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domingo 25 jul 2021 | Actualizado a 16:11

Drones para proteger bienes arqueológicos

Los drones se han vuelto claves para proteger, delimitar y documentar el patrimonio precolombino peruano

/ 29 de septiembre de 2019 / 00:00

El personaje de esta historia ya era el gran experto mundial en la cultura moche (una civilización precolombina que se expandió por la costa norte de Perú entre los siglos I y VI de nuestra era) cuando ocupó la dirección del Viceministerio de Patrimonio peruano de 2013 a 2015. Ahí, Luis Jaime Castillo descubrió la que ahora es su nueva especialidad y en la que se ha vuelto a convertir en una autoridad internacional: el uso de drones y multicópteros para la arqueología y la protección del patrimonio arqueológico, materia en la que impartió un seminario en la Universidad de Harvard: ­Drones, Photogrammetry and 3D Modeling in Archaeology, en 2015.

Entre 1991 y 2013 Luis Jaime Castillo dirigió el programa arqueológico de San José de Moro, un yacimiento moche donde fueron halladas las momias de dos sacerdotisas que permitieron conectar las representaciones iconográficas halladas en otras célebres tumbas como la del Señor de Sipán o la Señora de Cao con las pinturas murales de la Huaca de la Luna, los dibujos de los ceramios atesorados en el Museo Larco y hasta con los testimonios de la tercera parte de la Crónica del Perú (circa 1553), de Pedro Cieza de León. Sin embargo, una cosa era tener la responsabilidad de proteger el enclave de San José de Moro y otra muy distinta todos los asientos arqueológicos peruanos, algunos de los cuales ocupaban miles de hectáreas (solo el santuario de Machu Picchu tiene una superficie de 325,92 kilómetros cuadrados). Así fue como Luis Jaime Castillo incorporó el uso de drones en la rutina de los arqueólogos, con la finalidad de proteger, delimitar y documentar los principales enclaves del patrimonio precolombino peruano.

En menos de cinco años, la utilidad arqueológica de los drones se ha incrementado geométricamente, pues se usan para fotografías aéreas, para levantar maquetas tridimensionales, para tomar ortofotos, para medir digitalmente la elevación del terreno y, sobre todo, para documentar los santuarios históricos y poder protegerlos mejor.

Así, Luis Jaime Castillo es uno de los exploradores mundiales patrocinados por National Geographic, y sus trabajos de documentación lo mismo han servido para medir el impacto del fenómeno del Niño en la costa norte que para identificar todas las ruinas incaicas del Valle Sagrado del Cusco que todavía permanecen cubiertas por la jungla, pues, como sostiene el arqueólogo, “documentar supone proteger”.

Castillo forma parte del proyecto GlobalXplorer, promovido por Sarah Parcak, arqueóloga satelital empeñada en acabar con los saqueos en la materia perpetrados por todo el planeta. Parcak es egiptóloga, pero como los santuarios de Egipto, Mesopotamia y Asia Menor se encuentran en zonas conflictivas, las investigaciones de Castillo en los Andes son imprescindibles para desarrollar la metodología, el software y los recursos técnicos que los arqueólogos del siglo XXI utilizarán para trabajar desde el aire cuando la paz se entronice en Medio Oriente. ¡Lo que habría dado Schliemann por disponer de semejantes recursos cuando buscaba las ruinas de Troya en 1874!

 

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Español de gavilanes

El repentino furor por el español en aquellos parajes de Europa es mérito de las telenovelas latinoamericanas

/ 22 de julio de 2015 / 04:01

Por qué se estudia el español en países como Ucrania, Eslovenia o Macedonia? ¿Quizá porque los libros de Cervantes, Borges o García Márquez todavía levantan pasiones por Armenia, Lituania o Bosnia-Herzegovina? ¿Acaso los rusos, moldavos o húngaros requiebran al personal con versos de Bécquer, Neruda o Sabines cuando están enamorados? Pues no, la literatura en español ya no es lo que era si se trata de atraer alumnos hacia los departamentos de estudios hispánicos de las universidades checas, polacas o letonas. ¿Entonces, será que armenios, estonios y azerbaiyanos han llegado a nuestro idioma gracias al ceviche, la enchilada, el salmorejo u otras delicadezas de las sofisticadas gastronomías hispánicas? Tampoco. ¿Y si el vistoso fútbol de Uruguay, España o Argentina ha popularizado voces como “garra”, “bicicleta” o “tiqui-taca” en Serbia, Grecia o Eslovaquia? Nanay, porque la “chilenita” es skarice en serbio, psalidaki en griego y nožnicky en eslovaco, que en los tres casos se traduce como “tijera”. No, el repentino furor por el español en aquellos remotos parajes de Europa es mérito exclusivo de las telenovelas latinoamericanas, que arrasan en los horarios de máxima audiencia a pesar de estar subtituladas. En realidad, si los culebrones no conservaran sus originales versiones colombianas, argentinas, venezolanas y mexicanas, sin duda habría menos alumnas de español.

He escrito “alumnas” con todas las consecuencias, porque en la universidad de Zagreb descubrí que por cada 60 muchachas tan solo había un alumno varón en un departamento de casi 300 estudiantes. “¿Por qué te interesó el español?”, le pregunté a Dominik Rajacic, quien bendito parecía entre todas las mujeres: “Porque mi mamá y yo vimos Rubí, Acorralada y Mariana de noche”, me respondió rotundo. Algo parecido le sucedió a Ana Krce Ivancic, de Dubrovnik, cuya fascinación por el español nació mientras disfrutaba los capítulos de Esmeralda, Rebelde y, sobre todo, Pasión de gavilanes, el auténtico huracán hispano que removió los cimientos de Croacia y convirtió a sus habitantes en esclavos de nuestras obsesiones. Gordana Matic, profesora titular de la universidad de Zagreb y una de las animadoras del Festival of the European Short Story de Zagreb, reconoce que el hispanismo croata se mantiene gracias al hechizo de las telenovelas, pues “nuestras alumnas llegan abducidas por Gata salvaje o Sos mi vida, y en nuestra facultad descubren a Leopoldo Marechal, Juan José Arreola o Augusto Monterroso”. Gordana Matic también admite que se raspó todos los episodios de Kassandra, el culebrón más seguido por todo el planeta (128 países) y que durante la guerra de los Balcanes propiciaba treguas tácitas e informales porque nadie quería perderse las malandanzas de aquella indomable gitana enamorada de un pituco relamido.

Los hispanistas de principios del siglo XX llegaron a nuestra lengua a través de Cervantes, Quevedo, Lope, Juan de la Cruz y los autores del Siglo de Oro; mientras que Borges, García Márquez, Cortázar, Vargas Llosa y los escritores del boom fueron quienes remozaron las huestes del hispanismo durante el último tercio del siglo XX. ¿Quién nos habría dicho que los hispanistas del siglo XXI descubrirían la pólvora de nuestro idioma por medio de Topacio, Cristal y Betty la fea? La verdad es que en Croacia ni siquiera hace falta saber castellano para caer embrujado en las redes del español, pues Katarina Crncic, asistente de coordinación del Zagreb Film Festival, me explicó en inglés que todos los croatas emplean palabras en nuestra lengua porque aprenden a usarlas en los contextos precisos gracias a los culebrones. Como no me lo pude creer, le pedí que me pusiera un ejemplo, y entonces Katarina me miró gavilanamente mientras me espetó con un vago acento paisa: “¡Déjame!”.
 

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