Voces

domingo 22 may 2022 | Actualizado a 21:11

Contradicciones y tensiones

/ 22 de julio de 2019 / 23:57

Generalmente se concibe al medio ambiente como a un conjunto de recursos ilimitados a disposición de los humanos, cuya apropiación y uso hacen posible los avances económicos y el desarrollo. Según el imaginario colectivo, tenemos un país repleto de recursos naturales, con grandes riquezas minerales e hidrocarburos que esperan ser explotados, cubierto por grandes extensiones de bosques que pueden ser fácilmente sustituidas por tierras agropecuarias, en tanto se trata de tierras fiscales. Sin embargo, nuestra vulnerabilidad es mucho mayor de lo que se cree.

Si bien en Bolivia hay intenciones de avanzar hacia un desarrollo integral y sustentable, seguimos aplicando un patrón de desarrollo extractivista. Justificamos los grandes emprendimientos mineros, petroleros, gasíferos y la ampliación de la frontera agrícola como actividades generadoras de excedente económico, sin tomar en cuenta la degradación de los bosques y suelos, la deforestación, la contaminación, la pérdida de biodiversidad y las repercusiones que devienen por la reducción de las funciones ambientales.

Dadas las perspectivas de crecimiento y el incremento de la demanda mundial por alimentos, Bolivia tiene un gran potencial para expandir su producción agropecuaria. Con la reciente apertura de mercados para la exportación de carne y la flexibilización de la normativa sobre tierras de producción forestal permanente (que permite la deforestación y quemas para actividades agropecuarias), tal parece que estamos enfocando la mirada únicamente en los negocios y en los posibles ingresos económicos para el país, pero no así en la sostenibilidad agropecuaria.

Este sector requiere una serie de estrategias para lograr metas nacionales relacionadas con la reducción de la deforestación y la restauración de áreas degradadas. El adecuado manejo del agua y de los suelos así como la adaptación al cambio climático también están relacionados con la sostenibilidad del agro. Asimismo, para el logro de metas de crecimiento sostenible y competitividad en el sector agropecuario se requieren la articulación de políticas públicas junto con incentivos, esfuerzos de investigación, tecnología, asistencia técnica, ordenamiento territorial, buenas prácticas, programas de capacitación y esfuerzos para asegurar una ganadería sostenible. 

Se dice que en las contradicciones y tensiones se develan los problemas que afligen a una colectividad. Y en este caso se evidencia la necesidad de que todos nosotros busquemos soluciones creativas para reconducir el llamado patrón extractivista de crecimiento económico, procurando alcanzar un desarrollo sostenible justo y equitativo, tanto para los habitantes como para la naturaleza, cuyas funciones ambientales urge preservar.

* Directora ejecutiva de la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN).

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Del Buey al Tigre: desafíos 2022

/ 19 de enero de 2022 / 03:00

Desde la antigüedad los chinos realizaron estudios muy detallados sobre el movimiento del sol, de la luna y de la tierra alrededor del astro rey, y determinaron una serie de ciclos que se convierten en lo que hoy conocemos como el Año Nuevo Chino. Este 1 de febrero de 2022 dejamos atrás al Buey para ingresar en la etapa del Tigre de Agua, según la ciencia Bazi, que se conoce popularmente como astrología china.

El tigre es el animal que representa la astucia y el sigilo. Se espera que este 2022 el año del tigre de agua será el más guerrero para definir el rumbo de gran parte de la humanidad después de dos años consecutivos de pandemia de COVID- 19. Este nuevo año trae consigo una serie de desafíos ambientales, vinculados a una pandemia que nos ha hecho repensar la relación del ser humano con la naturaleza, pero al mismo tiempo plantea una necesidad de reactivación económica urgente, y ambas dimensiones no están siendo consideradas en su justa dimensión en los planes de recuperación a nivel global.

Cambio climático, el desafío desapercibido. Se considera que la crisis climática es una de las peores crisis que experimentará la humanidad. Incansablemente se ha advertido que si no se toman medidas drásticas hoy, será más difícil y costoso adaptarse a estos efectos en el futuro. Sin embargo los esfuerzos mundiales por frenar el calentamiento global son insuficientes. Si bien Bolivia no es uno de los causantes del cambio climático, necesitamos reforzar nuestro compromiso de contribución a la lucha del cambio climático en los sectores de cambio de uso de suelo e incendios forestales. También es urgente movilizar financiamiento climático y encarar la adaptación al cambio climático en todas las escalas y dimensiones, y dejar de tratar a los efectos del cambio climático solamente a través de la atención a desastres.

Los incendios forestales de 2019 pusieron el tema en la agenda ambiental. Y aunque en 2020 y 2021 la cantidad de área quemada ha ido disminuyendo, no significa que hemos hecho lo suficiente por responder a esta problemática tan compleja. Los regímenes de incendios están cambiando los paisajes de todo el mundo, y los efectos combinados del cambio climático y el uso del suelo son factores principales en la duración más prolongada de las temporadas de incendios. Es urgente una revisión de la normativa actual y abrogación de las normas contraproducentes. Las políticas públicas deben ser consistentes para atender el problema adecuadamente. Las respuestas efectivas al problema deben estar incorporadas en instrumentos de políticas públicas, que a su vez estén integrados en un contexto más amplio de gestión del territorio y contribuyan al manejo sostenible de los recursos naturales, el desarrollo local y la conservación del medio ambiente, donde la articulación entre los diversos sectores y actores es clave y, por el momento, aún es incipiente.

En el país la deforestación es uno de los desafíos más importantes en materia ambiental. Mientras en Bolivia seguimos viendo cifras de incremento de deforestación que nos posiciona entre los países con mayor deforestación a nivel regional y mundial, existe un consenso de más de un centenar de países de que es necesario tomar las medidas necesarias para frenar la deforestación e inclusive ponerle fin hasta 2030, del cual Bolivia no ha formado parte. Existe una evidente no-articulación intersectorial en la agenda de tierras y bosques, y una delicada situación en cuanto a los avasallamientos. La lucha contra la deforestación no es tarea de una sola institución, necesita ser abordada de manera transversal e intersectorial por todo el Estado y en todos sus niveles: municipal, departamental y nacional. A esto se suman las políticas de apertura de nuevos mercados para los commodities relacionados con la deforestación en Bolivia —carne y soya— sin explicitar claramente cómo se evitará el aumento de la frontera agrícola y las exigencias de sostenibilidad de estos mercados.

Áreas protegidas bajo presión. En Bolivia, nuestra Constitución Política del Estado (CPE) reconoce que éstas constituyen un bien común y forman parte del patrimonio natural y cultural del país, ya que cumplen funciones ambientales, culturales, sociales y económicas para el desarrollo sustentable. Sin embargo, la viabilidad y permanencia de estos espacios hace mucho tiempo que están en riesgo debido al aumento de las presiones como asentamientos no controlados, tala ilegal, comercio ilegal de fauna silvestre, narcotráfico, los devastadores incendios forestales y el cambio climático, además del evidente y continuo debilitamiento de su gestión.

Estos son algunos de los desafíos ambientales más importantes en el país. Esperamos que transitemos de la lentitud del buey a la agilidad del tigre a la hora de tomar decisiones que tienen que ver con los principales desafíos ambientales que enfrenta el planeta y nuestro país.

Natalia Calderón es Directora Ejecutiva Fundación Amigos de la Naturaleza.

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¿Vaso medio lleno o medio vacío?

/ 22 de diciembre de 2021 / 06:45

Una crisis global ha conmocionado al mundo, por la gran cantidad de muertes y las grandes dificultades económicas causadas. Estamos hablando del COVID-19. Sin embargo, por terrible que sea esta pandemia, el cambio climático podría ser peor. Después de dos años de espera, y muchas expectativas acerca de lo que nuestros gobernantes podrían hacer para efectivamente enfrentar una de las peores crisis que experimentará la humanidad, la crisis climática. Hoy, después de los resultados de la COP26 en Glasgow, ¿será que tenemos un vaso medio lleno o quizás medio vacío?

Es difícil medir los resultados de las negociaciones sobre cambio climático en términos absolutos. Glasgow estuvo lejos de ser un fracaso como Copenhague, pero tampoco fue un éxito transformador comparable a París. Se lograron avances, pero no lo suficiente para satisfacer a la ciencia que nos advierte sobre los efectos e impactos del cambio climático y mucho menos a los jóvenes que solo ven mediocridad en las acciones acerca de un futuro que es suyo.

Elevar la ambición de los objetivos nacionales de reducción de emisiones (contribuciones determinadas a nivel nacional, NDC) fue una tarea crítica para la COP26. En este frente, los gobiernos se quedaron cortos: si las nuevas metas actualizadas por 120 partes se implementaran por completo (y esto está lejos de ser seguro), se prevé que provocarán un calentamiento de 2,4 °C a finales de siglo, aún insuficiente.

El Pacto Climático de Glasgow, el principal resultado político de la COP26, solicita a los gobiernos que revisen y fortalezcan sus NDC antes de fines de 2022 para alinearlas con el objetivo de temperatura del Acuerdo de París. También hace por primera vez referencia a «acelerar los esfuerzos hacia la eliminación progresiva de la energía del carbón y la eliminación gradual de los subsidios ineficientes a los combustibles fósiles». Las discusiones sobre financiamiento climático, adaptación y pérdidas y daños fueron el centro de atención en Glasgow y fueron puntos críticos de controversia, y aunque hay metas de recaudación sigue siendo incierto cuándo se recaudará la suma en su totalidad, si se movilizarán fondos entre 2020 y 2025, y a pesar de las metas para adaptación y el mecanismo de daños y pérdidas, queda claro que será necesario hacer mucho más para abordar las necesidades de los países en desarrollo vulnerables al clima.

La COP26 vio una serie de acuerdos plurilaterales sobre temas clave como la eliminación gradual de diversas formas de combustibles fósiles y el fin de la deforestación. Estas iniciativas tienen el potencial de acelerar la descarbonización, pero será fundamental monitorear su implementación y hacer que los gobiernos y otras instituciones rindan cuentas, y vayan más allá de los discursos, como el que ya escuchamos en Nueva York hace algunos años sobre el fin de la deforestación que nunca ocurrió.

Si bien se lograron algunos avances en la COP26, los próximos 12 meses serán cruciales para determinar si los acuerdos formales alcanzados en Glasgow brindan motivos para mantener el optimismo de que la meta de 1,5 °C todavía existe y son suficientes para generar confianza entre los países y entre los ciudadanos y los gobiernos, que hasta ahora vemos el vaso medio vacío.

Natalia Calderón es directora ejecutiva de la FAN.

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Rojo, amarillo y ‘verde’

/ 18 de agosto de 2021 / 02:30

La bandera de Bolivia —denominada la Tricolor— es uno de los símbolos nacionales. El 17 de agosto se celebra el Día de la Bandera como fiesta del país, desde el 30 de julio de 1924, determinado por decreto supremo en conmemoración del aniversario de la creación de la primera bandera boliviana en 1825. La primera descripción de los colores que posee la bandera, así como la interpretación del significado de estos, fue establecida en el Decreto Supremo del 14 de julio de 1988, y con el establecimiento del Estado Plurinacional de Bolivia se hicieron algunas modificaciones según el Decreto Supremo 241, del 5 de agosto de 2009. Quedando la descripción de la misma de la siguiente manera:

“Rojo: la franja superior de color rojo representa la sangre derramada por los héroes para el nacimiento y preservación de la república y consolidación del Estado Plurinacional de Bolivia. Amarillo: la franja central de color amarillo representa las riquezas minerales y del subsuelo del pueblo boliviano. Verde: la franja inferior de color verde representa la riqueza de la naturaleza y esperanza como un valor principal de nuestra sociedad.”

Desde el inicio de la República, y luego se ratificó en el establecimiento del Estado Plurinacional, se reconoce la importancia de la naturaleza y nuestros bosques. Somos un país eminentemente forestal, con una superficie de bosques de 51.659.007 ha hasta 2019, que equivalen al 47% del territorio nacional.

Los bosques son hábitats de gran diversidad que albergan a la inmensa mayoría de la biodiversidad terrestre del mundo. Esta diversidad de ecosistemas, especies y material genético forestales es el fundamento de la vida en la Tierra. A pesar de su importancia, y del reconocimiento de su rol fundamental para enfrentar el desafío del cambio climático, las últimas evaluaciones de los tratados internacionales nos muestran que es evidente que la mayor parte de las metas y objetivos relacionados con la biodiversidad de nuestros bosques no se han alcanzado y que los ODS (Objetivos de Desarrollo Sostenible) correspondientes no van camino de cumplirse para 2030.

En Bolivia, según datos de la Fundación Amigos de la Naturaleza, desde 1975 hasta 2019 se deforestaron 8.087.284 hectáreas, el equivalente de 33 canchas de fútbol por hora. A partir de 2015 la deforestación tuvo un incremento acelerado de 73%, pasando de un promedio de 200.000 a 346.000 ha/año. En cuanto a incendios forestales, la superficie quemada en bosques en 2020 fue de un millón de hectáreas, una cifra preocupante, aunque menor a las 1,6 millones de hectáreas de 2019.

Estas cifras nos muestran claramente que estamos haciendo aún muy poco para cuidar nuestros bosques, y la riqueza natural expresada en el verde de nuestra tricolor que reconocimos desde nuestro nacimiento a la vida republicana. Hoy necesitamos fomentar una nueva relación con la naturaleza, y solo podemos lograrlo juntos y haciendo un compromiso real por el cuidado de nuestros bosques y las funciones ambientales que nos prestan.

Natalia Calderón es directora ejecutiva de la FAN.

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Hacer las paces con la Naturaleza

/ 28 de abril de 2021 / 01:29

La Asamblea General de Naciones Unidas designó el 22 de abril como el Día Internacional de la Madre Tierra a través de una resolución adoptada en 2009, aunque su origen se remonta a 1970, un periodo donde la protección del medio ambiente no era una prioridad en la agenda política. Desde entonces, los Estados miembros reconocieron que la Tierra y sus ecosistemas son nuestro hogar común y expresaron su convicción de que es necesario promover la Armonía con la Naturaleza para lograr un justo equilibrio entre las necesidades económicas, sociales y ambientales de las generaciones presentes y futuras. Hasta ahora poco hemos hecho para honrar esos compromisos.

Aunque se trata de un día de celebración, hoy tenemos poco o nada que celebrar. La evidencia científica nos advierte que se está traspasando una serie de límites planetarios y nos acercamos a un punto de inflexión para el planeta y la humanidad. La pérdida de biodiversidad, la desertificación, el cambio climático, los incendios forestales y el aumento en la tasa de deforestación son la manifestación de nuestro desprecio por la Naturaleza y la integridad de sus ecosistemas y procesos que sustentan la vida.

En Bolivia, los principales indicadores de la salud de la Madre Tierra no son nada alentadores. Según datos de la Fundación Amigos de la Naturaleza, desde 1975 hasta 2019 se deforestaron 8.087.284 hectáreas, el equivalente de 33 canchas de fútbol por hora. A partir de 2015 la deforestación tuvo un incremento acelerado de 73%, pasando de un promedio de 200.000 a 346.000 ha/año. En cuanto incendios forestales, la superficie quemada en la gestión 2020 fue de 4,5 millones de hectáreas, una cifra preocupante, aunque menor a las 5,9 millones de hectáreas de 2019. Estas cifras nos muestran claramente la devastación de la Naturaleza y no así el cuidado de nuestra Madre Tierra.

Hoy, cuando todo el planeta enfrenta algunos de sus mayores desafíos: la crisis climática, la degradación de los paisajes, los incendios forestales y una gran pandemia global, el sentido de urgencia se convierte en emergencia. Imaginar un mundo nuevo requiere una nueva relación con la Tierra y con la propia existencia de la humanidad. La recuperación de la pandemia del COVID-19 ofrece una oportunidad de que el mundo emprenda un camino más limpio, ecológico y sostenible.

En el Día Internacional de la Madre Tierra, hacemos un llamado urgente a actuar y comprometernos todos a trabajar con ahínco para restaurar nuestro planeta. Necesitamos aumentar nuestros compromisos y redoblar nuestros esfuerzos para reducir la deforestación, mitigar los incendios forestales y restaurar nuestra Madre Tierra. La Naturaleza nos está pidiendo a gritos que hagamos las paces con ella por un futuro mejor.

 Natalia Calderón es directora ejecutiva de la FAN.

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En tiempo de crisis

/ 20 de enero de 2021 / 03:02

Las áreas protegidas están ampliamente reconocidas como la piedra angular de protección y conservación de la biodiversidad, ya que no solo aseguran su conservación, sino también el bienestar humano. En el ámbito mundial, las áreas protegidas cubren más del 15% de la superficie terrestre del mundo. No son solo biodiversidad, por importante que sea. Cuando se gestionan de manera eficaz, también apoyan la salud y el bienestar humano, contribuyendo a la seguridad alimentaria y el abastecimiento de agua, la reducción del riesgo de desastres, la mitigación y adaptación al cambio climático y el sustento de los medios de vida locales. Sin embargo, estas contribuciones a menudo se subestiman o se ignoran cuando se trata de prácticas políticas o decisiones vinculadas al desarrollo.

Las presiones sobre estos espacios se están incrementando por parte de una serie de actores políticos, sociales y económicos. Y lo que también es evidente es que muchas de las amenazas que enfrentan la biodiversidad y las áreas protegidas se agravarán por el brote de COVID-19. La pandemia está creando desafíos adicionales para las áreas protegidas, como la recesión económica, pérdida de empleos, reasignación de los presupuestos gubernamentales a prioridades como salud y atención social, restricciones para los viajes y el turismo, entre otros. Y es muy probable que en el ámbito mundial las políticas de reactivación asignen aún menos recursos a la conservación de estos espacios y, más aún, contemplen una regulación ambiental reducida pro-intereses económicos de otros sectores como el de hidrocarburos, minería, infraestructura y agroindustrial.

En Bolivia, nuestra Constitución Política del Estado (CPE) reconoce que éstas constituyen un bien común y forman parte del patrimonio natural y cultural del país, ya que cumplen funciones ambientales, culturales, sociales y económicas para el desarrollo sustentable. Todo parecería estar bien. Sin embargo, la viabilidad y permanencia de estos espacios hace mucho tiempo que están en riesgo debido al aumento de las presiones como asentamientos no controlados, tala ilegal, comercio ilegal de fauna silvestre, narcotráfico, los devastadores incendios forestales y el cambio climático, además del evidente y continuo debilitamiento de su gestión.

La pandemia de COVID-19 ha desviado la atención de otras crisis globales como el cambio climático y la pérdida de biodiversidad, pero estos desafíos aún requieren atención urgente. Las áreas protegidas pueden brindar sus beneficios solamente si están bien gestionadas. Nunca antes ha sido tan grande la necesidad de mejorar la capacidad de gestión de nuestras áreas protegidas. La salud de los seres humanos, los animales y los ecosistemas están interconectados. Hoy demandamos a los diferentes niveles de gobierno que comprendan e inviertan en el importante papel de estos espacios bien gestionados y conectados como soluciones basadas en la naturaleza para hacer frente al cambio climático, la conservación de la biodiversidad, la degradación de la tierra y la salud humana. Necesitamos que se garantice la gestión eficaz de estas áreas con presupuesto y recursos humanos adecuados.                    

Natalia Calderón es directora ejecutiva de la Fundación Amigos de la Naturaleza.

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