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jueves 21 oct 2021 | Actualizado a 00:41

Estado y religión

La primera Constitución boliviana (1826) tomó como base esencial el proyecto remitido por Simón Bolívar. En éste Bolívar señala que la Constitución no debe prescribir una profesión religiosa al Estado.

/ 18 de noviembre de 2019 / 05:21

La relación entre Estado y religión ha sido una de las más complejas en la historia moderna. Al respecto, Jean Bodin (1530-1596) propuso un monarca neutral que garantice la paz sin tomar partido por ningún credo religioso. Thomas Hobbes (1588-1679) propuso que la máxima autoridad del Estado (el rey) se extienda incluso a los asuntos de índole religiosa. El soberano sería el único intérprete autorizado de la Biblia. John Locke (1632-1704) propuso que ningún individuo sea obligado a pertenecer a una iglesia concreta, sino que la escoja libremente. Voltaire (1694-1778) condenó la intromisión de la religión en los asuntos públicos. A momento de la revolución estadounidense y francesa, la separación del Estado y la religión fue retratada bajo el denominativo de Estado laico o laicismo.

La primera Constitución boliviana (1826) tomó como base esencial el proyecto remitido por Simón Bolívar. En éste Bolívar señala que la Constitución no debe prescribir una profesión religiosa al Estado. Sin embargo, los constituyentes de 1826 incorporaron en la CPE el artículo 6, identificando a la religión Católica Apostólica Romana como parte de la República, con exclusión de todo otro culto público. Esta tensión entre el laicismo y el Estado confesional se mantuvo en gran parte de la historia constitucional boliviana.

En 1844, mediante ley, el 11 de noviembre se declaran vigentes los concordatos celebrados entre el rey de España con la Corte de Roma. Asimismo, en el Art. 2 de la reforma constitucional de 1871 se señala que: “El Estado reconoce y sostiene la religión Católica, Apostólica y Romana. Se prohíbe el ejercicio público de todo otro culto, excepto en las colonias que se formaren en lo sucesivo”. La aparición de esta tolerancia se relaciona con el fomento a la migración y el desarrollo de las zonas despobladas. Luego será suprimida en la reforma de 1878, pero será restaurada en el texto constitucional de 1880. Más de 20 años después, el 27 de agosto de 1906 se autorizó por ley el ejercicio libre de cualquier otro culto. En 1920 y en 1947 se propuso que la Constitución declare a Bolivia un Estado laico.

Ninguna de las reformas lo llevó a cabo. Recién en el proceso constituyente 2006 – 2009 retornaron las propuestas de hacer de Bolivia un Estado laico.

Por la manera en que se redacta el Art. 4 de la CPE vigente, y en consonancia con el Art. 86, el Estado fomenta el respeto y convivencia mutua entre personas con diversas opciones religiosas. Es decir, se pluraliza la relación con las distintas religiones y creencias espirituales. La Bolivia refundada en la pluralidad construye un relacionamiento distinto con la religión. No es propiamente un Estado laico, tampoco es un Estado confesional, sino, conforme a la voluntad constituyente, vivimos en un pluralismo religioso.

Farit Rojas T.

es abogado y filósofo.

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Una sensación extraña

/ 18 de octubre de 2021 / 00:25

Una de las novelas de Orhan Pamuk se titula Una sensación extraña. Su argumento gira en torno a mostrar un sentimiento que ningún término puede atraparlo. La novela retrata la vida del turco Mevlut Karata. En las primeras páginas narra la manera en la que Mevlut se enamora de una joven a la que miró una sola vez en una fiesta de matrimonio, donde ella asistió acompañada de sus hermanas. Mevlut, impactado por su belleza, averigua su nombre, le dicen que se llama Rayiha y entonces empieza a enamorarla por medio de cartas —costumbres turcas de la época, nos dice Pamuk—. Luego de muchos años de escribirle y de ingresar a un tórrido intercambio de cartas, decide raptarla y forzar el matrimonio según las tradiciones conservadoras turcas. El secuestro era la opción de los pobres para lograr el matrimonio con la persona amada. La noche del rapto Mevlut tiene al fin delante suyo a Rayiha, la mujer que había visto una sola vez en una fiesta de matrimonio, hace muchos años, cuando de pronto un rayo ilumina el rostro de la mujer a la que había enamorado por carta y había decidido raptar esa noche. La sorpresa, Rayiha era una de las hermanas de la mujer de la que él se había enamorado, pero no era la mujer de la que se había enamorado. Entonces siente, por primera vez, que su destino será estar casado con la hermana de la mujer de la cual se enamoró, y a quien él enamoró por medio de cartas, ese sentimiento Pamuk lo describe como “una sensación extraña”, una sensación de estar delante de un momento en el cual las cosas cambian de tal manera que nunca más serán iguales.

Una sensación extraña podría ser también una manera de traducir el término checo litost, una palabra que rehúye a ser territorializada por el castellano y que se queda solo en sentimientos. Milan Kundera intentó varias veces traducirla —en tanto la menciona en la versión checa de su novela La insoportable levedad del ser—, pero terminó explicándola como el sentimiento de agonía provocado por la repentina mirada de la miseria.

Hay una serie de términos que no tienen una traducción final al castellano, podemos repasarlos. Por ejemplo, saudade, que generalmente se lo traduce como melancolía o añoranza, pero que algunos amigos brasileños, que dominan el castellano, me dicen que no es solo eso, que hay algo más primario y primitivo en el sentimiento que intenta representar la palabra, en tanto los portugueses se refieren con ese término al sentimiento de extrañar algo o algún lugar al cual saben que jamás podrán volver pese a que esté allí, cerca o a la vuelta de la esquina. Se trata de una sensación extraña que nace del destierro.

Las palabras acogen un continente de sentimientos, que solo son perceptibles si las mismas nos guían y sumergen en la historia, la cultura y la política, de las cuales son herederas.

Farit Rojas T. es abogado y filósofo.

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Magia

/ 4 de octubre de 2021 / 01:47

En el curso titulado La verdad y las formas jurídicas del profesor Michel Foucault se hace referencia al Derecho feudal de los siglos XII y XIII, en el que los litigios se resolvían mediante pruebas. Un tipo de prueba era la de tipo verbal. Cuando un individuo era acusado de algo —robo o asesinato— debía responder a esta acusación con cierto número de fórmulas, garantizando que no había cometido delito. Sin embargo, el éxito o el fracaso se encontraba en pronunciar las fórmulas adecuadamente, sin errores y en el tiempo adecuado, pues un cambio en las palabras o una elección errónea de la fórmula invalidaba a la misma y con ella a la verdad que se pretendía probar. Muchas veces pronunciar la fórmula fuera de tiempo o con una dicción distinta hacía perder el proceso. En el devenir del tiempo las personas que eran parte en un litigio serán reemplazadas por otras, entrenadas en conocer los ritos y los tiempos adecuados para decir las fórmulas mágicas, los llamados ad auxilium vocatus o simplemente ad vocatus, de donde proviene la palabra «abogado», es decir el aprendiz de fórmulas mágicas para la resolución de conflictos. Se trata de un aprendiz, porque las fórmulas no le pertenecen, pero sabe usarlas.

Decir el derecho, o juris dicare será uno de los orígenes de la palabra «jurisdicción», y en esta condición de «decir» el Derecho se encuentra la relación con la magia. Como señala el profesor de Teoría del Derecho de la Universidad de Bruselas, Laurent de Sutter, en el derecho romano antiguo, iurare no significa pues decir el derecho sino pronunciar la plegaria adecuada, es decir, hacer uso de la fórmula adecuada de conjuro. El llamado ius, de donde viene la idea de iustitia (justicia), se relacionaba con la potestad de invocar poderes supra terrenales en busca de garantizar la verdad de una declaración. Asimismo, el proceso judicial era concebido como un diálogo estrictamente sacramental, con la utilización de fórmulas retóricas ante autoridades, muchas de ellas religiosas, en ambientes rodeados de símbolos, que aseguraban el buen desarrollo del proceso. Por ello el Derecho se empezó a concebir como un mundo de palabras, pero no cualquier palabra, sino palabras que cobran realidad. Es así que el lenguaje del Derecho se concibe en el modo gramatical de la conminación, del mandato, de la orden directa que busca producir efectos en la realidad. Y resulta también curioso que los legisladores a momento de aprobar una norma la sancionen. La palabra sanción viene del latín sanctio que significa santificar. La antigua toga de los jueces recuerda la actividad ceremonial, cuasi religiosa, con la que administraban justicia.

Laurent de Sutter, el profesor mencionado anteriormente señala, en sus clases de jurisprudencia en Bruselas, que el Derecho es magia.

Farit Rojas T. es abogado y filósofo.

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Desacuerdo

/ 20 de septiembre de 2021 / 01:09

El núcleo del pensamiento político del filósofo francés Jacques Rancière se encuentra en la idea de “desacuerdo” (o mésentente en francés).

Por desacuerdo Rancière se refiere al desentendimiento, es decir a la disputa sobre lo que hablar quiere decir, y que termina por constituir la racionalidad misma de la situación de habla. En estos casos de desacuerdo los interlocutores entienden y no entienden la misma cosa en los mismos términos, y es que aún cuando pareciera que los interlocutores entienden de lo que hablan, una de las partes no ve el objeto sobre el cual habla la otra. En este sentido, el desacuerdo sería una especie de punto ciego que hace imposible la justicia, porque una de las partes no puede demostrar que sufre una injusticia, porque ésta no es reconocida por el lenguaje de la otra parte. De esta manera el querellante se ve despojado de los medios de argumentar, se ve despojado de las palabras que traduzcan su sufrimiento y permitan que ese sufrimiento sea visto, y justamente por ello, por esta ausencia, se convierte en víctima.

Un caso de desacuerdo tiene lugar cuando la resolución de un conflicto que opone a dos o más partes, se hace en el lenguaje, en el idioma, de una ellas, mientras que las injusticias sufridas por las otras partes no se significan en ese idioma. Entonces, Rancière señala que el agravio, el daño, está mostrando que hay una parte de la comunidad política que no es parte de la misma, porque no es visible, no es audible, no es portadora de la palabra. Por lo tanto, a esta parte que no es parte de la comunidad, lo único que le queda es disputar el orden que la ha excluido, enfrentándose a la comunidad que la niega. Esta disputa, esta querella de los sin parte, no puede expresarse sino a través del conflicto, cuestionando los roles, las jerarquías, las tareas, las maneras de ver, las maneras de oír y las maneras de decir, para visibilizar su exclusión.

Podríamos decir que se encuentran en desacuerdo las víctimas que reclaman algo que el sistema jurídico no puede conceder, porque este sistema, que también es un sistema de lenguaje, no significa el sufrimiento que padecen, y en consecuencia permite visibilizar que el conflicto es político, porque el supuesto consenso del que nace el Derecho los ha excluido.

Los movimientos indígenas, los movimientos feministas, los movimientos de migrantes, entre otros, son algunos de los sujetos que solo tienen como repertorio su condición de movimiento, de conflicto, de revuelta y de denuncia. Al movilizarse dejan al descubierto la violencia y opacidad del sistema jurídico y del sistema político, que generalmente van de la mano y se prorrogan, mucho más, cuando estos sistemas toman la decisión de reprimirlos bajo el argumento de mantener el orden, la ley y la paz social.

Farit Rojas T. es abogado y filósofo

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Pacificar

/ 6 de septiembre de 2021 / 01:01

Pacificar supone establecer la paz en los lugares y tiempos en los que antes habitaba la guerra.

La paz, entonces, supone un orden social deseado por las estructuras de poder que suceden a la guerra; por ello, como señalan Chantal Mouffe y Ernesto Laclau en el libro clásico Hegemonía y Estrategia socialista, “el orden social no puede ser concebido como un principio subyacente”, es decir no hay un origen en el que todo hubiera sido paz. La paz (y el orden social y político establecido) es algo que “sucede” y no así algo que “precede” a una situación de enfrentamiento.

Una explicación detallada sobre este tema la llevó a cabo el filósofo francés Michel Foucault en su curso de 1976 llamado Defender la sociedad. En la primera lección Foucault llama a invertir el aforismo de Clausewitz (la guerra es la continuación de la política) y señalar que “la política es la continuación de la guerra por otros medios”. Dicho de otro modo: la guerra no culmina, continúa con el uso de una serie de mecanismos y formas de dominación institucionalizadas. En este sentido, las relaciones de poder que pacifican tienen esencialmente por punto de anclaje una cierta relación de fuerza establecida en un momento dado, históricamente identificable en la guerra y por la guerra. Y la mantención de la paz supone simplemente un ejercicio de mantenimiento y prórroga de las relaciones de poder establecidas y concebidas en la guerra y por el enfrentamiento a través de distintos medios, generalmente institucionales de garantía del orden y de la soberanía. Podríamos decir que se instituyen procedimientos jurídicos para esta pacificación.

No es casual que el origen etimológico de paz no sea otro que pax entendido como acuerdo, pacto o tratado de armisticio, es decir aquello que sucede a la guerra. Por ello la denominada pax romana (situada entre el 27 a.C. y el 180 d.C.) fue el uso de la fuerza para “pacificar” las distintas provincias romanas frente a las vencidas fuerzas de resistencia.

Resulta interesante que para Thomas Hobbes, en su libro clásico titulado Leviatán, lo único que puede detener la guerra sea un acuerdo, un armisticio que dé nacimiento al soberano-Estado. Esta prórroga de las relaciones de poder dominantes se visibilizan de manera clara cuando Hobbes considera que el Rey, quien encarna al Leviatán, es el depositario de toda la fuerza y la soberanía, es decir posee el monopolio de la violencia y las armas, además de que es irresponsable por sus actos.

La paz, en esta brevísima explicación, no sería otra cosa que aquel momento buscado por el más fuerte, para cancelar no la guerra, sino la ofensiva del más débil, generando una estrategia para prorrogar los efectos de la batalla final, haciendo reinar la paz como condición de la derrota efectiva de los débiles.

Farit Rojas T. es abogado y filósofo.

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Carta Magna

/ 23 de agosto de 2021 / 01:19

Hay, en verdad, augustísimo emperador, dos poderes por los cuales este mundo es particularmente gobernado: la sagrada autoridad de los papas y el poder real. De ellos, el poder sacerdotal es tanto más importante cuanto que tiene que dar cuenta de los mismos reyes de los hombres ante el tribunal divino”. Así comienza la carta dirigida por el papa Gelasio al emperador Anastasio el año 494, considerada la primera Carta Magna de Occidente. Se la llama magna debido a la influencia en ella del legado del papa San Leo Magno cuyo pensamiento teológico dejó huella en la búsqueda de diferenciar los poderes en la tierra medieval: el Rey y los Obispos.

La Carta Magna de San Gelasio es para muchos historiadores del derecho constitucional el primer documento que podríamos llamar “constitucional”, si se entiende Constitución como cultura contractual de acordar el ejercicio del poder. Este primer pacto se da entre las fuerzas reales y fácticas de la naciente Edad Media. La Carta Magna de 1215, que es más conocida y que se le rinde el tributo de la memoria histórica, incluirá a un nuevo agente en el contrato: los señores feudales, pero seguirá presente el monarca y la Iglesia.

La Carta Magna de 1215 es otorgada por Juan Sin Tierra después de una serie de presiones de los señores feudales. Como señala Harold Zink: “Después de haber perdido Juan con sus actos despóticos y sus rendiciones humillantes, los hombres fuertes del país le pusieron en las manos una larga lista de peticiones de reforma, amenazándole con la guerra civil si se negaba a ella. El 15 de junio de 1215, ambas partes convinieron en redactar una Carta Magna en la llanura de Runnymede, entre Londres y Windsor. El documento no fue firmado, en el sentido riguroso de la palabra, porque Juan no sabía firmar, y pocos de sus adversarios entendían más de letras. El obispo William Stubbs dijo una vez que toda la Historia Constitucional inglesa no es sino un largo comentario a la Carta Magna arrancada al Rey no por el pueblo, sino por un grupo de disidentes señores feudales, poco podía decir —y, en el mejor de los casos, indirectamente— sobre los derechos y privilegios de la gente humilde”.

Entonces, sí en la Carta Magna no participó el pueblo llano, sino la Iglesia, la nobleza y los señores feudales, ¿por qué los historiadores del Derecho la consideran el origen de la reflexión constitucional? Una respuesta es que llamamos Constitución a la manera en la que se ralentiza el ejercicio fáctico del poder, evitando que el mismo se concentre en una persona, o en pocas. Muchos siglos después, la Declaración de derechos del hombre y del ciudadano de 1789 señalará que “una sociedad en la que no esté establecida la garantía de los derechos, ni determinada la separación de los poderes, carece de Constitución”.

Farit Rojas T. es abogado y filósofo.

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