Voces

Monday 15 Aug 2022 | Actualizado a 18:22 PM

Esferas

El ser humano emerge en busca de recrear su caverna confortable, su certeza protectora.

/ 27 de enero de 2020 / 06:29

Para el filósofo alemán Peter Sloterdijk, los seres humanos vivimos creando y recreando esferas y atmósferas de protección. Desde la concepción, el ser humano vive en esta condición diádica: placenta/feto, madre/niño, alma/Dios. El ser humano emerge en busca de recrear su caverna confortable, su certeza protectora. Desde las microesferas íntimas como la pareja y la familia, a las esferas políticas de mayor dimensión como los Estados, que Sloterdijk caracteriza como “úteros fantásticos para masas infanitilizadas”.

La ruptura de la esfera, el estallido de la atmósfera se la vive como una catástrofe, una pesadilla y un trauma. El exterminio judío fue la ruptura de un mundo que daba cobijo a sus seres humanos. También lo fue la colonización y el exterminio indígena. Y hoy los migrantes que llenan las calles europeas nos muestran los retazos de sferas que explotaron. El ser humano descascarado, dice Sloterdijk, debe arreglárselas para vivir a la intemperie y buscar, lo antes posible, la (re)creación de una nueva esfera. Para mostrar esto, Sloterdijk realiza una arqueología de lo íntimo, de los espacios de albergue no solo material, sino también espiritual. Las personas buscamos levantar burbujas y globos para sentirnos seguros; así nos blindamos contra los horrores de un espacio estriado y sin referencias.

En lo político, las urnas electorales son otras expresiones de la esferología política. Incluso aquellos que acusan a la macroesfera política de tratarlos como un rebaño no buscan destruirla, sino dilatarla, volverla más ancha y más participativa. La mónada autista, el bloom, o como quiera llamarse al idiota que renuncia al espacio público y político donde se decide su vida, es el abono para los autoritarismos.

En una entrevista le preguntaron a Michel Foucault por qué se interesaba tanto en política. Y éste respondió: “¿Por qué no debería interesarme por ella? ¿Qué clase de ceguera, qué sordera, qué densidad ideológica tendría que pesar sobre mí para impedir que me interesase por el problema sin duda más crucial de nuestra existencia; es decir, la sociedad en la que vivimos, las relaciones económicas con las que funciona, y el sistema que define las formas habituales de relación, lo que está permitido y lo que no, que rigen normalmente nuestra conducta?”.

Así, para Sloterdijk y para Foucault, la política es la esfera de vida más importante que hemos creado, y la que constantemente se encuentra en riesgo. Sería el macroútero en el que los humanos buscan vivir, mucho más cuando han experimentado su ausencia, han vivido persecución o simplemente se les ha negado la humanidad. La vida es una esfera.

Farit Rojas T.

Es abogado y filósofo.

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Empatía

/ 18 de abril de 2022 / 01:21

Imagine a cientos de hinchas de un equipo fútbol coordinando juntos cánticos, gritos, insultos al oponente, muestras de emoción variadas, que los lleve incluso a terminar abrazados entre extraños; obviamente, se comportan así porque han sido parte de una compleja coordinación de coordinaciones conductuales en un partido de fútbol en el que los eventos los han llevado a sentirse juntos. Así, lloran, gritan, se agitan y lo hacen como si fueran un solo cuerpo.

Las responsables de estas coordinaciones de coordinaciones conductuales son las denominadas neuronas espejo. El biólogo argentino Diego Golombek, en su libro denominado Las neuronas de Dios (que ya lleva una segunda edición publicada a comienzos de 2022), explica que si vemos a alguien que acaba de darse un martillazo en el dedo y muestra una cara espantosa de dolor, a nosotros, que no recibimos el martillazo, pero que estamos ahí para verlo, también nos duele, también nos impresiona. Compartimos el dolor con solo verlo. Es decir, es posible el dolor a primera vista.

Puede suceder lo mismo al percibir felicidad, excitación, tristeza o éxtasis. Así es como funcionan las películas sensibles y tristes que nos hacen llorar. Como señala Golombek: “Estamos cableados, no para poner la otra mejilla, sino para sentir la mejilla del otro”, así las neuronas espejo son las responsables de la empatía, la misma que nos permite sentir que somos parte de una comunidad, de una religión, de una manera de vivir en conjunto las alegrías, los miedos, los riesgos y las preocupaciones. Ese mensaje de “no estar solos” es parte de este cableado que señala Golombek, y que también nos lleva a sentir “lo divino”. Entonces, podemos sentir sed ante un anuncio de una gaseosa popular, comprar X o Z producto para sentirnos felices como en la propaganda, compartir de manera conjunta una ideología y una creencia en un mundo mejor que llegará (algún día), sentirnos vulnerables ante el abuso a un ser débil o ponernos tristes e indignados ante las imágenes de una ciudad destruida por causa de la guerra. La publicidad, la comunicación política y hasta las relaciones internacionales entre Estados apelan a la empatía.

En un sentido similar, los mensajes en las redes sociales se combinan con emoticones; es decir, pequeñas imágenes que intentan otorgar un sentido más humano al mensaje. El biólogo chileno Humberto Maturana señala que más de un 90% de la comunicación humana es emotiva y por ello el éxito de los emoticones que pueden incluso llegar a reemplazar oraciones. Maturana nos recuerda que la palabra conversar, justamente tiene en su raíz etimológica la idea de caminar juntos. Somos humanos porque estamos biológicamente determinados a sentirnos y reconocernos como valiosos los unos a los otros; es decir, a sentir empatía.

Farit Rojas T. es abogado y filósofo.

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Un diálogo sobre el poder

/ 10 de enero de 2022 / 02:03

En una conversación entre los filósofos franceses Gilles Deleuze y Michel Foucault, sucedida a comienzos de los años 70, y publicada bajo el título —en español— de Un diálogo sobre el poder, Foucault señala que en los grandes momentos de crisis de la justicia —es decir de crisis de credibilidad en los jueces, corrupción en los tribunales y abusos en las prisiones— lo que él percibe no es el pedido de mejora del funcionamiento de la institución judicial, sino la denuncia de un ejercicio abusivo del poder. Y no es que antes de esta visibilidad de este ejercicio abusivo del poder existiera un ejercicio no abusivo del poder, sino que hasta antes de ese momento el Derecho y sus instituciones hacían pasar ese ejercicio abusivo como algo normal, es decir que se justificaba, y con ello, se legitimaba el ejercicio de poderes tan abusivos y mórbidos como el de la cárcel. No debe olvidarse que cuando Foucault protagoniza esta conversación estaba a punto de crear un grupo de información sobre las prisiones llamado GIP —por sus iniciales—.

Pero volvamos a la conversación entre Deleuze y Foucault. La crisis de justicia no es una crisis de las instituciones jurídicas, sino una crisis del ejercicio de poder, el cual se vuelve escandalosamente abusivo, visible y cínico, imposible de ser contenido por el discurso leguleyo del Derecho. Si bien se pensará que el problema trata sobre la necesaria reforma del Derecho, lo que se pone en cuestión no son en sí las instituciones jurídicas, sino las prácticas y las maneras en las que se practica el poder. No es el Derecho lo que está novedosamente mal —en realidad siempre lo estuvo—, sino son las prácticas las que visibilizan lo irracional del sistema jurídico.

Tanto para Deleuze como para Foucault, el poder es algo relacional, algo que fluye. Nadie, hablando con propiedad, es su dueño. El poder si existe es en acto. Dicho de otra manera: el poder se ejerce. Por ello, el ejercicio de poder puede rebasar el camino predeterminado de su práctica y, en ese rebalse debido a su ejercicio, volverse obsceno y terriblemente visible. Eso trae una vez más la reflexión hecha antes. No es que el ejercicio de poder alguna vez haya sido amable, sino que la predeterminación de su flujo lo hacía tolerable —o justificadamente legal—, pero cuando el ejercicio de poder sobrepasa esta predeterminación y, en consecuencia, se vuelve obscenamente visible, la resistencia al mismo tendrá como punto de partida una denuncia al sistema judicial y los extraños pedidos de reforma a la justicia.

Entonces, para Foucault la crisis de la justicia no es algo a resolver con proyectos de ley, o reformas constitucionales o legislativas, el problema es otro y se trata en sí de un síntoma: la falta de legitimidad en el ejercicio del poder.

Farit Rojas T. es abogado y filósofo.

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Nino

/ 29 de noviembre de 2021 / 01:39

Hay una cita referida por el jurista argentino Carlos Santiago Nino que quisiera transcribir para ustedes.

“Una vez un grupo de empresarios argentinos comentaron a un colega japonés que a pesar de que sus utilidades eran infinitamente inferiores a las de los hombres de empresa del Japón, de hecho, eran más ricos, puesto que pagaban menos impuestos y tenían más posibilidades de realizar una vida más holgada. El interlocutor solo replicó que uno no es rico solo por la disponibilidad individual de bienes sino por la calidad del medio social en donde vive, y que el empresario japonés que comparte el transporte subterráneo con sus empleados es indudablemente más próspero que su análogo latinoamericano que transita en su Mercedes por calles plagadas de escenas de miserias y de violencia. Es importante tratar de articular cuál es la concepción ética que puede estar detrás de esta réplica”.

Pienso que Nino, en esta cita, cuestiona la importancia de la organización social y política. Si partimos de la idea de que es valiosa la autonomía de todos los individuos, deberíamos aceptar de que todos deben gozar de una autonomía igual o que nuestra autonomía no debería de lograrse a costa de la disminución de la autonomía de otros. Pero, para lograr aquello, son necesarias condiciones fácticas, es decir condiciones de una organización social y económica igualitaria, pues los derechos que protegen nuestros bienes no solo se vulneran por acciones sino también por omisiones, entre las que se encuentran las de no proveer a los demás los recursos necesarios para que tengan igual probabilidad que nosotros de llevar a cabo sus proyectos de vida. Con esta argumentación podemos decir que una organización social y política que proteja la autonomía de todos los individuos debe ser concebida como un esquema de cooperación de mutuo beneficio para todos, así el Estado, visto como la institución de cooperación mutua, se convierte en el recipiente de los recursos que estamos obligados a poner a disposición de nuestros semejantes para que todos tengan la oportunidad de realizarse como seres libres e iguales.

En otro libro de Nino llamado Un País al margen de la Ley, se pone en juego la tesis de la anomia boba, que supone un conjunto de acciones colectivas autofrustrantes para los propios agentes que las ejecutan. Y es que no se trata solo de pensar que la organización política lo soluciona todo, pues esta organización se levanta sobre una organización social previa. En el fondo son seres humanos los que habitan las instituciones del Estado, y si son ellos los que se auto-sabotean en la construcción de una sociedad más igualitaria, no esperemos de las leyes soluciones que se encuentran más en una reflexión de quiénes somos y cómo somos.

Un gran pensador fue Carlos Santiago Nino.

Farit Rojas T. es abogado y filósofo.

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Los usos de la nostalgia

/ 15 de noviembre de 2021 / 02:01

Nostalgia es un neologismo creado, a partir de los términos griegos nostos (volver) y algos (dolor), por el médico suizo Johannes Hofer en 1688 para describir una enfermedad con síntomas complejos, como la fiebre, el pulso irregular y los dolores de cabeza. La causa de esta enfermedad era el destierro o alejamiento que los soldados suizos sentían cuando abandonaban el país. Otro médico llamado Theodor Zwinger publicó una tesis en 1710 argumentando que era cierta canción llamada Renz des vaches la que desencadenaba la enfermedad en los soldados suizos. Incluso Jean Jacques Rousseau señaló, en sus escritos de música, que esa melodía se prohibió bajo pena de muerte, porque hacía llorar, desertar o morir a los que la escuchaban. En la novela Heidi, escrita por Johana Spyri (que fue muy popular por la serie japonesa de televisión), el personaje Heidi lloraba cuando la escuchaba. Los diccionarios contemporáneos nos dicen que la nostalgia es una tristeza originada por el recuerdo respecto a la lejanía de algo que hemos perdido.

La escritora rusa Svetlana Boyn, en su libro que lleva por título El futuro de la nostalgia, nos dice que la misma se presenta de dos formas distintas: la nostalgia reflexiva y la nostalgia restauradora. El nostálgico reflexivo extraña el pasado, pero sabe que hoy, eso que extraña, está en ruinas o se ha vuelto irreconocible, en consecuencia, siente que el pasado es imposible, pues no puede volver a él, solo le queda recordarlo. El nostálgico reflexivo puede aceptar que el pasado no fue glorioso, sino que también fue terrible, y que, dadas las condiciones presentes, sería imposible restaurarlo. El nostálgico reflexivo podría extrañar la paz de un almuerzo sin teléfonos celulares sonando, pero sabe que ello también supondría que las personas no podrían comunicarse y estar informadas en tiempo real gracias a esos dispositivos.

El nostálgico restaurador tiene un pathos distinto, si bien mira el pasado y llora por su pérdida, tiende a llenarlo de mitos y de historias fantásticas, es decir toma el pasado para llenarlo de monumentos fundadores y muchas veces no reconoce entre lo que ha ficcionalizado y lo que de verdad ha sucedido. En suma, no reconoce que el pasado pudo haber tenido sus inconvenientes. El nostálgico restaurador cree que ese pasado idealizado puede ser posible, y en base a ello, levanta proyectos políticos. En esta búsqueda encuentra al enemigo que se ha interpuesto entre el pasado glorioso que estando en curso fue desviado o detenido y propone su eliminación.

Entonces, los usos de la nostalgia pueden ser reflexivos y así aprender del pasado desde el presente, o pueden ser políticamente restauradores y olvidar el pasado para reemplazarlo por la versión de algún sueño americano que no se ha realizado.

Farit Rojas T. es abogado y filósofo.

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Derecho penal en clave democrática

/ 1 de noviembre de 2021 / 03:48

El fundamento de un Derecho Penal en clave democrática y ciudadana debe cambiar la pregunta: ¿cómo nos gustaría que traten a los que posiblemente cometieron un delito? A la siguiente pregunta: ¿cómo nos gustaría ser juzgados si se nos acusa de haber cometido un delito? Si pensamos en que nosotros o nuestros seres queridos podrían ser juzgados penalmente por un delito que posiblemente no cometieron, entonces se puede comprender por qué es necesario tratar como inocente a la gente que no tiene sentencia y por qué es necesario que el proceso penal no sea un castigo anticipado.

La CPE apuesta por comprender al Derecho Penal como un sistema limitado. Conforme a lo dispuesto en el artículo 114, se prohíbe toda forma de tortura, desaparición, confinamiento, coacción o exacción. El sistema de penas se resume a sanciones privativas de libertad, siendo la máxima de 30 años sin derecho a indulto, y que solo puede aplicarse a condición de ser oído y juzgado previamente en un debido proceso (artículo 117), a condición de tratar al acusado durante todo el proceso como inocente (artículo 116) y con la condición además de que la sanción se funde en una ley anterior al hecho punible (artículo 116). Asimismo, el parágrafo III del artículo 118 establece que las sanciones privativas de libertad están orientadas a la educación, habilitación e inserción social de los condenados, con respeto a sus derechos, en concordancia con lo establecido en el artículo 74 que establece la responsabilidad del Estado en la reinserción social de las personas privadas de libertad, así como el respeto de todos sus derechos, además de establecer las garantías y oportunidades para que las personas privadas de libertad puedan trabajar y estudiar en los centros penitenciarios. Es decir, la CPE presenta las posibilidades para pensar un Derecho Penal descentrado de la función de venganza propio del sistema penal clásico.

Al momento de descentrar la función de venganza, un Derecho Penal democrático y ciudadano debería evitar ingresar en áreas que pueden ser tratadas por el Derecho Civil o el Derecho Administrativo. Asimismo, el sistema penal debería evitar ser tomado como una amenaza del Estado o como el uso del poder punitivo público para venganzas personales y empezar a pensarse como un servicio a la comunidad, como una herramienta de utilidad a la comunidad (pensada, debatida y deliberada por la comunidad) y no de amenaza a la misma. Es decir que el Derecho Penal debe ser concebido como de ultima ratio o de mínima intervención.

Las penas deben dejar de ser una materia que es tratada y aplicada por verdugos en busca de venganza o control político, y deben ser parte del debate ciudadano por un nuevo Derecho. La CPE boliviana brinda las posibilidades para repensar estas condiciones.

Farit Rojas T. es abogado y filósofo.

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