Voces

miércoles 27 oct 2021 | Actualizado a 19:48

El retorno socialdarwinista de los letrados

El progreso social procura no solo la dignidad de los propios, sino también la atención a la dignidad de los demás.

/ 1 de octubre de 2019 / 23:43

El socialdarwinismo es uno de los argumentos racionales más útiles para ratificar las certezas irracionales de las clases dominantes en cuanto al retorno de sí mismos a la posesión justificada del poder, basados en su proximidad a supuestos “estadios avanzados de cultura”; confiriendo a los demás grupos una posición inferior en la escala social y con ello, el derecho a ser gobernados.

Esta interpretación de la realidad suele develarse desde el fondo de las más íntimas certidumbres en momentos en los que la clase dominante siente la inminente amenaza del poderío oponente, del poderío indio. Caso que claramente se evidencia al día de hoy y al tenor de las elecciones venideras. Sin embargo, resulta paradójico que aquellos que actualmente hacen un llamado a la razón y a la congregación de los letrados sean quienes no hayan logrado superar este pensamiento por demás gamonal y obsoleto, desde donde se caracteriza al indio como un ser guiado por instintos primarios, por su falta de civilización y su precaria humanidad.

En tal caso, la “embestida de los letrados” supone, igualmente, una falta de recursos teóricos y conceptuales con los cuales acudir a un escenario social que va más allá del indio mísero que acostumbraban investigar (con dolencia y desde arriba); logrando develar la crisis en sus esquemas interpretativos sobre la realidad social del país, permitiendo la vuelta al entendido oenegista/asistencialista de desarrollo, que los ponderaría autorreferencialmente como los guías irrebatibles de la patria. Es, nada menos, la incomprensión del indio con poder.

De hecho, en el intento por encontrar respuestas a este escenario inasible, parte de este conglomerado de analistas y políticos de oposición acusa a la escuela de no haber cumplido, los últimos años, con su misión histórica encomendada: la selección/exclusión sistemática de los seres considerados “inferiores” de las esferas de poder. Increpan a la educación actual de no ser capaz, a través de esa exclusión, de certificarlos (a ellos) como los incuestionables herederos de la gobernanza del país, de faltar a la meritocracia que ellos habían heredado para su beneficio.

Pareciera, inclusive, que muchos de estos “letrados” hablan desde un ego de clase dolido, pues a pesar de realmente creerse los socialmente más “aptos” frente a un escenario de negociación y competitividad global, sean quienes hayan conducido gobiernos subdesarrollados, ineficientes y corruptos; avergonzados con las faltas de forma de un presidente mundialmente aplaudido (quizá a ellos les hubiese gustado dicho aplauso).

A riesgo de no decir más que una obviedad, un proyecto de país fundado en la idea de la otredad como indigna de ser no será, jamás, un proyecto viable de crecimiento y desarrollo, ya que la esencia misma del progreso social procura no solo la dignidad de los propios, sino también la atención a la dignidad de los demás, cosa que la clase dominante tradicional (y su esquema evolucionista de sociedad) elude sustancialmente.

Ante lo dicho, la vuelta a un discurso socialdarwinista por parte de la oposición no solo muestra un pensamiento retrógrado, sino la prueba de su incapacidad de leer la realidad social boliviana del siglo XXI, y la explicación histórica de por qué nunca propusieron un verdadero desarrollo para el país.

* Antropólogo.

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La caída de un ídolo

/ 7 de octubre de 2021 / 01:44

Si acaso es verdad que las estatuas actúan como brújulas que dan las coordenadas del orden social, y que hoy en día los polos del mundo de las creencias están cambiando, no nos será difícil reconocer la imagen del caudillo letrado como una de las tantas estatuas que caen en esta era del ocaso de los ídolos. Porque de pronto nadie sabe con certeza hacia dónde ir, aunque sí con claridad hacia dónde no. Y es que, si de algo ha de jactarse siempre el pueblo boliviano será de su memoria rebelde, de ese instinto colectivo que nos recuerda que todo pasado es destino, y que el tiempo, tarde o temprano, saca a relucir la letra chica de un pacto social escrito con mayúsculas.

Pero solo nos es posible comprender que presenciamos la caída de un ídolo a través de las evidencias que dan sus innumerables fisuras. Por eso, cuando observamos una oposición reducida a secundar la agenda política de los medios de comunicación, o cuando escuchamos una y otra vez la altisonancia de su discurso petrificado, que solo cautiva a aquellos que aún siguen convencidos de que “nuestra miseria” de país se debió a la falta de “occidentalidad” de nuestro componente indígena —y no así a la incapacidad de su versión “letrada” del poder—, estamos, sin duda, frente al evento impostergable de la demolición.

Ahora bien, para que no cualquier viento intempestivo se lleve a cuestas la cabeza de un monumento político, habremos de tomar en cuenta los tres elementos que definen su estabilidad: la coherencia entre lo que dice y lo que hace, el material con el que está hecho y la fe de sus devotos. Veamos, pues, el caso del caudillo letrado.

Al venirse demostrando, con el paso del tiempo, que éste estuvo detrás de un gobierno “transitorio” anti-indígena, su pregón de unidad se craquela por sí mismo, ya que vuelve a resaltar la profunda inconsistencia entre lo que hace y lo que dice que quiere hacer. En consecuencia, lo que hizo la reciente dictadura fue simplemente develar el lado oscuro de la misma moneda conservadora y “bien portada” de la política. Dado que los impulsores del golpe, como si se tratase de un pudor casi estético o de falta de modales, no se permitieron a sí mismos el ejercicio explícito de la violencia, sino solo a través de capataces encomendados, reeditando esa vieja puesta en escena del patrón que nunca toma el azote ni mancha sus manos, pero que ordena con apremio el castigo. Esa es la “luz” que nos deja la “transición”: la elasticidad moral del caudillo.

En ese orden, la afamada reunión en la Universidad Católica fue lo más cercano a un concilio de patronos, decidiendo el destino de un país que todavía consideran su hacienda, mientras a oscuras escogían a los capataces que se harían cargo de la empresa de acuerdo al filo de su dentadura.

En cuanto al material de su hechura, fue decisivo darnos cuenta que de donde se suponía que vendría la abundancia, de hecho, provenía la miseria, que el culturalmente “rico” era materialmente pobre. Por eso fue tan reveladora, y políticamente indignante, la escena del mendigo enternado; porque si al menos queda un horizonte en este naufragio de los deseos, es el de aquel en que toda sigla política que desee mantenerse a flote, debe garantizar la estabilidad económica como sostén moral en su venta de imaginarios.

Por su parte, la derrota electoral fue definitiva para que gran parte de sus parroquianos le perdieran fe al santo más prometedor que tenían, siendo que en su momento ofertaba ser la veleta que apuntaba la dirección de los buenos vientos.

No es de extrañar, entonces, que el caudillo letrado, electoralmente abatido, moralmente desenmascarado y devocionalmente disminuido en feligreses, a quien el único cargo disponible que le cupo fue el de auditor de la gestión de gobierno, esté siendo relegado de su protagonismo por pequeños reyecillos del oriente, y que el pueblo se haya decidido por atarle la soga al cuello a un ídolo que continúa su soliloquio de conquistador frente al espejo, mientras éste va cayendo con estrepitosa fuerza.

Sergio Velasco García es antropólogo.

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Pinceladas de una Colombia descontenta

/ 23 de junio de 2021 / 01:48

No es un dato menor escuchar, en cualquier calle común de Colombia, que la gente se siente enterada de haber cruzado el umbral de lo inédito al decir que esto no sucedía sino hace décadas, que los repetidos acuerdos por un país en paz no hicieron más que disfrazar de buena intención la violencia de Estado sobre el pueblo, especialmente sobre los territorios indígenas. A esta novedad se suma comprender que quien se suponía ser el protector, resultó ser, de hecho, el verdadero agresor, y que la mala costumbre histórica del Gobierno colombiano de resolver militarmente sus conflictos sociales empató con la vieja tradición colonial de hacerse de las tierras de otros por la fuerza.

Será justo reconocer, asimismo, que la crisis económica es la que permitió interrumpir el estado de somnolencia política en el que vivía una parte importante de la clase media en Colombia, llegándose a corroer la ilusión del neoliberalismo por años empoderada con el miedo a no tentar la “suerte” de los países de izquierda de la región. Pero dio el caso que la huida al mal ejemplo se quebró el momento en el que uno empezó a serlo, cuando el Gobierno no tuvo la capacidad de suplir las necesidades básicas, de dar empleo y seguridad a la población. En ese orden, no sería preciso reducir el descontento colectivo al desubicado intento por imponer una reforma tributaria en plena pandemia, sino más bien ajustarlo al cúmulo de desaciertos, desigualdades y violencias de larga data gestadas desde el Estado.

En un escenario donde el individuo se siente tan pequeño ante una injusticia que se ha vuelto tan grande, pareciera que solo la movilización colectiva ha sido capaz de ponerlo a la altura del conflicto. Es más, el grado de provocación es aún mayor cuando el pueblo afronta la desazón colectiva sin armas de fuego y se siente en la condición de acomodarse en la mesa de negociación con una corpulencia moral distinta a la del Gobierno, en quien, por el contrario, recaería la imposición armada de las verdades del último tiempo. El pueblo, en ese gesto, toma en sus manos la guardia del sentido de paz social mediante la afrenta más significativa: el propio cuerpo, en movimiento y desarmado.

Esa misma corrosión ideológica se hace evidente cuando una madre llora la muerte de cualquier hijo, sea éste un campesino, una estudiante o un policía. Ahí vemos disiparse el límite de la idea pequeña del individuo liberal, al resurgir una especie de vuelta al útero universal, cuando la colectividad permite que cada granito de arena esté pensado para el mar, cuando la frontera del cuerpo no basta para sentirse cómodo frente a los sucesos de la vida, y se da curso a un nuevo principio de sociedad en el que la persona entiende que no se construye sola.

Sin embargo, este movimiento debe estar siempre muy atento a nunca separarse de quienes poco tienen que perder con apostarlo todo, porque en ellos reside el espíritu del verdadero cambio. Para quienes una mera reforma no es suficiente a la hora de resolver su estado de exclusión. Hablamos, pues, de los verdaderos líderes de cualquier revolución: los marginados.

Así y todo, es razonable que para ninguno el cambio sea algo cómodo, ni para quien lo promueve y menos para quien lo resiste. Aunque para estos últimos, la incomodidad les valdrá para percatarse que su prosperidad depende del suelo nutricional que la comunidad nacional les provee, muchas veces, a razón de injusticias. Y eso es algo que el pueblo colombiano lo sabe, hace tiempo.

Si bien es cierto que el silencio del oprimido en la voz escrita de la historia dice mucho sobre su lugar en los hechos, también lo será este tiempo en que los asesinados y desaparecidos custodian lo que ha de hablarse de ellos, a través de la voz de los que ya no están dispuestos a callar. Por eso, el conteo y el nombre de los muertos a manos del Estado se ha vuelto retroactivo y los desaparecidos vuelven a aparecer sin fecha de expiración.

Finalmente, sabremos que la intensidad del deseo por lo que se viene debe ser tan grande que resulte sencillo soltar lo que se tiene. Por eso, una revolución es, también, una revolución de los deseos, de esos que se cultivan en las ollas comunes, en las asambleas barriales, en los plantones, en la comidilla de fin de marcha, en la complicidad silenciosa de los que se miran juntos y tan distintos a la vez. Habrá que discernir, en tal modo, hasta qué punto quedarse en casa es sinónimo de resguardo y cuidado y hasta qué otro es complacencia con el estado de las cosas.

Sergio Velasco García es antropólogo.

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Algunas enseñanzas de dictadura

/ 13 de noviembre de 2020 / 02:30

Una dictadura nos enseña que no hay dato, prueba o evidencia suficiente que pueda con la certeza ciega de aquel que, no habiéndole gustado compartir derechos en un país abundante, todavía pugna por preservar su reinado en un país miserable. Que las convicciones buscan ahondarse antes que ser refutadas y que toda dictadura cumple, de alguna manera, el deseo íntimo de quien no está siendo azotado por el bastón policial.

Enseña que, ni bien se hacen del poder, procuran el más rebuscado etiquetaje en orden de señalar a quien de antemano saben que deben perseguir. Saben, igualmente, que un blindaje mediático es imprescindible para disfrazar de “justicia” todo atropello y de “restitución del orden” todo desfalco. No obstante, tal es su torpeza, que a la par de amenazas y manotazos desmedidos, enarbolan derechos, democracia y libertad sin el menor rubor visible.

De ahí que se devele el hecho fatídico de los militares como quinto poder del Estado y que, en el fondo, ningún partido pueda obviar las botas de cuero en su plan de gobierno. Mismo hecho que saca a relucir en tiempos de excepción, ni más ni menos, al arquetipo del capataz boliviano, ese aire patronal que distingue el andar de ministros y militares como sicariato uniformado en aras de hacer valer la consigna de los grupos de poder.

Nos enseña, asimismo, que no hay mejor tapabocas que un militar en las calles y que al tener una dictadura los mismos rostros que apoyan democracias neoliberales permite dar cuenta que ese tipo de democracias no son otra cosa que dictaduras encubiertas. Sin embargo, y a pesar de lo fatídico del caso, no cabe subestimar la capacidad que tiene un gobierno dictatorial de ampliar y potenciar la agenda política de los perseguidos, pues antes que acallarlos los tonifica.

Valdrá mencionar que los cronistas de las dictaduras del siglo pasado narraron mucho sobre las víctimas (como es razonable), pero muy poco de aquellos que no fueron perseguidos. De esos que, aunque enterados de los atropellos, guardaron recato. En otras palabras, no hablaron del sostén moral y silencioso de los guardados que miraron de palco las masacres y persecuciones. De allí que se desprenda un muy triste aprendizaje: si acaso uno siente que no pasa “nada” o que la justicia justifica el abuso, lo más probable es que el grupo o la clase social a la que se pertenece no está en el banquillo de los acusados, pero no porque no haya escarnio o porque el abuso se justifique.

Sea dicho también, que cuando el poder del Estado es tomado por vía de la intimidación y la fuerza, sin procesos de concertación ni bases sociales, sus operadores develan su angurria en un pillaje desmedido que alguna gente esperaba, hasta cierto punto, tolerar, en tanto los “transitorios” pudieran cumplir con la misión de castigar ejemplarmente a los masistas. Sin embargo, resultó tan abrasivo el robo que hasta los que apoyaron el “escarmiento” se vieron afectados y profundamente contrariados, pues no supieron discernir hasta qué punto ir en contra del capataz podía ser visto como arrepentimiento antes que como expresión genuina de hastío frente al hurto que afectó los propios bolsillos.

Esto muestra que todo “escarmiento” tiene su tiempo, y hasta aquellos que escondieron su gozo íntimo por el pisotón que recibía el indio, ponen un límite al castigo, porque el capataz es un capitán sin cabeza y pierde los estribos, incluso con aquellos a quienes se supone no atacaría. Es un tirano que excede cualquier ámbito de mesura.

Finalmente, resulta no menos importante señalar la amnesia que padecen los operadores frente a la historia, pues olvidan que sus crímenes, por muy protegidos que parezcan hoy, serán condenados mañana. Porque aquellos a quienes respondieron sus acciones eventualmente les soltarán las manos, ya que fuera del poder no les serán necesarios. Que su protección es efímera y que caerán como roca en el acantilado.

Sergio Velasco García es antropólogo e investigador social.

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Mesa: estudio de mercado y demagogia

La demagogia consiste en construir un espejo  en el que las personas vean reflejadas sus impotencias, sus deseos

/ 3 de abril de 2019 / 04:23

La demagogia consiste en conocer de antemano y a cabalidad las pulsiones, las creencias de las personas, saber qué les motiva a pensar de tal o cual manera, a razón de entablar un diálogo donde lo que se ofrezca siempre sea algo que la gente quiere escuchar de sí misma o del medio en el que viven. La demagogia, por lo tanto, consiste en construir un espejo adulador en el que las personas vean reflejadas —en una propuesta o en un discurso— sus impotencias, sus deseos y sus imaginarios más profundos.

Dicho esto, la demagogia es una herramienta que el expresidente Carlos Mesa y sus consortes comprenden perfectamente, ya que su equipo de trabajo está conformado para realizar estudios continuos de mercado sobre los imaginarios a nivel nacional. Sus giras por Bolivia no son más que eso: mecanismos para captar información de potenciales usuarios a través de sondeos de opinión enmarcados en sistemas de preguntas muy bien pensados para modelar con mayor precisión la propuesta política que le harán al país. Lógicamente, esta propuesta no será otra cosa que aquello que la gente quiere escuchar y no lo que, en realidad y por respeto, se nos debería ofrecer.

Así, la propuesta del Frente Revolucionario de Izquierda (FRI) será el producto de un estudio de mercado, creado para conquistar posibles votantes; aunque no para satisfacer las necesidades reales y objetivas de los bolivianos.

Otra de las estrategias bien conocidas de Mesa, y que es fácil de evidenciar desde un comienzo, es su intención por capitalizar la negación al presidente Evo. Ser, de alguna forma, el abanderado del 21F que concentre en sí mismo ciertos tópicos de moda que atribulan las emociones y creencias de la gente: democracia, autoritarismo, libertad de expresión, extractivismo, entre otros. Es lograr instrumentalizar a su favor dichos temas, de manera que pueda encubrir, provisoriamente, una falta de programa de gobierno; ya que éste último saldrá a la “luz” una vez que el estudio de mercado haya concluido.

Por otra parte, es de conocimiento de todos los partidos y agrupaciones políticas que existe una franja poblacional (un pedazo considerable del pastel electoral) en disputa: la clase media tradicional (los herederos del privilegio colonial, entre ellos Mesa y compañía) y las denominadas nuevas clases y estratos emergentes. Las primeras sienten haber perdido la fuerza de antaño, confrontadas a una situación adversa ante la pérdida de la capacidad de reproducirse bajo la sombra del Estado. Entretanto, las segundas quizá se encuentran desamparadas discursivamente por el Estado, y de alguna manera viven a la procura de adquirir los bienes culturales, simbólicos de poder, adaptándolos a sus propias causas y necesidades.

El objetivo mayor, en todo caso, de toda esta pericia de marketing que opera Carlos Mesa no sería otra cosa que el intento de-sesperado de una clase social, otrora muy bien acomodada, por recuperar el poder del Estado, desde la conquista vivaz y oportuna de votantes provenientes de este variopinto conglomerado de clases medias. Pero ¿por qué recuperar el poder del Estado?, pues porque es el más fuerte delimitador de las reglas del juego social, es quien tiene la potestad de definir cuáles son las “cartas” más fuertes dentro la dinámica entre las personas (especialmente a nivel político y económico).

Entendido de esa forma, la apuesta de Mesa, y de la clase social a la que representa, no es más que una vuelta a los privilegios de antaño para seguir blandiendo sus apellidos y la blanquitud de su piel como “cartas” de poder. No es un proyecto conservador, ciertamente, sino retrógrado, pues no les conviene, ni a él ni a sus allegados, preservar lo ganado los últimos 13 años, menos aún seguir ampliando los derechos de los sectores más desfavorecidos; sino todo lo contrario, retroceder a lo perdido y simular que la última década fue un mal sueño de media noche.

* Antropólogo.

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