Voces

Tuesday 29 Nov 2022 | Actualizado a 14:06 PM

Parque automotor

Existen diversos medios para desincentivar el uso de automóviles en las ciudades.

/ 23 de septiembre de 2019 / 23:46

Solo en lo que va del año, el parque automotor de La Paz se ha incrementado en casi 5.000 automóviles, es decir, en promedio cada día se han sumado 21 coches al tráfico de las calles. Un especialista en la materia afirma que esta cifra es inferior al de años anteriores, por lo que el problema no está solamente en el número de coches nuevos, sino en la capacidad de las vías.

En efecto, si bien en 2018 el parque automotor paceño creció en poco más de 16 coches al día, un año antes, en 2017 ese incremento fue de 33 automóviles; y dos años antes, de 56. Estas cifras, cuya sumatoria supera los 302.000 automóviles de todo tipo circulando cotidianamente en las calles de la sede de gobierno, merecen una reflexión de parte de las autoridades, que si bien no pueden impedir la importación y comercialización de nuevos coches, deben comenzar a pergeñar medidas para evitar que ello siga depauperando la vida urbana.

El efecto más evidente del desmesurado crecimiento del número de automóviles puede observarse en las calles, que se saturan cada vez en más lugares de La Paz, provocando insufribles embotellamientos, que han causado que la velocidad promedio de circulación en la ciudad sea de entre 3 y 7 kilómetros por hora. Súmese a eso la proverbial indisciplina de la mayoría de los conductores, y se tiene las condiciones perfectas para hacer un infierno de la experiencia de conducir en la sede de gobierno.

El Comandante Departamental de Tránsito coincide en que el problema está en la combinación de un parque automotor excesivo con el tipo de calles y topografía de la ciudad, que en muchos casos impiden una circulación fluida. Hay que añadir a ese diagnóstico la cantidad de automóviles, vagonetas y minibuses dedicados al transporte de pasajeros, que si bien cumplen una función imprescindible, entorpecen la circulación en toda la ciudad gracias a su falta de disciplina la hora de recoger y dejar pasajeros; quienes a su vez creen tener el derecho a subir y bajar de los vehículos donde les es más conveniente.

Existen diversos medios para desincentivar el uso de automóviles, entre ellos la fijación de un número límite de coches circulando en la ciudad. Lo cual, por ejemplo, obligaría a las importadoras a ayudar a sus clientes a reemplazar su antiguo automóvil por uno nuevo en lugar de tener los dos y a quitar de circulación aquellos que sean muy antiguos. Otra opción es la implementación de un sistema de transporte público eficiente, como el de La Paz Bus o Mi Teleférico, pero con una mejor cobertura.

También están el “carpooling”, que ayuda a los vecinos a ponerse de acuerdo para transportarse juntos en lugar de usar varios automóviles a la vez; y el parqueo tarifado, que obliga a las personas a pensar bien antes de salir en coche, pues luego no tendrán dónde estacionarlo. Todas ellas son ideas que deben considerarse antes de que sea demasiado tarde.

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Haití, cólera y violencia

/ 29 de noviembre de 2022 / 02:03

Para llegar al hospital, las madres tuvieron que recorrer el frente de batalla en una guerra entre pandillas, cargando a sus bebés enfermos durante las pausas de los tiroteos y pasando por delante de los cadáveres en el camino. No tenían otra opción: el cólera, que resurge en Haití, había llegado para llevarse a sus hijos. El cólera se está disparando en todo el mundo. Sin embargo, el resurgimiento del cólera es un giro del destino bastante cruel en Haití, que en febrero declaró la victoria de la erradicación de la enfermedad tras combatirla durante más de una década. Ahora, ese triunfo ha sido arrebatado por las mismas fuerzas que están sumiendo a la nación en un profundo caos y desesperación: se trata de los grupos armados que han convertido vastas franjas de la capital en paisajes infernales de violencia sin ley, mientras el Gobierno parece ser incapaz de tomar el control.

En octubre, el país registró su primer caso de la enfermedad en tres años y los contagios han aumentado desde entonces. Haití tiene experiencia en el combate al cólera, que se propaga a través del agua contaminada y es relativamente fácil de tratar con una simple rehidratación. Pero las autoridades sanitarias no pueden ofrecer la atención más básica en los barrios pobres, donde las pandillas han bloqueado el acceso al mundo exterior impidiendo la entrada de los médicos y dejando que los enfermos mueran en sus casas.

Varias crisis entrelazadas han obstaculizado la batalla contra el cólera. En septiembre, grupos armados tomaron el control del mayor puerto de Haití bloqueando el suministro de combustible en todo el país durante casi dos meses, lo que desencadenó una serie de acontecimientos que propiciaron las condiciones ideales para la propagación de la enfermedad.

La recolección de basura se detuvo por completo en zonas de Puerto Príncipe, convirtiendo las calles de los barrios marginales en ríos de lodo infecto y creando montañas de basura junto a los mercados de alimentos. El servicio de agua del país dejó de funcionar con normalidad y el agua potable empezó a escasear en los grandes barrios marginales. Miles de personas que huían de la violencia se refugiaron en un parque público ubicado cerca del aeropuerto de Puerto Príncipe, donde muchos dormían junto a desechos humanos antes de que las autoridades los obligaran a salir.

Los hospitales redujeron sus servicios, al carecer del combustible necesario para mantener las máquinas en funcionamiento. Los suministros de oxígeno se quedaron varados en los puertos, por lo que murieron recién nacidos que no podían respirar por sí mismos. El número de ambulancias operativas cayó en picada.

La Organización de las Naciones Unidas informó el mes pasado que, por primera vez, el hambre, que ha acechado a Haití durante mucho tiempo, había alcanzado niveles “catastróficos” en el barrio de Cité Soleil, una designación del hambre más extrema que ha hecho que miles de personas experimenten condiciones similares a la hambruna. Algunos residentes dicen que recurren a beber agua de lluvia y a preparar comidas con hojas hervidas.

La devastación que sufre Haití ha conmocionado a un país acostumbrado a la agonía. El mes pasado, el Gobierno haitiano hizo una notable petición de intervención armada al extranjero para poder enfrentar sus crisis actuales, pero aún no está claro si algún país enviará soldados. Desde octubre, la enfermedad ha matado a más de 100 personas y 8.000 se han contagiado, aunque los expertos dicen que las cifras oficiales quizá subestiman el verdadero número de víctimas.

El cólera, que según científicos llegó a Haití por primera vez hace más de una década de la mano de las fuerzas de paz de las Naciones Unidas, es causado por una infección bacteriana y provoca incesantes oleadas de diarrea y vómitos. El tratamiento es sencillo —rehidratación, por vía intravenosa en los casos más extremos— pero debe administrarse de manera rápida.

La enfermedad puede matar a sus víctimas en un día, sobre todo a los niños que sufren desnutrición y que pronto pueden pasar de la deshidratación a la falla orgánica.

Según los expertos, una de las formas más sencillas de prevenir la muerte generalizada es establecer puestos de avanzada para suministrar rehidratación oral dentro de los asentamientos donde viven las personas más vulnerables. Ahora que el combustible fluye por todo el país, es técnicamente factible viajar a esos barrios, pero a menudo eso solo se puede hacer arriesgando vidas. Como las pandillas controlan la mayor parte de la capital de Haití, los grupos de ayuda tienen que negociar constantemente para poder entrar y salir de sus territorios. A veces, los líderes de las pandillas les niegan la entrada.

Natalie Kitroeff es columnista de The New York Times.

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Siglo XX: Sobreviviendo

/ 29 de noviembre de 2022 / 01:57

El recorrido por viejos caminos te trae sorpresas, ya no es la calle que te lleva al trabajo, es la que te ofrece tentaciones para un alto en el camino. Es un mercado persa, por la variedad y el colorido de las ofertas. Desde los platillos típicos: la pisara, la thayacha, la kanka, fideos uchu, alternados con salchipapas, hamburguesas, pollos en todas sus formas; acompañados de refrescos: mocochinchi, linaza, maracuyá, agua de coco, piña; abundan las ofertas de celulares y los artefactos conexos; igualmente las prendas de vestir de marcas, aunque de estas solo lleven la etiqueta, junto con ropa colorida de las comunidades norte potosinas. Las calles amplias y de casas chatas son un recuerdo; se impone la invasión de comerciantes y los edificios esqueléticos construidos en un pequeño espacio de casa de campamento. La planificación urbana es lo de menos, se impone el sobrevivir.

El municipio de Llallagua se autodefine como indígena, minero, turístico y universitario. Son dos ayllus que son parte de este municipio, sus comunidades se van despoblando con rumbo, en primera instancia, a la capital Llallagua y luego al interior y exterior del país. Sus montañas inmensas, la ciudad de piedra regada por un meteorito, las aguas termales son atractivos naturales. La explotación del estaño con su revolución industrial y su movimiento sindical es lo que le dio renombre mundial; quedan como testigos el tajo enorme en el cerro Juan del Valle y las inmensas montañas creadas con los desmontes de caja extraídos de sus entrañas. Todavía existe la explotación minera, con quejas de que las vetas se han perdido, con un sistema de producción que repuso el combo y la barreta, el quimbalete, el maritate, los buddles, técnicas introducidas en la colonia.

La Universidad Nacional de Siglo XX, impulsada y creada en momentos de glorias del proletariado minero y el inicio de su destrucción (1985), no pudo concretarse en su concepción pedagógica: estudiar trabajando, ni mucho menos ser una universidad de obreros. El cierre del sistema productivo industrial, la relocalización, la destrucción de los sistemas de salud y educación de la Comibol, el cierre de las radios mineras, le privaron de la base material para hacer de la eficiencia productiva el motor de la investigación y la renovación tecnológica, sin poder desplegar calidad y calidez en los servicios, ni mucho menos la palabra para debatir y encontrar la verdad y en torno a ella construir una comunidad. La universidad fue replegada al aula, obligada a luchar por su sobrevivencia.

Así, sin espacio político para la fuerza social que la creó, fue ganando espacios donde el abandono era evidente. Aulas en colegios cerrados, en centros de formación de amas de casa, en el edificio sindical, en oficinas abandonadas de la empresa, en mercados sin compradores, campos deportivos, asentamientos alentados por los vecinos, custodios del abandono. Sin orden ni concierto, su infraestructura se fue desplegando en un área inmensa, buscando alojamiento que la cobije: en épocas de agonía no hay espacio para la planificación, hasta los propios principios fundacionales parecen un estorbo. Su misma presencia en el sistema universitario es un incordio, negándole la coparticipación tributaria y recomendando abandonar sus principios.

Con el advenimiento del proceso de cambio, la situación mejoró. La nacionalización de los hidrocarburos le permitió participar en el IDH y el gobierno de Evo Morales no dudó en darle su apoyo. Sin embargo, el desconcierto aumentó. Con 7.000 estudiantes, la mayoría del interior y 15 carreras, se convirtió en principal elemento de la circulación del mercado persa. Es natural que este se dinamice donde se encuentre una carrera.

Hoy, la UNS-XX enfrenta un problema. Por más de 20 años, sucesivamente, las carreras de Odontología y Medicina utilizaron los espacios de la bocamina de Siglo XX que fueron la botica, seguridad industrial, club Bolívar, oficina de tiempos, casa superintendente mina, club ingenieros; la incomodidad no es nada si de sobrevivir se trata. Hoy se tiene la posibilidad de contar con una infraestructura con todos los requerimientos que la carrera de Medicina necesita, lo primero es dónde realizarla y acá surgen las leyes del mercado. Unos pretenden mantener las relaciones socioeconómicas construidas en estos años y otros crear en su entorno, no una carrera, sino un mercado. En la disputa se manejan toda clase de argumentos propios de la competencia: históricos, financieros, medioambientales, de seguridad ciudadana, de infraestructura urbana, de autonomía, etc.

Lo que menos existe es deseo de dar excelencia a la universidad y esta se construye paso a paso, con una mirada firme al horizonte. Si de terreno se trata, pueden disponer de las 110 hectáreas —bellamente amuralladas— que un iluso las viabilizó soñando en una ciudadela universitaria.

José Pimentel Castillo fue dirigente sindical minero.

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Los secretos de los árboles

/ 29 de noviembre de 2022 / 01:55

En casa tenemos un pequeño olivo. Quiero decir: en una habitación soleada de mi departamento hay un olivo flaco y joven en una maceta.

No es la primera vez que tenemos un árbol en interiores. Hace un par de diciembres alquilamos un pino de Navidad que venía en una maceta. En enero, la empresa que nos lo rentó pasó a recogerlo para plantarlo en un bosque cercano a Ciudad de México. La idea resultaba reconfortante: disfrutar del árbol y luego devolverlo a la naturaleza.

En un planeta que se calienta, se deshiela y se incendia, los árboles son cruciales.

En grandes cantidades, como en los bosques tropicales, atrapan las emisiones de efecto invernadero. En los parques brindan sombra y solaz. Derribados son cuenco y cuchara, mesa, techo, balsa.

Recién plantados son un voto por el futuro.

Algunos países se debaten entre preservar los bosques o explotarlos. En Brasil, la Amazonía ha sido talada para permitir la explotación ganadera y agrícola. En Congo, se está subastando una extensión de turberas tropicales para la exploración petrolera. En México, la construcción del Tren Maya ha supuesto arrasar árboles en medio de la selva.

Un país intenta un enfoque diferente. Gabón, uno de los productores petroleros más importantes de África, está lleno de árboles: 90% de su territorio está cubierto de bosques. Ahora, como escribe Dionne Searcey, es un gran laboratorio de conservación.

El Gobierno comenzó a disminuir sus exportaciones de petróleo, prohibió la exportación de madera en bruto y favoreció una industria maderera local que ya emplea al 7% de la mano de obra del país. También impuso restricciones severas —que limitan la tala a solo dos árboles por hectárea cada 25 años— para conservar su selva tropical. Los países con bosques observan de cerca el experimento.

Hay otras razones menos evidentes para salvar a los árboles: en las últimas décadas, los científicos han descubierto que muchos forman parte de un sistema intrincado de cooperación biológica que, bajo tierra, une las raíces con otros organismos vivientes, específicamente los hongos.

(De hecho, tal vez recuerdes este gran reportaje sobre una expedición científica en Chile de hace unos meses, en el que informamos sobre los esfuerzos para conocer mejor estas redes).

Estos hallazgos sobre la interdependencia y la cooperación se han popularizado y ahora hay libros y series de televisión que promueven la idea de que los árboles se comunican entre ellos. Sin embargo, algunos expertos consideran que se ha exagerado y simplificado esta noción. Recomiendo mucho esta lectura que plantea el debate.

Elda Cantú es columnista de The New York Times.

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Bolivia continuará creciendo en 2023

/ 29 de noviembre de 2022 / 01:51

El Presupuesto General del Estado (PGE) es el instrumento de política fiscal más importante; refleja los ingresos y asignación de gastos que el Estado prioriza dentro de una gestión, es así que, el 21 de noviembre, el Ministerio de Economía y Finanzas Públicas presentó las cifras para la gestión 2023, proyectando un presupuesto agregado de Bs 317.129 millones y un consolidado de Bs 243.950 millones.

Recordemos que en 2021, el Producto Interno Bruto de Bolivia creció en 6,1% y al primer semestre de 2022 registró un aumento del 4,13%, mostrando la efectividad de las medidas aplicadas en el marco del Modelo Económico Social Comunitario Productivo (MESCP) para la reconstrucción de la economía, lográndose reconducir al país hacia la senda del crecimiento económico sostenido.

Para 2023, se proyectó un crecimiento económico del 4,86%, reflejando que la actividad económica de Bolivia continuará con un dinamismo muy importante, pese al contexto externo adverso, que tuvo efectos negativos en las economías del mundo en general.

Otro aspecto importante a resaltar de las cifras del presupuesto de la gestión 2023, es la inversión pública que superaría los $us 4.006 millones, siendo una de las variables que impulsa el crecimiento económico, fortalece el aparato productivo y contribuirá en la política de industrialización con sustitución de importaciones. Del monto señalado, el 42% se destinará a proyectos productivos, el 26% al sector social, el 24% a infraestructura y el restante al multisectorial.

Asimismo, garantiza los recursos para dar continuidad a la ejecución de políticas sociales con la redistribución de excedentes generados principalmente por las empresas públicas, tal es el caso de la subvención a los hidrocarburos que beneficia a toda la población en su conjunto, permitiendo mantener la estabilidad de precios de los combustibles y reducción de los costos de producción de bienes y servicios, para lo cual el Gobierno proyectó un importe de Bs 7.642 millones, disponiendo los recursos necesarios para este fin, esta es una de las tantas medidas acertadas para la protección de la población más vulnerable.

La población boliviana continuará gozando del acceso universal y gratuito a la salud y educación, siendo una de las políticas del Gobierno orientada a mejorar la calidad de vida y formación del capital humano, que es fundamental para incrementar la productividad y el crecimiento económico del país. Para 2023, el importe asignado al sector educación representa el 10,8% del presupuesto consolidado y para salud se destinaría el 10,1%, demostrando la importancia que tienen estos sectores para el Gobierno del Estado Plurinacional.

Queda muy claro que el PGE está orientado a beneficiar a toda la población boliviana a través de políticas sociales y de fortalecimiento al aparato productivo, asimismo, tiene la finalidad de continuar por la senda del crecimiento económico, garantizando la estabilidad macroeconómica y la sostenibilidad de las finanzas públicas; por tanto, podemos estar seguros de que 2023 será una gestión de buenos resultados para el país en su conjunto.

Gróver Tapia Alcázar es economista.

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Adicción a la moda rápida

/ 28 de noviembre de 2022 / 01:06

Soy trabajadora temporal en un almacén de una gran tienda online. Cinco días a la semana, de pie en un puesto con contenedores amarillos rebosantes de ropa devuelta, gano $us 18,75 por hora. Mi trabajo es determinar —en menos de dos minutos— si la prenda se puede volver a poner a la venta. Incluso cuando el artículo pasa mi prueba, en el tejido hay inserto un hilo más profundo del que tirar: ¿por qué compramos ropa de usar y tirar fabricada por trabajadores con salarios bajos, y que tienen un costo para un medioambiente al que ya se le imponen demasiados costos?

En los descansos, nos quejamos de lo difícil que es conseguir meter los maxivestidos en las bolsas de reventa. Hay una libertad que no me esperaba: de la apariencia personal, de las habilidades sociales, de los interminables correos electrónicos, de la ansiedad que solía impregnar las noches de domingo. Sin embargo, mi trabajo está igual de cosido al consumismo como lo estaba mi anterior cargo en la empresa. Y los beneficios de las acciones de ese trabajo de oficina subvencionan mi trabajo en el almacén; el salario por hora no me alcanza para pagar las facturas. Por desgracia, no soy Barbara Ehrenreich.

De los 75 millones de trabajadores del sector de la moda a nivel mundial, se calcula que menos del 2 por ciento perciben un salario digno, según los datos de 2017 recopilados por una organización de defensoría. Cuando compramos moda rápida desde la comodidad de nuestros sofás, estamos financiando un sistema donde trabajadores con sueldos bajos (personas de color, en su mayoría) fabrican la ropa en un extremo del mundo, y otros trabajadores con sueldos bajos (muchos de ellos también personas de color) procesan las devoluciones, ocultos en los suburbios de cemento de las ciudades estadounidenses.

Ahora bien, se podría decir que trabajar en el sector de la ropa podría sacar a las personas de la pobreza y darles oportunidades que antes no tenían. Sin embargo, el mercado de valores de Estados Unidos incentiva el crecimiento perpetuo. Si los consumidores no quieren aceptar unos precios más altos que aumenten el margen de beneficios de una marca, los fabricantes tendrán que ahorrar de otros modos, por ejemplo, con salarios bajos o unas condiciones de trabajo poco seguras.

Pensemos en la economía de una camisa de SweatyRocks de 26,99 dólares. ¿Cómo puede ese precio cubrir el costo de los materiales, la mano de obra, el envío a todo el mundo y la entrega en tu domicilio, por no hablar del costo de una posible devolución al almacén, donde una persona tiene que determinar si llevabas puesta la camisa mientras paseabas al perro? Si esa camisa va al contenedor de lo no vendible, podría acabar en un vertedero donde el poliéster tardará hasta dos siglos en biodegradarse. De hecho, el 66 por ciento de la ropa desechada acaba en el vertedero cada año, y otro 19 por ciento es incinerada, según un informe de 2018 de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos. Las marcas apuntan a los esfuerzos de sostenibilidad, pero la moda rápida es, sencillamente, incompatible con la sostenibilidad. Nos regimos en nuestros actos por la creencia económica de que el crecimiento es ilimitado. Nuestros recursos naturales no lo son.

Cuando la jornada termina en el almacén, la persona responsable preguntará: “¿Quieres saber tu promedio?”, que es el promedio de unidades procesadas por hora. Yo oscilo entre las 23 y las 26. Esa es otra correlación entre el trabajo que hacía antes y el que hago ahora: los datos. En una reluciente sala de juntas de un edificio de oficinas, asistía a intensas revisiones semanales del negocio. Entonces procesaba papeles, no ropa. Un día cualquiera, hay alguien como yo en una sala de juntas, preparándose para responder por qué el procesamiento de las devoluciones sube o baja. En lugar de reportar datos, ahora estoy incrustada en esos datos. Una de las mamás jóvenes con las que empecé a trabajar volvió otra vez a estudiar para obtener el diploma de secundaria. La otra agradece que el horario de este trabajo coincida con las horas de colegio de su hijo. Yo sigo intentando responder a mi pregunta inicial. Lo que he aprendido entretanto es que, esté en el edificio de oficinas o en el almacén, soy parte de un patrón tejido con trabajadores del textil en el extranjero, tripulaciones de buques cargueros, conductores de reparto, directores corporativos que intentan explicar puntos de datos y trabajadores de almacén. Sostenemos un sistema de ropa desechada que no merecía su viaje alrededor del mundo o el número de manos que la tocaron.

Rachel Greenley es trabajadora temporal en un almacén y columnista de The New York Times.

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