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Thursday 11 Aug 2022 | Actualizado a 06:10 AM

Cómo salvar la vida de 800.000 niños

La incidencia más alta de neumonía coincide con factores de exclusión como el ingreso o el género. La mortalidad infantil evitable constituye el indicador más elemental de la brecha de inequidad entre regiones.

/ 1 de febrero de 2020 / 00:39

En demasiados lugares del planeta, toda la complejidad de las políticas de desarrollo se reduce a una prioridad simple: salvar la vida de los niños. La mortalidad infantil evitable constituye, en pleno siglo XXI, el indicador más elemental de la brecha de inequidad que separa a países y comunidades. La fotografía de las consecuencias pavorosas de nacer en el lugar equivocado.

Pocos asuntos ilustran mejor este desa-fío que la batalla global contra la neumonía, una enfermedad que arrebata cada año la vida de cerca de un millón de menores de cinco años. El hecho de que tengamos a nuestro alcance todas las herramientas necesarias para poner fin al sufrimiento de sus familias, y al perjuicio emocional y económico de sus comunidades, hace de este asunto una forma de injusticia particularmente repulsiva y una prioridad para la década que ahora comienza.

De acuerdo con los datos más recientes de la Organización Mundial de la Salud (OMS), las muertes de niños y adolescentes rondaron en todo el mundo la cifra de los 6,2 millones en 2018. La inmensa mayoría de estas muertes (85%) se producen antes de los cinco años de edad, y se concentran en las regiones más pobres del planeta como la África subsahariana. Para esta región, las consecuencias de la mortalidad infantil van mucho más allá de una tragedia personal. Un estudio publicado en 2015 por cuatro académicos africanos en la revista BMC Public Health estimaba en más de $us 150.000 millones las pérdidas asociadas a la mortalidad de los menores de cinco años producida en un solo año (2013). Esta cifra es casi el triple de toda la ayuda oficial al desarrollo recibida por el continente ese mismo año.

Paradójicamente, esta fotografía catastrófica es en realidad la constatación de un avance sin precedentes históricos. En menos de dos décadas (2000-2018), el esfuerzo concertado de la comunidad internacional y los países más afectados ha logrado reducir en un 49% las muertes de niños menores de cinco años. El descenso durante este período ha sido particularmente significativo en los fallecimientos derivados de enfermedades infecciosas, la principal causa de mortalidad en este grupo de edad. Las muertes por diarrea, malaria, septicemia, sarampión o Sida han caído de manera abrupta en el conjunto del planeta.

En uno de estos frentes, sin embargo, los resultados son menos esperanzadores. En 2018 la neumonía se llevó la vida de 802.000 niños menores de cinco años. Esta cifra es algo menos de la mitad que en el 2000, pero los avances durante este tiempo están llamativamente por debajo de lo que hemos visto en otras enfermedades más conocidas para la opinión pública.

Las causas de este abandono están menos relacionadas con la enfermedad misma que con el perfil de quienes la padecen. La neumonía constituye un epítome de lo que los expertos en salud global denominan una enfermedad olvidada, marcada a fuego por la desigualdad. La mayor parte de los casos se concentran en los niños de países de bajos ingresos (como la República Democrática del Congo o Nigeria), así como en las poblaciones más vulnerables de algunas economías emergentes. En cada uno de estos lugares, la incidencia más alta de neumonía coincide con factores de exclusión como el ingreso, la localización o el género. Solo esto explica que tratamientos eficaces y baratos no estén al servicio de quienes más los necesitan.

La realidad es que, si seguimos al ritmo actual, nos quedaremos muy lejos de la meta de mortalidad infantil establecida en el Objetivo de Desarrollo 3 (25 fallecidos por cada 1.000 nacidos vivos). Esta constatación llevó en 2013 a la OMS y Unicef a impulsar el Plan de Acción para la Neumonía y la Diarrea (GAPPD, por sus siglas en inglés). Allí se estableció como objetivo reducir en 2025 las muertes de niños por neumonía a tres por cada 1.000 nacidos vivos, basando la acción en tres ejes, que se detallan a continuación.

Prevención: además de reducir la contaminación del aire y mejorar el acceso a agua potable y saneamiento, los programas de inmunización constituyen posiblemente la herramienta más contundente y accesible en la lucha contra la neumonía. A pesar de que contamos con cuatro vacunas que protegen de manera eficaz contra las causas de la enfermedad, entre 20 y 71 millones de niños (dependiendo de los tipos de vacunas) no reciben todavía una inmunización básica que les proteja contra la neumonía.

Protección: la malnutrición severa de un niño eleva hasta por nueve los riesgos de fallecer debido a una infección. En los países en donde conviven altos niveles de desnutrición y de neumonía se multiplican los niveles de riesgo y mortalidad. Los recién nacidos, en particular, son víctimas diarias de la desnutrición de sus madres y de su incapacidad para garantizar lactancia materna exclusiva durante los primeros seis meses de vida. En  2018 la neumonía fue causante de las muertes de 153.000 niños recién nacidos.

Diagnóstico y tratamiento: la media general indica que uno de cada tres niños enfermos de neumonía no llega nunca a pisar un centro sanitario. En países más pobres, como Somalia o Benín, esta cifra se incrementa a uno de cada dos niños. La debilidad de los sistemas de salud y el cúmulo de barreras geográficas y financieras a las que hacen frente las poblaciones más pobres imposibilitan un diagnóstico y tratamiento adecuados de la enfermedad. De ahí la importancia crítica de la Cobertura Universal de Salud recogida en los ODS.

Las acciones de este plan recibieron la semana que termina el espaldarazo de cientos de expertos, de decenas de países afectados y de las principales agencias públicas y privadas que luchan contra la neumonía en todo el planeta. El Foro Global sobre Neumonía Infantil Luchando por respirar, organizado del 29 al 31 de enero en Barcelona, enfatizó un mensaje por encima de cualquier otro: evitar la muerte de más de 800.000 niños cada año supone un objetivo al alcance de nuestra generación.

Para ello, es necesario establecer una estrategia que optimice el valor añadido de cada uno de los actores y defina una hoja de ruta que nos permita alcanzar los objetivos de mortalidad infantil de la Agenda 2030. El primer hito tendrá lugar el próximo junio, cuando la Alianza Mundial para la Inmunización (Gavi) celebre en Londres su conferencia plurianual de refinanciación. Pero se espera que el foro sirva también para impulsar planes nacionales concretos que definan dónde y cuándo se irá reduciendo la mortalidad infantil asociada a la neumonía.

En un planeta en el que nadamos o nos hundimos juntos, la involucración activa en los desafíos comunes distingue a las naciones responsables de los cowboys. Y ningún desafío establece mejor nuestro rasero moral que el de acabar con las muertes evitables de casi un millón de niños cada año.

* Investigador y activista contra la pobreza. Actualmente dirige el área de análisis de políticas de ISGlobal e impulsa la Fundación porCausa (periodismo e investigación contra la pobreza).

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¿Quiénes se benefician con la crisis y la guerra?

/ 10 de agosto de 2022 / 01:43

La megacrisis por la que está atravesando el mundo: crisis ambiental, post-COVID, financiera, de deuda, la estupidez de la guerra y la estanflación, que acelerará la crisis del costo de vida al reducir los ingresos de los hogares, me hace reflexionar sobre si estamos conscientes de esta grave situación, sus consecuencias y, lo peor, es que no se vislumbra el final del túnel, dado que los conflictos tienden a extenderse y agravarse. Del antiguo orden económico y político mundial estamos pasando a un Nuevo Desorden Global y de la Guerra Fría a las guerras calientes por el dominio geopolítico, donde el riesgo de confrontación nuclear es “más agudo de lo que ha sido durante décadas”, como advirtió recientemente el Secretario General de Naciones Unidas al presentar su Informe sobre el impacto global de la guerra en Ucrania.

Y la pregunta que me brota es si alguien se beneficia de todas estas crisis, porque me cuesta entender dónde está la racionalidad de los líderes políticos y económicos. Sin embargo, la “racionalidad económica” no es ni emotiva ni moral. Es uno de los supuestos fundamentales de la teoría económica que, por un lado, nos indica que los agentes que intervienen en la economía van a procurar la maximización de sus beneficios. Por otro lado, significa que el individuo es racional si persigue fines coherentes entre sí y emplea los medios apropiados para alcanzar esos fines, eso si no importa cuáles. A nivel empresarial significará escoger la opción que maximice las utilidades o minimice los costos.

La historia nos muestra que siempre hubo ganadores y perdedores en las crisis económicas y en las guerras. Así, las medidas de rescate financiero de 2008 no beneficiaron a la gente, sino que a los bancos y fondos de inversión de alto riesgo; salvando a los culpables de la bancarrota, obteniendo mayores beneficios y hundiendo a las capas medias. Las consecuencias de la crisis financiera todavía las sufrimos, como fue el mantenimiento de bajas tasas de interés cercanas a cero por un largo periodo y, justo ahora, después del COVID-19, tenemos que pagar con altos costos financieros y una posible estanflación mundial.

En medio del shock y la crisis global, el secretario general de la ONU nos dice en su presentación del informe que “es casi seguro que los negocios como de costumbre garantizarán un futuro de crisis constantes y riesgos devastadores”.

Las grandes empresas petroleras ganaron $us 51.000 millones el segundo trimestre de este año, casi el doble que en el mismo período del año pasado y hasta Biden dijo que “están ganando más dinero que Dios”, según la BBC. El secretario general de la ONU sentenció: “Es inmoral que las compañías de petróleo y gas obtengan ganancias récord de esta crisis energética a costa de las personas y comunidades más pobres, y con un costo enorme para el clima”, proponiendo gravar estas ganancias excesivas y utilizar los fondos para apoyar a las personas más vulnerables.

Generalmente cuando hay inflación se echa la culpa al alza de los salarios y muy poco se dice de las corporaciones que han aprovechado la alta inflación para aumentar las ganancias extraordinarias, como muestra la evidencia empírica de que el aumento de los precios en una industria a menudo se asocia con el aumento de las ganancias corporativas.

Así en el caso del alza en los precios de los alimentos, más que beneficiarse el pequeño agricultor, se benefician las grandes corporaciones de las cadenas mundiales; mientras que, según el informe, uno de los efectos de la guerra será que 47 millones de personas más se sumen a las filas del hambre. En el caso de la reciente declinación de los commodities, la mayoría de los consumidores no han visto que las caídas de los precios de los alimentos y combustibles se traduzcan en tasas de inflación más bajas.

El problema de fondo es la falta de una institucionalidad a nivel global, por lo que la conclusión del Secretario General de Naciones Unidas es aterradora: “El mundo ha pagado un alto precio por nuestras respuestas ad hoc a las recientes crisis mundiales… No existe una sola organización para reunir a las partes interesadas en caso de una crisis mundial de este tipo”.

Gabriel Loza Tellería es economista, cuentapropista y bolivarista.

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El Índice Big Mac

/ 27 de julio de 2022 / 02:59

El Índice Big Mac fue inventado por The Economist en 1986, según su sitio web, como una guía alegre para determinar si las cotizaciones de las monedas de los países a nivel mundial están en su nivel “correcto” o están “por debajo de su valor” o “por encima de su valor”. Se basa en la teoría de la paridad del poder adquisitivo (PPA), que dice que los niveles de precio entre dos países deberían tender a ser iguales en el largo plazo, es decir, una canasta idéntica de bienes en cada país costará lo mismo una vez que las divisas se hayan intercambiado.

The Economist no usa una canasta sino una hamburguesa estándar a nivel mundial, la Big Mac que, por ejemplo, a junio de 2022 costaba 3.400 pesos en Chile, mientras que en EEUU su precio era de $us 5,15. La relación entre ambos precios nos da un tipo de cambio Big Mac de 660,19 pesos, lo que vendría a ser su nivel “correcto”. Ahora, si ese nivel lo comparamos con la cotización oficial a junio del peso chileno, que fue de 928,43 pesos por un dólar, se encuentra que el peso chileno oficial estaría más débil, más pesos chilenos por un dólar respecto a su “valor correcto”, en un 28,9%.

Esta situación ocurre, según el sitio web del The Economist, con la mayoría de las monedas a nivel mundial que estarían en una carrera por devaluar, con excepción de pocas monedas como el franco suizo, que estaría más bien por “encima de su valor” en 30,3%, la corona noruega (21,6%) y el peso uruguayo (18,1%).

El problema de fondo es la revaluación del dólar de Estados Unidos, la más elevada en 20 años y el hecho de que la moneda rival, el euro, de una relación de $us 1,15 en diciembre de 2021 cayó en pocos meses a una cotización de $us 0,98, menos de un dólar por un euro. Hay muchas explicaciones de la revaluación del dólar; una de ellas, que es “un mal pospandemia” por el exceso del gasto, y otra, que la asocia al problema de la inflación y al aumento de las tasas de interés de parte de la Reserva Federal de EEUU.

Sin embargo, es conveniente analizar el comportamiento del dólar no en términos nominales con otras monedas, sino en términos reales; lo que significa tomar en cuenta la relación de precios con las otras economías, para lo cual la Reserva Federal de EEUU (Fed) calcula un Índice Real Amplio del Dólar (Real Broad Dollar Index), donde niveles por encima de 100 significan una “revaluación real”. Si partimos en enero de 2006 con un índice igual a 100, encontramos que el índice a junio de 2022 es de 115, que refleja una apreciación real del 15%.

En primer lugar hay que hacer notar que un dólar fuerte no es reciente ni es pospandemia, puesto que se observa ya su tendencia a partir de marzo de 2015, que continuó con el COVID-19 en 2020 y sigue hasta ahora. Por tanto, no parece razonable asociar la apreciación real del dólar solo a un aumento del gasto fiscal en tiempos de pandemia.

En segundo lugar, si bien hay una relación entre la apreciación del dólar y la tasa de interés del Fed, es conveniente tener en cuenta que antes de la elevación de sus tasas, a mediados de marzo, ya la apreciación real a febrero de 2022 era del 10%. Entonces, el aumento de su tasa de interés de 0,25% en marzo hasta 1,15% en junio muestra una apreciación adicional del dólar de un 5%, por lo que no sería la única explicación de su apreciación.

El contexto indudablemente es la alta inflación y el problema es que los bancos centrales creen que para frenar la inflación hay que subir las tasas de interés, en el entendido de que es una inflación solo de demanda debido a la expansión de la cantidad de dinero, por lo que subiendo sus tasas de interés hacen que el dinero sea caro y bajen los precios.

Adicionalmente, varios bancos centrales en América del Sur dejaron que sus monedas se deprecien ante la reciente caída de los precios de los commodities y si bien la devaluación incentiva nominalmente a las exportaciones, por otro lado, encarece las importaciones, por lo cual tuvieron que intervenir sus mercados cambiarios como el Banco Central de Chile.

Bolivia todavía no está en medio en la vorágine de alta inflación y fuerte depreciación, por lo que debemos preservar la estabilidad económica alcanzada como un patrimonio de todos los bolivianos.

Gabriel Loza Tellería es economista, cuentapropista y bolivarista.

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¿La recesión mundial a la vuelta de la esquina?

/ 13 de julio de 2022 / 01:08

Las discusiones entre los economistas son geniales, como en el caso reciente de si la inflación era transitoria o permanente en tanto se aceleraba el alza de precios en la economía mundial. Así, para los países de la OECD se prevé una tasa de inflación del 8,5% en 2022, más del doble de la registrada en 2021 (3,7%) y cuatro veces más alta que en todo el periodo 2013-2019, que fue de 1,7% en promedio, inferior a la meta del 2% que tienen los bancos centrales de la OECD.

Lo mismo está pasando ahora en las discusiones sobre la posible recesión en los países avanzados, que en un principio fue descartada y posteriormente admitida como probable a regañadientes, siendo actualmente la discusión de si está “a la vuelta de la esquina”, como dicen algunos economistas y Wall Street, o si ya está presente como perciben los consumidores. Sin embargo, en EEUU, a junio aumentó la planilla de nuevos trabajadores contratados y la tasa de desempleo se mantuvo en 3,6%, similar a los niveles prepandemia en 2019, lo que mostraría que la recesión no sería inminente.

¿Pero por qué seguimos a EEUU de cerca? Porque sigue siendo el centro de la economía mundial más allá de si su PIB pasó a segundo lugar, desplazado por China. Es el centro financiero mundial y de las más importantes bolsas de valores como el Dow Jones y el NASDAQ. Es el primer emisor internacional de bonos públicos como en el caso de los bonos del Tesoro americano. Es la más importante fuente de origen y destino de la inversión directa extranjera y de los flujos de capital y, sobre todo, el dólar es la principal moneda de reserva internacional y se ha revaluado en 7% entre enero y junio de 2022, alcanzando su nivel más alto en 20 años.

Tradicionalmente se decía que si EEUU se resfriaba, a los demás países les venía una neumonía, sin embargo, esta dependencia ya no es tanto como antes, puesto que en la economía mundial han aparecido múltiples polos económicos, pero que debido a la hiperglobalización, el mundo es cada vez más interdependiente e interconectado con una transmisión casi inmediata de las perturbaciones, los efectos contagio y la ampliación de los shocks entre la mayoría de las economías del mundo.

Un mecanismo de trasmisión de la crisis mundial se da a través de las fluctuaciones de los precios de los commodities, que son los principales productos de exportación de Bolivia y de la región. Con la pandemia, los precios de los commodities cayeron a niveles críticos, con excepción de los metales preciosos; así, en el caso del petróleo a $us 21 el barril, el más bajo precio desde diciembre de 2001, y en el caso de los alimentos y minerales descendieron a los bajos niveles de la crisis financiera de 2008.

Con la recuperación de la demanda mundial empezaron a subir las cotizaciones de los alimentos, minerales y el petróleo a $us 95 el barril. Con la guerra y las sanciones se dispararon los precios del petróleo a $us 122 el barril, el 8 de junio, para después declinar en torno a los $us 100 en la primera semana de julio. Después de alcanzar un máximo en marzo, los precios de los minerales cayeron en 18% hasta junio, a los que se sumó la cotización del oro, que descendió en 14% y la plata, en 28% hasta principios de julio. Los precios de los alimentos también empezaron a disminuir desde marzo, aunque solo en 3,5% hasta junio, según la FAO. ¿Será el fin del ciclo post COVID?

Los signos de la desaceleración de la economía mundial son claros, la OECD estima un crecimiento del producto mundial del 3% en 2022, por debajo del 4,5% proyectado en diciembre pasado, y para el último trimestre prevé un 1,9% de crecimiento. Adicionalmente, un indicador anticipado, el Índice de Confianza del Consumidor muestra un nivel de 97 por debajo de 100, que significa una actitud pesimista de la evolución futura de la economía y posiblemente una tendencia a ahorrar más y consumir menos ante las amenazas de recesión.

El impacto en nuestra economía se sentirá más en el segundo semestre de 2022, por lo que deberíamos estar preparados con todo el instrumental de la política económica y los mecanismos disponibles de financiamiento externo o, toquemos madera.

Gabriel Loza Tellería es economista, cuentapropista y bolivarista.

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¿El retorno de la estanflación?

/ 29 de junio de 2022 / 03:06

La tendencia de la ciencia económica a parecerse cada vez más a la física, a basarse en evidencia irrefutable y en modelos matemáticos, le ha hecho olvidar la estanflación de los años 70 del siglo pasado, hace más de 50 años.

En mi libro digital en Amazon, Neoliberalismo vs Neopopulismo, escribo cómo el Gran Auge de entre 1946 y 1970, de estabilidad de precios, crecimiento del producto y bajo desempleo fue interrumpido bruscamente por la crisis energética de 1973 o la Guerra de Yon Kipur.

En EEUU, entre 1948 y 1972, la tasa de inflación había sido de 2,4% en promedio y la tasa de desempleo de 4,8%, mientras que el crecimiento del PIB de 4%, todo ello por si acaso con un déficit fiscal promedio de 0,4% del PIB. Es así que surge a principios de los años 70 la estanflación, dado que entre 1973 y 1981, la tasa de inflación promedio trepó a 9,3% y el desempleo a 6,9%, mientras que el crecimiento del PIB se desaceleró a 2,1% (1974-1982).

Como creyeron que la inflación era provocada por el Gobierno, aplicaron políticas monetarias duras incrementando la tasa de interés. Así, se registraron en EEUU dos recesiones, una en 1974-1975 con una caída de 0,5% y 0,2% del PIB, pero precedida por una inflación de 8,7% en 1973 y acompañada de una inflación de 12,3% en 1974, lo que sería una estanflación. La otra en 1982, con una caída de 1,2% en el PIB, precedida por una inflación de 12,5% en 1980 y 8,9% en 1981, que mostraría una combinación de recesión con alta inflación.

La recesión mundial desde 1981 hasta fines de 1984 tuvo una duración de cinco trimestres y fue provocada por el segundo choque petrolero de 1979; un endurecimiento de las políticas monetarias en los Estados Unidos y otras economías avanzadas que impulsaron hacia arriba las tasas de interés y que gatillaron la crisis de la deuda latinoamericana.

Desde los años 80 hasta 2020, la inflación en EEUU tuvo un promedio del 2,7% y desde la crisis financiera hasta 2020 fue persistentemente baja, de 1,7%, por debajo de la meta del 2% de la Reserva Federal de EEUU (Fed).

En 2021, la inflación en EEUU subió al 7% y hasta mayo a 8,6% a 12 meses, y generalmente precede un estancamiento o recesión. Ante esta situación, el Comité Federal de Mercado Abierto de la Fed, en su cita de junio, decidió intensificar el alza de su tasa de interés, incrementándola en 0,75 puntos base, el mayor aumento que ha aprobado en 28 años desde 1994, llevándola a un nivel de 1,75% y previendo llevarla hasta 3,4% al finalizar el año, buscando que el proceso inflacionario, que supera en más de cuatro veces su meta objetivo del 2%, pueda descender.

Como vemos la historia se repite y los errores también. Se pensó que la inflación era transitoria y por la “regla” de los bancos centrales de si es transitoria es mejor no hacer nada, retornaría al equilibrio por sí sola. Se le echó la culpa a los excesivos gastos fiscales como consecuencia de las ayudas otorgadas para paliar la crisis generada por el COVID-19, que habrían provocado una inflación por el lado de la demanda y que, por lo tanto, hay que contraerla, puesto que la “fiesta no dura siempre”. Otros dijeron que fue la inyección de demasiado dinero de los bancos centrales desde 2008, durante demasiado tiempo con una tasa de interés cercana a cero provocando un auge ficticio, que la inflación se disparara, por lo que sería buena la normalización financiera y el alza de las tasas de interés. Y, recientemente, se está reflexionando sobre las consecuencias de la guerra entre Rusia y Ucrania y las sanciones económicas, el default deliberado a Rusia, cuyos efectos son incontrolables en un entorno de alta incertidumbre, con restricciones a la oferta de alimentos y combustibles y problemas en las cadenas de suministros, a las que se sumaron las caídas bursátiles.

Lo cierto es que por más que quiera la Reserva Federal va a ser muy difícil retornar rápidamente a los años de baja inflación con tasas en torno al 2% y de crecimiento del PIB de 2,7%, puesto que parece que entramos a una fase de alta inflación y bajo crecimiento o estancamiento del PIB, regresando de esta manera al pasado, a los años 70, olvidado por el Alzheimer de algunos economistas.

Gabriel Loza Tellería es economista, cuentapropista y bolivarista.

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Es la guerra, estúpido

/ 15 de junio de 2022 / 02:35

“La economía, estúpido” fue una frase acuñada por Bill Clinton en 1992, en su campaña electoral contra George H. W. Bush (padre), que lo llevó a convertirse en presidente de los Estados Unidos. Después de 30 años permítame adecuarla a la crisis mundial que atravesamos actualmente, donde si bien confluyen una serie de factores en la llamada tormenta perfecta, sin duda la guerra desatada hace más de 100 días llegó a ser su principal factor desencadenante y determinante.

El Banco Mundial en su último informe de junio disminuye en 1,2 puntos porcentuales la estimación del crecimiento del producto mundial realizada antes de la guerra, en enero de este año, lo que estadísticamente podría asumirse como el costo o el efecto de este conflicto bélico. Admite que la guerra de Ucrania ha exacerbado la desaceleración de la economía mundial, provoca una mayor inflación y condiciones financieras más restrictivas aumentando el riesgo de estanflación.

El informe de Naciones Unidas, El impacto global de la guerra de Ucrania, es más desgarrador e impactante: La guerra ha exacerbado una crisis global del costo de la vida no vista en al menos una generación, comprometiendo vidas, medios de subsistencia y nuestras aspiraciones de un mundo mejor para 2030, debido a una escalada de los shocks de precios en los mercados mundiales de alimentos, energía y fertilizantes. Estima que 1.600 millones de personas en 94 países están expuestas a una dimensión de la crisis, mientras que 1.200 millones de ellas viven en países de «tormenta perfecta», es decir vulnerables a las tres dimensiones (alimentos, energía y finanzas) de la crisis del costo de la vida. Los efectos dominó o reacción en cadena de la guerra estiman que aumente el número de personas con inseguridad alimentaria en 47 millones.

Los indicadores del informe de Naciones Unidas sobre el costo de la vida son preocupantes: el precio de los alimentos subió un 20,8% comparado con el mismo periodo que el año pasado, mientras que, según la FAO, el precio de los cereales se incrementó un 30% y el precio del trigo escaló un 56%. El precio del petróleo aumentaría en 2022 en 50% respecto a 2021 (aunque respecto a antes de la crisis, en enero de 2022, subió hasta junio en 70%). El precio del gas en Europa es 10 veces el nivel que tenía en 2020. Los precios de los fertilizantes son el doble del promedio del periodo 200-2020. Por último, el costo del transporte marítimo es el triple respecto al nivel que tenía antes de la epidemia.

A nivel internacional ya surgen comentarios críticos, así Finanzas y Desarrollo del FMI plantea la necesidad de superar las crecientes divisiones y reconfigurar el multilateralismo para servir a los intereses colectivos y nacionales de manera más efectiva, mientras que las sanciones económicas generan mayores crisis globales y son más fáciles de evadir.

En Project Syndicate, Daniel Gross habla del fracaso del embargo del petróleo ruso, debido al alza de precios y que además la UE aplica solo a las importaciones marítimas de petróleo crudo ruso, no así a las importaciones que llegan a través oleoductos. Concluye que los líderes políticos occidentales deberían reconocer esta realidad, y admitir que paralizar la economía rusa no está dentro de sus potestades. Dani Rodrik recientemente afirmó que “Los políticos estadounidenses confunden fácilmente el objetivo de reafirmar la primacía global de Estados Unidos con el establecimiento de un orden mundial más seguro y próspero”, mientras que otros países preferirían vivir en un mundo sin dominación y no se conviertan en daños colaterales cuando las grandes potencias luchan.

Por último, así alerta Hans Werner en Project Syndicate: “De hecho, el número de vidas amenazadas por estas inminentes catástrofes humanitarias podría empequeñecer todo lo que hemos visto hasta ahora en Ucrania. Por lo tanto, la comunidad internacional debe impulsar una cesación del fuego y negociaciones de paz”.

Lo que está pasando ahora es justamente que la crisis global del alza del costo de vida, que hace que se pague por los alimentos más por menos cantidad, es el daño colateral que está sufriendo la mayoría de la población mundial por culpa del tablero geopolítico que disputan las grandes potencias militares.

Gabriel Loza Tellería es economista, cuentapropista y bolivarista.

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