Voces

martes 19 ene 2021 | Actualizado a 17:07

Pensar en los contribuyentes

/ 29 de julio de 2019 / 23:44

Tiempo atrás, comentábamos en este mismo espacio sobre la campaña “La factura de la felicidad”, difundida por el Servicio Nacional de Impuestos para incentivar la demanda de facturas entre la ciudadanía a la hora de comprar algún bien o pagar algún servicio. En concreto, observábamos que la lista de ganadores de esta iniciativa no estaba agrupada por orden alfabético de los apellidos, sino por el tipo de premio.

Disposición que dificultaba la labor de las personas a la hora de consultar si habían resultado elegidas o no, por cuanto debían revisar sus datos entre los cerca de 300 ganadores. A los pocos días, esta misma lista volvió a ser publicada pero según el orden alfabético de los apellidos. Es decir que se trató de una positiva reacción, la cual resaltamos. Sin embargo, la última lista, publicada el domingo, vuelve a complicar insulsamente a los contribuyentes, ya que, como la primera vez, los ganadores han sido agrupados según los premios, no según el orden alfabético de los apellidos.

Por tanto, urge insistir en la importancia de que las autoridades tributarias hagan el esfuerzo de “ponerse en los zapatos” de la ciudadanía, ya sea que se trate de una simple campaña de cultura impositiva o de temas más complejos, como el número de impuestos que se deben pagar o las formas y alternativas puestas a disposición de la ciudadanía para honrar esta responsabilidad. Se trata de un principio básico, sobre todo porque una de las mejores maneras de ampliar la base tributaria de un país pasa por “facilitarles la vida” a los contribuyentes en todos los aspectos posibles. 

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Enero: ¿estulticia, cálculo o locura?

/ 18 de enero de 2021 / 23:48

Entre fines del siglo xv e inicios del xvi, dos humanistas escribieron sendas obras críticas de los abusos y locuras resultado de la estulticia, necedad y estupidez humanos y las prácticas corruptas resultado de esos comportamientos: La nave de los tontos (Narrenschiff) de Sebastian Brant (1494) y el Elogio de la locura (Moriae Encomium, sive Stultitiae Laus) de Erasmo de Róterdam (1511).

No voy a describirlas ni comentarlas, solo me guiarán para entender acontecimientos cercanos.

Mañana, Joseph Robinette Biden Jr. asumirá la Presidencia de los EEUU acompañado de Kamala Devi Harris. En lo anecdótico, Biden será el segundo presidente estadounidense católico y de origen irlandés (por su madre) —el primero fue el asesinado John F. Kennedy— y el de más edad: 78 años; Harris será la primera mujer Vicepresidente y la primera persona mestiza afroasiática en lograrlo.

Estas elecciones fueron realmente inusuales. Comenzaron en 2019 cuando Donald Trump —presidente saliente— parecía un ganador seguro tras el apoyo de la cúpula de su partido, el Republicano, y con la dispersión de aspirantes la candidatura del Partido Demócrata: más de 20, un arco desde filosocialistas hasta conservadores (no olvidemos que el ultraconservador gobernador racista de Alabama George Wallace, quien siguió defendiendo la segregación racial después de promulgada la Ley de Derechos Civiles de 1964 con su eslogan “segregación ahora y segregación siempre”, fue del Partido Demócrata).

Trump llegó a la presidencia en 2016 a pesar de casi 3 millones de votos populares menos que su contrincante Hillary Clinton, pero ganando en la mayoría de los estados mayoritarios para el Colegio Electoral: 304 versus 227. (En los EEUU, desde su primera elección de 1788-1789 cuando fue elegido George Washington, se utiliza el sistema de votos delegados: el Colegio Electoral, cuerpo de compromisarios elegidos en los estados que eligen al presidente y vicepresidente, un sistema que pudo ser útil hasta inicios del siglo xx pero cada vez más cuestionado, inútil, antidemocrático, conflictivo y perverso.) En noviembre de 2020, Biden obtuvo más de 7 millones sobre los de Trump pero, a diferencia de 2016, también consolidó su victoria con una amplia mayoría de votos electorales: 74 más. El pésimo manejo de la pandemia —reflejado en la caída de la economía— pesó contra Trump, incluso más que su apoyo a sectores ultraconservadores y racistas (QAnon y Proud Boys) y el continuado aislamiento del país.

La insistente narrativa del “fraude” nunca demostrado, las permanentes e inútiles argucias legales y, al final, las desesperadas presiones de Trump para voltear las elecciones en el mejor estilo de los populismos latinoamericanos —antecedidas por negar la validez del voto por correo—, fracasaron y son bien conocidas.

Trump se va obligado pero deja minas: un Partido Republicano fracturado entre conservadores moderados que quieren librarse de Trump y los que, a su sombra, esperan seguir obteniendo réditos políticos; una narrativa de fraude que cuestiona la integridad electoral pero, sobre todo, una gran división en el país que quiebra la confianza en sus instituciones democráticas: el 6 de enero fue una consecuencia.

Las elecciones de 2016 y 2020 han dejado al descubierto dos países dentro de los EEUU: uno del éxito intelectual y empresarial, liberal, abierto al mundo y ubicado en los centros urbanos principales, y otro golpeado por la recesión, olvidado y afectado por el progreso y el crecimiento del país, la crisis de 2008 y la globalización, aislacionista y conservador, que está en las zonas rurales y las demás áreas deprimidas. “Curar” esas diferencias —además de la pandemia— será/es la tarea fundamental de supervivencia para las próximas administraciones.

Pandemia y economía, dos damoclianas que también penden en Bolivia.

José Rafael Vilar es analista y consultor político.

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La grandeza de River, la flaqueza de Boca

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 18 de enero de 2021 / 08:51

Si existe un insulto imperdonable para un hincha de Boca es decirle que su equipo ‘gallineó’. Y más en Copa Libertadores. Pero esta vez los xeneizes no reaccionaron ante la “afrenta”, quedaron chatos, son conscientes del papelón. Ellos mismos masticaban rabia: “jugamos a lo River”. Agravado porque veinticuatro horas antes River había dado una sobrada muestra de coraje ante Palmeiras; a punto estuvo de la hazaña de levantar un 0-3 en Brasil, habiendo arrinconado durante 101 minutos al Verdão en el Parque Antarctica. Con once y con diez hombres. Y así como River casi consigue la proeza —le sobraron fútbol, guapeza y situaciones— Boca se pudo haber traído cinco o seis goles de Vila Belmiro; directamente, no compitió.

Más allá de los matices, fue una semana espectacular de Copa que prestigió la competición, jerarquizó el producto ante la televisión y los patrocinadores. Un solo encuentro, uno de los 155 que componen el torneo justificó todo el desarrollo y quedará grabado por años: Palmeiras 0 – River 2. Partido que honra a la Libertadores; evocó las grandes noches coperas de los ‘60, los ‘70 y los ‘80. Palmeiras fue a la final y River a su casa, pero la grandeza no se mide sólo con resultados, también con actitud. Vimos en River el fuego sagrado que distingue al jugador rioplatense. Fueron dos horas en que estuvo en vilo el continente futbolístico.

Remontar el 0-3 de la ida en Avellaneda parecía utópico ante un grande de Brasil y en San Pablo, pero el equipo de Gallardo (nunca tan certera la asociación) salió a comerse vivo a Palmeiras y a los 44 minutos ya estaba dos goles arriba con dos cabezazos, uno matador del paraguayo Rojas y otro del colombiano Borré. Lo tenía acorralado a Palmeiras futbolística y sobre todo anímicamente. Metido en su arco, atribulado, el once dirigido por el portugués Abel Ferreira no encontró respuestas en toda la noche ante la superioridad millonaria. Poco orgullosa forma de llegar a una final. Y hubo cinco jugadas polémicas, de las que habló Sudamérica: en las cinco se falló en contra de River. Un precioso gol de Montiel y un penal a Borré estuvieron bien anulados por mínimos fuera de juego anteriores; el penal de Alan Empereur a Suárez (lo vimos unas ochenta, cien veces) nos parece falta, aunque reconocemos que es discutible. Luego hubo dos más: una equivocada doble amarilla a Robert Rojas faltando 37 minutos cuando ni había cometido infracción; y, por último, un intento de rechazo del arquero Weverton que le erró a la pelota y le pegó con su puño en la cara al chileno Paulo Díaz; claro penal que el VAR, tan minucioso en otras, no vio. Muchas veces hablamos de la suerte de River con los arbitrajes, esta vez prácticamente se le escurre una Libertadores por errores en su perjuicio. Pese al éxodo de figuras desde 2015 hacia acá (Lucas Alario, Pity Martínez, Scocco, Juan Fernando Quintero, Martínez Quarta, Exequiel Palacios y varios más) Marcelo Gallardo ha sabido mantener a River en lo alto de la consideración, con el hambre competitivo intacto. Y con juego arrollador.

Luego vino otro plato fuerte: Santos-Boca. En 1963, con Pelé y Coutinho, el Peixe le ganó la final en La Bombonera; en 2003 el Boca de Tevez se desquitó en el Morumbí sobre el once de Diego y Robinho; y en esta semifinal, aún con Tevez en cancha (casi dieciocho años después), Santos lo dejó de a pie. En Buenos Aires se había dado un abúlico 0 a 0.

En su cajita de zapatos de Vila Belmiro, el eterno club de Pelé salió a buscar el partido en tanto Boca, irreconocible, asumía una actitud similar a la de Palmeiras, timorata, defensiva, impotente. No es buen equipo Boca y le quedaba grande el traje de finalista, pero se le esperaba otra respuesta espiritual. Flaqueó feo. El Santos que será recordado por sus dos bajitos -Marinho 1,68 y Soteldo 1,60- le ganó 3-0, que tranquilamente pudo ser el doble. Que el fútbol evoluciona lo marca este hecho: la camisa 10 que durante 20 años fuera de Pelé ahora es de un venezolano, Yeferson Soteldo. Y la lleva bien. Marcó un golazo que terminó de derrumbar a Boca.

La idea de que pudiera reeditarse una final entre Boca y River salpimentó el último tramo de la Copa. Se dio todo lo opuesto, definirán Palmeiras y Santos. Y aunque están llenos de historia, de tradición, no despiertan lo mismo que los Primos. Ahora parece una definición descafeinada. Sin distinción de colores y nacionalidades, todos los hinchas hubiesen preferido otra final entre Boca y River. Con fallas, con limitaciones, la pasión que ponen los equipos argentinos los torna atractivos en competencia, sobre todo en juegos eliminatorios. Ni hablar si llegan al choque decisivo. Y estas semifinales lo grafican: impactaron más por lo que hizo River y no hizo Boca que por las prestaciones de Santos y Palmeiras, aún ganando. Siempre hay algo para ver en un Boca-River: un espectáculo vibrante como el de Madrid en 2018, que encandiló al mundo, la intensidad, la rivalidad, las broncas. Hasta las patadas son memorables en un superclásico. Lo sintetizó Juan Carlos Barberis, un discreto lateral derecho que actuó en ambos equipos en los años ’60; antes de un clásico le preguntaron cómo afrontaría el gran duelo: “Hoy dejo la sangre en la cancha, la mía y la de los contrarios”, respondió. Así juegan, por eso gustan.

Las semifinales entre brasileños y argentinos -apasionantes- reeditaron la discusión sobre si hay que quitarles cupos a ellos para darles a otros medios menos poderosos. Muchos piensan así. ¿Y eliminar a quienes dan las mejores funciones…? Parece ir en contra de toda lógica.

Santos buscará sus cuarta corona y parte con una ventaja para la finalísima del sábado 30 de enero en Maracaná: su resonante victoria sobre Boca es una inyección de fe, de entusiasmo. Palmeiras es la contrafigura, la forma tan poco elegante de arribar a la cita lo deja con dudas. En su camino quedaron Guaraní, Bolívar, Tigre, Delfín, Libertad. Cuando le tocó un acorazado como River, le tembló el pecho. Pero esto es fútbol, el único territorio donde todo puede suceder.

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Fútbol y tele, una burbuja

Ricardo Bajo, periodista

Por Ricardo Bajo

/ 18 de enero de 2021 / 08:47

¿Vive el mundo del fútbol una burbuja respecto a los derechos de televisación? Pareciera que si. Las empresas pagan al alza y los clubes contratan jugadores con sueldos estratosféricos, aquí y en la China. ¿Se puede pinchar ese globo como desapareció la burbuja financiera en 2008 dando paso a una crisis estructural capitalista? Pareciera que también.

El fútbol de Francia se quedará a partir de febrero sin televisión y sus hinchas no podrán ver a sus equipos favoritos en la pequeña pantalla. La cadena que ostentaba los derechos, Mediapro –con sus equipos se retransmite el fútbol boliviano- ha roto el contrato pues las cuentas no cuadran después de que el balompié galo congelara el torneo en abril pasado, incumpliendo por ende el número de partidos a retransmitir. La otra empresa –Canal Plus- que tenía los derechos (en un 20%) ha renunciado.

¿Cuáles serán las consecuencias? Un peligroso abismo, una rebaja de salarios de los futbolistas y una fuga de “estrellas”, como Neymar o Mbappé (a pesar de que el PSG vive del dinero de una dictadura absolutista como la de Catar). Los presupuestos de algunos clubes de España o Francia llegan a ser 90% dependientes de los derechos televisivos. De tanto explotar la gallina de los huevos de oro, el “bisnes” se puede arruinar solito.

En Bolivia los sueldos que se pagan a determinadas “figuras”, cercanos a los 20.000 dólares al mes, no están acorde con la economía nacional ni con lo (poco) que se genera. Esta inflación provocada por los grandes equipos ha traido una desigualdad acelerada y una apuesta obsesiva por la clasificación a torneos internacionales. Ya no importa tanto salir campeón como asegurarse fase de grupos de Copa Libertadores o lo que es lo mismo, tres millones de dólares de un saque. Dicha “manía” está matando la propia idiosincrasia del juego: morir por dar la vuelta olímpica y levantar la Copa.

El negocio del fútbol, tarde o temprano, cambiará su forma de consumo. Del actual sistema privado de cable al “pago por ver” para cada partido y de ahí al dominio de las “viejas” plataformas, como Amazon, o las nuevas como Twitch con periodistas abriendo sus canales en ellas para adaptarse a la nueva era. La burbuja se ha pinchado en Francia. ¿Se pinchará en Bolivia también con varias empresas poniendo 50 millones de dólares y condicionando los torneos por un negocio que no lo parece?

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Los ministros de las masacres

/ 18 de enero de 2021 / 01:53

A mediados de noviembre de 2019 se perpetraron masacres en Sacaba y Senkata: 36 muertos y centenas de heridos. Esas masacres necesitan ser investigadas y sancionadas. De esas matanzas crueles a campesinos y pobres hay temas que permanecen en la sombra quizás porque su revelación desataría entretelones aterradores. Uno de ellos: el papel del primer gabinete de Jeanine Áñez que rubricó el Decreto Supremo 4078 avalando esas masacres. Con sus firmas aquellos ministros se ponían la soga en el cuello.

De las bambalinas tenebrosas que rodean a ese gabinete de la muerte se abrió una grieta hace poco. La entonces ministra de Comunicación, Roxana Lizárraga, denunció a su excolega y exministro de Gobierno, Arturo Murillo, que, al enterarse de una reunión de gabinete a propósito de las noticias de los muertos de la masacre de Sacaba que llegaban al Palacio de Gobierno, habría dicho: “Cómo es que nos llaman por cinco muertos, nos agitan, tenemos tanto trabajo y nos llaman por esto”.   

En este Decreto se urdía el pretexto que “Bolivia vive un estado de caos y convulsión social, debido a la manipulación del voto popular en las elecciones del 20 de octubre de 2019, situación que tiende a agravarse, incluso de llegar a una guerra civil, situación que debe ser evitada por todos los medios legales y legítimos, en la búsqueda definitiva de la pacificación de la sociedad boliviana”. Sin embargo, fue una matanza atroz. Testimonios de las víctimas que lograron esquivar a la muerte son desgarradores: “Nos disparaban como animales”, decían.

¿En el momento de firmar ese Decreto Supremo legitimador de las masacres en qué estarían pensando esos ministros? Quizás, pensaron que la derrota del Movimiento Al Socialismo (MAS) necesitaba una estocada final y esas matanzas servirían para escarmentar a su base social. Quizás, pensaron que la derrota del partido de Evo Morales iba a ser duradera. Quizás, la borrachera del poder y sus ventajas económicas y políticas les cegó su raciocinio o, quizás, muchos de ellos ni siguiera leyeron —por ambición, flojera o ignorancia— aquel Decreto que les abriría en el futuro un juicio penal.

Según las revelaciones de Lizárraga, “Murillo pedía que se hagan reuniones en grupos pequeños y que los ministros firmemos lo que él decidía, porque al final nos dimos cuenta que muchas de las decisiones salían de él, entonces ahí yo le aclaré que además teníamos que saber todo, los ministros, era necesario que estemos al tanto de lo que íbamos a firmar en esos momentos”.

Sea como fuera, los ministros de Áñez con su firma en ese Decreto Supremo se convirtieron en responsables de esas masacres atroces. O sea, la responsabilidad penal sobre esos hechos luctuosos, mediante un juicio, tarde o temprano, va recaer en estos exdignatarios de Estado. A diferencia de la exmandataria que amerita un juicio de responsabilidades por su investidura, los exministros no gozan de estas prerrogativas de ley.      

Según el artículo 111 de la Constitución Política del Estado (CPE), la figura jurídica de masacre forma parte de “los delitos de genocidio, de lesa humanidad, de traición a la patria, crímenes de guerra (que) son imprescriptibles”. Diferentes investigaciones de instituciones de derechos humanos y académicas a nivel internacional calificaron a estos hechos sangrientos de masacres por las ejecuciones extrajudiciales que hubo.  

Las víctimas y sus familiares claman justicia. La Fiscalía debe terminar la investigación para imputar a los responsables de estas masacres. Entonces, los ministros de la muerte tendrán que ser juzgados y sentenciados.

Yuri Tórrez es sociólogo.

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La deuda externa y la pandemia

/ 18 de enero de 2021 / 01:50

El crecimiento de la deuda externa, tanto pública como privada, es un problema de envergadura, porque hay que dedicar cada vez más recursos para amortizarla, en perjuicio de los fondos que se necesitan para poner en marcha la actividad económica del país y enfrentar la pandemia del COVID-19. El déficit fiscal se encuentra por encima del 10%, lo cual es preocupante. No es lo mismo financiar un hospital o una carretera que puede tener una duración de 10 años, que un gasto corriente.

La deuda externa de Bolivia de mediano y largo plazos, al 10 de junio del 2020, suma $us 11.624,8 millones, de los cuales la deuda con los organismos multilaterales llega a un total de $us 7.857,8 millones, se incluye el préstamo que desembolsó el Fondo Monetario Internacional (FMI) por $us 327 millones, mientras que la deuda bilateral suma $us 1.468,6 millones, donde tenemos a China como el mayor acreedor con 1.030,4 millones.

El indicador de la relación entre el servicio de la deuda y el valor de las exportaciones, en el caso del país llega al 6,7%, cuando se tiene un límite referencial de 20% establecido en el Marco de Sostenibilidad de Deuda del BM-FMI.

La actual deuda interna del país tuvo un elevado incremento en la gestión pasada, debido principalmente a la emergencia del COVID-19. De acuerdo con informes del Ministerio de Economía y Finanzas Públicas, creció de Bs 44.277 millones a fines de 2019 a Bs 61.152,3 millones en septiembre de 2020.

Si bien los indicadores de la deuda externa muestran un amplio margen de endeudamiento, es recomendable que el Gobierno maneje adecuadamente esta actividad. No podemos olvidar que la indiscriminada captación de crédito externo por el gobierno de Banzer en los años 70 fue una de las causas de la crisis que derivó en la hiperinflación de los años 80 del siglo pasado.

En la década de los 80, la deuda externa fue renegociada con mucho criterio, la deuda bilateral fue condonada; la deuda del sector privado se la compró con un 90% de rebaja con un fondo de fideicomiso manejado por el Fondo Monetario Internacional (FMI). Este fondo fue creado por donaciones de países amigos. Esta situación no se la volverá a tener por el desarrollo que tuvo el país.

De  acuerdo con el informe del Banco Central de Bolivia (BCB), al 10 de junio los créditos externos sumaban $us 11.624,8 millones, de los cuales se adeuda un total de $us 7.857,8 millones a los organismos multilaterales.

Los niveles de endeudamiento externos están subiendo en todo el mundo, porque se necesitan mayores cantidades de recursos para encarar la pandemia y sus efectos en la economía.

En el caso particular de Bolivia, la tendencia es la misma. De acuerdo con estimaciones, llegamos a fines de 2020 con una deuda externa que podría estar fluctuando entre los $us 13.000 millones y 14.000 millones.

Un buen porcentaje de estos nuevos endeudamientos se destinaron a atender las necesidades sanitarias debido al COVID-19 y llenar el vacío generado por medidas como el diferimiento del pago de impuestos o la reprogramación de deudas.

En una reunión con los presidentes de países miembros del Mercado Común del Sur (Mercosur), el presidente Luis Arce planteó la realización de una reunión de ministros del área económica de los Estados miembros a fin de construir ejes que nos posibiliten solicitar a países desarrollados y a organismos de financiamiento un conjunto de medidas de alivio a la deuda externa en favor de nuestros países.

El Presidente sugirió la creación de un fondo de crédito que permita a donantes y aportantes el acceso a créditos blandos y el incremento de la ayuda oficial al desarrollo de las fuentes de financiamiento externo para los países en desarrollo.

El nuevo endeudamiento externo debe ser muy cuidadoso. Contraer nuevos empréstitos viene aparejado de nuevas obligaciones. Ya señalamos líneas arriba las consecuencias de un endeudamiento sin control, que afectó la estabilidad política de gobiernos posteriores.

Si los nuevos préstamos no ayudan a crear nuevas fuentes de trabajo y más actividades productivas, pueden convertirse en un lastre para las futuras generaciones.

Rolando Kempff Bacigalupo es economista, presidente de la Cámara Nacional de Comercio y miembro de la Academia Boliviana de Ciencias Económicas.

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