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sábado 18 sep 2021 | Actualizado a 00:51

Desafíos ambientales 2020

/ 4 de febrero de 2020 / 00:43

Este 2020 trae consigo una serie de desafíos ambientales en un año crucial para Bolivia. Si bien los incendios forestales de 2019 pusieron el tema ambiental en la agenda nacional, esperemos que sea tomado en cuenta a la hora de evaluar las propuestas y los programas de gobierno de los candidatos, y que no centremos nuestra elección solo en los postulantes. Si queremos cambiar el rumbo de nuestro país en los temas ambientales, nuestro voto es muy importante.

Hemos iniciado el año con una prolongada sequía, que avizora una complicada temporada de incendios. Las condiciones climáticas de los meses previos son críticas para establecer los niveles de riesgo en esta materia. El cambio climático y el uso de los suelos son factores cruciales para la duración cada vez más prolongada de las temporadas de incendios; los cuales están cambiando los paisajes de todo el mundo. Por ello, urge revisar la normativa actual y abrogar las normas contraproducentes. Las políticas públicas deben ser consistentes para atender el problema adecuadamente. Las respuestas efectivas al problema deben traducirse en instrumentos de política pública, integrados a un contexto más amplio de gestión del territorio, capaces de contribuir al manejo sostenible de los recursos naturales, el desarrollo local y la conservación del medio ambiente.

Por la reducción del principal producto de exportación del país (el gas), se prevé un escenario económico complicado, lo cual podría significar una simplificación de los requisitos ambientales para poder cumplir las metas de exploración y explotación. A esto se suman presiones sociales de sectores fuertes que exigen poder operar dentro las áreas protegidas y la simplificación de las licencias ambientales, como está sucediendo en países vecinos.

Alcanzar la meta de deforestación ilegal cero hasta 2020 sigue siendo un desafío inalcanzable, y eso que no se trata de reducir la deforestación en su totalidad. Mientras la tasa de deforestación en Bolivia sigue incrementándose, existe una evidente falta de articulación intersectorial en la agenda de tierras y bosques. La lucha contra la destrucción de nuestros bosques no es tarea de una sola institución, necesita ser abordada de manera transversal e intersectorialmente por todo el Estado. A esto se suma la apertura de nuevos mercados para los commodities bolivianos relacionados con la deforestación (carne y soya), sin que se explicite cómo se piensa evitar la ampliación de la frontera agrícola y las exigencias de sostenibilidad de estos mercados.

Nuestra agenda de desarrollo principalmente extractivista, los incendios forestales, la deforestación y el cambio climático son tan solo algunos de los desafíos ambientales que los ciudadanos deberíamos tener en la mira a la hora de acudir a las urnas.

* Directora ejecutiva de la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN).

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Rojo, amarillo y ‘verde’

Natalia Calderón, directora ejecutiva de la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN).

/ 18 de agosto de 2021 / 02:30

La bandera de Bolivia —denominada la Tricolor— es uno de los símbolos nacionales. El 17 de agosto se celebra el Día de la Bandera como fiesta del país, desde el 30 de julio de 1924, determinado por decreto supremo en conmemoración del aniversario de la creación de la primera bandera boliviana en 1825. La primera descripción de los colores que posee la bandera, así como la interpretación del significado de estos, fue establecida en el Decreto Supremo del 14 de julio de 1988, y con el establecimiento del Estado Plurinacional de Bolivia se hicieron algunas modificaciones según el Decreto Supremo 241, del 5 de agosto de 2009. Quedando la descripción de la misma de la siguiente manera:

“Rojo: la franja superior de color rojo representa la sangre derramada por los héroes para el nacimiento y preservación de la república y consolidación del Estado Plurinacional de Bolivia. Amarillo: la franja central de color amarillo representa las riquezas minerales y del subsuelo del pueblo boliviano. Verde: la franja inferior de color verde representa la riqueza de la naturaleza y esperanza como un valor principal de nuestra sociedad.”

Desde el inicio de la República, y luego se ratificó en el establecimiento del Estado Plurinacional, se reconoce la importancia de la naturaleza y nuestros bosques. Somos un país eminentemente forestal, con una superficie de bosques de 51.659.007 ha hasta 2019, que equivalen al 47% del territorio nacional.

Los bosques son hábitats de gran diversidad que albergan a la inmensa mayoría de la biodiversidad terrestre del mundo. Esta diversidad de ecosistemas, especies y material genético forestales es el fundamento de la vida en la Tierra. A pesar de su importancia, y del reconocimiento de su rol fundamental para enfrentar el desafío del cambio climático, las últimas evaluaciones de los tratados internacionales nos muestran que es evidente que la mayor parte de las metas y objetivos relacionados con la biodiversidad de nuestros bosques no se han alcanzado y que los ODS (Objetivos de Desarrollo Sostenible) correspondientes no van camino de cumplirse para 2030.

En Bolivia, según datos de la Fundación Amigos de la Naturaleza, desde 1975 hasta 2019 se deforestaron 8.087.284 hectáreas, el equivalente de 33 canchas de fútbol por hora. A partir de 2015 la deforestación tuvo un incremento acelerado de 73%, pasando de un promedio de 200.000 a 346.000 ha/año. En cuanto a incendios forestales, la superficie quemada en bosques en 2020 fue de un millón de hectáreas, una cifra preocupante, aunque menor a las 1,6 millones de hectáreas de 2019.

Estas cifras nos muestran claramente que estamos haciendo aún muy poco para cuidar nuestros bosques, y la riqueza natural expresada en el verde de nuestra tricolor que reconocimos desde nuestro nacimiento a la vida republicana. Hoy necesitamos fomentar una nueva relación con la naturaleza, y solo podemos lograrlo juntos y haciendo un compromiso real por el cuidado de nuestros bosques y las funciones ambientales que nos prestan.

Natalia Calderón es directora ejecutiva de la FAN.

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Hacer las paces con la Naturaleza

Natalia Calderón, directora ejecutiva de la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN).

/ 28 de abril de 2021 / 01:29

La Asamblea General de Naciones Unidas designó el 22 de abril como el Día Internacional de la Madre Tierra a través de una resolución adoptada en 2009, aunque su origen se remonta a 1970, un periodo donde la protección del medio ambiente no era una prioridad en la agenda política. Desde entonces, los Estados miembros reconocieron que la Tierra y sus ecosistemas son nuestro hogar común y expresaron su convicción de que es necesario promover la Armonía con la Naturaleza para lograr un justo equilibrio entre las necesidades económicas, sociales y ambientales de las generaciones presentes y futuras. Hasta ahora poco hemos hecho para honrar esos compromisos.

Aunque se trata de un día de celebración, hoy tenemos poco o nada que celebrar. La evidencia científica nos advierte que se está traspasando una serie de límites planetarios y nos acercamos a un punto de inflexión para el planeta y la humanidad. La pérdida de biodiversidad, la desertificación, el cambio climático, los incendios forestales y el aumento en la tasa de deforestación son la manifestación de nuestro desprecio por la Naturaleza y la integridad de sus ecosistemas y procesos que sustentan la vida.

En Bolivia, los principales indicadores de la salud de la Madre Tierra no son nada alentadores. Según datos de la Fundación Amigos de la Naturaleza, desde 1975 hasta 2019 se deforestaron 8.087.284 hectáreas, el equivalente de 33 canchas de fútbol por hora. A partir de 2015 la deforestación tuvo un incremento acelerado de 73%, pasando de un promedio de 200.000 a 346.000 ha/año. En cuanto incendios forestales, la superficie quemada en la gestión 2020 fue de 4,5 millones de hectáreas, una cifra preocupante, aunque menor a las 5,9 millones de hectáreas de 2019. Estas cifras nos muestran claramente la devastación de la Naturaleza y no así el cuidado de nuestra Madre Tierra.

Hoy, cuando todo el planeta enfrenta algunos de sus mayores desafíos: la crisis climática, la degradación de los paisajes, los incendios forestales y una gran pandemia global, el sentido de urgencia se convierte en emergencia. Imaginar un mundo nuevo requiere una nueva relación con la Tierra y con la propia existencia de la humanidad. La recuperación de la pandemia del COVID-19 ofrece una oportunidad de que el mundo emprenda un camino más limpio, ecológico y sostenible.

En el Día Internacional de la Madre Tierra, hacemos un llamado urgente a actuar y comprometernos todos a trabajar con ahínco para restaurar nuestro planeta. Necesitamos aumentar nuestros compromisos y redoblar nuestros esfuerzos para reducir la deforestación, mitigar los incendios forestales y restaurar nuestra Madre Tierra. La Naturaleza nos está pidiendo a gritos que hagamos las paces con ella por un futuro mejor.

 Natalia Calderón es directora ejecutiva de la FAN.

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En tiempo de crisis

Natalia Calderón, directora ejecutiva de la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN).

/ 20 de enero de 2021 / 03:02

Las áreas protegidas están ampliamente reconocidas como la piedra angular de protección y conservación de la biodiversidad, ya que no solo aseguran su conservación, sino también el bienestar humano. En el ámbito mundial, las áreas protegidas cubren más del 15% de la superficie terrestre del mundo. No son solo biodiversidad, por importante que sea. Cuando se gestionan de manera eficaz, también apoyan la salud y el bienestar humano, contribuyendo a la seguridad alimentaria y el abastecimiento de agua, la reducción del riesgo de desastres, la mitigación y adaptación al cambio climático y el sustento de los medios de vida locales. Sin embargo, estas contribuciones a menudo se subestiman o se ignoran cuando se trata de prácticas políticas o decisiones vinculadas al desarrollo.

Las presiones sobre estos espacios se están incrementando por parte de una serie de actores políticos, sociales y económicos. Y lo que también es evidente es que muchas de las amenazas que enfrentan la biodiversidad y las áreas protegidas se agravarán por el brote de COVID-19. La pandemia está creando desafíos adicionales para las áreas protegidas, como la recesión económica, pérdida de empleos, reasignación de los presupuestos gubernamentales a prioridades como salud y atención social, restricciones para los viajes y el turismo, entre otros. Y es muy probable que en el ámbito mundial las políticas de reactivación asignen aún menos recursos a la conservación de estos espacios y, más aún, contemplen una regulación ambiental reducida pro-intereses económicos de otros sectores como el de hidrocarburos, minería, infraestructura y agroindustrial.

En Bolivia, nuestra Constitución Política del Estado (CPE) reconoce que éstas constituyen un bien común y forman parte del patrimonio natural y cultural del país, ya que cumplen funciones ambientales, culturales, sociales y económicas para el desarrollo sustentable. Todo parecería estar bien. Sin embargo, la viabilidad y permanencia de estos espacios hace mucho tiempo que están en riesgo debido al aumento de las presiones como asentamientos no controlados, tala ilegal, comercio ilegal de fauna silvestre, narcotráfico, los devastadores incendios forestales y el cambio climático, además del evidente y continuo debilitamiento de su gestión.

La pandemia de COVID-19 ha desviado la atención de otras crisis globales como el cambio climático y la pérdida de biodiversidad, pero estos desafíos aún requieren atención urgente. Las áreas protegidas pueden brindar sus beneficios solamente si están bien gestionadas. Nunca antes ha sido tan grande la necesidad de mejorar la capacidad de gestión de nuestras áreas protegidas. La salud de los seres humanos, los animales y los ecosistemas están interconectados. Hoy demandamos a los diferentes niveles de gobierno que comprendan e inviertan en el importante papel de estos espacios bien gestionados y conectados como soluciones basadas en la naturaleza para hacer frente al cambio climático, la conservación de la biodiversidad, la degradación de la tierra y la salud humana. Necesitamos que se garantice la gestión eficaz de estas áreas con presupuesto y recursos humanos adecuados.                    

Natalia Calderón es directora ejecutiva de la Fundación Amigos de la Naturaleza.

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2020, encrucijada por la naturaleza

Natalia Calderón, directora ejecutiva de la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN).

/ 23 de diciembre de 2020 / 04:12

Los seres humanos dependemos de ecosistemas estables y saludables para nuestra supervivencia. Y es así que 2020 fue declarado por las Naciones Unidas como un “superaño” para la naturaleza y la biodiversidad, en el que los países deberían definir la agenda de la acción ambiental para la próxima década. Sin embargo, el brote del COVID-19 ha paralizado al mundo, y mientras tanto la evidencia nos muestra que la humanidad enfrenta una encrucijada por el futuro de la naturaleza.

Mientras la pandemia de COVID-19 nos desafía a repensar nuestra relación con la naturaleza y a considerar las profundas consecuencias para nuestro propio bienestar y supervivencia que pueden resultar de la pérdida continua de biodiversidad y la degradación de los ecosistemas, la información presentada en el Quinto Informe Perspectiva Mundial sobre la Diversidad Biológica, publicado por el Convenio sobre la Diversidad Biológica (CDB) en 2020, nos muestra  que la naturaleza está sufriendo severamente y su situación sigue empeorando. 

Con respecto a las Metas de Aichi para la Diversidad Biológica, establecidas en 2010, el informe reporta que de las 20 metas mundiales planteadas, tan solo seis habrían sido “parcialmente logradas” para 2020, es decir que ninguna de las metas fue alcanzada; mostrándonos claramente cómo hemos fracasado en esta última década en la protección de la naturaleza.

La evidencia presentada en 2020 nos indica que la tasa de pérdida de biodiversidad no tiene precedentes en la historia de la humanidad y las presiones se están intensificando en el ámbito mundial. Bolivia no se encuentra en una buena posición, ya que se sitúa dentro de los países con mayor pérdida de bosques (segundo en Sudamérica) y el más golpeado por los incendios forestales en términos proporcionales dentro de los nueve países amazónicos, de acuerdo con el nuevo Atlas Amazonia bajo presión, elaborado por la Red Amazónica de Información Socioambiental Georreferenciada (RAISG).

No podemos permitirnos cerrar los ojos frente a la evidencia, hemos fracasado en nuestro deber de cuidar la naturaleza, y hemos puesto a la humanidad en una encrucijada con respecto al legado que queremos dejar a las futuras generaciones. Es posible detener y revertir la pérdida de biodiversidad para garantizar nuestra salud, bienestar y prosperidad, para ello debemos proteger los espacios naturales que nos quedan, frenar la sobreexplotación de la vida silvestre y, fundamentalmente, modificar la manera en que producimos y consumimos alimentos. Hoy llamamos a los líderes mundiales a tomar medidas decisivas ahora y no más tarde, para encauzar la naturaleza por el camino de la recuperación y garantizar una economía positiva para ella. La prosperidad para las personas y el planeta solo es posible si tomamos decisiones audaces hoy para que las generaciones futuras puedan sobrevivir y prosperar en un mundo mejor.

Natalia Calderón es directora ejecutiva de la Fundación Amigos de la Naturaleza.

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2020, encrucijada por la naturaleza

Natalia Calderón, directora ejecutiva de la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN).

/ 23 de diciembre de 2020 / 03:37

Los seres humanos dependemos de ecosistemas estables y saludables para nuestra supervivencia. Y es así que 2020 fue declarado por las Naciones Unidas como un “superaño” para la naturaleza y la biodiversidad, en el que los países deberían definir la agenda de la acción ambiental para la próxima década. Sin embargo, el brote del COVID-19 ha paralizado al mundo, y mientras tanto la evidencia nos muestra que la humanidad enfrenta una encrucijada por el futuro de la naturaleza.

Mientras la pandemia de COVID-19 nos desafía a repensar nuestra relación con la naturaleza y a considerar las profundas consecuencias para nuestro propio bienestar y supervivencia que pueden resultar de la pérdida continua de biodiversidad y la degradación de los ecosistemas, la información presentada en el Quinto Informe Perspectiva Mundial sobre la Diversidad Biológica, publicado por el Convenio sobre la Diversidad Biológica (CDB) en 2020, nos muestra que la naturaleza está sufriendo severamente y su situación sigue empeorando.

Con respecto a las Metas de Aichi para la Diversidad Biológica, establecidas en 2010, el informe reporta que de las 20 metas mundiales planteadas, tan solo seis habrían sido “parcialmente logradas” para 2020, es decir que ninguna de las metas fue alcanzada; mostrándonos claramente cómo hemos fracasado en esta última década en la protección de la naturaleza.

La evidencia presentada en 2020 nos indica que la tasa de pérdida de biodiversidad no tiene precedentes en la historia de la humanidad y las presiones se están intensificando en el ámbito mundial.

Bolivia no se encuentra en una buena posición, ya que se sitúa dentro de los países con mayor pérdida de bosques (segundo en Sudamérica) y el más golpeado por los incendios forestales en términos proporcionales dentro de los nueve países amazónicos, de acuerdo con el nuevo Atlas Amazonia bajo presión, elaborado por la Red Amazónica de Información Socioambiental Georreferenciada (RAISG).

No podemos permitirnos cerrar los ojos frente a la evidencia, hemos fracasado en nuestro deber de cuidar la naturaleza, y hemos puesto a la humanidad en una encrucijada con respecto al legado que queremos dejar a las futuras generaciones. Es posible detener y revertir la pérdida de biodiversidad para garantizar nuestra salud, bienestar y prosperidad, para ello debemos proteger los espacios naturales que nos quedan, frenar la sobreexplotación de la vida silvestre y, fundamentalmente, modificar la manera en que producimos y consumimos alimentos. Hoy llamamos a los líderes mundiales a tomar medidas decisivas ahora y no más tarde, para encauzar la naturaleza por el camino de la recuperación y garantizar una economía positiva para ella. La prosperidad para las personas y el planeta solo es posible si tomamos decisiones audaces hoy para que las generaciones futuras puedan sobrevivir y prosperar en un mundo mejor.

Natalia Calderón es directora ejecutiva de la Fundación Amigos de la Naturaleza.

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