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martes 22 jun 2021 | Actualizado a 23:24

El retorno socialdarwinista de los letrados

El progreso social procura no solo la dignidad de los propios, sino también la atención a la dignidad de los demás.

/ 1 de octubre de 2019 / 23:43

El socialdarwinismo es uno de los argumentos racionales más útiles para ratificar las certezas irracionales de las clases dominantes en cuanto al retorno de sí mismos a la posesión justificada del poder, basados en su proximidad a supuestos “estadios avanzados de cultura”; confiriendo a los demás grupos una posición inferior en la escala social y con ello, el derecho a ser gobernados.

Esta interpretación de la realidad suele develarse desde el fondo de las más íntimas certidumbres en momentos en los que la clase dominante siente la inminente amenaza del poderío oponente, del poderío indio. Caso que claramente se evidencia al día de hoy y al tenor de las elecciones venideras. Sin embargo, resulta paradójico que aquellos que actualmente hacen un llamado a la razón y a la congregación de los letrados sean quienes no hayan logrado superar este pensamiento por demás gamonal y obsoleto, desde donde se caracteriza al indio como un ser guiado por instintos primarios, por su falta de civilización y su precaria humanidad.

En tal caso, la “embestida de los letrados” supone, igualmente, una falta de recursos teóricos y conceptuales con los cuales acudir a un escenario social que va más allá del indio mísero que acostumbraban investigar (con dolencia y desde arriba); logrando develar la crisis en sus esquemas interpretativos sobre la realidad social del país, permitiendo la vuelta al entendido oenegista/asistencialista de desarrollo, que los ponderaría autorreferencialmente como los guías irrebatibles de la patria. Es, nada menos, la incomprensión del indio con poder.

De hecho, en el intento por encontrar respuestas a este escenario inasible, parte de este conglomerado de analistas y políticos de oposición acusa a la escuela de no haber cumplido, los últimos años, con su misión histórica encomendada: la selección/exclusión sistemática de los seres considerados “inferiores” de las esferas de poder. Increpan a la educación actual de no ser capaz, a través de esa exclusión, de certificarlos (a ellos) como los incuestionables herederos de la gobernanza del país, de faltar a la meritocracia que ellos habían heredado para su beneficio.

Pareciera, inclusive, que muchos de estos “letrados” hablan desde un ego de clase dolido, pues a pesar de realmente creerse los socialmente más “aptos” frente a un escenario de negociación y competitividad global, sean quienes hayan conducido gobiernos subdesarrollados, ineficientes y corruptos; avergonzados con las faltas de forma de un presidente mundialmente aplaudido (quizá a ellos les hubiese gustado dicho aplauso).

A riesgo de no decir más que una obviedad, un proyecto de país fundado en la idea de la otredad como indigna de ser no será, jamás, un proyecto viable de crecimiento y desarrollo, ya que la esencia misma del progreso social procura no solo la dignidad de los propios, sino también la atención a la dignidad de los demás, cosa que la clase dominante tradicional (y su esquema evolucionista de sociedad) elude sustancialmente.

Ante lo dicho, la vuelta a un discurso socialdarwinista por parte de la oposición no solo muestra un pensamiento retrógrado, sino la prueba de su incapacidad de leer la realidad social boliviana del siglo XXI, y la explicación histórica de por qué nunca propusieron un verdadero desarrollo para el país.

* Antropólogo.

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Algunas enseñanzas de dictadura

/ 13 de noviembre de 2020 / 02:30

Una dictadura nos enseña que no hay dato, prueba o evidencia suficiente que pueda con la certeza ciega de aquel que, no habiéndole gustado compartir derechos en un país abundante, todavía pugna por preservar su reinado en un país miserable. Que las convicciones buscan ahondarse antes que ser refutadas y que toda dictadura cumple, de alguna manera, el deseo íntimo de quien no está siendo azotado por el bastón policial.

Enseña que, ni bien se hacen del poder, procuran el más rebuscado etiquetaje en orden de señalar a quien de antemano saben que deben perseguir. Saben, igualmente, que un blindaje mediático es imprescindible para disfrazar de “justicia” todo atropello y de “restitución del orden” todo desfalco. No obstante, tal es su torpeza, que a la par de amenazas y manotazos desmedidos, enarbolan derechos, democracia y libertad sin el menor rubor visible.

De ahí que se devele el hecho fatídico de los militares como quinto poder del Estado y que, en el fondo, ningún partido pueda obviar las botas de cuero en su plan de gobierno. Mismo hecho que saca a relucir en tiempos de excepción, ni más ni menos, al arquetipo del capataz boliviano, ese aire patronal que distingue el andar de ministros y militares como sicariato uniformado en aras de hacer valer la consigna de los grupos de poder.

Nos enseña, asimismo, que no hay mejor tapabocas que un militar en las calles y que al tener una dictadura los mismos rostros que apoyan democracias neoliberales permite dar cuenta que ese tipo de democracias no son otra cosa que dictaduras encubiertas. Sin embargo, y a pesar de lo fatídico del caso, no cabe subestimar la capacidad que tiene un gobierno dictatorial de ampliar y potenciar la agenda política de los perseguidos, pues antes que acallarlos los tonifica.

Valdrá mencionar que los cronistas de las dictaduras del siglo pasado narraron mucho sobre las víctimas (como es razonable), pero muy poco de aquellos que no fueron perseguidos. De esos que, aunque enterados de los atropellos, guardaron recato. En otras palabras, no hablaron del sostén moral y silencioso de los guardados que miraron de palco las masacres y persecuciones. De allí que se desprenda un muy triste aprendizaje: si acaso uno siente que no pasa “nada” o que la justicia justifica el abuso, lo más probable es que el grupo o la clase social a la que se pertenece no está en el banquillo de los acusados, pero no porque no haya escarnio o porque el abuso se justifique.

Sea dicho también, que cuando el poder del Estado es tomado por vía de la intimidación y la fuerza, sin procesos de concertación ni bases sociales, sus operadores develan su angurria en un pillaje desmedido que alguna gente esperaba, hasta cierto punto, tolerar, en tanto los “transitorios” pudieran cumplir con la misión de castigar ejemplarmente a los masistas. Sin embargo, resultó tan abrasivo el robo que hasta los que apoyaron el “escarmiento” se vieron afectados y profundamente contrariados, pues no supieron discernir hasta qué punto ir en contra del capataz podía ser visto como arrepentimiento antes que como expresión genuina de hastío frente al hurto que afectó los propios bolsillos.

Esto muestra que todo “escarmiento” tiene su tiempo, y hasta aquellos que escondieron su gozo íntimo por el pisotón que recibía el indio, ponen un límite al castigo, porque el capataz es un capitán sin cabeza y pierde los estribos, incluso con aquellos a quienes se supone no atacaría. Es un tirano que excede cualquier ámbito de mesura.

Finalmente, resulta no menos importante señalar la amnesia que padecen los operadores frente a la historia, pues olvidan que sus crímenes, por muy protegidos que parezcan hoy, serán condenados mañana. Porque aquellos a quienes respondieron sus acciones eventualmente les soltarán las manos, ya que fuera del poder no les serán necesarios. Que su protección es efímera y que caerán como roca en el acantilado.

Sergio Velasco García es antropólogo e investigador social.

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Mesa: estudio de mercado y demagogia

La demagogia consiste en construir un espejo  en el que las personas vean reflejadas sus impotencias, sus deseos

/ 3 de abril de 2019 / 04:23

La demagogia consiste en conocer de antemano y a cabalidad las pulsiones, las creencias de las personas, saber qué les motiva a pensar de tal o cual manera, a razón de entablar un diálogo donde lo que se ofrezca siempre sea algo que la gente quiere escuchar de sí misma o del medio en el que viven. La demagogia, por lo tanto, consiste en construir un espejo adulador en el que las personas vean reflejadas —en una propuesta o en un discurso— sus impotencias, sus deseos y sus imaginarios más profundos.

Dicho esto, la demagogia es una herramienta que el expresidente Carlos Mesa y sus consortes comprenden perfectamente, ya que su equipo de trabajo está conformado para realizar estudios continuos de mercado sobre los imaginarios a nivel nacional. Sus giras por Bolivia no son más que eso: mecanismos para captar información de potenciales usuarios a través de sondeos de opinión enmarcados en sistemas de preguntas muy bien pensados para modelar con mayor precisión la propuesta política que le harán al país. Lógicamente, esta propuesta no será otra cosa que aquello que la gente quiere escuchar y no lo que, en realidad y por respeto, se nos debería ofrecer.

Así, la propuesta del Frente Revolucionario de Izquierda (FRI) será el producto de un estudio de mercado, creado para conquistar posibles votantes; aunque no para satisfacer las necesidades reales y objetivas de los bolivianos.

Otra de las estrategias bien conocidas de Mesa, y que es fácil de evidenciar desde un comienzo, es su intención por capitalizar la negación al presidente Evo. Ser, de alguna forma, el abanderado del 21F que concentre en sí mismo ciertos tópicos de moda que atribulan las emociones y creencias de la gente: democracia, autoritarismo, libertad de expresión, extractivismo, entre otros. Es lograr instrumentalizar a su favor dichos temas, de manera que pueda encubrir, provisoriamente, una falta de programa de gobierno; ya que éste último saldrá a la “luz” una vez que el estudio de mercado haya concluido.

Por otra parte, es de conocimiento de todos los partidos y agrupaciones políticas que existe una franja poblacional (un pedazo considerable del pastel electoral) en disputa: la clase media tradicional (los herederos del privilegio colonial, entre ellos Mesa y compañía) y las denominadas nuevas clases y estratos emergentes. Las primeras sienten haber perdido la fuerza de antaño, confrontadas a una situación adversa ante la pérdida de la capacidad de reproducirse bajo la sombra del Estado. Entretanto, las segundas quizá se encuentran desamparadas discursivamente por el Estado, y de alguna manera viven a la procura de adquirir los bienes culturales, simbólicos de poder, adaptándolos a sus propias causas y necesidades.

El objetivo mayor, en todo caso, de toda esta pericia de marketing que opera Carlos Mesa no sería otra cosa que el intento de-sesperado de una clase social, otrora muy bien acomodada, por recuperar el poder del Estado, desde la conquista vivaz y oportuna de votantes provenientes de este variopinto conglomerado de clases medias. Pero ¿por qué recuperar el poder del Estado?, pues porque es el más fuerte delimitador de las reglas del juego social, es quien tiene la potestad de definir cuáles son las “cartas” más fuertes dentro la dinámica entre las personas (especialmente a nivel político y económico).

Entendido de esa forma, la apuesta de Mesa, y de la clase social a la que representa, no es más que una vuelta a los privilegios de antaño para seguir blandiendo sus apellidos y la blanquitud de su piel como “cartas” de poder. No es un proyecto conservador, ciertamente, sino retrógrado, pues no les conviene, ni a él ni a sus allegados, preservar lo ganado los últimos 13 años, menos aún seguir ampliando los derechos de los sectores más desfavorecidos; sino todo lo contrario, retroceder a lo perdido y simular que la última década fue un mal sueño de media noche.

* Antropólogo.

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