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Thursday 13 Jun 2024 | Actualizado a 17:34 PM

Cine radical, no apto para perezosos

El cine radical mira los cuerpos, la memoria, la cotidianidad y cuestiona el papel de las imágenes...

/ 24 de septiembre de 2019 / 23:57

Qué es el cine radical? Un salto al vacío. Experimental, o de autor, o de arte y ensayo (como se llamaba antes), el radical determinó que el cine comercial llevaba fecha de caducidad, y puso en tela de juicio todas las reglas, todas las formas y su propia estructura. No, aquí no importan la taquilla ni las convenciones. El radical mira los cuerpos, la memoria, la cotidianidad y cuestiona el papel de las imágenes en un mundo bombardeado por ellas. Esas imágenes que alimentan seres acríticos, pasivos y consumistas. A ellos, el radical los repele. Este cine político sin tapujos no busca —no tiene ni quiere— espectadores perezosos, sino cómplices que se enfrentan a obras de ingeniería. Por eso el montaje, los planos a escoger, la duración, las luces y las sombras (cine puro) son ineludibles.

En Bolivia, país de rupturas, el cine radical prospera alejado de las reglas y la pinche burocracia. Lo hace bien y el VI Festival de Cine Radical es prueba de ello. Este año el encuentro ha recibido más de 50 propuestas, y se están proyectando estos días una veintena de ellas: de la diversidad está naciendo calidad genuina. Dos de esos ejemplos tienen apellidos: Hilari y Bastani.

El cine de Miguel Hilari protagonizó la segunda noche del Festival Radical. La primera parte fue para su cortometraje Bocamina (2018), una reinterpretación de las pinturas coloniales del Cerro Rico de Potosí desde las oscuridades de interior mina hasta la escuela donde los futuros mineros cuestionan. La mina es una maldición: los planos fijos de los mineros, mirando de frente a la cámara (o a la muerte) son el ayer de un inevitable mañana, un círculo vicioso, una serpiente que se muerde la cola. No hay futuro. La forma del pesimismo en Bocamina es el plano general del Cerro, el mismo de hace 500 años.

La segunda parte fue para Compañía, una película fallida. La división en (cuatro) promesas de capítulos grafica la distancia entre la mirada del director y la comunidad: el resultado es la imposibilidad de contar una historia. Compañía podía haber sido un relato sobre la paternidad y la muerte, un cuento (más) sobre la migración campo-ciudad con tintes de road movie, un canto a la esperanza en la casita nueva de dos pisos en El Alto; podía incluso ser una película sobre los sueños y la fe. Pero no. Compañía peca de grandilocuencia y antropología. No logra romper barreras, no es capaz de exorcizar los demonios y se pierde en la niebla. En el ínterin, las marcas de identidad del cine de Hilari: los infaltables primeros planos y sus fotos fijas, los generales y los planos secuencia integrales.

Con la tercera noche del festival llegó la sorpresa y se llamó Invención de la naturaleza. Tiene la firma de Sergio Bastani y Alejando Sescosse. El primero es chapaco, pero ha sido formado en Estados Unidos, donde explora su cine sobre la identidad. El segundo es mexicano-estadounidense y viene del mundo del videoarte preocupado por migraciones y desplazamientos. Se juntaron el hambre con las ganas de comer.

Su idea es disfrutar el proceso de la película más que del resultado. Después vienen las imágenes, excusas para un viaje, para la libertad de la experimentación. Bastani y Sescosse huyen de las palabras; lo suyo es emocionarse con la fotografía de sentimientos, más allá de una trama. O no. A pesar de esa militancia antipalabra, han confesado los autores que tres libros han sido su ancla: Pedro Páramo, de Juan Rulfo; el poemario de una nórdica; y un libro de dibujos de bichos y hallazgos de Von Humboldt. Y si la palabra es lo último, la música es lo primero y se apodera de casi todo (coqueteos al videoclip incluidos). Las letras hacen de guion.

Sabido es que todo viaje es interior. Los directores y su actriz principal, la artista visual Mina Gaber, así lo entienden. Los fundidos en negro son estaciones de este viaje. Latidos, dibujos, jaulas y promesas. “Aprende a desprenderte, sal y explora, pero ten cuidado de no buscar de más”, suena el estribillo oculto. En el final (después de bossa nova, blues, cumbia y baladas) se escucha otro canto, es el alma libre de los piratas que añoraron Veracruz o, acaso, otro viaje a Comala.

* Periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

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Soñar y correr

Ricardo Bajo

Por Ricardo Bajo

/ 13 de junio de 2024 / 00:37

Introducción: es el penúltimo amistoso rumbo a la Copa América. Zago usará el torneo para consolidar una idea de juego, más ofensiva. Baraja dos dibujos: una línea de cinco para hacerse fuerte atrás ante rivales (muy) superiores; y el clásico 4-2-3-1 para tener más la pelota y atacar más.

Ante Ecuador, el brasileño opta por el segundo esquema. En el onceno elige improvisar con un extraño doble cinco.

La Verde suena así: Viscarra; Medina-Sagredo-Jusino-Suárez; Céspedes-Villamil; Cuéllar-Vaca-Fernández; y Algarañaz. El catalán, Félix Sánchez Bas, formado en la Masía del Barsa, ha colocado a Ecuador en zona de clasificación (quinta posición de las eliminatorias) pero su fútbol deja muchas dudas por falta de gol.

El partido se juega en Chester/Filadelfia, en la cancha del equipo local de fútbol que se llama Union (justo lo que no tenemos en el fútbol boliviano). El árbitro se llama Lukasz Szpala, gringo con apellido polaco. Bolivia estrena uniforme verde menta.

Nudo: Bolivia arranca con presión alta e intensidad física. Van a durar -ambas- lo que duran dos peces de hielo en un “whisky on the rocks”.

El “pressing” alto no es una solución, es nuestro primer problema: lo hace el delantero centro y detrás de él cuatro hombres (se suma a esa idea Villamil). Cuando Ecuador salta líneas, queda Céspedes solito en la contención.

Por cierto, Céspedes no es cinco y no siente la marca. Resultado: Bolivia se desnuda sola, se hace daño. Somos una enfermedad autoinmune.

En apenas media hora, caemos por dos goles a cero. El segundo problema es la salida de pelota. Se ha puesto de moda (es casi una obligación para todos) salir jugando. Pero no tenemos hombres para salir jugando. El tercer problema es la defensa/los laterales: Suárez no lo es y Medina sufre cuando tiene que defender. Ambos serán sustituidos. El cuarto es el nueve. Algarañaz no tiene gol y en su equipo no juega en ese puesto. 

Desenlace: al descanso Zago hace tres cambios. ¿Rectifica o se asusta? Mete a un cinco puro como Justiniano (por Céspedes), a Saucedo (por Vaca) y a Miranda (por Algarañaz). La cosa mejora; la actitud, también. Luego entran Ramallo, Cuéllar y Terceros. Zago toca teclas. Lo que no cambia es el retroceso. Así llega el tercero de Ecuador. Se corre (mucho y mal) para atrás. El partido será recordado por el primer gol de Miguelito Terceros.

Post-scriptum: “Corro hacia mi perdición. Cuando deje de correr, esa será mi perdición”, dijo el el filósofo italiano Norberto Bobbio. Corremos hacia nuestra perdición en la Copa América (la clasificación en un grupo que compartimos con Uruguay, EE UU y Panamá es una quimera). Pero si dejamos de soñar, esa será nuestra perdición.

(13/06/2024)

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Indagación de un padre

Ricardo Bajo

/ 1 de mayo de 2024 / 07:38

Ser (un buen) hijo no es fácil. Ser (un buen) padre, tampoco. Uno se castiga en favor del otro. Esta columna podría haberse titulado: Carta a un mal padre. Un hijo, escritor, publica un libro sobre su padre muerto, filósofo. El escritor es Juan Villoro y el padre, don Luis Villoro Toranzo, filósofo zapatista/epicúreo. El libro se llama La figura del mundo: el orden secreto de las cosas (Random House, 2023). El cronista dedica la obra a su madre. En la página siguiente coloca un poema de Jaime Sabines titulado: Yo no lo sé de cierto. Lo supongo. El poema habla de dos personas que se quieren, de soledades y de silencios.

Villoro, hijo, escribe una (larga) carta a su padre. Es un padre singular y contradictorio. Es una carta llena de preguntas: ¿deben tener hijos los intelectuales? El hijo piensa que no, pues son —la gran mayoría— egoístas y tóxicos. Los hijos, para muchos intelectuales, son un estorbo. Nota mental: levanto la mirada del libro (la mejor señal) y pienso en el destino de los hijos de muchos intelectuales/artistas bolivianos: suicidio, infelicidad, trastornos mentales, drogas y engreimiento. No voy a citar nombres. Villoro también tiene respuestas: “no reproché a mi padre lo que no pudo ser y encontré una vía para quererlo a mi manera”.

La figura del mundo es un libro sobre la memoria (ajena). Sobre el pasado que siempre retorna de forma diferente. Sobre el distanciamiento (técnica de Bertolt Brecht) y los olvidos. En el teatro de la memoria, ésta tiene doble vida: bucea en lo olvidado y una vez allí, revive de otra manera. Son memorias familiares y memorias de México. A ratos, parecen cuentos inventados con personajes secundarios de lujo: hombres y mujeres que se perdieron en el olvido de la Revolución Mexicana, la Guerra Civil española, la hermosa insurgencia del e-zeta-ele-ene. “No escapa al pasado quien lo olvida”, dispara el hijo, citando a un personaje “brechtiano”.

Villoro recuerda gestos de su padre, recuerda que solo una vez le dio un beso. Recuerda su hábito de leer periódicos (el Excélsior —donde nuestro querido Coco Manto fuera jefe de redacción— y La Jornada). Recuerda sus guantes de piloto y sus anteojos de economista soviético; su costumbre de ir al mismo cine de manera religiosa; su amor (enfermizo) por los libros. “Si un padre no llora, el hijo llorará por todo”. 

Villoro, el hijo, habla de paternidad, la de ayer y la de hoy. La paternidad, como enigma insoluble. “¿Cuándo perdió la brújula la paternidad?” No lo sé, el que esto escribe no es padre. Bastante tengo con ser hijo, trabajo complicado donde los haya. “¿Cuándo perdonamos a nuestros padres por sus ausencias? ¿Es posible entender lo que un padre ha sido sin nosotros? ¿Se puede enseñar a querer?” Son las preguntas de Villoro.

Hay muchos padres e hijos que solo hablan de fútbol, “sitio ideal de la convivencia”. Algunos que no comparten esa pasión, ni siquiera de eso hablan. Los Villoro hincharon por equipos diferentes. Eso siempre calienta/alarga la charla. “Elegir un equipo significa elegir un futuro”, dice el hijo que le va al Necaxa. El padre le iba (por razones académicas) al equipo de la universidad, los Pumas de la UNAM. Ambos compartían, sin embargo, el sentimiento liberador del fútbol, la expresión de libertad, gozo y fascinación colectiva que despierta la pelota sobre la cancha. “Mi padre no me habló del fatalismo ni de la condición trágica del ser pero me llevó a los principales escenarios de la derrota: los estadios de fútbol”. Los dos eran/son de un país —como Bolivia— “donde los hinchas siempre hacen más esfuerzos que los jugadores”.

Los Villoro, padre e hijo, también hablaban de libros. Y de cómo deshacerse de ellos tras una larga vida. He visto con mis propios ojos hermosos ejemplares de tapa dura botados en la basura, abandonados con nocturnidad y alevosía. Nadie los quiere. Luis Villoro los donó a la Universidad de San Nicolás de Hidalgo en Morelia. La biblioteca de un padre a veces habla más que el propio padre.

Villoro, el hijo, se da cuenta al final de la crónica paterna que en realidad está escribiendo sobre su madre. “Mi padre es buen tema para un escritor que prefiere escribir de lo que ignora”. La dedicatoria inicial era una pista para lectores/detectives. Advierte que no es discípulo del filósofo, sino de su madre, Estela. De ella conoce casi todo (la infelicidad de los 10 años de matrimonio, el deseo de querer sinónimo de amor, la posibilidad de aquel idilio en la India con Octavio Paz). Ambos, madre e hijo, hijo y madre, decidieron amar por su cuenta a su “figura del mundo”. Todos deberíamos encontrar esa vía para querer a nuestros viejos. No es fácil ser padre. No es fácil ser hijo.

Ricardo Bajo es hijo

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Más cerca del cielo

Ricardo Bajo

Por Ricardo Bajo

/ 9 de marzo de 2024 / 10:40

“¿Están listos? 90 minutos, 4.150 metros de altura. Estamos más cerca del cielo. ¡¡11 de ustedes, miles de nosotros!! Bienvenidos al estadio más alto del mundo”.

Los jugadores del Club Nacional de Football llegan al Estadio Municipal de El Alto y leen esos mensajes dibujados en la entrada del vestuario visitante. El fútbol se juega con la cabeza.

El miedo dio sus frutos en el primer partido contra los peruanos de Sporting Cristal. Táctica que gana no se toca. El capitán uruguayo, Diego Polenta, dice que si tiene que morir (en la altura) que sea con la camiseta de Nacional.

El fútbol es la continuación de la guerra por otros medios. Polenta es el símbolo de la hipérbole futbolera. Dice eso porque sabe que no va a jugar en Villa Ingenio.

La caravana de Always Ready sube desde un hotel de Sopocachi hacia la cancha. Nacional (de Montevideo) llega sobre la hora al aeropuerto de El Alto, se topa “casualmente” con una trancadera infernal por la feria de la 16 de Julio y descansa en el hotel Europa del centro paceño. En un ratito van a tener que volver a subir. Baja, sube, sube, baja. ¿Están listos?

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Al paso del autobús de la “banda roja” minibuseros hacen sonar sus bocinas y los peatones saludan con el brazo y el puño a los jugadores. En El Alto el entusiasmo popular trepa por las nubes. El Always es un (creciente) fenómeno social, que trasciende lo deportivo.

Es el símbolo de una ciudad emergente. Es la viva imagen de un pueblo valiente, el alteño, vilipendiado hasta el cansancio, orgulloso de su impronta trabajadora y sus raíces aymaras. El fútbol es algo más que 22 tipos en calzones.

La psicológica esta vez juega en contra. Los “players” de Always Ready mueven con parsimonia la pelota. La altura no gana partidos ella solita. El fútbol no se abre por las bandas. Diego Medina y Adalid Terrazas están irreconocibles.

El “Chino” Recoba ha metido atrás a su equipo, se defienden bien juntitos con línea de cinco y cuatro hombres al medio (luego incluso pasará a línea de cuatro al fondo). En la cancha donde (supuestamente) no hay oxígeno lo que falta son los espacios. La “banda roja” tendrá la pelota, fabricará chances (y las fallará), se desesperará ante la complicidad del “referee” con las pérdidas de tiempo del rival y se enojará harto con los groseros errores arbitrales (el inexistente “off side” y la mano no cobrada).

El “score” dice al final que Always Ready ha ganado a un histórico del fútbol por uno a cero. La sensación es agridulce. Se esperaba (las malas costumbres) una goleada para viajar tranquilos al Uruguay. Son casi las once de la noche.

Hace frío y cae una espesa niebla sobre la ciudad de El Alto. No estamos más cerca del cielo, caminamos entre las nubes.

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Un grito en el silencio

Crónica de una noche de delirio gualdinegro

Enrique Triverio y el resto del plantel de The Strongest en El Prado paceño

Por Ricardo Bajo

/ 28 de noviembre de 2023 / 07:00

“Al Prado, al Prado”. Ha terminado el partido y las masas gualdinegras caminan desde Miraflores al centro paceño. Los hinchas se abrazan, lloran en los últimos minutos de partido, piden la vuelta. Se ha sufrido hasta el final, como manda el Antiguo y el Nuevo Testamento gualdinegro. La alegría contenida -como la bronca acumulada- explota.

El Siles está repleto de hinchas del club The Strongest. Como hacía mucho tiempo no se recordaba. 

El Prado se inunda de amarillo y negro. Camisetas de todas las temporadas, auspiciadores que incluso uno había olvidado. En el túnel del Nudo Villazón hay una caravana de carros. Están ansiosos por entrar al pasillo entusiasta del Prado. Son las nueve de la noche y todavía faltan dos horas para que llegue el equipo bajo la lluvia, bajo el diluvio.

La Gloriosa Ultra Sur 34 llega caminando, cantando, haciendo sonar vientos y percusiones. Entra por la calle Batallón Colorados. Más tarde llega la muchachada de la Recta Inmortal. La barra toma por asalto el centro de la fuente del Prado. Entonces parece que estamos otra vez en el Siles. Los carros bajan y suben por el Prado a una velocidad pasmosa. Todos se quieren detener en el epicentro del delirio. Tocos tocan bocina. Todos sacan banderas que llevaban demasiados años guardadas/olvidadas en el armario.

Unos amigos llegan montados sobre una camioneta. Portan un feretro celeste con la foto de Marcelo Claure. La gente se arremolina, todos quieren la foto. “Un minuto de silencio, psssss”. Unos cuates se roban el feretro hacia el centro de la fuente. Es el oscuro/celeste objeto del deseo en la fiesta gualdinegra.

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Un campeón imperfecto

Don “Rena”, el dueño del Gigante Kurmi, está abrigado hasta el cuelo con chalina poderosa. Su hermano y su hijo (el Brujo) han viajado al concierto de Pink Floyd en Buenos Aires y han perdido el vuelo de regreso. Lo lamentarán por el resto de sus vidas. La caravana de carros es un goteo incansable.

Una saya llega con tambores, cajas y sonajas y el entusiasmo sube y baja de las nubes. Qué manera de soñar. “Condorcito, quisiera ser”.  Hay gente de todas las edades y bengalas. Hay disfraces y máscaras. Homero vende donas. Hay abuelitos y abuelitas que rememoran la Guerra del Chaco. Cincuentones que me hacen recuerdo de la final del 77 en Cochabamba. “Don Tigre” se pasea con una bandera de otros tiempos. Vuelven los abrazos que nos debíamos, las lágrimas que nunca supimos llorar.  Hay muchos niños y niñas. Son los tigres del futuro, los que recordarán dentro de un par de siglos que madre y padre les hicieron stronguistas para siempre en aquella noche bajo la lluvia, bajo el diluvio. Hay murga, como aquella murga del “Chino” Riveros de hace cien años.

Todos quieren saber si va a llegar el equipo. Son casi las once de la noche y tras dos horas de cánticos y más canticos, algunos vuelven a sus casas. “El equipo está entrando por la Camacho en un bus de dos pisos, avisen a todos”. Muchos siguen a lo suyo, el festejo es de la gente. Dos changos y dos chicas están trepados sobre el techo de la parada del bus. Es una atalaya para divisar al Strongest fuerte que saber jugar/ganar. “Detener amores es pretender parar el universo”, canta Silvio. El mundo Tigre no se cansa ni se rinde; el mundo Tigre no se para.

Los vendedores ambulantes de cerveza tratan de sortear a la muchedumbre. “Paceña, Burguesa, Paceña Burguesa”. Hay trago de todos los colores, hasta de colores que uno no sabe ni como se llaman. “Servite, hermano”. Me invitan chela de gente que ni conozco. No hay demasiados puestos de anticucho.  La noche es fría y la llovizna es pertinaz, como el sentimiento gualdinegro. Entonces el famoso bus de dos pisos (de la carrera de Turismo de la UMSA) aparece sobre el horizonte. Como las caravanas en los “western” salvajes.

Viscarra está subido en lo más alto, al frente. Es el guarda valla del “ajayu” stronguista. Es el cancerbero de todas nuestras ilusiones. Viscarra está tan eufórico como la hinchada ahí abajo. Ni siquiera se ha cambiado. Está con el corto del partido. Y bebe cerveza a dos manos, con dos latas llegando a su garganta. Se para, se levanta, agarra banderas que llegan volando desde abajo.

Hay cánticos para todos. Junior Arias tiene la bandera de Uruguay como capa. “Uruguayo, uruguayo”.  Cuando la saya logra abrirse paso y se coloca frente al bus, grita la hinchada: “Que baile Jusino, que baile Jusino”. Y el capitán baila saya sobre un bus de dos pisos bajo la lluvia. En la parte trasera, Ursino bota latas de cerveza a la gente. Una tras otra. El capitán Wayar tiene una sonrisa dibujada que tardará días y noches en desaparecer. Nadie se acuerda de su roja ni del gol fallado por Junior. El ex presidente Héctor Montes está en lo más alto junto a Viscarra, Jusino, Castillo y Arias. Su padre, don Héctor, viaja en la parte baja, sentado. Hasta en eso, el Tigre es de otra galaxia. Cuatro entrenadores, dos presidentes. El actual mandatario, Ronald Crespo, se ha quedado en el Siles.

El bus del equipo va a tardar más de una hora en recorrer apenas cien metros. Triverio, aclamado como el que más, no va a salir de su asiento bajo techo. Es el goleador impasible, como el “hombre tranquilo” de la película de John Ford. Ha dejado de llover, diluvia. Nadie se mueve, todos quieren una polera firmada, una fotografía que se quede grabada en la retina para siempre.

Las pilas de Viscarra no se agotan. La policía aparece sobre las once y media de la noche al final del Prado. Abren paso y el bus dobla la plaza del Estudiante y se pierde por la avenida 6 de Agosto en Sopocachi. Sobre la alta madrugada, sobre las camisetas mojadas, sobre la alfombra de botellas y latas vacías, alguien grita en el silencio de la noche: el maleficio ha terminado, carajo.

(28/11/2023)

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Y el rugby volvió a La Paz

El sábado se enfrentaron los ‘cóndores’ de La Paz R.C. con Universitario Rugby Club de Cochabamba. Se jugó un partido luego de cinco años.

Partido amistoso de rugby entre La Paz R.C. con Universitario Rugby Club de Cochabamba, en la cancha de Alto Irpavi

Por Ricardo Bajo

/ 19 de junio de 2023 / 07:25

Quince hombres gritan: “¿quiénes somos? La Paz. ¿Quiénes somos? La Paz, Rugby, Rugby, Rugby?”. Cancha “Mario Mercado” de Alto Irpavi, soleado (y frío) sábado de junio. Hace cinco años que no se disputa un partido de rugby quince en La Paz.

La desafortunada división del rugby paceño en dos equipos (La Paz Rugby Club y Cobras/Wara Rugby Club) trajo la desaparición del deporte de la pelota ovalada en la sede de gobierno.

La Paz se quedó postergada mientras otros departamentos como Santa Cruz, Tarija y Cochabamba veían como crecía y crecía el incipiente deporte del rugby en Bolivia.

El amistoso del sábado pasado enfrentó a los “cóndores” de La Paz R.C. con Universitario Rugby Club de Cochabamba. “No somos aún un equipo formado, estamos en desarrollo”, dice el entrenador de La Paz R.C., Francisco “Paqui” Leñero.

El marcador final (lo de menos) dijo que el amistoso terminó 5-54 para la visita. Los “osos” -liderados por el medio apertura, Pablo Escalante- lograron nueve “tries” (dos de Andrew Carballo) contra uno de los “cóndores” paceños (en un hermoso “try” del incombustible Juan Luis Coronado Paz, “Churqui”).

La nueva generación de “rugbiers” paceños (donde destaca el “wing” Benjamín Sotelo) augura la resurrección de este deporte en la ciudad. La Paz R.C. invita a todos los interesados a sumarse a sus prácticas: los jueves por la noche (20.15) en las canchas (A5) de la avenida del Poeta y los sábados (15.30) en el complejo de la Gobernación de Alto Irpavi (cancha “Mario Mercado”). Todos son bienvenidos: flacos, gordos, altos, bajos, rápidos y pesados. El rugby es el deporte más democrático del mundo.

Lea también: Nacional Potosí es nuevo puntero de la Libobásquet

En octubre, La Paz será una de las sedes del campeonato nacional de rugby seven (a siete) que arranca el próximo fin de semana. En 2024, La Paz Rugby Club aspira a volver a disputar el torneo nacional de la modalidad a quince que este año disputan ochos equipos (cinco de ellos, de Santa Cruz). La Federación Boliviana de Rugby, integrante del Comité Olímpico Boliviano y miembro de Sudamérica Rugby, nació en mayo de 2009.

(19/06/2023)

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