptarse.

La Madre Naturaleza no premia al más fuerte ni al más inteligente. Premia a las especies que se adaptan mejor al transformar la química, la biología y la física con las que las ha dotado para desarrollarse, sin importar lo que ella les ponga. Por eso creo que una de las preguntas más importantes que tenemos que responder, a medida que terminen estos confinamientos, es: ¿nos vamos a adaptar al coronavirus de manera natural de forma ordenada como Sucia está intentando, vamos a ir de manera desordenada, diciendo “al demonio con los confinamientos” y actuar de 50 formas diferentes?

En caso de que no estén al tanto, Suecia ha aplicado un método radicalmente distinto para enfrentar el coronavirus. En esencia, ha optado por una estrategia de “inmunidad colectiva” mediante la exposición. Esta estrategia plantea que la mayor parte de las personas menores de 65 años que contraigan el coronavirus —si no tienen enfermedades preexistentes importantes— lo vivan como una gripe normal o fuerte, o de manera totalmente asintomática, y las que se enfermen al grado de requerir hospitalización o cuidados de urgencia sean con seguridad menos que la cantidad de camas para atenderlas.

De tal forma que si hacen lo posible por proteger y resguardar a las personas mayores de 65 años y a quienes tienen enfermedades preexistentes importantes —principalmente enfermedades pulmonares, cardiacas y diabetes— y dejan que gran parte de la población circule y se exponga para desarrollar inmunidad de manera natural, ya que alrededor del 60% de la población lo haya hecho, habrá inmunidad colectiva y se impedirá la transmisión del virus.

Esto prevé que la inmunidad temporal sea el resultado de la exposición, como la mayoría de los expertos creen que será. Después de todo, nuestro objetivo es la inmunidad colectiva, ya sea por medio de una vacuna o debido a que suficientes personas hayan desarrollado una inmunidad natural. Esas son las únicas formas de lograrlo.

La ventaja de la estrategia de Suecia —si funciona— es que la economía no se ve tan afectada por los confinamientos. No es como la estrategia de contención que están implementando ahora todas las ciudades de Estados Unidos (al igual que las de todo el mundo) donde, cuando termine la cuarentena, la población en su mayoría no habrá desarrollado inmunidad y entonces casi toda la gente seguirá siendo vulnerable al virus y a un segundo brote en el otoño.

Pensemos en el reto de la ciudad de Nueva York. Sus hospitales hubieran sido desbordados por el torrente repentino de pacientes, así que los meses de confinamiento de millones de personas con seguridad y de manera crucial habrán salvado vidas. Pero esto ha significado costos enormes en términos de empleos y negocios y no se ha avanzado mucho en lograr la inmunidad colectiva, además, existe la posibilidad de que el virus vuelva a azotar en cuanto se liberen las restricciones, a menos de que haya un nivel de pruebas como el de China para identificar, rastrear y poner en cuarentena a quienes están infectados. Y tal vez ni siquiera eso funcione.

Ahora veamos el caso de Estocolmo. Anders Tegnell, epidemiólogo jefe de la Agencia de Salud Pública de Suecia —el principal funcionario del país a cargo de las enfermedades infecciosas y artífice de la respuesta de Suecia al coronavirus— dijo en una entrevista a USA Today publicada el martes: “Creemos que hasta el 25% de las personas de Estocolmo han estado expuestas al coronavirus y es posible que sean inmunes. En una encuesta reciente de uno de nuestros hospitales de Estocolmo se vio que el 27% del personal es inmune. Creemos que la mayoría de ellos desarrollaron inmunidad por la transmisión en la comunidad, no en el lugar de trabajo. En unas semanas podríamos tener una inmunidad colectiva en Estocolmo”.

Tegnell explica que Suecia no está dejando de manera despreocupada que todos los suecos contraigan la enfermedad para lograr la inmunidad colectiva, sino que está siguiendo una estrategia diseñada para transitar por esta pandemia de la manera más sustentable. Así que las universidades y otras instituciones de educación superior están cerradas, pero están abiertas las escuelas desde preescolar hasta el noveno grado, así como muchos restaurantes, tiendas y empresas.

Pero el Gobierno también ha emitido lineamientos de distanciamiento social que mucha gente está cumpliendo, ha promovido el trabajo desde casa y ha desalentado los viajes no esenciales. Y lo más importante es que ha exhortado a todas las personas mayores de 70 años a que se queden en casa y ha prohibido las congregaciones de más de 50 personas y las visitas a los asilos de ancianos. Hasta ahora, el resultado ha sido una generación gradual de inmunidad colectiva entre las personas menos vulnerables al mismo tiempo que se ha evitado el desempleo masivo y una sobrecarga del sistema hospitalario.

No obstante, ha implicado un alto costo. Como señaló USA Today: “Suecia tiene una población de 10 millones de habitantes, casi el doble que la de los países escandinavos vecinos. Hasta el 28 de abril, el número de fallecimientos por COVID-19 en este país llegó a 2.274, cinco veces más que en Dinamarca y 11 veces más que en Noruega”. Los residentes de los asilos representan más de una tercera parte de todas las defunciones. Tegnell dijo: “Desde hace mucho tiempo, siempre ha habido problemas en la gestión segura de estos asilos en Suecia. Es algo que estamos observando ahora y que pretendemos mejorar de ahora en adelante”.

Con respecto a los expertos que advierten que no se ha probado de manera concluyente que las personas que han tenido COVID-19, debido a la presencia de anticuerpos, sean inmunes a volver a contraer el virus, Tegnell le dijo a USA Today que ese razonamiento desalienta la intención de querer encontrar una vacuna: “Si no podemos crear inmunidad en la población, entonces, ¿cómo podemos pensar que una vacuna nos protegerá?”.

Tegnell concluyó: “Lo que está sucediendo ahora es que muchos países están comenzando a adoptar el método de Suecia. Están abriendo las escuelas y tratando de encontrar una estrategia para solucionarlo. Todo se reduce a la sustentabilidad. Debemos tener medidas que podamos seguir aplicando a largo plazo, no solo por algunos meses o durante varias semanas”.

Cuando le preguntaron sobre el enfoque de Estados Unidos, señaló: “Me parece que los estadounidenses dejaron avanzar demasiado al coronavirus antes de plantear una verdadera estrategia”. Esta es la cruda verdad: solo hay diversas formas espantosas de adaptarse a la pandemia y salvar tanto las vidas como los medios de sustento. Hablo de Suecia no porque piense que ha encontrado el equilibrio mágico —es demasiado pronto para saberlo—, sino porque creo que deberíamos estar debatiendo acerca de todos los diferentes modelos y los costos que implica adquirir inmunidad.

Sin embargo, cuando analizo a Estados Unidos y veo que los gobernadores están levantando las restricciones de manera parcial —porque sienten que su gente ya no puede soportarlas por razones económicas o psicológicas, a pesar de que su población no ha desarrollado inmunidad o ha adquirido muy poca—, me preocupa que podamos terminar generando más inmunidad colectiva, pero de una manera dolorosa, mortal, costosa y descoordinada que de todas formas dé lugar a que el coronavirus vuelva a azotar y sature los hospitales.

Uno de los informáticos más reconocidos de Israel, Amnon Shashua, fundador de Mobileye, durante semanas ha estado recomendando para Israel una ruta a la inmunidad parecida a la de los suecos. “El modelo de cuarentena con base en los riesgos no solo es ventajoso desde el punto de vista de la sustentabilidad económica”, sino también porque “cuando se libere del confinamiento al grupo de alto riesgo, se tendrá una población inmune en su mayoría y de manera natural habrá una propagación muy lenta de la infección con buenas posibilidades de alejar la tormenta hasta que haya una cura o una vacuna”, escribió en Medium el mes pasado.

Michael Osterholm, director del Centro de Investigación y Política de Enfermedades Infecciosas en la Universidad de Minnesota, señaló en una entrevista con WCCO radio el lunes: “Creo que Suecia tiene un modelo al que debemos prestar atención y, aunque no es el único modelo, sí debemos tener estos debates”. Debido a que no habrá pronto una vacuna milagrosa, dijo Osterholm, “este virus no dejará de enfermar a la gente hasta que lo contraigamos al menos a un nivel del 60 o el 70 por ciento”.

La inmunidad colectiva “ha sido, a lo largo de la historia, la forma que tiene la naturaleza de acabar con las pandemias”, añadió David Katz, el médico de salud pública que contribuyó a iniciar este debate en un ensayo que escribió en The New York Times el 20 de marzo y en una entrevista posterior que sostuvimos.

“Tenemos que someternos a su fuerza, aunque nosotros como especie seamos responsables de desatarla”, comentó Katz. Eso implica el diseño de una estrategia, basada en perfiles de riesgo, para hacer que regresen a trabajar de manera escalonada las personas menos vulnerables, de tal modo que gradualmente generemos la protección de la inmunidad colectiva, “al tiempo que concentramos nuestros servicios sanitarios y sociales en la protección de los más vulnerables” hasta que podamos anunciar que ya no hay peligro.

Thomas L. Friedman es periodista y escritor estadounidense, tres veces ganador del premio Pulitzer, columnista de The New York Times. © The New York Times Company, 2020.

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