Voces

domingo 5 dic 2021 | Actualizado a 14:00

Puente político electoral

La crítica situación del país demanda que todo plazo que pueda ser ajustado en este camino sea acortado.

/ 22 de noviembre de 2019 / 01:01

Desde que el vacío de poder y la violencia se adueñaron de un par de jornadas terribles, la única salida posible es la política, y tiene como principal misión allanar la ruta para una definición/reconfiguración del campo político en un escenario electoral. Tras 22 días desde la renuncia de Evo Morales a la presidencia, esta única certeza democrática no ha cambiado. Por el contrario, empieza a prefigurar algunas luces/certezas, a tiempo de poner sobre la mesa otras variables.

La construcción del puente político electoral que debemos transitar con rapidez los siguientes meses no es para nada fácil, y demandará una alta y pronta ingeniería legal que permita darle certidumbre a este camino. Son tres las normas, además de la Constitución, que establecen condiciones concretas para la realización de elecciones generales: la Ley 018 del Órgano Electoral Plurinacional, la Ley 026 de Régimen Electoral y la Ley 1096 de Organizaciones Políticas. Sumados los plazos establecidos en estas leyes, en un escenario de “normalidad” estaríamos hablando de que una elección general debería llevarse a cabo en 150 días. Además, si incluimos a este tiempo la realización de primarias, estaríamos hablando de dos calendarios que sumarían 240 días aproximadamente. En el pasado vivimos un proceso electoral de estas características, cuyas primarias se iniciaron el 19 de octubre de 2018 para, un año después, concluir con las elecciones generales del 20 de octubre pasado, con el desenlace que conocemos.

Por otro lado, existe una profunda desconfianza sobre el padrón electoral, que deberá atravesar un proceso de saneamiento. Y la última auditoría internacional que se le hizo tardó más de 150 días. Luego de ello, están los plazos para la selección de autoridades electorales, nacionales y departamentales. En la última experiencia, a finales del 2018, se necesitaron 45 días para realizar esta labor. Además, las vocalías electorales deben elegirse mediante un proceso con relevante actuación de las nueve asambleas legislativas departamentales, que son las encargadas de elevar ternas a la Asamblea Legislativa Plurinacional. Para lo cual cada una de ellas debe desarrollar su propio reglamento. Requisito contemplado en la Constitución Política del Estado, por lo que, por ahora, no se puede modificar.

Así las cosas, el puente político electoral que necesitamos debería contemplar mínimamente: i) la designación de 52 autoridades electorales titulares, idealmente con sus debidos suplentes; ii) modificaciones a las leyes electorales para ajustar plazos; iii) el saneamiento del padrón electoral y la inscripción de nuevos electores; y iv) la convocatoria a elecciones. Todo lo anterior en los mínimos plazos posibles.

A estas alturas, varias voces señalan la posibilidad de avanzar en este camino a punta de decretos supremos, los cuales efectivamente funcionaron en ocasiones pasadas. La crítica situación del país demanda que todo plazo que pueda ser ajustado en este camino sea acortado, sin dejar de lado la racionalidad técnico electoral. Pero es importante no olvidar que solo un puente legal y legítimo construido sobre consensos democráticos que provengan de la Asamblea Legislativa podrá ser lo suficientemente sólido y certero para que todos transitemos hacia la recuperación democrática que tanto anhelamos.

* Comunicadora. Twitter: @verokamchatka

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Públicos internos

/ 3 de diciembre de 2021 / 01:24

Toda movilización política es, de manera primigenia, una puesta en escena. Y ésta es un hecho principalmente comunicacional. Con esto, se hace referencia al fuerte componente simbólico que contienen las movilizaciones políticas y que determinan de gran manera cuáles son los mensajes que se busca posicionar. Muchas veces estos pueden ser simples y directos, como es el caso de una puntual demanda social. Otras veces suelen revertir mayor complejidad debido a que no buscan la concreción de un hecho específico, sino, por el contrario, existen para intervenir y modular los imaginarios sociales y políticos colectivos que existen en una determinada sociedad y son ciertamente dinámicos; en consecuencia, potencialmente cambiantes. Debido a que estamos un tanto acostumbrados a que estos últimos tengan lugar exclusivamente en periodos electorales, puede resultar difícil comprender por qué razón una autoridad electa se ve obligada a movilizarse. No obstante, si se mira de cerca la dinámica de las recientes movilizaciones (oficialistas y opositoras), se está en condiciones de aseverar que esta característica se vuelve cada vez menos excepcional y ello, como en momentos anteriores, está íntimamente ligado a los tipos de disputas políticas que se plantean hoy en nuestro espacio público.

De manera general, cuando se delinean estrategias comunicacionales, una de las primeras preguntas que se debe resolver tiene que ver con a quiénes se busca llegar, esto es: los públicos, ya sean internos y externos. La mayoría de las veces una estrategia comunicacional privilegia a los externos debido a que quienes deben ser convencidos de una determinada idea se encuentran por fuera de la estructura que envía el mensaje. En este nivel, se puede decir que la Marcha por la Patria ha buscado posicionarse como un referente de democracia, esto debido a que actualmente uno de los clivajes discursivos predominantes en la escena nacional es el de dictadura/democracia. Así, resulta lógico pensar en la necesidad de las partes en disputa de apropiarse de esta categoría, sobre todo en un país que recientemente ha atravesado momentos políticos asociados al riesgo de quiebre de la misma.

Como se decía, si bien es cierto que el énfasis suele estar puesto en los públicos externos, es perfectamente posible que existan puestas en escena cuyo objetivo mayor sea llevar el mensaje a internos y este puede ser el caso de esta movilización. ¿Cuál mensaje? El de su composición diversa (urbano/rural, por ello la ruta), que apunta a la idea de posesión de la representación del bloque popular, buscando asemejarlo al liderazgo de éste. No obstante, a diferencia de lo que se puede pensar, lo que se trató de comunicar superó el énfasis de imágenes personales a las que más bien buscó asimilar a la colectividad (de ahí el mecanismo de movilización elegido, que evoca horizontalidad). Y este mensaje, a diferencia de lo que se puede suponer, no tiene como único objetivo la cohesión, sino también la delimitación del bloque, por lo que se busca dar a entender que lo que se encuentre por fuera es distinto. Este mensaje iría más puntualmente a algunos grupos que se identifican con este segmento, pero que últimamente, en apego a sus intereses, participaron en movilizaciones que han problematizado fuertemente la gestión de gobierno.

Así, mientras de forma dominante se batallaba por posicionar evaluaciones en torno a su forma: si la constituyeron funcionarios/as, perjudicó las carreteras o la ciudad, se la recibe con banderas blancas o indiferencia, o, finalmente, si en cada píxel de foto caben 50 o mil paisanos, pocas claves sobre las dinámicas que se desplegaron dentro de la movilización se pusieron sobre la mesa. Las (no) noticias pasan, los mensajes, ¿quedan?

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka.

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Un año de gobierno, ¿qué evaluar?

/ 5 de noviembre de 2021 / 01:33

En unos cuantos días más el Gobierno nacional habrá cumplido su primer año de gestión y su desempeño será sometido al escrutinio público. Es parte de los rituales implícitamente convenidos entre los diversos actores que interactúan en el marco de las dinámicas de la comunicación política, precisamente porque se trata de un momento que involucra de forma preponderante las percepciones de la opinión pública. Con seguridad, estas percepciones serán variadas, tendrán enfoques distintos y, en no pocos casos, se forjarán con arreglo a intereses políticos. ¿Cómo es entonces que se puede evaluar a un gobierno sin caer en generalidades ni tropezar en algunos de los lugares comunes que se han adueñado de la discursividad política nuestra?

Por un lado, con la mirada concreta, se puede pensar en una evaluación estrictamente de gestión con base en algunos elementos que acumulados permiten referenciar el mandato que se le otorga a un gobierno nacional: a) la popularidad (imagen) del gobernante, b) la confianza en su equipo de trabajo (gabinete) y c) el desempeño de la gestión sobre todo respecto a los problemas que importan a la ciudadanía. Es posible que una buena parte de la opinión pública perciba —estudios de opinión solo en ciudades del eje central de por medio— que la imagen del Presidente ha disminuido en su aprobación en general. La sensación sí parece unánime aunque aún no aparece como certeza demoledora. Luego, muchas de las percepciones en torno al equipo del Presidente apuntarán a la idea de que este gabinete no goza de buena ni mala imagen simplemente porque para uno u otro, primero corresponde tener una imagen, una referencia, una existencia simbólica y precisamente de ello adolece con claridad este grupo, salvando unas excepciones que caben en algunos dedos. Para el remate, han sido también múltiples estudios de opinión que coinciden al dar cuenta de que entre las principales preocupaciones de la población se encuentran la salud y la economía. Al respecto, con algunos matices de por medio, se puede hablar de un gobierno que en cuanto gestión ha volcado bastantes fichas en estos dos temas, algunas veces con mejor resultado que otras pero de ninguna manera con desatención u olvido.

Por el otro, mirando más a fondo, se puede recurrir a evaluar el estado o la salud del sistema político y social. Ahí, existen otros elementos de mayor índole política que permiten meridianamente establecer un panorama: a) liderazgo, b) iniciativa y gestión política y c) horizonte de país. Evaluándolo desde ahí, no faltaran los diagnósticos menos auspiciosos, que identifican debilidad en el liderazgo, gestión política (inadecuadamente) reactiva y ausencia de visibilidad (o fortaleza) del proyecto estatal.

Es claro. Aunque las motivaciones de la mayoría de la población en 2020 para haber votado por el MAS fueron —por el particular contexto— especialmente diversas, también es cierto que tampoco se restringieron a la sola salida de un momento transitorio en el que reinaba la incertidumbre y la anomia institucional. ¿Qué buscaba la gente entonces? Y, en consecuencia, ¿bajo qué parámetros se puede medir hasta hoy el éxito de la gestión de este gobierno?

Se trata de expectativas distintas distribuidas a lo largo y ancho de este diverso y complejo país. Lo cierto es que a medida que avancen las evaluaciones en términos de años, el Gobierno nacional no aprobará la materia resolviendo solamente lo que se encuentra en la superficie o a la vuelta de la esquina, así sea de forma eficaz. Mucho menos si proviene del mismo gobierno la continua apelación, en clave de afrenta, a las pendientes situaciones-herida cuya resolución supera por mucho, en tiempo y acción, incluso a la gestión pública mejor evaluada.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka.

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Comunicación no reemplaza política

/ 22 de octubre de 2021 / 01:49

Pasó hace poco, apenas algo más de un año. La medio y la sondeocracia nos mostraban el camino del resultado electoral, de él se decía que era incierto y que todo apuntaba a una segunda vuelta. No se vislumbraba la posibilidad de que en el país visible algún partido o alianza generara diferencia suficiente respecto al segundo, como para definir la elección en primera vuelta. Clarito se mostraba, no había posibilidad. Pero un partido sí lo hizo posible, uno por el que había votado un segmento de la sociedad que poco salía en las noticias y menos en las encuestas. Un sector que estaba subrepresentado en su imagen, voz y opinión. Luego vinieron los análisis y mea culpas. Casi 15 años después había ocurrido un fenómeno similar al de 2005 en el que la realidad mediática y discursiva (una buena parte de la comunicación) distaba mucho de la realidad en las calles. La mirada a lo que desde la comunicación mediatizada se proponía nos había distraído en exceso de lo que ocurría en la política desde las calles. De alguna manera, los análisis privilegiaban lo comunicacional antes que lo político. Y eso —lo demostraron los hechos— fue un error de percepción.

La pregunta entonces es: ¿por qué —tan pronto— se cae en el mismo error? Me refiero a la predominancia del lugar común en el que se lee el complicado momento que afronta el Gobierno nacional exclusivamente a través de sus errores comunicacionales. En todo caso, no se trata de una situación propia solo de esta época ni ocurre solamente acá. De alguna manera la proliferación y magnificación de la industria del marketing político en los últimos años ha sido uno más de los ingredientes que han fortalecido la idea de que la comunicación puede reemplazar a la política. La comunicación se ha vuelto la nueva vieja confiable. Carta aplicable para explicar toda situación o momento: falló la comunicación, como respuesta a todo fracaso político.

La comunicación política es un área de conocimiento que estudia la relación entre sistema mediático, político y ciudadanía; y sus efectos en la democracia. Ante ello parece importante recordar ahora que varios de sus estudios en el siglo XX postulaban la posibilidad de un “reemplazo” entre un campo/actor, el comunicacional por otro, el político. La situación convocaba a la preocupación de los estudiosos tanto por el reemplazo de los actores políticos por comunicacionales (situación que, en esta época, ya dejó de ser solamente una sospecha) como por el consecuente debilitamiento que esto ocasionaría sobre la acción política tan necesaria para el desempeño democrático y la resolución de conflictos de tipo público dentro de las sociedades occidentales.

Las acciones desplegadas desde la gestión comunicacional gubernamental y desde los medios de comunicación importan en política, sin duda. Pueden ser muy relevantes en determinados escenarios políticos. Y, sí, en esta gestión gubernamental requiere importantes ajustes. No obstante, aún en tiempos ruidosos y rebosantes de hiper (des)información, es importante recordar que endilgarle la totalidad política a la comunicación empobrece el análisis. Esto muy a pesar de las crecientes corrientes de marketing político que promueven este tipo de lecturas. Y es que en la comunicación política en realidad importa más el efecto en el horizonte democrático, el mismo que está compuesto por varias dimensiones y solamente una de ellas es comunicacional, que viene después y no en vez de la política.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora.Twitter: @verokamchatka

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Nueva normalidad política

/ 8 de octubre de 2021 / 02:24

Los lugares comunes dentro de nuestra dinámica política están, al día de hoy, claramente establecidos, sus etiquetas llevan por título “fraude” y “golpe”. En consecuencia, nuestra nueva normalidad política es aquella en la que ninguno de los actores institucionales ubicado en los polos puede comprobar ante la ciudadanía, de manera fehaciente (con hechos), que aspira a dejar su polo para buscar algo que en el espacio público institucionalizado se dice cada vez menos y directamente no se ve anhelar: la reconciliación.

A reserva del debate en torno a la cualidad de esta polarización; es decir si es realmente existente en la sociedad, está limitada solamente al ámbito político o, menos aún, al plano discursivo. Lo cierto es que uno de los problemas que conlleva este estado de continua radicalización es que busca despojar de soberanía interpretativa de los hechos al público al que se dirige, y esto tiene su efecto no solo en los hechos pasados, sino también en los nuevos. Esto genera que la polarización se constituya no solamente en comportamiento y escenario, sino también en filtro de interpretación. Esa suerte de anclaje interpretativo no solo debe entenderse como una estrategia política utilizada por las partes, sino también como un ejercicio continuo y sutil de poder.

La polarización conlleva al atascamiento a varios niveles. Uno de ellos es la radicalización de los líderes políticos legitimados institucionalmente en la política, que tiene como consecuencia el estancamiento de la misma, lo que genera que, a la larga, las ganancias para ambas partes sean equivalentes a una suma cero. Es decir: mucho se arenga, todo se inunda de ruido y desorden y poco realmente se cosecha en términos políticos. Y esto tiene que ver también con que, en esta nueva normalidad, los objetivos políticos se sitúan en la búsqueda coyuntural de administración de la emocionalidad colectiva en vez de la (re)producción del poder; o mucho menos aún, la solución de discrepancias. Miremos solamente el caso de uno de los más rimbombantes líderes de la oposición, quien a través de sus propios y cada vez más altisonantes actos se parapeta en su reducto territorial casi de manera voluntaria, anotándose —como él dice— “rounds” (del corto plazo) a su favor.

Hasta ahí lo que se postula, una nueva normalidad política que paulatinamente erosiona varias instancias sociocomunicacionales que son fundamentales para el funcionamiento de una democracia. Los problemas concretos se aceleran cuando estos discursos, en su dinámica proactiva/reactiva de reproducción (se necesitan mutuamente), llegan a materializarse en clave de intervención territorial: es decir, movilizaciones en las calles. En ellas —se sabe— los líderes que continua y sistemáticamente alimentan la discursividad desde los polos son una suerte de “teloneros” de la verdadera puesta en escena que es entregada al desborde de emociones cotidianamente nutridas, pero de las que luego nadie sabe hacerse cargo.

Una muestra concreta de aquello lo hemos presenciado esta semana que acaba de pasar y lo será también lo que ocurra en los días venideros. Al inicio de la semana, casi la totalidad de los liderazgos políticos ubicados en los polos ha copado la agenda político-mediática para arengar sus cantos de guerra. Argucias legales, judiciales y políticas de por medio hasta el día de hoy, todos ellos han salido intactos materialmente de la escena principal de la política, entregándosela a sus seguidores para que realicen su despliegue performativo en las calles en los días siguientes. Cuidado. Varios escenarios políticos aguantan como normalidad la palabra en los podios pero no así la acción en las calles.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka.

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La política desde los extremos

/ 24 de septiembre de 2021 / 02:03

En Bolivia, es un lugar común sabernos como una sociedad politizada en extremo pero —siguiendo el ritmo global— cada vez más descreída de la política institucional. Decimos de nosotros mismos que ante las crisis políticas que se nos presentan recurrimos al mecanismo del voto para dirimir nuestras diferencias pero, una vez electos, desconfiamos de nuestros representantes y la institucionalidad que constituyen.

Nos declaramos en contra de las intenciones partidistas de alimentar una continua/ cansina conflictividad latente instalando sus relatos sobre los hechos recientes pero aparentemente nos reflejamos ansiosos en espacios digitales por ir despreciando todo aquello que signifique otredad de pensamiento, apuntando con el dedo y estigmatizando a quien estuvo/ está en la vereda del frente.

Le pedimos a los partidos un proyecto de país para validarlos —lo que equivale a pedirles una inteligencia adaptativa cuya capacidad no solo les permita entender la Bolivia de hoy sino además proyectarla—, a tiempo de que fortalecemos el pensamiento de que la militancia partidaria es algo aberrante, propio de personas que no tienen moral o pensamiento propio.

Hoy se asocia lo obsoleto con trabajar en la subsistencia del sistema de partidos pensando que así se pueden gestionar intereses colectivos de manera ordenada y lo renovado está asociado a la micropolítica de la vida, donde los intereses personales se gestionan de mejor manera en grupos estancos que comparten su visión cultural de la vida cotidiana.

Es verdad que nuestra vivencia más cercana respecto al comportamiento democrático de quienes acceden al poder mediante el voto o se llenan la boca de democracia nos indica que, indistintamente de su color, los líderes de estos partidos o alianzas pueden terminar propiciando acciones autoritarias de varias maneras: ya sea torciendo las leyes e instituciones en la búsqueda de mantener el poder, sancionando abierta y socialmente cualquier gesto de educación o diálogo para con el otro o disciplinando internamente el pensamiento plural cuando éste desagrada al aliado circunstancial.

Pero también es verdad que cuando se trata de cultura democrática, nos toca a todos revisarnos en nuestras acciones y posiciones de forma honesta, pues son estos varios escenarios los que diariamente se alimentan de nuestro accionar como sociedad y terminamos, entre todos, configurando la compleja, enredada y acelerada realidad política nuestra. En espacio público revuelto, ganancia de los extremos. Así, el verdadero desafío parece consistir en escapar de ser la carne de cañón de tanta narrativa interesada sin renunciar a la continua (re)construcción de la institucionalidad democrática que, por detrás de los hechos —y esto es un secreto a voces—, está hecha pedazos.

La política desde los extremos va a seguir siendo lo que se nos viene y continuará encontrando tierra fecunda para su existencia y normalización en el hecho de que cada vez sea mayor la cantidad de gente que encuentre tentador acomodar su pensamiento y acción política por fuera de los márgenes institucionales que brinda la democracia, tal como la conocemos. Y eventualmente esto solo servirá para garantizar la sobrevivencia de aquellos contados patriarcas políticos que insisten en hacerles creer a las mayorías que los encumbran que la política es toda lucha posible por el poder y no así una herramienta más para solucionar los problemas de la sociedad en su conjunto.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka.

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