Voces

lunes 29 nov 2021 | Actualizado a 00:45

Preferible el riesgo

/ 23 de octubre de 2019 / 23:28

Durante una conversación entre tres jóvenes casi cuarentones, uno de ellos decía con tono preocupado e indeciso que solo había trabajado en dos lugares desde sus 22 años. Alarmada, otra joven del grupo exclamó “urgente, tienes que cambiar de trabajo, ¡Qué vas a poner en tu hoja de vida!”. Parecía que las señales de alarma se habían prendido todas juntas. Según continuó la conversación, pasar de los cinco años en un mismo trabajo es algo muy malo, señal de estancamiento, muestra de envejecimiento prematuro, rutina. Qué diferencia con la idea que tenían del trabajo los que rondan los 60 años, pues creían que lo mejor que podía pasarles era tener asegurado un trabajo de por vida.

El límite de los cinco años es una de las características que la juventud tiene apuntada entre sus indicadores laborales. Otro indicador, quizá el más importante, es del emprendimiento propio. Para los adultos no está claro si esta idea surge como consecuencia de la falta de ofertas laborales o porque los jóvenes están optando por no depender de jefes, horarios, oficinas o espacios cerrados, controlados por un marcador de asistencia bajo el ojo inquisidor del poderoso que firma memorandos de felicitación o despido. En Bolivia, los jóvenes entre 16 y 24 años son los más afectados por la falta de empleo. Justamente es el momento en que ellos, según las oportunidades que tengan, eligen estudiar, resignarse a trabajos precarios, o asirse al salvavidas de la tercera opción para convertirse en emprendedores.  

el dueño y señor de su tiempo, de su capacidad de crear, de aceptar retos y asumir los riesgos que entraña el emprendimiento es para muchos jóvenes bolivianos una forma de vida, a la que conocen desde bebés, cuando acompañaron a sus madres en el puesto de venta, en el taller donde sus familiares pegaban botones o costuraban cierres, o cuando ayudaron a arrastrar una carretilla con la exprimidora de naranjas adaptada por algún otro emprendedor.

Diferentes estudios realizados por universidades, ONG, financiadoras u organismos internacionales interesados en el trabajo juvenil advierten que los jóvenes comienzan sus emprendimientos incluso antes de los 18 años, y que el rango de edad de mayor ímpetu para este tipo de actividad está entre los 25 y los 33 años.

Luego empieza a descender a medida que se casan, tiene hijos o han visto frustradas sus aspiraciones de crecimiento, así como la poca generación de ingresos. Ante esta realidad, los esfuerzos por generar empleo juvenil deberían centrarse en apoyar los emprendimientos más productivos, priorizando aquellos que utilizan materia prima nacional para transformarla, utilizando tecnología de última generación, y así canalizar la energía juvenil en el soporte productivo del país.

* Periodista.

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En la era de la posverdad

/ 18 de noviembre de 2021 / 02:41

Una mujer cuenta su historia por WhatsApp, relata que ella recibía dinero desde Berlín para los medicamentos de su suegra, como lo hace desde hace mucho tiempo, pero la semana pasada cuando fue a recoger el giro le dijeron que no puede retirar el dinero porque está investigada por ganancias ilícitas. Quien cuenta la historia sabe perfectamente que nadie le podrá replicar, ni hacerle más preguntas aclaratorias. Es la voz de una anónima dirigida a miles de anónimos dispuestos a escuchar y difundir un rumor que los reafirma en su posición o en lo que decidieron aceptar como cierto.

En el uso y abuso de las redes sociales, el mensaje sobre una Ley del Inquilinato es otra muestra de la velocidad a la que puede circular una afirmación y comparar con el tiempo que tarda conocer la realidad, la efectividad que pueda tener el desmentido y finalmente la incapacidad de despejar dudas una vez que son sembradas. En el ejemplo de una supuesta Ley del Inquilinato por la que los dueños de casa por poco deberían entregar sus inmuebles al Estado, a pesar de los desmentidos aún circulan mensajes, sigue siendo tema de conversación e incluso hay quienes actúan como si esa norma estaría en plena aplicación.

En ambos ejemplos la verdad es lo de menos. Las consecuencias no interesan, los efectos de los mensajes falsos sirven a determinados intereses y en ese sentido quienes los difunden están defendiendo sus intereses a costa de engaños. Exactamente es el mismo procedimiento con el que actúan quienes esta temporada realizaron estafas piramidales ofreciendo réditos imposibles a cambio de determinados montos depositados en cuentas bancarias a través de transacciones electrónicas. Siempre habrán personas que no están suficientemente informadas y terminarán siendo víctimas de estafas. Estos mismos canales se utilizan para cometer delitos como la trata y tráfico de personas, la pornografía infantil, robos de identidad, robos de cuentas bancarias, así como el desprestigio y calumnia, que sin importar lo que hagan no logran recuperar o demostrar inocencia ni decencia.

Quienes se resisten a creer en los mensajes que abarrotan las redes sociales son quienes verifican la información que reciben, comprueban la veracidad de lo que llega por WhatsApp, Facebook, etc., porque sienten que la mentira es una afrenta a su inteligencia, sienten que los humillan e insultan. Las mentiras siembran dudas que son muy difíciles de disipar, se difunden con mucha rapidez, pero limpiar las manchas que dejan lleva demasiado tiempo y requiere mucho trabajo, tanto que a veces se hace imposible sacar a luz la verdad. Eso saben perfectamente quienes intencionalmente construyen estrategias comunicacionales basadas en mentiras, saben que el daño es irremediable para el conjunto de la sociedad, con grandes réditos para sus intereses personales porque estamos en la era de la posverdad.

Lucía Sauma es periodista.

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Solo es una niña

/ 4 de noviembre de 2021 / 01:32

El 18 de mayo, en la localidad tarijeña de Bermejo, un hombre halló el cadáver de un bebé en medio de la basura. El 11 de junio en la localidad cruceña de Charagua se encontró en un basural el cadáver de un bebé con el cordón umbilical atado a su cuello. El 9 de octubre, cerca del puente de la Ceja de El Alto, una bolsa verde contenía a un recién nacido asfixiado por un plástico donde estaba la placenta. Según un reporte de la Defensoría de la Niñez y Adolescencia en El Alto, cada mes, dos bebés quedan a su merced en bolsas que cuelgan de un árbol, en basureros o baños públicos, solo alguno logra sobrevivir. Estos recién nacidos son hijos no deseados, muchos de ellos producto de violaciones, hijos de la violencia.

¿Qué historia hay detrás de cada uno de estos nacimientos? ¿Qué pasó con la madre que asfixió a su bebé, lo metió en una bolsa y lo dejó en un basurero? ¿Qué pasó con el padre que concibió ese bebé? ¿Existe un padre? Porque no es lo mismo un progenitor que un violador. Como no es lo mismo un hijo deseado, que el fruto de la violencia, la fuerza bruta y la amenaza sobre una niña. Sobre ese delito no hay nada que defender, nada que debatir, no hay disculpa sobre el autor de la violación.

Claro que todo esto tiene que ver con el caso de la niña de 11 años que está embarazada como consecuencia de las agresiones sexuales que sufrió a cargo del padre de su padrastro. Lástima que esta niña embarazada fue descubierta durante los 40 días de campaña del Grupo Católico Pro Vida, que encontró en ella una causa para hacer vigilia en las puertas del hospital donde estaban la niña y su madre.

Quienes dicen que la niña en el futuro tendrá cargos de conciencia si se somete a una interrupción del embarazo, aún no se enteraron que los actos de la Santa Inquisición fueron crímenes injustificables, como las torturas que infligieron contra los acusados de herejía por ser estudiosos como Galileo Galilei, quien defendía que el Sol ocupa el centro del sistema solar y no la Tierra, idea que la Iglesia tardó 350 años en reconocer como cierta. Los inquisidores utilizaron a los niños para obtener pruebas contra sus padres, familiares y amigos. ¿Se preocuparon por los cargos de conciencia, que con razón deberían tener?

Los datos de los niños abandonados solo corroboran que la cuestión no es llegar al término del embarazo, esos niños fueron abortados o condenados a morir mucho antes de su nacimiento. Esta niña de 11 años no merece ser escarnio de nadie. Tampoco merece estar recluida en un centro de acogida viendo cómo crece su vientre, cómo se le hinchan los pies, cómo le sube la presión, cómo su vida da vueltas y todo se pone de cabeza sin que ella tenga ni la más mínima culpa. Ella es una niña.

Lucía Sauma es periodista.

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Hablando de fantasmas…

/ 21 de octubre de 2021 / 01:31

Hace mucho que no presto atención a los mensajes de WhatsApp que vienen impregnados de ignorancia, facilismo y sobre todo cargados de mentiras hasta la saciedad, pero este fin de semana me fijé en un video que revisaba una amiga sentada a mi lado. Reconocí la voz con acento circense del dictador chileno Augusto Pinochet, la grabación no tiene la fecha, en resumen habla de los engaños de los comunistas a los ciudadanos. El video tiene una inscripción debajo de la imagen de Pinochet y dice “Dio el golpe de estado (sic) en 1973 derrotando al presidente comunista Salvador Allende. Desde ese momento fue odiado por los comunistas”.

El video continúa con la imagen de un supuesto ciudadano chileno absolutamente obsceno en sus expresiones, que protesta contra quienes en ese momento están realizando una marcha, por unos instantes uno piensa que textualmente va a reventar de ira. Luego aparece un joven asegurando que ya no existe la República de Chile a partir de la Constituyente y así siguen una serie de “buenos ciudadanos” que se arrepienten por haber votado “apruebo” para cambiar la Constitución del tiempo de Pinochet. La única imagen de una indígena les sirve para reafirmar que el comunismo asola cuando se les escucha decir que ahora se pueden cambiar el himno o la bandera, porque están en un proceso de refundación del país.

Quienes en el video lloran, aseguran tener rabia, vergüenza por los cambios en su Constitución, no tienen ninguna vergüenza, ninguna rabia por los cientos de miles de testimonios de torturas salvajes, fusilamientos a plena luz del día que se vivieron en varios países latinoamericanos con el Plan Cóndor. En este octubre vuelven a salir viejos fantasmas como el comunismo y el terror de quienes lo ven merodeando ante el menor asomo de mejoramiento social para los sectores excluidos. No les entra en la cabeza que mientras la mayoría de la población no mejore sus estándares de vida, nuestros países permanecerán en la pobreza y terminarán jalando para abajo a quienes gozan de bienestar.

Con parecido desparpajo, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, ha afirmado que “el indigenismo es el nuevo comunismo”, es decir el nuevo terror que hay que destruir antes que acabe con todo lo demás. La señora Díaz Ayuso se olvida de la destrucción de los pueblos indígenas en toda América ocasionada durante la colonia en nombre de la cruz y la espada.

Los indígenas en toda América no son el fantasma del comunismo, ni el terror, ni los invasores, ni mucho menos los avasalladores de tierras y culturas ancestrales, sino todo lo contrario. Es tiempo de comprender que deben ser respetados y que sin su participación plena somos sociedades incompletas y sin culturas propias, sentados frente a un eurocentrismo, cuyas reglas, por anticipado nos declaran perdedores.

Lucía Sauma es periodista.

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Seamos dignos

/ 7 de octubre de 2021 / 01:40

Siempre que las trabajadoras asalariadas del hogar consiguen alguna medida que dignifique su trabajo, sale a luz la vieja amenaza: “Con tantas exigencias, ¿quién las va a contratar? Perderán su trabajo”. Los organismos internacionales, las organizaciones del sector contradicen esas sentencias recordando que en el mundo se lucha incansablemente para que el trabajo asalariado del hogar deje de bordear la esclavitud, que no se lo ejerza gratuitamente y sea ejercitado como cualquier otro trabajo. Esa lucha obtuvo su mayor reconocimiento internacional con la promulgación del Convenio 189 de la OIT, siendo Bolivia el tercer país en la región y el quinto en el mundo en ratificarlo mediante la Ley 309, esta medida implica que toda persona que sea contratada para cumplir tareas del hogar debe regirse a las normas establecidas en la Ley General del Trabajo, tanto en sus derechos como en sus obligaciones.

Pongamos el ejemplo de una persona a quien se contrata como portero de un edificio. Entre sus obligaciones están las tareas que debe realizar, las normas de comportamiento que debe seguir, el horario y los días de trabajo. Por otro lado, entre sus derechos están el salario que recibirá por las tareas realizadas, las vacaciones, el seguro de salud, el derecho a una vivienda con servicios de luz y agua pagados por la parte contratante. Con el seguro de salud, tanto empleador como empleado quedan protegidos, así lo establecen los estatutos vigentes en los condominios. Las normas son claras y todos están de acuerdo. En ese caso no hay discusión.

Con las leyes vigentes en Bolivia, las trabajadoras asalariadas del hogar tienen esos mismos derechos y obligaciones válidos para cualquier otro trabajador. Dentro de esos derechos adquiridos está el seguro de salud que ellas finalmente consiguieron el 28 de septiembre de este año, después de 19 años de gestión. Inmediatamente promulgado el decreto, la opinión ciudadana se dividió entre quienes tildan esta medida de abusiva con los empleadores, y quienes la toman como justa y necesaria. Indudablemente regular una actividad como el trabajo del hogar llevará su tiempo porque implica romper con las viejas prácticas que se dan en sociedades tan desiguales como la boliviana.

Un seguro de salud es bueno tanto para el empleado como para el empleador, porque frente a un accidente dentro del trabajo, una enfermedad de largo tratamiento, ambas partes estarán protegidas sobre todo ante lo imprevisto. Actualmente los empleadores suelen cubrir las consultas médicas, las intervenciones de emergencia. Como dice la frase que les escuché gritar a las trabajadoras del hogar: “Sin seguro de salud, no hay trabajo digno”, esto debería repetirse en todos los trabajos, en cualquier trabajo, porque la cuestión es ganar dignidad como seres humanos.

Lucía Sauma es periodista.

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El mundo gira

/ 23 de septiembre de 2021 / 00:39

El mundo se está abriendo poco a poco. Seguramente ya no aguanta tanto encierro, tantas medidas restrictivas. Nuestro perplejo planeta quiere terminar con las secuelas de la pandemia que azota de norte a sur y de este a oeste. Los aeropuertos vacíos, los hoteles con puertas cerradas, desolados o con muy pocos huéspedes. Tomada esa decisión, las calles vuelven a poblarse, los restaurantes hacen todo lo posible para tener mesas al aire libre, incluso en lugares fríos donde las estufas a gas dan calor. La gente en general ha cambiado sus hábitos, no sabemos si para siempre. Hace unos días presencié una romántica pedida de mano en una calle de La Paz, los transeúntes fueron testigos y se pararon a aplaudir y escuchar las melodías de un violín interpretadas a cielo abierto y a la hora del ocaso.

En abril de este año renovar el pasaporte era tarea sencilla. Las oficinas de Migración tenían muy pocas solicitudes, recién comenzaba a aplicarse la vacuna en Bolivia, así como en el resto de los países. Las fronteras estaban cerradas. El turismo, las vacaciones, se convirtieron en palabras. “Qué bien que pudimos viajar el anteaño pasado y no nos quedamos con las ganas”, decían muchos. Las agencias de viaje cerraron sus oficinas y solo atendían solicitudes extremas por razones humanitarias. Un sinnúmero de ellas quebraron, las que dieron la batalla redujeron su personal al máximo, con medio sueldo y con todos los inconvenientes del trabajo a distancia, dando instrucciones mediante WhatsApp.

Cuatro meses después, desde agosto de 2021, como en los viejos tiempos, en Migración tienen colapsadas las solicitudes para hacer el trámite de emisión o renovación de pasaportes. Las agencias de viaje que soportaron la crisis de la pandemia no abastecen en la atención a todos los posibles viajeros. Varios países europeos, mes tras mes, dan a conocer el fin de las restricciones impuestas por el COVID-19. Países fronterizos, con importantes aeropuertos como el de Lima en Perú, cesaron en el requisito de cuarentena para los viajeros que ingresan a sus territorios, los vacunados tienen libre ingreso. Estados Unidos también anunció que los viajeros de todas partes con la presentación de su certificado de vacunación, podrán ingresar libremente desde noviembre.

Ante la condición de la vacuna como requisito para viajar, muchas personas van en busca de sus dosis. Ojalá éste sea un incentivo lo suficientemente motivador para que los puestos de vacunación no estén vacíos o con personas que acuden como cuentagotas. El mundo quiere seguir girando con alegría, con esperanza, con reencuentros. ¿Por qué no darnos esa oportunidad?

Lucía Sauma es periodista.

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