Voces

Sunday 29 Jan 2023 | Actualizado a 04:54 AM

El CRC y el arte contemporáneo

/ 29 de julio de 2019 / 23:49

Una visita al Centro de la Revolución Cultural (CRC), recientemente inaugurado en la antigua Estación Central, me permite reflexionar sobre el arte contemporáneo y su aceptación ciudadana. En las primeras décadas del siglo XX, Europa vivió una transformación del arte con movimientos como el dadaísmo y personalidades como el francés Duchamp. Los contextos sociales, políticos y bélicos se interpretaron con expresiones artísticas contestatarias que rechazaban el oficio riguroso y excelso. Se gestó así el arte contemporáneo, que fue desarrollándose en múltiples tendencias y/o medios expresivos.

En la otra orilla, el arte latinoamericano siguió una ruta con medios más o menos convencionales. Poco a poco llegaron las influencias artísticas eurocéntricas, dependiendo del grado de intercambio planetario. Nuestro medio, por razones obvias, retrasó el arribo del nuevo arte, y por ello, su aceptación colectiva se hace extremadamente difícil; y más aún conociendo nuestra vida cotidiana y sus pervivencias culturales, que superan a las llamadas prácticas artísticas contemporáneas.

Hace pocos días el Gobierno central inauguró el CRC para promocionar nuestro arte contemporáneo. Pero el esfuerzo de un reconocido grupo de artistas que desarrolló el primer montaje debe estar acompañado de un mínimo de estructura institucional. Concuerdo con las opiniones de Mariano Baptista al terminar su visita al CRC. Por un lado, la preocupación por la poca concurrencia de público (casi nula) es evidente en una estación del teleférico con enorme flujo peatonal. Las salas no se visitan ni generan curiosidad colectiva. Por otro lado, no existe información ni contextualización de las obras expuestas. Como es un arte con urgencias aclaratorias, nadie entiende nada y nadie te explica nada.

Un repositorio de arte es, ante todo, una institución con personal capacitado y suficiente que trabaje día a día en investigación, exhibición y promoción de sus colecciones. Es una tarea educativa de extrema importancia para formar la contemporaneidad artística boliviana. El edificio viene después. Y si se empezó al revés, se debe subsanar esa falencia, porque se han anunciado otras inversiones en infraestructuras artísticas y culturales para esta ciudad.

Para ello, se debe formar un equipo multidisciplinario en arte y cultura contemporáneos que interprete las necesidades de nuestra pluriculturalidad y brinde a los artistas los medios suficientes para su libre creatividad. De no mediar esa institucionalidad, los edificios serán simples espacios inertes sin sustancia artística ni práctica social.

* Arquitecto.

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La casa de tus sueños y la IA

/ 27 de enero de 2023 / 02:23

Pregunta de partida: ¿Vamos a ser reemplazados por algoritmos y quedar desempleados? La IA (Inteligencia Artificial) es una realidad y nos ofrece plataformas para casi todos los oficios intelectuales. Un ejemplo es el bot llamado ChatGPT que permite “conversar” con la máquina o “redactar” ensayos de cualquier tópico con solo escribir una frase y la cantidad de palabras. Como todo es relativo en este tiempo posmoderno, donde la verdad es un descomunal chicle, hasta estas columnas o las noticias del periódico pueden ser escritas por esos artilugios que progresan geométricamente.

El avance de la IA, conocida como generativa, es tal que ahora reproduce las capacidades humanas más complejas como la creatividad. Para ejemplificar el impacto de la IA en los oficios creativos haré un repaso de su uso en arquitectura.

En Bolivia, en los años 90 del siglo XX ingresaron al campo del diseño arquitectónico los programas CAD que permiten a las computadoras dibujar mejor y más preciso que cualquier ser humano. Con ese artilugio tecnológico (que viene a ser una IA precaria y embrionaria), miles de dibujantes de arquitectura en todo el mundo quedaron desempleados. Y otras miles de personas, todas inútiles para el oficio de dibujar, encontraron una herramienta para seguir una carrera que les era negada; así, se democratizó y universalizó el trabajo en arquitectura. Hoy en día surge una nueva revolución que se llama metodología BIM. Con ella (otro avance incipiente de la IA) se puede coordinar, medir, cotizar un proyecto entre todos los profesionales de la construcción para lograr una interrelación completa evitando los desfases conocidos. Esta metodología está borrando los límites entre las profesiones (ingeniero, arquitecto, o constructor), y permite al cliente involucrarse desde el inicio de su proyecto sin contar con títulos profesionales ni habilidades extraordinarias.

Para rematar, hace poco salieron plataformas de IA para arquitectura como Finch 3D, Stability.ai, Midjourneybot, etc. Con una de ellas, cualquier persona escribe un texto deseando, por ejemplo, la casa de sus sueños: el estilo, los pisos, los colores, las ventanas, el sitio, como de tal arquitecto, etc. En segundos la IA escupe muchas perspectivas, muy reales, a todo color, de la casa soñada. Ahora no necesitas contratar a un profesional para una idea arquitectónica, la IA te lo hace gratis. Y estimo que falta poco para que también te entregue todos los planos de arquitectura e ingeniería que requieras para los trámites en el municipio. Pero, felizmente ahí, volverás a humanizarte rogando en las ventanillas de un país decimonónico.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Experimentos urbanos

/ 13 de enero de 2023 / 01:35

Wild Wild Country es un documental de Maclain y Chapman Way sobre la experiencia urbana y social del gurú hindú Bhagwan Shree Rajneesh, universalmente conocido como Osho, en un paraje perdido en el norte de Oregón, EEUU. Allí, en 1981, comenzó un experimento más para la historia bizarra de las ciudades impulsadas por santones que deciden “salvar al mundo”. Ejemplos únicos y estrambóticos de cómo el absolutismo religioso, apoyado en miles de fanáticos, construye “paraísos urbanos”.

La comuna era llamada Rajnishpuram. Su sentido festivo, su apego a la naturaleza y el carisma del gurú lograron calar hondo en muchos americanos que hastiados de una sociedad materialista se fueron a vivir lejos del mundanal ruido. Es casi inexplicable cómo estos gurús congregan a millares de alucinados adeptos (hoy existen por todo el mundo). Quizás sea una mezcla extraña de profundos e insondables atavismos, desencanto de la modernidad occidental, ganas de vivir intensamente, o el retorno de los brujos, entre otras explicaciones. Lo evidente es que Bhagwan/Osho se capitalizó groseramente para hacer crecer su ciudad ideal y, por supuesto, sus finanzas personales. A medida que progresaba Rajnishpuram aumentaba su presencia política en la alcaldía, el condado, y pronto se volvió un peligro para la institucionalidad americana. Sus seguidores vivían en un paraíso de naturaleza, sexo libre, y sonrisas Colgate; construyeron viviendas, edificios públicos, cultivos y granjas, aeropuerto, lagunas artificiales, etc. Y como es ya una tradición, Hollywood se unió con actores y aportes millonarios a la cúpula de los dirigentes cercanos al santón, el círculo íntimo de los privilegiados de siempre.

Bhagwan/Osho era un semidiós en su feudo. Paseaba en Rolls Royce (llegó a tener 93), presumía de joyas y secretarias, y tenía un remedo de trono papal (el lujo y la pompa son imprescindibles para la simbólica del poder, recuerda los ejemplos del Kremlin ateo y el Vaticano creyente). Para sus seguidores el gurú era una divinidad de piel transparente y mirada profunda como el firmamento; para los lugareños, cristianos y pechoños, era Satán mismo.

Con el fin de consolidarse en el condado Bhagwan/Osho gestó una chapuza electoral. Reclutó miles de indigentes y yonquis de todas partes para crecer su padrón electoral. Les negaron su inscripción. A ello se sumaron intrigas dentro y fuera de la comuna y comenzó la caída del experimento urbano. El gurú huyó, fue apresado, condenado, y deportado en 1985, sin cometer suicidio colectivo como Jim Jones en la Guyana. Moraleja: Rajnishpuram nació, creció y murió como lo hace toda artificialidad social.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Debate ciudad/campo

/ 30 de diciembre de 2022 / 03:00

¿El debate entre urbanizar o desurbanizar está concluido? ¿La ciudad concentradora y hegemónica ha triunfado? En libros como El triunfo de las ciudades (Edward Glaeser, 2011) se proclama tal victoria. Glaeser, economista de Harvard, subraya sin rubor y mucho candor: Cómo nuestra mejor creación nos hace más ricos, más inteligentes, más ecológicos, más sanos y más felices. Pero, en la página 346 nos alerta con una obviedad: “siempre y cuando sepamos elegir inteligentemente nuestras políticas”.

El impulso humano de vivir en comunidades es indiscutible. El tema es regular la escala de esas concentraciones y su equilibrio sustentable y sostenible. Los teóricos urbanos de la revolución bolchevique a principios del siglo XX discutieron este tema. Por un lado estaban los que deseaban urbanizar convencionalmente como Sabsovich, y por otro, los que deseaban como Miliutin repoblar el inmenso territorio ruso con nuevas ciudades verdes bajo la consigna “las ciudades existentes se han creado en los intereses de la clase dominante, los enemigos del proletariado”. Ganaron los primeros por funcionales y prácticos. Pero la semilla de la redistribución poblacional germinó y fue usada malignamente por Stalin, Mao y Polpot. Millones de seres humanos fallecieron en purgas urbanas y destierros obligados hacia gulags o sitios rurales de reorientación ideológica y trabajo correccional. Y la ciudad como resultado de la modernidad occidental, de la industria y el capitalismo, creció como imagen (ilusoria diría yo) de libertad ciudadana.

Ese triunfo urbano se vigorizó en este siglo con la aparición de las ZEE (zonas económicas especiales, de libre mercado y apoyo estatal) que implantó la China comunista como base para su fulgurante despegue económico y social. No importa el color del gato ni sus porquerías, lo importante es que viva en ciudades hacinadas.

Pero la urbanización de formato occidental ¿funcionó en América Latina? El fracaso de lo urbano en la región es evidente: ciudades concentradoras y depredadoras, abandono del campo, desequilibrios medioambientales, asimetrías sociales, egoísmo y materialismo, pobreza y marginalidad, etc. Lo positivo es insuficiente, exiguo, nimio.

Por nuestra experiencia urbana pienso que el debate ciudad/campo no está concluido. En este nuevo tiempo y en las condiciones de la precaria concentración urbana boliviana creo que es posible concebir un manejo territorial diferente y apropiado a nuestras condiciones de base. Y esa concepción no nacerá en una cabeza política o técnica, será una visión transdisciplinar que comience reformulando la institucionalidad heredada entre otros temas estructurales.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Pensamiento divergente

/ 16 de diciembre de 2022 / 03:01

El pensamiento divergente no gusta a una sociedad politizada. La divergencia crítica irrita y, sobre todo, se la siente pesimista. Sin embargo, en tiempos de un capitalismo estatal/privado, en épocas posmodernas del desvarío y de la posverdad mediática, analizar sin reservas esta ciudad es imprescindible.

Pienso que debemos encontrar las causas estructurales de esta bazofia urbana más en lo cultural que en lo técnico. Una de ellas, que la reitero siempre, es el cambio de una política de lo ciudadano por una guerra de intereses político/partidarios. Para desgracia colectiva, desde el retorno a la democracia, trastornamos la civitas y la ciudad se transformó en un cuadrilátero para que los medios divulguen la guerra de todos contra todos. Es una telenovela diaria que oculta los desastres estructurales, territoriales y ambientales, que somos incapaces de enfrentar. La arenga politiquera y su divulgación diaria nubla las miradas, idiotiza las mentes, y lleva a la ciudadanía a debatir lo nimio mientras el sistema sigue lucrando en la ciudad.

La norma que permite 40 pisos es una más de un proceso de densificación irracional que hace décadas se ejecuta en esta ciudad. Se inició con 15 pisos, en las dictaduras militares de los años 60 del siglo pasado, y desde entonces no ha parado porque queremos “modernidad y progreso”. Y por esa razón cultural, por ese chip ideológico implantado en nuestro cerebro, nada frenará el avance del capital en La Paz.

Hace décadas caímos rendidos ante el capitalismo global, por ello construimos sobre suelos inestables (los deslizamientos ocurren en edificaciones precarias de poca altura), en aires de río o en bosques urbanos, y afectamos severamente el asoleamiento y la permeabilidad del suelo natural (cuatro pisos precisan 10 metros de retiro y hace más de 50 años aceptamos edificios con retiros de apenas 3 metros). Por ello, una abrogación de ordenanzas o una marcha ciudadana son simplemente una catarsis colectiva extemporánea. Ni ciudadanos ni autoridades somos capaces de enfrentar las causas estructurales de nuestro desarrollo urbano.

Pero ¿por qué construimos una ciudad así? Pues, porque preferimos ser binarios y obtusos, y no tenemos ni un ápice de educación urbana contemporánea. Y no cambiaremos esa conducta. En 2050 discutiremos alturas mayores porque seguiremos creyendo que necesitamos más “modernidad y progreso”; así nuestra propiedad se valoriza y continuaremos felices en el feudo urbano del individuo sobre la comunidad y la naturaleza.

¿Te parece un diagnóstico pesimista? Pues no es. Solo tengo pensamiento divergente y no endulzo estos temas ni como técnico ni como político.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Sobre el llamado Titanic

/ 2 de diciembre de 2022 / 02:20

La pronta inauguración de un nuevo cholet, llamado popularmente el Titanic (aún no tiene nombre), no es un tema menor en el devenir de la arquitectura alteña. Marca una nueva tendencia en el trabajo de Freddy Mamani que merece ser interpretada con agudeza e ingenio para contraponer ideas a la obsecuente teoría arquitectónica de esa ciudad.

La irrupción de los cholets en la ciudad alteña no fue una genialidad personal como supone el encumbrado arquitecto Mamani. Fue, y esto es lo más importante de la arquitectura/ cholet, un proceso social de acumulación creativa. Sus antecedentes se encuentran en el barrio Chijini de la cuidad de La Paz, a los que sumaron personajes como el padre Obermaier y sus iglesias estilo alasitas/ bávaras, entre muchos otros. Ese proceso social, fortalecido por la acumulación económica y política, gestó en décadas construcciones con formas y detalles inscritos en lo lúdico y lo festivo, que son atributos característicos de la cultura local. En esa línea festiva surgieron, y en progresión geométrica, edificios delirantes con detalles que marcan una incontinencia creativa única en la región: detalles neo-andinos, prótesis dentales, iconografías tecnofílicas, Transformers, réplicas 4×4, incluso una pequeña Estatua de la Libertad como en Better call Saul. Sin apegos identitarios, y con una apropiación perversa del imaginario del mundo global, esta arquitectura/cholet cuenta ya con una incipiente teoría que presenta esa arquitectura como una modernidad apropiada. Lo evidente es que el nuevo Titanic abre una veta Hollywood/Las Vegas para una sociedad ávida de mostrar con desfachatez su propuesta artística. Por ello, y colmado de paradojas e incongruencias, un lujoso yate está encallado en el penthouse de un edificio, “surcando” los vientos secos del altiplano, como el clamor arquitectónico de un país mediterráneo.

No tengo dudas de la vigencia e importancia de la arquitectura/cholet. Sus autores y teóricos deberían estar conscientes de su rol en este tiempo. Y con ello en mente, comenzar a cultivar un pensamiento crítico que vaya más allá del autobombo y la autocomplacencia muy propios de las sociedades emergentes. No todo lo que brilla en esas fachadas es oro para el futuro.

¿Qué paisaje cultural tendrá El Alto? A mi entender será una ciudad temática, que a diferencia de Las Vegas, será visualmente bizarra y funcionalmente delirante porque estará agarrotada de actividad terciaria, con réditos y proyecciones más allá de las fronteras; pero cuya visualidad, cuyo fachadismo, no ocultará los temas fundamentales de este nuevo tiempo, a saber: ciudad y territorio sustentables.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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