Voces

jueves 21 ene 2021 | Actualizado a 19:53

El factor TREP

/ 2 de noviembre de 2019 / 00:24

La Transmisión de Resultados Electorales Preliminares (TREP) es un innovador sistema informático para proporcionar a la ciudadanía datos sobre la votación la misma noche de la jornada electoral. Fue adoptado por el Tribunal Supremo Electoral (TSE) desde el referéndum constitucional de febrero de 2016. Su propósito es estrictamente informativo y no tiene ningún carácter vinculante.

En un contexto de desconfianza y de cuestionamientos a la legitimidad del TSE, diferentes voces (incluidos varios opositores) saludaron la decisión institucional de contratar a la empresa Neotec (creadora del TREP) para brindar soporte técnico en la transmisión de resultados preliminares en los comicios del 20 de octubre. Se anunciaron datos al menos del 80% de la votación.

La desgraciada decisión de los vocales del TSE de suspender la difusión del TREP tras llegar al 83,7%, con opacidad sobre el motivo para hacerlo, no solo generó sospecha e incertidumbre sobre el resultado, sino directamente anuló este sistema como fuente de datos preliminares. Así, en lugar de ser un factor de transparencia, el TREP se convirtió en detonante de conflicto.

Como sea, es fundamental entender que el sistema electoral boliviano está basado en actas físicas (no en fotografías), que son llenadas por los jurados en cada mesa y luego siguen un cuidadoso protocolo de custodia hasta su valoración por los tribunales departamentales en actos públicos. No hubo TREP en anteriores comicios generales y puede no existir. Lo que cuenta es el cómputo oficial.

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¿Por qué cobrar un impuesto a los más ricos?

/ 20 de enero de 2021 / 03:15

Es ineludible aceptar que el impacto del COVID-19 se ha expandido en el ámbito mundial, con efectos sanitarios y económicos extraordinarios. Ante esta situación, la necesidad de los Estados para contar con mayores fondos que permitan hacer frente a los gastos derivados de la contención del coronavirus y la asistencia a las personas y empresas afectadas, hace que en varios países surjan iniciativas orientadas a generar recursos adicionales.

Nuestro país no ha quedado al margen de todos los efectos que ha traído consigo esta pandemia, que se han agudizado como consecuencia de las desacertadas decisiones de la anterior gestión de gobierno. En ese sentido, actualmente se ha llevado adelante un conjunto de medidas dirigidas a la reconstrucción y la reactivación de la economía. Precisamente en esa línea, hace poco se promulgaron dos medidas con el objetivo de volver a dinamizar el mercado interno y de esa manera generar mayores recursos que contribuyan a brindar una mejor asistencia a los sectores menos favorecidos de la sociedad.

Estas dos medidas, tanto el Impuesto a las Grandes Fortunas (IGF) que alcanza a una ínfima parte de la población y el reintegro del Impuesto al Valor Agregado (Re-IVA), están orientadas básicamente a brindar un carácter progresivo a nuestro sistema tributario, lo que equivale a decir que los contribuyentes sean parte de un sistema en el que lleguen a tributar en mayor cuantía los que más recursos tienen, y lo hagan en menor medida los que perciben menores ingresos.

Sin duda alguna, para salir de esta crisis sin precedentes, se necesitará del concurso de todos, aunque claro está que no todos se encuentran en igualdad de condiciones para llevar adelante este propósito, motivo por el cual en varias partes del mundo surgieron pronunciamientos de personalidades que figuran en las listas de las personas más ricas del mundo, brindándose a pagar montos excepcionales por concepto de impuestos, iniciativa que no es compartida por una pequeña fracción de los potenciales alcanzados por este impuesto en nuestro país.

Muchas críticas surgieron a raíz de las medidas implementadas, varias de ellas apuntan al IGF, y hacen referencia a que representa un desincentivo para la inversión, y en consecuencia esto afectaría al empleo de nuestro país. Esto no es cierto, dado que una gran parte de las grandes fortunas se acumulan básicamente en activos de uso personal y bienes suntuarios (mansiones, tierras, yates, aviones, helicópteros, y paraísos fiscales) que en la mayoría de los casos se constituyen en ahorros improductivos para el resto de la sociedad. En ese entendido, el IGF generaría desincentivos al super consumo o ahorros en paraísos fiscales, más que a ahorros que puedan generar beneficios para la mayoría de la sociedad.

Por otro lado, es importante hacer referencia a la teoría de la solidaridad que ha cobrado relevancia en los últimos años, complementando de mejor manera el concepto del Estado de Bienestar, donde el bienestar en sí es un bien común y debe ser promovido en mayor medida para las poblaciones más pobres a través de un proceso redistributivo del ingreso.

En ese sentido, el IGF contribuirá a reducir las brechas de desigualdad en nuestro país, tomando en cuenta el coeficiente de Gini, que indica el grado de desigualdad de los ingresos de la población medida en una escala entre 1 y 0, donde 1 representa la mayor desigualdad, y mientras más cercano a 0 sea este coeficiente, menor es la desigualdad de los ingresos y, por tanto, menor es la desigualdad económica. En Bolivia, este indicador ha presentado una disminución del 28% en los últimos 14 años, pasando de 0,59 en 2006 a 0,42 en 2019. Es evidente que resulta necesario mantener y fortalecer esa tendencia, dado que una sociedad desigual se asocia con una sociedad con poco bienestar económico y, en consecuencia, con un deficiente Estado de Bienestar.

           Álvaro Nina es economista.

         

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¿Asalto al Capitolio a la boliviana?

/ 20 de enero de 2021 / 03:10

Mucho se ha abundado en comparaciones del asalto al Capitolio, “el templo de la democracia” de Estados Unidos, con lo que sucedió en Bolivia en 2019, cuando sucesivamente se puso en dudas las elecciones del 20 de octubre, se generó un grave conflicto político, renunció el presidente Evo Morales y, para terminar ese año fatídico, el gobierno transitorio propició las masacres —como llamó la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH)— de Sacaba y Senkata a título de defender la democracia y la vida de los bolivianos.

¿Serán comparables ambos hechos? Todo es posible, dependiendo de los ojos con que se los mire. Hubo un caso llamativo.

Vayamos al origen. El hasta hoy presidente de Estados Unidos, Donald Trump, nunca aceptó la victoria electoral del desde hoy sucesor suyo, el demócrata Joe Biden, y al contrario, denunció que le “robaron” el voto.

Desde las elecciones de noviembre se ocupó de defenestrar a su rival y nunca congratularlo. Hizo un lobby político, impulsó las protestas y el día del asalto incitó la “insurrección”, como luego lo tildó el Congreso.

Entre las muchas reacciones en el mundo sobre el evento que puso en cuestión la democracia en la potencia, Carlos Mesa calificó de “vergonzosa” la acción de Trump, de la que dijo que “se puede tipificar como un intento del poder Ejecutivo de dar un golpe al sistema electoral y al poder Legislativo”.

Sin embargo, en una segunda parte de su mensaje en redes sociales, el expresidente hizo una comparación —forzada, en mi criterio— de los sucesos del Capitolio con los hechos ocurridos en Bolivia en 2019. Dijo que la acción perpetrada en Estados Unidos (el asalto) fue “muy similar al fraude perpetrado en Bolivia en 2019 por @evoespueblo”.

¿Similar al fraude? ¿Trump cometió fraude? ¿Cómo se entiende esa declaración? Sí, lo sabemos, no se refirió a eso, sino que hizo una comparación forzada.

Rival directo de Morales en las elecciones de 2019, Mesa fue el primero en denunciar que aquél “hizo un fraude monumental”, en coincidencia con el informe —judicialmente no corroborado aún— de la misión de observadores de la Organización de Estados Americanos (OEA).

El candidato de Comunidad Ciudadana (CC) nunca aceptó su derrota, aunque por un momento, a la luz de los resultados preliminares, desafió a Morales ir a segunda vuelta. Pero, ante las irregularidades denunciadas por la OEA, llamó a movilizarse frente a los tribunales departamentales —movilizaciones que más tarde derivaron en la quema de edificios del Órgano Electoral— contra Morales.

Esa convocatoria fue el inicio de la crisis política e institucional de 2019, aunque los detractores de Morales evocan la tozudez de éste a la repostulación a pesar del referéndum de 2016 que le dijo No y un fallo del Tribunal Constitucional que validó su candidatura.

Movilizados los cívicos y opositores al entonces mandatario, la crisis degeneró en un motín policial, en el acoso a instituciones de parte del “movimiento pitita”, la toma de medios de información (Bolivia Tv, Patria Nueva, Abya Yala, ATB), la quema de viviendas de autoridades y pesonalidades, la sugerencia de renuncia de Morales planteada por las Fuerzas Armadas, la toma del Palacio de Gobierno por los otrora líderes cívicos Marco Pumari y Luis Fernando Camacho, la invocación de éste a la Policía Boliviana y a las Fuerzas Armadas, y la dimisión del presidente del Estado.

Ante la polarización política del país respecto de esos sucesos de 2019, que terminaron con la cuestionada sucesión de la entonces senadora Jeanine Áñez, la historia de ese episodio crítico termina también dividida entre quienes propiciaron una “golpe de Estado” y quienes hicieron un “fraude monumental”.

Lo cierto es que esos sucesos resultaron poco después en las masacres de Sacaba y Senkata, la muerte de más de una veintena de manifestantes, y en la candidatura de una devenida mandataria —que Mesa dijo que validaría la tesis del golpe— llamada solamente a presidir un proceso transitorio.

Volviendo a las comparaciones con los hechos en Washington, ¿fue el asalto al Capitolio un suceso a la boliviana? Haga un ejercicio, sopese las acciones y las reacciones de Trump.

             Rubén Atahuichi es periodista.

          

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En tiempo de crisis

Natalia Calderón, directora ejecutiva de la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN).

/ 20 de enero de 2021 / 03:02

Las áreas protegidas están ampliamente reconocidas como la piedra angular de protección y conservación de la biodiversidad, ya que no solo aseguran su conservación, sino también el bienestar humano. En el ámbito mundial, las áreas protegidas cubren más del 15% de la superficie terrestre del mundo. No son solo biodiversidad, por importante que sea. Cuando se gestionan de manera eficaz, también apoyan la salud y el bienestar humano, contribuyendo a la seguridad alimentaria y el abastecimiento de agua, la reducción del riesgo de desastres, la mitigación y adaptación al cambio climático y el sustento de los medios de vida locales. Sin embargo, estas contribuciones a menudo se subestiman o se ignoran cuando se trata de prácticas políticas o decisiones vinculadas al desarrollo.

Las presiones sobre estos espacios se están incrementando por parte de una serie de actores políticos, sociales y económicos. Y lo que también es evidente es que muchas de las amenazas que enfrentan la biodiversidad y las áreas protegidas se agravarán por el brote de COVID-19. La pandemia está creando desafíos adicionales para las áreas protegidas, como la recesión económica, pérdida de empleos, reasignación de los presupuestos gubernamentales a prioridades como salud y atención social, restricciones para los viajes y el turismo, entre otros. Y es muy probable que en el ámbito mundial las políticas de reactivación asignen aún menos recursos a la conservación de estos espacios y, más aún, contemplen una regulación ambiental reducida pro-intereses económicos de otros sectores como el de hidrocarburos, minería, infraestructura y agroindustrial.

En Bolivia, nuestra Constitución Política del Estado (CPE) reconoce que éstas constituyen un bien común y forman parte del patrimonio natural y cultural del país, ya que cumplen funciones ambientales, culturales, sociales y económicas para el desarrollo sustentable. Todo parecería estar bien. Sin embargo, la viabilidad y permanencia de estos espacios hace mucho tiempo que están en riesgo debido al aumento de las presiones como asentamientos no controlados, tala ilegal, comercio ilegal de fauna silvestre, narcotráfico, los devastadores incendios forestales y el cambio climático, además del evidente y continuo debilitamiento de su gestión.

La pandemia de COVID-19 ha desviado la atención de otras crisis globales como el cambio climático y la pérdida de biodiversidad, pero estos desafíos aún requieren atención urgente. Las áreas protegidas pueden brindar sus beneficios solamente si están bien gestionadas. Nunca antes ha sido tan grande la necesidad de mejorar la capacidad de gestión de nuestras áreas protegidas. La salud de los seres humanos, los animales y los ecosistemas están interconectados. Hoy demandamos a los diferentes niveles de gobierno que comprendan e inviertan en el importante papel de estos espacios bien gestionados y conectados como soluciones basadas en la naturaleza para hacer frente al cambio climático, la conservación de la biodiversidad, la degradación de la tierra y la salud humana. Necesitamos que se garantice la gestión eficaz de estas áreas con presupuesto y recursos humanos adecuados.                    

Natalia Calderón es directora ejecutiva de la Fundación Amigos de la Naturaleza.

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Enero: ¿estulticia, cálculo o locura?

/ 18 de enero de 2021 / 23:48

Entre fines del siglo xv e inicios del xvi, dos humanistas escribieron sendas obras críticas de los abusos y locuras resultado de la estulticia, necedad y estupidez humanos y las prácticas corruptas resultado de esos comportamientos: La nave de los tontos (Narrenschiff) de Sebastian Brant (1494) y el Elogio de la locura (Moriae Encomium, sive Stultitiae Laus) de Erasmo de Róterdam (1511).

No voy a describirlas ni comentarlas, solo me guiarán para entender acontecimientos cercanos.

Mañana, Joseph Robinette Biden Jr. asumirá la Presidencia de los EEUU acompañado de Kamala Devi Harris. En lo anecdótico, Biden será el segundo presidente estadounidense católico y de origen irlandés (por su madre) —el primero fue el asesinado John F. Kennedy— y el de más edad: 78 años; Harris será la primera mujer Vicepresidente y la primera persona mestiza afroasiática en lograrlo.

Estas elecciones fueron realmente inusuales. Comenzaron en 2019 cuando Donald Trump —presidente saliente— parecía un ganador seguro tras el apoyo de la cúpula de su partido, el Republicano, y con la dispersión de aspirantes la candidatura del Partido Demócrata: más de 20, un arco desde filosocialistas hasta conservadores (no olvidemos que el ultraconservador gobernador racista de Alabama George Wallace, quien siguió defendiendo la segregación racial después de promulgada la Ley de Derechos Civiles de 1964 con su eslogan “segregación ahora y segregación siempre”, fue del Partido Demócrata).

Trump llegó a la presidencia en 2016 a pesar de casi 3 millones de votos populares menos que su contrincante Hillary Clinton, pero ganando en la mayoría de los estados mayoritarios para el Colegio Electoral: 304 versus 227. (En los EEUU, desde su primera elección de 1788-1789 cuando fue elegido George Washington, se utiliza el sistema de votos delegados: el Colegio Electoral, cuerpo de compromisarios elegidos en los estados que eligen al presidente y vicepresidente, un sistema que pudo ser útil hasta inicios del siglo xx pero cada vez más cuestionado, inútil, antidemocrático, conflictivo y perverso.) En noviembre de 2020, Biden obtuvo más de 7 millones sobre los de Trump pero, a diferencia de 2016, también consolidó su victoria con una amplia mayoría de votos electorales: 74 más. El pésimo manejo de la pandemia —reflejado en la caída de la economía— pesó contra Trump, incluso más que su apoyo a sectores ultraconservadores y racistas (QAnon y Proud Boys) y el continuado aislamiento del país.

La insistente narrativa del “fraude” nunca demostrado, las permanentes e inútiles argucias legales y, al final, las desesperadas presiones de Trump para voltear las elecciones en el mejor estilo de los populismos latinoamericanos —antecedidas por negar la validez del voto por correo—, fracasaron y son bien conocidas.

Trump se va obligado pero deja minas: un Partido Republicano fracturado entre conservadores moderados que quieren librarse de Trump y los que, a su sombra, esperan seguir obteniendo réditos políticos; una narrativa de fraude que cuestiona la integridad electoral pero, sobre todo, una gran división en el país que quiebra la confianza en sus instituciones democráticas: el 6 de enero fue una consecuencia.

Las elecciones de 2016 y 2020 han dejado al descubierto dos países dentro de los EEUU: uno del éxito intelectual y empresarial, liberal, abierto al mundo y ubicado en los centros urbanos principales, y otro golpeado por la recesión, olvidado y afectado por el progreso y el crecimiento del país, la crisis de 2008 y la globalización, aislacionista y conservador, que está en las zonas rurales y las demás áreas deprimidas. “Curar” esas diferencias —además de la pandemia— será/es la tarea fundamental de supervivencia para las próximas administraciones.

Pandemia y economía, dos damoclianas que también penden en Bolivia.

José Rafael Vilar es analista y consultor político.

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La grandeza de River, la flaqueza de Boca

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 18 de enero de 2021 / 08:51

Si existe un insulto imperdonable para un hincha de Boca es decirle que su equipo ‘gallineó’. Y más en Copa Libertadores. Pero esta vez los xeneizes no reaccionaron ante la “afrenta”, quedaron chatos, son conscientes del papelón. Ellos mismos masticaban rabia: “jugamos a lo River”. Agravado porque veinticuatro horas antes River había dado una sobrada muestra de coraje ante Palmeiras; a punto estuvo de la hazaña de levantar un 0-3 en Brasil, habiendo arrinconado durante 101 minutos al Verdão en el Parque Antarctica. Con once y con diez hombres. Y así como River casi consigue la proeza —le sobraron fútbol, guapeza y situaciones— Boca se pudo haber traído cinco o seis goles de Vila Belmiro; directamente, no compitió.

Más allá de los matices, fue una semana espectacular de Copa que prestigió la competición, jerarquizó el producto ante la televisión y los patrocinadores. Un solo encuentro, uno de los 155 que componen el torneo justificó todo el desarrollo y quedará grabado por años: Palmeiras 0 – River 2. Partido que honra a la Libertadores; evocó las grandes noches coperas de los ‘60, los ‘70 y los ‘80. Palmeiras fue a la final y River a su casa, pero la grandeza no se mide sólo con resultados, también con actitud. Vimos en River el fuego sagrado que distingue al jugador rioplatense. Fueron dos horas en que estuvo en vilo el continente futbolístico.

Remontar el 0-3 de la ida en Avellaneda parecía utópico ante un grande de Brasil y en San Pablo, pero el equipo de Gallardo (nunca tan certera la asociación) salió a comerse vivo a Palmeiras y a los 44 minutos ya estaba dos goles arriba con dos cabezazos, uno matador del paraguayo Rojas y otro del colombiano Borré. Lo tenía acorralado a Palmeiras futbolística y sobre todo anímicamente. Metido en su arco, atribulado, el once dirigido por el portugués Abel Ferreira no encontró respuestas en toda la noche ante la superioridad millonaria. Poco orgullosa forma de llegar a una final. Y hubo cinco jugadas polémicas, de las que habló Sudamérica: en las cinco se falló en contra de River. Un precioso gol de Montiel y un penal a Borré estuvieron bien anulados por mínimos fuera de juego anteriores; el penal de Alan Empereur a Suárez (lo vimos unas ochenta, cien veces) nos parece falta, aunque reconocemos que es discutible. Luego hubo dos más: una equivocada doble amarilla a Robert Rojas faltando 37 minutos cuando ni había cometido infracción; y, por último, un intento de rechazo del arquero Weverton que le erró a la pelota y le pegó con su puño en la cara al chileno Paulo Díaz; claro penal que el VAR, tan minucioso en otras, no vio. Muchas veces hablamos de la suerte de River con los arbitrajes, esta vez prácticamente se le escurre una Libertadores por errores en su perjuicio. Pese al éxodo de figuras desde 2015 hacia acá (Lucas Alario, Pity Martínez, Scocco, Juan Fernando Quintero, Martínez Quarta, Exequiel Palacios y varios más) Marcelo Gallardo ha sabido mantener a River en lo alto de la consideración, con el hambre competitivo intacto. Y con juego arrollador.

Luego vino otro plato fuerte: Santos-Boca. En 1963, con Pelé y Coutinho, el Peixe le ganó la final en La Bombonera; en 2003 el Boca de Tevez se desquitó en el Morumbí sobre el once de Diego y Robinho; y en esta semifinal, aún con Tevez en cancha (casi dieciocho años después), Santos lo dejó de a pie. En Buenos Aires se había dado un abúlico 0 a 0.

En su cajita de zapatos de Vila Belmiro, el eterno club de Pelé salió a buscar el partido en tanto Boca, irreconocible, asumía una actitud similar a la de Palmeiras, timorata, defensiva, impotente. No es buen equipo Boca y le quedaba grande el traje de finalista, pero se le esperaba otra respuesta espiritual. Flaqueó feo. El Santos que será recordado por sus dos bajitos -Marinho 1,68 y Soteldo 1,60- le ganó 3-0, que tranquilamente pudo ser el doble. Que el fútbol evoluciona lo marca este hecho: la camisa 10 que durante 20 años fuera de Pelé ahora es de un venezolano, Yeferson Soteldo. Y la lleva bien. Marcó un golazo que terminó de derrumbar a Boca.

La idea de que pudiera reeditarse una final entre Boca y River salpimentó el último tramo de la Copa. Se dio todo lo opuesto, definirán Palmeiras y Santos. Y aunque están llenos de historia, de tradición, no despiertan lo mismo que los Primos. Ahora parece una definición descafeinada. Sin distinción de colores y nacionalidades, todos los hinchas hubiesen preferido otra final entre Boca y River. Con fallas, con limitaciones, la pasión que ponen los equipos argentinos los torna atractivos en competencia, sobre todo en juegos eliminatorios. Ni hablar si llegan al choque decisivo. Y estas semifinales lo grafican: impactaron más por lo que hizo River y no hizo Boca que por las prestaciones de Santos y Palmeiras, aún ganando. Siempre hay algo para ver en un Boca-River: un espectáculo vibrante como el de Madrid en 2018, que encandiló al mundo, la intensidad, la rivalidad, las broncas. Hasta las patadas son memorables en un superclásico. Lo sintetizó Juan Carlos Barberis, un discreto lateral derecho que actuó en ambos equipos en los años ’60; antes de un clásico le preguntaron cómo afrontaría el gran duelo: “Hoy dejo la sangre en la cancha, la mía y la de los contrarios”, respondió. Así juegan, por eso gustan.

Las semifinales entre brasileños y argentinos -apasionantes- reeditaron la discusión sobre si hay que quitarles cupos a ellos para darles a otros medios menos poderosos. Muchos piensan así. ¿Y eliminar a quienes dan las mejores funciones…? Parece ir en contra de toda lógica.

Santos buscará sus cuarta corona y parte con una ventaja para la finalísima del sábado 30 de enero en Maracaná: su resonante victoria sobre Boca es una inyección de fe, de entusiasmo. Palmeiras es la contrafigura, la forma tan poco elegante de arribar a la cita lo deja con dudas. En su camino quedaron Guaraní, Bolívar, Tigre, Delfín, Libertad. Cuando le tocó un acorazado como River, le tembló el pecho. Pero esto es fútbol, el único territorio donde todo puede suceder.

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